El Primer Encuentro
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El Primer Encuentro

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La mancha que viaja
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Chapter 7 of 17

La mancha que viaja

María Belén sale del almacén con la braga puesta y la falda alisada, y el calor de la mancha le late en el centro exacto del cuerpo mientras cruza el patio. Los chicos vuelven a las aulas en fila, pero Diego está apoyado contra la puerta del cuarto de la caldera, con el chándal todavía húmedo y los dedos manchados de tiza, y cuando ella pasa le engancha el dedo meñique en el borde de la falda, justo donde la tela tira de la cadera. Sin soltarla, abre la puerta metálica de un empujón y la mete dentro, contra la tubería que zumba, y le baja las bragas que él mismo le subió, las que ahora están tibias de él por dentro. The act this chapter delivers: Diego levanta a María Belén contra la caldera, le abre las piernas sobre sus caderas y la penetra de una embestida, haciéndola gemir contra el metal caliente; él se corre dentro de ella apretándole las nalgas, y ella siente el semen caliente mezclarse con el calor que ya llevaba de antes.

El picaporte le quedó frío en la palma y el patio, cuando se abrió, era un golpe de luz blanca. María Belén parpadeó detrás de los cristales. Los chicos volvían a las aulas en fila, dos filas, una de niños y otra de niñas, como si alguien los hubiera separado con una regla invisible. Una maestra de primaria, la del pelo corto, la miró desde el otro lado del patio y levantó apenas la mano —un saludo, o una pregunta—. María Belén levantó la suya a medio camino y la bajó enseguida, y siguió caminando.

La mancha le latía. No era calor, exactamente. Era una presencia: un punto tibio y denso, pegado a la tela, que se movía con ella y no la dejaba olvidar dónde estaba. Cada paso le recordaba que llevaba las bragas puestas por él, subidas por sus manos, y que debajo de la falda el algodón estaba húmedo por dentro y por fuera a la vez. Caminó más despacio. Puso un pie delante del otro con cuidado, como si el patio fuera de hielo, y aun así notó cómo la tela se le pegaba al pliegue del muslo con cada zancada.

Frente a la puerta de su aula, el aula de tercero B, había una fila de niños esperando a que la maestra de guardia abriera. La maestra de guardia no era ella. María Belén lo recordó con un retraso de dos segundos: hoy, después del recreo, le tocaba a la otra, a la de inglés, porque ella había salido antes. A ella le había dicho el director que se tomara el recreo entero. Que se aclimatara. Que los primeros días son los primeros días.

Se detuvo junto a la fuente, al borde del patio, y bebió agua de la palma de la mano. El agua estaba tibia y sabía a metal. Se mojó las muñecas, una y otra, y el fresco le subió por los brazos y le puso la piel de gallina en los antebrazos, y por un segundo el punto tibio del centro se le apagó, y respiró.

Entonces lo vio.

Diego estaba apoyado contra la puerta del cuarto de la caldera, al fondo, donde el patio se estrecha entre el pabellón de gimnasia y la tapia. Tenía el chándal puesto y la camiseta blanca, y el chándal se le veía más oscuro en una franja, a la altura del bajo vientre, como si se hubiera secado mal. Los dedos los tenía manchados de blanco: tiza, o cal, o el polvo del suelo del gimnasio. No hacía nada. No hablaba con nadie. Miraba el patio entero por encima de las cabezas de los chicos, y cuando ella se dio cuenta de que lo estaba mirando, él ya la estaba mirando a ella.

María Belén bajó la vista a la fuente. Cerró el grifo. El agua siguió goteando un segundo, dos, y luego no. Contó los goteos. Tres. Cuatro. Al quinto levantó la cabeza otra vez y él seguía ahí, en la misma postura, con una sonrisa mínima que no era para nadie, o era solo para ella, o era solo la forma que tenía su cara de estar quieto.

Tenía que cruzar el patio para llegar a la sala de profesores. Era el único camino. Podía dar la vuelta por el pasillo de la biblioteca, que era más largo, y llegar por detrás, y no pasar por delante de él. Lo pensó. Lo pensó con las dos manos apoyadas en el borde de la fuente, con la mancha latiéndole entre las piernas y las bragas tibias pegadas a la piel, y decidió que dar la vuelta era una forma de decirlo todo. Que pasar por delante no decía nada. Que pasar por delante era lo normal, lo de todos los días, lo que haría cualquier maestra nueva que no tuviera nada que esconder.

Cruzó el patio.

Los chicos la miraban al pasar, algunos, los de su clase, y una niña de trenzas le dijo «hola, seño» con la boca llena de algo, y María Belén le dijo «hola, cariño» sin frenar, y sintió que la voz le salía bien, normal, con el acento de siempre, y eso la tranquilizó más que el agua de las muñecas. Caminaba. Ponía un pie delante del otro. La falda se le movía con el aire del patio, ese aire caliente de mediodía que sube del suelo, y por un momento pensó que si alguien miraba con atención vería el pliegue del algodón debajo, la forma de las bragas, la mancha. Nadie miraba. Nadie mira. La gente no mira ahí. La gente no piensa en eso. Se lo repitió tres veces, en el mismo tono en que se repiten las cosas que no son verdad.

Y entonces pasó a su lado.

No lo miró. Pasó con la vista al frente, al pasillo de la sala de profesores, a la puerta de doble hoja al final del patio, y sintió el cuerpo de él a su izquierda, la sombra que hacía contra la pared, el olor a gimnasio y a ropa sudada que le llegó en una ráfaga caliente, y siguió andando, y ya estaba un paso más allá, y dos, cuando el meñique de él le enganchó el borde de la falda.

Fue un tirón mínimo. Un dedo, el meñique, enganchado en la tela justo donde la falda le tiraba de la cadera, en el pliegue, y la tela se tensó y ella sintió el tirón en el hueso, en la marca de los cinco dedos que ya tenía ahí, encima, latiendo, y se detuvo. No giró la cabeza. Se quedó quieta, con un pie adelantado, la vista en la puerta de doble hoja, y el dedo de él en la tela, sin apretar más, sin soltar.

—No mires —dijo él, bajo, a su espalda, tan bajo que solo podía ser para ella—. Sigue andando.

La puerta metálica del cuarto de la caldera rechinó al abrirse. Fue un chirrido corto, seco, como una uña en un cristal, y a María Belén se le puso la nuca de piel de gallina. El dedo seguía en la falda. La puerta quedó abierta, un hueco negro entre el pabellón y la tapia, y del hueco salía un aire distinto, un aire quieto y caliente que olía a polvo y a metal recalentado, y ella supo, antes de que él hiciera nada más, que iba a entrar, y que él lo sabía, y que no había ninguna decisión que tomar porque ya estaba tomada desde antes de salir del almacén.

Dio un paso hacia el hueco. El dedo se desenganchó de la falda y la mano entera de él se le puso en la espalda baja, plana, sin apretar, cuatro dedos y el pulgar, y la empujó hacia dentro con una suavidad que no tenía nada de suave. Cruzó el umbral. El patio quedó detrás, con sus filas y sus voces y su luz blanca, y la puerta metálica se cerró a su espalda con otro chirrido, y ya no había patio.

Dentro había una sola ventana, alta, empañada, con un rectángulo de luz sucia que caía en diagonal sobre las tuberías. La caldera zumbaba. Zumbaba en un tono bajo que se metía en el pecho y no paraba, y las tuberías subían por la pared del fondo, gruesas, envueltas en un aislante gris que en algunas partes estaba despegado, y en el suelo había una rejilla y alrededor de la rejilla una corona de pelusa y de tierra apelmazada. El aire olía a polvo y a metal caliente. No había sitio para estar de pie sin tocar algo.

Él la giró con la mano en la espalda, sin brusquedad, hasta que quedó de cara a la pared de las tuberías, y luego le puso la mano en la nuca y se la bajó, despacio, la nuca y luego la espalda, empujándola hacia delante hasta que ella tuvo que apoyar las dos palmas en la tubería más ancha. El metal estaba caliente. Caliente de verdad, caliente como una plancha a medio calentar, y el calor le subió por las palmas y por las muñecas y le llegó a los codos, y el zumbido le entró por los huesos.

—Así —dijo él a su espalda—. Quieta.

Le levantó la falda. Se la subió por la cintura con las dos manos, de golpe, y el aire caliente del cuarto le dio en la parte de atrás de los muslos, y luego en las nalgas, y María Belén cerró los ojos. El algodón de las bragas estaba tibio. Tibio por dentro, de él, de lo que él le había dejado dentro hacía un rato, y él lo sabía, y por eso tardó. Le pasó los dedos por encima de la tela, de arriba abajo, dos veces, tres, sin meterlos, solo por encima, y María Belén apretó las palmas contra la tubería y sintió el calor del metal en los huesos de las manos y el calor de otra cosa entre las piernas, y el zumbido de la caldera le tapaba el ruido de su propia respiración.

—Están tibias —dijo él. No era una pregunta.

—Sí.

—¿Por qué?

Ella no contestó. Tenía la frente apoyada en la tubería. El metal le quemaba la piel de la frente y no apartó la cabeza.

—¿Por qué están tibias, corazón?

La palabra le entró por la espalda como el calor de la tubería. Corazón. Lo dijo sin las sílabas separadas, entero, de corrido, como se dice una cosa que ya es de uno, y a María Belén se le cerró la garganta y por un segundo no pudo respirar. Abrió la boca contra el metal y aspiró aire caliente y polvoriento.

—Porque tú me lo dijiste —dijo.

Él no contestó. Le enganchó las bragas con los dedos, una mano a cada lado, y se las bajó por las piernas hasta las rodillas, y luego hasta los tobillos, y María Belén levantó un pie y luego el otro, sin que se lo pidiera, para que se las sacara del todo, y él se las sacó y las dejó caer en algún sitio del suelo donde ella no podía verlas. El aire caliente le llegó directo, sin tela, entre las piernas, y la humedad que llevaba dentro empezó a correrle por el interior del muslo, despacio, una línea tibia que bajaba sola.

Él se agachó. Lo supo por el sonido de la tela del chándal, por la respiración que cambió de altura, por el modo en que la mano que tenía en la cadera la apretó un poco más para que no se moviera. Y luego lo sintió: la boca de él en la cara interna del muslo, arriba, donde la piel es fina, siguiendo la línea tibia que le bajaba, lamiéndola, subiendo. La lengua le pasó por el pliegue de la ingle y María Belén apretó los dientes y las palmas contra la tubería y no hizo ningún ruido, ninguno, y él subió más y le puso la boca entera encima, la boca abierta, la lengua plana, y lamió despacio de abajo arriba, recogiendo todo lo que él mismo le había dejado dentro hacía media hora.

María Belén se mordió el labio. El labio partido. El sabor de la sangre le subió a la boca, salado y familiar, y por encima de eso el calor de la lengua de él, la presión, el modo en que la lamía como si estuviera limpiando algo, como si estuviera recogiendo lo suyo de dentro de ella, y el zumbido de la caldera y el olor a metal y a polvo y las palmas de las manos pegadas al metal caliente. Se le doblaron las rodillas. Él le puso una mano en el vientre, plano, para sostenerla, y siguió.

—Diego —dijo ella, contra el metal.

Él se levantó. La levantó a ella con él, con las dos manos en las caderas, y María Belén se enderezó y se giró a medias y él ya estaba encima, la espalda de ella contra la tubería, el metal caliente a lo largo de toda la columna, y las piernas de ella abiertas sobre las caderas de él, y él la sostuvo con una mano en la nalga y con la otra se bajó el chándal, y ella oyó el sonido de la tela, el roce, el chasquido de la goma, y luego lo sintió contra ella, la punta, caliente, mojada de ella misma, y él la miró a los ojos, muy cerca, con los ojos verdes muy abiertos, y no dijo nada, y empujó.

De una embestida. Hasta el fondo. María Belén gritó. El grito le salió del pecho sin que ella lo llamara y le rebotó en el metal de la espalda y en las paredes del cuarto, y él le tapó la boca con el hombro, con el hombro entero, y ella gritó contra el hombro y el grito se le ahogó en la tela del chándal y en el olor a sudor y a gimnasio, y él no paró. La sostuvo contra la tubería y embistió otra vez, y otra, y el metal le raspaba la espalda con cada empujón y el calor del metal y el calor de él le entraban por sitios distintos y se le juntaban en el centro.

La tubería zumbaba contra su columna. Zumbaba en el mismo tono bajo de antes, sin cambiar, indiferente, y cada vez que él la empujaba contra el metal ella lo oía, y el zumbido se le metía en el pecho junto con el aire caliente y con el olor a polvo, y las palmas de las manos le resbalaban en la pared porque ya no tenía dónde agarrarse y le buscó los hombros a él, y le clavó los dedos en los hombros, y él tenía los hombros duros y calientes debajo de la camiseta blanca.

—Así —dijo él, en el oído, con la boca pegada a la oreja—. Así, corazón. Ahora sí.

Ella tenía la cara metida en el hueco del cuello de él. Olía a sudor y a tiza y a algo más, algo cálido que era él, y con cada embestida le subía otra vez la humedad desde dentro y le corría por el muslo y le mojaba la mano de él en la nalga, y el sonido era un sonido húmedo y repetido, y por debajo de todo eso seguía el zumbido de la caldera, y María Belén pensó, con una claridad rara, que estaba en un cuarto de la caldera de un colegio de España, con la espalda contra una tubería caliente, con las bragas en el suelo en algún sitio, y que no le importaba. Que no le importaba nada.

Él le apretó las nalgas con las dos manos. Abrió los dedos y la apretó entera, la levantó un poco más y la bajó sobre él, marcándole el ritmo con las manos, y María Belén se dejó, se dejó hacer, con la frente en el hombro de él y las piernas alrededor de sus caderas y la espalda raspando el metal con cada movimiento, y sintió que él empezaba a perder el ritmo, que las embestidas se le hacían más cortas y más hondas, que la respiración se le rompía en el oído.

—Dentro —dijo ella. No sabía por qué lo dijo. Le salió así, contra el hombro, sin pensarlo.

Él hizo un ruido, algo entre un gruñido y su propio nombre, y la apretó contra la tubería con todo el peso del cuerpo, y se corrió dentro de ella. María Belén lo sintió. Lo sintió llegar, el pulso, el calor que se soltaba dentro, más caliente que todo lo demás, y se le quedó dentro, y él siguió empujando dos veces más, despacio, hasta el fondo, vaciándose, con la cara hundida en el pelo de ella, y luego se quedó quieto.

Los dos respirando. La caldera zumbando. El aire del cuarto, espeso, con el olor a metal y a polvo y a las dos cosas juntas. María Belén tenía la espalda pegada al metal caliente y el metal le quemaba la columna, y por dentro el semen de él le subía despacio por el canal, mezclándose con el calor que ya llevaba de antes —el de la primera vez, el del almacén, la mancha que había cruzado el patio con ella— y las dos cosas se le juntaron en un solo punto, un punto caliente y lleno que ya no sabía dónde empezaba él y dónde terminaba ella.

Él le soltó las nalgas. Le bajó las piernas, una y luego la otra, y ella apoyó los pies en el suelo y las rodillas le temblaron y tuvo que agarrarse a la tubería con una mano para no caerse. La otra mano la tenía en el hombro de él, todavía. No la quitó enseguida.

—Recoge las bragas —dijo él.

María Belén miró el suelo. Estaban ahí, en la pelusa, junto a la rejilla, un montón pequeño de algodón claro con la mancha oscura en el centro. Se agachó a recogerlas. Al agacharse le salió de dentro un hilo tibio, espeso, que le corrió por el muslo hasta la rodilla, y ella cerró las piernas por reflejo, tarde, y él la miró agachada, con la falda subida y el hilo brillándole en la piel, y no dijo nada.

Se las puso de pie. Se las subió por las piernas, una y otra, y el algodón le llegó frío a la piel caliente y la mancha de antes siguió donde estaba, contra ella, ahora con lo de dentro encima, y la tela se le pegó al cuerpo húmeda y no la iba a soltar. Se bajó la falda. Se la alisó con las dos manos, por delante y por detrás, y notó la tela tensa en la cadera, en la marca de los cinco dedos, y notó el peso tibio ahí dentro, quieto ya, guardado.

—El viernes —dijo él, subiéndose el chándal—. Aquí no. El viernes te toca a ti.

María Belén se ajustó las gafas. La montura le había resbalado por el sudor y la subió con el índice hasta el puente de la nariz, y con las gafas en su sitio el cuarto volvió a estar nítido: la ventana empañada, la rejilla, la pelusa, la tubería con la marca húmeda de su espalda. Él ya estaba en la puerta. La abrió un palmo, miró el patio por la rendija, y luego la abrió del todo y salió sin mirar atrás, y la puerta metálica se cerró con el mismo chirrido seco, y el zumbido de la caldera siguió solo.

María Belén se quedó quieta un momento más, con una mano en la tubería caliente. Luego se pasó la palma por la falda, por delante, y salió al patio.

El patio le devolvió la luz de golpe, blanca, horizontal, y María Belén tuvo que bajarse las gafas y limpiarlas con el borde de la blusa porque se le habían empañado dentro. Las limpió sin frenar, con la cabeza gacha, y cuando volvió a subírselas el patio estaba igual que antes: las filas deshaciéndose hacia las puertas, los chicos corriendo en diagonal, la maestra de pelo corto ya de espaldas. Nadie la miró. Nadie había mirado.

Caminó hacia la sala de profesores con la falda pegada a los muslos. El aire de fuera era más frío que el de dentro del cuarto, mucho más frío, y le subió por debajo de la tela y le puso la piel de los muslos de gallina, y con el frío el hilo tibio que llevaba dentro empezó a enfriarse también, a espesarse, a dejar de moverse. Se apretó las piernas al andar. Un paso, otro paso, las rodillas juntas como se aprieta un puño.

La puerta de doble hoja estaba a quince metros. Diez. Cinco. Y a los cinco metros, sin decidirlo, sin pensarlo siquiera, se desvió a la izquierda.

El baño de profesores estaba ahí mismo, pegado a la sala, con la puerta entreabierta y un cartel pequeño de plástico donde una vez hubo un letrero y ahora había una raya azul. Se metió dentro. Cerró el pestillo. El pestillo era un pasador de latón viejo, con la bola gastada y brillante de tantas manos, y al encajarlo hizo un clac seco que sonó en el azulejo como si el cuarto entero se hubiera cerrado con él.

Se quedó de espaldas a la puerta. El baño era pequeño: un lavabo, un espejo, un secador de manos de esos que ya casi no funcionan, y un cubículo al fondo con la puerta abierta. Olía a jabón líquido y a humedad vieja. Por la ventana alta, del tamaño de un folio, entraba un rectángulo de luz que caía sobre el lavabo y sobre el borde del espejo y dejaba el resto del cuarto en una penumbra gris.

María Belén subió la vista al espejo.

Estaba despeinada. Eso lo primero. El pelo se le había salido de la coleta baja en dos mechones, uno a cada lado de la cara, y tenía la coleta torcida hacia la izquierda, y en la sien derecha, pegajoso, un resto de algo que ella no quiso identificar y que se limpió con el pulgar y se miró el pulgar y luego abrió el grifo y se lo lavó. Se lavó las manos enteras, con jabón, despacio, los dedos uno por uno, sin mirarse a los ojos en el espejo todavía. El agua salió fría y le puso las manos rojas.

Cuando cerró el grifo y levantó la cabeza, se miró.

Tenía el labio partido otra vez. La misma grieta de siempre, la de la mañana, abierta de nuevo en el mismo sitio, con un borde fino de sangre seca. Se lo tocó con la yema y no le dolió. Eso era lo raro: que no le dolía. Tenía los ojos color miel un poco más oscuros de lo normal, como si les hubieran subido las pupilas, y el cuello enrojecido en una franja y una marca de dientes en el hombro izquierdo que le asomaba por el borde de la blusa. Se subió el cuello de la blusa. La marca se tapó. Se bajó el cuello otra vez. La marca siguió ahí.

Se dio la vuelta y echó el pasador.

Era una cosa pequeña, mecánica, sin ninguna ceremonia. Bajó las manos a la falda, la levantó por delante hasta la cintura y se metió los pulgares por la cinturilla de las bragas. El algodón estaba tibio por fuera, todavía, y frío por dentro en algunas partes y templado en otras, y se las bajó por las piernas con las dos manos, despacio, hasta los tobillos, y las sostuvo ahí un segundo, colgando, y luego las sacó del todo, una pierna y luego la otra, y se quedó con ellas en la mano.

La falda le cayó sola. El aire del baño le llegó entre las piernas, más frío aún que el del patio, y ella apretó los muslos por reflejo.

Buscó la luz. El interruptor estaba al lado de la puerta y la luz del techo era un fluorescente corto, de esos que tardan en encenderse, que parpadeó dos veces antes de quedarse fijo y blanco. Con la luz encendida el baño se volvió un sitio distinto: el azulejo se veía sucio en las juntas, el espejo tenía una esquina desconchada, el secador de manos tenía una etiqueta de revisión con fecha de hacía cuatro años.

María Belén abrió las bragas sobre su propia mano.

Las puso planas, extendidas, el elástico hacia arriba, la parte de atrás hacia ella, y miró.

El centro del algodón estaba oscuro. No era una mancha redonda, era una mancha alargada, vertical, con los bordes ya secos y un colo

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