El llavero colgaba hacia el linóleo, las llaves abiertas en abanico sobre la palma de María Belén, todavía tibias de su mano, cuando la sombra de Diego se estiró por el pasillo y le tapó la luz del ventanal del fondo. No dijo nada. No hacía falta. Le agarró la muñeca con la mano entera —caliente, áspera en la base del pulgar, la piel de alguien que trabaja con las manos todo el día— y apretó. No fue un tirón. Fue un peso. Como si le pusiera encima una piedra y esperara a ver si ella la sostenía.
Las llaves tintinearon. Una se le clavó en el pliegue de la muñeca y ella no la soltó.
Diego caminó hacia atrás y ella fue con él, los dos pasos que había entre el medio del pasillo y la puerta del aula, y la puerta cedió con el peso de los dos, un golpe sordo de madera contra el tope, y el picaporte le quedó a María Belén clavado en la cadera. El pasillo entero se quedó atrás, las luces apagadas, el reloj redondo de arriba de la escalera, las seis y veinticinco, todo eso se quedó del otro lado y acá adentro, contra la puerta, estaba él.
La besó. Le metió la lengua sin pedir nada, sin el juego de la mañana, sin la sílaba, y a ella le llegó el sabor a café frío y a sal de la tarde, la sal del sudor que se le había secado en el labio de arriba, y el bigote áspero raspándole la piel del mentón. María Belén cerró los ojos. Apretó las llaves.
La otra mano le subió la falda. No fue despacio. Le agarró el ruedo por detrás, a la altura de la rodilla, y se la levantó hasta la cintura de un solo movimiento, la tela arrugándosele contra la espalda, y el aire del pasillo —el aire frío del pasillo vacío— le llegó a la piel del muslo y le puso la carne de gallina.
Le encontró las bragas húmedas. No las tocó por encima. Le metió los dedos por dentro del elástico y se los pasó por el medio, de arriba abajo, y ella sintió sus propios jugos calientes en los dedos de él, el ruido blando que hizo la tela al separarse de ella.
—Ya estás—dijo Diego contra su boca.
No era una pregunta.
Se las bajó. Las bragas le quedaron enganchadas a media rodilla, un aro de tela apretándole las piernas, y María Belén no pudo separar los pies aunque hubiera querido. Diego le puso la mano abierta en el vientre, la palma entera, y la apretó contra la puerta. Le metió los dedos. Dos. Sin aviso. Entraron con un ruido húmedo que se le subió a ella a la cara, y le buscó el fondo con las yemas, y le hizo el gancho, ese movimiento hacia arriba que la dobló, que le sacó el aire por la nariz.
—Diego—dijo ella.
—Callate—dijo él. Suave. Casi cariñoso.
Le sacó los dedos. Ella oyó el chasquido, el mismo ruido de la mesa, de la bodega, y después oyó otra cosa, la cremallera, el metal bajando diente por diente, y no miró. Tenía los ojos abiertos, fijos en el hombro de él, en el pedazo de camiseta blanca que se le veía bajo el chándal, y sentía el frío de la puerta en la espalda y el calor de él adelante, y en el medio, en el medio de todo eso, otra vez, iba ella.
La penetró de una sola embestida. Hasta el fondo. Le llenó todo de golpe, el estiramiento, la presión, el peso de él adentro, y María Belén se mordió el labio partido y sintió el gusto a sangre, el mismo de la mañana, y las llaves se le clavaron en la palma y no las soltó.
Diego se quedó quieto un segundo. Respirando. La frente apoyada en la sien de ella, el aliento caliente en la oreja.
—Mirá—dijo—. Mirá lo que hacés.
Y empezó a moverse.
No era la mesa. En la mesa ella estaba sentada, tenía dónde apoyarse. Acá estaba de pie, contra una puerta que cedía cada vez que él empujaba, y la madera le golpeaba la espalda, y el pasillo del otro lado estaba vacío y a la vez no lo estaba, porque cualquier ruido, cualquier paso, cualquier conserje que subiera la escalera iba a oír el golpeteo de la puerta contra el tope y el ruido de los cuerpos, ese ruido que no se puede confundir con nada.
—Más despacio—dijo ella.
—No—dijo él.
Y le puso la mano en la boca.
La palma entera, la misma palma que le había apretado el vientre, ahora en la boca, y María Belén sintió el sabor de ella misma en los dedos de él, su propio sabor salado y espeso, y le lamió la palma sin pensarlo, y él gimió, un sonido bajo que le vibró en el pecho y le llegó a ella por la espalda pegada a la puerta.
La follaba de pie. Las embestidas le levantaban los talones del piso, los dos pies, y ella tenía que agarrarse de la camiseta de él con la mano libre para no resbalar, porque las bragas en las rodillas eran un nudo, un lazo, y las llaves en la otra mano eran otra cosa, algo que ella apretaba y apretaba como si fuera lo único firme del mundo.
Diego le levantó una pierna. Le agarró el muslo por debajo de la rodilla y se lo puso en la cadera, y con eso le abrió todo, y la embistió desde otro ángulo, más hondo, y María Belén sintió el pene de él llegándole a un lugar que no le había tocado en toda la mañana, un lugar blando y profundo que le puso un temblor en los dos muslos.
—Ahí—dijo. Se le escapó.
Diego se rió. Sin aire. Contra su cuello.
—Ahí, ¿no?
Y le dio más. Más fuerte. La puerta golpeaba el tope, tope, tope, un ritmo que a ella se le metió en la cabeza y no la dejaba pensar, y el aula vacía del otro lado, la mesa con la mancha, el pañuelo en el bolsillo de la falda, la marca del mordisco en el hombro, todo eso se le deshizo, se le fue desarmando pieza por pieza, hasta que lo único que quedó fue el peso de él adentro y la mano en la boca y las llaves clavándosele en la palma.
Le soltó la boca. Le agarró la cabeza con las dos manos —los dedos en el pelo, la coleta deshecha, las gafas torcidas— y le buscó los ojos. Los ojos verdes a diez centímetros de los de ella. Y no dijo nada. La miró. La miró mientras se la follaba, la miró mientras ella se le deshacía en las manos, y María Belén entendió, con una claridad que le duró lo que dura un relámpago, que él quería eso. Que la quería mirando.
—No cierres los ojos—dijo Diego.
Ella no los cerró.
Se le empezó a apretar todo. Un calor que le subió del bajo vientre a la garganta, un nudo que se le cerraba y se le abría, y ella le clavó los dedos en la nuca y le tiró del pelo sin querer, y él gruñó y le dio las últimas embestidas, cortas, duras, el cuerpo entero encima, la cadera golpeándola contra la puerta, y María Belén se corrió así, de pie, con las llaves en la mano y los pies en el aire y la boca abierta en un sonido que no le salió, que se le quedó atascado en la garganta.
Diego se corrió adentro.
Ella lo sintió. El pulso. El primer latido del pene dentro de ella, y después el calor, el semen saliendo a borbotones, llenándola, y él apretándola contra la puerta con todo el peso del cuerpo, los brazos alrededor, la cara metida en el cuello de ella, respirando como si hubiera corrido diez kilómetros.
Se quedó ahí. Quieto. Adentro.
Y el pasillo volvió. El silencio del pasillo vacío, otra vez, como si nunca se hubiera ido. El zumbido de una luz fluorescente al final del corredor. Un coche en la calle, lejos. El reloj redondo de arriba de la escalera, marcando las seis y veinticinco.
María Belén abrió la mano. Las llaves le quedaron en la palma, rojas las marcas de los dientes, y ahora también la marca de los dientes de él, porque las llaves se le habían clavado y ella las había apretado, y en la palma tenía cuatro surcos pequeños que la iban a acompañar hasta mañana.
Sintió el semen escurrirse. Cuando Diego se retiró, despacio, con un ruido húmedo que a ella se le subió a la cara, sintió el vacío y después el calor bajándole por la cara interna del muslo, un hilo lento que le llegó a la rodilla, que le pasó la rodilla, que le tocó la media caída.
Y siguió bajando.
Diego se apartó. La miró bajar la pierna, la falda cayéndole otra vez por encima de las rodillas, las bragas todavía enganchadas a media pierna. No la ayudó. Se subió la cremallera y se pasó la mano por el pelo, ese pelo revuelto, y la miró con los ojos verdes y la boca torcida en algo que no era una sonrisa del todo.
—Mañana—dijo.
Y se fue. Pasillo abajo, hacia la puerta de la calle, las zapatillas sin hacer ruido en el linóleo, y María Belén se quedó contra la puerta del aula con las llaves en la mano abierta y el semen corriéndole por el muslo y una gota, una sola gota, cayéndole al piso.
Al linóleo.
La miró caer. La gota blanca y espesa que se abrió en el piso como una moneda, y después la segunda, que le llegó al borde de la zapatilla, y María Belén pensó, con una lucidez absurda, que ya no eran tres bolsillos. Que ahora eran cuatro. Uno con la mentira, uno con la prueba, uno con la llave y uno —el de abajo, el que le pesaba— con la certeza.
Se bajó las bragas hasta los tobillos y se las sacó. Las miró. Estaban empapadas, transparentes, y en el centro tenían una mancha más oscura que las otras, y María Belén las dobló en cuatro y se las guardó en el bolsillo de la falda. El que no tenía el pañuelo. El que no tenía el teléfono. El que no tenía las llaves.
El cuarto.
Se pasó la mano por el muslo y se limpió lo que pudo con la palma, y después se limpió la palma en la falda, y se quedó un momento de pie en el pasillo vacío, con la espalda contra la puerta del aula, mirando la gota del linóleo, que seguía ahí, abierta como una moneda, y la del borde de la zapatilla, que ya se estaba secando.
El reloj de arriba de la escalera seguía marcando las seis y veinticinco.
María Belén se agachó, con la falda todavía arrugada en la cintura, y miró la gota de cerca. Después sacó el pañuelo del otro bolsillo —el que tenía la mancha de la mañana, seca ya, dura, como una tela almidonada— y lo pasó por el linóleo. La gota se fue. Quedó una marca húmeda, un círculo apenas más oscuro que el piso, y ella lo miró y supo que en una hora no iba a estar, que el linóleo se iba a secar y no iba a quedar nada, y que sin embargo ella iba a saber dónde había sido, siempre, cada vez que pasara por ese pasillo.
Se levantó. Se acomodó la falda. Se tocó las gafas, torcidas, y se las enderezó con las dos manos. Se ató la coleta otra vez, sin espejo, con los dedos, y sintió el pelo revuelto en la nuca, el nudo de Diego, los dedos de Diego, y no se lo deshizo del todo.
Se guardó el pañuelo. El de la mancha seca y ahora también la húmeda, las dos, la de la mañana y la de la tarde, en el mismo pedazo de tela.
Y se fue por el pasillo hacia la puerta de la calle, sin mirar atrás, con la mano en el bolsillo de las llaves, apretándolas por encima de la tela, y en el medio, otra vez, en el medio de todo eso, iba ella.
La puerta de la calle era de doble hoja, con un vidrio esmerilado a la altura de los hombros, y el pasamanos de hierro bajaba dos escalones hasta la acera. María Belén puso la mano en la barra fría. La barra le devolvió el frío del atardecer, ese frío que en Argentina a esa hora todavía era sol y acá ya era otra cosa, un aire que se metía por las mangas del blazer y le buscaba la piel debajo de la blusa.
Se detuvo.
No fue una decisión. Fue el cuerpo, que se frenó solo. Los pies en el último escalón, la mano en el hierro, y el vientre —abajo, en el centro, ahí donde el semen le había bajado tibio por el muslo hasta la media— dándole un tirón. No un dolor. Un peso. Como si alguien le hubiera puesto una piedra chica adentro y la piedra estuviera caliente.
Se soltó del pasamanos. Se pasó la mano por delante, por encima de la falda, la palma abierta sobre el bajo vientre. La tela todavía estaba tibia de su propio cuerpo, arrugada en la cintura donde Diego se la había subido, y debajo de la tela, debajo del músculo y del hueso, estaba el calor. No era imaginación. El calor estaba ahí. Un calor que no venía de afuera, que no venía del sol ni del blazer ni del cansancio. Venía de adentro y latía.
Latía como algo vivo.
María Belén cerró los ojos. El vidrio esmerilado de la puerta le devolvía la luz de la calle, un rectángulo pálido, y por detrás de los párpados ella veía ese rectángulo y nada más. Respiró. El aire le entró por la nariz y le llegó al vientre, y el vientre lo recibió, lo aguantó un segundo, lo soltó. Y el calor siguió ahí. Apretado. Esperando.
—No puede ser—dijo. En voz baja. En argentino, con la ese arrastrada, para nadie.
Y sin embargo.
La mano se le movió sola, los dedos abiertos sobre la falda, y empezó a apretar. Primero suave, la yema del índice, después la palma entera, y después los cinco dedos juntos, clavándose en la tela, buscando el hueso de la cadera, buscando el fondo, buscando el lugar exacto donde Diego había estado hacía un rato y donde, según ella, según esa certeza absurda que le había nacido en la bodega y no la había soltado ni un minuto en todo el día, ya estaba pasando algo.
Apretó más.
El calor le respondió. Le subió un pulso desde abajo, un latido lento que le llegó a la muñeca por dentro del brazo, y María Belén sintió esa cosa —esa cosa que no sabía nombrar, que no era el semen, que no era el estiramiento, que no era el dolor del labio partido— y se le llenaron los ojos. No lloró. Se le llenaron y se le quedaron ahí, las lágrimas quietas en el borde, y ella no las tocó porque tocárselas era reconocerlas.
Se sacó la mano del vientre. La miró. La palma abierta bajo la luz del farol de la esquina, las cuatro marcas de las llaves todavía rojas, la línea del pliegue de la muñeca, la mancha seca del pañuelo que se le había pegado a la piel. Cerró el puño. Lo abrió. Lo cerró otra vez.
Y volvió a poner la mano.
Esta vez por dentro. Levantó el ruedo de la falda, apenas, dos dedos de tela, y le metió la mano por la pretina de la falda hasta la piel. La piel del vientre estaba caliente. Más caliente que la mano. Y cuando los dedos le tocaron la piel desnuda, sin la tela en el medio, el calor se le subió a la cara, un golpe de sangre que le puso las orejas rojas y le hizo zumbar la cabeza.
Ahí estaba.
Ella lo sabía. Lo supo en la bodega, con la espalda contra los estantes de balones, cuando él todavía estaba adentro y ella todavía no había terminado de temblar. Lo supo en la mesa, con la mancha debajo de la cadera y la sílaba co-ra-zón en la boca. Lo supo contra la puerta, con las llaves clavándosele en la palma. Y lo sabía ahora, en el último escalón del colegio, con la mano metida en la falda y los dedos sobre su propio vientre, un vientre que se sentía igual que siempre y que sin embargo ya no era el mismo.
Se le escapó un sonido. Corto. Una risa o un sollozo, no se sabía, y una mujer que pasaba con un carrito de la compra levantó la cabeza y la miró. María Belén sacó la mano de la falda. Se la pasó por el pelo, por la coleta deshecha, y le sonrió a la mujer. La sonrisa esa que se le quebraba cuando estaba nerviosa. La mujer siguió caminando. El carrito chirriaba en los adoquines.
María Belén bajó los dos escalones.
La acera estaba húmeda. No había llovido, pero la humedad de la tarde se había asentado en las piedras y las piedras brillaban bajo los faroles, y ella caminó hacia la esquina con la mano otra vez en el bolsillo de las llaves, apretándolas por encima de la tela, y con la otra mano —la libre, la que no tenía nada— apoyada otra vez en el vientre, por encima de la falda, sin disimulo, como las embarazadas en las películas, y se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se sacó la mano de un tirón.
Un hombre paseaba un perro. Un perro chico, blanco, con un jersey a rayas, y el perro se detuvo a oler una esquina y el hombre esperó con la correa floja. María Belén pasó al lado. El perro la miró. Ella miró al perro. Y pensó, con una claridad que le dio vergüenza, que en nueve meses iba a tener un perro o no iba a tener un perro, que en nueve meses iba a estar en un aula con veinticinco chicos o iba a estar en una sala de parto, y que esas dos cosas no cabían juntas en la misma cabeza.
Siguió caminando.
La calle subía. El hostel estaba a ocho cuadras, cuesta arriba, por una calle angosta de edificios bajos y balcones de hierro forjado, y María Belén la subió despacio, los tacos de la zapatilla golpeando los adoquines, y a cada paso el vientre le devolvía el golpe. No le dolía. Le pesaba. Como si le hubieran puesto algo adentro que se movía con ella, que subía cuando ella subía, que se detenía cuando ella se detenía en la esquina a esperar que pasara un coche.
En la esquina se detuvo. No había coche. Se detuvo igual.
Se apoyó en la pared del edificio, la espalda contra el ladrillo, y se puso las dos manos en el vientre. Las dos. Abiertas. La palma derecha arriba, la izquierda abajo, y los dedos se le encontraron en el medio, sobre el ombligo, y María Belén se quedó así, en una esquina de una ciudad que no era la suya, con las dos manos sobre un vientre que tenía veintiséis años y un día de España, y sintió el calor.
Estaba ahí. Seguía ahí. Un calor bajo, parejo, como una brasa tapada con ceniza, y cuando ella apretaba, el calor apretaba de vuelta. Como si le contestara. Como si hubiera alguien del otro lado.
—Hola—dijo. En voz baja. En argentino.
Y se rió de sí misma. Se rió con la boca cerrada, con los hombros, la risa esa que le subía cuando estaba sola y hacía algo ridículo, y se rió un rato largo contra el ladrillo, con las manos en el vientre, hasta que la risa se le cortó sola y le quedó la cara mojada.
Ahí sí lloró. Poco. Dos o tres lágrimas que le corrieron hasta la mandíbula y le cayeron al blazer, y ella no se las secó porque tenía las dos manos ocupadas, y cuando terminó de llorar se limpió la cara con el hombro, como los chicos, y siguió subiendo la calle.
El hostel tenía un cartel de neón azul en la fachada, HOSTAL SANTA CRUZ, y la recepcionista —una mujer de unos cincuenta, con el pelo teñido de rubio y un crucifijo de oro entre los pechos— estaba mirando una novela en la tele chica del mostrador. Levantó la vista cuando entró María Belén.
—¿Todo bien, guapa?
—Sí—dijo María Belén—. Todo bien.
—¿Seguro? Tienes mala cara.
—El primer día—dijo María Belén—. Es largo.
La mujer asintió. Volvió a la novela. Y María Belén subió la escalera, la mano en el pasamanos, y a cada escalón el vientre le pesaba un poco más, o ella lo sentía pesar un poco más, y en el segundo piso, en el pasillo alfombrado que llevaba a su cuarto, se detuvo delante de la puerta y se quedó con la llave en la mano sin meterla en la cerradura.
Se tocó el vientre otra vez. Por encima de la falda. La palma abierta. Y esta vez no se sacó la mano. Se quedó así, en el pasillo del hostel, con la llave en una mano y el vientre en la otra, y pensó en Diego. En los ojos verdes. En la mano en la boca. En el mañana dicho contra su cuello antes de irse pasillo abajo. Y pensó, con una lucidez que le dio frío, que mañana iba a volver a verlo, que mañana él iba a decir co-ra-zón con la boca contra su oreja, y que ella iba a estar ahí, con el calor adentro, con la certeza adentro, y que él no iba a saber nada.
O sí.
O tal vez sí, tal vez él ya lo sabía, tal vez por eso la había buscado tres veces en un día, tal vez por eso le había puesto la mano en el vientre contra la puerta y la había apretado, como si supiera, como si estuviera marcando algo, dejando una señal.
Metió la llave. Giró. La puerta se abrió y el cuarto estaba oscuro y olía a limpio, a lavanda de ambientador barato, y María Belén entró y cerró con el pie y se sentó en la cama sin sacarse el blazer.
Se quedó quieta. Las manos en el regazo. La luz de la calle entrándole por la ventana, un rectángulo anaranjado en el piso de madera, y el ruido de la ciudad por detrás, lejano, coches y voces y una moto que pasaba. Se sacó las gafas. Las dejó en la mesa de luz. Se soltó la coleta. El pelo le cayó sobre los hombros y le tapó la cara y ella se quedó así, con la cara tapada por el pelo, respirando.
Después se levantó. Se sacó la falda. La dobló y la puso sobre la silla, y del bolsillo sacó las llaves, el teléfono, el pañuelo con las dos manchas, las bragas empapadas dobladas en cuatro. Puso todo en fila sobre la mesa de luz. Las llaves. El teléfono. El pañuelo. Las bragas. Cuatro cosas, cuatro objetos, y los miró como se mira una mano de cartas, sin saber qué jugar.
Se quedó en ropa interior. La blusa todavía puesta, las medias caídas, y se miró en el espejo del ropero. El vientre. Plano. Igual que siempre. La piel morena, la línea del ombligo, la sombra del bikini del verano pasado que todavía no se le había ido. Se puso la mano ahí, en el espejo, la palma contra el vidrio, y el vidrio estaba frío y el vientre estaba caliente, y esa diferencia —esa diferencia de temperatura entre lo que se veía y lo que ella sentía— le puso otra vez las lágrimas en los ojos.
Se apartó del espejo.
Se puso el pijama. El de siempre, el de flores chiquitas, el que se había traído de Buenos Aires en la valija. Se metió en la cama. Apagó la luz. Y en la oscuridad, con las sábanas hasta la cintura y las manos otra vez en el vientre por encima del pijama, María Belén se quedó despierta mucho rato, sintiendo el calor, sintiendo el latido, sintiendo esa cosa que no tenía nombre y que sin embargo ya tenía un lugar exacto en su cuerpo, un lugar de dos centímetros, abajo, en el centro, donde todo lo que había pasado ese día —la bodega, la mesa, la puerta, las llaves, Diego— se había juntado y estaba esperando.
Afuera, la moto pasó otra vez. O era otra. Y en algún lugar de la ciudad, en un piso que ella no conocía, Diego Arias se estaba duchando o comiendo o mirando la tele, con la cicatriz sobre la ceja y el pelo revuelto, y no tenía idea —o sí tenía— de que en un hostel de una calle angosta, a ocho cuadras cuesta arriba del colegio, una maestra argentina tenía la mano en el vientre y estaba contando.
Contando los días.
Contando desde la bodega. Desde la primera vez, la de la mañana, la de los estantes de balones. Contando con los dedos sobre la sábana, en la oscuridad, sin mover los labios, y llegando a un número que le puso el corazón en la garganta.
Y se dio vuelta. Y se tapó la cabeza con la almohada. Y el calor siguió ahí, abajo, en el centro, latiendo, esperando, como una brasa tapada con ceniza, hasta que el sueño la agarró por fin de a poco, y lo último que pensó antes de dormirse fue la palabra que Diego le había dejado para mañana, la sílaba que le faltaba, y la pensó entera, corazón, y se durmió con la mano en el vientre.
***
A la mañana siguiente se despertó antes del despertador. Cinco y cuarenta. El cuarto todavía oscuro, la ventana gris, y el primer pensamiento —antes de saber dónde estaba, antes de acordarse de España, antes de acordarse de nada— fue la mano en el vientre, que seguía ahí, dormida, la palma pegada a la piel por encima del pijama.
Se sentó en la cama. Se tocó. El calor seguía. O ella seguía sintiéndolo, que para el caso era lo mismo. Se levantó, fue al baño, se lavó la cara, y en el espejo del baño —más chico, más sucio que el del ropero— se miró los ojos. Los tenía hinchados. Rojos. La marca del mordisco en el hombro, que se había sacado la blusa, era un moretón violáceo con los bordes amarillos, cuatro marcas de dientes que ya estaban cerrándose, y María Belén se lo miró un rato largo, con el cepillo de dientes en la mano, y después se puso la blusa.
Se vistió. Falda limpia. Blusa limpia. Las gafas. La coleta. Y en el bolsillo de la falda limpia, otra vez, las llaves del aula, el teléfono, y el pañuelo —el pañuelo con las dos manchas, la seca y la húmeda— que había pasado la noche en la mesa de luz y que ella, después de mirarlo un rato, volvió a guardar.
No lo tiró.
Bajó a desayunar. La recepcionista le puso un café con leche y una tostada y le preguntó si había dormido mejor y María Belén dijo que sí, y desayunó mirando por la ventana del comedor, la calle todavía en sombras, los primeros chicos con mochilas cruzando hacia la escuela de la esquina.
Y a las siete y veinte salió del hostel, cuesta abajo, hacia el colegio, con la mano en el vientre por encima de la falda y la otra en el bolsillo de las llaves, y a mitad de camino, en la esquina donde se había detenido la noche anterior, se paró otra vez, se puso las dos manos abajo, y sintió el calor.
Seguía ahí.
La farmacia de la esquina tenía la persiana verde a medio bajar y un cartel de Cruz Verde que parpadeaba con un tubo flojo. María Belén se detuvo en la vidriera. Adentro, una mujer de delantal blanco acomodaba cajas en una góndola, de espaldas, y el reflejo de la calle le devolvía a María Belén su propia figura partida en dos por la línea del marco: la falda, la blusa, la coleta, la mano que todavía no se sacaba del vientre.
Se sacó la mano. La metió en el bolsillo con las llaves y empujó la puerta.
El aire de adentro era otro. A alcohol, a papel, a algo dulzón y viejo que se quedaba pegado al fondo de la nariz. Un aparato de radio chico, detrás del mostrador, daba las noticias en voz baja. La mujer del delantal no se dio vuelta enseguida. Terminó de alinear una caja de ibuprofeno contra el borde de la góndola, la empujó dos milímetros con el índice, y recién después levantó la cabeza.
—Buenos días.
—Buenos días—dijo María Belén.
Se le quedó la voz chica. La mujer la miró. La miró de arriba abajo, sin disimulo pero sin maldad, del modo en que miran las farmacéuticas: la cara primero, después las manos, después otra vez la cara, como si el cuerpo fuera un envase que hay que revisar antes de despachar.
—¿La atiende alguien?
—No, no. A usted.
La mujer se acercó al mostrador. Tenía el pelo corto, gris, y una lapicera enganchada al bolsillo del delantal y unos anteojos colgados del cuello con un cordón tejido. Se apoyó con las dos manos en el vidrio de la vitrina y esperó. No preguntó nada. Esperó, que es distinto.
María Belén abrió la boca. La cerró.
El aparato de radio dijo algo de un partido. La mujer esperó. Tenía una paciencia de mostrador, una paciencia que se había gastado en miles de personas paradas del otro lado diciendo lo mismo que María Belén estaba a punto de decir y sin embargo sin poder decirlo.
—Quería—empezó María Belén—. Quería saber si…
Se le trabó la lengua. En argentino, en el acento que se le ablandaba cuando estaba nerviosa, y la mujer ladró la cabeza apenas, un gesto mínimo, como quien reconoce un tono de lejos.
—¿No eres de aquí?
—Argentina.
—Ya—dijo la mujer—. Se te nota en la ese.
Y sonrió. Una sonrisa corta, de labios apretados, que a María Belén le aflojó algo en el pecho y a la vez le puso otra vez las llaves en la palma, apretadas, sin que ella se diera cuenta de que las estaba apretando.
—¿Qué necesitas, guapa?
María Belén miró la vitrina. Debajo del vidrio, en fila, cajas de todo: aspirinas, protectores, termómetros digitales, un tensiómetro con la funda pelada. Al fondo, en el estante de abajo, medio escondidas detrás de una torre de pañales de muestra, dos cajas rosadas. Las vio. Apartó la vista. Volvió a mirarlas.
—Un test—dijo.
La palabra le salió más fuerte de lo que quería. Sonó en el local vacío como una cosa que se cae.
—¿Un test de qué?
María Belén no contestó. La mujer siguió la dirección de sus ojos, bajó la vista hasta el estante de abajo, hasta las dos cajas rosadas, y después la subió otra vez a la cara de María Belén, despacio, como quien sube una escalera contando los escalones.
—Ah—dijo.
Y ahí estuvo. Ese ah. Un monosílabo que le puso a María Belén la sangre en las orejas. Porque la mujer no había preguntado nada y sin embargo ya sabía todo, o creía saberlo, o estaba a un paso de saberlo, y ese paso era el que María Belén no había dado todavía ni en su propia cabeza.
—Es que—dijo María Belén. Se tocó las gafas. Se las enderezó aunque no estaban torcidas. —Es que no sé si…
—¿Cuánto?
—¿Cómo?
—Cuánto tiempo—dijo la mujer. Se sacó los anteojos del cordón y se los puso, y con los anteojos puestos le cambió la cara, se le puso más filosa, más de trabajo. —De retraso. Cuánto.
María Belén se quedó con la boca abierta.
Retraso. La palabra le entró por un lado y le salió por el otro sin encontrar dónde agarrarse, porque retraso suponía un antes, un calendario, una cuenta que ella tendría que haber estado llevando y no había llevado, porque para llevar esa cuenta había que creer que algo podía pasar, y ella nunca había creído, y ahora, de golpe, en una farmacia de una ciudad que no era la suya, con el sol de la mañana entrándole por la persiana verde y rayándole la falda, alguien le estaba preguntando por un número que ella no tenía.
—No sé—dijo.
—¿Cómo que no sabes?
—No sé—repitió María Belén, y se le quebró la voz en la última sílaba, esa sonrisa suya que se rompía cuando estaba nerviosa, y la farmacéutica la vio romperse y no dijo nada, y ese silencio fue peor que cualquier pregunta.
—¿Cuándo fue la última regla?
María Belén pensó. Pensó de verdad, con las cejas juntas, mirando el mostrador, y lo que le vino no fue una fecha. Lo que le vino fue la bodega. Los estantes de balones. La espalda contra el metal. Y después la mesa. Y después la puerta. Todo junto, todo en el mismo día, todo en el mismo cuerpo, y la pregunta de la mujer flotando arriba de eso como una cosa que no tenía nada que ver y tenía todo que ver.
—Hace—dijo—. Hace poco. Hace unos días.
—¿Unos días?
—Sí.
La mujer la miró por encima de los anteojos.
—Si fue hace unos días, entonces no hay nada que testear, guapa. El test no te va a decir nada. Necesitas por lo menos—y levantó la mano, contando con los dedos en el aire, dos, tres—. Necesitas que pasen unas semanas. Tres, cuatro. Y que el retraso sea retraso, no un día.
—Ya sé—dijo María Belén.
—¿Y entonces?
—Y entonces nada. Que ya sé. Que sé que es demasiado pronto. Que sé que no tiene sentido.
Se le llenaron los ojos. Otra vez. La tercera vez en veinticuatro horas y todavía no eran las ocho de la mañana, y María Belén se dio cuenta de que estaba a punto de llorar delante de una desconocida en una farmacia por una cosa que ella misma sabía que era imposible, y esa lucidez —la lucidez de saber que lo que sentía era absurdo— no le sirvió para nada, no le secó los ojos, no le aflojó el nudo.
La mujer se sacó los anteojos. Los dejó colgando otra vez del cordón, contra el pecho, y se apoyó en el mostrador con las dos manos y bajó la voz.
—¿Estás sola aquí?
—Sí.
—¿Y el padre?
La pregunta le llegó a María Belén a un lugar que no tenía nombre. El padre. Diego. Los ojos verdes. La mano en la boca. La sílaba que le faltaba. El padre era un hombre que a esa hora estaba en algún lugar del colegio con el silbato al cuello, y que no sabía —o sí sabía— que ella estaba parada en una farmacia preguntando por un test que no podía hacerse todavía.
—No sé—dijo.
—¿No le has dicho?
—No hay nada que decir. Todavía.
—Todavía—repitió la mujer. Y en su boca la palabra sonó distinta, sonó como una cosa que ya estaba en marcha, como un tren que ya había salido de la estación aunque nadie lo hubiera visto partir.
María Belén apoyó una mano en el mostrador. La otra la tenía en el bolsillo, sobre las llaves, y en el medio, abajo, en el centro, el calor seguía, ajeno a la lógica, ajeno al calendario, ajeno a todo lo que la farmacéutica acababa de explicarle con tanta sensatez.
—Igual—dijo la mujer—. Igual te lo llevas.
—¿Para qué? Si no sirve.
—Para que lo tengas. Para que no tengas que volver a preguntarlo. Para que el día que sirva, lo tengas en el cajón y no tengas que cruzar la calle con la cara que tienes ahora.
Y se dio vuelta, fue hasta el estante de abajo, apartó la torre de pañales de muestra con el pie, y volvió con una de las cajas rosadas en la mano. La puso sobre el mostrador, entre las dos. La caja tenía una foto de una mujer sonriendo y una palabra en inglés y un precio escrito a lapicera en la esquina.
María Belén la miró.
—¿Cuánto?
—Nueve cincuenta.
Sacó la cartera. Le temblaban los dedos en la cremallera, y la mujer lo vio temblar y no dijo nada, y María Belén puso un billete de diez sobre el mostrador y la mujer le dio una moneda de cincuenta céntimos y la caja, y cuando le puso la caja en la mano le cerró los dedos encima con los suyos, un segundo, los dedos secos de la farmacéutica sobre los dedos húmedos de María Belén.
—Y si sale que sí—dijo la mujer, muy bajo, casi sin mover la boca—. Vuelves. Y hablamos.
María Belén asintió. No confió en la voz.
La mujer le soltó la mano. Volvió a la góndola. Volvió a las cajas de ibuprofeno, a alinearlas contra el borde, como si nada hubiera pasado, como si en la farmacia de la esquina no hubiera entrado una maestra argentina con la mano en el vientre a comprar una cosa que todavía no podía usar.
María Belén se guardó la caja en el bolsillo libre. El que no tenía las llaves, el que no tenía el teléfono, el que no tenía el pañuelo. El quinto. Se dio cuenta de que era el quinto y se le escapó una risa por la nariz, un aire corto, y la farmacéutica, de espaldas, no se dio vuelta.
Empujó la puerta.
La calle le cayó encima con todo el sol de la mañana. Los adoquines, los chicos con mochilas, una moto que pasó, el olor a pan de una panadería dos puertas más abajo. María Belén bajó el escalón de la farmacia y se paró en la vereda. Sacó la caja del bolsillo. La miró. El celofán todavía tenía el precio pegado y la foto de la mujer sonriendo y la palabra en inglés que ella no terminaba de leer.
No la abrió.
Se quedó ahí, en la vereda, con la caja en la mano, y el colegio a cuatro cuadras cuesta abajo, y las siete y media marcando en algún reloj, y Diego en algún lugar del edificio con el silbato al cuello, y el calor abajo, en el centro, latiendo, esperando, como una brasa tapada con ceniza.
La caja pesaba lo que pesa una caja de cartón con un sobre de papel adentro y un tubo de plástico y una bolsita de desecante: nada. Menos que nada. Y sin embargo en la mano le pesaba como pesa un ladrillo, como pesa una cosa que una carga sin haberla pedido. María Belén la dio vuelta. Atrás tenía letra chica en cuatro idiomas y un dibujo de dos rayitas, una sola y dos, y una flecha que iba de la primera a la segunda como si fuera un camino. Como si fuera fácil.
Levantó la vista. La panadería estaba ahí nomás, con la persiana a medio subir y una mujer de delantal que sacaba una bandeja de facturas y el vapor que salía de la bandeja y se iba derecho para arriba en la luz. Un chico pasó en bici. Un hombre con un perro atado a la muñeca esperaba en el semáforo de la esquina sin mirar el semáforo, mirando el teléfono. La ciudad seguía con su cosa de todos los días, y María Belén estaba parada en el medio con una caja rosa en la mano que le decía, en cuatro idiomas, que todavía no podía saber nada.
Se la guardó. Otra vez al quinto bolsillo. Y arrancó a caminar.
Cuesta abajo. Hacia el colegio. Los adoquines le devolvían el golpe del taco en la planta del pie y ella lo sentía subir por la pierna y lo dejaba subir, porque el golpe era lo único que en ese momento le ordenaba el cuerpo, le decía dónde estaba el suelo. Pasó la panadería. El olor a grasa dulce le entró y le revolvió algo abajo del esternón y ella apuró el paso para salir del olor, y recién tres metros después se dio cuenta de que había apurado el paso para salir de un olor, y que eso también era un dato, y que no quería tener datos. No todavía. No tan temprano.
En la esquina había un quiosco con las revistas colgadas de una cuerda con broches de madera. En la tapa de una de las revistas había una mujer con un vestido amarillo y un título grande que María Belén no leyó. Al lado, en el mismo cordel, un diario deportivo con la foto de un jugador con los brazos abiertos. Y más allá, en el tercer broche, una revista de esas de cocina, con un plato de tallarines en primer plano, rojo, brillante, y a María Belén se le hizo agua la boca de golpe y sin aviso, y se llevó la mano a la boca y se rio sola, una risa corta y fea, porque era la primera cosa en todo el día que le daba hambre y era una foto de tallarines.
Siguió. La calle tenía una leve inclinación y las veredas anchas y baldosas de dos colores, y en una de las baldosas había un charco de agua de la noche que todavía no se había secado, y María Belén lo esquivó sin mirarlo, con el cuerpo, como esquivan los que ya conocen el barrio, y eso le dio una sensación rara, la sensación de que su cuerpo ya sabía cosas de esta ciudad que su cabeza no había aprendido todavía.
Cuatro cuadras. Cuatro cuadras y el colegio. Podía verlo desde ahí, asomando arriba de los techos, la punta del mástil con la bandera que a esa hora ya estaba izada y colgada sin viento, y una pared de ladrillo visto y las ventanas del segundo piso y una de las ventanas del segundo piso era la suya, la de su aula, y desde la vereda de la esquina se veía apenas el borde del pizarrón verde por el vidrio.
Se paró.
Se paró en la esquina, con el semáforo en rojo para ella aunque no venía ningún auto, y miró la ventana. La ventana de su aula. Y pensó, con una claridad que la asustó, que adentro de esa aula, sobre esa mesa, había una mancha que ella no había podido sacar. Que había pasado la mañana entera de ayer con un pañuelo apretando el trapo contra la madera y que la madera se había quedado con un cerco, un cerco apenas más claro que el resto, y que hoy a las ocho y media iban a entrar veintitrés chicos de siete años y ninguno iba a ver nada, porque los chicos de siete años no ven manchas en las mesas, ven manchas en las remeras, ven manchas en las manos, y esa era la única parte buena de todo esto, que hubiera veintitrés pares de ojos que no iban a ver nada.
El semáforo se puso en verde para el otro lado. Un auto pasó. María Belén no cruzó.
Pensó en Diego. No lo buscó, le vino. Como le venía desde ayer, cada tanto, sin permiso, con la cara entera y la voz y el silbato. A esa hora estaría en el patio, con el chándal y la camiseta blanca y el silbato al cuello, armando los equipos de vóley con los de sexto, y en algún momento iba a levantar la vista y a mirar hacia las ventanas del segundo piso, y ella iba a estar ahí, en la ventana, mirando abajo, y los dos iban a saber. Los dos iban a saber sin decir nada, del modo en que se saben las cosas cuando ya han pasado por el cuerpo.
Y la sílaba. La que faltaba. Co-ra-zón. Él la había dicho entera el primer día, cuando todavía era una palabra de escuela, una palabra para enseñar. Después le había dejado la mitad. Después la otra mitad. Y hoy, si ella subía esas escaleras y entraba a ese patio, si se dejaba ver en el marco de esa puerta, él iba a saber que la palabra estaba pedida. Que ella la había aceptado sin decirla. Que las llaves que había mostrado en el pasillo oscuro no eran las llaves de un aula.
Metió la mano en el bolsillo. Las llaves estaban ahí. La caja estaba ahí. El pañuelo estaba ahí, seco ya, duro en un pliegue, y María Belén lo tocó con la yema y sintió la aspereza de la tela seca y pensó que tenía que tirarlo, que eso era una cosa que había que tirar, que nadie guarda un pañuelo así, y que ella lo había guardado todo el día de ayer y toda la noche en el bolsillo de la falda y lo había traído de vuelta esta mañana.
El semáforo volvió a cambiar. Ahora sí en verde para ella. Y María Belén siguió parada.
Del otro lado de la calle, pegado al kiosco, había un cartelito de chapa con una flecha y una palabra: Farmacia. Otra. Una segunda, dos cuadras antes del colegio, sobre la misma vereda que ella tenía que caminar de todos modos. María Belén lo leyó y se le quedó la vista ahí, en la palabra, en la flecha blanca apuntando hacia la derecha, y sintió que el cuerpo se le dividía otra vez en dos, como en la vidriera, la cabeza que decía seguí y las piernas que ya estaban girando.
No era la misma. Era otra farmacia. Y esa era la trampa, y ella la vio, y aun así se dejó caer en ella, porque en la de la esquina ya había una mujer que sabía, que la había mirado por encima de los anteojos, que le había cerrado los dedos sobre la caja, que le había dicho vuelves y hablamos. Y María Belén no podía volver. Todavía no. No con esa cara, no con esa voz. Pero en otra, en una que no supiera, en una donde pudiera entrar de cero, limpia, sin historia, podía preguntar otra vez lo mismo y escuchar otra vez lo mismo y quizás, esta vez, entenderlo.
Cruzó. No hacia el colegio. Cruzó la calle en diagonal, con el semáforo a favor y la mano en el bolsillo, y caminó las dos cuadras en dirección contraria, cuesta arriba otra vez, y la segunda farmacia tenía la persiana verde también, y un cartel de Cruz Verde que no parpadeaba, y en la vidriera, pegada con cinta, una calcomanía de una cigüeña con un bebé envuelto en una manta azul.
María Belén se paró frente a la cigüeña. La miró. La cigüeña tenía una sonrisa absurda y un pico largo y las patas finitas y el bebé tenía la boca abierta como si se riera, y María Belén pensó que quien había diseñado esa calcomanía no tenía la menor idea, ninguna, de lo que era pararse del otro lado de un vidrio a mirarla.
Empujó la puerta.
La puerta cedió con un timbrazo corto y un golpe de aire que olía a desinfectante y a cartón mojado. Esta farmacia era más grande que la otra. Dos mostradores, uno largo de vidrio con cremas y protectores solares, otro al fondo, más alto, con la caja registradora y una pantalla de ordenador girada hacia la pared. En el techo, dos tubos fluorescentes, uno de ellos parpadeando apenas, un tic nervioso que María Belén registró sin querer y que ya sabía que iba a acompañarla todo el rato que estuviera ahí adentro.
Había una clienta. Una mujer mayor, con un abrigo de paño y un bolso de cuero apoyado en el mostrador, que estaba explicando algo de una receta, algo de una pastilla que ya no le hacía efecto, y la farmacéutica —joven, más joven que María Belén, con el pelo recogido en un moño tirante y un piercing chico en la nariz— la escuchaba con la cabeza ladeada y una paciencia que se le notaba ensayada. A un costado, un chico de unos veinte años, con auriculares puestos, doblaba cajas vacías y las apilaba debajo del mostrador.
María Belén se quedó cerca de la puerta. No avanzó. Se quedó ahí, con la mano todavía en el picaporte, mirando la escena desde el borde, como se mira un ómnibus que ya arrancó y que igual uno podría alcanzar si corriera.
La mujer del abrigo hablaba de su marido. Del marido que se olvidaba de tomar la pastilla, que decía que la tomaba y no la tomaba, y la farmacéutica asentía y le explicaba que había un blister semanal, que se lo podía anotar, que los martes y los jueves, y la mujer decía que sí, que mejor, y volvía a empezar con lo del marido.
María Belén miró el reloj de la pared. Las siete y treinta y cuatro. En el colegio, a esa hora, ya estaba abierta la puerta del patio y los primeros chicos corrían por las gradas, y el timbre iba a sonar a las ocho, y ella tenía que estar en el aula antes de que sonara. Contó los minutos para atrás. Veintiséis. Veintiséis minutos y cuatro cuadras y un aula con veintitrés chicos y una mesa con un cerco apenas más claro que la madera.
No se movió.
Se puso a mirar la góndola de al lado. Las cremas, los frascos, los envases con letras grandes. Al fondo, en un estante bajo, volvió a verlas. Las cajas rosadas. Dos, tres, cuatro, alineadas como soldados, con la misma foto de la mujer sonriendo, la misma palabra en inglés, el mismo precio escrito a mano en la esquina. Esta farmacia también las tenía. Claro que las tenía. Todas las farmacias del mundo las tenían, y en todas el mismo estante, el de abajo, el que hay que agacharse a mirar.
La mujer del abrigo se dio vuelta. Recogió el bolso, dijo gracias, hasta luego, y salió. La puerta hizo el timbrazo otra vez y el aire de la calle entró un segundo y se fue. El chico de los auriculares siguió con las cajas. La farmacéutica se acomodó el moño con dos dedos y levantó la vista.
—¿Sí?
María Belén se acercó. Los tacos le sonaron fuerte en las baldosas grandes, y a cada paso el vientre le devolvía el golpe, ese golpe sordo que ya conocía, que le subía desde la planta del pie y se le quedaba un segundo abajo, en el centro, y después se iba.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Qué le pongo?
María Belén abrió la boca. Y no le salió nada. Le salió el aire, un aire corto, y se quedó con la boca abierta un segundo entero, mirando a la chica del moño, y la chica del moño esperó. Tenía las manos apoyadas en el borde del mostrador, las uñas cortas, una de ellas con un esmalte saltado, y esperaba del modo en que esperan los que atienden un público todo el día: sin apuro y sin ganas.
—Quería un test—dijo María Belén.
—¿Un test de qué?
La pregunta era la misma de la otra farmacia. La misma palabra, el mismo tono. Y María Belén, que a la otra mujer le había contestado con el silencio, esta vez se escuchó decir la palabra completa, la que no había dicho todavía en voz alta desde que se había despertado, la que había pensado toda la noche en la oscuridad del cuarto con la mano en el vientre.
—De embarazo.
Le salió más bajo de lo que quería. Tanto, que la chica del moño ladeó la cabeza y dijo:
—¿Cómo?
—De embarazo—repitió María Belén. Más fuerte. Y esta vez la palabra se le quedó en la boca, entera, con todas las letras, y sintió cómo se le ponían las orejas rojas y cómo el corazón le empezaba a golpear en un lugar que no era el pecho, algo más arriba, en la garganta.
La chica del moño asintió. Sin sorpresa. Sin nada en la cara. Se agachó, buscó en el estante de abajo —el mismo estante, la misma torre de pañales de muestra, las mismas cajas rosadas— y volvió con una en la mano. La puso sobre el mostrador, entre las dos, con la foto de la mujer sonriendo hacia arriba.
—¿Este?
María Belén miró la caja. Era igual a la otra. Igual, exactamente igual, la misma foto, la misma palabra en inglés, el mismo precio escrito a lapicera. Y sin embargo esta caja pesaba distinto. Esta caja era la segunda. Y en el bolsillo de la falda, doblada en el quinto bolsillo, ya tenía la primera.
—Sí—dijo.
—¿Uno solo?
—Sí. Uno.
La chica del moño lo tomó, lo pasó por el lector de códigos, y la máquina hizo un bip corto. En la pantalla apareció el precio. Nueve cincuenta. Igual. Todo igual. Como si la ciudad tuviera un solo precio para esta cosa, como si estuviera todo calculado, como si en algún lugar alguien hubiera decidido que una mujer que compra esto tiene que pagar lo mismo en cualquier mostrador.
—¿Se lo envuelvo?
—No. No hace falta.
María Belén sacó la cartera. La cremallera le tembló entre los dedos —otra vez, la misma cremallera, los mismos dedos— y sacó un billete de diez y lo puso sobre el vidrio. La chica lo tomó, abrió la caja registradora, contó la vuelta, y le puso la moneda de cincuenta en la palma. La moneda estaba fría. La otra, la de la farmacia anterior, todavía la tenía en el otro bolsillo, y pensó, con una parte de la cabeza que seguía funcionando sola, que ya tenía dos monedas de cincuenta, dos cajas rosadas, dos veces la misma palabra dicha en voz alta.
Tomó la caja. La sostuvo en la mano, sin guardarla. El celofán tenía el precio pegado en la esquina y una pestañita de plástico que se levantaba, y María Belén la miró, la caja, la mujer que sonreía, la palabra en inglés que ya había leído dos veces y que seguía sin traducir del todo.
—¿Es la primera vez?—dijo la chica del moño.
María Belén levantó la vista.
—¿Cómo?
—Que si es la primera vez que lo compra. Se le nota.
—¿Qué se me nota?
La chica se encogió de hombros. Se acomodó el moño otra vez, con los mismos dos dedos, y miró de reojo al chico de los auriculares, que seguía doblando cajas sin enterarse de nada.
—Nada. Que está nerviosa. La gente que compra esto siempre está nerviosa. Unos más, otros menos.
María Belén no contestó. La caja le pesaba en la mano. La sostuvo un segundo más, con los dedos apretados en los bordes, y sintió el cartón blando ceder un poco bajo el pulgar, porque el cartón de estas cajas es fino, es casi papel, es una cosa que se puede aplastar con la mano sin querer.
—¿Y ahora qué?—dijo.
Se lo dijo a la caja. No a la chica. Pero la chica contestó igual.
—¿Ahora qué de qué?
—Del test. Ahora. ¿Qué hago con el test?
La chica del moño la miró. La miró de verdad, por primera vez, con los ojos quietos, y María Belén vio que por debajo del cansancio de mostrador había algo, una cosa chica, una cosa que se parecía al reconocimiento.
—¿Cuánto hace que no le viene?
Y ahí estaba otra vez. La pregunta. La misma, con las mismas palabras, en otra boca, en otro mostrador, dos cuadras más arriba, y María Belén se dio cuenta de que iba a tener que contestarla toda la vida, que a partir de ahora, cada vez que entrara a una farmacia, alguien le iba a hacer esa pregunta, y que ella iba a tener que buscar un número que no tenía.
—Poco—dijo—. Hace poco.
—¿Poco cuánto? ¿Una semana? ¿Dos?
—No sé. Unos días.
La chica abrió la boca para decir algo y después la cerró. Se mordió el labio. Miró la caja que María Belén tenía en la mano, después la miró a ella, y en la cara se le armó una cosa que era a la vez paciencia y lástima, y a María Belén esa mezcla le dio ganas de salir corriendo y le dio, al mismo tiempo, unas ganas enormes de quedarse.
—Mire—dijo la chica—. Yo no soy médica. Pero si hace unos días, el test no le va a decir nada. Es muy pronto. Tiene que esperar. Dos semanas, mínimo. Tres mejor.
—Ya sé.
—¿Y entonces?
—Y entonces nada. Que ya sé. Que sé que es pronto. Que sé que no sirve.
—Y lo compra igual.
—Sí.
La chica del moño la miró un rato más. Después bajó la vista, se puso a ordenar unas cajas de paracetamol que no estaban desordenadas, y dijo, sin levantar la cabeza:
—Mi hermana compró seis. Antes de que le diera positivo. Seis. Uno por semana. Los tiene en un cajón, todavía, con la caja abierta, y cada tanto los saca y los mira. Dice que es como una colección.
María Belén se quedó con la caja en la mano.
—¿Y le dio positivo?
—Al sexto. Sí.
—¿Y ahora?
—Ahora tiene una nena de dos años que se llama Lucía y me hace comprarle los pañales a mí.
La chica se rio. Una risa corta, por la nariz, sin dejar de ordenar. Y María Belén sintió que algo se le aflojaba en el pecho, una cosa chica, no mucho, apenas un grado, y por un segundo la farmacia dejó de oler a desinfectante y a cartón mojado y olió, apenas, a otra cosa.
—¿Y su hermana estaba sola?—dijo María Belén.
—No. Con el novio. Pero él tampoco sabía, hasta el sexto.
María Belén asintió. La caja le tembló en la mano. La apretó. Miró por la puerta de vidrio, la calle, los chicos con mochilas que ya iban en fila hacia la escuela de la esquina, y pensó en Diego, otra vez, sin querer, con el silbato al cuello y los ojos verdes y la mano en la boca, y pensó que él tampoco sabía, que él no iba a saber hasta que ella supiera, y que ella no iba a saber hasta que pasaran dos semanas, tres, y que en esas dos semanas iba a tener que verlo todos los días, en el patio, en los pasillos, en la sala de profesores, con la sílaba co-ra-zón en la boca.
—¿Se lo lleva?—dijo la chica.
—Sí.
—Son nueve cincuenta.
—Ya pagué.
La chica la miró. Después miró la caja registradora. Después la miró a ella otra vez, y se le puso una sonrisa chica en la boca, una sonrisa de costado, como si le diera un poco de gracia y un poco de pena al mismo tiempo.
—Sí. Ya pagó. Perdón.
María Belén guardó la caja. Esta vez no la puso en el quinto bolsillo. Se la metió en la cartera, abrió la cremallera, la metió entre la billetera y el paquete de pañuelos de papel, y cerró la cremallera. Después se tocó las gafas —torcidas, otra vez, siempre torcidas— y se las enderezó con las dos manos.
—Gracias—dijo.
—Suerte—dijo la chica.
Y esa palabra, suerte, le cayó a María Belén encima como una cosa que no había pedido. Suerte. Como si fuera una lotería. Como si el resultado del test dependiera de algo que no fuera ya, en algún lugar del cuerpo, una cosa que estaba pasando o no estaba pasando, y que ninguna suerte iba a cambiar.
—Gracias—repitió.
Se dio vuelta. Caminó hacia la puerta. Los tacos le sonaron en las baldosas, y a mitad de camino, en el medio del local, entre la góndola de las cremas y el mostrador de las recetas, se detuvo.
No fue una decisión. Fue el cuerpo, otra vez, que se frenó solo. Los pies en el medio de la farmacia, la cartera en la mano, y la otra mano —la libre, la que no tenía nada— subiéndole sola hasta el vientre, apoyándose ahí, por encima de la falda, en el mismo lugar de siempre, en el lugar exacto, el de dos centímetros abajo del ombligo, donde estaba el calor.
El chico de los auriculares levantó la vista. La miró un segundo. Volvió a las cajas.
María Belén se sacó la mano. La metió en el bolsillo con las llaves. Y empujó la puerta.
El timbrazo sonó corto. El aire de la calle le entró por la cara, el sol de la mañana, el olor a pan de la panadería que ya estaba dos puertas más arriba, y María Belén bajó el escalón de la farmacia y se paró en la vereda con la cartera apretada contra el pecho y la caja adentro, cerrada, sin abrir, con la foto de la mujer sonriendo y la palabra en inglés y el precio escrito a lapicera en la esquina.
El colegio estaba a dos cuadras. Cuesta abajo. Las siete y cuarenta y uno.
Y en el bolsillo de la falda, la otra caja, la primera, seguía doblada en el quinto bolsillo, con el celofán todavía puesto y el precio pegado, y las dos monedas de cincuenta céntimos, una en cada bolsillo, como dos latidos que no se decidían a juntarse.

