El Primer Encuentro
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El Primer Encuentro

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Corazón en la cancha
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Chapter 5 of 17

Corazón en la cancha

María Belén está apoyada contra la columna del patio, a la sombra, con la taza de café vacía y las uñas mordidas, cuando una mano caliente le agarra el codo derecho y la tira hacia atrás sin que nadie mire — Diego, con la camiseta blanca manchada de césped, el silbato colgando del cuello y los ojos verdes más oscuros que nunca, la mete por la puerta metálica del cuarto de las colchonetas y cierra con pestillo. Dentro huele a sudor y a goma, las colchonetas están apiladas contra la pared en una torre desigual, y él no dice nada, solo la empuja hacia atrás hasta que ella siente el borde de la colchoneta contra las corvas y cae sentada, la falda se le sube hasta los muslos, y Diego se arrodilla en el suelo de cemento, le separa las rodillas con las manos, le baja las bragas —húmedas ya, desde la mañana— hasta los tobillos, y le mete la cara entre las piernas, la lengua caliente y ancha contra el centro, primero lenta, después honda, hasta que ella se muerde el brazo y los dedos le aprietan el borde de la colchoneta, y él levanta la cabeza, le agarra la nuca con la mano húmeda y le dice al oído, con el aliento caliente y olor a café, que hoy la sílaba no se dice, que hoy se escucha. The act this chapter delivers: Diego Arias le come el coño a María Belén sentada sobre una pila de colchonetas en el cuarto de deportes, con la lengua entera y los dedos abriéndole los labios, hasta que ella se corre apretándole la cabeza contra el vientre con las dos manos, y él se levanta, se limpia la boca con el dorso de la mano, le sube las bragas hasta la cintura y le dice 'co-ra-zón' al oído, despacio, una sílaba por cada segundo.

La taza de café vacía pesaba más de lo que debía. María Belén la sostenía contra el pecho con las dos manos, los dedos entrelazados alrededor de la cerámica fría, y miraba sin ver el patio donde los chicos corrían detrás de una pelota que nunca llegaba a ningún lado. La sombra de la columna le cubría la cara hasta la mitad. La otra mitad le ardía al sol de las once.

Se había mordido las uñas hasta el borde de la cutícula. El pulgar derecho le sangraba un poco, un hilo rojo que se secaba en la esquina de la uña y que ella no se limpiaba. En el bolsillo de la falda, los dos test seguían doblados, uno en cada bolsillo, con el celofán puesto. No los había abierto. No los había tirado. Los llevaba encima como se lleva una piedra en el zapato: sin olvidarla, sin sacarla.

Diego estaba al otro lado del patio, en el centro, con el silbato colgando del cuello y la camiseta blanca manchada de césped en la cadera. Dirigía un partido de chicos de tercero con las manos abiertas, marcando posiciones en el aire. Cada vez que levantaba el brazo, la manga se le subía y le mostraba el antebrazo. María Belén apartó la vista hacia la taza vacía. Volvió a mirarlo. Apartó la vista otra vez.

Una mano caliente le agarró el codo derecho.

No fue un roce. Fue un agarre, cinco dedos cerrándose alrededor del hueso, apretando lo justo para que ella entendiera que no era una caricia. La tiró hacia atrás. María Belén dio medio paso antes de decidir si quería darlo, y para cuando lo decidió ya estaba caminando. La taza vacía se le quedó en la mano, apretada contra el pecho, como un escudo que no servía para nada.

Nadie miró. Eso fue lo peor. Los chicos seguían corriendo, la pelota seguía rodando, una profesora en la otra punta del patio hablaba por teléfono con la mano en la cadera. Diego caminaba delante de ella, sin soltarle el codo, sin girarse, con el paso largo y seguro de quien conoce cada baldosa del lugar. Los dedos le dejaban una mancha de césped en la manga del pulóver. Ella no se la sacó.

La puerta metálica del cuarto de las colchonetas estaba entreabierta. Diego la empujó con el hombro, la sostuvo con el pie, y metió a María Belén adentro antes de que ella pudiera decir nada. La puerta se cerró a sus espaldas. El pestillo corrió con un sonido metálico, seco, corto. Y después el silencio.

Un silencio espeso, de esos que tienen peso. El patio quedó afuera, apagado, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Adentro solo había olor: a goma de colchoneta, a sudor viejo, a polvo de parquet, y por debajo, muy cerca, el perfume barato de Diego, ese que ella ya conocía de la bodega, mezclado con el césped y con el calor de su cuerpo. La única luz entraba por la rendija de arriba de la puerta, una franja amarillenta que cortaba el aire en diagonal y dejaba el resto del cuarto en penumbra.

Las colchonetas estaban apiladas contra la pared del fondo en una torre desigual, verde oscuro, azul, verde otra vez, con las esquinas gastadas y una cinta adhesiva que se despegaba del borde de la de arriba. Había un banco de madera en un rincón. Una pelota de básquet desinflada debajo. Un cono naranja volcado. Y en el suelo de cemento, una raya blanca pintada que marcaba no se sabía qué cancha.

María Belén se quedó quieta, con la espalda contra la puerta, la taza todavía en la mano. Diego la miró desde el centro del cuarto. Los ojos verdes se le habían oscurecido, como si la penumbra les hubiera sacado el color y les hubiera dejado solo la parte de abajo, la que no se ve a plena luz. No dijo nada. No hacía falta. El silbato le colgaba del cuello y subía y bajaba con la respiración.

—Dejá la taza —dijo él, al fin.

La voz le salió baja, sin la broma de siempre. María Belén bajó la taza y la dejó en el suelo, al lado de la puerta, con cuidado, como si fuera algo que pudiera romperse. Cuando se enderezó, Diego ya había cruzado el cuarto. Le puso las dos manos en los hombros y la empujó hacia atrás, sin fuerza, solo con el peso de las palmas. Ella retrocedió un paso. Otro. El borde de la colchoneta le tocó las corvas, detrás de las rodillas, esa parte blanda que nadie toca nunca.

Y cayó sentada.

La colchoneta cedió bajo su peso con un suspiro de goma. La falda se le subió hasta los muslos, y ella bajó la mano para acomodarla, pero Diego ya estaba arrodillándose en el cemento, delante de ella, con las rodillas separadas y la espalda recta, y le agarró las dos rodillas con las manos y se las abrió. Sin apuro. Sin pedir permiso. Como si las piernas de María Belén fueran algo que él ya hubiera decidido abrir desde antes de entrar al cuarto.

—Diego—dijo ella.

No era una protesta. No era un sí. Era su nombre, nada más, puesto en el aire para ver qué hacía él con él. Diego levantó la cara y la miró desde abajo, con las manos todavía en sus rodillas, y la comisura de los ojos se le arrugó apenas, esa arruga que a ella le hacía algo en el estómago cada vez que la veía. Después bajó la cabeza y le buscó las bragas con los dedos.

Las encontró húmedas. Lo supo por cómo se le frenó la mano un segundo, por cómo los dedos se quedaron quietos sobre la tela antes de agarrar el elástico. María Belén cerró los ojos. La humedad la había acompañado desde la mañana, desde antes de la farmacia, desde antes del timbrazo, un calor que se le había instalado entre las piernas y que ella había tratado de ignorar todo el día apretando los muslos bajo el escritorio. Ahora Diego lo sabía. Ahora Diego tenía la prueba en los dedos.

Le bajó las bragas despacio. La tela se despegó de ella con un sonido húmedo, mínimo, que en el silencio del cuarto sonó como algo mucho más grande. Le pasó el elástico por las rodillas, por las pantorrillas, y cuando llegó a los tobillos una de las piernas de la braga se enganchó en el borde del zapato. Diego tiró una vez. Se enganchó otra vez. Tiró de nuevo, con más fuerza, y la braga salió libre y quedó colgando de su mano, un trapo blanco con el centro oscuro.

La miró. La sostuvo contra la luz de la rendija, como si fuera a leer algo en ella. Después la dejó caer al cemento, al lado de su rodilla, y volvió a poner las manos en las piernas de María Belén, más arriba esta vez, en la cara interna de los muslos, donde la piel es más fina y más blanca.

—Abrí—dijo.

Ella abrió. No porque él se lo hubiera mandado, se dijo después, sino porque las piernas se le abrieron solas, porque el cuerpo tenía su propia memoria y su propia hambre y no le había pedido permiso a la cabeza para nada. Diego se inclinó. La primera cosa que María Belén sintió fue el aliento, caliente, húmedo, sobre el vello, y después la nariz, que le rozó el clítoris por encima, apenas, y después la lengua.

La lengua entera. Ancha. Plana contra el centro, de abajo hacia arriba, un lamido largo y lento que le recorrió todo el coño de una sola vez y le arrancó a María Belén un sonido que ella no reconoció como suyo. Se mordió el labio para cortarlo. El labio partido le dolió, la sangre le volvió a la boca, y el dolor y el sabor se le mezclaron con lo que la lengua de Diego estaba haciendo abajo, y por un segundo todo el cuerpo se le apretó en un solo punto.

Diego no tenía apuro. Volvió a empezar desde abajo, la lengua ancha y firme, subiendo despacio, y cuando llegó al clítoris se quedó ahí, lamiendo en círculos, sin prisa, con una paciencia que no tenía nada que ver con el hombre que la había tirado contra los estantes de la bodega. Los dedos le abrieron los labios, uno a cada lado, y la dejaron expuesta al aire del cuarto y a la boca de él. María Belén agarró el borde de la colchoneta con las dos manos y apretó hasta que los nudillos le quedaron blancos.

—Más—dijo, y no supo de dónde le había salido.

Diego se lo dio. La lengua se le volvió más rápida, más honda, y un dedo le buscó la entrada y se le metió despacio, hasta el nudillo, curvándose hacia arriba, mientras la boca le seguía trabajando el clítoris. María Belén se mordió el brazo. Se mordió el antebrazo, con fuerza, la piel entre los dientes, para no gritar en un colegio lleno de chicos, y el dolor le subió por el brazo y le bajó por la espalda y se le juntó con el otro, el de abajo, y todo el cuerpo se le empezó a tensar como una cuerda que alguien está girando desde los dos extremos.

El dedo de Diego se movía dentro de ella y la lengua no paraba, y en algún momento él levantó los ojos y la miró desde abajo, la cara entre sus muslos, la boca brillante, y María Belén lo vio mirarla y eso fue peor que todo lo demás, porque significaba que él sabía, que él estaba viendo exactamente lo que le estaba haciendo, que no era un accidente ni un arrebato sino algo que Diego estaba haciendo a propósito y disfrutando.

—No pares—dijo ella.

Diego no paró. Metió un segundo dedo, y el estiramiento le arrancó a María Belén un gemido que se le escapó entre los dientes y que ella trató de tapar con la mano libre, la que ya no se mordía, la que se puso sobre la boca como una mordaza. Los dedos de Diego la abrían por dentro y la lengua le lamía el clítoris con una precisión que le hacía cerrar los ojos cada vez más fuerte, hasta que las cosas se le volvieron rojas por dentro de los párpados, y el cuarto, el olor a goma, el silencio, el patio apagado del otro lado de la puerta, todo se le fue alejando hacia un fondo donde ya no importaba nada.

El orgasmo le subió como una ola. Despacio primero, un calor que se le juntó abajo y empezó a crecer, y después más rápido, más alto, hasta que le tapó los oídos y le apretó la garganta y le puso todo el cuerpo rígido sobre la colchoneta. María Belén agarró la cabeza de Diego con las dos manos. Le hundió los dedos en el pelo revuelto y le apretó la cara contra el vientre, contra el centro, con toda la fuerza que tenía, y se corrió así, apretándolo, con las piernas cerrándose alrededor de sus orejas y un sonido largo y roto que se le escapó por debajo de la mano.

Diego se quedó ahí. No se movió. Siguió lamiendo, más despacio ahora, mientras ella temblaba, hasta que el cuerpo de María Belén empezó a aflojarse y las piernas a abrirse otra vez, y la mano que le apretaba la cabeza se le cayó al costado, sin fuerza. El cuarto volvió. El olor a goma. La franja de luz. El silbato que colgaba del cuello de Diego y que le había quedado torcido.

María Belén abrió los ojos. El techo era gris, con una mancha de humedad en una esquina. Tenía la boca seca y el brazo mordido y la falda retorcida alrededor de la cintura. Diego levantó la cabeza, se pasó el dorso de la mano por la boca, y se limpió así, sin ceremonia, como quien se limpia el sudor después de un partido. Después se puso de pie. Las rodillas le crujieron al despegarse del cemento.

Buscó la braga en el suelo. La levantó. Se la puso a María Belén en el tobillo y le subió la tela por la pantorrilla, por la rodilla, por el muslo, con las dos manos, como si estuviera vistiendo a una nena. Ella levantó la cadera sin que él se lo pidiera. La braga le subió hasta la cintura. Diego le acomodó el elástico con el pulgar, un gesto casi tierno, y después le bajó la falda hasta las rodillas.

Se inclinó sobre ella. Le puso la boca al lado de la oreja, tan cerca que María Belén sintió el calor del aliento y el olor a café y a ella misma mezclados. Y le dijo, despacio, una sílaba por cada segundo:

—Co—ra—zón.

Se enderezó. Caminó hasta la puerta. Corrió el pestillo. La franja de luz se ensanchó cuando la puerta se abrió, y el ruido del patio entró de golpe, los chicos, la pelota, el teléfono de la profesora, el mundo entero que había estado esperando afuera todo este tiempo. Diego salió sin mirar atrás. La puerta se cerró sola, con un golpe suave, y María Belén se quedó sola en la penumbra, sentada en la colchoneta, con la falda bajada y la braga puesta y el corazón latiéndole en los oídos como algo que no pensaba callarse.

Se levantó. Las piernas le flaquearon y tuvo que apoyarse en la torre de colchonetas para no caerse. La mancha de humedad quedó en la colchoneta verde, un óvalo oscuro donde ella había estado sentada, y ella la vio y no la tocó. Recogió la taza vacía del suelo, al lado de la puerta. Se alisó la falda con la mano libre. Se acomodó las gafas, que se le habían torcido en algún momento que no recordaba.

Afuera, el timbre de la siguiente hora sonó dos veces. María Belén empujó la puerta metálica y salió al sol.

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