No llegó a soltar la taza. Diego la tenía ya contra la puerta del almacén, la espalda de ella contra la chapa fría, la lengua subiéndole por el cuello, y una mano —la izquierda, la que no usaba para sujetarla— metida entre sus piernas por encima de la falda, los dedos buscando la raya de la braga a través de la tela, encontrándola, marcándola. El café se le derramó por el borde, un chorro caliente que le corrió entre los dedos y le cayó al suelo, y ella no lo soltó. No podía. Tenía las dos manos ocupadas en no caerse.
—La taza —dijo, y ni ella misma se reconoció la voz.
Él le quitó la taza de la mano. No con cuidado. Se la arrancó, la dejó caer al linóleo, y el golpe del metal contra el suelo sonó como una palmada. El café se extendió en un charco oscuro alrededor de sus zapatos. Diego no miró el charco. Tenía la boca abierta contra la nuca de ella, respirando, y la mano le subía ya por la parte de atrás del muslo, levantándole la falda, encontrando el borde de la braga que él mismo le había puesto diez minutos antes.
—Esto te lo puse yo —dijo, con los dedos enganchados en la goma.
Y se la bajó. De un tirón, con una sola mano, la braga resbaló por las piernas de María Belén hasta los tobillos, y ella tuvo que levantar un pie, después el otro, para que él la sacara del todo, y él la sacó y la tiró hacia atrás, hacia algún rincón del almacén, sin mirar dónde caía. El aire le llegó a la piel y le puso la carne de gallina en la parte interna de los muslos. La bombilla solitaria seguía colgando del techo, y entre los estantes de conos las sombras eran largas y quietas.
—Los chicos —dijo ella. Lo dijo con la boca pegada al hombro de él, no como una protesta, como un dato. Tres paredes. El patio al otro lado. El timbre que iba a sonar en cualquier momento.
—Por eso tienes que callarte —le dijo él al oído, y le metió la mano entre las piernas, esta vez sin tela, los dedos abriéndola, dos, sin aviso, hasta el fondo de golpe, y ella se mordió el labio partido y el sabor de la sangre le volvió a la boca.
La levantó del suelo. Le puso las dos manos en la cintura y la subió como si no pesara, y ella se agarró a los estantes de los conos —el metal frío, los aros de plástico apilados que se movieron con un traqueteo— y él la giró y la dobló hacia delante, con las caderas contra la caja de zapatillas, las palmas de ella abiertas sobre la tapa de cartón, los dedos buscando un borde al que agarrarse. La caja crujió bajo su peso. Había una fila de cajas iguales, alineadas contra la pared, y la de debajo de sus manos tenía una etiqueta escrita a rotulador: Talla 38–42.
María Belén miró la etiqueta. No sabía por qué la miraba. Era lo único quieto en el mundo en ese momento, lo único que no se movía, y se agarró a ella con los ojos mientras sentía a Diego detrás de ella, el chándal húmedo del partido pegándosele a las nalgas, el calor de él, el peso de él, la respiración de él contra su nuca.
—Abre las piernas —dijo él.
Ella las abrió. Lo hizo sin pensarlo, las rodillas separándose contra el borde de la caja, la falda subida hasta la cintura, y él le puso una mano en la cadera y con la otra se abrió paso. Ella lo sintió primero en el pliegue, la punta dura resbalándole por la humedad que ya tenía, buscando, y después el empujón.
Entró de una vez. Toda. Sin esperar. El coño de María Belén se abrió alrededor de él con un sonido húmedo que se oyó en todo el almacén, y a ella se le fue el aire de golpe, un jadeo que le salió por la nariz porque la boca la tenía ocupada mordiéndose el labio para no gritar. La caja de zapatillas se deslizó un centímetro contra el suelo. Él la sujetó con la mano libre, la caja, la cadera, todo, y se quedó quieto dentro de ella un segundo entero, respirando contra su nuca, dejándola sentirlo.
—Así —dijo él. Casi sin voz. —Así, corazón.
Y empezó a moverse.
No era como en el aula. En el aula había sido despacio, con la mirada, con las palabras, con él sentado y ella encima y todo el tiempo del mundo. Aquí no había tiempo. Aquí había una mano de Diego tapándole la boca —se la había puesto sin que ella se diera cuenta, la palma entera sobre la mitad inferior de su cara, los dedos hasta la mandíbula— y la otra clavada en su cadera, y el cuerpo de él entero empujándola contra la caja de zapatillas con cada embestida, las caderas chocando contra sus nalgas con un golpe sordo que la caja y el cartón y la fila de tallas amortiguaban.
Ella se agarró al estante. Los conos se movieron. Uno se cayó al suelo y rodó, naranja, por el linóleo, y ninguno de los dos lo miró.
La polla de Diego la llenaba entera y le raspaba por dentro en un punto que le subía por la columna hasta la garganta, y ella tenía la mejilla aplastada contra el cartón de la caja y los ojos abiertos y las gafas torcidas y veía, muy cerca, la etiqueta del rotulador, Talla 38–42, y las letras se le movían porque él la estaba empujando y todo el mundo se movía menos esa etiqueta, que era lo único que se quedaba quieto. La mano de él en su boca olía a césped y a sudor y a algo metálico, y ella respiró por la nariz el olor de su propia piel mezclado con el de él y le dio un vuelco el estómago, un vuelco bueno, un vuelco que le bajó hasta el coño y se lo apretó alrededor de la polla.
—Eso —susurró Diego contra su oreja. —Aprieta. Así.
Ella apretó. No porque él se lo pidiera. Porque no podía no hacerlo. Cada embestida le sacaba un sonido que la palma de él atrapaba antes de que llegara a ninguna parte, y el sonido se quedaba entre la mano y su boca, húmedo, pequeño, y a ella le zumbaban los oídos. El linóleo crujía bajo las zapatillas de él. La caja de zapatillas crujía bajo su peso. Los conos del estante tintineaban cada vez que ella se agarraba más fuerte.
—Más fuerte —dijo él.
Y le apretó la cadera. Los cinco dedos, enteros, hundidos en la carne por encima del hueso, y María Belén sintió cada uno de ellos por separado, el pulgar arriba, los otros cuatro debajo, cerrándose, y supo que iban a dejar marca. Lo supo mientras pasaba. Le iba a quedar la marca de los dedos de Diego en la cadera, cinco manchas, y nadie las iba a ver porque nadie le veía la cadera a nadie, pero ella las iba a llevar puestas todo el día, toda la semana, y esa idea —que iba a llevar la mano de él marcada en la piel— le apretó el coño alrededor de la polla con una fuerza que arrancó de Diego un gruñido bajo, pegado a su nuca.
—Te gusta —dijo él. No era una pregunta.
Ella negó con la cabeza, la mejilla raspando el cartón, y él se rió, una risa corta y caliente contra su pelo, y le empujó más fuerte, más rápido, el chándal húmedo chocándole contra las nalgas con cada golpe, y el almacén entero se llenó del sonido de la piel de los dos, del crujido del linóleo, del traqueteo de los conos, de la respiración de él por la nariz.
Y entonces, al otro lado de las tres paredes, un niño gritó algo. Una pelota golpeó un cristal. El patio. El mundo. María Belén abrió los ojos de golpe y vio la etiqueta otra vez, Talla 38–42, y pensó, con una claridad que la asustó, que estaban a tres paredes de distancia y que ninguno de los dos había dejado de moverse.
Diego tampoco paró. Al contrario. Le puso la mano libre en la nuca, se la apretó contra la caja, le dobló la espalda un grado más, y cambió el ángulo, y a partir de ahí cada embestida le daba a María Belén en un sitio distinto, más adentro, más arriba, un sitio que le hacía cerrar los ojos y apretar los dientes y olvidarse del patio, del cristal, del niño, de la etiqueta, de todo.
—No —dijo ella contra la palma de su mano. —No, no, no—
Y no era no. Los dos lo sabían. Era lo contrario de no. Era un no que le salía del cuerpo como le salía el aire, sin permiso, y él lo entendió porque no paró, porque no aflojó, porque le metió los dedos un poco más en la cadera y le empujó la nuca un poco más contra el cartón y le dijo, con la boca pegada al borde de la oreja:
—Cállate y aguanta.
Y ella aguantó. Se agarró al estante con las dos manos, los dedos blancos sobre el metal, y aguantó el peso entero de él contra sus caderas, el golpe sordo del chándal, la mano en la boca, los cinco dedos en la cadera, la polla dentro dándole en ese sitio una y otra vez, y el orgasmo le subió por dentro sin aviso, desde muy abajo, desde el sitio donde llevaba todo el día acumulándose, y le apretó la garganta y le cerró los ojos y le puso los muslos duros como piedra contra el borde de la caja de zapatillas.
Se corrió en silencio. Con la boca tapada, con los dientes apretados contra la palma de Diego, con un temblor largo que le recorrió las piernas de arriba abajo y le hizo fallarle las rodillas, y él la sintió, la sintió apretarse alrededor de su polla como un puño, y soltó un jadeo ronco contra su pelo y embistió tres veces más, cuatro, cinco, más cortas, más duras, y se corrió dentro de ella.
María Belén lo sintió. Lo sintió llenarla, un calor espeso que le subió por dentro mientras él seguía empujando, dos, tres veces, vaciándose, con los dedos todavía clavados en su cadera y la otra mano todavía tapándole la boca, y ella se quedó quieta, doblada sobre la caja, aguantándolo todo, el peso, el calor, el temblor de las piernas de él contra las suyas.
Después, el silencio. El linóleo dejó de crujir. Los conos dejaron de tintinear. Al otro lado de las tres paredes, los chicos seguían jugando, y una pelota botó, y una profesora llamó a alguien por su nombre, y todo eso llegó al almacén como llega el ruido de un mundo que no tiene nada que ver con el que hay dentro.
Diego no la soltó. Se quedó dentro de ella, apoyado sobre su espalda, respirando contra su nuca, el pecho subiéndole y bajándole contra los omóplatos de María Belén. Tenía la mano todavía en su boca. Ella notó, contra la palma, el latido de su propio labio partido. Y más abajo, dentro, notó el latido de él, todavía duro, todavía palpitando, un pulso lento que le llegaba por las paredes del coño y le subía hasta el vientre.
Ninguno de los dos dijo nada. La bombilla siguió colgando del techo. En el suelo, el charco de café se había enfriado y la braga de María Belén estaba en algún rincón, tirada, y el cono naranja seguía rodado junto a la puerta, y ella lo vio desde donde estaba, doblada sobre la caja de zapatillas, con la etiqueta Talla 38–42 pegada a la mejilla, y pensó, sin querer pensarlo, que tenía que recogerlo antes de salir. Que no podía dejar un cono tirado en el suelo. Que alguien iba a entrar y a ver el cono tirado y a preguntarse quién lo había tirado.
Y entonces él movió la mano. Se la quitó de la boca, despacio, y ella respiró por fin, un aire que le entró hasta el fondo de los pulmones y le supo a caucho y a polvo y a Diego. Él le puso esa mano —la misma, la que le había tapado la boca— en la nuca, y se la apretó un segundo, y se la soltó.
—Los dedos —dijo ella. No sabía por qué lo decía. Le salió así.
Diego bajó la mirada. Miró su propia mano en la cadera de María Belén, los cinco dedos hundidos en la carne, las cinco marcas que iban a quedarse cuando los dedos se fueran. No dijo nada. Se los quitó uno a uno, despacio, como quien despega algo, y ella sintió cada dedo salir y el sitio donde había estado cada uno, cinco puntos de calor que se quedaron latiendo solos.
Se salió de ella. Despacio también. Y María Belén sintió el vacío de golpe, el aire frío del almacén entrándole donde antes estaba él, y algo más, un calor que le resbaló por la parte interna del muslo, espeso, y ella cerró las piernas instintivamente, apretó los muslos, y notó cómo se le corría igual, cómo le bajaba, y supo sin mirar lo que era y de quién era.
—No te lo limpies —dijo Diego.
Ella se giró. Le costó. Tenía las piernas blandas y la caja de zapatillas le había dejado una marca roja en los muslos. Lo miró desde abajo, doblada todavía sobre las cajas, las gafas torcidas, el pelo recogido a medias, la falda subida hasta la cintura. Él estaba de pie, delante de ella, y se estaba subiendo el chándal, y tenía el pelo revuelto y una gota de sudor en la sien y los ojos verdes puestos en ella, tranquilos, como si acabara de terminar de hacer flexiones y no de follársela contra una caja de zapatillas.
—¿Cómo? —dijo ella.
—Que no te lo limpies —repitió él. Se ajustó la camiseta blanca. —Que te lo lleves puesto.
María Belén abrió la boca y la cerró. Tenía el semen de Diego corriéndole por dentro del muslo, bajándole hacia la rodilla, espeso, caliente, y la braga tirada en un rincón del almacén, y la taza vacía en el suelo, y el charco de café enfriándose, y el cono naranja junto a la puerta, y la marca de cinco dedos en la cadera que iba a tardar días en irse. Y él le estaba diciendo que se lo llevara puesto. Que saliera así al patio. Que diera la clase siguiente así.
—Diego —dijo ella.
—¿Qué? —Él se acercó un paso. Le puso dos dedos bajo la barbilla y le levantó la cara, y ella se dejó, y él le miró el labio partido un segundo, la sangre seca en la comisura, y se la limpió con el pulgar. —Mañana te toca a ti. Hoy te toca llevarme dentro.
Le soltó la barbilla. Caminó hasta la puerta. Corrió el pestillo, y la franja de luz se ensanchó cuando la puerta se abrió, y el ruido del patio entró de golpe, los chicos, la pelota, el teléfono de una profesora, el mundo entero que había estado esperando afuera todo este tiempo. Diego salió sin mirar atrás. La puerta se cerró sola, con un golpe suave.
María Belén se quedó sola en la penumbra, doblada sobre la caja de zapatillas, con la falda subida y las piernas abiertas y el semen de él bajándole por el muslo. No se movió. Al otro lado de las tres paredes, un niño volvió a gritar, y una pelota volvió a botar, y ella siguió ahí, con la etiqueta Talla 38–42 pegada a la mejilla, sintiendo el latido de su propia cadera bajo los cinco puntos de calor donde habían estado los dedos de Diego.
Se movió primero la cadera. Fue lo único que se movió durante un rato largo —la cadera, un grado, dos, un balanceo pequeño que le devolvió el peso a las piernas— y las rodillas le temblaron al recibirlo. Se enderezó despacio, con las manos todavía en el estante de los conos, y el metal le dejó la marca fría de las barras en los dedos cuando por fin los soltó.
La falda le cayó sola. Eso fue lo primero que notó: que la tela bajaba sin que ella tirara de ella, y que el aire del almacén le llegaba igual por debajo, a la parte interna de los muslos, y que el semen ya no le corría —se le había secado a medio camino, una línea espesa que le llegaba hasta la rodilla y se le pegaba a la piel cuando juntaba las piernas—. Se las juntó. Y ahí estaba, el pegote, tirándole del vello, y ella hizo una mueca que nadie vio.
El almacén seguía igual. La bombilla. El charco de café alrededor de la taza caída, ya con un cerco oscuro donde el linóleo lo había chupado. El cono naranja junto a la puerta, volcado, con la base hacia el pasillo como si hubiera intentado salir. Y el silencio, un silencio raro, porque al otro lado de la pared el mundo seguía sonando y aquí dentro no sonaba nada que no fuera su propia respiración volviendo a la normalidad.
Se miró las manos. Tenía las palmas marcadas de la tapa de cartón, la raya de la esquina de la caja cruzada en la base del pulgar, y una gota de sangre seca en el nudillo del índice —del labio, calculó, se la había llevado ahí sin darse cuenta—. Se limpió el nudillo contra la falda. No sirvió de mucho.
Y entonces se acordó de la braga.
No fue un pensamiento entero. Fue la mitad de un pensamiento, la parte de atrás de uno, la que le llegó mientras se estiraba la falda y se pasaba las manos por detrás para alisarla: que estaba sin nada debajo, y que la braga estaba en algún sitio del almacén, y que Diego la había tirado por encima del hombro como quien tira un trapo.
Giró la cabeza.
El almacén era más largo de lo que parecía desde dentro. Desde la puerta parecía un cuarto; desde el fondo, con la luz de la bombilla cayendo justo en el pasillo central, se veía lo que era de verdad: dos filas de estanterías altas, la de la izquierda con los aros y las cuerdas y las colchonetas enrolladas de pie, la de la derecha con las cajas de zapatillas y los botes de balones y, al final, un rincón que no llegaba la luz, un hueco entre la última estantería y la pared donde alguien había apilado dos colchonetas viejas y un cubo de fregar sin fregona.
Hacia ahí había tirado. Por encima del hombro, sin mirar, hacia el fondo. Ella lo recordaba: el gesto del brazo, la muñeca, la tela blanca saliendo volando y perdiéndose en la penumbra del final, hacia la derecha.
Se mordió el labio. Lo hizo sin pensar y se arrepintió al instante, porque el labio partido le respondió con un pinchazo limpio y el sabor de siempre, la sangre otra vez, fina, en la punta de la lengua. Se pasó el dorso de la mano por la boca. La sangre le manchó el nudillo que ya tenía manchado.
Al otro lado de la pared, un silbato. Dos notas. Un profesor llamando a filas. Y después, encima, la voz de una niña preguntando algo que María Belén no entendió, y una pelota botando tres veces y parándose. El patio se estaba ordenando. Los recreos no duran para siempre. En algún momento alguien iba a abrir esa puerta —una profesora buscando un balón, un niño que se había dejado la chaqueta, el conserje con las llaves— y la puerta se iba a abrir hacia dentro, y lo primero que iba a ver quien la abriera era el pasillo central, y en el pasillo central estaba ella, de pie, con la falda arrugada y el pelo suelto de la coleta y una marca de cinco dedos que le subía por encima del hueso de la cadera.
Anduvo.
Los primeros pasos le salieron mal. Las piernas le iban por su cuenta, las rodillas con un retardo de medio segundo, y tuvo que apoyarse en el borde de la estantería de las cajas para no hacer un ruido raro contra el suelo. El linóleo estaba frío. El pie desnudo —se había quedado sin zapato— buscó la zapatilla y la encontró a medio camino, volcada, y se la puso sin agacharse, metiendo el pie a ciegas y pisando la lengüeta con el talón hasta que cedió.
La otra zapatilla la encontró al pasar, junto a la pata de la estantería de los conos. Se la puso también. Y ya con las dos, con los cordones sin atar y las lengüetas dobladas hacia dentro, se sintió un poco más entera, un poco más persona, aunque la falda le siguiera colgando mal y aunque por dentro del muslo siguiera notando la raya seca de Diego cada vez que daba un paso.
Fue hacia el fondo.
El pasillo central se estrechaba a medida que avanzaba. La luz de la bombilla se quedaba atrás, en el techo, y a partir de la mitad de la estantería derecha las cosas empezaban a tener un tono distinto, más sucio, más de trastero: cajas abiertas, una bolsa de plástico con balones deshinchados, un caballete de los que se usan para las carreras con los aros colgados de un clavo, un balón de baloncesto marrón y pelado con las letras borradas de tanto botar, y un olor a goma y a polvo viejo que se le metió en la nariz y le tapó el olor de Diego que llevaba pegado desde hacía media hora.
Se agachó a mirar debajo de la primera estantería. Nada. Una pelusa gris, un tapón de bolígrafo, la pata de una silla plegable.
Miró detrás del caballete. Nada.
Se puso de rodillas y miró por debajo de las colchonetas apiladas del rincón —dos colchonetas verdes, la de arriba con la funda rota y la espuma amarilla asomando por la raja— y ahí tampoco. Solo el cubo de fregar, con un fondo de agua negra y una etiqueta de detergente pegada por dentro, despegándose.
Se levantó. Se sacudió las rodillas. La falda le pesaba. Y empezó a notar, ahora que se movía, otra cosa: la marca de la cadera. Los cinco puntos donde habían estado los dedos de Diego no dolían —no era dolor— pero estaban ahí, cada uno por su cuenta, cinco lunares de calor que le latían con el paso, y cuando se pasó la mano por encima, por encima de la falda, se encontró el relieve. Se le notaba. Debajo de la tela se le notaba el bulto de los dedos, como cuando te queda la marca de una goma elástica en la muñeca y la sigues llevando media hora después.
Siguió hacia el rincón. Y ahí, entre la última estantería y la pared, en el hueco donde no llegaba la luz, la vio.
Estaba en el suelo, junto a la pata de la estantería, blanca sobre el linóleo oscuro. No había caído lejos. Había caído justo detrás del último tramo de estante, a media distancia entre la caja de zapatillas y la pared, y llevaba ahí todo el tiempo, todo el rato, mientras Diego la follaba y mientras se corría y mientras le decía que no se limpiara, la braga había estado en el suelo, a cuatro metros, esperando.
María Belén se quedó parada un segundo, mirándola desde arriba.
La luz le llegaba de refilón, la mitad de la bombilla, y la tela blanca tenía una sombra al lado, la sombra de la pata del estante, y una arruga en el centro donde había caído doblada. Se veía pequeña desde ahí. Como si fuera de otra persona. Como si la braga de una maestra de veintiséis años que había llegado a España hacía menos de una semana no pudiera ser esa cosa blanca arrugada en el suelo de un almacén de material deportivo, con una mancha.
Se agachó.
Lo hizo despacio, con una mano en la estantería para no perder el equilibrio, y con la otra llegó al suelo. Los dedos le temblaron un poco cuando la tocaron —la tela fría, más fría que el aire, porque el linóleo estaba frío y llevaba ahí abajo quién sabía cuánto— y la recogió con dos dedos, como se recoge algo que no se quiere tocar del todo, y la levantó hasta su cara.
La tenía delante. La braga blanca, la goma con el elástico ya un poco dado de sí, el bordado de la etiqueta —una marca de supermercado, dos letras y un número— y en el centro, donde había estado su cuerpo, una mancha. No era la mancha que esperaba. Esperaba algo suyo, algo húmedo y transparente, y lo que había era otra cosa: una mancha mezclada, más oscura por un lado, con un borde seco y un centro que todavía brillaba, y ella supo perfectamente qué era cada parte de esa mancha, y qué parte era de Diego, y qué parte había estado en su boca hacía un rato, cuando él se la puso en los labios antes de metérsela.
Se la quedó mirando.
La apretó entre los dedos. No a propósito —la mano se le cerró sola, un puño pequeño alrededor de la tela— y sintió la humedad del centro contra la palma, tibia todavía, y la goma del elástico clavándosele en el pliegue de los dedos. Y ahí, con la braga apretada en el puño, con el almacén entero en silencio alrededor y el patio ordenándose al otro lado de la pared, se le quedó la mirada en el hueco entre la estantería y la pared, en la sombra donde la tela había estado cayendo todo este tiempo, y pensó —sin querer pensarlo, del todo, con la mitad de la cabeza— en ponérsela.
En subírsela por las piernas, una, otra, hasta la cadera, y salir con ella puesta al patio, y dar la clase siguiente con la braga de Diego pegada al cuerpo, con su mancha contra su mancha, y que nadie lo supiera.
Se le quedó la mano en el aire, con la braga apretada, y no se la subió.
La mano le pesaba. Eso fue lo primero que notó cuando bajó el brazo: que la braga en el puño era un peso muerto, chico pero real, y que la muñeca le tiraba un poco hacia abajo como si la tela tuviera dentro algo más que tela. Se la pasó a la otra mano. La otra mano también la apretó, sola, con la misma costumbre, y se le quedó ahí, colgando al costado del muslo, blanca contra la falda oscura.
Miró el hueco otra vez. La sombra entre la pata del estante y la pared, el tramo de linóleo sin luz donde la braga había estado cayendo todo el rato. Sin la braga, el sitio se veía más chico. Menos importante. Un rincón de trastero como cualquier otro, con la pelusa de siempre y una telaraña que subía desde la base de la estantería hasta la mitad de la pared, y una mancha de humedad antigua en el zócalo con forma de mapa de un país que no existía.
Se le quedó la vista ahí, en la mancha, un segundo de más.
Porque era eso: una mancha. Una mancha de humedad en un zócalo. Y ella llevaba media hora de pie en un almacén de material deportivo, con el pelo suelto y la falda arrugada, mirando manchas. La de la humedad, la del café, la del linóleo donde había caído una gota que ya ni se veía. Como si el almacén entero fuera un archivo, un registro, y cada mancha guardara un pedazo de lo que había pasado entre esas cuatro paredes y ella fuera la única que sabía leerlas.
Se rió. Fue un sonido corto, por la nariz, sin abrir la boca —no era una risa, era el aire que se le escapaba de golpe— y le sorprendió oírlo. Se le había escapado ahí, en el silencio, y el silencio lo tragó enseguida, y ella se pasó la lengua por el labio partido para comprobar que seguía ahí, que seguía doliendo, que seguía siendo verdad.
Dolía. Claro que dolía.
Se llevó la braga a la cara otra vez. No del todo, no pegada a la nariz como la primera vez, sino cerca, a la distancia de un palmo, y la olió desde ahí. Seguía teniendo el olor. Un olor que no se parecía a nada que ella hubiera olido antes en ropa suya: más denso, más animal, con algo por debajo que le recordaba al sudor de un cuerpo grande y a una crema que no era la suya. El olor de Diego metido en su ropa. El olor de Diego metido en su ropa por dentro, en la parte que nadie veía.
Bajó la mano.
Y entonces, por fin, se decidió.
No fue una decisión grande. No hubo un momento en que dijera «me la pongo» ni un momento en que dijera «no me la pongo». Fue más chico que eso, más de cuerpo que de cabeza: se puso de espaldas a la pared del fondo, con el rincón a su izquierda y el pasillo central a su derecha, y se levantó la falda con la mano libre hasta la cintura. La tela le subió por los muslos y el aire del almacén le tocó otra vez la parte interna de las piernas, la misma que había notado antes, la misma que llevaba media hora sintiendo el aire sin nada en medio.
Se agachó un poco. Lo justo para pasar el pie por el aro de la goma, y luego el otro, y se subió la tela por las pantorrillas con las dos manos, la braga estirada entre los dedos, y notó cómo el elástico le subía por la parte de atrás de las rodillas, por los muslos, por el nacimiento del culo, hasta encajarse en la cadera con un tirón suave que le apretó la cintura.
Se quedó quieta.
La mancha le quedó justo delante, en el centro. La sintió al instante: la tela fría del resto de la braga contra la piel, y en el medio, contra el sitio exacto donde había estado la boca de Diego hacía un rato, la parte tibia todavía, la parte que aún guardaba un poco de calor. Un calor que no era suyo. Un calor que había salido de él y que llevaba media hora esperándola en el suelo del almacén y que ahora estaba pegado a ella, en el sitio donde se pega la ropa, en el sitio que nadie iba a ver.
Se bajó la falda. La tela le cayó por encima y la braga desapareció debajo, y María Belén se pasó las manos por delante para alisarla, y se le quedaron las palmas apoyadas en los muslos un segundo, sintiendo a través de la falda la goma que le apretaba la cadera, la línea de la braga debajo, la mancha en el centro como un punto de calor que le latía solo.
Respiró. Hondo, una vez.
Y se dio cuenta de que tenía las orejas calientes. No la cara —las orejas—, que era una cosa que le pasaba desde chica cuando hacía algo que no debía, y que ninguna de las dos farmacéuticas ni ningún profesor del claustro ni su madre al otro lado del teléfono iba a ver nunca. Las orejas calientes, y la boca seca, y las manos todavía apoyadas en la falda como si necesitara sujetarse algo.
Al otro lado de la pared, otro silbato. Más largo esta vez. Y después, encima, un coro de voces chicas que se apagaba hacia el edificio, hacia las aulas, hacia el sitio donde en veinte minutos iba a tener que estar ella, de pie frente a una pizarra, con tiza en la mano y la braga de Diego puesta.
Se miró los pies. Las zapatillas, con los cordones sin atar y las lengüetas dobladas hacia dentro. Se agachó a atárselos. Lo hizo rápido, con los dedos torpes, un nudo simple en cada una, y cuando se enderezó se le fue la vista otra vez al rincón, al hueco entre la estantería y la pared, ahora vacío, con la telaraña y la mancha de humedad y nada más.
Ya no había nada que buscar ahí.
Se alisó la falda una última vez. Se pasó la mano por el pelo, que le había quedado suelto de la coleta, y se lo echó hacia atrás por encima de la oreja, y notó que la oreja seguía caliente contra la palma. Se ajustó las gafas, que se le habían movido, y con el gesto le volvió un poco el mundo: la montura negra en su sitio, el puente apoyado en la nariz, las cosas nítidas otra vez, la bombilla, el pasillo, la puerta del fondo con la luz del patio entrando por la rendija.
Y con las gafas en su sitio, y la braga puesta, y la marca de los cinco dedos latiéndole todavía por encima del hueso de la cadera, María Belén González empezó a caminar hacia la puerta.

