La puerta del aula se cerró a su espalda con un chasquido suave, y María Belén se quedó quieta en el pasillo, con la mano todavía en el pomo y los dedos blancos de apretarlo. El pañuelo le ardía contra el muslo dentro del bolsillo de la falda, una brasa pequeña y húmeda que no se apagaba. Respiró hondo. El aire del pasillo olía a linóleo y a tiza vieja, y por algún lugar lejano llegaba el rumor del patio, el griterío de los chicos, el silbato.
Al fondo, junto a la puerta que daba al patio, había una figura apoyada contra la pared.
Diego. Los brazos cruzados sobre el pecho, la espalda contra el azulejo, una pierna cruzada por delante de la otra con la punta de la zapatilla clavada en el suelo. La camiseta blanca le marcaba el torso y en el costado izquierdo tenía una mancha de sudor que oscurecía la tela en una forma larga, como un mapa de algo. La miró sin sonreír. Sin decir nada. Solo la miró, y a ella le subió el pulso a las yemas de los dedos de golpe, un golpeteo rápido contra el pomo que todavía no soltaba.
Él se empujó de la pared.
Las zapatillas sonaron contra el linóleo. Un paso. Otro. Lento, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo y el pasillo fuera suyo. María Belén sintió cada paso en la planta de los pies antes de oírlo, una vibración que le subía por los tobillos hasta las rodillas, y se dio cuenta de que estaba apretando el pañuelo dentro del bolsillo, la tela húmeda pegándosele a los dedos, fría ya, con algo que no quería nombrar.
Diego se detuvo a un paso de ella. Cerca. Demasiado cerca. Le llegaba el olor a sudor limpio, a césped, a algo tibio que le recordó la bodega con una claridad que la hizo cerrar los ojos un instante.
—¿Terminaste? —preguntó él.
La voz le salió baja, sin esfuerzo, como si hubiera estado esperando mucho rato ahí apoyado contra esa pared, contando los minutos, sin que a ella se le hubiera ocurrido mirar hacia el fondo del pasillo ni una sola vez.
María Belén no respondió. Se mordió el labio inferior y sintió el sabor de la sangre otra vez, el pequeño corte que se había hecho antes, y apartó la lengua rápido.
Diego levantó la mano. Los nudillos le rozaron la nuca, justo donde el cuello se une al hombro, y fue un contacto seco, caliente, áspero de callos, que le recorrió la columna entera como si le hubieran pasado un cable por dentro. Le sostuvo la mirada un latido entero. Uno. Sin parpadear. Los ojos verdes fijos en los de ella, y María Belén sintió que se le olvidaba cómo se respiraba, que se le olvidaba el pañuelo, el pasillo, la puerta del aula a su espalda, todo.
Él bajó la mano. Se giró hacia la puerta del patio.
Y María Belén se quedó ahí, con la nuca ardiendo donde la había tocado, viéndolo caminar de espaldas, la camiseta blanca estirándosele sobre los omóplatos con cada paso, y supo —con una certeza que no tenía nada que ver con la razón, la misma clase de certeza absurda que le había puesto la mano en el vientre toda la mañana— que iba a seguirlo.
Lo siguió.
El pasillo se estiraba entre ellos, largo y vacío, con las aulas cerradas a los costados y las luces de tubo zumbando bajito arriba. Diego no miraba atrás. Caminaba derecho hacia la puerta del patio, y ella iba detrás, a tres pasos, cuatro, las sandalias de ella sonando distinto que las zapatillas de él, más finas, más rápidas, y en algún momento se dio cuenta de que estaba contando los pasos para no pensar en nada más.
La puerta del patio chirrió al abrirse. Un chirrido largo, oxidado, como si no se usara a menudo, como si hubiera una bisagra que nadie se molestaba en engrasar. La luz del exterior entró de golpe en el pasillo, blanca y dura, y por el hueco se coló el ruido entero del recreo, los gritos, las pelotas, una risa de chica que subió y se cortó. Diego se detuvo en el umbral, de espaldas a ella, con una mano en el marco.
María Belén se detuvo también. A dos pasos. El corazón le golpeaba en la garganta.
Él no se giró. Solo movió la cabeza un poco, lo justo para que le llegara el perfil, la mandíbula cuadrada, la cicatriz fina sobre la ceja izquierda, y dijo, sin subir la voz, con la misma calma con que había dicho ¿terminaste?:
—Cierra la puerta.
Ella miró hacia el patio. Los chicos corrían allá afuera, lejos, en la otra punta, y entre la puerta y ellos había un tramo de descansillo de cemento, una baranda, unos escalones. Nadie miraba hacia acá. Nadie. Y María Belén pensó, con una lucidez fría que le duró un segundo, que si cerraba esa puerta ya no había vuelta atrás, que lo que pasara del lado de acá iba a ser distinto de todo lo que había pasado antes, distinto de la bodega, distinto del aula, distinto de cualquier cosa que ella hubiera hecho en sus veintiséis años.
Cerró la puerta.
La luz se cortó. El ruido del patio se apagó hasta quedar en un murmullo lejano, y el pasillo volvió a ser el tubo de linóleo y zumbido de antes, pero más oscuro ahora, más estrecho, con la única luz entrando por las claraboyas altas y cayendo en franjas sobre el suelo. Diego se giró. Despacio. Y en cuanto estuvo de frente, en cuanto la tuvo a ella delante con la espalda ya contra la pared, la tomó de la cintura con las dos manos y la empujó.
No fue brusco. Fue firme. La espalda de María Belén golpeó el azulejo frío y el aire se le salió de los pulmones en un sonido corto, y antes de que pudiera recuperarlo él ya estaba encima, el cuerpo entero pegado al de ella, el pecho caliente y húmedo de sudor apretándole los pechos, una rodilla entre las piernas de ella abriéndole las piernas sin pedir permiso.
—Diego —dijo ella, y no supo si era una protesta o lo contrario.
Él le puso la boca en la oreja. No la besó. Le habló.
—Todo el recreo esperándote —murmuró, y la voz le vibró contra el lóbulo, contra el cuello, contra todo—. Todo el recreo con la polla dura pensando en esto.
María Belén cerró los ojos. Las manos de él le bajaron por la cintura, le agarraron la falda por el ruedo y se la subieron de un tirón hasta la cintura, y el aire del pasillo le tocó las piernas desnudas, le tocó la entrepierna por encima de las bragas, y ella sintió el frío y el calor al mismo tiempo, la piel erizándosele de arriba abajo.
—Levanta —dijo él.
Ella levantó los brazos. No sabía por qué. Los levantó contra la pared y él le pasó una mano por debajo de la falda recogida, le enganchó el elástico de las bragas con los dedos y se las bajó. Hasta las rodillas. Hasta los tobillos. La tela le raspó la piel al bajar, y cuando él la soltó, las bragas se quedaron ahí, enredadas en un tobillo, y María Belén se sintió desnuda de una manera nueva, desnuda por abajo con la falda arremangada a la cintura y la espalda contra el azulejo y las piernas temblándole.
Él le puso la mano entre las piernas.
Los dedos le resbalaron por el vello, la buscaron, la encontraron. Estaba empapada. Lo supo por el sonido, por el modo en que los dedos de él entraron sin resistencia, dos de golpe, hasta el fondo, y ella se mordió el labio para no gritar y el sabor de la sangre volvió, el corte pequeño, la sal.
—Mírate —dijo Diego, bajo, con los dedos adentro moviéndose despacio, curvándose, buscándole algo—. Toda la mañana con esto entre las piernas y ahora te haces la que no.
—Cállate —dijo ella, y le salió sin fuerza, más aire que voz.
Él se rió. Una risa corta, contra su cuello, y le sacó los dedos de golpe y ella sintió el vacío, la mano mojada de él apoyándose en el azulejo junto a su cabeza, el cuerpo de él cambiando de postura, la hebilla del chándal sonando, la cremallera.
María Belén abrió los ojos. Lo vio sacárselo. La polla le salió del chándal dura, gruesa, con la punta brillante, y él se la agarró con la mano que tenía mojada de ella y se la pasó por los labios de la vulva, arriba y abajo, una vez, dos, untándola, y ella sintió el calor de la punta contra el clítoris y le temblaron las rodillas.
—Dime que sí —dijo él.
—Sí.
—Más alto.
—Sí.
La penetró de una sola vez.
El aire se le fue a María Belén de los pulmones en un golpe seco y la espalda se le arqueó contra el azulejo, y él la agarró de la cadera con una mano y de la nuca con la otra y la sostuvo ahí, clavado hasta el fondo, sin moverse, dejándola sentirlo entero, el estiramiento, el peso, la manera en que la llenaba hasta arriba. La polla de Diego le latía adentro. Ella lo sentía latir, un pulso grueso y rápido contra las paredes de la vagina, y por un segundo no hubo nada más en el mundo que eso, ese latido, ese lleno.
Después él empezó a moverse.
Fue seco. Fue fuerte. Cada embestida le sacaba un sonido a ella que tenía que tragarse, y María Belén levantó el puño y se lo metió en la boca y lo mordió, los nudillos contra los dientes, para no gemir, para no gritar, porque el pasillo era un pasillo de colegio y del otro lado de la puerta estaba el patio y los chicos y el silbato y cualquier cosa podía pasar. Diego la embestía contra la pared y el azulejo le golpeaba los omóplatos con cada empujón, un ritmo duro, regular, y el sonido de la piel contra la piel llenaba el pasillo, un sonido húmedo y bajo que a ella le parecía imposible que nadie oyera.
—Así —dijo él, con los dientes apretados, la frente pegada a la de ella—. Así, calladita, que es lo que te gusta.
María Belén mordió el puño más fuerte. Le escurría saliva por la muñeca. Tenía los ojos abiertos y veía la franja de luz de la claraboya moverse sobre el hombro de él con cada embestida, subir y bajar, subir y bajar, y por debajo del ruido del patio, por debajo del sonido de la piel, oía la hebilla del chándal de Diego golpeándole el muslo a cada empujón.
Él le soltó la nuca y le bajó la mano al pecho, le agarró un pecho por encima de la blusa y lo apretó, y luego le metió la mano por el escote y le buscó el pezón con los dedos y se lo pellizcó, y María Belén se retorció contra la pared y las piernas le flaquearon de tal manera que él tuvo que sostenerla de la cadera con las dos manos para que no se le cayera.
—No te me caigas —dijo él—. Que no he terminado.
La levantó. Le metió las manos por debajo de los muslos y la subió, y María Belén se agarró de sus hombros y le rodeó la cintura con las piernas, y las bragas que tenía enredadas en el tobillo se le cayeron al suelo, y en esa postura él la volvió a penetrar, más hondo todavía, y ella sintió la punta de la polla tocarle algo adentro que la hizo soltar el puño de la boca y jadear contra el cuello de él.
—Ahí —dijo ella, sin querer, sin poder evitarlo.
—Ahí —repitió él, y embistió justo ahí, otra vez, otra vez, hasta que a María Belén se le empezaron a cerrar los ojos solos y el pasillo entero se le volvió borroso y lejano y lo único real era el cuerpo de Diego dentro del suyo, el sudor de él, la cicatriz de la ceja que tenía a un centímetro de su boca, el modo en que respiraba fuerte contra su cara.
Ella se corrió primero.
Le subió desde adentro, desde donde él la golpeaba, y le recorrió el vientre y las piernas en una ola larga que la dejó temblando, la vagina cerrándosele alrededor de la polla en espasmos que ella no podía controlar, la cara escondida en el hombro de él y los dientes apretados contra la tela de la camiseta para no hacer ruido. Diego la sintió apretarse y gruñó, un sonido bajo en el pecho, y le clavó los dedos en los muslos y aceleró, embistiendo corto y rápido, sin sacarla casi, hasta que se le tensó todo el cuerpo y se corrió.
María Belén lo sintió. Lo sintió llegar, el chorro caliente dentro de ella, una, dos, tres pulsaciones gruesas que le llenaron la vagina, y él siguió moviéndose despacio, vaciándose, con la cara metida en el cuello de ella y la respiración rota, y ella lo aguantó todo, abrazada a sus hombros, con las piernas alrededor de su cintura, sintiendo cómo la polla se le iba ablandando adentro y cómo el semen empezaba a escurrirle.
Él la bajó despacio. Le soltó los muslos y ella buscó el suelo con los pies y las piernas no le respondían del todo, le temblaban, y tuvo que apoyarse en la pared con una mano mientras Diego se apartaba y se metía la polla en el chándal y se subía la cremallera.
El semen le escurrió por el muslo.
María Belén lo sintió bajar, tibio, espeso, un hilo que le recorría la cara interna del muslo desde la entrepierna hasta la rodilla, y se quedó quieta, con la falda todavía arremangada a la cintura, mirando cómo la gota llegaba al borde y caía al linóleo. Una mancha blanca y pequeña en el suelo del pasillo. Otra. Y ella ahí, con la espalda contra el azulejo y las piernas abiertas y el corazón golpeándole todavía, sin bragas, con las bragas en algún lugar del suelo.
Diego se pasó la mano por el pelo revuelto. La miró. Y por primera vez desde que se había empujado de la pared, le sonrió, la comisura de los ojos arrugándosele.
—Mañana te toca a ti —dijo.
Se giró hacia la puerta del patio. La abrió. El ruido del recreo entró de golpe, los gritos, el silbato, la luz blanca, y Diego salió y la puerta se cerró detrás de él y dejó el pasillo otra vez en el silencio de tubo fluorescente y zumbido.
María Belén se quedó apoyada contra la pared. Se bajó la falda despacio, con las dos manos, sintiendo la tela pegársele a los muslos húmedos, y buscó las bragas con la punta del pie, las encontró, se las subió con una pierna y después con la otra, y sintió el semen empapándole la tela apenas se las puso. Miró el suelo. Las dos manchas blancas en el linóleo, pequeñas, ahí en medio del pasillo, imposibles de no ver para cualquiera que pasara.
Se agachó. Sacó el pañuelo del bolsillo —el pañuelo con la mancha de antes, ya seca, ya dura— y limpió el suelo con la punta, rápido, sin mirar, y el pañuelo se manchó también y ella lo volvió a guardar en el bolsillo, húmedo otra vez, con todo mezclado ahora.
Se enderezó. Se alisó la falda. Se tocó la coleta, que se le había deshecho, y se la recogió como pudo, y se ajustó las gafas con el índice, que le habían quedado torcidas. En el patio, el silbato volvió a sonar. Un silbato largo, tres veces, el que llamaba a formar.
El silbato sonó tres veces desde el patio, largo, y María Belén se quedó quieta en mitad del pasillo con la mano todavía en las gafas, esperando que el sonido se apagara. No se apagó. Siguió un rato más, colgado del aire, y después vinieron las voces de los chicos formándose, el arrastrar de zapatillas contra el cemento, el grito de alguien que llamaba a otro por su nombre.
Tenía la falda pegada a los muslos. La tela se le adhería en la cara interna, húmeda, y cuando dio el primer paso hacia el aula sintió el semen correrse un poco más abajo, tibio todavía, buscándole la rodilla. Se detuvo. Apretó los muslos uno contra el otro, un gesto reflejo, inútil, y siguió caminando.
El aula estaba como la había dejado. La luz de tubo zumbando arriba, las filas de sillas vacías, el pizarrón con la palabra mariposa escrita en su letra y debajo, en la esquina, la mancha de tiza que él había dejado al arrancarle el pedazo de tiza de la mano. La mesa del profesor. La mancha. Todavía ahí, un óvalo pálido sobre la madera, ya casi seco en los bordes, brillante en el centro.
María Belén cerró la puerta. No había cerradura del lado de adentro, solo el picaporte y la hoja de madera que encajaba en el marco con un golpe sordo. Apoyó la espalda contra ella un momento. Cerró los ojos.
Le temblaban las manos.
Se miró las palmas. Las tenía rojas de haberse agarrado al azulejo, con las marcas de las juntas marcadas en la base de los dedos, cuatro líneas paralelas que se le iban a quedar un rato. Se pasó una mano por la falda, hacia abajo, buscando el bolsillo, y sacó el pañuelo. Estaba blando otra vez, empapado, y ya no era solo la mancha de antes. Ahora tenía todo mezclado: el semen seco de la mesa, el de recién, la saliva de su puño. Lo sostuvo lejos del cuerpo, entre el índice y el pulgar, como se sostiene algo que quema.
Lo volvió a guardar.
Cruzó el aula hasta la mesa del profesor y se sentó. La silla crujió. Se quedó con las manos sobre la madera, a los dos lados de la mancha, sin tocarla, mirando el borde pálido que ya se estaba secando y el centro que todavía brillaba si le daba la luz.
Y entonces se llevó la mano al vientre.
No fue una decisión. Fue el cuerpo el que la movió, la mano derecha bajando sola desde la mesa hasta el bajo vientre, abierta, los dedos extendidos sobre la falda, y se quedó ahí, apoyada, apretando apenas la tela húmeda contra la piel. Sintió el calor de su propia mano contra el vientre. Sintió la tela fría de semen por debajo. Y por encima de todo eso, por debajo de todo eso, sintió la certeza.
Estaba ahí. Como una piedra en el fondo de un vaso de agua, quieta, sin moverse, sin necesidad de moverse para que se supiera que estaba. La misma certeza que le había puesto la mano en el vientre toda la mañana, en el patio, cuando el chico le había dicho lo de la panza, cuando había pensado que era una locura, cuando se había reído por dentro de sí misma. Pero ahora la certeza tenía otra textura. Antes era una sospecha. Ahora era un peso.
Se apretó los dedos contra la falda.
Contó los días. Los contó con los ojos cerrados, la mano quieta sobre el vientre, y le salieron pocos. Muy pocos. Se acordó de la fecha, del día en que había llegado a España, del vuelo, del taxi, del hostal con la ventana que no cerraba, y luego del primer día de trabajo, del pasillo, de la bodega. No hacía ni una semana. No hacía ni una semana que había puesto un pie en este país y ya tenía dentro del cuerpo algo que no podía devolver.
Abrió los ojos. Miró la mancha de la mesa. Después se miró el vientre por debajo de la mano, plano todavía, plano como siempre, la falda oscura caída sin forma, y se imaginó por un segundo cómo se vería en unos meses, hinchado, redondo, imposible de esconder debajo de la ropa. Se imaginó el otoño, el invierno, el abrigo grueso, las miradas. Se imaginó la sala de profesores, las preguntas, las cuentas que no cuadraban.
Se le cerró la garganta.
—No —dijo en voz baja, al aula vacía.
La palabra sonó ridícula. Sonó como si estuviera intentando convencer a la mancha de la mesa, a las sillas, al tubo fluorescente que zumbaba. Se tapó la boca con la otra mano, la libre, y se quedó así un momento, con los dedos apretados sobre los labios, respirando por la nariz. El labio le dolía donde lo tenía partido. El sabor de la sangre seguía ahí, lejano, metálico.
Bajó la mano de la boca y la puso también sobre el vientre, encima de la otra. Las dos manos juntas, una sobre otra, apretando. Y se quedó así, sentada en la silla del profesor, con las dos manos sobre el bajo vientre, mirando la pared del fondo donde había un mapa de España con las comunidades en colores y al lado un calendario del año escolar con las hojas todavía sin arrancar.
Pensó en Diego.
No quería pensar en Diego. Se le metió igual, entero, sin pedir permiso. La cicatriz sobre la ceja. La manera en que le había dicho ¿terminaste? como si nada, como si no acabara de estar dentro de ella veinte minutos antes. La sonrisa al final, la comisura de los ojos arrugándosele, mañana te toca a ti. Y la otra cosa, la que no se podía sacar de encima, la que le latía en el vientre debajo de las manos: que él había dicho mañana, y que ella iba a ir. Que ya lo sabía. Que estaba sentada en esta silla con el semen de él escurriéndole por dentro de las bragas y ya estaba esperando que llegara mañana.
Se levantó de golpe.
La silla raspó el suelo. Se quedó de pie junto a la mesa, con las manos todavía abiertas, mirando hacia ningún lado, y después fue hasta la ventana. La ventana daba al patio, a un costado del patio, y por el borde del marco alcanzaba a ver un pedazo de los chicos formados en filas, las cabezas, las camisetas de deporte, y más allá, junto a la cancha, una figura alta con chándal que caminaba despacio de un lado a otro con un silbato en la mano.
Diego.
María Belén se apartó de la ventana.
Volvió a la mesa. Se quedó de pie delante de la mancha y por fin la tocó, la punta del índice contra el centro brillante, y sintió la superficie fría y pegajosa bajo la yema. Se limpió el dedo en la falda. Se sentó otra vez. Se puso las gafas bien, con las dos manos, y se quedó mirando el pizarrón, la palabra mariposa, las letras en su letra, y por debajo de la palabra, borradas a medias por el borrador, las sílabas que él había escrito antes con el trozo de tiza que le había sacado de la mano. Ma-ri. Po-sa. Y más abajo, solo empezada, la co.
Solo la co.
María Belén se quedó mirando esa sílaba un rato largo. La mano le volvió al vientre sola, otra vez, sin que ella la mandara, y se apoyó ahí, sobre la falda húmeda, y los dedos se le cerraron despacio sobre la tela, apretando. La certeza seguía ahí. No se iba. No se iba a ir. La iba a llevar consigo el resto del día, hasta la salida, hasta el hostal, hasta la cama, y cuando se despertara mañana iba a estar lo primero, antes de abrir los ojos, antes de saber dónde estaba.
Se apretó más fuerte.
Y por debajo de la mano, por debajo de la falda, por debajo del semen que todavía le escurría, le pareció sentir algo. Un latido. Un segundo latido, diminuto, ajeno, que no era el suyo. Sabía que era absurdo. Sabía que no podía ser. No hacía ni una semana. No había nada ahí todavía, nada que pudiera latir, nada que pudiera sentirse. Y sin embargo se quedó con la mano apretada contra el vientre, esperando el siguiente, con la respiración corta, y el siguiente no llegó, y ella siguió esperando igual, con los ojos fijos en la pared del fondo, en el mapa de España con sus comunidades de colores, en el calendario con las hojas sin arrancar.
El silbato sonó otra vez afuera. Más corto. Dos veces. Y después las voces de los chicos empezaron a deshacerse, a dispersarse, el rumor del patio cambiando de forma, las pisadas buscando las puertas, el recreo terminándose.
María Belén retiró la mano del vientre.
La dejó caer sobre la mesa, junto a la mancha, y se quedó un segundo así, con las dos manos sobre la madera, la derecha todavía con el calor de la falda en la palma. Después se puso de pie. Se alisó la falda por delante, por detrás, con las dos manos, y sintió la tela húmeda pegándosele otra vez apenas la soltó. Se pasó los dedos por el pelo, se recogió la coleta que ya se le había vuelto a soltar, y se la ajustó con la goma que llevaba en la muñeca. Se limpió las gafas con el borde de la blusa, despacio, una lente y después la otra, aunque no estaban sucias.
En el pasillo empezaron a sonar pisadas. Muchas. Los chicos volvían a las aulas, y las puertas se abrían y se cerraban a lo largo del corredor, y las voces entraban por debajo de la puerta del aula de María Belén, cada vez más cerca, cada vez más fuertes.
Se sentó otra vez. Esta vez del lado de adelante de la mesa, la silla de los alumnos, no la del profesor. Se quedó ahí, con las manos en el regazo, una encima de la otra, sobre el vientre, y miró la puerta.
La mancha de la mesa quedaba detrás de ella, invisible desde donde estaba sentada, y esa fue la primera cosa que pensó: que nadie la iba a ver desde ahí, que desde la puerta el aula se veía limpia, las sillas en fila, el pizarrón, la maestra sentada esperando a sus alumnos como si tal cosa.
La puerta se abrió.
Entró el primero, un chico con la camiseta por fuera, y detrás otro, y otro, y en menos de un minuto el aula se llenó de ruido y de cuerpos y de sillas arrastrándose, y María Belén se puso de pie y fue hasta el pizarrón y tomó el borrador y empezó a borrar la palabra mariposa, despacio, de arriba abajo, hasta que no quedó nada, ni las sílabas, ni la co, ni la mancha de tiza en la esquina. Después se giró hacia los chicos, que ya se estaban sentando, y les sonrió, y la sonrisa le salió torcida, y se le quedó así un segundo antes de enderezarse.
—Buenas tardes —dijo—. Vamos a empezar.
Y por debajo de la falda, mientras hablaba, sintió el semen secándosele en la cara interna del muslo, y la mano le buscó el vientre otra vez, sola, por debajo del borde de la mesa, donde nadie podía verla.
Los chicos entraron en el aula como entra el agua por una grieta: primero un hilo, después todo. Sillas que se arrastran, mochilas que caen al suelo, el olor a sudor de patio que se les queda pegado a la ropa. María Belén se puso de pie del lado de adelante de la mesa con la mano todavía escondida bajo el borde, y la sacó despacio, como si la estuviera sacando de un bolsillo, y la dejó caer a lo largo del cuerpo.
—Buenas tardes —repitió, más alto esta vez, porque la primera vez se le había quedado corta, tragada por el ruido de las sillas.
—¡Buenas tardes, señorita! —contestaron a coro, a medias, los que contestaban siempre.
Fue hasta el pizarrón. Le quedaba un resto de tiza en el borde del marco, un muñón blanco, y lo tomó sin pensar y escribió la fecha arriba a la izquierda. El número le salió torcido. La tiza le chirrió contra la pizarra y ella apretó más fuerte para que dejara de chirriar, y el chirrido siguió, y tuvo que bajar la mano y escribir más despacio.
Detrás de ella, alguien dijo algo y otro se rió. Ruido normal. Ruido de aula. Se giró y el aula entera la estaba mirando con esa atención floja de después del recreo, las caras coloradas, el pelo revuelto, uno que todavía tenía la pelota debajo del pupitre, asomándole por el costado como una vergüenza.
—Guardamos la pelota —dijo María Belén, y le señaló con la tiza.
El chico la metió en la mochila con una lentitud ofensiva. Ella esperó. Mientras esperaba, se le fue la mirada al pizarrón, a la fecha que acababa de escribir, y por debajo de la fecha, en la parte baja, donde ya había pasado el borrador dos veces, quedaba una sombra gris. La forma de una sílaba. La co. El borrador no la había sacado del todo. La pizarra guardaba el fantasma de las letras por más que uno las borrara, y ella se quedó un segundo mirando esa mancha gris con la tiza en la mano, sin saber por qué le costaba tanto apartar los ojos.
—Señorita, ¿qué toca hoy?
La voz la trajo de vuelta. Era una chica de la segunda fila, con trenzas, que ya tenía el cuaderno abierto y el lápiz en la mano, esperando, y María Belén se acordó de golpe de que era maestra, de que había venido a este país a ser maestra, de que tenía un programa y una planificación y una carpeta con fotocopias en el cajón de la mesa, detrás de ella, en el cajón donde también estaba el pañuelo.
—Lengua —dijo—. Abrimos el libro por la página treinta y cuatro.
El aula se puso a buscar la página. Hojas que se pasan, cuadernos que se abren, el rumor de fondo de los que no la encuentran y le preguntan al de al lado. María Belén se apoyó en el borde de la mesa, del lado de adelante, y por un momento no tuvo nada que hacer con las manos. Se las cruzó sobre el pecho. Después las bajó. Después se agarró el borde de la mesa con las dos manos, por detrás, donde no se veía, y se quedó así, mirando las cabezas inclinadas sobre los libros, y sintió por primera vez en todo el día que podía respirar.
La clase fue avanzando. Ella explicó lo de las sílabas tónicas, lo de las palabras agudas y graves, y lo explicó bien, porque era su oficio y porque mientras hablaba de palabras no tenía que pensar en nada más. Los chicos copiaron. Uno preguntó si "corazón" era aguda o grave y ella dijo que aguda, que terminaba en ene, y al decir la palabra se le quedó un segundo en la boca, la palabra entera, co-ra-zón, y tuvo que mirar el libro para seguir.
—¿Y por qué lleva tilde? —insistió el chico.
—Porque termina en ene —dijo María Belén—. Las agudas terminadas en ene o en ese llevan tilde.
—Ah.
Escribió la palabra en el pizarrón, en el hueco que quedaba libre, y la tilde le salió un poco alta, y por debajo de esa palabra, en la sombra gris de abajo, seguía estando la co. Nadie la veía. Solo ella, que sabía dónde mirar.
El tiempo del aula es un tiempo raro: se estira y se encoge. Cuando sonó el timbre de la última hora, a María Belén le pareció que habían pasado cinco minutos y a la vez toda la vida. Los chicos se levantaron en estampida, las mochilas, las sillas, el griterío de la salida, y ella se quedó de pie junto a la mesa despidiéndolos uno por uno con la mano, hasta que el aula quedó vacía y el ruido se fue por el pasillo y se apagó al fondo.
Silencio. Otra vez el zumbido del tubo.
María Belén se quedó quieta un momento, en mitad del aula, escuchando ese zumbido como si fuera la primera vez que lo oía. Después fue hasta la puerta y la cerró. Esta vez desde adentro. Y se quedó con la mano en el picaporte, mirando la hoja de madera, sabiendo que no había llave, que cualquiera podía entrar, que el picaporte era lo único que había entre ella y el pasillo.
Volvió a su mesa. Se sentó en la silla del profesor, la de verdad, la de atrás, y abrió el cajón.
Adentro estaba la carpeta con las fotocopias, el cuaderno de planificación, una caja de tizas nueva, un bolígrafo sin tapa. Y el pañuelo. Ahí, en el fondo, hecho una bolita, ya no empapado pero tampoco seco, con esa textura a medio camino que tienen las cosas que se han mojado y no han terminado de secarse. María Belén lo miró un rato sin tocarlo. Después cerró el cajón de golpe, con la rodilla, porque no quería tocarlo ni con el cajón.
Se quedó con las manos sobre la carpeta cerrada. Afuera, en el patio, las voces de los chicos que se iban se iban apagando, y más allá, por la ventana, el cielo de la tarde se estaba poniendo de un color que ella no conocía todavía, un color de aquí, naranja sucio por encima de los tejados, distinto del naranja de Buenos Aires.
Pensó en Diego.
No quería. Se le metió igual. La sonrisa al final, la comisura de los ojos arrugándosele, la camiseta blanca estirándosele sobre los omóplatos mientras se iba. Y las tres palabras, dichas por encima del hombro, con esa calma que no se le caía nunca: mañana te toca a ti.
María Belén se llevó la mano al vientre. Otra vez. Como si la mano tuviera vida propia y el vientre fuera un imán. Se la apoyó encima de la falda, abierta, los dedos extendidos, y la falda ya estaba seca por fuera, ya no se le pegaba a los muslos, y por debajo de la tela seca estaba su cuerpo, y por debajo del cuerpo estaba esa cosa que no se iba.
—Mañana te toca a ti —dijo en voz baja, repitiéndole las palabras al aula vacía.
Y al decirlas en voz alta, con su propia voz, con su acento, le sonaron distintas. En la boca de él habían sido una promesa, o un aviso, o una orden, algo que se daba por hecho. En la boca de ella eran nada. Eran un sonido. Porque ella no iba a ir.
Lo pensó así, entero, por primera vez: no voy a ir.
Se le quedó la frase en el pecho, chica, apretada, y esperó a ver qué pasaba. No pasó nada. No se le cayó el techo. El tubo siguió zumbando. Afuera siguió habiendo patio y tarde y chicos que se iban. Y ella siguió sentada en la silla del profesor con la mano en el vientre, y la frase seguía ahí, y no se deshacía.
—No voy a ir —dijo, esta vez más fuerte.
Le salió con un temblor. Lo oyó. Se mordió el labio, el de abajo, el cortado, y el sabor de la sangre le volvió, tenue, metálico, y lo apartó con la lengua y se enderezó en la silla. Se puso las dos manos sobre la falda, encima del vientre, una sobre otra, y apretó. Apretó como si quisiera sujetar algo que se estaba moviendo por dentro, y cerró los ojos, y se lo dijo a sí misma con los ojos cerrados, sin voz, solo moviendo los labios.
Mañana no voy.
Porque mañana era viernes, y el viernes él tenía clase de educación física con los de tercero a última hora, y ella lo sabía porque había mirado el horario esa mañana, lo había mirado con el dedo, columna por columna, buscando su nombre sin querer buscarlo. Y si él le decía mañana te toca a ti, era porque ya tenía pensado dónde, y cuándo, y cómo, y la esperaba, y ella iba a estar esperando también, y eso era lo que no podía ser. Que ella estuviera esperando. Que a las once de la mañana del viernes ya supiera que a las cinco de la tarde iba a estar con la falda subida en algún rincón de este colegio, con la espalda contra una pared, con la boca de él en la oreja.
Abrió los ojos.
Miró la mano. La derecha, la de arriba, con las uñas cortas, con la marca roja que se había hecho esta mañana al agarrarse del azulejo, cuatro líneas paralelas en la base de los dedos, ya casi borradas. Se miró la mano apoyada sobre su propio vientre y pensó: esta mano no es de una mujer que va a ir. Esta mano es de una mujer que se queda en su casa.
Y entonces, sin saber por qué, se acordó del hostal.
De la habitación del hostal, la que había alquilado por semanas, con la ventana que no cerraba bien y el radiador que hacía ruido de noche. De la cama tendida con la colcha de flores. De la mesita de luz con el vaso y el cepillo de dientes y el pasaporte y el contrato de trabajo, doblado en cuatro. Y de la calle de abajo, la panadería, el cartel de farmacia con la cruz verde que se encendía y se apagaba toda la noche, y la farmacia tenía un cartel que ella había leído el primer día, al pasar, sin darle importancia: algo de un test, algo de embarazo, en la vitrina, entre las cremas y las vitaminas, un cartelito chico en la esquina del vidrio.
Se le quedó el estómago frío.
La palabra "test" se le quedó en la cabeza como una astilla. No el cartel entero, no la vitrina, no las cremas ni las vitaminas — solo esa palabra, chica, impresa en la esquina del vidrio, la había visto al pasar el primer día camino del colegio y no le había dado ni un pensamiento. Ahora la tenía ahí, metida, girando.
Se puso de pie. La silla raspó el linóleo y el sonido la sobresaltó en el aula vacía, como si la hubieran pillado haciendo algo. Miró hacia la puerta. Cerrada. Nadie. Volvió a sentarse, despacio, y se quedó con la espalda recta contra el respaldo, las manos sobre la carpeta cerrada, los ojos en la pared del fondo, en el mapa de España con sus comunidades de colores.
La farmacia estaba a dos cuadras del hostal. Lo sabía porque la había visto todas las mañanas, la cruz verde encendiéndose y apagándose toda la noche contra la fachada, y porque una vez, el segundo día, había entrado a comprar aspirinas y la mujer del mostrador le había hablado tan rápido que ella había tenido que pedirle que repitiera. Dos veces. La mujer había sonreído. Le había dicho algo del acento, algo amable, y María Belén se había ido con las aspirinas y la cara caliente.
Un test de embarazo. En una farmacia. A dos cuadras del hostal. En un país donde no conocía a nadie.
Se le rió el pecho. Una risa corta, sin ganas, que le salió por la nariz y se apagó enseguida. Porque era eso, ¿no? Era eso lo que estaba pensando. Que iba a bajar a la farmacia, a comprar un test, a subir a la habitación del hostal con la ventana que no cerraba, y a mearse en un palito para saber si el hombre que le acababa de llenar el cuerpo contra la pared de un pasillo de colegio le había dejado algo dentro. Y esa frase, dicha así, entera, con todas sus palabras, era la cosa más ridícula que se había dicho a sí misma en veintiséis años.
Pero la mano no se le iba del vientre.
La miró. La derecha, apoyada sobre la falda, sobre el bajo vientre, los dedos extendidos. La movió. La levantó y la dejó caer sobre la mesa, junto a la carpeta, y se miró la palma: la marca roja de las juntas del azulejo, cuatro líneas paralelas ya casi borradas, y una manchita blanquecina en el nacimiento del pulgar que no se había limpiado bien. Se la frotó contra la falda. No salió. Se la frotó más fuerte, con la uña, hasta que se le puso la piel roja, y entonces la dejó, y se miró la uña, y en la uña, debajo, en el borde, quedaba un resto blanco, seco, y ella se quedó mirándolo un segundo largo antes de bajarse la mano al regazo.
El tubo fluorescente zumbaba. Afuera, el patio se había vaciado; solo quedaba el ruido de las puertas del colegio abriéndose y cerrándose al fondo, y una voz de hombre que llamaba a alguien desde la cancha, lejos, sin urgencia. La tarde se estaba poniendo naranja por la ventana, ese naranja sucio de aquí, y las sillas vacías proyectaban sombras largas sobre el suelo.
María Belén abrió el cajón. La rodilla, otra vez, porque no quería tocarlo con la mano. El cajón se deslizó y ahí estaba el pañuelo, en el fondo, hecho una bolita, y al lado la caja de tizas nueva, el bolígrafo sin tapa, la carpeta con las fotocopias. Miró el pañuelo. Ya no era solo la mancha de la mesa. Era la mesa, y el pasillo, y el suelo del pasillo, y la saliva de su puño, todo junto, todo seco a medias, y ella lo miró un rato y después cerró el cajón otra vez de un rodillazo, más fuerte de lo que quería, y el golpe retumbó en el aula vacía.
Se levantó. Fue hasta la ventana. Apoyó la frente en el vidrio, que estaba frío, y miró hacia afuera. El patio entero, los arcos de la cancha al fondo, la baranda, los escalones. No había nadie. La figura del chándal ya no estaba. Se había ido, o estaba en el gimnasio, o en la sala de profesores, o en cualquier parte de este colegio donde ella no lo vería hasta mañana. Hasta el viernes. Hasta las cinco de la tarde, si es que había entendido bien el horario, si es que él tenía razón cuando decía mañana te toca a ti, si es que ese mañana significaba viernes y no cualquier otra cosa.
Se apartó del vidrio.
—No voy a ir —dijo. En voz alta. Al aula. Como si el aula fuera a discutírselo.
El aula no dijo nada. El tubo zumbó. Las sombras de las sillas siguieron alargándose por el suelo.
Y ella se quedó de pie en mitad del aula, con los brazos cruzados sobre el pecho, y por dentro, en algún lugar que no era el pecho ni el vientre sino más arriba, en la garganta, se le estaba formando otra frase, una que no decía. Porque no voy a ir sonaba muy bien dicho así, en voz alta, con el aula vacía de testigo. Pero no voy a ir era una cosa y no querer ir era otra, y ella, en el fondo, con esa lucidez fría que le duraba desde la mañana, sabía cuál de las dos estaba sintiendo.
Se sentó otra vez. Esta vez en la silla de un alumno, la tercera fila, la del medio, y se quedó ahí con las manos en el regazo y los pies colgando sin tocar el suelo del todo, porque las sillas de los chicos eran bajas y ella era grande. Se sintió ridícula. Una maestra sentada en un pupitre de alumno, sola, a las cinco y cuarto de la tarde, con la falda seca por fuera y el semen seco por dentro. Se rió otra vez, corto, por la nariz, y esta vez le salió con un poco de agua en los ojos que no era llanto, era cansancio, era el día entero, era todo junto.
Pensó en Buenos Aires.
En su madre, que le había dicho que España era lejos, que por qué, que quién se iba a un país ajeno a empezar de cero a los veintiséis. En su madre diciéndoselo con las manos en la cintura, en la cocina, mientras María Belén doblaba la ropa que iba a meter en la valija. En el aeropuerto, su madre llorando y ella no, ella con la valija y el pasaporte y el contrato doblado en cuatro, convencida de que estaba haciendo lo correcto, de que un país nuevo era una vida nueva, de que a los veintiséis años una todavía puede empezar de cero y salir bien.
Y ahora estaba aquí. Sentada en un pupitre de alumno. Con un pañuelo con semen en el cajón de la mesa del profesor. Con una mancha en la mesa que no se iba. Con un mordisco en el hombro que iba a tener que esconder debajo de la blusa el resto de la semana. Con un sabor de sangre en el labio partido. Y con una certeza en el vientre que no tenía ninguna prueba, ninguna razón, ningún sentido, y que sin embargo no se le despegaba.
Se le apretó la garganta otra vez.
—Mamá —dijo, en voz baja, y fue lo único que dijo, y se calló enseguida, porque no había nada que decirle a su madre desde un pupitre de alumno a las cinco y cuarto de la tarde en un colegio de España.
El teléfono le vibró en el bolsillo de la falda. El otro bolsillo. El que no tenía el pañuelo. Se sobresaltó, se lo sacó, y en la pantalla, en el vidrio, un nombre. Su madre. Llamada perdida. Y debajo, un mensaje de hacía dos horas que ella no había visto, que había llegado durante el recreo o durante la clase o durante cualquiera de las cosas que habían pasado en esa mesa, y el mensaje decía: "¿Cómo te fue el primer día? Contame todo. Te quiero."
María Belén miró la pantalla un rato largo. El pulgar le quedó suspendido sobre el vidrio, sobre el teclado, sobre las letras, y no escribió nada. No podía escribir nada. ¿Qué le iba a contar? ¿Que el primer día había conocido a un profesor de educación física y que se lo había follado en una bodega de balones antes del mediodía? ¿Que después se lo había follado otra vez en el aula, encima de la mesa del profesor, y que después otra vez en el pasillo, contra la pared, con la puerta cerrada y los chicos al otro lado? ¿Que creía estar embarazada, que no tenía ninguna prueba, que era una locura, y que aun así la mano se le iba al vientre sola?
Bloqueó la pantalla. Se guardó el teléfono.
Y se quedó mirando el pizarrón, a la distancia, desde la tercera fila. La palabra corazón seguía escrita en el hueco de la derecha, con la tilde alta, y por debajo, en la sombra gris que el borrador no había sacado, la co. Las dos cosas juntas, en la misma pizarra, la palabra entera y el fantasma de la mitad. Y a ella le pareció, un segundo, que eso era exactamente lo que tenía dentro: una cosa entera que ya estaba escrita y una mitad que todavía no, un corazón que todavía no latía y una co que ya estaba ahí, esperando.
Se levantó del pupitre de alumno.
Fue hasta la mesa del profesor. Se puso de pie detrás de ella, con las manos apoyadas en el respaldo de la silla, y miró la mancha. Ya estaba seca. Ya no brillaba. Era un óvalo pálido sobre la madera, más claro que la madera, con el borde apenas marcado, y desde la puerta no se veía, y desde donde ella estaba sí, y desde la silla de cualquier alumno también, si el alumno se levantaba y miraba de cerca. Se le pasó por la cabeza, rápido, la idea de pasar el dedo por encima, de rascarla con la uña, pero sabía que no iba a servir; ya lo había intentado antes y lo único que había conseguido era extenderla. La madera la había absorbido. La mancha ya no estaba encima de la mesa, estaba dentro.
Se le quedó el estómago frío otra vez.
Abrió el cajón. Con la mano, esta vez, porque ya no le daba miedo. Sacó la carpeta con las fotocopias, la puso sobre la mesa, y debajo del pañuelo —porque el pañuelo estaba en el fondo, hecho una bolita— encontró lo que estaba buscando: el cuaderno de planificación, la hoja del horario, doblada en dos, con los nombres de los profesores y las horas y las materias. La desdobló. Pasó el dedo por la columna del viernes. Lengua, matemática, sociales, naturales, educación física. Educación física, última hora, con los de tercero. Y el nombre, en la casilla, en letra chica: Arias, D.
Se quedó con el dedo encima del nombre.
D. Arias. Diego Arias. Como si no lo supiera. Como si hubiera necesitado leerlo para saberlo. Ahí estaba, en el horario, impreso, oficial, colgado en la sala de profesores para que cualquiera lo viera. El viernes a última hora, con los de tercero, en la cancha o en el gimnasio o donde fuera que diera educación física. Y después, a las cinco, el colegio vacío, los chicos en sus casas, los profesores yéndose, el pasillo largo y el aula cerrada y la bodega de balones al fondo, lejos del edificio principal, con la puerta que no tenía cerradura del lado de adentro.
Dobló el horario otra vez. En dos. En cuatro. Lo metió en la carpeta y la carpeta en el cajón y el cajón lo cerró de golpe con la rodilla, y el golpe sonó igual que el de antes, y ella se quedó de pie detrás de la mesa con las dos manos apoyadas en la madera, una a cada lado del óvalo pálido, sin tocarlo.
—No voy a ir —dijo, por tercera vez, y esta vez le salió firme.
Firme de verdad. No como las otras dos, que habían sido frases dichas al aire para oírse decirlas. Esta le salió de un lugar más abajo, del pecho, y sonó como suenan las cosas cuando una las decide. No voy a ir. El viernes, cuando suene el timbre de la última hora y los chicos salgan en estampida y el pasillo se llene de voces y de mochilas, ella se va a quedar en el aula. Va a corregir cuadernos. Va a preparar la clase del lunes. Va a esperar a que el colegio se vacíe, sentada en su silla, del lado de adelante de la mesa, con la puerta abierta, a la vista de cualquiera que pase, y cuando ya no quede nadie, cuando el conserje venga a decirle que va a cerrar, ella va a juntar sus cosas y se va a ir por la puerta principal, la de la calle, la que da a la avenida, y va a caminar hasta el hostal por la vereda de enfrente, la de la farmacia, y va a subir a su habitación con la ventana que no cierra y se va a acostar con la ropa puesta y va a dejar que el viernes se termine solo.
Eso era. Eso era no ir.
Se le quedó el plan entero en la cabeza, armado, con sus pasos, con su orden, con su vereda de enfrente y su habitación con la ventana que no cierra, y por un segundo le pareció que ya estaba hecho, que ya era viernes a las ocho de la noche y ella estaba en el hostal con la ropa puesta y todo había pasado sin pasar. Respiró. Hondo. Y el aire le entró limpio, sin olor a césped, sin olor a sudor, sin nada, y ella se agarró a ese aire limpio como se agarra una a un borde.
Después se le fue la mirada al pizarrón. A la palabra corazón. A la co de abajo.
Y ahí, en el hueco entre la palabra entera y la mitad, se le metió Diego. Otra vez. Sin permiso, como se le había metido toda la tarde. La cicatriz sobre la ceja. La risa corta contra su cuello. Los dedos de él resbalándole por el vello, buscándola, encontrándola. La voz baja en la oreja, todo el recreo esperándote. La mano en la nuca, después, en el pasillo, antes de la puerta del patio, ese contacto seco y caliente que le había recorrido la columna entera. Y las tres palabras por encima del hombro, con la comisura de los ojos arrugándosele, dichas con esa calma que no se le caía nunca.
Mañana te toca a ti.
María Belén apretó los dedos contra la madera. Las uñas se le pusieron blancas en las puntas. Y se dio cuenta, con una claridad que le llegó de golpe y le dio vergüenza, de que el plan que acababa de armarse —la puerta abierta, los cuadernos, la vereda de enfrente, la ropa puesta— no era un plan. Era una manera de decirse no voy a ir sin decirse no quiero ir. Porque no querer ir era otra cosa. No querer ir era quedarse en el aula el viernes a las cinco y no mirar el pasillo. No querer ir era no haber contado los pasos detrás de él esta tarde. No querer ir era no tener el vientre así, con la mano encima, esperando un latido que no llegaba.
Y ella sí quería ir.
Se le dijo. Por dentro, sin voz, con los labios apretados y los ojos en la co del pizarrón. Lo quería. Quería estar el viernes a las cinco en algún rincón de este colegio con la falda subida y la espalda contra una pared y la boca de él en la oreja. Lo quería desde antes de que él se lo pidiera, desde el primer día, desde la bodega, desde el momento en que lo había visto apoyado contra la pared del pasillo al fondo, con los brazos cruzados, esperándola. Y saberlo, decírselo por dentro con todas las letras, le dio más vergüenza que todo lo que había hecho ese día junto.
Se apartó de la mesa.
Fue hasta el pizarrón. Tomó el borrador del borde del marco y pasó la mano por encima de la palabra corazón, despacio, de arriba abajo, hasta que la palabra se fue y quedó la sombra, y después siguió bajando, por la sombra de la co, y la borró también, o casi, porque la pizarra guardaba lo que uno escribía por más que uno lo borrara, y cuando terminó y se apartó y miró, en la parte de abajo, en la esquina, quedaba una mancha gris que ya no tenía forma de nada, solo una mancha, y eso fue lo mejor que pudo hacer.
Dejó el borrador en el marco. Se sacudió las manos, una contra otra, y la tiza le quedó en los dedos, blanca, en las líneas de la palma, mezclada con lo otro, con la manchita del pulgar, y ella se miró las manos y pensó que en un solo día había tenido en las manos más cosas de las que iba a poder lavarse.
Fue hasta la puerta.
La abrió. El pasillo estaba en penumbra, las luces de tubo a medio encender, y al fondo, por la puerta del patio, entraba la última luz de la tarde, naranja, larga, tendida sobre el linóleo. El pasillo donde esta tarde había estado de rodillas contra el azulejo. Donde había mordido su propio puño para no gritar. Donde de una pared colgaba, todavía, invisible, todo lo que había pasado. María Belén miró el suelo. No quedaba nada. Ni una mancha. El linóleo estaba limpio, brillante bajo la luz naranja, y por un segundo le pareció mentira que hubiera pasado ahí, que hubiera pasado de verdad, que no se lo hubiera inventado entero en el aula vacía.
Cerró la puerta.
Volvió a la mesa. Se sentó en la silla del profesor, la de atrás, la de verdad, y abrió el cajón por última vez. Sacó el pañuelo. Lo sacó con dos dedos, por una punta, y lo sostuvo así, lejos del cuerpo, blando todavía, seco a medias, con la mancha mezclada, y lo miró un rato. Después lo dobló. Con cuidado, con las dos manos, en dos, en cuatro, hasta que quedó un cuadradito chico y compacto, y se lo guardó en el bolsillo de la falda, el mismo de antes, y se lo apretó contra el muslo con la palma, y sintió el bulto duro del pañuelo doblado a través de la tela.
Lo iba a tirar. En el hostal. Esa noche, en el baño, al inodoro, y tiraría de la cadena dos veces, y el agua se lo llevaría, y con él la mancha de la mesa y el pasillo y todo el día, y mañana, el viernes, cuando ella se quedara en el aula con la puerta abierta y los cuadernos, ya no iba a quedar nada de nada.
Eso se dijo.
Y se puso de pie, y se alisó la falda por delante y por detrás, y se tocó la coleta, que ya se le había vuelto a soltar, y se la recogió como pudo con la goma de la muñeca, y se ajustó las gafas con el índice, y se quedó de pie junto a la mesa un momento, mirando el aula vacía, las sillas en fila, las sombras largas, el pizarrón con la mancha gris que ya no tenía forma de nada.
Después fue hasta la ventana y miró hacia afuera una última vez. El patio estaba solo. La cancha, los arcos, la baranda, los escalones, todo naranja y quieto, y más allá, por encima de los tejados, el cielo de aquí, ese cielo que ella todavía no conocía, poniéndose de un color que no había visto nunca. No había nadie en el patio. La figura del chándal no estaba. Y sin embargo ella se quedó mirando un rato largo, con la frente casi contra el vidrio, buscándola.
La puerta del aula se abrió de golpe.
Entraron tres, cuatro chicos, los de la tarde, con las mochilas al hombro y las risas a medio soltar, y detrás el más chico del grupo, que venía corriendo y frenó en seco al verla, y los cuatro se quedaron parados en el umbral un segundo, mirándola, con esa cara que ponen los chicos cuando interrumpen algo y no saben qué.
—Señorita, ¿dejamos las mochilas que tenemos entrenamiento? —dijo uno, el que hablaba siempre.
María Belén se apartó de la ventana. Con la mano todavía en la falda, sobre el bulto del pañuelo, se giró hacia la puerta y soltó la mano y la dejó caer a lo largo del cuerpo, y les sonrió, y la sonrisa le salió torcida, y se le quedó así un segundo antes de enderezarse.
—Sí —dijo—. Dejen las mochilas. Y bajen rápido, que ya empieza.
El chico que había hablado se agachó a dejar la mochila junto a la pata de una silla, y los otros dos lo imitaron, tirándolas de cualquier manera, una encima de otra, hasta que quedó un montón torcido en el rincón de la puerta. El más chico, el que había entrado corriendo, ya estaba medio de vuelta hacia el pasillo, con una rodilla vendada con una venda mal puesta que le colgaba por detrás.
—¿Qué entrenamiento tienen hoy? —preguntó María Belén.
Se oyó la voz más firme de lo que esperaba. La mano le había quedado quieta a lo largo del cuerpo, lejos del bolsillo, y los dedos no le buscaron el bulto del pañuelo. No esta vez. Delante de los chicos, no.
El de la mochila se giró, sorprendido de que la maestra preguntara. Tenía las orejas coloradas del patio y una pelusa de césped pegada en la manga.
—Fútbol —dijo—. Hoy toca fútbol en la cancha grande, con el profe Arias.
—Con el profe Arias —repitió la más chica del grupo, la que todavía no había soltado su mochila, como si el nombre solo ya fuera un motivo para correr.
María Belén asintió. No dijo nada. El chico de las orejas coloradas se colgó la mochila del hombro contrario y los cuatro salieron en tropel, empujándose en el marco de la puerta, y las pisadas se fueron por el pasillo hacia la escalera del fondo, cada vez más rápidas, cada vez más lejos, hasta que se perdieron en el golpeteo de una puerta que se abría y el griterío que subía del patio.
El aula quedó en silencio otra vez. Las cuatro mochilas en el rincón, apiladas, una correa colgando por el costado del montón. El tubo fluorescente. Las sombras de las sillas, más largas ahora, porque la tarde había bajado un escalón más y el naranja de la ventana se estaba poniendo rojo por el borde.
Fútbol. En la cancha grande.
María Belén se quedó de pie junto a la mesa, con una mano apoyada en el respaldo de la silla del profesor, y se le fue la mirada por la ventana sola, sin que ella la mandara. La cancha grande era la que estaba al fondo del patio, la de cemento, con los dos arcos de metal pintados de blanco y la red medio rota del lado izquierdo, la que ella había visto esa mañana cuando había cruzado el patio detrás de él, camino de la bodega, sin saber todavía lo que le esperaba al final del pasillo. Los arcos. La red rota. La línea de cal blanca que alguien repintaba cada tanto y que ya estaba borrada a trechos por las zapatillas.
Y ahí, en esa cancha, a esa hora, iba a estar él.
Se le quedó la imagen quieta, como una foto que se le hubiera pegado por dentro del párpado. Diego en el borde de la cancha, con el silbato en la mano, el chándal, la camiseta blanca, los brazos cruzados sobre el pecho, mirando a los chicos correr. Diego diciendo algo con esa voz pausada que no se le caía nunca, y riéndose después, fuerte, sin reservas, la cabeza echada un poco hacia atrás. Diego agachándose a recoger un balón y pasándolo con la punta de la zapatilla, y el balón saliendo largo por encima de las cabezas, y los chicos corriendo detrás.
La mano se le movió sola hacia el vientre y ella la detuvo a medio camino, la apretó contra el respaldo de la silla, y los nudillos se le pusieron blancos sobre la madera.
Mañana.
Mañana, a esa hora, él iba a estar ahí con los de tercero, en esa misma cancha, con el silbato y el balón y los chicos, y ella iba a estar en su aula, a tres pasillos de distancia, con la puerta abierta y los cuadernos por corregir. Eso era lo que había decidido. Eso era no ir. Y sin embargo la cabeza se le iba sola a la cancha, a los arcos, a la red rota, como si el cuerpo no le hiciera caso a la decisión que acababa de tomar hacía un minuto, ahí mismo, con las dos manos sobre la mesa y la voz firme.
Se apartó del respaldo.
Fue hasta la ventana. La abrió un poco, lo justo para que entrara el aire de la tarde, y el aire entró tibio, con olor a cemento caliente y a césped pisado, y por debajo, lejano, el ruido del entrenamiento: un silbato, una voz de hombre que daba una indicación y se perdía en el eco del patio, el golpe seco de un balón contra el suelo. María Belén se asomó apenas, con la frente cerca del marco, y alcanzó a ver un pedazo de la cancha grande por el hueco entre el edificio y la tapia. Los arcos. La red rota. Las cabezas de los chicos, chicas, corriendo en fila, y una figura alta de espaldas, con chándal, que levantaba un brazo.
Diego.
Ahí estaba. A esa distancia era solo una silueta contra el cemento y el cielo rojo, sin cara, sin cicatriz, sin voz, y sin embargo a ella se le apretó la garganta igual, como si lo tuviera a un paso. Lo miró un rato. La figura levantó el otro brazo, dio una indicación, y los chicos cambiaron de fila, y el balón salió rodando por la cancha y alguien lo paró con el pie.
María Belén cerró la ventana.
El aire se cortó de golpe y el aula volvió al olor a tiza y a linóleo, al zumbido del tubo, a la luz roja que entraba por el vidrio y se tendía sobre el suelo en un rectángulo largo. Ella se quedó de pie junto a la ventana, con la mano en el marco, y por dentro se le estaba armando otra vez la cuenta, la misma que se había armado toda la tarde y que no se le deshacía: mañana a las cinco, la cancha grande, el entrenamiento de tercero, y después el timbre, los chicos a las casas, el colegio vaciándose, el pasillo largo y el aula cerrada y la bodega al fondo, lejos del edificio principal.
Le vino la bodega entera. Sin aviso. El olor a cuero y a goma de los balones apilados en los estantes, el polvo en el aire, la luz gris que entraba por la claraboya alta, y él detrás de ella, cerrándole la salida con el cuerpo, la mano en la cintura, la boca en el cuello. Se le vino con una claridad que la hizo apoyarse en el marco de la ventana, porque las piernas le flaquearon un segundo, ahí, en el aula vacía, con las mochilas de los chicos en el rincón.
Se enderezó.
—No —dijo, en voz baja, y esta vez la palabra no le sonó ridícula.
Fue hasta la mesa. Se sentó en la silla del profesor, la de atrás, y abrió el cajón con la mano, sin la rodilla, y sacó la carpeta de fotocopias y la puso delante, y la abrió por cualquier página, y se quedó mirando las hojas impresas sin verlas. Ejercicios de sílabas. Renglones en blanco. Un dibujo de una mariposa en la esquina de la hoja, con las alas simétricas, que ella misma había fotocopiado en Buenos Aires antes de viajar, en una papelería de la calle Rivadavia, con su madre esperando afuera.
Se le apretó el pecho.
Se acordó de su madre otra vez, del mensaje en el teléfono, de la llamada perdida, y pensó que tenía que contestarle. Que esa noche, en el hostal, con la ventana que no cerraba, le iba a contestar. Que le iba a decir que el primer día había ido bien, que los chicos eran lindos, que el colegio era grande y el patio tenía dos canchas, y nada más. Nada más. Y que su madre, del otro lado, en la cocina de Buenos Aires, se iba a quedar tranquila con eso, con esas cuatro frases, sin saber nada de la bodega, ni del aula, ni del pasillo, ni del pañuelo doblado en cuatro en el bolsillo de la falda.
El pañuelo.
Se le fue la mano al bolsillo. Lo tocó por encima de la tela, el cuadradito duro y compacto, y no lo sacó. Solo lo tocó, y sintió el bulto contra el muslo, y se acordó de que lo iba a tirar esa noche en el baño del hostal, al inodoro, con dos tirones de cadena. Eso había decidido. Y sin embargo, ahora, con la mano encima, no estaba tan segura de que fuera a hacerlo. No estaba segura de nada, en realidad, sentada en esa silla con la carpeta abierta por una página que no leía y la tarde poniéndose roja por la ventana.
Un grito subió del patio. Un gol. Los chicos, en la cancha grande, festejando algo, y la voz de hombre que se reía por encima del griterío, fuerte, sin reservas, y a María Belén se le erizó la piel de los brazos al oírla, porque la conocía, porque la había oído de cerca, contra su oído, contra su cuello, esa misma risa corta y sin esfuerzo que él soltaba cuando ella le decía cállate y le salía sin fuerza.
Se levantó.
Cerró la carpeta. La guardó en el cajón, encima del pañuelo, y cerró el cajón con la mano, despacio, sin golpe, y se quedó de pie detrás de la mesa con las dos palmas apoyadas en la madera, una a cada lado del óvalo pálido que ya no brillaba, que ya era solo una mancha más clara que la madera, casi invisible si uno no sabía dónde mirar.
Afuera, el entrenamiento seguía. El silbato. La voz. El balón contra el cemento. Y ella ahí, con las manos en la mesa, oyéndolo todo a través de la ventana cerrada, y por dentro, en ese lugar que no era el pecho ni el vientre sino más arriba, en la garganta, la frase que no se decía se le estaba deshaciendo sola, letra por letra, como se le había deshecho la palabra corazón en el pizarrón.
No voy a ir.
Lo dijo por dentro, sin voz, y esta vez, al decirlo, no le creyó.
Porque mañana, a esa hora, él iba a estar en la cancha grande con los de tercero, con el silbato y el balón, y ella iba a estar en su aula con la puerta abierta y los cuadernos, y las dos cosas eran verdad al mismo tiempo, y entre las dos, en el medio, en el hueco, estaba lo que iba a pasar de verdad, lo que ella ya estaba esperando sin querer esperarlo, contando las horas sin darse cuenta de que las contaba.
Se le fue la mirada al pizarrón. La mancha gris seguía abajo, en la esquina, sin forma de nada, y por encima, en el hueco de la derecha, no quedaba nada de la palabra corazón, ni de la co, ni de las sílabas, todo borrado, todo barrido por el borrador, y la pizarra limpia y verde, esperando la clase del lunes, esperando que alguien volviera a escribir encima.
María Belén tomó el borrador del marco. No había nada que borrar. Lo tuvo un segundo en la mano, el muñón de fieltro gastado, y después lo dejó otra vez en el borde, y se sacudió los dedos, y la tiza le quedó en las líneas de la palma, blanca, fina, y ella se miró la mano un momento y se la limpió en la falda, y la falda se manchó de blanco en una raya larga.
El timbre del entrenamiento sonó afuera. Corto. Dos veces. Y después las voces de los chicos empezaron a dispersarse, el rumor del patio cambiando de forma, las zapatillas buscando las puertas, el entrenamiento terminándose.
María Belén fue hasta la puerta del aula. La abrió y se quedó en el umbral, con una mano en el marco y el cuerpo a medio salir al pasillo, y miró hacia el fondo, hacia la puerta del patio, que estaba abierta y dejaba entrar la última luz roja de la tarde tendida sobre el linóleo. Por ahí iban a empezar a entrar los chicos del entrenamiento, con las camisetas de deporte pegadas de sudor, con las caras coloradas, con las mochilas al hombro, y entre ellos, detrás de ellos, al final, con el silbato en la mano y el chándal y la camiseta blanca, iba a venir él.
Se quedó esperando en el marco de la puerta. Sin darse cuenta de que esperaba.
El primer chico del entrenamiento entró por la puerta del patio con la camiseta pegada al pecho y las zapatillas pisando fuerte, y detrás vino otro, y otro, y en menos de un minuto el pasillo se llenó de cuerpos colorados y de olor a sudor y a césped, y María Belén se apartó del marco para dejarlos pasar, con la espalda contra la hoja de la puerta, saludando con la cabeza a los que la miraban de reojo. Ninguno se detuvo. Pasaron en fila, empujándose, riéndose de algo que había pasado en la cancha, y ella los vio alejarse hacia la escalera del fondo con las mochilas rebotándoles en la espalda.
Y después, al final del pasillo, en la puerta del patio, apareció él.
Venía caminando despacio, el silbato colgándole del cuello, el balón bajo el brazo, la camiseta blanca con una mancha de césped a la altura de la cadera. No la miró. Iba hablando con un chico que le caminaba al lado, el más alto de tercero, y le decía algo con la cabeza inclinada y el chico asentía y se reía, y Diego se rió también, fuerte, sin reservas, y la risa le llegó a María Belén por encima de las cabezas de los otros y le puso la piel de los brazos otra vez de gallina.
Pasaron los dos por delante del aula. Diego no giró la cabeza. Siguió caminando con el chico al lado, hacia la escalera, y el sonido de sus zapatillas se fue mezclando con el de las demás hasta que ya no se distinguió, y el pasillo empezó a vaciarse, y las puertas de las aulas se fueron cerrando una por una, y el colegio entero entró en esa hora rara en que ya no hay clase y todavía no hay silencio.
María Belén se quedó en el umbral. Con una mano en el marco. Mirando el fondo del pasillo, la puerta del patio abierta, la luz roja que se estaba apagando por encima de la tapia.
Después entró al aula y cerró la puerta.
Las cuatro mochilas seguían apiladas en el rincón, una correa colgando por el costado. El tubo fluorescente zumbaba. La luz de la ventana se había puesto de un rojo oscuro, casi violeta, y las sombras de las sillas se estiraban hasta la pared del fondo y trepaban un poco por el mapa de España, borroneando las comunidades de colores. María Belén cruzó el aula hasta su mesa y se sentó en la silla del profesor, la de atrás, y se quedó un momento con las manos sobre la carpeta cerrada, sin abrir el cajón, sin tocar nada.
El teléfono le pesaba en el bolsillo de la falda. El otro. El que no tenía el pañuelo.
Lo sacó. La pantalla se encendió y le dio en la cara, blanca, dura, y en el vidrio seguía el nombre de su madre con la llamada perdida y debajo el mensaje, el mismo de antes, el que ya había leído dos veces: ¿Cómo te fue el primer día? Contame todo. Te quiero.
María Belén miró la pantalla un rato largo. El pulgar le quedó quieto sobre el borde del vidrio. Afuera, en el patio, alguien arrastraba una red de arco y el metal chirriaba contra el cemento, y el sonido llegaba hasta el aula y se metía por debajo del zumbido del tubo, y ella lo escuchó sin oírlo, con los ojos en las tres frases de su madre.
Contame todo.
Se le rió el pecho. Corto. Por la nariz. Y esta vez no le salió agua en los ojos, le salió otra cosa, algo más seco, más amargo, que se le quedó en la garganta como un bocado mal tragado. Porque su madre, en la cocina de Buenos Aires, con el delantal puesto y la radio de fondo, estaba esperando esas tres frases como se espera una carta. Y ella tenía que escribirla. Tenía que escribirle algo, cualquier cosa, porque si no le contestaba su madre iba a llamar otra vez, y a la tercera llamada iba a empezar a preocuparse, y su madre preocupada era capaz de sacar un pasaje y aparecerse en el hostal con la valija y las empanadas, y ahí sí que no había manera de esconder nada.
Abrió el teclado. El cursor le parpadeó en la pantalla, una rayita vertical que esperaba, y ella se quedó mirándolo con los pulgares suspendidos sobre las letras.
Escribió: Bien.
Lo miró. Una palabra. Le pareció poco. Le pareció que su madre, del otro lado, iba a leer esa palabra y a fruncir el ceño, porque su madre conocía su manera de escribir, y una palabra sola no era su manera de escribir. Borró la palabra. El cursor volvió a parpadear, vacío.
Escribió: Todo bien, mamá. Los chicos son lindos. El colegio es grande.
Lo leyó. Lo leyó dos veces, moviendo los labios sin voz, como leía las cosas importantes. Todo bien. Los chicos son lindos. El colegio es grande. Tres frases. Ninguna mentira. Ninguna verdad tampoco. Los chicos eran lindos, sí. El colegio era grande, sí, con sus dos canchas y su bodega al fondo y sus pasillos largos de linóleo. Todo bien. Todo bien era la parte que no se sostenía sola, la parte que necesitaba que ella no dijera nada más, y por eso mismo era la parte que su madre iba a leer con más cuidado.
Se mordió el labio. El de abajo, el cortado, y el sabor de la sangre le volvió, tenue, y se lo soltó enseguida, porque ya estaba cansada de ese sabor, porque lo había tenido todo el día en la boca y no se le iba.
Agregó: Estoy cansada, fue un día largo. Mañana te llamo y te cuento con más tiempo.
Ahí estaba. Eso era. Un día largo. Mañana te llamo. Con más tiempo. Las tres frases que una le escribe a una madre cuando no quiere escribirle nada, y su madre las iba a leer y las iba a aceptar, porque eran las frases que se aceptan, las que se dicen cuando la hija está lejos y una no puede hacer nada de todos modos. Y sin embargo, al leerlas juntas en la pantalla, a María Belén le pareció que le estaba mintiendo a su madre por primera vez en la vida, y que la mentira no estaba en ninguna de las palabras, sino en el hueco entre ellas, en todo lo que no decía.
El pulgar le tembló sobre la tecla de enviar.
Pensó, un segundo, en escribir la verdad. Entera. Sin anestesia. Mamá, hoy conocí a un profesor de educación física y me folló tres veces, la última contra la pared de un pasillo mientras los chicos estaban en el recreo al otro lado de la puerta, y creo que estoy embarazada aunque no tengo ninguna prueba y no hace ni una semana que llegué. Lo pensó entero, con todas sus palabras, y le duró lo que dura un relámpago, y después se le apagó solo, porque escribir eso era una cosa que no se hacía, no a una madre, no desde un aula vacía a las seis de la tarde en un país donde no conocía a nadie.
Envió.
El mensaje salió. Se puso la palomita, una sola, y después la segunda, y la pantalla le devolvió la conversación con las tres frases colgadas debajo de las de su madre, y a María Belén le pareció que la conversación entera, leída de arriba abajo, era como una casa con una habitación cerrada en el medio, una puerta que no se abría y que nadie mencionaba.
Se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla, esperando. No sabía qué esperaba. Quizá la respuesta. Quizá que su madre, del otro lado, con la intuición que tienen las madres, leyera el hueco y escribiera algo, una pregunta, una sospecha, cualquier cosa que la obligara a decir más. Pero la pantalla se quedó quieta. El mensaje estaba enviado y no había respuesta todavía, y probablemente no la habría hasta la mañana, porque en Buenos Aires ya era de noche y su madre se acostaba temprano y el teléfono se le quedaba en la mesita de luz, boca abajo, como lo dejaba siempre.
Bajó el teléfono. Lo dejó sobre la mesa, junto a la carpeta, con la pantalla todavía encendida, y se miró las manos. La derecha, la de arriba, con la marca roja de las juntas del azulejo ya casi borrada y la manchita blanca del pulgar que no se había ido del todo. La izquierda, abierta sobre la madera, con la raya de tiza que le había quedado de limpiarse en la falda.
Las dos manos, ahí, sobre la mesa del profesor de un colegio de España, después de haber escrito una mentira a su madre.
Se le apretó la garganta. No lloró. Se quedó con la garganta apretada y los ojos secos, mirando las manos, y por dentro le subió una cosa que no era tristeza ni era culpa, era las dos mezcladas con otra que no tenía nombre, algo que le hacía querer reírse y golpear la mesa al mismo tiempo, y se quedó quieta, sin hacer ninguna de las dos, porque en el pasillo todavía había ruido de gente yendo y viniendo y no era cuestión de que la oyeran.
Afuera, el chirrido de la red de arco volvió a sonar, más lejos ahora, y después se apagó, y el patio entró en ese silencio de después del entrenamiento, cuando ya no hay chicos y todavía no es de noche. María Belén tomó el teléfono y apagó la pantalla con el pulgar. El vidrio se puso negro y en el negro se reflejó su cara, borrosa, con las gafas y la coleta deshecha, y se quedó mirándose un segundo en ese reflejo como se mira una a alguien que no reconoce del todo.
Después se guardó el teléfono en el bolsillo de la falda. En el otro. El que no tenía el pañuelo. Y sintió los dos bultos, uno a cada lado, el teléfono a la derecha y el pañuelo a la izquierda, y pensó que así iba a caminar hasta el hostal, con esas dos cosas en los bolsillos, una que la conectaba con su madre y la otra que la desconectaba de todo, y que entre las dos, en el medio, iba ella, con la falda seca por fuera y el semen seco por dentro.
Se puso de pie. Recogió las cuatro mochilas del rincón, una por una, y las apiló sobre una silla, más ordenadas, porque dejarlas tiradas en el suelo no era manera de dejar un aula. Después fue hasta el pizarrón y se quedó delante, con el borrador en la mano, mirando la mancha gris de la esquina, esa que ya no tenía forma de nada. No había nada que borrar. Lo sabía. Y sin embargo pasó el borrador una vez más, despacio, de arriba abajo, y la mancha se aclaró un poco más, y quedó casi del color de la pizarra, casi invisible, y ella dejó el borrador en el marco y se sacudió las manos.
Fue hasta la puerta. Apagó la luz del aula. El tubo se apagó con un chasquido y el aula quedó en la penumbra roja que entraba por la ventana, con las sillas y las sombras y las mochilas apiladas, y María Belén se quedó un momento en el umbral mirando hacia adentro, como se mira un cuarto que se deja, y después salió y cerró la puerta detrás de ella.
El pasillo estaba casi a oscuras. Las luces de tubo ya se habían apagado solas, las que quedaban encendidas eran dos al fondo, junto a la escalera, y la puerta del patio seguía abierta y por ahí entraba la última claridad del día, un azul sucio que ya no era naranja. María Belén caminó hacia la salida con las llaves del aula en la mano, y el sonido de sus sandalias fue lo único que se oyó en el pasillo largo, un sonido fino y rápido que rebotaba en los azulejos y volvía.
Al pasar por delante de la puerta del patio, se detuvo.
No supo por qué. Se detuvo como se detiene una cuando el cuerpo decide antes que la cabeza, y se quedó en el marco, mirando hacia afuera. El patio estaba vacío. La cancha grande, al fondo, con los dos arcos blancos y la red rota, se veía gris bajo el azul del atardecer, y la línea de cal borrada a trechos, y las gradas de cemento, y la tapia con la hiedra. No había nadie. El balón ya no estaba. El silbato ya no sonaba. Solo el viento, que movía la hiedra de la tapia y hacía un ruido bajo, de hojas, y más allá, por encima de los tejados, el cielo poniéndose de un color que ella todavía no sabía nombrar.
María Belén miró la cancha un rato. Después cerró la puerta del patio. La empujó hasta que la hoja encajó en el marco, y el chirrido largo de la bisagra sonó otra vez, y cuando la puerta se cerró el pasillo quedó en un silencio distinto, más cerrado, más suyo.
Se giró hacia la salida.
Y ahí, junto a la puerta principal, apoyado contra el marco, con los brazos cruzados sobre el pecho y la camiseta blanca ya casi gris en la penumbra, estaba Diego.
María Belén se quedó quieta. Las llaves del aula le pesaron en la mano. Él no dijo nada. La miró desde el fondo del pasillo, sin sonreír, con el silbato todavía colgándole del cuello, y después se empujó del marco y echó a andar hacia ella, despacio, las zapatillas sonando contra el linóleo, un paso, otro, y María Belén sintió cada paso en la planta de los pies, igual que esta tarde, igual que siempre, y se quedó donde estaba, con las llaves en la mano y el teléfono en un bolsillo y el pañuelo en el otro, esperándolo llegar.
Diego llegó hasta ella. Se detuvo a un paso, el mismo paso de esta tarde, la misma distancia exacta que le dejaba el olor a césped y a sudor limpio en la nariz, y María Belén se quedó con la espalda contra la hoja de la puerta y las llaves apretadas en la mano, los dientes del metal clavándosele en la palma.
Él bajó la vista. Al puño cerrado de ella, a las llaves, y después volvió a subirla, despacio, por el brazo, por el hombro, por el cuello, hasta los ojos.
—Te vi desde la cancha —dijo—. En el marco de la puerta, mirando el patio.
María Belén no contestó enseguida. La mano derecha seguía cerrada alrededor del manojo, el metal caliente ya de tanto apretarlo, y por un segundo entero no se movió, no respiró, no hizo nada más que mirarlo desde abajo, porque él estaba tan cerca que para mirarlo a los ojos tenía que levantar apenas la barbilla, y eso, ese gesto mínimo de levantar la barbilla, ya era una forma de decir algo.
Después movió el brazo.
Lo movió despacio, sin abrir la mano, y las llaves sonaron. Un tintineo corto, seco, el choque de las tres contra el llavero de plástico, y el sonido llenó el pasillo vacío como se llena un cuarto con una sola palabra. Levantó la mano hasta la altura del pecho de él, la sostuvo ahí, y las llaves colgaron del puño cerrado, brillando un poco con lo que quedaba de luz del patio, la llavecita del aula, la grande de la puerta de la calle, la del armario de los materiales, todas juntas, todas suyas, todas todavía en su mano.
No las soltó.
Las mostró. Eso fue todo lo que hizo. Las levantó y las dejó ahí, a un palmo del pecho de Diego, y no abrió los dedos, no se las tendió, no hizo el gesto de dárselas, y sin embargo el gesto estaba hecho, porque una llave que se levanta es una llave que se ofrece, aunque la mano no se abra, aunque los dedos sigan clavados en el metal.
Diego bajó la vista otra vez. Al puño, a las llaves, a la manchita blanca del pulgar de ella que asomaba por encima del llavero. Se quedó mirando eso un rato, más de lo que hacía falta, como si estuviera leyendo en las llaves algo que ella no había dicho. Y María Belén sintió el peso de esa mirada en la mano como si le estuvieran tocando la piel, y tuvo que hacer un esfuerzo para no bajar el brazo, para no esconder las llaves en el bolsillo, para no echarse atrás.
No se echó atrás.
Dejó la mano donde estaba, temblando apenas, un temblor chico que le subía del antebrazo y que ella combatía apretando más los dedos, y las llaves volvieron a sonar, una sola vez, y el sonido la delató.
—¿Y esas? —dijo él. No las tocó. Tenía las manos quietas a los costados, y eso —que no las tocara— era peor que si las tocara.
—Son del aula —dijo María Belén. La voz le salió más baja de lo que esperaba, más ronca, y se aclaró la garganta antes de seguir—. Me las dieron esta mañana. Con el resto. Junto con el cuaderno de asistencia y la lista de los chicos.
—Ya sé lo que son —dijo él.
—Entonces sabés lo que estoy haciendo.
Lo dijo antes de pensarlo. Le salió así, entero, y cuando terminó de decirlo se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, sorprendida de su propia voz, porque no había sido una pregunta, había sido casi un desafío, y ella no era una mujer que desafiara a nadie, ella era una maestra nueva que había llegado hacía cuatro días con dos valijas y una carta de recomendación, y ahí estaba, en un pasillo a oscuras, con las llaves del aula levantadas como una bandera.
Diego no sonrió. Eso fue lo raro. Otras veces, esta tarde, en la bodega, en el aula, él había sonreído, se había reído, la había mirado con esa risa en los ojos verdes que le arrugaba la comisura. Ahora no. Ahora la miraba en serio, la boca quieta, la cicatriz de la ceja marcándosele con la poca luz, y María Belén no supo qué hacer con esa cara, porque no la conocía, porque era una cara nueva en un hombre que llevaba todo el día siendo tres o cuatro hombres distintos.
—¿Y vos qué querés que haga con eso? —dijo él.
—No sé.
—No te pregunté qué sabés. Te pregunté qué querés.
María Belén abrió la boca. La cerró. Las llaves le pesaban en la mano como si fueran de hierro macizo, y por un momento, un momento nada más, pensó en su madre, en el mensaje, en la casa con la habitación cerrada en el medio, y pensó que si su madre la viera ahora, en ese pasillo, con esa mano levantada, no la reconocería.
—Quiero —empezó, y se detuvo.
Él esperó. No la apuró. Se quedó ahí, a un paso, con los brazos quietos, y la dejó buscar las palabras sin ayudarla, y eso, que no la ayudara, le dio a María Belén una cosa rara, una cosa que no era miedo ni era vergüenza, era como estar parada al borde de un trampolín y saber que nadie te va a empujar, que el salto es tuyo o no es de nadie.
—Quiero que las veas —dijo al fin—. Nada más. Que las veas.
Y era verdad. Era exactamente verdad y era exactamente nada, porque las llaves eran las llaves del aula y verlas no quería decir nada, no significaba nada, no comprometía a nada, y sin embargo ahí estaban los dos, mirándose por encima de un puño cerrado, y los dos sabían que verlas quería decir todo.
Diego volvió a bajar la vista. Esta vez más despacio. Miró el puño, miró el llavero de plástico con la etiqueta del colegio, miró la llavecita chica del aula, la que abría la puerta que no tenía cerradura por dentro, la puerta por la que cualquiera podía entrar y por la que nadie había entrado esta tarde. Se quedó en esa llavecita un rato largo. Después levantó la mano.
María Belén se quedó sin aire.
Pero él no le tocó las llaves. Le tocó la muñeca. Dos dedos, apenas, la yema del índice y la del medio, apoyadas en la venita que le latía por dentro de la piel, y fue un toque tan leve que casi no era un toque, era más bien la amenaza de un toque, la sombra de una mano antes de posarse, y a María Belén se le fue el poco aire que le quedaba y tuvo que apretar los dientes para no hacer ningún ruido.
—Las llaves del aula —dijo él, muy despacio, sin levantar los dedos de la muñeca—. La puerta que no cierra por dentro.
—Sí.
—Y me las mostrás a mí.
—Sí.
—En el pasillo. A las seis y media de la tarde. Cuando no queda nadie.
—Sí.
Cada sí le salía más chico que el anterior. El último casi no se oyó. Y sin embargo los dijo todos, uno atrás del otro, sin bajar la mano, sin soltar las llaves, con la espalda contra la hoja de la puerta y el metal clavándosele en la palma y la muñeca ardiéndole debajo de los dos dedos de él.
Diego levantó los dedos. Se los llevó a la boca. No los besó. Se los pasó por el labio, apenas, como quien se limpia una miga, y después bajó la mano y la dejó quieta otra vez al costado, y María Belén se quedó con la muñeca marcada por el calor de esos dos dedos, un calor que ya no estaba y que sin embargo seguía ahí, en la piel, como una letra escrita con el dedo en el vaho de un vidrio.
—Bajá la mano —dijo él.
Ella la bajó. Despacio. Las llaves volvieron a sonar, una sola vez, y después quedaron colgando a la altura de la falda, quietas, y María Belén se miró los pies, las sandalias, el linóleo gris, porque no se animaba a mirarlo a la cara.
—No te estoy invitando a entrar —dijo. Le salió bajo, rápido, y apenas lo dijo supo que era mentira, y supo que él lo sabía, y supo que los dos iban a dejar pasar la mentira porque era la clase de mentira que se deja pasar.
—Ya sé —dijo Diego.
—Solo te las mostré.
—Ya sé.
—Porque son mías. Las llaves son mías. Me las dieron a mí.
—Ya sé, María Belén.
La nombró. Entera. María Belén, las dos palabras juntas, y ella se quedó con el nombre en el oído como se queda una con una piedra en el zapato, sintiéndolo con cada paso, y levantó la cara por fin y lo miró, y él la estaba mirando a ella, no a las llaves, no al puño, a ella, a los ojos, con esa cara seria que no le conocía, y por un segundo, uno solo, a María Belén le pareció ver algo en esa cara, algo chico, algo que se le apagó enseguida, una cosa que no era deseo ni era burla ni era la risa de la bodega, era otra cosa, algo más callado, y no llegó a nombrarla porque se le apagó antes.
—Mañana —dijo él.
—Mañana —repitió ella.
—Co-ra-zón.
Lo dijo separado, sílaba por sílaba, igual que en el aula, igual que esta mañana contra el pizarrón, y María Belén sintió las tres sílabas en la boca del estómago, una atrás de la otra, y no dijo nada, porque no había nada que decir, porque él ya estaba retrocediendo, un paso, otro, las zapatillas sonando en el linóleo, y después se dio vuelta y caminó hacia la puerta del patio, la abrió, y el chirrido largo de la bisagra volvió a sonar en el pasillo vacío.
La puerta se cerró detrás de él. El pasillo quedó en silencio, con la última luz azul entrando por las ventanas altas y las llaves colgando de la mano de María Belén, que seguía parada contra la hoja de la puerta principal, sin moverse, con la muñeca todavía tibia y la palma marcada por los dientes del metal.
Se quedó ahí un rato. No supo cuánto. El reloj del pasillo, el redondo de arriba de la escalera, seguía marcando las seis y veinticinco, y María Belén lo miró y pensó que en Buenos Aires su madre ya estaría dormida, el teléfono boca abajo en la mesita de luz, y que ella estaba en un pasillo de España con las llaves del aula en la mano y una marca de dos dedos en la muñeca que ya casi no se veía.
Abrió la mano. Las llaves le quedaron en la palma, rojas las marcas de los dientes, y las miró un segundo antes de guardárselas en el bolsillo de la falda. El que no tenía el pañuelo. El que no tenía el teléfono. El tercero, el de las llaves, y así, caminando hacia la puerta de la calle, María Belén pensó que ya tenía los tres bolsillos ocupados, uno con la mentira, uno con la prueba y uno con la llave, y que en el medio, otra vez, en el medio de todo eso, iba ella.
Empujó la puerta de la calle. Afuera el aire estaba fresco, oliendo a césped recién cortado y a gasoil de la calle, y el cielo ya era de un azul oscuro con una raya naranja abajo, sobre los tejados, y María Belén se quedó un momento en el escalón, respirando, con la mano en el bolsillo de las llaves, apretándolas por encima de la tela.
Después bajó los tres escalones y echó a andar hacia el hostal, y no miró atrás.

