El Primer Encuentro
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El Primer Encuentro

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El viernes empieza aquí
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Chapter 8 of 17

El viernes empieza aquí

María Belén abre la puerta del baño y sale al pasillo, y ahí está Diego, apoyado contra el marco de la sala de profesores a cinco metros, con dos vasos de café de máquina en las manos y el pelo revuelto y la camiseta blanca aún marcada de sudor. Él no dice nada, solo la mira de arriba abajo, y cuando la mirada se le detiene un segundo en la cadera, donde la falda cuelga ligeramente distinta sin la braga debajo, María Belén sabe que él nota algo. Él levanta un vaso de café, se lo ofrece, y dice: —Mañana no es viernes todavía. Esto es antes. —Y sonríe con esa sonrisa que le arruga la comisura de los ojos, y la espera, con el brazo extendido y el café humeando entre los dos, y el pasillo vacío detrás de él y la luz del patio filtrándose por la puerta de doble hoja al final del todo. The act this chapter delivers: María Belén toma el café, y Diego la gira contra la pared del pasillo, le mete la mano por debajo de la falda, encuentra que no lleva bragas, y la penetra con dos dedos ahí mismo, contra la pared, mientras el café se enfría en la otra mano.

La puerta del baño se cerró a su espalda con un clic que sonó más fuerte de lo que debía. María Belén se quedó un segundo con la mano en el picaporte, respirando el olor a lavanda barata del jabón de manos, y cuando levantó la vista, el pasillo no estaba vacío.

Diego estaba apoyado contra el marco de la sala de profesores, a cinco metros, con dos vasos de café de máquina en las manos. El pelo revuelto, como siempre, y la camiseta blanca pegada al pecho, marcada de sudor en dos medias lunas oscuras bajo los brazos y una franja vertical en el centro de la espalda. No dijo nada. Solo la miró de arriba abajo, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

La mirada se le detuvo un segundo en la cadera. María Belén sintió el calor subirle por el cuello. Sabía exactamente lo que él estaba viendo: la falda colgando ligeramente distinta, sin la braga debajo, el pliegue de la tela cayendo de otra manera. Había estado todo el día así, sintiendo el aire libre contra la piel, el roce de la lana del vestido en lugares donde no había nada entre ella y el mundo.

Diego levantó un vaso de café, se lo ofreció.

—Mañana no es viernes todavía —dijo, y su voz sonó grave y tranquila en el silencio del pasillo—. Esto es antes.

Y sonrió con esa sonrisa que le arrugaba la comisura de los ojos, y se quedó ahí, con el brazo extendido y el café humeando entre los dos, y el pasillo vacío detrás de él y la luz del patio filtrándose por la puerta de doble hoja al final del todo.

María Belén se quedó quieta. Podía sentir el pulso en la garganta, en las muñecas, en algún lugar profundo del vientre que no quería nombrar. El pasillo olía a desinfectante y a café recién hecho, y el humo del vaso subía en espirales finas entre ellos, como si marcara el camino.

—¿Qué hora es? —preguntó, y su voz salió más ronca de lo que esperaba.

—Da igual —dijo Diego—. Los niños están en el patio. Los profesores están en la sala, tomando su café y hablando de sus cosas. Nadie va a salir en los próximos diez minutos.

Ella miró el vaso que él le ofrecía. El café humeaba, oscuro, con una espuma de leche que ya empezaba a deshacerse. Podía olerlo desde donde estaba, amargo y caliente, y de alguna manera eso la ancló al momento, a la realidad de que estaba de pie en un pasillo de un colegio en España, a las once de la mañana de un jueves, y que un hombre que apenas conocía le estaba ofreciendo café como si fuera lo más natural del mundo.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —preguntó, dando un paso hacia él sin decidirlo del todo.

—Te vi entrar. Hace diez minutos. Y pensé que ya era hora de que salieras.

—¿Llevas diez minutos esperando?

—Llevo diez minutos con dos cafés que se están enfriando —dijo él, y la sonrisa se le hizo más ancha—. Pero no me quejo. La vista es buena.

María Belén sintió el calor subirle por las mejillas. Se mordió el labio inferior, el mismo que tenía partido, y el dolor agudo y familiar la despertó del todo. Dio otro paso hacia él, y luego otro, y cuando estuvo a un metro de distancia, el humo del café le llegó a la cara, caliente y amargo, y pudo ver las gotas de sudor en la frente de Diego, el brillo de la piel bajo la luz fluorescente del pasillo.

—Toma —dijo él, extendiendo el vaso un poco más—. Está bueno. La máquina nueva hace un café decente, para ser de colegio.

Ella alargó la mano. Sus dedos rozaron los de él al tomar el vaso, y el contacto fue breve, casi accidental, pero María Belén sintió el calor de su piel, más caliente que el café, y vio algo pasar por los ojos verdes de Diego, un destello que se apagó tan rápido que no estaba segura de haberlo visto.

—Gracias —dijo, y llevó el vaso a los labios. El café estaba caliente, amargo, con un punto de azúcar que él debía haber puesto sin preguntar. Lo bebió despacio, sintiendo el líquido bajarle por la garganta, y cuando bajó el vaso, Diego seguía mirándola, sin apartar los ojos.

—¿Dormiste bien? —preguntó, y la pregunta sonó tan normal, tan cotidiana, que María Belén casi se rio.

—No mucho —admitió—. Pensé en... cosas.

—¿Qué cosas?

Ella miró el café, luego la pared, luego el final del pasillo donde la luz del patio se filtraba por la puerta de doble hoja, formando un rectángulo dorado en el suelo de linóleo. Podía oír, muy lejos, las voces de los niños jugando, un grito agudo, una risa.

—Cosas —repitió, y bebió otro sorbo de café para no tener que decir nada más.

Diego no insistió. Se quedó ahí, apoyado contra el marco, bebiendo su propio café, mirándola con esa intensidad tranquila que la desarmaba. La camiseta blanca se le pegaba al pecho, y María Belén podía ver el contorno de los músculos debajo, el movimiento del pecho al respirar, el borde de la cicatriz fina sobre la ceja izquierda.

—Hoy no llevas bragas —dijo, sin dejar de mirarla.

María Belén se atragantó con el café. Tosió, sintiendo el líquido caliente quemarle la garganta, y cuando pudo respirar, Diego seguía ahí, con la misma expresión, como si hubiera dicho que hacía buen día.

—¿Cómo...?

—La falda cae distinto —dijo él, y bajó la mirada un momento, despacio, como si estuviera saboreando el recorrido—. Y cuando caminas, se nota. No sé explicarlo. Pero se nota.

Ella no dijo nada. No podía. El calor le subía por el pecho, por el cuello, por las mejillas, y sabía que estaba roja, que él podía verlo, que no había nada que pudiera hacer para ocultarlo.

Diego se separó del marco de la puerta. Dio un paso hacia ella, y luego otro, y María Belén no retrocedió. Se quedó quieta, con el vaso de café en la mano, sintiendo el calor del líquido contra la palma y el calor de su cuerpo acercándose, llenando el espacio entre ellos.

—¿Por qué? —preguntó, y su voz era más baja ahora, más íntima—. ¿Por qué hoy no llevas bragas?

—No sé —dijo ella, y era mentira, porque lo sabía perfectamente, lo había sabido desde que se levantó a las seis de la mañana y se quedó mirando el cajón donde las guardaba, y decidió, sin decidirlo, que hoy no.

—¿No sabes? —repitió él, y sonrió, pero no era la sonrisa de antes, la que le arrugaba la comisura de los ojos. Era otra cosa, más oscura, más lenta—. ¿O no quieres decírmelo?

María Belén bebió otro sorbo de café. El líquido le quemó la lengua, pero no le importó. Necesitaba hacer algo con las manos, con la boca, con la mirada, cualquier cosa que no fuera quedarse ahí parada, sintiendo cómo él la desnudaba con los ojos.

—¿Tú qué crees? —dijo, y su voz salió más firme de lo que esperaba.

Diego se rio, un sonido bajo y ronco que le vibró en el pecho. —Me gusta —dijo—. Me gusta que no me lo digas. Me gusta tener que adivinarlo.

Dio otro paso. Ahora estaban a menos de un metro, y María Belén podía olerlo: sudor y jabón y algo más, algo cálido y masculino que le llegaba al fondo de los pulmones. El humo del café subía entre ellos, mezclándose con el olor de su piel.

—El café se está enfriando —dijo él, mirando el vaso que ella tenía en la mano.

—Todavía está caliente.

—Se va a enfriar —insistió él, y su voz era tan baja que María Belén tuvo que inclinarse un poco para oírlo—. Y no quiero que se enfríe. No quiero que nada de esto se enfríe.

Ella sintió el aire moverse entre ellos. Diego dejó su vaso en el suelo, junto a la pared, con un golpe sordo de plástico contra el linóleo. Luego extendió la mano, despacio, y le tocó la cadera, justo donde la falda colgaba distinta, donde no había nada debajo.

El contacto fue ligero, apenas los dedos rozando la tela, pero María Belén sintió el calor de su mano a través de la lana, y supo que él también lo sentía, porque sus dedos se tensaron, se hundieron un poco en la tela, tirando de ella hacia sí.

—Ven —dijo Diego, y la giró contra la pared del pasillo.

La espalda de María Belén chocó contra el linóleo frío, y el aire se le escapó de los pulmones en un jadeo. El vaso de café se tambaleó en su mano, y tuvo que agarrarlo con las dos para no derramarlo, mientras Diego se ponía delante de ella, bloqueándole la visión del pasillo, llenándole el mundo con su cuerpo.

—No sueltes el café —dijo él, con la voz ronca—. No quiero que se derrame.

Ella asintió, sin poder hablar, sintiendo el corazón golpearle las costillas. Diego tenía una mano en su cadera, los dedos hundidos en la tela de la falda, y la otra mano subió despacio, rozándole el costado, la cintura, el borde de la blusa.

—Mírame —dijo él.

Ella levantó la vista. Los ojos verdes de Diego estaban oscuros, la pupila dilatada, y la cicatriz sobre la ceja parecía más marcada bajo la luz fluorescente. No sonreía. La miraba con una intensidad que le quitaba el aire, que la hacía sentir que no había nada más en el mundo que este momento, este pasillo, esta pared fría contra su espalda.

—¿Tienes miedo? —preguntó él, y la pregunta no era un desafío. Era una pregunta de verdad, como si quisiera saberlo, como si le importara la respuesta.

—No —dijo ella, y era verdad, aunque no sabía por qué. Debería tener miedo. Estaban en un pasillo de un colegio, a media mañana, con la sala de profesores a unos metros y los niños en el patio. Cualquiera podía salir. Cualquiera podía verlos.

—No —repitió, más firme—. No tengo miedo.

Diego sonrió, y esta vez la sonrisa le llegó a los ojos, arrugando la comisura. —Bien —dijo, y la mano que tenía en la cadera bajó, deslizándose por la tela de la falda, hasta el borde, y se deslizó por debajo.

María Belén contuvo la respiración. Sintió los dedos de Diego rozarle el muslo, la piel desnuda, el calor de su mano contra la carne. La falda se levantó un poco, y el aire frío del pasillo le dio en las piernas, y luego los dedos subieron, despacio, recorriéndole el interior del muslo, y ella supo lo que iba a encontrar, y no hizo nada para detenerlo.

Los dedos de Diego llegaron al final del muslo, y se detuvieron un momento, rozando la piel, y luego encontraron lo que buscaban: nada. Nada de tela, nada de encaje, nada de nada. Solo piel, caliente y húmeda, y el sonido que Diego hizo al encontrarlo fue un gruñido bajo, casi inaudible, que le vibró a María Belén en el pecho.

—Joder —murmuró él, con la voz rota—. Joder, María Belén.

Ella sintió el calor subirle por las piernas, por el vientre, por el pecho. Los dedos de Diego se movían despacio, rozándole la piel, explorando, y ella estaba mojada, lo sabía, lo había estado desde que lo vio apoyado contra el marco de la puerta con los dos vasos de café en las manos.

—Estás mojada —dijo él, y no era una pregunta. Era una constatación, un hecho, algo que ya sabía y que ahora confirmaba con los dedos—. ¿Desde cuándo?

—No sé —dijo ella, y su voz salió entrecortada, apenas un susurro—. Desde que te vi.

Diego hizo otro sonido, algo entre un gruñido y un gemido, y sus dedos se movieron más, deslizándose por la piel húmeda, encontrando el clítoris, rozándolo con una precisión que le hizo a María Belén doblar las rodillas. El café se tambaleó en su mano, y tuvo que apretar los dedos alrededor del vaso para no soltarlo.

—No sueltes el café —repitió él, con la voz ronca—. No quiero que se derrame.

—No lo voy a soltar —dijo ella, pero su voz era un jadeo, y sabía que él podía oírlo, podía oír lo que le estaba haciendo, podía sentir cómo se mojaba más bajo sus dedos.

Diego movió los dedos en círculos lentos, alrededor del clítoris, sin tocarlo directamente, y María Belén sintió el calor acumularse en el vientre, la presión crecer, el deseo volverse casi insoportable. La pared era fría contra su espalda, y el café estaba caliente en su mano, y los dedos de Diego estaban entre sus piernas, moviéndose con una paciencia que la volvía loca.

—Por favor —dijo ella, sin saber qué estaba pidiendo.

—¿Por favor qué? —preguntó él, y sus dedos se detuvieron, justo donde ella más lo necesitaba, sin moverse—. Dímelo.

—No pares —dijo ella, y su voz era un gemido—. Por favor, no pares.

Diego sonrió, y luego sus dedos se movieron, deslizándose por la piel húmeda, encontrando la entrada, y María Belén sintió un dedo deslizarse dentro de ella, lento, profundo, y el aire se le escapó de los pulmones en un jadeo que se cortó contra el silencio del pasillo.

—Shhh —dijo Diego, con la voz baja—. Tienes que estar callada. ¿Puedes estar callada?

Ella asintió, mordiéndose el labio, sintiendo el dolor agudo de la herida que se abría de nuevo, y el sabor metálico de la sangre en la lengua. El dedo de Diego se movía dentro de ella, despacio, curvándose, encontrando el punto que la hacía ver estrellas, y ella apretó los dedos alrededor del vaso de café, sintiendo el calor del líquido contra la palma, anclándose a esa sensación para no gritar.

—Así —dijo él, y añadió un segundo dedo, deslizándolo junto al primero, estirándola, llenándola—. Así, corazón. Tómame.

María Belén sintió los dedos de Diego moverse dentro de ella, abriéndola, llenándola, y el calor creció, se extendió, se volvió una ola que le subía por el vientre, por el pecho, por la garganta. El café estaba caliente en su mano, y la pared fría contra su espalda, y los dedos de Diego moviéndose dentro de ella, y todo era demasiado, demasiado, demasiado.

—Mírame —dijo él, y ella levantó la vista, encontrando sus ojos verdes, oscuros, fijos en los suyos—. Quiero que me mires cuando te vengas.

—No puedo —dijo ella, y era mentira, porque podía, lo estaba haciendo, mirándolo, sintiendo cómo sus dedos se movían dentro de ella, cómo su pulgar encontraba el clítoris, cómo el calor crecía y crecía y crecía.

—Sí puedes —dijo él—. Mírame. No apartes los ojos.

Y María Belén lo miró. Lo miró mientras los dedos de Diego se movían dentro de ella, mientras su pulgar rozaba el clítoris, mientras el calor crecía hasta volverse insoportable, y cuando se vino, fue con los ojos abiertos, mirándolo, sintiendo cómo su cuerpo se sacudía contra la pared, cómo el café se derramaba un poco por el borde del vaso, cómo su boca se abría en un gemido que se cortó contra el silencio del pasillo.

Diego la sostuvo con la mirada, con los dedos, con el cuerpo. La dejó venirse, sintiendo cómo se apretaba alrededor de sus dedos, cómo temblaba contra la pared, y cuando el temblor se fue apagando, sacó los dedos despacio, y se los llevó a la boca, y los chupó, mirándola, sin apartar los ojos.

María Belén lo vio hacerlo, y el calor le subió por las mejillas, y supo que estaba roja, que él podía verlo, que no había nada que pudiera hacer para ocultarlo. El café estaba tibio en su mano, y el pasillo seguía vacío, y la luz del patio seguía filtrándose por la puerta de doble hoja al final del todo.

—El café se ha enfriado —dijo Diego, mirando el vaso que ella tenía en la mano.

Ella miró el vaso. El líquido estaba tibio, casi frío, y la espuma de leche se había deshecho por completo. —Lo sé —dijo, y su voz era un susurro ronco, todavía temblando.

—Mañana es viernes —dijo él, y se inclinó, y le dio un beso en la frente, suave, casi tierno, un contraste tan grande con lo que acababa de hacer que María Belén se quedó sin aliento—. Mañana te toca a ti.

Y se separó, recogió su vaso del suelo, y se fue por el pasillo, dejándola ahí, contra la pared, con el café frío en la mano y las piernas temblando y el sabor de su propio cuerpo en la boca de él, y el pasillo vacío, y la puerta de la sala de profesores a solo unos metros, y alguien podría salir en cualquier momento.

El pasillo quedó en silencio. María Belén se quedó contra la pared, el café frío pesándole en la mano, las piernas todavía temblando. Oyó los pasos de Diego alejarse, y luego detenerse. No se volvió a mirar. No podía. Sabía que si lo miraba, si veía esos ojos verdes otra vez, no podría respirar.

—María Belén.

Su nombre, dicho así, en voz baja, desde el otro extremo del pasillo. Ella apretó los dedos alrededor del vaso. El plástico crujió.

—Ven —dijo él.

No era una orden. Era una invitación, una promesa, algo que le tiraba del vientre con más fuerza que cualquier palabra. Ella miró el vaso de café, la espuma deshecha, el líquido tibio. Lo dejó en el suelo, junto a la pared, donde él había dejado el suyo. Y caminó hacia él.

Diego la esperaba al final del pasillo, junto a la puerta del baño de profesores. Tenía una mano en el picaporte, y la otra colgaba a su costado, los dedos relajados, como si no acabara de tenerlos dentro de ella. Como si no hubiera chupado su propio sabor de esos dedos hace un minuto.

—¿Dónde vamos? —preguntó ella, aunque ya lo sabía.

—Dentro —dijo él, y abrió la puerta.

El baño de profesores era pequeño: dos cabinas, dos lavabos, un espejo con una esquina desconchada y una ventana alta que dejaba entrar la luz del patio. Olía a lejía y a jabón de manos, y el suelo de baldosas blancas estaba húmedo, como si alguien lo hubiera fregado hacía poco. Diego entró primero, y ella lo siguió, y la puerta se cerró detrás de ellos con un clic que sonó más fuerte de lo que debería.

—No hay nadie —dijo Diego, como si leyera su pensamiento—. Los de tercero están en el patio. Los de cuarto, en el taller. La sala de profesores está vacía.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo he comprobado —dijo él, y sonrió, esa sonrisa que le arrugaba la comisura de los ojos—. Llevo todo el día esperando este momento.

María Belén sintió el calor subirle por el pecho, por el cuello, por las mejillas. Se quitó las gafas, las limpió con el borde de la blusa, y se las volvió a poner, sin saber qué hacer con las manos. Diego se acercó, despacio, y le quitó las gafas de la cara, y las dejó en el borde del lavabo, junto al grifo.

—Te las pones para esconderte —dijo él, y le tocó la mejilla con el dorso de la mano—. Pero no necesitas esconderte de mí.

Ella quiso decir algo, pero las palabras se le quedaron en la garganta. Diego tenía la mano en su mejilla, y luego la deslizó hacia atrás, hacia la nuca, y le sujetó la cabeza con una firmeza suave, y la besó.

No fue un beso como los de antes. Fue lento, profundo, con la lengua encontrando la suya, con el sabor de su propio cuerpo todavía en la boca de él, mezclado con el café. María Belén se agarró a su camiseta, a la tela blanca que se ajustaba a su torso, y se dejó llevar, sintiendo cómo el mundo se reducía a la boca de Diego, a sus manos, a su cuerpo contra el suyo.

—¿Sabes lo que quiero hacer contigo? —murmuró él contra sus labios.

Ella negó con la cabeza, sin poder hablar.

—Quiero subirte a ese lavabo —dijo él, y le señaló el borde de porcelana con la barbilla—. Quiero levantarte la falda y meterme dentro de ti, y quiero que me mires mientras lo hago. ¿Puedes hacer eso?

—Sí —dijo ella, y su voz salió ronca, apenas un susurro—. Sí, puedo.

Diego la tomó de la cintura, con las dos manos, y la levantó como si no pesara nada. María Belén soltó un jadeo, agarrándose a sus hombros, y sintió el frío de la porcelana contra la parte trasera de los muslos cuando la sentó en el borde del lavabo. El espejo estaba detrás de ella, y podía verse en él: el pelo revuelto, las mejillas rojas, la blusa arrugada, la falda subida hasta medio muslo.

—Mírate —dijo Diego, y le giró la cara hacia el espejo con dos dedos bajo la barbilla—. Mírate y mira cómo te voy a follar.

Ella lo vio en el espejo: a sí misma, sentada en el lavabo, con las piernas abiertas, y a Diego delante de ella, con las manos en sus muslos, subiendo despacio por la piel desnuda. No llevaba nada debajo de la falda. Lo sabía. Él lo sabía. Y cuando sus dedos llegaron al borde de la tela, y la levantaron, y la falda se arrugó alrededor de su cintura, María Belén sintió el aire frío del baño en la piel, y el calor de la mirada de Diego en su entrepierna.

—Joder —murmuró él, mirándola—. Estás empapada.

—Lo sé —dijo ella, y su voz era un gemido—. Lo sé, Diego.

Él se arrodilló delante de ella, en el suelo de baldosas húmedas, y le apartó las piernas con las manos, abriéndola, y se quedó un momento mirándola, con los ojos oscuros, la respiración pesada. Luego se inclinó, y le dio un beso en el interior del muslo, justo donde la piel era más suave, y María Belén sintió un escalofrío que le subió por la columna.

—Diego —dijo ella, y su voz era una súplica—. Por favor.

—¿Por favor qué? —preguntó él, con la boca contra su piel, y le dio otro beso, más arriba, en el pliegue de la ingle—. ¿Qué quieres, corazón?

—Quiero que me folles —dijo ella, y las palabras le salieron sin pensar, crudas, desesperadas—. Quiero que me folles contra este lavabo, Diego. Por favor.

Diego hizo un sonido, algo entre un gruñido y un gemido, y se levantó, y la besó en la boca, con fuerza, con hambre, y María Belén sintió sus manos en sus caderas, tirando de ella hacia el borde del lavabo, y luego sintió algo más: la presión de su polla contra su entrada, caliente, dura, deslizándose por su piel húmeda, encontrando el punto exacto donde ella lo necesitaba.

—Mírame —dijo él, con la voz rota—. Mírame cuando te la meta.

Ella lo miró. Lo miró mientras él se alineaba, mientras la cabeza de su polla rozaba su clítoris, mientras ella sentía el calor acumularse en el vientre, la necesidad volverse casi insoportable. Y luego él empujó, y María Belén sintió su polla deslizarse dentro de ella, lenta, profunda, llenándola, y el aire se le escapó de los pulmones en un jadeo que se cortó contra el silencio del baño.

—Joder —dijo él, con la voz ronca, los dedos hundidos en sus caderas—. Joder, María Belén. Estás tan apretada.

Ella no podía hablar. Solo podía sentirlo: su polla dentro de ella, el estiramiento, la plenitud, el calor que se extendía desde su vientre hasta sus piernas. El lavabo era frío contra sus muslos, y el espejo estaba detrás de ella, y podía verse en él: la boca abierta, los ojos cerrados, las manos agarradas al borde de la porcelana.

—Abre los ojos —dijo él—. Quiero que me mires.

Ella los abrió. Lo miró. Lo miró mientras él se retiraba despacio, hasta casi salirse, y luego empujaba de nuevo, hondo, llenándola otra vez, y otra, y otra, con un ritmo lento que la volvía loca, que la hacía sentir cada centímetro de su polla, cada pulgada de su piel, cada latido de su corazón.

—Así —dijo él, con la voz baja, ronca—. Así, corazón. Tómame.

—Diego —dijo ella, y su voz era un gemido—. Diego, por favor.

—¿Qué quieres? —preguntó él, y sus caderas se movían más rápido, más fuerte, el ritmo acelerándose—. Dímelo. Dime lo que quieres.

—Más fuerte —dijo ella, y las palabras le salieron entre jadeos—. Fóllame más fuerte, Diego. Por favor.

Diego la agarró de las caderas, con las dos manos, y la levantó un poco, y la empujó contra el lavabo, y empezó a follarla con más fuerza, con más hambre, el ritmo rápido y profundo, el sonido de sus cuerpos chocando llenando el baño. El espejo vibraba detrás de ella, y el grifo golpeaba contra la porcelana, y María Belén sentía que se deshacía, que se rompía, que el calor crecía y crecía y crecía hasta volverse insoportable.

—No pares —dijo ella, y su voz era un grito ahogado—. No pares, Diego, no pares.

—No voy a parar —dijo él, con la voz rota—. No voy a parar hasta que te vengas, María Belén. Quiero sentirte apretándome. Quiero sentir cómo te corres alrededor de mi polla.

Ella sintió el calor subirle por el vientre, por el pecho, por la garganta. Sus dedos se clavaron en el borde del lavabo, y sus piernas se tensaron alrededor de las caderas de Diego, y su boca se abrió en un gemido que se cortó contra el silencio del baño cuando se vino, apretándolo, sintiendo cómo su cuerpo se sacudía contra el lavabo, cómo las olas de placer la recorrían de la cabeza a los pies.

—Joder —dijo Diego, y su voz era un gruñido—. Joder, María Belén. Me estás apretando tan fuerte.

Ella sintió sus dedos hundirse en sus caderas, y luego sintió su polla empujar más hondo, una vez, dos veces, y luego sintió el calor de su semen llenándola, derramándose dentro de ella, y oyó su gemido, ronco, desesperado, contra su cuello, y sintió su cuerpo temblar contra el suyo, y supo que se había corrido, que la había llenado, que estaba goteando dentro de ella.

Se quedaron así, jadeando, pegados el uno al otro, el espejo empañado detrás de ellos, el grifo golpeando contra la porcelana, el silencio del baño roto solo por sus respiraciones. Diego tenía la cara enterrada en su cuello, y sus manos seguían en sus caderas, y su polla seguía dentro de ella, blanda, húmeda, derramando los últimos restos de su semen.

—María Belén —dijo él, con la voz ronca, apenas un susurro—. María Belén.

Ella no podía hablar. Solo podía sentirlo: su peso contra el suyo, su calor, su semen goteándole por el muslo, la evidencia de lo que acababan de hacer. El lavabo era frío contra su espalda, y el espejo estaba empañado, y la luz del patio entraba por la ventana alta, y todo era demasiado, demasiado, demasiado.

La voz de Diego le llegó desde muy lejos, como si la llamara desde el otro lado de un túnel. María Belén parpadeó, y el baño volvió a enfocarse: el espejo empañado, las baldosas húmedas, el grifo que seguía golpeando contra la porcelana con un tintineo metálico. Él seguía dentro de ella, blando, pesado, y podía sentir cómo su semen se enfriaba lentamente en el interior de su muslo, una línea tibia que le bajaba por la piel.

—Estás aquí —dijo él, y no era una pregunta. Le apartó un mechón de pelo de la cara, con una delicadeza que contrastaba con todo lo que acababan de hacer—. Sigue aquí conmigo.

—Estoy aquí —dijo ella, y su voz sonó extraña, como si le costara reconocerla. Se aclaró la garganta—. Solo… necesito un momento.

Diego asintió, y se retiró despacio, con un cuidado que la sorprendió. Sintió su polla deslizarse fuera de ella, y con ella un goteo caliente que le recorrió la piel, y se mordió el labio, el mismo labio partido, sintiendo el escozor mezclado con el recuerdo del placer. Él se arrodilló delante de ella, entre sus piernas abiertas, y le limpió el muslo con el pulgar, despacio, como si borrara una mancha de tinta.

—No tienes que limpiarte —dijo él, con la voz baja, y le miró a los ojos—. Ya te lo dije. Llévame contigo.

—Lo sé —dijo ella, y su voz era apenas un susurro—. Lo sé, Diego.

Él se levantó, y la ayudó a bajar del lavabo, sujetándola por la cintura hasta que sus pies tocaron el suelo de baldosas. María Belén sintió las piernas flojas, el semen goteándole por el muslo, la falda arrugada alrededor de la cintura. Se alisó la tela con las manos, sin saber muy bien por qué, como si pudiera borrar lo que acababa de pasar. Diego la observaba, con los ojos verdes fijos en ella, y había algo en su mirada que no había visto antes: una ternura que la desarmaba más que cualquier caricia.

—María Belén —dijo él, y le tocó la mejilla con el dorso de la mano—. Mírame.

Ella lo miró. Lo miró y vio sus ojos verdes, la cicatriz fina sobre la ceja izquierda, el pelo revuelto, la camiseta blanca arrugada donde ella se había agarrado. Vio cómo su pecho subía y bajaba, todavía acelerado, y cómo sus manos, esas manos que la habían sujetado con tanta fuerza, ahora temblaban ligeramente al tocarla.

—¿Qué? —preguntó ella, y su voz salió ronca.

—Nada —dijo él, y sonrió, esa sonrisa que le arrugaba la comisura de los ojos—. Solo quería mirarte.

El silencio se estiró entre ellos, lleno de todo lo que no decían. María Belén sintió el frío de las baldosas bajo sus pies descalzos —se había quitado los zapatos en algún momento, no recordaba cuándo— y el semen que le seguía goteando por el muslo, y el latido de su propio corazón, que todavía no se calmaba. Diego le dio la espalda, y fue al lavabo, y abrió el grifo, y mojó un trozo de papel. Volvió con él, y se arrodilló otra vez delante de ella, y le limpió el muslo con el papel húmedo, despacio, con una atención que la hizo contener la respiración.

—No hace falta —dijo ella, y quiso apartarse, pero él le sujetó la pierna con una mano, con firmeza suave.

—Déjame —dijo él, y siguió limpiándola, el papel frío contra su piel, borrando la línea de semen que le bajaba por el muslo—. Déjame hacer esto.

María Belén se quedó quieta, mirándolo, sintiendo el papel húmedo contra su piel, la mano de Diego en su pierna, el calor que volvía a crecer en su vientre. Él le limpió el interior del muslo, con cuidado, como si estuviera borrando una falta, y luego se levantó, y tiró el papel al cubo, y se lavó las manos en el lavabo, con jabón, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, y su voz sonó más pequeña de lo que quería.

Diego se secó las manos con una toalla de papel, y se volvió hacia ella. Tenía el pelo todavía más revuelto, si eso era posible, y la camiseta blanca manchada en el hombro, donde ella se había agarrado. La miró, y por un momento no dijo nada, y luego sonrió, y le tendió la mano.

—Ahora —dijo él—, te llevo a tomar un café.

Ella lo miró, sin entender. El café. El café que había dejado en el suelo del pasillo, junto a la pared, donde él había dejado el suyo. El café que se habría enfriado hacía rato. Diego le tendía la mano, con la palma abierta, y había algo en su gesto que no era una orden ni una invitación, sino algo más simple, más difícil de rechazar.

—¿Café? —repitió ella, y su voz sonó incrédula.

—Café —dijo él, y le guiñó un ojo—. El mío se habrá enfriado, pero la máquina de la sala de profesores sigue funcionando. Y tengo hambre.

María Belén se mordió el labio, el labio partido, y sintió el escozor. Miró la mano tendida de Diego, la palma abierta, los dedos que hacía un momento habían estado dentro de ella. Y luego, sin saber muy bien por qué, la tomó.

—Vale —dijo ella, y su voz salió más firme de lo que esperaba—. Vale.

Diego le apretó la mano, y la ayudó a recoger sus zapatos, que estaban tirados junto a la puerta, y esperó mientras ella se los ponía, con las manos todavía temblando. Luego abrió la puerta del baño, y el pasillo apareció ante ellos, vacío, silencioso, con la luz del patio entrando por las ventanas altas. El vaso de café de María Belén seguía en el suelo, junto a la pared, donde ella lo había dejado. Diego lo recogió, y lo miró, y lo tiró a la papelera del pasillo.

—Ese ya no sirve —dijo él, y le sonrió—. Vamos a por uno nuevo.

María Belén lo siguió por el pasillo, sintiendo el semen que le goteaba por el muslo, la evidencia de lo que acababan de hacer, la mano de Diego caliente en la suya. La sala de profesores estaba al final del pasillo, con la puerta entreabierta, y podía oír el murmullo de la máquina de café, el tintineo de las tazas. Diego empujó la puerta, y la dejó pasar, y ella entró, y el olor a café recién hecho la envolvió, mezclado con el olor de su propio cuerpo, con el recuerdo de lo que acababan de hacer.

—¿Con leche? —preguntó Diego, y ya estaba sacando dos tazas del armario, con la soltura de quien conoce el lugar de memoria.

—Sí —dijo ella, y se sentó en una de las sillas, sintiendo el plástico frío contra sus muslos—. Con leche, por favor.

Diego preparó los cafés, con movimientos precisos, y le puso el azúcar a ella sin preguntar, dos cucharadas, como si la conociera de toda la vida. Le acercó la taza, y ella la tomó, y sintió el calor del plástico contra sus palmas, y el olor del café, y el sabor del azúcar, y todo era tan normal, tan cotidiano, que le pareció absurdo. Hacía diez minutos estaba sentada en un lavabo, con las piernas abiertas, mientras Diego la follaba contra la porcelana. Y ahora estaba sentada en la sala de profesores, tomando café con leche, como si fuera un martes cualquiera.

—¿Qué pasa? —preguntó Diego, y se sentó enfrente de ella, con su taza en las manos—. ¿No te gusta?

—Sí —dijo ella, y dio un sorbo, sintiendo el líquido caliente bajarle por la garganta—. Está bien. Solo… no sé qué decir.

—No tienes que decir nada —dijo él, y le sonrió por encima del borde de la taza—. Solo bebe tu café.

María Belén bebió su café, y miró por la ventana de la sala de profesores, al patio vacío, a los árboles que se movían con el viento, a las nubes que cruzaban el cielo. El viernes estaba terminando, y el fin de semana se acercaba, y no sabía qué iba a hacer con todo lo que llevaba dentro: el semen de Diego goteándole por el muslo, la certeza de que estaba embarazada, los dos test de embarazo sin abrir en su bolsillo. Diego bebió su café, y la miró, y no dijo nada, y el silencio entre ellos era cómodo, como si no necesitaran hablar para entenderse.

—¿Vas a volver a casa? —preguntó él, al cabo de un rato.

—Sí —dijo ella, y miró su taza, el café a medio terminar—. Supongo que sí.

—¿Quieres que te acompañe?

Ella lo miró, sorprendida. Diego la miraba con esos ojos verdes, con esa sonrisa que le arrugaba la comisura de los ojos, y había algo en su ofrecimiento que no era una orden ni una invitación, sino algo más simple, más difícil de rechazar. María Belén pensó en su habitación en el hostal, en la cama estrecha, en los dos test de embarazo en el cajón, en la llamada que tenía que hacer a su madre. Y pensó en Diego, sentado enfrente de ella, con su taza de café en las manos, esperando su respuesta.

—No —dijo ella, y su voz salió más firme de lo que esperaba—. No, gracias. Prefiero ir sola.

Diego asintió, sin insistir, y bebió el resto de su café. María Belén terminó el suyo, y dejó la taza en la mesa, y se levantó, sintiendo las piernas todavía flojas, el semen seco en su muslo. Diego se levantó también, y la acompañó hasta la puerta de la sala de profesores, y allí se detuvo, con una mano en el marco, mirándola.

—María Belén —dijo él, y su voz era baja, seria—. El lunes te espero.

Ella lo miró, y sintió el calor subirle por el pecho, por el cuello, por las mejillas. El lunes. El lunes volvería a verlo, y no sabía qué iba a pasar, ni qué quería que pasara, ni si podría mirarlo a los ojos sin pensar en el lavabo, en el espejo, en su semen goteándole por el muslo. Pero sabía que estaría allí. Sabía que no podría evitar estar allí.

—El lunes —repitió ella, y su voz era apenas un susurro.

Diego le sonrió, y le tocó la mejilla con el dorso de la mano, una caricia breve, casi imperceptible, y luego se apartó, y la dejó ir. María Belén caminó por el pasillo, sintiendo sus pasos en las baldosas, el peso de su cuerpo, el semen seco en su muslo, la certeza de que estaba embarazada. Llegó a la puerta del colegio, y la abrió, y el aire fresco de la tarde la golpeó en la cara, y caminó hacia el hostal, con las manos en los bolsillos, sintiendo el papel de los test de embarazo contra sus dedos.

El viernes estaba terminando, y el fin de semana se acercaba, y María Belén caminaba por las calles de un país que no era el suyo, con el semen de Diego seco en su muslo y la certeza de que estaba embarazada. Y no sabía qué iba a hacer, ni qué quería, ni si podría volver a mirarlo a los ojos sin deshacerse. Pero sabía que el lunes estaría allí. Sabía que no podría evitar estar allí.

El lunes llegó con el cielo gris y un viento que olía a lluvia. María Belén se despertó en la habitación del hostal con la mano sobre el vientre, como todas las mañanas desde el viernes, y contó los días otra vez. Cuatro desde la bodega. Demasiado pronto para saber nada. Demasiado tarde para dejar de saberlo todo.

Se vistió despacio, con la falda gris y la blusa blanca, y se miró en el espejo del baño. El labio partido había cicatrizado, pero la marca del mordisco en el hombro seguía ahí, un moretón que asomaba por el borde del escote. Se lo cubrió con los dedos, como si pudiera borrarlo, y luego se soltó el pelo y se lo recogió en la coleta baja, y se puso las gafas, y salió.

El colegio estaba igual que siempre. Los niños corriendo por el patio, las voces, el olor a tiza y a hierba mojada. María Belén cruzó la verja con el corazón en la garganta, buscando con los ojos una camiseta blanca, un pelo revuelto, una sonrisa que le arrugara la comisura de los ojos. No lo vio. El patio estaba vacío de él, y eso la hizo sentir algo que no sabía nombrar: alivio, o decepción, o las dos cosas a la vez.

Entró en el edificio y caminó por el pasillo hacia su aula, con los test de embarazo en el bolsillo de la falda, uno en cada lado, el papel de celofán crujiendo contra sus dedos. El pasillo estaba en penumbra, con la luz del patio entrando por las ventanas altas, y el suelo de baldosas brillaba como si acabaran de fregarlo. María Belén llegó a la puerta de su aula y metió la llave en la cerradura, y entonces lo sintió.

Una mano en su cintura. Un cuerpo caliente pegado a su espalda. Un aliento en su nuca.

—Buenos días, corazón —dijo la voz de Diego, baja, contra su oreja, y ella se quedó inmóvil, con la llave a medio girar, el corazón golpeándole el pecho.

—Diego —dijo ella, y su voz salió ronca, y no se volvió, porque sabía que si se volvía se desharía.

—Te he estado esperando —dijo él, y su mano se deslizó de su cintura a su cadera, y luego a su muslo, por encima de la falda—. Toda la mañana. Mirando la puerta, esperando a que entrara.

—He llegado tarde —dijo ella, y era verdad, había dado un rodeo por la plaza, había mirado los escaparates sin verlos, había comprado un café que no se había bebido—. El autobús…

—No me importa el autobús —dijo él, y la giró, despacio, hasta que ella quedó de espaldas a la puerta de su aula, con la cara de él a centímetros de la suya—. Me importa que estés aquí.

María Belén lo miró. Tenía los ojos verdes brillantes, el pelo más revuelto que nunca, la camiseta blanca con una mancha de hierba en el hombro. La cicatriz sobre la ceja izquierda, la mandíbula cuadrada, la boca que se curvaba en esa sonrisa que la desarmaba. Y había algo más en su mirada, algo que no había visto antes, o que no había querido ver: una urgencia, un hambre, una necesidad que lo hacía parecer más joven, más vulnerable.

—Diego —dijo ella, y quiso decir algo más, quiso decirle que no podía, que tenía que ir a su aula, que los niños la esperaban, que el director la esperaba, que todo el colegio la esperaba. Pero no dijo nada de eso. Dijo—: Diego.

—María Belén —dijo él, y le tocó la mejilla con el dorso de la mano, la misma caricia del viernes, breve, casi imperceptible—. No he podido dejar de pensar en ti. Todo el fin de semana. En el lavabo, en el espejo, en tu cara cuando te corrías. En tu voz diciendo mi nombre.

Ella sintió el calor subirle por el pecho, por el cuello, por las mejillas. El pasillo estaba vacío, silencioso, con la luz del patio entrando por las ventanas altas. Podía oír el murmullo de los niños en la distancia, las voces de los otros profesores, el tintineo de una llave en alguna cerradura. Y podía oír su propio corazón, que latía tan fuerte que le dolía.

—No deberíamos —dijo ella, y su voz era apenas un susurro—. Aquí no. Alguien puede…

—No hay nadie —dijo él, y su mano se deslizó de su mejilla a su nuca, y le sujetó la cabeza, con firmeza suave—. Todos están en el patio o en sus aulas. Y yo llevo toda la mañana esperando este momento.

—Diego…

—No digas nada —dijo él, y la besó.

El beso fue profundo, largo, con sabor a café y a algo más, a tabaco, a hierba mojada, a él. María Belén sintió la lengua de Diego en su boca, el calor de su cuerpo contra el suyo, la mano en su nuca que la sujetaba con fuerza. Y sintió su propio cuerpo responder, traicionarla, abrirse, derretirse, como siempre. Como si no tuviera voluntad, como si no tuviera memoria, como si no supiera que esto era una locura.

—María Belén —dijo él, contra su boca, y su voz era ronca, rota—. Te necesito. Ahora. Aquí.

—No podemos —dijo ella, pero sus manos ya estaban en su camiseta, agarrando la tela, sin poder soltarla—. Diego, no podemos.

—Podemos —dijo él, y le levantó la falda con las dos manos, y ella sintió el aire frío en los muslos, y la tela de la braga, y la mano de Diego que se deslizaba por debajo, buscando, encontrando—. Podemos, corazón. Dime que sí.

Ella no dijo nada. No podía decir nada. La mano de Diego estaba entre sus piernas, caliente, firme, y sus dedos se movían sobre la tela de la braga, despacio, con una paciencia que la volvía loca. María Belén sintió la humedad, la necesidad, el calor que le subía por el vientre, y se agarró al marco de la puerta con las dos manos, porque las piernas no la sostenían.

—Dime que sí —repitió él, y su voz era una orden, una súplica, las dos cosas a la vez—. Dímelo, María Belén.

—Sí —dijo ella, y su voz salió rota, apenas un hilo—. Sí, Diego. Sí.

Él no esperó más. Le bajó la braga, tirando de la tela hasta sus rodillas, y ella sintió el aire frío en su piel, la humedad que le bajaba por el muslo, la evidencia de cuánto lo quería. Diego la giró, con un movimiento brusco, hasta que ella quedó de cara a la puerta de su aula, con las manos en el marco, la espalda arqueada, el culo levantado hacia él. Y entonces lo sintió: la punta de su polla, caliente, dura, rozando su entrada, mojada de ella, de él, de los dos.

—Diego —dijo ella, y su voz era un gemido, una súplica—. Por favor.

—Dímelo otra vez —dijo él, y su mano se deslizó por su cadera, sujetándola con fuerza, dejando marcas—. Dime que me quieres dentro.

—Te quiero dentro —dijo ella, y las palabras salieron solas, sin pensar, desde algún lugar que no conocía—. Te quiero dentro, Diego. Ahora.

Él la penetró de una embestida, sin avisar, sin esperar, y María Belén sintió el impacto en todo el cuerpo, la polla de Diego llenándola, abriéndola, llegando hasta el fondo. Soltó un grito, ahogado contra el marco de la puerta, y se agarró a la madera con las dos manos, con las uñas clavándose en la pintura. Diego empezó a moverse, con embestidas largas, profundas, que la hacían ver estrellas, y ella sintió cada centímetro de él, cada pulgada, cada latido.

—Así —dijo él, y su voz era ronca, rota, contra su oreja—. Así, corazón. Eres mía. Toda mía.

La pared del pasillo era fría contra su mejilla, el yeso áspero raspándole la piel mientras Diego la empujaba contra ella con cada embestida. María Belén sentía la polla de Diego dentro, profunda, llenándola hasta un punto que le hacía doblar las rodillas, y él la sujetaba por las caderas con las dos manos, clavándole los dedos en la carne, manteniéndola en pie, manteniéndola abierta para él.

—Mira lo que me haces —dijo él, y su voz era un gruñido contra su oído—. No puedo parar. No quiero parar.

Ella no podía responder. Las palabras se le rompían en la garganta, convertidas en gemidos que mordía contra el dorso de su propia mano, porque el pasillo seguía ahí, con sus ventanas altas y su luz de lunes, y en cualquier momento alguien podía doblar la esquina y verlos. Verla a ella, con la falda levantada hasta la cintura, la braga colgando de un tobillo, el culo contra la pared, la boca abierta en un grito silencioso.

—Diego —logró decir, y su voz era un hilo roto—. Diego, alguien…

—Que miren —dijo él, y aceleró, las embestidas más cortas, más duras, el hueso de su pelvis golpeando contra su carne—. Que vean lo que es mío. Que vean cómo te abro.

María Belén sintió el orgasmo subirle por el vientre como una ola, caliente, imparable, y se agarró al marco de la puerta con una mano mientras la otra buscaba atrás, buscando su pelo, su nuca, cualquier parte de él que pudiera tocar. Encontró su mano en su cadera y la apretó, y él entendió, y sus dedos se entrelazaron con los suyos, y la embistió más hondo, más fuerte, hasta que ella sintió que se rompía.

—Me corro —dijo ella, y su voz era un gemido, una confesión, una rendición—. Diego, me corro.

—Córrete —dijo él, y su mano soltó su cadera y encontró su clítoris, frotándolo con el pulgar, duro, exacto—. Córrete para mí, corazón. Ahora.

Y ella se corrió. Sintió el espasmo recorrerle todo el cuerpo, las piernas temblándole, el vientre contrayéndose, la polla de Diego dentro, dura, caliente, y su propio cuerpo apretándolo, succionándolo, negándose a soltarlo. El grito se le escapó, agudo, ahogado contra su mano, y Diego la sostuvo, la sujetó, la mantuvo en pie mientras ella se deshacía contra la pared.

No la dejó recuperarse. Siguió embistiéndola, con movimientos largos, profundos, que la hacían ver estrellas, y ella sintió cada centímetro de él, cada pulgada, cada latido. La mano de Diego en su cadera, la otra en su clítoris, el cuerpo de él pegado a su espalda, el aliento caliente en su nuca. Y entonces lo sintió: la polla de Diego engrosándose dentro de ella, el temblor que le recorría el cuerpo, el gruñido que se le escapó contra su oreja.

—Me corro —dijo él, y su voz era un jadeo, una rendición—. Me corro dentro, María Belén. Voy a llenarte.

Y se corrió. María Belén sintió el chorro caliente dentro de ella, la polla de Diego pulsando, vaciándose, llenándola hasta el borde, y su propio cuerpo respondió, apretándolo, succionándolo, negándose a soltar ni una gota. Se quedaron así, pegados a la pared, jadeando, con el semen de Diego goteándole por el muslo, la braga colgando de su tobillo, la falda arrugada alrededor de su cintura.

—María Belén —dijo él, y su voz era apenas un susurro, y le besó el hombro, justo sobre la marca del mordisco—. No sé qué me haces. No sé qué es esto.

Ella no respondió. No podía. Sentía el semen de Diego dentro, caliente, pesado, y la mano de él en su cadera, y la pared fría contra su mejilla, y el latido de su propio corazón, que no se calmaba, que no quería calmarse.

—Tengo que ir a clase —dijo ella, y su voz salió ronca, rota—. Los niños…

—Ya lo sé —dijo él, y se separó de ella, despacio, y ella sintió el vacío, la pérdida, el semen que le resbalaba por el muslo—. Pero esta noche. Después de clase. Te espero en la bodega.

María Belén se volvió, y lo miró. Tenía los ojos verdes brillantes, el pelo revuelto, la camiseta blanca manchada de sudor y de ella. Y había algo en su mirada, algo que no había visto antes, o que no había querido ver: una promesa, una amenaza, las dos cosas a la vez.

—Diego…

—No digas nada —dijo él, y le tocó la mejilla con el dorso de la mano, la misma caricia del viernes, breve, casi imperceptible—. Solo dime que irás.

La mano de Diego se detuvo en su mejilla, y María Belén sintió el peso de la espera en el silencio del pasillo. Los niños seguían murmurando en la distancia, una puerta se cerró en algún lugar del edificio, y ella pensó en la bodega, en el olor a balones de goma y a polvo, en la penumbra que los había escondido el primer día. Pensó en el viernes, en la promesa que le había hecho sin palabras, en los test de embarazo que llevaba en los bolsillos, crujiendo contra sus dedos como una acusación.

—Iré —dijo ella, y la palabra salió antes de que pudiera detenerla, y supo que era verdad, que había sido verdad desde el momento en que él la había besado contra la puerta de su aula—. Iré.

Diego sonrió, y la sonrisa le arrugó la comisura de los ojos, y por un instante pareció más joven, más ligero, como si le hubieran quitado un peso de encima. Le apretó la mano, una vez, y luego la soltó, y dio un paso atrás, y María Belén sintió el frío del pasillo en la piel donde había estado el calor de su cuerpo.

—Después de clase —dijo él, y se ajustó la camiseta, y se pasó una mano por el pelo, y de repente era otra vez el profesor de educación física, el hombre que corría por el patio con los niños, el que silbaba y reía y no parecía capaz de esa urgencia que le había visto en los ojos—. Te espero.

Y se fue. María Belén lo vio alejarse por el pasillo, con su andar pausado, sus hombros anchos, la mancha de hierba en la camiseta blanca. No se volvió. No la miró. Desapareció por la esquina, y el pasillo quedó vacío, y ella se quedó allí, de pie, con la llave aún en la cerradura de su aula, la braga colgando de su tobillo, el semen de Diego goteándole por el muslo.

Se arregló con manos temblorosas. Se subió la braga, sintiendo la humedad contra la piel, se bajó la falda, se pasó los dedos por el pelo, se ajustó las gafas. La puerta de su aula estaba entreabierta, y el olor a tiza y a libros viejos le llegó como un ancla, como un recordatorio de quién era, de qué estaba haciendo allí. Metió la llave en el bolsillo de la falda, junto al test de embarazo, y empujó la puerta.

La mañana pasó como una niebla. María Belén dio su clase de matemáticas a los niños de tercero, y luego la de lengua a los de cuarto, y sus manos escribían en la pizarra, y su voz explicaba las fracciones y los verbos, y su mente estaba en otra parte, en la bodega, en la penumbra, en la promesa que le había hecho a un hombre que apenas conocía. Los niños la miraban con sus caras redondas y sus ojos curiosos, y ella sonreía, y corregía cuadernos, y sentía el semen de Diego secándose entre sus piernas, una presencia constante, un secreto que llevaba puesto.

En el recreo se encerró en el baño de profesores y se miró en el espejo. Tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados, el pelo que se le escapaba de la coleta. Se mojó las manos y se las pasó por la cara, y luego se metió la mano en el bolsillo y sacó el test de embarazo, el de la farmacia de la esquina, el de la farmacéutica mayor que la había reconocido como argentina. Lo sostuvo en la mano, con el celofán crujiendo, y lo miró, y pensó en las dos rayas, en la palabra positivo, en la cara de Diego si algún día se lo decía.

—No —se dijo a sí misma, en voz baja, y guardó el test en el bolsillo—. Todavía no. Todavía no sabes nada.

Pero lo sabía. Lo sabía con una certeza que no tenía nada que ver con la ciencia, con los días que faltaban, con lo que le había dicho la farmacéutica. Lo sabía en el vientre, en ese calor que no se le iba, en esa sensación de plenitud que la acompañaba desde el viernes, como si llevara algo dentro, algo que crecía, algo que la cambiaba. Se miró en el espejo otra vez, y se vio distinta, y no supo decir si era real o si era solo su imaginación, y eso la asustó más que cualquier otra cosa.

La tarde se arrastró. María Belén dio su última clase, recogió los cuadernos, borró la pizarra. Los niños salieron en fila, con sus mochilas y sus voces agudas, y el aula quedó en silencio, con la luz de la tarde entrando por las ventanas. Se sentó en su mesa, con las manos sobre el regazo, y miró la mancha en la madera, la que no había podido limpiar del todo, la que le recordaba el primer día, la mesa, el peso de Diego sobre ella.

El timbre sonó, y el colegio se fue vaciando. Oyó las voces de los otros profesores en el pasillo, los pasos que se alejaban, las puertas que se cerraban. Se quedó sentada, esperando, con el corazón golpeándole el pecho, y cuando el silencio fue total, se levantó, se alisó la falda, y salió al pasillo.

La bodega estaba al fondo, junto a la verja, separada del edificio principal por un tramo de patio. María Belén cruzó el patio con pasos rápidos, sintiendo la grava bajo sus zapatos, el aire de la tarde en la cara. La puerta de la bodega estaba entreabierta, y una luz amarillenta salía por la rendija, y el olor a balones de goma y a polvo le llegó antes de que entrara, y se detuvo en el umbral, con la mano en el marco.

—Has venido —dijo la voz de Diego desde dentro, y ella entró, y lo vio sentado en un banco, con los codos en las rodillas, las manos colgando, la camiseta blanca sucia de hierba y de sudor. Tenía el pelo revuelto, la mandíbula apretada, y en los ojos verdes había algo que no había visto antes, o que no había querido ver: una vulnerabilidad, una necesidad, un miedo.

—Dijiste que me esperabas —dijo ella, y su voz salió más firme de lo que esperaba, y cerró la puerta detrás de sí, y el cerrojo se deslizó con un clic metálico que resonó en el silencio.

Diego se levantó, y la miró, y por un momento no dijo nada, y luego cruzó el espacio que los separaba, y la tomó por la cintura, y la atrajo hacia sí, y la besó. El beso fue distinto a los otros, más lento, más profundo, como si estuviera saboreándola, como si quisiera memorizar el sabor de su boca. María Belén sintió las manos de Diego en su espalda, el calor de su cuerpo, el latido de su corazón contra el suyo, y se agarró a su camiseta, y lo besó de vuelta, con una urgencia que la sorprendió a ella misma.

—María Belén —dijo él, contra su boca, y su voz era ronca, rota—. No sé qué me haces. No sé qué es esto.

—No sé qué me haces tú a mí —dijo ella, y las palabras salieron solas, y eran verdad, y le dolieron al decirlas, porque no sabía qué era esto, no sabía qué eran ellos, no sabía si era amor o locura o las dos cosas.

Diego la miró, y algo se movió en sus ojos, algo que ella no supo nombrar, y luego la tomó de la mano y la llevó hacia el fondo de la bodega, donde los estantes de balones se alineaban contra la pared, donde la luz era más tenue, donde el olor a goma y a polvo era más fuerte. La giró, con un movimiento suave, hasta que ella quedó de espaldas a él, con las manos en el estante, y le levantó la falda, y le bajó la braga, y ella sintió el aire frío en la piel, y la humedad que le bajaba por el muslo, y la evidencia de cuánto lo quería.

—Dime que me quieres dentro —dijo él, y su voz era una orden, una súplica, las dos cosas a la vez, y su polla rozó su entrada, caliente, dura, mojada de ella, de él, de los dos.

—Te quiero dentro —dijo ella, y su voz salió rota, apenas un hilo—. Te quiero dentro, Diego. Ahora.

La polla de Diego rozó su entrada, y María Belén sintió el calor de él contra la piel, la humedad que le empapaba los muslos, la evidencia de cuánto lo había deseado durante todo el día. Se agarró al estante con las dos manos, los dedos blancos sobre el metal frío, y esperó, con el corazón golpeándole el pecho, con el aliento atrapado en la garganta.

—Dime que me quieres dentro —repitió él, y su voz era un gruñido contra su nuca, y su polla se deslizó entre sus labios, sin entrar, solo rozando, solo provocando—. Dímelo otra vez.

—Te quiero dentro —dijo ella, y la voz le salió rota, apenas un hilo, pero era verdad, era tan verdad que le dolía—. Te quiero dentro, Diego. Ahora.

Él no entró. Se quedó ahí, con la punta de su polla en su entrada, con las manos en sus caderas, con el aliento caliente en su nuca, y María Belén sintió que se volvía loca, que el deseo le quemaba el vientre, que necesitaba sentirlo dentro, llenándola, abriéndola, como la había abierto tantas veces.

—Diego —dijo ella, y su voz era una súplica, una orden, las dos cosas a la vez—. Por favor.

—¿Por favor qué? —dijo él, y su boca se movió desde su nuca hasta su oreja, y su lengua rozó el lóbulo, y María Belén sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo—. Dímelo. Dime qué quieres.

—Quiero que me folles —dijo ella, y las palabras salieron solas, crudas, sin filtro, y le sorprendieron a ella misma, pero no se arrepintió, no podía arrepentirse, no cuando lo sentía tan cerca, tan duro, tan suyo—. Quiero que me folles hasta que no pueda pensar. Hasta que no pueda recordar mi nombre.

Diego gruñó, un sonido ronco que le vibró en la oreja, y entonces entró. De una sola embestida, profunda, completa, llenándola hasta el fondo, y María Belén sintió el estiramiento, la plenitud, el calor de él dentro de ella, y soltó un gemido que se le escapó de la boca sin que pudiera contenerlo. Se agarró al estante con más fuerza, los nudillos blancos, las piernas temblando, y Diego se quedó quieto, con la polla enterrada hasta el fondo, con las manos en sus caderas, con el aliento caliente en su oreja.

—Así —dijo él, y su voz era un susurro, una caricia, una promesa—. Así te quiero. Llena. Abierta. Mía.

Y entonces empezó a moverse. Con movimientos lentos, profundos, que la hacían sentir cada centímetro de él, cada pulgada, cada latido. María Belén cerró los ojos y se dejó llevar, sintiendo el ritmo de su cuerpo, el vaivén de sus caderas, el calor que le subía por el vientre. El olor a balones de goma y a polvo llenaba sus fosas nasales, y el sonido de sus cuerpos chocando, húmedo, rítmico, resonaba en el silencio de la bodega.

—Mírame —dijo él, y su voz era una orden, y ella abrió los ojos, y se miró en el reflejo de la ventana sucia, y se vio a sí misma, con la falda levantada, la braga colgando de un tobillo, el cuerpo de Diego pegado a su espalda, la polla de Diego entrando y saliendo de ella, lenta, profunda, implacable—. Mírate. Mira lo que me haces.

María Belén se miró, y sintió una oleada de calor que no sabía si era vergüenza o deseo o las dos cosas, y se mordió el labio, el mismo labio que ya estaba partido, y sintió el sabor de la sangre, y no le importó. No le importaba nada, solo el cuerpo de Diego dentro de ella, solo el ritmo de sus caderas, solo la forma en que la llenaba, la abría, la deshacía.

—Diego —dijo ella, y su voz era un gemido, una confesión—. Diego, me voy a correr.

La embestida se hizo más profunda, más lenta, como si Diego quisiera sentir cada milímetro de ella antes de que el mundo se acabara. María Belén sintió el sudor en su espalda, la camiseta de él pegada a su piel, el calor de su pecho contra sus omóplatos. El estante de balones crujió bajo sus manos, y el olor a goma y a polvo se mezcló con el olor de ellos, con ese olor a sexo que ya conocía, que ya reconocía como suyo.

—No te corras todavía —dijo él, y su voz era un gruñido, una orden, una súplica—. Aguanta. Aguanta un poco más.

El pulso le martilleaba en la garganta, y el cuerpo le pedía soltarse, dejarse ir, pero la voz de Diego la sostenía al borde, temblando, abierta. Sentía cada centímetro de él dentro, el latido de su polla contra sus paredes, y el aire se le escapaba en jadeos cortos, rítmicos, que acompañaban el vaivén de sus caderas.

—Casi —murmuró él, y su boca se pegó a su oreja, caliente, húmeda—. Casi, corazón. Aguanta.

Ella apretó los dedos contra el metal del estante, sintiendo el frío morderle las palmas, y respiró hondo, con la nariz llena de goma y de polvo y de él. El sudor le corría por la sien, y un mechón de pelo se le pegó a la mejilla, y no podía pensar, no podía hacer nada más que sentir la polla de Diego deslizándose dentro de ella, lenta, profunda, como si la estuviera midiendo, como si quisiera saber hasta dónde podía llegar.

—Diego —dijo ella, y su voz era apenas un hilo, un suspiro—. No puedo. No puedo aguantar más.

—Sí puedes —dijo él, y su mano se deslizó desde su cadera hasta su vientre, plana, caliente, presionando justo donde la sentía entrar—. Sí puedes. Porque eres mía. Porque esto es mío.

Y entonces, con la mano todavía en su vientre, con la polla enterrada hasta el fondo, quieta, vibrante, Diego inclinó la cabeza y le susurró al oído, tan bajo que casi se perdió en el silencio de la bodega:

—¿Alguna vez estuviste tan llena, María Belén? ¿Alguna vez sentiste que te abrían así?

La pregunta le atravesó el pecho como un disparo. No era una pregunta sobre sexo, no era una pregunta sobre aquella tarde, sobre la bodega, sobre el estante de balones. Era una pregunta sobre todo lo que había antes, sobre la vida que había dejado en Argentina, sobre los hombres que había conocido, sobre las noches que había pasado sola en una cama que no era suya, en un país que no era suyo, con un idioma que apenas empezaba a entender.

—No —dijo ella, y la palabra le salió sin pensarla, sin filtrarla, con la verdad cruda y desnuda que solo se dice cuando se está a punto de correrse, cuando el cuerpo manda más que la cabeza—. No. Nunca. Nunca me sentí así.

Diego no dijo nada. Solo la abrazó por la cintura, con los dos brazos, y la apretó contra su pecho, y se quedó quieto, con la polla dentro de ella, con el aliento caliente en su nuca, con el corazón golpeándole la espalda. Y María Belén sintió algo que no sabía nombrar, algo que no era solo deseo, algo que no era solo placer, algo que le llenaba el pecho y la garganta y los ojos, algo que le hacía doler y querer al mismo tiempo.

—Yo tampoco —dijo él, y su voz era ronca, rota, como si las palabras le costaran—. Yo tampoco, María Belén. Nunca.

Ella cerró los ojos, y sintió el peso de esas palabras, el peso de la confesión, el peso de lo que estaban haciendo, de lo que se estaban haciendo el uno al otro, y supo que nada volvería a ser igual, que aquella bodega, aquel estante, aquel hombre, la habían cambiado para siempre.

—Entonces —dijo él, y su boca volvió a su oreja, y su voz era una promesa, una orden, una caricia—. Entonces dime que es mío. Dime que esto es mío. Dime que nadie más te ha llenado así. Dime que soy el único.

—Eres el único —dijo ella, y las palabras le salieron con un gemido, con un temblor, con una verdad que le dolía en el pecho—. Eres el único, Diego. El único que me ha llenado así. El único que me ha abierto así. El único.

La mano de Diego se movió desde su vientre hasta su cadera, y María Belén sintió el cambio en el aire, el momento en que él se preparaba para empujar de nuevo, para retomar el ritmo que había interrumpido con la pregunta, con la confesión. Pero algo se movió en su pecho, algo que no era deseo, algo que era más antiguo, más profundo, más aterrador. Sintió el peso de los test en el bolsillo de la falda, el crujido del celofán contra sus dedos, y supo que no podía seguir así, que no podía dejar que él la llenara otra vez sin decirle la verdad, sin saber qué era lo que estaba creciendo dentro de ella, sin saber si era un hijo o solo una idea, una obsesión, una locura.

—Espera —dijo ella, y la palabra salió ronca, rota, como si le costara atravesar la garganta—. Diego. Espera.

Él se detuvo. No dijo nada, pero lo sintió detenerse, la polla todavía dentro de ella, quieta, caliente, vibrante. Las manos de Diego en sus caderas se aflojaron, y María Belén sintió el aire frío en la piel donde su cuerpo se separaba del suyo, y dio un paso al frente, un solo paso, y la polla de Diego se deslizó fuera de ella con un sonido húmedo que resonó en el silencio de la bodega.

Se volvió para mirarlo, y lo vio de pie, con la polla erecta, brillante de ella, con los ojos verdes oscuros, confundidos, heridos. La camiseta blanca le colgaba del hombro, sudada, y el pelo revuelto le caía sobre la frente, y por un momento pareció más joven, más vulnerable, más asustado de lo que ella lo había visto nunca.

—¿Qué pasa? —dijo él, y su voz era ronca, apenas un susurro—. ¿Qué te pasa, María Belén?

Ella no respondió. Se llevó la mano al bolsillo de la falda, y sintió el celofán contra sus dedos, el borde duro de la caja, el peso de lo que llevaba dentro, de lo que llevaba dentro de ella. Los dos test, uno en cada bolsillo, comprados en dos farmacias distintas, con dos farmacéuticas distintas, con dos sonrisas distintas, con la misma esperanza, el mismo miedo, la misma certeza que le quemaba el vientre desde el primer día, desde la bodega, desde la primera vez que Diego la había llenado.

—Tengo algo que decirte —dijo ella, y su voz salió más firme de lo que esperaba, y se agarró al borde del estante con la mano libre, los dedos blancos sobre el metal frío—. Algo que debería haberte dicho antes. Algo que no sé cómo decirte.

Diego la miró, y algo se movió en sus ojos, algo que ella no supo nombrar, y dio un paso hacia ella, y luego otro, y se detuvo a un palmo de distancia, con las manos colgando a los lados, con la polla todavía erecta, todavía brillante, todavía evidencia de lo que habían estado haciendo, de lo que estaban a punto de hacer.

—Dímelo —dijo él, y su voz era una orden, una súplica, las dos cosas a la vez—. Lo que sea. Dímelo.

María Belén respiró hondo, y sintió el olor a balones de goma y a polvo llenarle los pulmones, y el peso de los test en el bolsillo, y el latido de su corazón en el pecho, y supo que no había vuelta atrás, que las palabras que estaba a punto de decir lo cambiarían todo, que nada volvería a ser igual, que aquella bodega, aquel estante, aquel hombre, la habían cambiado para siempre.

—Compré dos test de embarazo —dijo ella, y las palabras salieron solas, crudas, sin filtro, y le dolieron al decirlas, porque eran verdad, porque eran la verdad que llevaba días cargando, la verdad que le pesaba en el vientre, en el pecho, en la garganta—. El lunes. Después de la primera vez. Después de la bodega.

Diego no dijo nada. Se quedó quieto, con los ojos verdes fijos en ella, con la mandíbula apretada, con las manos colgando a los lados, y María Belén sintió el silencio llenarlo todo, el silencio de la bodega, el silencio de los balones, el silencio de su corazón golpeándole el pecho.

—No los he usado —dijo ella, y su voz se quebró, y sintió las lágrimas quemarle los ojos, y parpadeó para contenerlas, para no llorar, para no desmoronarse delante de él—. La farmacéutica me dijo que era demasiado pronto. Que tenía que esperar dos o tres semanas. Pero los compré. Los compré porque lo siento. Lo siento aquí.

Se llevó la mano al vientre, y la presionó contra la falda, contra la piel, contra el lugar donde sentía el calor, el peso, la certeza que no podía explicar, que no podía justificar, que no podía negar.

—Siento que estoy embarazada —dijo ella, y las palabras le salieron con un temblor, con una verdad que le dolía en el pecho—. Desde el primer día. Desde la bodega. Desde que me llenaste. Lo siento. No sé si es real. No sé si es solo una idea. Pero lo siento. Y no podía dejar que me llenaras otra vez sin decírtelo. Sin que supieras lo que llevo dentro.

Diego la miró, y por un momento no dijo nada, y el silencio se estiró entre ellos, denso, pesado, como una manta mojada. María Belén sintió el peso de sus palabras, el peso de la confesión, el peso de lo que acababa de hacer, y se agarró al estante con más fuerza, los nudillos blancos, las piernas temblando, esperando su respuesta, esperando su reacción, esperando que dijera algo, cualquier cosa, que la abrazara o la empujara, que le dijera que era una loca o que la quería, que la creyera o que la negara.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —dijo él, y su voz era ronca, rota, como si las palabras le costaran—. ¿Por qué esperaste hasta ahora? ¿Por qué me lo dices aquí, así, con la polla todavía mojada de ti?

—Porque tenía miedo —dijo ella, y las lágrimas le rodaron por las mejillas, y no las contuvo, no podía contenerlas, no cuando la verdad ya estaba fuera, no cuando ya no había nada que esconder—. Miedo de que te fueras. Miedo de que esto fuera solo sexo para ti. Miedo de que me miraras como me miran los demás, como una extranjera, como una aventura, como algo que se usa y se tira.

Diego dio un paso hacia ella, y luego otro, y la tomó por la cara, con las dos manos, y le secó las lágrimas con los pulgares, con una ternura que la sorprendió, que le rompió algo en el pecho, que le hizo llorar más fuerte.

—No te voy a dejar —dijo él, y su voz era un susurro, una promesa, una caricia—. No te voy a dejar, María Belén. No sé qué es esto. No sé qué somos. Pero no te voy a dejar.

Ella lo miró, y vio algo en sus ojos verdes que no había visto antes, o que no había querido ver: una vulnerabilidad, una necesidad, un miedo. El mismo miedo que ella sentía, el mismo miedo que la había estado carcomiendo desde el primer día, desde la bodega, desde la primera vez que la había llenado.

—¿Y si estoy embarazada? —dijo ella, y su voz era apenas un hilo, un susurro—. ¿Y si es verdad? ¿Y si llevo a tu hijo dentro?

Diego no respondió. La miró, y algo se movió en sus ojos, algo que ella no supo nombrar, y luego bajó la mirada, y la posó en su vientre, en el lugar donde ella sentía el calor, el peso, la certeza. Y María Belén sintió su mano deslizarse desde su cara hasta su hombro, hasta su brazo, hasta su mano, y entrelazar sus dedos con los suyos, y apretar, con una fuerza que le dolía, que le decía que no la iba a soltar, que no la iba a dejar.

—Entonces lo criamos —dijo él, y su voz era ronca, rota, como si las palabras le costaran, como si estuviera diciendo algo que no sabía que quería decir hasta que lo dijo—. Si es verdad. Si llevas a mi hijo dentro. Lo criamos. Juntos.

María Belén sintió las palabras atravesarle el pecho, y las lágrimas le rodaron por las mejillas, y se rió, un sonido ronco, roto, que le salió sin querer, que le sorprendió a ella misma. Se rió porque no sabía qué más hacer, porque no sabía si era feliz o estaba aterrada o las dos cosas, porque las palabras de Diego eran una promesa, una locura, un sueño, todo al mismo tiempo.

—No sabes lo que dices —dijo ella, y su voz era un susurro, un temblor—. No sabes lo que estás diciendo. Somos dos desconocidos. Nos conocimos hace una semana. No sabes nada de mí. No sé nada de ti.

—Sé que me llenaste —dijo él, y su voz era una caricia, una confesión—. Sé que me abriste. Sé que me miras como no me ha mirado nadie. Sé que cuando estoy dentro de ti, siento que estoy en casa. Y no sé qué es eso. No sé si es amor o locura o las dos cosas. Pero sé que no quiero que se acabe.

María Belén sintió los dedos de Diego apretar los suyos, y por un momento el mundo se redujo a eso: la presión de su mano, el calor de su piel, la promesa que acababa de hacerle. Pero algo en ella se resistía, algo que no era miedo ni esperanza, sino una necesidad más antigua, más honda: la necesidad de que él entendiera, de que viera lo que ella llevaba dentro, de que supiera que no era una loca, que no era una aventura, que no era algo que se usa y se tira.

—No es solo una idea —dijo ella, y su voz salió más firme de lo que esperaba, como si las palabras hubieran estado esperando ese momento para salir—. No es solo una idea, Diego. Es algo que siento aquí, en el vientre, desde el primer día. Desde que me llenaste en esta bodega. Desde que sentí tu semen dentro de mí, caliente, pesado, como si me estuvieras sembrando. Y no sé si es real. No sé si es solo mi cuerpo inventándolo. Pero lo siento. Lo siento cada vez que respiro, cada vez que me muevo, cada vez que pienso en ti.

La mano de Diego seguía entrelazada con la suya, pero María Belén sintió que el mundo se le iba estrechando alrededor de los dedos, alrededor del bolsillo de la falda donde el celofán crujía contra su muslo con cada respiración. Las palabras de Diego —lo criamos, juntos— le habían abierto algo en el pecho, algo que no sabía si era una puerta o una herida, y ahora estaba ahí, de pie, con la polla todavía erecta y brillante de ella, con los ojos verdes fijos en su cara, esperando que ella dijera algo más, que confirmara, que negara, que le diera una respuesta que ella misma no tenía.

—No sé si quiero que sea verdad —dijo ella, y la confesión le salió con un temblor que no había planeado—. No sé si quiero que sea mentira. No sé qué quiero, Diego. Solo sé que no puedo seguir fingiendo que no llevo esto encima. Que no llevo esto dentro.

Se soltó la mano de él, con cuidado, como si soltarla fuera un gesto que necesitara hacerse despacio para no romper nada, y se llevó las dos manos al bolsillo de la falda. El celofán crujió contra sus palmas, y sintió el borde duro de las dos cajas, una en cada mano, el peso exacto de lo que había estado cargando desde el lunes, desde la primera vez, desde la bodega. Los sacó, uno en cada mano, y los sostuvo delante de ella, entre su cuerpo y el de Diego, como un escudo, como una ofrenda, como una prueba.

—Estos son —dijo ella, y su voz salió ronca, pero firme—. Dos test. De dos farmacias distintas. La primera farmacéutica me miró como si fuera una cría asustada y me dijo que volviera en dos semanas. La segunda me contó que su hermana compró seis antes de que le diera positivo. Seis. Yo compré dos. Y no los he abierto. No he podido abrirlos. Porque si los abro y dan negativo, entonces todo esto —dijo, y movió la mano entre los dos, entre sus cuerpos, entre la bodega y el patio y la caldera y la mesa del aula—, todo esto no ha sido nada. Solo sexo. Solo una semana. Y si dan positivo, entonces es real, y no sé si estoy lista para que sea real.

Diego miró las cajas, una en cada mano de ella, y por un momento no dijo nada. María Belén vio sus ojos verdes moverse de una caja a la otra, y luego subir hasta su cara, y algo se aflojó en su mandíbula, algo que ella no supo nombrar, algo que parecía más grande que las palabras que había dicho antes, más grande que lo criamos, más grande que no te voy a dejar.

—Ábrelos —dijo él, y su voz era un susurro, una orden, una súplica, las tres cosas a la vez—. Ábrelos ahora. Aquí. Conmigo.

María Belén sintió las palabras atravesarle el pecho, y las manos le temblaron, y el celofán crujió entre sus dedos con un sonido que le pareció más fuerte que cualquier otra cosa en la bodega, más fuerte que el zumbido de la tubería, más fuerte que el latido de su corazón. Miró las cajas, una rosa, una celeste, y sintió el peso de lo que estaba a punto de hacer, el peso de abrir la puerta que había estado cerrando desde el lunes, desde la primera vez, desde que sintió el semen de Diego dentro de ella, caliente, pesado, como una semilla.

—No puedo —dijo ella, y la voz se le quebró, y las lágrimas le volvieron a los ojos—. No puedo abrirlos aquí. No puedo hacerlo delante de ti. Si es negativo, te estaré mirando a la cara cuando me entere de que no ha sido nada. Y si es positivo, te estaré mirando a la cara cuando me entere de que lo es todo. No puedo. Todavía no.

Diego dio un paso hacia ella, y luego otro, y le quitó las dos cajas de las manos con una delicadeza que la sorprendió, que le rompió algo en el pecho. Las sostuvo en sus propias manos, una en cada palma, y las miró, y luego levantó la vista y la miró a ella, y María Belén vio algo en sus ojos verdes que no había visto nunca, algo que no era deseo ni miedo ni promesa, sino algo más simple, más antiguo, más aterrador: una certeza.

—Entonces los guardo yo —dijo él, y su voz era ronca, pero firme, como si las palabras hubieran estado esperando ese momento para salir—. Los guardo yo, y cuando estés lista, los abrimos juntos. Los dos. Donde tú quieras. Cuando tú quieras. Pero no los vas a abrir sola. No vas a pasar por esto sola. No otra vez.

María Belén sintió las palabras atravesarle el pecho, y las lágrimas le rodaron por las mejillas, y se rió, un sonido ronco, roto, que le salió sin querer, que le sorprendió a ella misma. Se rió porque no sabía qué más hacer, porque no sabía si era feliz o estaba aterrada o las dos cosas, porque las palabras de Diego eran una promesa, una locura, un sueño, todo al mismo tiempo. Y luego dejó de reírse, y lo miró, y vio las dos cajas en sus manos, una rosa, una celeste, y vio sus ojos verdes fijos en ella, y sintió que algo se asentaba en su pecho, algo que no era miedo ni esperanza, sino una calma extraña, una certeza que no podía explicar, que no podía justificar, que no podía negar.

—¿Y si es positivo? —dijo ella, y su voz era apenas un hilo, un susurro—. ¿Y si de verdad llevo a tu hijo dentro? ¿Y si todo esto es real?

Diego no respondió. Miró las cajas en sus manos, y luego la miró a ella, y María Belén vio su mandíbula apretarse, y sus ojos verdes oscurecerse, y algo en su cara que parecía más grande que las palabras, más grande que la bodega, más grande que todo lo que habían hecho juntos. Y luego dio un paso hacia ella, y la tomó por la nuca, con una mano, con una fuerza que le dolía, que le decía que no la iba a soltar, y la besó. Un beso hondo, largo, que sabía a sal y a lágrimas y a promesa, un beso que le dijo todo lo que las palabras no habían podido decir, todo lo que él no sabía cómo decir, todo lo que ella necesitaba oír.

Cuando se separó, María Belén sintió el aire frío en los labios, y abrió los ojos, y vio los de Diego, verdes, oscuros, fijos en ella, y vio las dos cajas en sus manos, una rosa, una celeste, y sintió el peso de lo que acababa de pasar, el peso de la promesa, el peso de la incertidumbre, el peso de todo lo que estaba por venir.

—El viernes —dijo él, y su voz era ronca, rota, como si las palabras le costaran—. El viernes te toca a ti. Pero esto —dijo, y levantó las dos cajas, una en cada mano—, esto no se toca hasta que tú digas. Hasta que estés lista. Hasta que me mires a los ojos y me digas que quieres saber.

María Belén lo miró, y sintió las palabras asentarse en su pecho, y asintió, despacio, sin decir nada, porque no había nada que decir, porque las palabras ya estaban dichas, porque la promesa ya estaba hecha, porque las dos cajas estaban en las manos de Diego, una rosa, una celeste, esperando, como ella, como él, como todo lo que estaba por venir.

—Guárdalos —dijo ella, y su voz salió más firme de lo que esperaba, como si las palabras hubieran estado esperando ese momento para salir—. Guárdalos, Diego. Y cuando esté lista, te lo diré. Te lo prometo.

Diego asintió, y guardó las dos cajas en el bolsillo de su chándal, una en cada lado, y María Belén vio el bulto que hacían contra la tela, y sintió algo extraño en el pecho, algo que no era miedo ni esperanza, sino una calma que no había sentido desde que llegó a España, desde que cruzó la puerta de aquel colegio, desde que vio los ojos verdes de Diego por primera vez. Y supo que no había vuelta atrás, que las palabras que acababan de decir lo habían cambiado todo, que nada volvería a ser igual, que aquella bodega, aquel estante, aquel hombre, la habían cambiado para siempre.

—¿Y ahora qué? —dijo ella, y su voz era apenas un susurro—. ¿Qué hacemos ahora?

Diego la miró, y algo se movió en sus ojos, algo que ella no supo nombrar, y luego bajó la mirada, y la posó en su vientre, en el lugar donde ella sentía el calor, el peso, la certeza. Y María Belén sintió su mano deslizarse desde su nuca hasta su hombro, hasta su brazo, hasta su mano, y entrelazar sus dedos con los suyos, y apretar, con una fuerza que le dolía, que le decía que no la iba a soltar, que no la iba a dejar.

—Ahora —dijo él, y su voz era ronca, rota, como si las palabras le costaran—, ahora me toca a mí. Ahora te toca a ti. Ahora nos toca a nosotros. Y no sé qué es eso. No sé si es amor o locura o las dos cosas. Pero sé que no quiero que se acabe.

María Belén sintió los dedos de Diego apretar los suyos, y por un momento el mundo se redujo a eso: la presión de su mano, el calor de su piel, la promesa que acababa de hacerle. Y luego sintió el bulto de las dos cajas en el bolsillo del chándal de Diego, una rosa, una celeste, contra su cadera, y supo que no había vuelta atrás, que las palabras que acababan de decir lo habían cambiado todo, que nada volvería a ser igual, que aquella bodega, aquel estante, aquel hombre, la habían cambiado para siempre.

—Entonces no se acaba —dijo ella, y su voz salió más firme de lo que esperaba, como si las palabras hubieran estado esperando ese momento para salir—. No se acaba, Diego. No se acaba.

Diego le apretó la mano un segundo más, y luego la soltó, y María Belén sintió el aire de la bodega en la palma, frío, como si le hubieran quitado algo que no sabía que llevaba. Él se agachó, recogió su camiseta del suelo, y se la pasó por la cara, por el pecho, por el vientre, secándose el sudor y el resto de ella, y María Belén lo miró hacerlo sin decir nada, con las dos manos vacías, con el celofán ya no en sus dedos sino en el bolsillo del chándal de él, uno a cada lado, dos bultos pequeños que se movían con cada paso que daba.

—El sábado —dijo Diego, y se pasó la camiseta por la nuca, y la dejó caer sobre el banco de pesas, y se volvió hacia ella—. El sábado te quiero ver.

María Belén parpadeó. El sábado. La palabra le llegó como una piedra que cae en agua quieta, y sintió las ondas extenderse por dentro, hacia el vientre, hacia el pecho, hacia la garganta.

—El sábado es mañana —dijo ella, y su voz salió más baja de lo que esperaba.

—Ya lo sé —dijo él, y sonrió, y la cicatriz sobre la ceja se le movió con la sonrisa—. Por eso te lo digo hoy. Para que no tengas que pensar dónde. Para que solo tengas que venir.

María Belén se ajustó las gafas con el índice, un gesto que hacía cuando necesitaba ganar un segundo, y miró el estante que tenía detrás de la cabeza de Diego: balones de fútbol apilados en fila, uno sobre otro, como huevos de un animal enorme. El olor a goma y a sudor y a polvo se le metió en la nariz, y por un momento no supo qué decir, porque el sábado no era el colegio, y fuera del colegio no había patio, ni timbre, ni excusa, ni pasillo que recorrer con la mirada baja.

—Fuera del colegio —dijo Diego, como si le hubiera leído el pensamiento, y dio un paso hacia ella, y se detuvo a una distancia que no era de amantes ni de desconocidos, sino de algo intermedio que María Belén no supo nombrar—. Fuera de aquí. De este edificio, de este patio, de esta bodega. Un sitio normal. Un bar, un parque, una calle. Un sitio donde no huela a balones. Donde no haya una puerta que se cierre con llave a nuestra espalda. Donde podamos estar sin escondernos.

María Belén sintió las palabras asentarse en el pecho, una a una, y con cada una el corazón se le apretaba más, como una mano que se cierra despacio sobre una naranja. Un sitio normal. Sin esconderse. Llevaba seis días escondiéndose: de los pasillos, de las miradas, de la mancha en la mesa, del pañuelo en el bolsillo, de la farmacéutica, de su madre al teléfono, de sí misma cada vez que se miraba al espejo del hostal. Y ahora él le estaba ofreciendo lo contrario, y lo contrario le daba más miedo que el escondite.

—No sé si podré —dijo ella, y se mordió el labio, y sintió el escozor de la grieta que ya tenía abierta, y se soltó el labio de inmediato, y el sabor a hierro le llenó la boca un instante—. No sé si podré, Diego. No conozco esta ciudad. No conozco a nadie. No sé qué se hace un sábado aquí. No sé dónde ir. No sé cómo vestirme. No sé—

—María Belén.

Él dijo su nombre entero, sin acortarlo, sin el corazón, sin el diminutivo, y ella se calló, y lo miró, y vio que la estaba mirando de una manera que no le había visto antes: sin prisa, sin hambre, con las manos quietas a los lados del cuerpo, como si estuviera esperando algo más que su cuerpo.

—No te estoy pidiendo que sepas —dijo él—. Te estoy pidiendo que vengas. Yo te recojo. Yo te llevo. Tú solo tienes que estar en la puerta del hostal a las once.

María Belén abrió la boca para decir algo, y no le salió nada, y la cerró, y sintió el pulso en la garganta, y pensó en el hostal, en la señora de la recepción que le había preguntado el lunes si estaba bien, en la habitación con la cama estrecha y las dos cajas que ya no estaban allí, en la ropa que había traído en una maleta que todavía no había terminado de deshacer. Once de la mañana. Un sábado. Un hombre esperándola en la puerta.

—¿Y si no voy? —dijo ella, y la pregunta le salió antes de que pudiera pensarla, y en cuanto la dijo supo que era la pregunta equivocada, la que no quería hacer, la que le temblaba en la boca.

Diego no se movió. La miró, y algo en su cara se puso serio, no duro, serio, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado, una a una, del mismo modo en que ella elegía las suyas cuando escribía en la pizarra.

—Si no vienes —dijo él—, te espero igual. Hasta que te canses de no venir. Hasta que te canses de esconderte. Porque sé que estás cansada, María Belén. Lo veo en la cara. Lo veo en cómo miras las puertas antes de cruzarlas. Lo veo en cómo te muerdes el labio. Estás cansada de esconderte, y yo también.

María Belén sintió las lágrimas subirle a los ojos, y esta vez no las contuvo, no las parpadeó, no las tragó, y una le rodó por la mejilla, y se quedó colgada un segundo en la mandíbula antes de caer sobre la blusa. Él tenía razón. Estaba cansada. Estaba cansada desde antes de llegar a España, desde antes de conocerlo, desde antes de subir al avión, y no lo había sabido hasta ese momento, hasta que él lo dijo en voz alta en una bodega que olía a goma y a sudor.

—Once —dijo ella, y su voz salió ronca, y se limpió la mejilla con el dorso de la mano, y lo miró—. Once de la mañana. En la puerta del hostal.

Diego asintió, despacio, y por un momento no dijo nada, y María Belén vio algo pasar por sus ojos verdes, algo que no era triunfo ni alivio, sino algo más callado, más hondo, algo que le apretó el pecho de una manera distinta a todo lo que había sentido esa semana. Y luego él sonrió. Y en la sonrisa había algo que no le había visto antes, algo más joven, más ligero, como si por un segundo hubiera dejado de ser el profesor de educación física que la había metido contra los estantes y hubiera vuelto a ser un hombre de treinta y dos años al que una mujer acababa de decir que sí.

—Vale —dijo él, y la palabra le salió corta, casi adolescente, y se pasó la mano por el pelo revuelto, y se lo dejó peor de lo que estaba—. Vale. Once. Te espero.

María Belén se rió, un sonido pequeño, húmedo, que le salió entre las lágrimas, y se ajustó las gafas, y miró alrededor de la bodega como si la viera por primera vez: los balones apilados, el banco de pesas, la tubería, la ventana alta con el cristal sucio por donde entraba una luz de tarde que ya empezaba a ponerse naranja. Todo seguía igual. Nada había cambiado. Y sin embargo ella sentía que acababa de cruzar una puerta que no tenía vuelta.

—¿Y ahora qué? —dijo ella, y su voz salió más firme, y esta vez la pregunta no era la equivocada, era la que quería hacer—. ¿Ahora qué hacemos? ¿Volvemos al patio por separado? ¿Salimos por puertas distintas? ¿Seguimos escondiéndonos hasta mañana?

Diego la miró, y luego miró hacia la puerta de la bodega, y luego otra vez a ella, y María Belén vio que estaba calculando algo, que estaba pesando algo, y supo, sin que él lo dijera, que estaba pensando en el mismo problema que ella: el colegio, los pasillos, los otros profesores, los niños, las miradas. Todo lo que había fuera de esa puerta.

—Salgo yo primero —dijo él—. Voy al pabellón, me ducho, me cambio, y salgo por la puerta del patio como si hubiera terminado mi jornada. Tú esperas cinco minutos. Luego sales tú, cruzas el patio, y te vas por la puerta principal. Nadie va a mirarte. Nadie va a preguntarte. Es viernes, María Belén. Todo el mundo está pensando en el fin de semana.

María Belén asintió, y sintió algo raro en el pecho, algo que no era miedo ni alivio, sino una especie de tristeza pequeña, una tristeza de tener que salir por puertas distintas de un hombre con el que acababa de compartir algo que no había compartido con nadie en su vida. Pero era lo que había. Era lo que podían hacer. Y mañana, a las once, en la puerta del hostal, sería distinto.

Diego se acercó a ella, y le tomó la cara con una mano, y le pasó el pulgar por la mejilla, por donde había caído la lágrima, y María Belén sintió la aspereza del dedo, la callosidad del deportista, el calor de la piel, y cerró los ojos un segundo, y los abrió, y lo miró.

—Mañana —dijo él, y su voz era baja, y le dio un beso en la frente, corto, seco, un beso que no pedía nada, que no prometía nada, que solo estaba—. Mañana a las once. Y no traigas los test. Los tengo yo. Ya te lo he dicho. Hasta que tú digas.

María Belén asintió, y él le soltó la cara, y se dio la vuelta, y recogió su chándal del suelo, y se lo pasó por los hombros, y caminó hacia la puerta de la bodega. María Belén lo miró irse, y vio su espalda ancha, y vio la camiseta blanca caída sobre el banco, y vio el bulto pequeño en cada bolsillo del chándal, uno a la derecha, uno a la izquierda, y sintió que el corazón le daba un vuelco, y no supo si era por lo que él llevaba en los bolsillos o por lo que ella llevaba en el vientre.

Diego abrió la puerta, y la luz del patio entró en la bodega, y por un segundo la silueta de él se recortó contra el naranja de la tarde, y luego salió, y la puerta se cerró, y María Belén se quedó sola.

Se quedó quieta donde estaba, con la espalda contra el estante, y miró la camiseta blanca sobre el banco de pesas, y la miró un rato largo, sin tocarla, como si fuera una cosa que no le pertenecía. Luego se agachó, la recogió, y la sostuvo delante de ella. Olía a él. Olía a sudor y a ella y a la bodega, y María Belén se la llevó a la cara, sin pensarlo, y respiró, y el olor le llenó la nariz y la garganta, y por un momento fue como si Diego siguiera allí, con las manos en su cara, diciéndole mañana a las once.

Dobló la camiseta, despacio, con cuidado, como si fuera algo frágil, y la dejó sobre el banco otra vez, y se pasó las manos por la falda, y se ajustó las gafas, y se miró las palmas. Tenía las manos sucias de polvo y de óxido del estante, y las uñas con la cutícula mordida, y el pulgar derecho con la sangre seca de la mañana. Se limpió las palmas en la falda, y la falda se manchó, y no le importó.

Contó hasta trescientos en la cabeza, despacio, para darle tiempo a Diego, y a mitad de la cuenta se dio cuenta de que estaba contando en voz baja, moviendo los labios, como una niña que juega a esconderse, y se rió de sí misma, un sonido corto, sin ganas, y siguió contando.

Cuando llegó a trescientos, abrió la puerta de la bodega y salió al patio.

El patio estaba casi vacío. Un conserje barría las hojas junto a la tapia del fondo, y dos niños pequeños esperaban sentados en un banco con las mochilas entre las piernas, y el sol ya estaba bajo, y las sombras de los árboles se estiraban sobre el cemento como dedos largos. María Belén cruzó el patio con la mirada al frente, y sintió el peso de los ojos del conserje en la nuca, y no se giró, y no apuró el paso, y no miró hacia el pabellón, aunque todo en ella quería mirar hacia el pabellón, hacia la puerta por donde Diego había salido, hacia el sitio donde él estaría duchándose, quitándose el olor de la bodega, guardando las dos cajas en el bolsillo de otros pantalones.

Llegó a la puerta principal, y la empujó, y salió a la calle, y el aire de la tarde le dio en la cara, más fresco que el del patio, con olor a asfalto y a pan de una panadería cercana, y María Belén se detuvo un segundo en la acera, con la mano en la barandilla, y respiró, y sintió el corazón latiéndole en las sienes.

Mañana. Once. Un sitio que no olía a balones.

Empezó a caminar hacia el hostal, y a mitad de camino se metió la mano en el bolsillo de la falda, buscando el pañuelo, y no lo encontró, y se detuvo en seco en medio de la acera, y se registró los dos bolsillos, y el pañuelo no estaba, y sintió el estómago cerrarse, y pensó, con una claridad que le dolió, que se lo había dejado en la bodega, en el suelo, junto al banco de pesas, o sobre el estante, o en cualquier rincón de aquel cuarto que olía a goma y a sudor y a Diego.

Se quedó parada en la acera, con la mano metida en el bolsillo vacío, y miró hacia atrás, hacia la esquina por la que acababa de venir, hacia el colegio que ya no se veía, y supo que no iba a volver. No hoy. No por un pañuelo. No con el conserje barriendo el patio y los niños en el banco y la puerta de la bodega cerrada con llave.

Sacó la mano del bolsillo, y siguió caminando, y el corazón le latía fuerte, y no sabía si por el pañuelo perdido o por la cita de mañana, y decidió que no quería saberlo, que ya había tenido bastante con saber lo que sabía, y que lo único que quería en ese momento era llegar al hostal, cerrar la puerta de su habitación, y quedarse quieta un rato, con la mano en el vientre, esperando a que llegara el sábado.

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