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En su primer día como maestra en España, María Belén González apenas puede respirar cuando Diego Arias, el profesor de educación física, la mira con esos ojos verdes. Él la cita en la bodega de artículos deportivos, alejada del edificio principal, y la folla desesperado contra los estantes de balones. Cuando termina, ella ya está preñada.
Ella apoya las palmas en el metal frío del banco de pesas, la coleta enganchada en el collar de Diego. El muerdo del miedo y el deseo le aprieta el vientre cuando él le baja las bragas hasta los tobil
María Belén no ha soltado la tiza cuando el silbato de Diego suena demasiado cerca, no en la cancha sino en el pasillo, y al girar lo ve apoyado en el marco de la puerta del aula. Entra sin pedir perm
María Belén cierra la puerta del aula a su espalda y se queda un segundo en el pasillo, con la mano aún en el pomo y el pañuelo ardiéndole contra el muslo. Al fondo, cerca de la puerta que da al patio
María Belén está en el pasillo con las llaves en la mano abierta, el llavero colgando hacia el linóleo, y Diego no las toca sino que le agarra la muñeca con la mano entera, caliente y firme, y la llev
María Belén está apoyada contra la columna del patio, a la sombra, con la taza de café vacía y las uñas mordidas, cuando una mano caliente le agarra el codo derecho y la tira hacia atrás sin que nadie