La tiza seguía entre sus dedos cuando el silbato sonó otra vez. Pero no venía de la cancha. Venía del pasillo. Cerca. Demasiado cerca, como si el sonido hubiera cruzado la puerta y se hubiera metido en el aula antes que el hombre que lo soplaba.
María Belén giró sobre los talones.
Diego Arias estaba apoyado en el marco de la puerta, un hombro contra la madera, el silbato colgándole del cuello con la cinta azul desteñida. La camiseta blanca le marcaba el pecho. El pelo revuelto, como siempre, como si acabara de salir de una ducha o de una pelea. La cicatriz sobre la ceja izquierda se le veía más clara bajo la luz del fluorescente.
No dijo nada. Entró.
La puerta se cerró a su espalda con un golpe seco, y el ruido del recreo —los gritos, las risas, el rebote de un balón contra el asfalto— quedó del otro lado, apagado, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. El aula se volvió un acuario silencioso. Solo el zumbido del tubo de luz. Solo la respiración de ella, que se le había quedado atascada en algún lugar entre la garganta y el pecho.
—Me acordé de algo —dijo Diego.
Cruzó el aula sin apuro. Pasó entre las filas de pupitres vacíos, esquivando una mochila abandonada, y cada paso suyo sonaba en el linóleo como si el aula entera fuera suya y ella fuera la que estaba de visita. María Belén no se movió. La tiza le pesaba en la mano como una piedra.
Él se detuvo a un metro de la pizarra. Miró las palabras partidas en sílabas — ma-ri-po-sa,, co-ra-zón — y algo se le movió en la boca, una sonrisa que empezaba y no terminaba de salir.
—Las sílabas —dijo.
Le quitó la tiza de los dedos. No se la arrancó. Se la sacó despacio, rozándole los nudillos con las yemas, y la dejó caer en la repisa. La tiza rodó un par de centímetros y se quedó quieta contra el borde.
Y no le soltó la mano.
Tiró de ella hacia él. Suave, pero sin margen. María Belén dio un paso involuntario, luego otro, y cuando quiso darse cuenta, el pecho le rozaba el de él y tenía que levantar la cara para mirarlo. El corazón le golpeaba las costillas como un puño cerrado.
—Las sílabas —repitió Diego, y la boca le quedó cerca del oído, tan cerca que el aliento le calentó el lóbulo— se aprenden mejor si las decís en voz alta.
La mano de él subió por su nuca. Los dedos se cerraron en la base del cráneo, firmes, con la presión justa, y María Belén sintió que algo en la columna se le aflojaba. Un nudo que no sabía que tenía. El cuerpo entero le respondió antes de que la cabeza pudiera opinar: se apoyó contra él, dejó caer la frente contra el hombro de la camiseta blanca, y cerró los ojos.
El olor de él. Sudor limpio y un jabón barato que no lograba taparlo del todo. El calor del torso atravesándole la blusa.
—Muy bien —dijo Diego. La voz le vibró en el pecho, y ella la sintió contra la mejilla—. Así. En voz alta.
María Belén abrió la boca. No le salió nada.
Él le apretó un poco más la nuca. No era una orden. Era una pregunta hecha con la mano, y ella contestó sin palabras: se apretó contra él, la cadera contra la cadera, y sintió la dureza de él contra el hueso de la pelvis. Un espasmo corto. Un latido que no venía del corazón.
— Ma —dijo ella. La voz le salió ronca, más baja de lo que era su voz—. Ri. Po. Sa.
Diego soltó una risa contra su pelo. Corta, húmeda.
—Eso es.
La mano libre le bajó por el costado. La sintió pasar por la cintura, por la curva de la cadera, y detenerse en el ruedo de la falda. Los dedos se engancharon en la tela un segundo. Después la falda subió, lenta, y el aire del aula le tocó los muslos.
María Belén abrió los ojos. Miró de reojo la puerta cerrada. La ventana al fondo, con el patio y los chicos y las vidas de todos ellos al otro lado del vidrio. La tiza en la repisa. Cualquiera podía entrar. Cualquier alumno que se hubiera torcido el tobillo, cualquier colega que necesitara algo, cualquier inspector. La puerta no tenía llave por dentro.
No dijo nada.
Diego la guio hacia atrás, paso a paso, sin soltarle la nuca ni la falda. La mesa del profesor le tocó la parte baja de la espalda, y él la levantó por la cintura como si pesara nada, la sentó en el borde, y la falda se le subió sola por los muslos.
Todavía tenía las gafas puestas. Se las quitó y las dejó a un costado, sobre un montón de exámenes sin corregir, y el mundo se le volvió un poco borroso en los bordes. Diego le quedó más nítido en el centro. La cicatriz. La boca. Los ojos verdes, que no se le movían de la cara.
—Mirá esto —dijo él, y le puso la mano en la rodilla.
La falda ya estaba por encima de la cadera. Él se agachó un poco, hasta quedar a la altura de sus ojos, y le buscó las bragas con los dedos. Las encontró. Un tirón hacia abajo, sin ceremonia, y la tela le bajó por los muslos, por las rodillas, y se le enganchó un momento en el tobillo antes de caer al piso.
María Belén cerró las piernas por reflejo.
Diego le puso la palma en la cara interna de la rodilla y esperó. No empujó. Solo apoyó la mano ahí, caliente, y la miró. Y ella, después de un segundo que se le hizo larguísimo, abrió las piernas otra vez.
El aire le tocó el sexo. Estaba mojada. Lo sabía desde antes de que él entrara al aula, lo había sabido desde la bodega, desde el primer silbato de la mañana, y ahora el olor subía en el aire quieto del aula y no había dónde esconderlo.
—Ya —dijo Diego. No era una pregunta.
—Ya —contestó ella.
Él se incorporó. Se bajó el chándal con una mano, sin mirar lo que hacía, y el elástico le quedó en la mitad de los muslos. La camiseta blanca le tapaba el resto. Después se acercó, le puso una mano en la cadera y la otra en la nuca otra vez, y la cabeza del pene le rozó los labios del sexo. Un roce apenas. Ella se estremeció entera, de la nuca a los dedos de los pies.
—Despacio —dijo él, contra su boca.
Y entró.
Fue lento al principio. Un centímetro, dos, la presión abriéndose paso, el cuerpo de ella cediendo como si lo hubiera estado esperando desde la primera vez. María Belén se agarró del borde de la mesa con las dos manos. Los nudillos se le pusieron blancos. La respiración se le cortó en seco, y cuando quiso recuperarla, él ya estaba más adentro, más hondo, llenándola hasta un punto que no sabía que tenía.
—Ahí —dijo ella. No lo pensó. Le salió.
Diego se rió, bajo, contra su mejilla.
—¿Ahí?
Y embistió.
La mesa crujió. Un sonido de madera vieja, de patas flojas, que en el silencio del aula sonó como un disparo. María Belén se mordió el labio para no gritar. Él la agarró de la cintura con las dos manos y la sostuvo firme contra el borde, y empezó a moverse con un ritmo que no tenía nada de suave. Cada embestida la corría un poco hacia atrás, y cada vez él la traía de vuelta. La falda le hacía un rebujo entre los dos. Las gafas quedaron en el montón de exámenes, torcidas, con una patilla doblada.
—Callate —le dijo él al oído—. Callate, que está el patio lleno.
Ella asintió. Se mordió el labio otra vez, más fuerte, y el sabor a hierro le llenó la boca. Un gemido se le escapó igual, corto, ahogado contra el hombro de él, y Diego le tapó la boca con la palma de la mano.
La mano olía a tiza. A la tiza que le había sacado de los dedos hacía un minuto que ahora parecía una hora.
Él siguió. Más rápido. La mesa golpeaba la pared con un ritmo sordo, toc, toc, toc, y María Belén pensó, en un rincón lúcido de la cabeza, que si alguien pasaba por el pasillo iba a saber exactamente lo que estaba pasando adentro. Esa idea le subió por la espalda como un escalofrío. La apretó por dentro. Se le cerró el sexo alrededor de él, un espasmo que no pudo controlar, y Diego soltó un gruñido contra su pelo.
—Otra vez —dijo. La voz le salió ronca, rota—. Hacelo otra vez.
Ella no sabía si podía. Pero lo hizo. Se apretó alrededor de él a propósito, apretando los músculos del vientre, y él respondió con una embestida que la levantó un centímetro de la mesa. La falda se le subió más. La blusa se le salió del pantalón por detrás. Tenía una mano de él en la cintura y la otra todavía en la boca, y las dos la sujetaban como si le tuviera miedo a que se le fuera.
En algún momento, entre una embestida y la siguiente, Diego le soltó la boca, le agarró el mentón y le giró la cara hacia la suya. La miró. Los ojos verdes a diez centímetros, con las pupilas negras, con la cicatriz palpitándole sobre la ceja. María Belén se quedó ahí, sostenida por la mirada, mientras el cuerpo de él seguía entrando y saliendo del suyo con un ritmo que ya no era lento ni rápido, era otra cosa, era el punto exacto donde el placer y el miedo se volvían lo mismo.
—Miráme —dijo él.
Ella lo miró.
—Así. No cierres los ojos. Miráme cuando te cojo.
La palabra le entró como una mano. María Belén sintió que se le encendía la cara, las orejas, el cuello, y no apartó la vista. Diego le sostuvo la mirada y aceleró. La mesa golpeó la pared más fuerte. Un pupitre se sacudió solo, en la segunda fila, como si el aula entera estuviera temblando.
Y después él bajó la cabeza y le mordió el hombro.
Fuerte. A través de la blusa, a través del corpiño, los dientes se le cerraron en el músculo y María Belén ahogó el grito contra el pelo de él. El dolor le subió por el cuello y se le mezcló con todo lo demás, y en el mismo instante sintió que él se tensaba entero, los muslos duros contra los suyos, la respiración cortada, y empezaba a correrse.
Adentro.
Otra vez adentro.
Ella lo sintió. No como una idea. Como un hecho físico: el pulso de él contra las paredes del sexo, el calor que se le derramaba dentro, la embestida final que la dejó clavada contra la mesa con las dos manos de él en la cintura. Diego gruñó contra su hombro, un sonido largo, animal, y se quedó ahí, temblando, vaciándose en ella hasta la última gota.
El silbato del patio sonó lejos. Alguien gritó un nombre. Un balón rebotó contra el asfalto, tres veces, cuatro, y el ruido del mundo volvió de a poco, como si alguien hubiera subido el volumen otra vez.
Diego se apartó despacio.
María Belén sintió el aire entrar donde antes estaba él, y después, un segundo después, el semen escurriéndole por dentro del muslo. Bajó la vista. La gota blanca le corrió por la cara interna del muslo, despacio, y se detuvo un momento en la rodilla antes de caer sobre la madera de la mesa, donde quedó una mancha pequeña, brillante, junto al borde.
Diego se subió el chándal. Se pasó la mano por el pelo, se acomodó la camiseta, y miró la mancha en la mesa con una expresión que ella no supo leer. Después la miró a ella. Sentada en el borde, con la falda arrugada en la cintura, las bragas en el piso, el hombro marcado por los dientes, y las gafas torcidas sobre los exámenes.
—Bueno —dijo él—. La sílaba co-ra-zón te la dejo para mañana.
Y se fue. Abrió la puerta, y el ruido del patio entró de golpe, y volvió a cerrarla. Los pasos se alejaron por el pasillo.
María Belén se quedó sola, en la mesa del profesor, con la mano en el vientre.
La puerta se cerró. Los pasos de Diego se alejaron por el pasillo, primero nítidos, después más suaves, después nada. El silbato del patio sonó otra vez, tres notas cortas, y alguien gritó un nombre que no era el de ella.
María Belén no se movió.
La mano le pesaba sobre el vientre. La falda le seguía arrugada en la cintura, la blusa le colgaba fuera del pantalón por detrás, y las bragas seguían en el piso, junto a la pata de la mesa, un montón de tela oscura que no se decidía a mirar. Tenía el hombro palpitando donde él la había mordido, un dolor sordo que le subía hasta la nuca cada vez que respiraba hondo. Y en la boca, el sabor a hierro de su propio labio partido.
El aula estaba intacta. Eso era lo peor. Las filas de pupitres en orden. La pizarra con las palabras partidas. El mapamundi con la esquina despegada. La mochila abandonada entre la tercera y la cuarta fila, con un estuche asomando por la cremallera. Todo exactamente donde estaba cuando Diego entró. Como si el aula no se hubiera enterado de nada.
María Belén bajó la vista.
La mancha estaba ahí. En la madera, junto al borde de la mesa, a un palmo de su rodilla. Pequeña. Redonda. Brillante bajo el fluorescente, con un borde más opaco donde ya empezaba a secarse. Un punto blanco en el barniz viejo, entre dos rayones que llevaban años ahí.
Se quedó mirándola un rato largo.
No era una idea. Era una mancha. Tenía un tamaño, un color, un brillo. Se podía medir con el pulgar. Se podía tocar. Y sin embargo, mientras la miraba, algo en el pecho se le apretó como un puño, y la mano que tenía sobre el vientre se le movió sola, un poco hacia abajo, hasta el bajo vientre, donde ya no había nada que sentir pero donde ella llevaba desde la bodega sintiendo algo igual.
Se bajó de la mesa.
Las piernas le temblaron al tocar el piso. Se sostuvo del borde con una mano y esperó a que se le pasara. Sentía el semen moviéndose dentro, un calor que se le escurría despacio por el canal, y apretó los muslos por instinto, como si pudiera sujetarlo. Después miró el piso. Las bragas seguían ahí. Se agachó a levantarlas y se le dobló la cintura con un tirón en el bajo vientre que la dejó un segundo en cuclillas, con la mano en la madera y la respiración corta. Las recogió. La tela estaba fría. La sostuvo un momento en el puño, sin decidir qué hacer, y después se la metió en el bolsillo de la falda, hecha un rebujo, porque no se la iba a poner y no la iba a dejar ahí.
Se pasó la mano por el pelo. La coleta se le había deshecho a medias y le colgaba sobre la oreja. Se la rehizo con los dedos, rápido, sin espejo, y se acomodó la blusa dentro del pantalón por detrás, a tientas, tirando de la tela hasta que dejó de colgar. La falda. Se bajó la falda. Le quedó arrugada en la cadera, con una línea diagonal marcada en la tela que no se iba a ir con nada.
Las gafas seguían sobre el montón de exámenes. Torcidas. Una patilla doblada hacia arriba, como si alguien hubiera pisado el estuche. Las levantó. La patilla se enderezó un poco entre sus dedos, lo justo para que volviera a entrar en la oreja, y cuando se las puso el mundo se le acomodó de golpe: los bordes nítidos otra vez, la pizarra legible, la mancha en la mesa más pequeña de lo que le había parecido sin ellas. Se miró las manos. Tenía una estría blanquecina en la yema del pulgar, de haber agarrado las bragas, y se la limpió contra la falda sin pensar.
Y volvió a mirar la mesa.
La mancha seguía ahí. Brillando.
María Belén se acercó un paso. Se inclinó sobre la madera, con las dos manos apoyadas en el borde, y la miró de cerca. Un círculo blanco del tamaño de una moneda de dos euros, con un hilo más fino que se había estirado hacia la orilla de la mesa y se había detenido a medio camino, como un río que se queda sin agua. En el centro, todavía húmedo. En el borde, ya seco, con una costra fina que reflejaba la luz del tubo.
Alargó el pulgar.
Lo apoyó en el borde de la mancha y lo arrastró hacia el centro. La yema le resbaló sobre el barniz. El semen estaba tibio todavía, más tibio que la madera, y se le pegó al dedo en una capa fina que le borró las huellas. La mancha se corrió. Dejó de ser un círculo y se volvió una estría, un brochazo blanco sobre la veta oscura, más ancho en un extremo y más fino en el otro, como una letra a medio escribir.
Frotó.
El pulgar fue y vino sobre la madera, corto, insistente, como si estuviera corrigiendo algo. La estría se abrió, se ensanchó, y empezó a secarse bajo la fricción, volviéndose un rastro opaco que ya no brillaba. El dedo le chirriaba un poco contra el barniz. Un sonido mínimo, casi nada, que en el silencio del aula sonaba como una tiza mal apoyada.
Se detuvo.
Levantó el pulgar y lo miró. Tenía una película blanquecina en la yema y debajo de la uña, en el pliegue de la cutícula, una línea de pasta que no se iba con nada. Se limpió el dedo contra la falda otra vez, más fuerte, restregando, y la tela se quedó con una marca gris que iba a estar ahí todo el día.
En la mesa, el rastro seguía. Más tenue. Más seco. Pero seguía.
María Belén apoyó los dos pulgares y frotó a la vez, con las dos manos, en movimientos cortos que iban del centro hacia los bordes, y la madera crujió bajo la presión, el mismo crujido de antes, el toc toc toc que había sonado contra la pared, y se le cortó la respiración en seco. Soltó la mesa. Se irguió. Se quedó de pie junto al escritorio con las manos en el aire, sin saber dónde ponerlas, mientras el corazón le golpeaba otra vez las costillas y el aula entera parecía haber guardado el sonido en algún lado para devolvérselo.
Nadie había entrado.
La puerta seguía cerrada. La ventana seguía dando al patio. Afuera, el recreo continuaba: un balón, un grito, el silbato del profesor de guardia, otro balón. Las vidas de todos ellos al otro lado del vidrio, sin enterarse de nada. María Belén se pasó la lengua por el labio. El sabor a hierro seguía ahí. Se miró el hombro, de reojo. La blusa blanca tenía una marca húmeda, un óvalo oscuro donde la tela se le pegaba a la piel, y cuando la tocó con los dedos, por debajo, la piel le ardió.
Se subió el cuello de la blusa hasta taparlo.
Después volvió a la mesa.
El rastro estaba casi seco. Una estría blanquecina sobre la madera, del largo de un dedo, con los bordes difuminados donde el pulgar había empujado el líquido hacia afuera. Ya no brillaba. Ya no parecía nada. Parecía una mancha de tiza. Parecía una gota de leche. Parecía cualquiera de las mil manchas que una mesa de profesor acumula en un curso: el café, el pegamento, la pintura de un cartel, la cera de una vela de Navidad.
María Belén se quedó mirándola.
Y en el patio, un silbato volvió a sonar.
El silbato sonó dos veces más antes de que ella se moviera.
No fue una decisión. Fue el cuerpo, que se cansa de estar quieto, y las rodillas, que llevaban un rato avisando. María Belén se enderezó muy despacio, sin soltar el borde de la mesa, y se quedó de pie con la mirada puesta en la estría. El tubo del fluorescente parpadeó una vez —un tic viejo del aula, lo hacía desde antes de que ella llegara— y durante ese medio segundo de oscuridad la mancha desapareció, y cuando la luz volvió estaba otra vez ahí, en el mismo sitio, un poco más pálida.
Se inclinó de nuevo.
Esta vez apoyó la palma entera, no el pulgar, y la pasó por encima del rastro en un movimiento largo, de izquierda a derecha, como quien limpia una mesa al final de la jornada. La madera estaba fría. La estría se corrió bajo la palma y se partió en dos, una franja ancha que se fue hacia el borde y una cola fina que se quedó en el centro, y cuando levantó la mano las dos seguían ahí, separadas ahora por una línea limpia de barniz que brillaba en el medio.
Lo había empeorado.
—No —dijo, en voz baja, y la palabra se le quedó colgando en el aula vacía, porque no había nadie a quien decirla.
Buscó en el bolsillo de la falda. El rebujo de las bragas seguía ahí, frío, y lo apartó con los dedos hasta el fondo. En el otro bolsillo tenía un pañuelo de papel, arrugado de un uso anterior, con una esquina todavía blanda. Lo sacó. Lo desdobló sobre la mesa, con las dos manos, hasta que quedó una hoja cuadrada y fina, casi transparente, y después lo dobló por la mitad y lo pasó por la estría.
El papel se pegó enseguida. Se le adhirió a la madera en los dos extremos y se levantó en el medio como una tienda de campaña mínima, y ella tuvo que apretarlo con el índice para que tocara toda la superficie. Cuando lo retiró, el papel tenía una mancha blanquecina del tamaño de una uña, con los bordes más oscuros donde el líquido había empapado la fibra, y la mesa seguía igual. La estría se había alargado un poco más, eso sí. Hacia la orilla. Hacia el borde donde la madera se curvaba y empezaba el canto.
María Belén miró el papel en su mano.
Era una prueba. Eso pensó, y el pensamiento le llegó sin palabras, como un golpe en el estómago: que aquello era una prueba, que estaba ahí, en su mano, doblada y sucia, y que tenía que hacer algo con ella, y no sabía qué. Lo dobló otra vez, en cuatro, con los dedos temblando un poco, y se lo metió en el bolsillo delantero de la falda, el que estaba vacío, y después se pasó la mano por encima como si pudiera aplastarlo, hacerlo más pequeño, hacerlo no existir.
En el patio, alguien rió. Una risa de niño, corta, y después el golpe hueco de un balón contra el suelo, tres botes y el chasquido de las manos al atraparlo. La ventana tenía el vidrio sucio por fuera, con una película de polvo y una huella de dedo a media altura, y a través de ella las siluetas se movían sin forma: un cuerpo que corría, otro que se agachaba, la mancha blanca de una camiseta. María Belén los miró un momento. Ninguno de ellos sabía que estaba ahí. Ninguno de ellos sabía nada.
Volvió a la mesa.
Se sentó en la silla del escritorio, no en la mesa, en la silla, y se quedó con los codos apoyados en la madera y la barbilla en las manos, mirando la estría desde arriba. Desde esa altura parecía otra cosa. Parecía una vela derretida. Parecía el rastro que deja un caracol en la acera, ese hilo plateado que se ve al sol y que desaparece cuando uno se agacha a mirarlo. Parecía, sobre todo, una mancha que cualquiera podía haber hecho. Cualquiera. Un alumno con un bolígrafo que se le reventó. Un café mal tapado. Un tubo de pegamento que goteó en septiembre y que nadie limpió porque nadie limpia las mesas de los profesores.
Alargó el pulgar otra vez.
Lo puso en el extremo más fino de la estría, donde el rastro se adelgazaba hasta casi desaparecer, y lo arrastró hacia el centro. La yema le resbaló sobre el barniz, sin encontrar resistencia, y el poco material que quedaba se le fue acumulando bajo la uña, una pasta fina y seca que ya no tenía nada de tibio. La estría se recogió. Se hizo más corta. Se concentró en un punto, un pequeño montón blanquecino en el medio de la madera, y el resto de la línea quedó como una sombra, un cambio de brillo apenas visible.
Frotó.
El pulgar fue y vino sobre el montón, corto, rápido, con la misma insistencia de antes, y el montón se deshizo y se extendió otra vez, y ella apretó más, hasta que la yema le dolió contra el barniz, hasta que el dedo le chirrió con un sonido seco que le subió por el brazo. La madera cedió un poco bajo la presión. La mancha se volvió una película. Se volvió un brillo. Se volvió, por un segundo, casi nada.
Y después volvió a estar ahí.
María Belén se detuvo con el pulgar apoyado en el centro de la estría, sin levantarlo, sin moverlo, con la mano quieta sobre la mesa y la mirada fija en la yema. El dedo le latía. Sentía el pulso en la punta, un golpeteo pequeño y rápido contra la madera, y por debajo del pulso, más adentro, en la muñeca, en el codo, en el hombro, el mismo latido que llevaba desde la bodega y que no se le había ido con nada: ni con el agua de la fuente, ni con la clase, ni con las palabras en la pizarra, ni con los treinta y dos minutos de conjugaciones que había dictado con la voz firme mientras por dentro se le caía algo.
No levantó la vista.
En el patio, el silbato volvió a sonar.

