El Primer Encuentro
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El Primer Encuentro

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Las tostadas
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Chapter 11 of 17

Las tostadas

María Belén moja el borde de la tostada en el aceite de tomate y lo lleva a la boca, y Diego la mira con los codos en la mesa, sin tocar la suya. 'Podríamos abrirlos ahora', dice, y saca los dos test del bolsillo del chándal y los pone en la mesa, entre el plato de barro y las tazas de café. La mujer del abrigo de cuadros los mira un segundo y vuelve a su zumo, y María Belén siente el vientre apretarse, el semen de Diego todavía húmedo entre sus piernas. 'Aquí no', dice, pero no aparta la mano de la caja rosa, y Diego sonríe y la deja estar.

María Belén moja el borde de la tostada en el aceite de tomate, y el pan cruje entre sus dedos, y el rojo del tomate se le queda en la yema del pulgar, y se lo lleva a la boca despacio, masticando con la mirada en el borde de la mesa, y el bar huele a café y a aceite y a la mujer del abrigo de cuadros...

Diego tiene los codos clavados en la mesa y la tostada intacta en el plato, y la mira a ella, no al pan. La taza de café se le ha quedado fría entre las manos y no la ha probado. María Belén traga el bocado y siente cómo el aceite le baja por la garganta, y debajo de la mesa, entre los muslos, la humedad de esta mañana sigue ahí, espesa, tibia, moviéndose con cada respiración.

—No has tocado la tuya —dice ella, y la voz le sale más baja de lo que quería.

—No tengo hambre.

—Viniste a desayunar.

—Vine a mirarte comer. —Diego sonríe con media boca, y la cicatriz sobre la ceja se le estira un poco—. Es distinto.

María Belén baja la mirada al plato y corta otro trozo de tostada, y el cuchillo roza la cerámica con un chirrido corto que la hace apretar los dientes. La mujer del abrigo de cuadros, dos mesas más allá, levanta la vista del zumo y los mira un segundo largo, sin disimulo, y después vuelve a su vaso como si no hubiera visto nada. María Belén se lleva la mano al cuello, al sitio donde esta mañana Diego le dejó la marca, y se sube el borde de la blusa hasta taparla.

—Hace frío para estar en la calle —dice, por decir algo.

—En abril aquí hace lo que quiere. —Diego se inclina un poco hacia delante, y la mesa se le queda corta—. ¿Te molesta la marca?

—No.

—Te la estás tapando.

María Belén deja la mano sobre el mantel y no contesta. El camarero pasa con una bandeja de vasos y el tintineo del cristal llena el bar un momento, y luego vuelve el silencio entre ellos, y el silencio tiene peso, tiene la bodega dentro, tiene el asiento reclinado del coche y la boca de Diego en su cuello hace una hora.

Diego se lleva la mano al bolsillo del chándal. El gesto es lento, casi distraído, pero María Belén lo sigue con los ojos como si le moviera la mano un hilo. Saca las dos cajas y las pone sobre el mantel, entre el plato de barro y las tazas, una junto a la otra, la rosa y la blanca, y las alinea con el canto de la mesa como si fueran cubiertos.

—Podríamos abrirlos ahora —dice.

El vientre se le aprieta de golpe, un puño cerrado debajo del ombligo, y María Belén siente el semen de esta mañana moverse dentro de ella con el sobresalto, húmedo todavía, pegado a las paredes, y tiene que apoyar las dos manos en el borde de la mesa para no llevárselas al vientre delante de él. La mujer del abrigo de cuadros mira las cajas un segundo, apenas, y vuelve a su zumo. El camarero no mira. Nadie mira. Y aun así a María Belén le arde la cara como si el bar entero estuviera leyendo el mantel.

—Aquí no —dice.

Y no aparta la mano de la caja rosa.

La yema del pulgar se le queda sobre el cartón, sobre el borde donde la caja se abre, y el cartón está tibio de haber estado en el bolsillo de Diego toda la mañana, tibio como si guardara algo vivo. María Belén lo nota bajo el dedo y no lo mueve. Diego la mira la mano, después la cara, y sonríe despacio, sin enseñar los dientes, y se recuesta en la silla y la deja estar.

—Vale —dice—. Aquí no.

Se queda con los codos en la mesa y la tostada enfriándose en el plato, y María Belén tiene la mano encima de la caja rosa y el pulgar sobre el borde, y el bar sigue con su ruido de cucharillas y su olor a café y su mujer de cuadros bebiendo zumo como si en esta mesa no estuviera pasando nada.

—Vámonos al coche —dice Diego, y no es una pregunta.

María Belén levanta la vista del mantel. La caja rosa sigue bajo su pulgar, tibia, y la blanca al lado, alineada con el canto como un cubierto más. Diego ya tiene la mano en el bolsillo del chándal, sacando la cartera, y no la mira a ella sino al camarero, que pasa con la bandeja y levanta las cejas.

—¿Aquí? —dice ella, y la voz le sale ronca.

—A la vuelta. —Diego deja unos billetes sobre la mesa, encima del plato de la tostada intacta—. Está en la calle de atrás, junto al contenedor. No pasa nadie.

María Belén asiente. Un movimiento corto de cabeza, casi imperceptible, y no dice nada más. Diego se levanta, y la siente en la silla con las dos cajas delante y la mano todavía encima de la rosa. Él la espera de pie, con la silla echada hacia atrás, y el camarero recoge los billetes y no cuenta, y la mujer del abrigo de cuadros sigue con su zumo y no levanto la vista esta vez.

María Belén coge las dos cajas y se las mete en el bolsillo de la falda, una a cada lado, y se levanta. La silla chirría contra el suelo. Sale detrás de él, y la puerta del bar tiene un muelle que la devuelve sola, y el aire de la calle le golpea la cara y le seca el sudor de la frente de golpe.

La calle está vacía. Es sábado, y las persianas de las tiendas están bajadas, y hay un contenedor verde pegado a la esquina y dos coches aparcados en batería, y el de Diego es el segundo, el compacto gris con la abolladura en la puerta del copiloto. María Belén lo mira y piensa en esta mañana, en el asiento reclinado, en los dos test en el salpicadero que ahora lleva en la falda.

Diego abre la puerta de atrás. No la del copiloto. La de atrás, y se aparta para dejarla pasar, y la mano le queda apoyada en el marco mientras ella se mete.

El asiento trasero huele a coche viejo, a plástico caliente y a polvo. María Belén se sienta en el centro, con las rodillas juntas, y las cajas le aprietan los muslos desde dentro del bolsillo. Diego entra detrás de ella y cierra la puerta, y el ruido del barrio le baja la voz a la cabeza. El sol entra por la ventanilla y coge el polvo. Diego se sienta a su lado y no la toca. La mira. La cicatriz sobre la ceja se le mueve cuando aprieta la mandíbula.

—Túmbate —dice.

María Belén se estira en el asiento, y la cabeza le queda contra el reposabrazos, y el techo del coche está a un palmo de su cara, con una mancha de humedad en la esquina. Diego se arrodilla en el suelo del coche, entre sus rodillas, y le pone las manos en la cintura de la falda.

—Levanta —dice, y le baja la cremallera de la falda con dos dedos y se la lleva hacia abajo, y la falda se queda en el suelo del coche, y luego le coge los vaqueros por las rodillas y se los baja, y las cajas de los bolsillos caen al suelo con un golpe sordo de cartón.

María Belén levanta las caderas para ayudarlo. El asiento cruje bajo ella y la rodillas se le quedan colgando por el asiento de atrás, y el cuello de la calle sigue con el contenedor verde y el sol entrando por la ventanilla y ella con las bragas a la vista, las de esta mañana, las que llevan la mancha seca de Diego pegada al centro.

Diego mira la mancha. La mira un segundo largo, y luego le pasa el pulgar por encima, por la tela, y la tela está tiesa en el centro, y María Belén siente el pulgar contra el clítoris a través del algodón y se le escapa el aire por la boca.

—Esto es mío —dice Diego, y no es una pregunta.

—Sí.

Le baja las bragas. Se las baja despacio, por las caderas, y las deja en el suelo con la mancha hacia arriba, y María Belén se queda con la falda en los tobillos y los vaqueros en un pie y el coño al aire, y el aire del coche le llega tibio, y está mojada, más de lo que estaba en el bar, y lo sabe porque Diego lo mira y no dice nada.

Le pone las manos en los muslos y se los abre. No con fuerza. Con las palmas, hacia fuera, y María Belén deja que se los abra y se agarra a la cabeza contra el reposabrazos y mira el techo con la mancha de humedad. Diego baja la cabeza.

La primera lenguada le sube de la raja al clítoris y le vacía los pulmones. María Belén arquea la espalda y el asiento cruje otra vez y Diego le clava los pulgares en los muslos y le pone la boca en el coño y le pasa la lengua por el clítoris y le da igual, y la lengua le da vueltas, lenta, y el bigote le roza la piel de arriba y le deja el pelo pegado a la raja y la barbilla mojada.

—Dios —dice ella, y la voz le sale de la garganta sin pasar por la cabeza.

Diego no contesta. Le sube las manos a la cintura y le agarra la falda y la carne de la barriga por encima, y sigue con la lengua, y la lengua le da vueltas y luego se la mete, la lengua, dentro, y le mete la lengua en el coño y le da igual, y luego le pone la lengua en el coño y le chupa el clítoris con el labio de arriba, y María Belén se le llena la boca de saliva y la garganta de aire y el coño de calor y le tiemblan las rodillas y no puede cerrar las piernas porque él tiene las manos en los muslos y no la deja.

—Mírame —dice Diego, y levanta la boca un segundo, y la barbilla le brilla y los labios le brillan y los ojos verdes le brillan y la cicatriz le está blanca—. Quiero verte.

María Belén baja la cabeza y lo mira. Le cuesta. Tiene el cuello torcido y la nuca contra el reposabrazos y el pelo pegado a la sien, y le mira los ojos y él le sonríe con la boca mojada y le vuelve a bajar la cabeza y le pone la boca en el coño otra vez.

Le mete dos dedos. Los dos dedos entran fáciles, resbalando, y le busca el sitio por dentro con las yemas y le da con el sitio y María Belén se le aprieta alrededor de los dedos y se le escapa un sonido que no es palabra. Diego le chupa el clítoris y le mueve los dedos dentro, hacia arriba, y le da y le da y le da, y el coche huele a ella, a coño, a sexo, y el vaho de la ventanilla se empaña por dentro aunque haga sol.

—No pares —dice María Belén—. Por favor.

—No paro.

Y no para. Le pone los dedos más adentro y le chupa el clítoris con los labios y le da con la lengua y le aprieta el sitio por dentro, y María Belén se agarra al reposabrazos con una mano y con la otra se agarra el pecho por encima de la blusa, y se le escapa el aire en golpes cortos, y las rodillas se le abren solas, y Diego le clava los pulgares y no la deja cerrar, y ella ya no quiere cerrar, quiere abrirse más, y se le sale un gemido largo cuando él le mete un tercer dedo y le estira la piel de la raja y la llena.

—Diego —dice.

—Sí.

—Diego, que me voy a correr.

—No te corras todavía —dice Diego, y levanta la boca del todo, y la barbilla le gotea sobre la falda—. Todavía no.

María Belén se queda con el aire a medias y la espalda arrodilladas en el asiento, y las rodillas le tiemblan de querer cerrarse y él no la deja, y le tiene los tres dedos dentro quietos, sin moverse, y el pulgar apoyado encima del clítoris sin apretar. Quieto. Todo quieto menos su respiración, que le sale en silbidos cortos por la nariz.

—¿Por qué? —dice, y le sale una voz que no reconoce.

—Porque quiero que dure. —Diego le saca los dedos despacio, y el aire del coche le entra frío en el hueco que dejan, y ella se aprieta sola, sin querer, alrededor de la nada—. Y porque me gusta verte así.

Le pone la mano abierta encima del coño, entera, y la aprieta. No es una caricia. Es una tapa. La palma le cubre todo el calor y el vello y el clítoris, y María Belén siente el peso de la mano y el pulso debajo de la piel y se le escapa un temblor por el muslo que llega hasta el pie, y el pie le da contra el marco de la puerta y suena hueco.

Diego se incorpora. Se levanta del suelo del coche, y desde arriba, y el techo del coche está a un palmo del techo del coche, y le mira el cuerpo entero desde arriba, y María Belén se tapa los pechos con el brazo, y él le aparta el brazo con un dedo.

—No —dice—. Así.

Se lleva las manos a la cintura y se saca la camiseta por la cabeza, y el torso le baja a la cintura, y el chándal lo desabrocha y se lo baja hasta los tobillos, y el coche se llena de él, del olor de su piel, del sudor de esta mañana y de una casa que no conoce y no pregunta. La camiseta cae al suelo con la falda y los vaqueros de ella, y el chándal encima, y el asiento de atrás es un montón de ropa y dos cuerpos.

Le coge los tobillos y le tira de ellos. La arrastra hacia él por el asiento, y el culo le queda en el borde, y las piernas le cuelgan a los lados de las caderas de Diego, y la cabeza le queda más lejos del reposabrazos y más cerca del suelo, y el techo del coche ya no está en su campo de visión, y lo que ve es a Diego de pie en el suelo del coche, encorvado, con la polla tiesa y el glande brillante y una gota que se le estira y cae en el muslo de ella.

María Belén se la mira. Se la mira entera, sin disimular, y él la deja mirar, y se pasa la mano por encima una vez, lento, de la base a la punta, y la piel se le mueve con la mano y el glande se le mueve con la mano y el coche huele a ella y a él, y ella se mueve en el asiento y el asiento cruje otra vez y la puerta del coche de la calle sigue con el contenedor verde y nadie en la calle y la mujer del abrigo no existe. Sábado. Nadie. Y el coche parado en la calle vacía en un sábado de España en un sábado de España. La calle está vacía. La calle está vacía en un sábado. Nadie. La calle vacía. Nadie.

—Ven aquí —dice él.

María Belén se incorpore con los codos, y el asiento le chilla debajo, y se queda sentada con la espalda contra el respaldo, y los pies descalzos en el suelo del coche, y él delante, de rodillas otra vez, con la polla a la altura de su boca y las manos apoyadas en el asiento a los dos lados de sus caderas.

Ella no espera a que se lo pida. Le pone la mano en el muslo, se inclina, y le pasa la lengua por la punta, y el sabor le llena la boca de golpe, salado, y él suelta el aire por la nariz y le pone la mano en la nuca, sin apretar, solo el peso.

—Eso es —dice Diego, y la voz le sale más baja que en el bar.

María Belén le mete la polla en la boca. Se la mete entera hasta donde llega, y el glande le toca el paladar y le da arcadas y no la saca, se queda ahí, con los ojos cerrados. La saca un poco, respira por la nariz, y vuelve a bajarla, y esta vez se ayuda con la mano en la base, y sube y baja la cabeza, y la saliva le baja por la barbilla y le cae en el pecho, y el sonido que hace es húmedo y sucio y se le oye a ella misma y le da igual.

Diego le mueve la cadera. No mucho. Poco. Un vaivén corto que le mete la polla un dedo más y le hace toser y le hace reir por la nariz al mismo tiempo, y él le acaricia la mejilla con el pulgar y le limpia la saliva de la comisura, y sigue moviéndose así, corto, mientras ella le chupa, y el asiento de atrás cruje con el ritmo y el coche huele a sexo y a saliva y a los dos.

—Para —dice él, y le coge la cabeza con las dos manos y la aparta con cuidado—. Para, que me voy a correr yo.

Le pone una toalla de las que lleva en el chándal y le limpia la boca, y la toalla es áspera y huele a detergente, y le limpia la barbilla y el pecho y el cuello, y luego la tira al suelo con la ropa, y le pone la mano abierta en el pecho y la empuja hacia atrás, otra vez tumbada, otra vez el techo con la mancha de humedad y el reposabrazos detrás de la cabeza.

Se sube encima. Le pone las rodillas a los lados de las caderas y el peso le cae en la pelvis y el asiento se queja con los dos, y la polla le queda apoyada en la raja, encima, sin entrar, y él la mueve de arriba abajo por el coño una vez, dos veces, y la punta le pasa por el clítoris y le baja hasta el agujero y vuelve a subir, y María Belén levanta las caderas para buscarla y él se aparta.

—¿Quieres? —dice.

—Sí.

—Dime qué quieres.

—Que me la metas.

—¿Dónde?

—En el coño. —Y le sale sin vergüenza, sin bajar los ojos, con la voz ronca y las gafas torcidas en la cara—. Méteme la polla en el coño, Diego.

Entra de una vez. Le entra hasta el fondo con el primer empuje, y María Belén se arquea entera y se agarra al asiento con las dos manos y se le sale un gemido largo y suena. Se queda dentro, quieto, con la pelvis pegada a la de ella y los brazos apoyados en el respaldo por encima de su cabeza, y la mira desde arriba, y la cicatriz le está blanca, y le baja la barbilla al pecho y le da un beso en la boca, y le lame el labio partido y ella se queja, y él le lame otra vez.

—Ahora sí —dice.

Y se mueve. Largo y despacio, sacando casi del todo y volviendo a entrar, y cada vez que entra el coño le hace un ruido húmedo que se oye en todo el coche, y el asiento cruje y el coche se mueve un poco con ellos, y María Belén le pone las manos en los costados y le siente los músculos trabajar debajo de la espalda, y le clava los dedos en la cintura, y él acelera.

—Así —dice ella—. Así, así.

—Sí. —Diego le pone una mano en el cuello, sin apretar, solo el peso, y con la otra se apoya en el respaldo, y le da más fuerte, y el coche se mece con cada empuje, y la ventanilla empañada ya no deja ver el contenedor verde, solo el sol difuso, y el viento de la calle sigue vacío y nadie pasa.

María Belén se le engancha a la espalda con las dos piernas y le aprieta, y él le da más adentro con el ángulo nuevo, y le da en el sitio, y ella lo siente subir otra vez, más hondo que antes, y le agarra la mano del cuello y se la lleva a la boca y le muerde la base del pulgar, y él la deja morder y no la aparta.

—Me voy a correr —dice ella, y esta vez no pregunta.

—Correte. —Diego le baja la mano al coño y le pone el pulgar en el clítoris y no para de moverse—. Correte conmigo dentro.

Y María Belén se corre. Se le cierra todo alrededor de la polla, un apretón largo que le sube de dentro y le baja por las piernas y le llega a los pies, y se le escapa un sonido que no es palabra ni nombre, y la espalda se le levanta del asiento y la nuca se le clava en el reposabrazos, y Diego la aguanta con la mano en la cadera y sigue moviéndose dentro de ella, más lento, mientras el coño le va soltando el coño apretado y el coño le va soltando y le va soltando.

—Ahora —dice Diego, y le da dos veces más, hondo, y se le queda dentro y se corre, y María Belén lo siente soltarse por dentro, caliente, un latido y otro y otro, y él le clava los dedos en la cadera y le deja la marca nueva encima de la vieja, y se queda encima de ella con el peso y la respiración en el oído y el sudor del pecho pegado al suyo.

Ninguno de los dos se mueve. El coche se balancea solo un segundo más y se para. Fuera, en la calle, una persiana metálica sube con estruendo en algún sitio, y luego vuelve el silencio, y el sol sigue entrando por la ventanilla empañada.

Diego levanta la cabeza. La mira desde arriba, con el pelo revuelto pegado a la frente y los ojos verdes y la cicatriz blanca, y le aparta el pelo de la cara con un dedo y le endereza las gafas torcidas con la misma mano.

—¿Estás bien? —dice.

María Belén no contesta. Se queda con la polla... no, con la boca abierta, con el aire entrando y saliendo, y la mano de Diego todavía en la mejilla y el pulgar apoyado en el pómulo. Está bien. Sí. Está bien. Pero hay otra cosa debajo de eso, una cosa que lleva toda la mañana esperando en la boca del estómago y que ahora, con la polla todavía dentro y el semen caliente empezando a bajarle por el pliegue del culo, ya no se deja tapar.

—Las cajas —dice.

Diego levanta la cabeza. La mira desde arriba... desde arriba, con la cicatriz blanca y el pelo pegado a la frente, y no entiende.

—¿Qué cajas?

—Los test. —María Belén le pone la mano en el pecho y empuja, poco, solo para que se aparte, y él se aparta, y la polla se le sale despacio y ella siente el vacío y el semen que le sigue, una gota que le baja por dentro del muslo—. Ahí mismo. Ahí mismo las abro.

Diego se queda quieto un segundo de más. Luego se lleva la mano al chándal, que está en el suelo del coche con la camiseta y la falda, y revuelve la ropa con el pie, y saca la caja rosa de un bolsillo y la blanca del otro, y las tiene una en cada mano, y las mira, y la mira a ella.

—¿Ahora?

—Ahora.

—María Belén.

—Ahora, Diego.

Él le pone las dos cajas en el pecho. No se las da en la mano, se las apoya ahí, encima de los pechos, y ella las coge con las dos manos y se sienta del todo, con la espalda contra el respaldo y las piernas todavía abiertas y el semen empezando a enfriarse entre los muslos, y las cajas le pesan como si dentro llevaran algo más que un palito de plástico.

La rosa primero. Es la de la farmacéutica mayor, la que la reconoció por el acento, la que le dijo que volviera si salía positivo. La caja tiene el cartón un poco abollado en una esquina, de haber ido en el bolsillo del chándal de Diego toda la mañana, y el precinto está roto ya por un lado. María Belén mete el dedo bajo el cartón y lo rasga. El ruido del cartón al abrirse llena el coche, áspero, y a ella le tiembla la mano y no lo puede evitar y no lo intenta.

Dentro hay un sobre de aluminio. Lo saca. Lo pone encima del muslo. Luego el prospecto, doblado en cuatro, y una bolsita con el tapón, y el test, envuelto en su plástico, blanco y rosa, con la ventanita de resultado en un extremo y la franja de control en el otro. Lo saca del plástico. El plástico suena. El test es más ligero de lo que esperaba, casi de juguete, y sin embargo le pesa en la mano como una piedra.

—¿Tienes que...? —dice Diego.

—Sí. —María Belén mira por la ventanilla empañada. La calle sigue vacía. El contenedor verde sigue ahí. Nadie—. ¿Aquí?

—Aquí no te ve nadie.

Ella se muerde el labio y el labio le duele y le sangra otra vez, y el sabor de la sangre le llega a la lengua, y no le importa. Se levanta un poco, se pone en cuclillas sobre el asiento, con la falda... con la falda no, con la falda en el suelo, con las piernas desnudas y el coño todavía húmedo, y se pone el test entre los muslos y espera. Nada. Se concentra. El cuerpo no le da nada, está seco de nervios, y Diego la mira desde el suelo del coche sin decir nada, con las manos quietas en los muslos, y por un momento piensa que no va a poder, que va a quedarse ahí en cuclillas con el test en el aire y la vejiga vacía, y entonces se le suelta, un chorro corto que le moja los dedos, y ella aparta la mano rápido y el test queda con la punta húmeda y el plástico le brillla... le brilla en la luz difusa de la ventanilla.

Se sienta otra vez. Deja el test encima del muslo, con la ventanita hacia arriba, y no lo mira. Mira a Diego. Diego mira el test. Los dos miran cualquier cosa menos la ventanita, y el coche se llena de un silencio que no es el de antes, que, no tiene nada que ver con el de antes, y por la ventanilla el sol sigue entrando amarillo y la calle sigue vacía y una paloma se posa en el contenedor verde y se va.

—Ya —dice Diego, al cabo de un rato que a María Belén se le ha hecho larguísimo—. Ya debería estar.

Ella baja la vista.

La ventanita está blanca. Y en la franja de control, al otro lado, una raya rosa, fina, limpia, una sola. Espera. Cuenta. Vuelve a mirar. La raya de control está clarísima y la ventanita sigue blanca... blanca, sin nada, sin la segunda raya, sin la raya de test, y María Belén se queda mirando la franja vacía como si le fuera a salir una raya... una raya de debajo del plástico... del plástico... del plástico... del plástico... del plástico, y no sale. Nada. Una sola raya.

—No —dice.

—¿Qué?

—Que no. Una. Solo una.

Diego se incorpora y se acerca, y se pone de rodillas en el suelo del coche, con la cabeza a la altura del muslo de ella, y mira la ventanita de cerca, muy de cerca, con los ojos entrecerrados y la cicatriz fruncida, y luego se aparta.

—Eso es negativo —dice.

—Ya lo sé.

—María Belén... Belén.

—Ya lo sé, Diego. —Y le sale más fuerte de lo que quiere, y la voz le tiembla en la última sílaba, y se calla, y respira, y mira otra vez la raya única y limpia como una cosa terminada.

Se queda así un momento. Luego coge la caja blanca. La de la farmacéutica joven, la del piercing, la que le dijo suerte. La abre con las dos manos y esta vez no le tiemblan tanto, o le tiemblan distinto, y saca el sobre de aluminio y el test y lo saca del plástico y se lo pone entre los muslos otra vez, en cuclillas, y esta vez el cuerpo le responde enseguida, porque ya está, porque ya no hay nada que esperar, y el test queda húmedo y lo deja encima del otro muslo, al lado del primero, con la ventanita hacia arriba, y los dos test quedan ahí, uno junto al otro, sobre los muslos desnudos de María Belén, con el semen de Diego secándose entre ellos.

Esperan.

El segundo tarda menos. O a ella se le hace menos, porque ya sabe lo que va a ver, porque el cuerpo se le ha adelantado a la cabeza y le ha dicho lo que hay. Cuando baja la vista, la franja de control está ahí, rosa, limpia, y la ventanita... la ventanita está blanca. Vacía. Una sola raya. Igual que la otra. Dos cajas... cajas... cajas... las dos cajas dicen lo mismo, una sola raya, una sola, y María Belén mira las dos ventanitas juntas, la de la caja rosa y la de la caja blanca, y las dos están igual de blancas, igual de limpias, igual de terminadas, y no hay nada que discutir.

Se le escapa el aire de golpe. Un aire largo, que le sale de muy dentro, y con el aire le sale otra cosa que no es llanto, todavía no, pero que se le queda en la garganta y le aprieta, y se le llenan los ojos y no llora, y se muerde el labio partido... partido y le vuelve a sangrar y esta vez el sabor de la sangre le llega fuerte y le da algo en qué apoyarse.

—Negativo —dice Diego, y la voz le sale rara, más baja, como si hubiera estado aguantando la respiración y la soltara toda de una vez—. Los dos. Los dos negativos... negativos.

—Sí.

—María Belén. —Le pone la mano en la rodilla. La mano abierta, caliente, encima de la rótula, y no aprieta—. Es pronto. Ya lo dijiste tú. Es pronto para saberlo.

—Ya lo sé.

—Puede que sea pronto.

—Diego. —Ella levanta la vista y le busca los ojos verdes y lo mira de frente, con los dos test en los muslos y la raya única en cada uno, y por primera vez en toda la mañana no hay nada de vergüenza en cómo lo mira—. Yo lo sentía. Aquí. —Se pone la mano en la barriga, debajo del ombligo, encima de la piel, y la aprieta—. Aquí lo sentía desde el primer día. Y mira. Mira esto.

Le enseña los dos test, uno en cada mano, con la ventanita hacia él, y le tiemblan las manos, las dos, y no las esconde.

—Dos cajas —dice—. Dos farmacias. Dos rayas. Una sola raya cada una. Y yo... —Se le rompe la voz y respira y sigue—. Y yo llevo toda la semana sintiéndolo aquí. Toda la semana, Diego. Contando los días. Poniéndome la mano aquí. Toda... toda la semana.

Diego mira los test. Mira la ventanita de uno, mira la ventanita del otro, y luego la mira a ella, y no dice nada. Tiene la mandíbula apretada y la cicatriz blanca y las manos quietas, y María Belén se da cuenta, de pronto, de que él también lo sentía. De que él también lo estaba esperando. De que en algún momento de estos días, entre la bodega y el coche y el bar, él se ha puesto del lado de la cosa que estaba creciendo y no ha dicho nada, y ahora está ahí, de rodillas en el suelo del coche, mirando dos rayas únicas y sin saber qué hacer con la cara.

El silencio se llena. No de palabras. De las dos cajas. De las dos rayas. De la calle vacía y el contenedor verde y la paloma que se ha ido y el sol difuso entrando por la ventanilla empañada, y de todo lo que llevan dentro de la semana y no cabe en dos ventanitas blancas.

María Belén baja las manos. Deja los dos test encima del muslo, uno al lado del otro, y se queda mirándolos, y el semen de Diego se ha secado ya entre los muslos y le tira de la piel, y ella no se limpia.

María Belén se limpia los dedos en la falda, que está en el suelo, y no le importa que la falda se manche. Coge los dos test otra vez, uno en cada mano, y los levanta a la altura de la cara. La luz difusa de la ventanilla les da de lleno. La franja de control de la caja rosa es más gruesa, más rosada. La de la caja blanca es más fina, casi lila. Las dos ventanitas de resultado siguen blancas, blancas de verdad, no casi blancas, no a punto de algo. Blancas como el plástico que las envuelve.

—Diego —dice, y él levanta la cabeza—. Mira. Mira bien.

Él se incorpora del suelo del coche, se sienta en el borde del asiento del conductor con medio cuerpo girado, y se inclina hacia ella. Coge el test de la caja rosa con dos dedos, con cuidado, como si fuera una cosa que se pudiera romper, y lo acerca a la ventanilla. Lo gira. Lo mira a contraluz. Luego el otro. Los tiene los dos en la mano, uno al lado del otro, y los compara, y la cicatriz se le frunce otra vez.

—Una raya cada uno —dice—. La de control. La otra no está.

—Ya lo sé.

—No está, María Belén. No hay segunda raya. No hay nada.

—Que ya lo sé, Diego.

Él le devuelve los test. Se los pone otra vez en las manos, encima de los muslos, y ella los cierra alrededor de los dos plásticos y se queda así, con los puños cerrados, como si los pudiera apretar hasta que apareciera algo. No aparece nada. Los abre otra vez. Blancos. Los dos.

—¿Y ahora qué? —dice Diego, y la pregunta le sale baja, sin broma, sin ese tono suyo de siempre.

María Belén no contesta enseguida. Mira por la ventanilla. El contenedor verde. La calle vacía. Un hombre con un perro cruza al fondo, muy lejos, y no mira hacia el coche. El perro se para a oler una farola y el hombre tira de la correa y siguen. Ella los sigue con la vista hasta que desaparecen en la esquina, y solo entonces vuelve a mirar a Diego.

—Yo qué sé —dice—. Yo qué sé qué.

Se le escapa una risa, corta, fea, que no es risa. Diego no se ríe. Le pone la mano en la rodilla otra vez, la misma mano abierta, y la aprieta... aprieta no, la deja... la deja ahí, quieta, y ella mira esa mano. Los nudillos. La vena del dorso. Las uñas cortas y limpias. Una mano que lleva toda la mañana en ella y que ahora está quieta... quieta... quieta y no la aprieta y no la suelta.

—¿Te duele? —dice él.

—¿El qué?

—La barriga. Te la has estado apretando.

María Belén se mira la mano que se ha dejado en el vientre, debajo del ombligo, encima de la piel, y la quita. No le duele. Nunca le ha dolido. Ha sido otra cosa, una cosa que no tiene nombre, un calor, una presencia, algo que llevaba toda la semana ahí y que ahora, con las dos ventanitas blancas delante, se ha quedado sin sitio donde estar.

—No —dice—. No me duele.

—Entonces...

—Entonces nada. —Coge las dos cajas vacías del asiento, la rosa y la blanca, y las junta, y las aplasta un poco con las dos manos, y las deja encima del salpicadero, al lado de la caja de las tostadas que ya no existe, al lado del hueco donde estaban los test toda la mañana—. Se acabó. Ya está. Dos cajas y una raya cada una. Se acabó.

Lo dice y no se lo cree. Lo dice y le tiembla la voz en la última palabra y lo sabe, y Diego lo sabe, y ninguno de los dos hace nada con eso.

Ella se pone las bragas. Las saca del bolsillo de la falda, las estira con las dos manos, y se las pone sentada, levantando las caderas del asiento, y la goma le queda torcida y no la arregla. La falda. La falda también. Se la pone por la cabeza y se la baja, y el dobladillo le queda por encima... encima... encima no, encima de las rodillas, y no se la sube ni se la baja. Diego se está poniendo la camiseta. La blanca. Se la pasa por la cabeza y se la estira y le queda arrugada en el pecho y no se la alisa.

Los dos vestidos. Los dos sentados. El coche huele a sexo y a café y a cartón abierto, y por la ventanilla empañada el sol sigue entrando amarillo, y ya no hay nada que esperar.

—¿Volvemos al bar? —dice Diego.

—No.

—¿A tu hostal?

María Belén mira las dos cajas aplastadas en el salpicadero. La rosa y la blanca. Las dos con la esquina abollada. Las dos vacías.

—Sí —dice—. A mi hostal.

Diego arranca el coche. El motor tiembla un segundo y luego se queda encendido, con ese ronquido bajo de coche viejo, y él pone el intermitente y mira por el retrovisor y no hay nadie, y sale despacio del arcén. La calle sigue vacía. El contenedor verde se queda atrás. La paloma no está.

María Belén se pone el cinturón y se queda con las manos en el regazo, encima de la falda, y los dos test... los dos test se han quedado en el asiento, debajo de su muslo, y los nota duros contra la pierna, y no los coge. Que se queden ahí. Que se queden ahí todo el camino.

—María Belén —dice Diego, sin apartar los ojos de la carretera.

—Dime.

—Lo de antes. Lo que te dije en el bar. Lo de criarlo juntos.

—Ya.

—Eso era para si salía positivo.

—Ya lo sé, Diego.

—Pero yo...

Se calla. Cambia de marcha. La mano le queda un momento en la palanca, quieta, y luego la vuelve al volante. María Belén mira esa mano. La mira y espera, y él no sigue, y el coche avanza por la calle vacía con el sol amarillo entrando por la ventanilla y las dos cajas aplastadas en el salpicadero y el semen seco tirándole de la piel entre los muslos... muslos... muslos, y ella no se limpia, y no dice nada, y deja que la frase se quede a medias en el aire del coche.

Al final de la calle hay un semáforo. Está en rojo. Diego frena. Los dos miran el semáforo. Rojo. Rojo. Rojo. Y ninguno de los dos habla, y María Belén... Belén... Belén se da cuenta de que le ha vuelto a sangrar el labio y se lo toca con la lengua, y el sabor de la sangre le llega otra vez, y es lo único que le queda claro en toda la mañana.

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