El reloj del pasillo del hostal marcaba las diez y cincuenta y tres cuando María Belén se puso de pie frente al espejo del baño compartido. Se había puesto el vestido azul, el de las flores pequeñas, el que se había traído de Buenos Aires sin saber para qué, y ahora sabía para qué. La tela era fina, casi de verano, y le caía hasta la rodilla. Se había recogido el pelo en una coleta baja, con la goma que le había comprado en el estanco de la esquina, porque Diego se había quedado con la otra y no se la había devuelto. Se miró un segundo en el espejo manchado: los ojos color miel, las gafas de pasta negra, la boca que se mordía sola. Se ajustó las gafas con el índice. Salió.
La calle estaba vacía. Un sábado a las once de la mañana en aquel barrio de calles estrechas y aceras rotas, con las persianas de los comercios bajadas y un par de vecinos mayores sentados en un banco al sol, al fondo, hablando de algo que no tenía nada que ver con ella. María Belén se quedó en la puerta del hostal, con el bolso colgado del hombro y las manos libres, porque no sabía qué hacer con las manos. La brisa le levantó un mechón suelto de la coleta y se lo apartó detrás de la oreja. Miró hacia la esquina por donde tendría que aparecer el coche. Nada.
Pensó en el colegio. En la bodega, en la primera vez, cuando él la había empujado contra los estantes de balones y ella todavía no sabía su nombre. Pensó en la mesa de su aula, con la mancha que no se iba. Pensó en el cuarto de la caldera, en la tubería caliente, en la marca húmeda que su espalda había dejado en el metal. Pensó en la mañana del viernes, en los dos test que él se había guardado en el chándal como si fueran algo suyo, y en la frase que le había dicho al despedirse: te recojo a las once en la puerta del hostal. Y ella había dicho que sí. Y ahora estaba ahí, con el vestido azul y la coleta baja, esperando a un hombre al que apenas conocía y que ya le había cambiado el cuerpo entero.
Se pasó la lengua por el labio. La grieta seguía ahí, en la misma esquina de siempre, y le dolía un poco cuando se la tocaba. Se metió la mano en el bolsillo del vestido, buscó el pañuelo, se acordó de que lo había dejado en la bodega, y sacó la mano vacía. El reloj del móvil: las diez y cincuenta y ocho. Se apoyó en la pared del hostal, con la espalda contra el ladrillo tibio, y se quedó mirando la esquina.
A las once en punto, un coche gris dobló la esquina. No era un coche bonito. Era un compacto viejo, con una abolladura en la puerta del copiloto y el parabrisas salpicado de polvo, y frenó despacio delante del hostal, con las ruedas rozando el bordillo. La ventanilla del conductor bajó con un zumbido eléctrico, y ahí estaba Diego, con el chándal de siempre, la camiseta blanca debajo, el pelo revuelto como si acabara de salir de la ducha o como si no se hubiera peinado en absoluto, y esa arruga en la comisura de los ojos cuando sonreía. Le sonrió.
—Sube —dijo.
María Belén rodeó el coche por delante, con la mano rozando el capó tibio, y abrió la puerta del copiloto. El asiento estaba un poco hundido, con una funda de tela gris que tenía una mancha de café cerca del reposacabezas, y olía a él: a desodorante, a coche, a algo más que no supo nombrar. Se sentó, se colocó el vestido bajo los muslos, se puso el bolso en el regazo y cerró la puerta. El cinturón le quedó cruzado sobre el pecho. Se quedó con las manos encima del bolso, muy quieta, mirando al frente por el parabrisas.
Diego no arrancó. Tenía las dos manos en el volante, con los nudillos apoyados, y la miró un segundo entero. La miró como la había mirado la primera vez, en el patio, antes de que pasara nada. Como si estuviera decidiendo algo. Después metió la mano derecha en el bolsillo del chándal, hurgó un momento, y sacó los dos test de embarazo. Seguían en su celofán, las dos cajas, una rosa y una blanca, con las esquinas un poco dobladas de haber estado en un bolsillo. Los puso en el salpicadero, uno al lado del otro, alineados, y el celofán crujió cuando los soltó. Se quedaron ahí, delante del parabrisas, como dos testigos pequeños.
—¿Lista? —preguntó.
María Belén sintió el vientre apretarse. No era una respuesta del cuerpo a nada concreto; era una contracción pequeña, baja, como cuando uno se asusta y todo se cierra un segundo. Miró las dos cajas en el salpicadero. La rosa tenía una letra que no alcanzaba a leer desde ahí. La blanca tenía un dibujo de una mujer sonriendo. Asintió sin decir nada.
Diego la miró un momento más, y después puso la mano en la palanca y arrancó. El motor sonó bajo, un poco ronco, y el coche salió despacio del bordillo, con las ruedas crujiendo sobre la grava. No dijo adónde iban. María Belén no preguntó. Miró por la ventanilla cómo el hostal se quedaba atrás, cómo el banco con los dos viejos pasaba a un lado, cómo la esquina se cerraba detrás de ellos. La calle se abrió en una avenida con árboles y semáforos, y el sol entraba de lado por el parabrisas y le daba en las rodillas.
—¿Dormiste? —preguntó él, sin apartar los ojos de la carretera.
—Poco.
—Yo también. —Soltó una risa corta, por la nariz, sin abrir la boca—. Toda la noche pensando en esto.
—¿En qué?
—En que ibas a estar ahí a las once. —Giró el volante y el coche entró en una calle más ancha, con un carril de bicis pintado en el asfalto—. Y en que no. Las dos cosas.
María Belén no contestó. Se miró las manos. Tenía la cutícula del pulgar derecho otra vez en carne viva, roja, con un borde blanco de piel levantada, y se la tapó con el índice de la otra mano sin darse cuenta. El vestido azul le quedaba bien; lo sabía porque se lo había probado tres veces esa mañana delante del espejo del baño, y ahora, sentada en el coche de un hombre que le había dejado marcas en la cadera, le parecía una cosa ridícula que había hecho. Se pasó la palma por la falda, alisándola sobre los muslos.
El coche frenó en un semáforo. Diego aprovechó para mirarla de nuevo, ahora de lado, con la cabeza un poco girada, y le puso la mano en el muslo. La mano entera, abierta, encima de la tela fina del vestido, con el calor subiendo desde la palma hacia arriba, hacia la cadera, hacia el sitio donde todavía tenía la marca de sus dedos. María Belén se quedó quieta. No apartó la pierna. Miró la mano: los nudillos, los pelos claros del dorso, la uña del pulgar corta y limpia. El semáforo se puso verde y él no la quitó hasta que tuvo que volver a poner las dos manos en el volante.
—¿Te da miedo? —preguntó.
—No.
—Mentira.
—Un poco —dijo ella, y se mordió el labio, y la grieta le dolió, y se soltó—. Pero no de ti.
Diego asintió despacio, como si eso fuera exactamente lo que esperaba oír, y no dijo nada más. Condujo dos calles en silencio, con la radio apagada y el aire acondicionado encendido, un chorro de aire frío que le daba a María Belén en los tobillos y le erizaba el vello de las piernas. El coche salió del centro, pasó por delante de un polideportivo con las pistas vacías, y después por una zona de naves bajas con las puertas metálicas cerradas. No había nadie por la calle. Era sábado, y todo el mundo estaba en otra parte.
Diego metió el coche por un camino de tierra entre dos solares, detrás de una nave con un cartel de chapa oxidada, y frenó al fondo, junto a una tapia de bloques sin revocar. Apagó el motor. El silencio entró de golpe, con el zumbido del aire apagándose también, y de pronto solo se oyó el motor enfriándose, un tic metálico, y un pájaro en algún sitio, y la respiración de los dos. Diego se aflojó el cinturón, se giró en el asiento todo lo que le dejó la palanca, y la miró.
—Ven —dijo.
María Belén se soltó el cinturón. El asiento del copiloto estaba un poco reclinado, se dio cuenta ahora, y el respaldo se le hundió detrás de la espalda cuando se dejó ir un centímetro. Diego le puso la mano en la nuca, encima de la coleta, con los dedos abiertos sobre el pelo, y tiró de ella hacia él. No fue brusco. Fue lento, y por eso mismo no había forma de fingir que no estaba pasando. Ella se inclinó sobre el freno de mano y él le puso la boca en la boca, y el primer beso le dolió en la grieta del labio y no le importó.
Le besó el labio de arriba, despacio, y después el de abajo, con la lengua pasando por la grieta como si la estuviera reconociendo. María Belén cerró los ojos. Tenía la mano de él en la nuca y la otra, ya, en la rodilla, subiendo por el muslo por encima del vestido, con el pulgar marcando el camino hacia dentro. El aire del coche olía a él, a su desodorante, al calor de la tapicería al sol, y ella respiraba por la nariz contra su mejilla y le oía respirar a él por la suya, más fuerte, más corto.
—Abre las piernas —dijo Diego contra su boca.
María Belén las abrió. La tela del vestido se tensó sobre los muslos y él le metió la mano por debajo, por el borde, y le subió la falda hasta la cadera con el dorso de los dedos. La tela fina se le arremolinó en la cintura. El aire frío del coche le dio en la piel del vientre, y después en el interior de los muslos, y ella sintió que estaba mojada antes de que él la tocara, que llevaba mojada desde el semáforo, desde la mano en el muslo, quizá desde la esquina del hostal. Diego bajó la mirada, miró el sitio donde le había subido la falda, y se quedó un segundo así, mirándola, con la mano quieta a un centímetro de las bragas.
—Mírate —dijo—. Ya estás empapada.
Le pasó el dedo por encima de la braga, por la tela, de arriba abajo, y la tela estaba empapada de verdad, y el dedo se deslizó sin fricción. María Belén se agarró al borde del asiento con las dos manos. Diego le enganchó el elástico de la braga con el pulgar y se la bajó por las piernas, torcida, hasta que se la sacó por un tobillo y la dejó caer en el suelo del coche, sobre la alfombrilla, un trapo blanco en la penumbra. Después le puso la mano entera encima del coño, con la palma plana, y apretó, y ella sintió el calor de su mano subir por dentro como si le hubiera metido algo.
—¿Así? —preguntó él.
—Sí —dijo ella, y la voz le salió más baja de lo que esperaba.
Diego le metió un dedo. Sin aviso, sin más, un dedo largo que entró hasta el fondo de una sola vez porque ella estaba abierta y mojada y el cuerpo le cedió sin resistencia. María Belén echó la cabeza atrás contra el reposacabezas y se le escapó un sonido por la nariz. Él la miró mientras lo hacía, con los ojos verdes muy abiertos, y después le metió un segundo dedo, y los movió despacio, hacia dentro, buscando, con el pulgar apoyado arriba, en el clítoris, quieto al principio, solo apoyado, sintiendo cómo ella se le apretaba alrededor de los dedos.
—Estás caliente por dentro —dijo Diego, casi para sí mismo—. Como ayer. Igual que ayer.
Le metió los dedos hasta el fondo y los sacó casi del todo, y volvió a entrar, y el sonido que hacía era húmedo, un chasquido pequeño que se oía en el silencio del coche, y María Belén se tapó la boca con el dorso de la mano. Diego le apartó la mano de la boca con la otra mano, sin dejar de mover los dedos, y le dijo:
—No. Quiero oírte.
Y ella lo dejó salir. El primer gemido le salió largo, tembloroso, y después ya no pudo pararlos. Diego le movía los dedos cada vez más rápido, con el pulgar ahora dibujando círculos pequeños en el clítoris, y le besaba el cuello, la mandíbula, el lóbulo de la oreja, y le decía cosas en voz baja contra la piel, cosas que ella no terminaba de oír pero que le llegaban al cuerpo igual, con el calor de la boca. María Belén tenía una mano agarrada al tirador de la puerta y la otra en el hombro de él, con los dedos clavados en la camiseta blanca, y las piernas abiertas todo lo que le dejaba el asiento, con un pie contra la guantera y el otro en el suelo.
Los dos test seguían en el salpicadero. Cuando ella abrió los ojos un segundo, entre dos oleadas, los vio ahí, alineados, con el sol entrando de lado y el celofán brillando, y pensó, con una claridad rara, que ellos iban a estar ahí cuando todo terminara, y que iban a seguir ahí después, y que eso era exactamente lo que él había querido. Cerró los ojos otra vez.
—Diego —dijo.
—Sí.
—No pares.
Él no paró. Le metió los dedos hasta el fondo y le apretó el clítoris con el pulgar, y le mordió el lóbulo de la oreja, y le dijo al oído, con la voz ronca:
—Correte. Correte para mí.
Y María Belén se corrió. Se le cerró todo alrededor de los dedos de Diego, la vagina apretándole, las piernas temblando, los pies resbalando en la guantera y en la alfombrilla, y le salió un gemido largo contra su cuello, con la boca abierta y los ojos apretados, y se quedó así unos segundos, con las caderas moviéndose solas contra su mano, buscando más, hasta que el cuerpo se le fue soltando poco a poco y la respiración le volvió. Diego le sacó los dedos despacio y los levantó entre los dos, brillantes, y los miró, y después la miró a ella.
—Ahora vamos a hacer que esos test den positivo —dijo en voz baja.
El silencio del coche se llenó con la respiración de ella, que todavía no se le había ordenado. María Belén miró los dos test en el salpicadero, la caja rosa y la caja blanca, y después miró a Diego, que la estaba esperando con la mano todavía levantada y los dedos mojados, sin sonreír, con una seriedad que no le había visto nunca. El pájaro de fuera seguía cantando. El motor seguía haciendo tic al enfriarse.
Y María Belén no dijo nada.
Diego se llevó la mano a la palanca y echó el asiento hacia atrás. El respaldo se deslizó con un chirrido corto y se quedó reclinado, casi plano, y él se giró de lado, apoyó la espalda contra la puerta y la miró desde ahí, con las piernas dobladas y los pies todavía en el suelo. Se desabrochó el chándal. No fue un gesto rápido. Se lo bajó por las caderas con una mano, sin dejar de mirarla, y la verga le salió del elástico ya dura, levantada contra el vientre, con la punta brillante. María Belén la miró. La había tenido en la boca ayer, la había tenido dentro tres veces esta semana, y aun así se quedó quieta un segundo, con la falda todavía arremolinada en la cintura y las bragas en la alfombrilla.
—Ven aquí —dijo Diego—. Encima.
María Belén se levantó del asiento como pudo, con las rodillas en el cuero, y pasó una pierna por encima de él. El coche era estrecho y el volante le quedaba a la espalda; tuvo que agacharse y apoyar una mano en el reposacabezas para no caer sobre la palanca. Diego le puso las dos manos en la cintura y la guio, y ella se dejó bajar hasta que el coño le quedó encima de la verga, apoyado, caliente, resbalando por la punta. Él no la metió todavía. La sostuvo ahí, con las yemas clavadas en la cadera, y ella sintió cómo la punta le separaba los labios y no entraba, solo se apoyaba, y el cuerpo entero le tiró hacia abajo solo.
—Mírame —dijo Diego.
María Belén lo miró. Los ojos verdes, muy abiertos, con la luz de la mañana entrando por la ventanilla y partiéndole la cara en dos. Él aflojó las manos, solo un poco, y ella se dejó caer.
La verga le entró de una vez, entera, hasta el fondo. María Belén abrió la boca y no le salió nada. Se quedó así, sentada encima de él, con el culo apoyado en sus muslos, sintiéndolo dentro, llenándola, la punta apretándole en un sitio que ayer no había tocado. Diego soltó el aire por la nariz, largo, y le apretó la cadera con las dos manos, y se quedó quieto también, dejándola.
—Joder —dijo él en voz baja—. Así. Quieta.
Ella no se movió. Tenía las manos en los hombros de él, los dedos clavados en la camiseta blanca, y las rodillas apretadas contra sus costados. El coño le palpitaba alrededor de la verga, apretándola sola, sin que ella lo mandara, y cada vez que se apretaba sentía la punta un poco más adentro, un poco más arriba. Diego le subió una mano por la espalda, por encima del vestido, y le buscó la nuca y le tiró del pelo, de la coleta, hasta que la cabeza se le fue atrás.
—Ahora —dijo—. Despacio.
María Belén empezó a moverse. Levantó las caderas hasta que la verga casi le salió, solo la punta dentro, y volvió a bajar, despacio, sintiendo cómo se abría otra vez, cómo la llenaba por etapas. Diego la miraba hacerlo. Le miraba la cara, la boca abierta, el labio partido, y le sostenía la cadera y le marcaba el ritmo con las manos, subiendo y bajando, lento, un movimiento largo que duraba segundos. El asiento crujía debajo de ellos. El cuero se les pegaba a la piel de los muslos. María Belén tenía el vestido subido hasta la cintura y los pechos moviéndose dentro del escote cada vez que bajaba, y Diego se los miró, y después le metió la mano por el escote y le sacó una teta y se la apretó entera, con la palma, con el pezón entre dos dedos.
—Así —dijo—. Más fuerte.
Ella lo hizo más fuerte. Bajó más rápido, con el culo golpeándole los muslos, y el sonido que hacía era húmedo, un chasquido cada vez, y la verga le entraba hasta el fondo y le daba en el sitio aquel y le sacaba un gemido corto cada vez. Diego le soltó la teta y le puso las dos manos en el culo, por encima del vestido, y la ayudó a subir y bajar, y ella se dejó llevar, con las manos en sus hombros y la frente casi contra la suya, respirándole en la boca.
—¿Te gusta? —preguntó él.
—Sí.
—Dilo.
—Me gusta —dijo María Belén, y la voz le salió rota—. Me gusta cómo me la metes.
Diego soltó una risa corta por la nariz, sin sonreír, y le apretó el culo con las dos manos y la bajó de golpe hasta el fondo y la dejó ahí, clavada, con la verga entera dentro, y ella se quedó quieta con la boca abierta, sintiéndolo latir dentro. Los dos test seguían en el salpicadero, al lado, la caja rosa y la blanca, y cuando María Belén echó la cabeza atrás para respirar los vio de nuevo, alineados, con el celofán brillando al sol, y se le ocurrió que él había puesto el coche de lado para que quedaran justo enfrente, y no supo si era verdad o no, y no le importó.
—Ahora tú —dijo Diego—. Muevete tú.
María Belén se movió sola. Apoyó las manos en el respaldo, a los lados de la cabeza de él, y empezó a cabalgarlo con las caderas, buscando el ángulo, hacia delante y hacia atrás además de arriba y abajo, y encontró el sitio donde la punta le daba justo y se quedó ahí, moviéndose corto y rápido, con la respiración saliéndole por la boca. Diego la dejó. Le puso las manos en los muslos, abiertas, y se quedó mirándola hacerlo, con los ojos verdes bajando de su cara a su pecho y de su pecho al sitio donde la verga entraba y salía, brillante, y se pasó la lengua por el labio.
—Estás preciosa así —dijo—. Encima de mí.
María Belén no contestó. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta y las caderas moviéndose solas, y el coño le apretaba la verga cada vez que subía, chupándola, y el sudor le corría por la espalda por debajo del vestido. Diego le metió el pulgar en la boca y ella se lo chupó sin pensar, con la lengua, y él le miró hacer eso con una atención rara, como si estuviera guardando el momento en algún sitio.
—Para —dijo de pronto.
Ella paró. Se quedó quieta encima de él, con la verga dentro, respirando fuerte.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. —Diego le puso la mano en la nuca y le tiró de ella hacia abajo, hasta que la boca le quedó a un centímetro de la suya—. Solo quería mirarte un segundo más.
La besó. Le besó el labio partido, despacio, con la lengua pasando por la grieta, y ella se dejó, y mientras se besaban él empezó a mover las caderas desde abajo, despacio, metiéndosela él ahora, corto, sin salir, y María Belén se quedó quieta encima y lo dejó hacer, con la boca ocupada y los gemidos saliéndole por la nariz contra su mejilla.
—Ahora fuerte —dijo Diego contra su boca.
Y le puso las dos manos en el culo y empezó a embestir desde abajo, rápido, con el asiento crujiendo y el coche entero moviéndose, y María Belén se agarró al reposacabezas con las dos manos y echó la cabeza atrás y ya no pudo callarse. Le salían los gemidos largos, sin cortar, uno detrás de otro, y el sonido de la piel chocando se llenó del todo, y el vaho de los dos empañó los cristales por dentro. Diego le mordía el cuello, la clavícula, el borde del escote, y le decía cosas entre embestida y embestida, con la voz ronca, pegada a su piel.
—Así. Así. No te calles.
—Diego —dijo ella.
—Dime.
—No pares. No pares, por favor.
Él no paró. La embistió más fuerte, levantándola un poco del asiento con cada golpe, y María Belén sintió que le volvía, que le subía otra vez desde abajo, distinto que la mano, más lleno, más hondo, y se le cerró todo alrededor de la verga y se le agarrotaron las piernas y se corrió por segunda vez, encima de él, con la boca abierta contra su hombro y las uñas clavadas en el respaldo. Diego la sintió apretarse y soltó un gruñido bajo, con los dientes juntos, y le clavó los dedos en el culo y la bajó hasta el fondo y se corrió dentro de ella.
María Belén lo sintió. Lo sintió latir dentro, una, dos, tres veces, y el calor subiéndole por dentro, y se quedó quieta encima, con la verga todavía dentro, sintiendo cómo le llenaba, cómo le corría después por el borde y le mojaba el interior del muslo. Diego la sostuvo. Le puso una mano en la espalda, abierta, y la otra en la nuca, y la apretó contra su pecho sin sacarla, con la respiración rota, la suya y la de ella mezcladas, y así se quedaron los dos, sentados en el asiento reclinado, con el vestido de ella subido a la cintura y el chándal de él a los tobillos y los dos test en el salpicadero, delante, todavía cerrados.
El motor seguía haciendo tic al enfriarse. El pájaro de fuera seguía cantando. María Belén tenía la mejilla contra la camiseta blanca de Diego y oía su corazón debajo, rápido todavía, y notaba la verga dentro, bajando poco a poco, y el semen corriéndole por dentro del muslo, y no se movió. Diego le pasó la mano por el pelo, por encima de la coleta, y le besó la sien.
—Bienvenida a España —dijo en voz baja, contra su pelo.
María Belén cerró los ojos. Los dos test seguían ahí, en el salpicadero, y ella sabía que iban a seguir ahí cuando se levantara, y que iban a estar ahí cuando volvieran a casa, y que en algún momento de esa mañana iban a tener que abrirlos. No dijo nada. Se quedó sentada encima de él, con la respiración todavía desordenada, oyendo el tic del motor, y sintiendo cómo la verga se le iba ablandando dentro sin salir.
María Belén abrió los ojos. Tenía la mejilla contra la camiseta de Diego y el olor de él en la nariz, sudor y desodorante y algo más abajo, algo que era de los dos. Se incorporó despacio, con las manos apoyadas en su pecho, y la verga se le salió sola, blanda, y sintió el vacío de golpe y después el semen corriéndole por el interior del muslo, espeso, buscando la alfombrilla. No miró. Sabía lo que iba a encontrar si miraba.
—Espera —dijo Diego.
Le puso una mano en la cadera para que no se levantara del todo y con la otra buscó en el bolsillo del chándal, que le colgaba todavía a la altura de los tobillos, y sacó un pañuelo de papel, de esos que se arrancan en tiras. Se lo pasó por dentro del muslo, sin mirarla a la cara, con una atención que no le había visto antes, y ella se quedó quieta y lo dejó hacer, con las rodillas a los lados de sus caderas y el vestido todavía arremolinado en la cintura. El papel le raspó la piel. Él lo dobló por la mitad y lo dejó en el hueco de la puerta, junto al asiento, como si fuera a recogerlo luego.
—Ya —dijo.
María Belén se pasó la pierna por encima de él y volvió a su asiento, y el cuero estaba caliente donde había estado sentada. Se bajó el vestido hasta las rodillas y se quedó mirando al frente, al parabrisas, a la calle vacía, a la acera de enfrente con la persiana del estanco todavía bajada. Le temblaban un poco las manos. Se las puso debajo de los muslos para que no se le notara.
Diego se subió el chándal sin prisa, metiéndose primero una pierna y luego la otra, y después se estiró la camiseta y se pasó la mano por el pelo, que ya lo tenía revuelto, y quedó todavía más. Se incorporó en el asiento y lo enderezó con la palanca, y el respaldo subió con el mismo chirrido corto de antes, y de pronto los dos estuvieron sentados como dos personas que van a algún sitio, con los cinturones sin abrochar y las manos en el regazo.
Delante de ellos, en el salpicadero, seguían las dos cajas. La rosa y la blanca. Alineadas, con el celofán todavía puesto, con las letras pequeñas que María Belén ya se sabía de memoria de haberlas leído en la farmacia sin comprarlas, y luego de haberlas leído otra vez en su cuarto, y otra vez en el bolsillo, con el pulgar por encima de la caja. Diego las miró también. Se quedaron los dos callados un rato, mirando las cajas como se mira algo que no se quiere tocar.
—¿Ahora? —preguntó él.
María Belén no contestó enseguida. Tenía la boca seca. Se pasó la lengua por el labio partido y notó el sabor de la grieta, salado, y por debajo el sabor de él, que le quedaba en la lengua desde hacía media hora. Miró la calle por la ventanilla. Un hombre mayor pasaba con un carrito de la compra por la acera de enfrente, despacio, con una bolsa de naranjas asomando por el borde. Un sábado normal. La gente comprando naranjas un sábado por la mañana.
—No sé —dijo por fin—. No sé si quiero saberlo todavía.
—Vale.
—No es que no quiera. Es que si sale positivo, ya está. Ya no hay vuelta atrás. Y si sale negativo, tampoco, porque entonces voy a pensar que es demasiado pronto y voy a querer hacerlo otra vez la semana que viene, y otra, y otra, hasta que salga. —Se giró para mirarlo—. ¿Lo entiendes?
Diego la miró un segundo. Tenía los ojos verdes con la luz de la mañana dentro, y la cicatriz de la ceja se le marcaba más cuando fruncía el ceño, y ahora la tenía fruncida.
—Lo entiendo —dijo—. Pero yo lo abro cuando tú digas. Ni antes ni después.
—Ya lo sé.
—Y si sale positivo, lo criamos. Ya te lo dije.
—Ya lo sé —repitió María Belén, y esta vez la voz le salió más baja, casi un susurro, y se mordió el labio y se acordó del labio partido demasiado tarde y soltó un taco corto entre dientes.
Diego soltó una risa por la nariz, la misma de antes, corta y sin sonreír del todo, y le puso la mano en la rodilla por encima del vestido. Se la dejó ahí, quieta, sin apretar. Ella miró la mano. Los nudillos, los pelos claros del dorso, la uña del pulgar un poco mordida, como la suya. Una mano grande, de las que cogen cosas.
—¿Tienes hambre? —preguntó él.
La pregunta le cayó rara, después de todo lo que acababa de pasar, y por eso mismo le cayó bien. Se le escapó una risa pequeña, por la nariz, y se tapó la boca con la mano como si hubiera dicho algo indebido.
—Sí —dijo—. Creo que sí.
—Hay un bar aquí a la vuelta. De los de toda la vida. Hacen unas tostadas con tomate que te vas a acordar. —Diego retiró la mano de su rodilla y la puso en el volante, y se quedó mirando al frente, a la calle, con el gesto de quien ya ha decidido algo—. Desayunamos. Y luego, si quieres, volvemos aquí y los abrimos. O los abrimos mañana. O el lunes. Cuando tú digas.
María Belén miró las dos cajas otra vez. La rosa y la blanca. Pensó en el quinto bolsillo de la falda, donde había estado la primera caja durante toda una tarde, y en la cartera, donde había estado la segunda, y en las manos de Diego guardándolas después, y en que ahora estaban ahí, delante, al alcance de la mano, y que bastaba con estirar el brazo.
—Vale —dijo—. Desayunamos.
Diego arrancó el coche. El motor volvió a sonar, y el tic de antes se perdió debajo, y él puso el intermitente aunque no había nadie en la calle, y sacó el coche del bordillo despacio, con una mano en el volante y la otra en la palanca, y María Belén se abrochó el cinturón y se miró de reojo en el espejo de la visera, que estaba bajado. Tenía el pelo revuelto, la coleta torcida, el labio partido más hinchado que ayer, y una marca roja en el cuello que no había visto hasta ahora, en el sitio donde él le había mordido. Se subió el cuello del vestido. No serviría de nada. Se lo subió igual.
—¿Te has mirado? —preguntó Diego, sin girarse, mirando la carretera.
—Sí.
—Estás bien.
—Ya.
—No, en serio. Estás bien. —Metió la segunda y el coche cogió la curva de la esquina, y el sol les entró de lado por la ventanilla y le dio a María Belén en toda la cara, y ella cerró los ojos un segundo y los volvió a abrir—. Lo digo por lo de antes. Por si te has quedado con eso.
María Belén no contestó. Miraba la calle, las casas bajas, las persianas a medio subir, un perro atado a una farola que los miró pasar. Se acordó de Buenos Aires, del bar de la esquina de su casa, de su madre poniendo la pava al fuego los sábados, del olor a café y a tostadas y a sábado. Le subió algo a la garganta y lo tragó antes de que le llegara a los ojos. No iba a llorar en un coche, en España, delante de un hombre al que conocía desde hacía cinco días, con la verga de ese hombre todavía húmeda entre sus piernas.
—Estoy bien —dijo—. De verdad.
Diego asintió. No insistió. Giró a la derecha, a una calle más estrecha, y aparcó en segunda fila delante de un bar con la persiana subida y dos mesas de metal en la acera, con sillas de plástico blanco y un cenicero de los de antes en cada una. Olía a café tostado y a aceite caliente y a pan. María Belén se bajó del coche y se le quedaron las piernas un poco flojas al tocar el suelo, y tuvo que apoyarse en la puerta un segundo. Diego ya estaba al otro lado, esperándola, con las llaves en la mano y el chándal puesto y el pelo revuelto, como si acabara de entrenar.
—¿Ves? —dijo, señalando el bar con la barbilla—. Te lo dije.
María Belén miró el bar, y luego lo miró a él, y luego, por encima del hombro de él, el coche aparcado, con los dos test todavía dentro, en el salpicadero, la caja rosa y la blanca, esperando. Se le ocurrió que en algún momento de esa mañana iban a tener que volver a ese coche, y que las cajas iban a seguir ahí, y que la respuesta iba a estar dentro de una de ellas, esperándola desde hacía días, desde la primera vez, desde la bodega, desde el primer día.
—Vamos —dijo Diego, y le abrió la puerta del bar.
María Belén entró. El bar estaba casi vacío. Un hombre detrás de la barra secaba vasos con un trapo, y una mujer mayor con un abrigo de cuadros desayunaba en la mesa del fondo, sola, con un vaso de zumo y un cruasán. Olía a limpio y a café. Diego le puso la mano en la espalda, abierta, entre los omóplatos, y la guio hasta la mesa de la ventana, y ella se sentó, y él se sentó enfrente, y por un momento los dos se quedaron mirándose por encima de la mesa, sin decir nada, como dos personas que acaban de conocerse.
—¿Qué vas a tomar? —preguntó Diego.
—Café con leche —dijo María Belén—. Y una tostada.
—Con tomate.
Diego levantó la mano y pidió para los dos, y el hombre de la barra asintió y se puso a lo suyo, y María Belén se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa, y se pasó las dos manos por la cara, por los ojos, por las mejillas, y las dejó ahí un segundo, tapándose, y después las bajó y volvió a ponerse las gafas y miró a Diego, y Diego la estaba mirando a ella, con los codos en la mesa y la barbilla en las manos, esperando.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada —dijo él—. Que tienes una marca en el cuello.
—Ya lo sé.
—Y que me gusta.
María Belén se subió el cuello del vestido otra vez, y no le sirvió de nada, y él se rió, fuerte, sin reservas, como se reía él, y ella se rió también, un poco, por primera vez en toda la mañana, y el café llegó en dos tazas blancas con el borde desconchado, y las tostadas en un plato de barro, y los dos empezaron a desayunar, y por un rato no dijeron nada más.

