El Primer Encuentro
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El Primer Encuentro

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El peso de la promesa
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Chapter 9 of 17

El peso de la promesa

María Belén abre los ojos en la penumbra del hostal, la mano aún sobre el vientre, y ve la luz del teléfono: un mensaje de Diego, solo dice '¿Lista?'. Se sienta, siente el peso de la noche, el recuerdo de sus dedos entrelazados, y escribe 'Sí' antes de pensar. En la ducha, el agua caliente no borra la certeza que le quema por dentro, y cuando sale, el teléfono vibra de nuevo: 'Te espero en la bodega.' The act this chapter delivers: María Belén encuentra a Diego en la bodega, y él la sienta sobre el banco de pesas, le levanta la falda y la penetra despacio, mirándola a los ojos, hasta que se corre dentro de ella, y ella se corre apretada contra él, con las manos en su espalda.

Abrió los ojos en la penumbra del hostal, con la mano todavía sobre el vientre, y lo primero que vio fue la luz del teléfono en la mesita de noche, un rectángulo blanco que le cortaba la cara a la oscuridad. Parpadeó. La habitación olía a sábanas limpias y a humedad vieja, a esa humedad que se queda en las paredes de los hostales aunque limpien todos los días. El teléfono volvió a iluminarse, y ella estiró el brazo, y en la pantalla estaba el nombre de Diego, y debajo, nada más, dos palabras.

¿Lista?

Se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó. La habitación volvió a ser negra, y ella sintió el peso de la noche entera encima del cuerpo, el cansancio en las piernas, el eco del mordisco en el hombro cuando se movió para sentarse, la marca de los dedos de él en la cadera, que todavía dolía si la tocaba. Anoche, en el pasillo del colegio, antes de dejarla en la esquina, él le había entrelazado los dedos con los suyos, sin decir nada, y ella se había quedado con esa sensación toda la noche, la mano de él apretando la suya, como si fuera algo que hubieran acordado sin palabras.

Volvió a encender la pantalla. ¿Lista? Leyó las dos palabras una vez. Dos veces. Y escribió Sí antes de pensar, con los pulgares, sin corregir nada, y lo envió, y el mensaje salió con ese ruidito seco que hacen los mensajes cuando se van, y ella se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla vacía, con la sensación de haber firmado algo.

Se levantó. El suelo frío del hostal le subió por los pies. La ventana daba a un patio interior y por la rendija de la persiana entraba una luz gris, de sábado, sin sol todavía. Se metió en el baño, y el espejo le devolvió una cara que no terminaba de reconocer: el pelo suelto, la marca del labio partido, las ojeras. Se desnudó y se metió en la ducha.

El agua caliente le golpeó la espalda y se quedó quieta debajo, con las manos apoyadas en los azulejos, dejando que el chorro le corriera por la nuca, por los omóplatos, por el surco de la columna. El vapor llenó el baño. Cerró los ojos y el agua le resbaló por la cara, por el cuello, entre los pechos, y ella se pasó las manos por el vientre, despacio, y no había nada, y ella lo sabía, y aun así se quedó con las palmas abiertas sobre la piel, como si el agua caliente pudiera borrar la certeza que le quemaba por dentro y no la borraba. Le quemaba más. El agua caía y caía, y ella pensó en la bodega, en los test guardados en el chándal de él, en la promesa de abrirlos juntos, y sintió que el estómago se le cerraba, y abrió los ojos, y el espejo estaba empañado, y no se veía la cara, y por un momento le pareció bien no verse.

Salió de la ducha. Se secó el pelo con la toalla del hostal, esa toalla áspera que no seca nada, y se puso la ropa que había elegido la noche anterior, doblada sobre la silla: una falda oscura, una blusa clara, las bragas limpias. Se miró al espejo mientras se recogía el pelo en la coleta baja. Las gafas de pasta negra le devolvieron su propia mirada. Se mordió el labio, en el sitio de siempre, y sintió el escozor, y se soltó.

El teléfono vibró sobre la cama.

Te espero en la bodega.

Se quedó de pie, con la toalla en la mano, mirando la pantalla. La bodega. No un café. No la puerta del colegio. La bodega, con los fluorescentes zumbando sobre los estantes de metal, con el olor a caucho y a sudor seco, con el banco de pesas donde todo había empezado. Leyó el mensaje y sintió algo que no supo si era miedo o era otra cosa, algo que le subió por el pecho y le apretó la garganta, y se dio cuenta de que tenía la mano apretando la toalla contra el pecho, como si se protegiera de algo, y la soltó.

No contestó. Guardó el teléfono en el bolso, se puso los zapatos, y salió de la habitación.

El patio del colegio estaba vacío. Sábado. Las aulas cerradas, las persianas bajadas, el arenero sin niños, las porterías de fútbol con las redes quietas. El conserje no estaba. No había nadie. Cruzó el patio con el bolso al hombro y los tacones haciendo un ruido que le pareció enorme en el silencio, y a cada paso que daba el colegio se veía más grande y más ajeno, como si no fuera el mismo sitio donde había estado toda la semana, como si el sábado lo hubiera vaciado de todo lo que lo hacía normal.

La puerta de la bodega estaba entreabierta.

Se paró delante. El corazón le latía en la garganta. Empujó la puerta con la palma y entró, y el olor la golpeó de frente, caucho nuevo, sudor seco, metal, y por debajo de todo eso, el olor de él, que ella ya reconocía sin querer reconocerlo. Los fluorescentes zumbaban sobre los estantes. Los balones alineados en filas. Las zapatillas apiladas por tallas. Y al fondo, junto al banco de pesas, de espaldas, con el chándal y la camiseta blanca, Diego.

Él se giró al oírla. Tenía el pelo revuelto, como siempre, y la cicatriz sobre la ceja izquierda se le marcaba con la luz de arriba, y cuando la vio sonrió, y se le arrugó la comisura de los ojos, y ella sintió que las piernas le pesaban.

—Puntual —dijo él.

—Argentinas. —Se oyó la voz, más firme de lo que esperaba.

Él se rió, fuerte, sin reservas, y el sonido rebotó en las paredes de la bodega y volvió. Se acercó a ella despacio, sin prisa, y María Belén se quedó donde estaba, con el bolso colgado del hombro, mirándolo venir, y cuando él estuvo cerca le puso una mano en la cadera, en la marca, y ella sintió los dedos sobre el sitio exacto donde había estado toda la semana, y no se apartó.

—¿Dormiste? —preguntó él.

—Poco.

—Yo tampoco. —Le subió la mano por la cintura, despacio, hasta la cintura de la falda—. Pensé en ti toda la noche.

—No digas eso.

—¿Por qué no?

—Porque lo dices y me lo creo.

Él se quedó callado un momento, mirándola, y ella sostuvo la mirada, y en los ojos verdes de él había algo que no era broma, algo que se le quedó quieto, y a ella le tembló la respiración y no lo disimuló.

—Ven —dijo él.

Le tomó la mano y la guió hasta el banco de pesas. El banco estaba frío, con el cuero gastado en el centro, y él la sentó en el borde, y ella apoyó las manos a los lados, y él se quedó de pie delante, entre sus rodillas, mirándola desde arriba. La luz de los fluorescentes le caía sobre los hombros anchos, sobre los brazos marcados, sobre la camiseta blanca que se le pegaba al torso. María Belén levantó la cara para mirarlo.

—¿Y los test? —preguntó.

—Los tengo. —Se tocó el bolsillo del chándal—. Cuando tú quieras.

—Todavía es pronto.

—Ya lo sé.

—No van a decir nada.

—Ya lo sé —repitió él, y le puso una mano en la mejilla, y el pulgar le rozó el labio partido, con cuidado, y ella cerró los ojos un segundo—. Pero los abrimos juntos. Eso lo dije y lo mantengo.

Ella abrió los ojos. Él estaba muy cerca. Le puso las dos manos en la cintura, por encima de la falda, y la apretó, y ella sintió el calor de las palmas a través de la tela, y sintió también que le temblaba, muy poco, casi nada, pero le temblaba, y por un momento pensó que un hombre como él no debería temblar, y que estaba temblando, y que era por ella.

—Diego —dijo.

—Dime.

—Nada. —Le puso las manos en el pecho, sobre la camiseta, y sintió el corazón debajo, rápido—. Nada.

Él se inclinó y la besó. Despacio, al principio, con la boca cerrada, y ella le respondió igual, y se quedaron así un rato, sin prisa, con las manos quietas, y el zumbido de los fluorescentes llenaba el silencio. Después él le pasó la lengua por el labio, por encima del corte, con cuidado, y ella abrió la boca, y el beso se hizo hondo, y ella le agarró la camiseta con las dos manos y tiró, y él se dejó acercar hasta que el pecho de él le apretó los pechos, y ella sintió el peso, el calor, y se le escapó un sonido por la garganta.

Él le bajó las manos a los muslos. Le subió la falda por encima de las rodillas, despacio, con las palmas abiertas, y ella levantó la cadera para ayudarlo, y la falda subió hasta la cintura, y el aire frío de la bodega le tocó la piel de los muslos, y ella se estremeció, y él la miró.

—¿Tienes frío?

—No.

Le pasó la mano por dentro del muslo, por encima de las bragas, y ella sintió los dedos de él sobre la tela, y la tela ya estaba húmeda, y él lo notó, y no dijo nada, y le pasó el pulgar por encima, despacio, de arriba abajo, y ella cerró las piernas un poco, por reflejo, y él le puso la mano en la rodilla y se las abrió otra vez, sin fuerza, y ella lo dejó.

—Mírame —dijo él.

Ella lo miró. Él le bajó las bragas por las piernas, hasta los tobillos, y ella levantó un pie y después el otro, y él las dejó a un lado, en el suelo, y después se puso de rodillas delante del banco, entre sus muslos, y ella supo lo que iba a hacer y le puso la mano en el pelo, y él le pasó la lengua por el centro, despacio, una vez, y ella echó la cabeza atrás y apretó los dedos en el pelo revuelto de él.

—Diego —dijo, y la voz le salió rota.

Él no contestó. Le pasó la lengua otra vez, más despacio, y después la boca entera, y ella sintió el calor, la humedad, la lengua de él subiendo y bajando, y se agarró al borde del banco con la otra mano, y el cuero frío debajo de los dedos, y las piernas le temblaron, y él le puso las manos en la parte de dentro de los muslos y se los abrió más, y ella se dejó abrir.

—No pares —dijo, y se mordió el labio, y el escozor del corte le subió, y no le importó.

Él siguió. La lengua de él subía y bajaba, y a veces se paraba en el sitio exacto, y ella sentía que se le iba a romper algo por dentro, y movió la cadera contra la boca de él, sin pensar, y él le puso una mano en el vientre bajo y la apretó contra el banco, sujetándola, y ella gimió, y el sonido se perdió en el zumbido de los fluorescentes.

Después él se levantó. Tenía la boca húmeda y la miró desde arriba, y ella estaba sin aire, con la falda subida y las piernas abiertas, y él se bajó el chándal y los calzoncillos de un tirón, y ella lo vio, la polla dura, el glande brillante, y sintió el vientre apretarse, y él se acercó, y le puso una mano en la nuca, y ella le puso las manos en los hombros.

—Despacio —dijo ella.

—Despacio —repitió él.

Le puso la punta en el centro, y ella sintió el contacto, y después la presión, y después la entrada, despacio, centímetro a centímetro, y ella se abrió para él, y sintió cómo la llenaba, cómo la estiraba, y le clavó los dedos en los hombros, y él se quedó quieto dentro, hasta el fondo, mirándola a los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí. Muévete.

Él empezó a moverse. Despacio, con la mirada fija en la de ella, y ella sintió cada embestida, el roce, la profundidad, y él le sostenía la nuca con la mano y no le dejaba bajar la cara, y ella no quería bajarla, quería mirarlo, y lo miraba, y en los ojos verdes de él había algo que la apretaba más que la polla, y ella se agarró a su espalda, con las dos manos, y sintió la camiseta sudada debajo de los dedos, y la espalda dura, los músculos, y él fue más rápido, y el banco crujió debajo de ella, y ella cerró los ojos.

—No —dijo él—. Mírame.

Ella abrió los ojos. Él la embestía más fuerte ahora, y el ruido de la piel contra la piel llenaba la bodega, y ella sentía el placer subir por el vientre, por el pecho, por la garganta, y le clavó las uñas en la espalda, y él gimió, y ella sintió la polla de él latir dentro, y supo que él estaba cerca, y ella también, y le rodeó la cintura con las piernas y lo apretó contra sí.

—Corre —dijo ella—. Corre dentro.

Él la miró, y algo en la cara de él se rompió, y ella lo vio, y le puso las manos en la cara, y él se corrió con un gemido largo, empujando hasta el fondo, y ella sintió el calor llenándola, y se corrió con él, apretada contra su cuerpo, con las piernas alrededor de la cintura, con la cara metida en el cuello de él, y se quedaron así, temblando, con la respiración rota, mientras los fluorescentes seguían zumbando sobre los estantes de balones.

Él se quedó dentro un rato. Después se retiró despacio, y ella sintió cómo salía, y sintió el semen correrle por dentro del muslo, y se quedó sentada en el banco, con la falda todavía subida, mirándolo, sin palabras.

Él se subió el chándal. Se pasó la mano por el pelo. La miró, y abrió la boca para decir algo.

María Belén le puso un dedo sobre los labios.

Él se calló. En el silencio, el teléfono de ella vibró dentro del bolso, una vez, contra la madera del banco, y los dos lo oyeron, y ella no se movió, con el dedo todavía en la boca de él, sin atreverse a mirar.

Se deslizó del banco. El cuero le dejó una marca en la parte de atrás de los muslos, y no le importó. Se puso de rodillas sobre el suelo de cemento, y el frío le subió por las rodillas, por las espinillas, y se arrodilló delante de él, y él la miró desde arriba con la boca abierta y no dijo nada.

Le puso las manos en la cintura del chándal. La goma estaba tibia por el cuerpo de él. Se lo bajó despacio, y él levantó una pierna y después la otra, sin apartar los ojos de ella, y el chándal quedó en el suelo, y los calzoncillos también, y él quedó delante de ella con la polla dura, todavía húmeda de ella, el glande brillante bajo la luz de los fluorescentes, y María Belén se quedó un segundo mirándolo, y después levantó la cara y lo miró a él.

—¿Seguro? —preguntó él.

Ella no contestó. Le puso la mano en la base, con los dedos cerrados alrededor, y sintió el calor, la dureza, el latido debajo de la piel, y él soltó el aire por la nariz. Le pasó la lengua por la punta, despacio, y el sabor le llenó la boca — salado, y algo más, algo que era ella misma, y no le dio asco, le dio otra cosa, algo que le apretó el vientre. Lo lamió otra vez, de abajo arriba, por el tronco, siguiendo una vena que le palpitaba bajo la lengua, y él le hundió la mano en el pelo.

—María Belén —dijo, y la voz le salió ronca.

Ella abrió la boca y lo tomó. Despacio, hasta donde le llegó, y sintió cómo le llenaba la boca, cómo le empujaba la lengua hacia abajo, y se quedó quieta un momento, respirando por la nariz, con los ojos abiertos y la cara de él arriba, mirándola. Después empezó a moverse. Subía y bajaba la cabeza con la mano en la base, marcando el ritmo, y la saliva le corría por la comisura y le bajaba por el mentón, y el ruido era húmedo, sucio, y llenaba la bodega por encima del zumbido de los fluorescentes.

Él le apretó la coleta. No para moverla — solo para sujetarla, para tenerla, y ella sintió los dedos de él enredados en el pelo, tirando un poco, y le gustó, y se lo metió más adentro, hasta que le dio arcadas, y se apartó, y volvió.

—Así —dijo él—. Así, joder.

Ella levantó la mirada. Lo miró desde abajo, con la polla en la boca, y él la sostuvo, y algo en la cara de él se puso serio, se puso grave, como si estuviera haciendo un esfuerzo por no cerrar los ojos. La mano de él le subió por la nuca, le acarició el pelo suelto que se le había escapado de la coleta, y después volvió a apretar, y le marcó el ritmo, más rápido, y ella lo siguió, y la boca le dolía en las comisuras y no paró.

Le bajó la mano a los huevos. Se los acarició con los dedos, con cuidado, y él gimió, un sonido corto que le salió del pecho, y ella sintió el muslo de él tensarse debajo de su mano, y supo que estaba cerca, y se lo metió hasta el fondo otra vez, y se quedó ahí, con la nariz contra el vientre de él, con los ojos llenos de agua, y él le agarró la cabeza con las dos manos y empujó.

—Me voy a correr —dijo—. ¿Lo quieres?

Ella no podía hablar con la boca llena. Movió la cabeza, apenas, y él entendió, y le sostuvo la cara, y se corrió. El primer chorro le llenó la boca, caliente, espeso, y ella lo tragó, y el segundo le llegó a la lengua, y ella siguió chupando, despacio, hasta que él terminó, hasta que él le soltó la cabeza y se le doblaron las rodillas un poco y tuvo que apoyarse en el banco con una mano.

María Belén se apartó. Se pasó el dorso de la mano por la boca. Tenía los ojos llenos de lágrimas — de las arcadas, no de otra cosa, se dijo, aunque no estaba segura — y el semen le sabía en la lengua, y se lo tragó todo, y se quedó de rodillas en el suelo, mirándolo desde abajo.

Él la miró. Tenía el pelo revuelto, la camiseta sudada pegada al pecho, la respiración rota. Le puso la mano en la cabeza, sin apretar, solo apoyada, y ella cerró los ojos un segundo bajo la palma de él.

—Levántate —dijo él.

Ella no se levantó. Se quedó ahí, con las rodillas en el cemento, con la falda todavía subida y las bragas en el suelo a un metro, y él se agachó, le puso las manos bajo los brazos y la levantó, y ella se dejó levantar, y quedó de pie delante de él, y él la abrazó. Sin decir nada. Le pasó los brazos por encima de los hombros y la apretó contra el pecho, y ella apoyó la cara en la camiseta húmeda, y sintió el corazón de él debajo, todavía rápido, y el olor a sudor y a sexo, y se quedó ahí.

El teléfono vibró otra vez dentro del bolso. Los dos lo oyeron. Ninguno se movió.

—Es la tercera vez —dijo ella contra la camiseta.

—Ya.

—Puede ser el colegio.

—Puede ser.

Ella no se apartó. Tenía la mano de él en la espalda, abierta, quieta, y el pulgar le hacía un círculo pequeño entre los omóplatos, y el círculo era lo único que se movía en toda la bodega. Los fluorescentes seguían zumbando. En algún estante, un balón mal colocado se movió solo, un centímetro, y se quedó quieto.

—Tengo que mirar —dijo ella, al fin.

Él le soltó la espalda. Ella se agachó, recogió las bragas del suelo, se las metió en el bolsillo de la falda sin ponérselas, y fue hasta el banco, y abrió el bolso. El teléfono tenía tres llamadas perdidas del mismo número de la escuela y un mensaje de la secretaria: «¿Estás en el edificio? Te buscan en conserjería.»

María Belén se quedó mirando la pantalla. Después la apagó y la metió otra vez en el bolso.

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada. Que me buscan.

—Vete.

—Sí.

No se movió. Él se había subido el chándal y estaba de pie junto al banco, con los brazos cruzados, y la miraba, y ella se dio cuenta de que él no le estaba diciendo que se fuera en serio, o de que sí, o de que no sabía, y que ella tampoco.

—El sábado —dijo ella.

—A las once. En la puerta del hostal.

—A las once.

—Y los test los abrimos juntos.

—Ya lo has dicho.

—Lo repito por si se te olvida.

Ella se ajustó las gafas. Se alisó la falda por delante, y notó que tenía una mancha húmeda en la rodilla, del cemento, y no se la quitó. Se pasó los dedos por el pelo, buscando la goma de la coleta, y no la encontró, y él se la dio — la tenía él, en la muñeca, sin que ella se hubiera dado cuenta de cuándo se la había quitado — y ella se recogió el pelo otra vez, con las manos, sin espejo, y se hizo la coleta baja, y él la miró hacerlo sin decir nada.

—¿Me la quitaste tú? —preguntó ella.

—Se te cayó.

—Mentira.

—Mentira —admitió él, y sonrió, apenas, con la comisura, y ella sintió que le subía algo por la garganta, y lo tragó, y era semen, todavía, y no le importó.

María Belén recogió la cartera. Se colgó el bolso del hombro. Fue hasta la puerta y puso la mano en la manilla, y el metal estaba frío, y se quedó un segundo con la mano ahí, sin abrir.

—Diego.

—Dime.

—Lo de antes. Lo que te dije. —Se giró a medias, sin soltar la manilla—. Lo del niño.

—Lo sé.

—No lo sabes.

—Lo sé —dijo él, y esta vez lo dijo distinto, más bajo, sin la broma—. Lo dije en serio.

Ella lo miró desde la puerta. Él estaba al fondo, junto al banco, con la luz de los fluorescentes cayéndole sobre los hombros, y la cicatriz de la ceja, y las manos quietas a los lados, y por un momento — solo un momento — María Belén pensó que aquel hombre, en aquella bodega, con el chándal subido y la boca todavía húmeda de ella, era lo único que tenía en España.

Abrió la puerta. El pasillo estaba vacío. El aire de fuera era más frío y olía a limpio, a patio recién barrido, y ella salió y cerró detrás de sí, y no miró atrás, y caminó hacia conserjería con las bragas en el bolsillo y el sabor de él en la boca y la goma de la coleta recién puesta, todavía tibia de la muñeca de Diego.

El pasillo de conserjería estaba al final del edificio, pasado el gimnasio, y María Belén lo recorrió con la falda todavía arrugada por delante y una mancha de cemento en la rodilla que no se había molestado en quitarse. Los fluorescentes del techo parpadeaban cada tres o cuatro pasos, uno de ellos muerto del todo, y el suelo de terrazo tenía la raya del medio más oscura, gastada por años de zapatos. Olía a lejía y a papel viejo. En algún aula, una profesora dictaba en voz alta las comunidades autónomas, y la lista le llegó entera — Galicia, Asturias, Cantabria — antes de que ella llegara a la puerta de cristal.

La secretaria estaba de pie detrás del mostrador, con el teléfono pegado al oído y el pelo recogido en un moño tirante que le estiraba las sienes. Al verla, colgó sin despedirse.

—María Belén. Menos mal.

—Perdona. Estaba en la bodega, buscando material para la clase de mañana.

La mentira le salió entera y sin temblor. Le sorprendió lo fácil que había sido.

—Es por la reunión de tutores —dijo la secretaria, y le tendió una carpeta de cartón con el borde doblado—. Es a las cinco, en la sala de profesores. Se me olvidó avisarte esta mañana. La directora quiere que estén todos los nuevos.

María Belén cogió la carpeta. Tenía el nombre de otra profesora escrito a bolígrafo en la esquina y tachado con dos rayas. Debajo, en letra pequeña, el suyo.

—¿A las cinco? —preguntó, y miró el reloj de la pared, el de agujas negras sobre esfera blanca, y eran las cuatro y veinticinco.

—A las cinco. No se te olvide. Y hay café, si vienes con tiempo.

María Belén dio las gracias y salió al patio con la carpeta bajo el brazo. El patio a esa hora estaba vacío, barrido, con las rayas de la escoba todavía marcadas en la arena. Al fondo, contra la tapia, la puerta de la bodega seguía cerrada. No había nadie en la pista. No había nadie en ningún sitio.

Se sentó en el banco de piedra que había junto al porche, el que usaban los niños para atarse las zapatillas antes de educación física, y abrió la carpeta. Dentro había un horario, una lista de nombres, un plano del edificio con las salidas de emergencia marcadas en rojo, y una circular sobre el protocolo de alergias. Nada de eso le importaba. Lo que hacía era quedarse quieta, con la carpeta abierta sobre las rodillas, y dejar que el aire frío le secara la cara.

Se pasó la lengua por el labio. Todavía tenía el sabor. Salado, y por debajo algo más denso, que no se iba ni con saliva ni con el trago de agua que había bebido en la fuente del pasillo. Se lo había tragado todo, sin pensarlo, y ahora el cuerpo se lo recordaba sin permiso: en la lengua, en la garganta, en el hueco detrás de los dientes donde se había quedado un resto que no acababa de disolverse. Escupió al suelo, entre los pies, y no sirvió de nada.

Sacó las bragas del bolsillo. Las tenía ahí desde antes, dobladas en un puño, y al sacarlas vio que estaban del revés y que la mancha del centro se había oscurecido y extendido, ya seca por los bordes, más clara en el medio. Las miró un segundo. Después se las metió otra vez en el bolsillo, con el mismo gesto con que se guarda un pañuelo usado, y se limpió la palma en la falda.

El teléfono vibró. Lo sacó. Era un mensaje de la secretaria, otra vez, para confirmar la hora de la reunión, y debajo, sin que viniera a cuento, un emoji de una taza de café. María Belén se quedó mirando el emoji. Le pareció obsceno, sin saber por qué, una taza de café dibujada en amarillo, y apagó la pantalla y se guardó el teléfono.

Cuando volvió a levantar la cabeza, Diego cruzaba el patio. Venía del gimnasio, con una bolsa de deporte colgada del hombro y el pelo todavía mojado, recién duchado, y la camiseta limpia, blanca, metida por dentro del chándal. Caminaba sin mirar a los lados. Pasó a unos diez metros de ella, en dirección a la puerta de la calle, y María Belén se quedó muy quieta en el banco, con la carpeta abierta, y esperó a que la viera.

No la vio. O la vio y siguió andando, con la misma zancada tranquila, la bolsa golpeándole la cadera, la mano libre en el bolsillo. En la puerta se detuvo un segundo para saludar al conserje, que estaba barriendo el umbral, y le dijo algo que María Belén no oyó, y el conserje se rió, y después Diego empujó la cancela y salió a la calle, y la cancela se cerró sola detrás de él con un golpe seco.

María Belén se quedó con la carpeta en las rodillas y la boca cerrada. Tenía la sensación exacta de haber sido vista y no saludada, y no sabía si eso era una humillación o un alivio. Las dos cosas, pensó. Las dos cosas a la vez, y ninguna del todo.

Se levantó del banco. La sala de profesores estaba en la primera planta, al lado de la biblioteca, y tenía una ventana que daba al patio, y desde esa ventana se veía el banco de piedra, y el porche, y la puerta de la bodega. Lo supo al entrar, cuando todavía no había nadie más que una profesora de inglés corrigiendo exámenes en una mesa del fondo, y se sentó en la silla más alejada de la ventana, de espaldas al cristal, con la carpeta cerrada delante y las manos encima, y esperó a que dieran las cinco.

La reunión duró cuarenta minutos. Se habló de los grupos, de las evaluaciones, de un niño de tercero que se había roto el brazo en el recreo. María Belén asintió en los sitios donde había que asentir y tomó notas en el margen de la circular de alergias, y en ningún momento dijo nada. Cuando terminó, la directora le preguntó si se había adaptado bien, y ella dijo que sí, que muy bien, que España era muy acogedora, y la directora sonrió y le dio dos palmadas en el brazo.

Volvió al hostal andando. Era un trayecto de veinte minutos por calles estrechas, con las aceras rotas y las farolas encendidas ya, y en el camino pasó por delante de las dos farmacias. La primera tenía la persiana bajada. La segunda, la de la chica del piercing, seguía abierta, con la luz blanca del escaparate encendida y un cartel de ofertas de crema solar en el cristal, y María Belén se paró enfrente sin decidir nada, mirando los botes alineados, y después siguió andando.

En la habitación del hostal se quitó la falda y la colgó del respaldo de la silla. La mancha de cemento en la rodilla se había secado y ya no se veía. Se puso el pijama, se lavó los dientes con el cepillo que le habían dado en recepción, y se metió en la cama con el teléfono en la mano. Abrió la conversación con Diego. No había ninguna. Nunca le había escrito, y él nunca le había escrito, y en la pantalla solo estaban los mensajes de la secretaria, y arriba, en la esquina, la hora: las diez y doce.

Escribió hola. Lo borró. Escribió ¿estás? y lo borró también. Después dejó el teléfono boca abajo en la mesilla, apagó la luz, y se quedó mirando el techo, con la mano en el vientre por encima del pijama, contando otra vez los días desde la bodega, y esta vez el número le salió distinto, uno más, y se durmió antes de terminarlo.

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