El semáforo se pone verde y Diego arranca sin decir nada. La calle está casi vacía, un sábado a mediodía, persianas a media asta y un perro que cruza sin prisa por delante del capó. María Belén mira las dos cajas aplastadas en el salpicadero. Dos rayita única, dos veces la misma línea de control. Se toca el labio con la rodilla del pulgar... labio. Se toca el labio. Y ahora... ahora. Diego frena delante del hostal y no apaga el motor.
—No he desayunado —dice él.
Ella lo mira. La taza fría, la tostada intacta, el plato de barro con el aceite cuajado. Se le ocurre que él no ha dicho nada del test, ni del bebé, ni de la frase que se le quedó a medias en la boca hace veinte minutos. Se le ocurre que quizá no va a decirla nunca.
—Yo tampoco —dice ella.
Diego apaga el motor. Se bajan. El bar de las tostadas con tomate está a dos calles, y el sol de mediodía les da en la nuca, y ella camina con las dos cajas metidas en el bolsillo del vestido azul floreado, los cantos de cartón clavándole el muslo a cada paso. Diego va medio paso por delante, las manos en los bolsillos del chándal, y no le coge la mano, y ella no se la ofrece.
En el bar hay una mesa libre junto a la ventana. Se sientan. El camarero, un chico joven con la camiseta manchada de aceite, les pone dos servilletas de papel y se queda esperando.
—Café con leche y tostadas con tomate —dice Diego, y mira a María Belén—. ¿Tú lo mismo?
—Sí.
El camarero se va. Diego apoya los codos en la mesa y se queda mirando el mantel de cuadros rojos y blancos. Tiene una manchita de café seca en una esquina. María Belén mira esa mancha. Luego mira las manos de Diego. Manos grandes, uñas cortas, una costra pequeña en el labio del dedo... del dedo... la rodilla... la rodilla. Se le ha vuelto a sangrar el labio y no se ha dado cuenta hasta ahora.
—¿Te duele? —dice Diego.
—No.
—Tienes cara de que te duele.
—Es que no sé qué cara tengo que poner.
Diego la mira. Tiene los ojos verdes un poco apagados, y la cicatriz de la ceja se le marca cuando frunce el ceño. No dice nada. El camarero vuelve con dos cafés con leche y un plato de tostadas con tomate, y los pone en la mesa, y se va.
María Belén coge una tostada. El pan está caliente y crujiente, el tomate brillante, el aceite de oliva le resbala por los dedos. Le da un mordisco. El sabor le llena la boca, pan y tomate y sal, y por un segundo no piensa en nada. Luego se le va el sabor y vuelve el vacío en el vientre. Ese vacío que lleva toda la mañana.
—Diego.
—Dime.
—¿Tú qué quieres que salga?
Diego deja la taza en el plato. La porcelana suena. Se queda un momento con la mano en el asa, y luego la retira y la pone sobre el mantel, abierta, como si esperara algo. La cicatriz de la ceja se le mueve.
—Quiero lo que tú quieras —dice.
—Eso no es una respuesta.
—No.
—Entonces dime la verdad.
Diego la mira. La mira de verdad, con los ojos entrecerrados, y ella siente que la mira como si estuviera decidiendo algo. Luego coge una tostada y le da un mordisco, y habla con la boca medio llena.
—La verdad es que me da miedo —dice—. Me da miedo que salga positivo y me da miedo que salga negativo, y no sé qué miedo es peor.
María Belén se queda con la tostada a medio camino de la boca. Lo deja en el plato. El tomate le ha manchado los dedos y se limpia con la servilleta de papel, despacio, mirando la mancha roja que se queda en el papel.
—A mí también —dice.
—Ya lo sé.
—¿Y qué hacemos con eso?
Diego no contesta. Coge la taza y bebe. El café con leche le deja un cerco blanco en el labio superior y se lo limpia con el dorso de la mano. Fuera, en la acera, pasa una mujer mayor con un abrigo de cuadros verdes y grises y un carrito de la compra, y se para delante del escaparate del bar a mirar el menú del día. María Belén la ve de refilón. La mujer lleva el pelo blanco recogido y una pinza de carey, y por un momento le recuerda a su abuela, que murió hace cuatro años en Buenos Aires y a la que no pudo despedir porque se enteró tres días tarde, cuando ya estaba enterrada. Traga. La tostada se le queda pegada en la garganta.
—¿Te pasa algo? —dice Diego.
—No. Que me acuerdo de mi abuela.
Diego no pregunta nada más. Eso es lo que le gusta de él, piensa ella. Que no pregunta. Que la deja estar. Que a veces la mira y a veces no la mira, y las dos cosas le sirven.
La mujer del abrigo de cuadros empuja la puerta del bar. Entra. Se queda un momento en la puerta, mirando el local, y luego se acerca a la barra y pide un descafeinado. El camarero se lo pone. La mujer lo bebe de pie, con el carrito al lado, y mira por la ventana a la calle. María Belén la mira a ella. La mira y piensa en su abuela, y en su madre, y en la casa de Buenos Aires que dejó con las llaves dentro de un cajón que ya no es suyo, y en todo lo que no le ha contado a nadie desde que llegó a España.
—Diego —dice.
—Dime.
—Quiero abrirlos.
Diego la mira. Se le muerde... se muerde... se muerde el labio. Luego asiente, muy despacio, y mete la mano en el bolsillo del chándal y saca las dos cajas. Están aplastadas. Una tiene la esquina rota. Las pone sobre el mantel, entre el plato de barro y la taza fría, y las alinea una al lado de la otra, como si fueran cartas de una baraja.
—Aquí —dice.
—No, aquí no.
Diego no discute. Espera. Tiene las manos quietas sobre el mantel, una a cada lado de las cajas, y no las toca. María Belén mira las cajas. Mira el cartón rosa, el dibujo de la mujer con la barriga redonda, las letras que no entiende del todo porque están en un español que no es el suyo. Siente el vientre apretarse, un nudo por debajo del ombligo, y no sabe si es miedo o hambre o las dos cosas.
La mujer del abrigo de cuadros termina el descafeinado. Deja la taza en la barra, saca unas monedas del bolsillo y las cuenta una a una con el dedo. Luego las deja en la barra, coge el carrito y sale del bar sin mirarlos. La puerta se cierra con un golpe suave. El camarero recoge la taza y las monedas y se va a la trastienda.
Diego coge la primera caja. La abre con la uña del pulgar... del pulgar, despacio, metiendo la uña por la lengüeta de cartón hasta que cede con un chasquido seco. Saca el palito de plástico. Es blanco, con la punta redondeada y una ventanita en el centro. Lo deja sobre el mantel, entre el plato de barro y la taza fría, alineado con el borde de la mesa.
—Cuando quieras —dice—. Aquí o donde digas.
María Belén mira el palito. Es más pequeño de lo que esperaba. Más frágil. Un trozo de plástico blanco que cabe en un puño, y sin embargo pesa sobre el mantel como si fuera de plomo. Siente el vientre apretarse otra vez, el nudo por debajo del ombligo subiéndole hacia la garganta, y traga saliva. La mujer del abrigo de cuadros ya no está. El bar está casi vacío. Solo queda un hombre en la barra con un periódico abierto y el camarero en la trastienda, y el zumbido del arcón de los helados.
Diego no aparta la mano del palito. La tiene ahí, quieta, los dedos abiertos alrededor del plástico sin tocarlo del todo, como si el palito fuera un animal que pudiera asustarse. María Belén mira esa mano. Manos grandes, uñas cortas, la costra en el labio del dedo. Una mano que ha estado dentro de ella esta mañana, hace una hora, hace dos, y ahora está quieta sobre un mantel de cuadros rojos y blancos esperando a que ella decida.
Pone la suya encima. El plástico está frío. Frío de verdad, frío de nevera, y el contraste con la mano de Diego, que está caliente, le sube por la muñeca y le llega al codo. Los dedos de él se cierran un poco, no mucho, lo justo para que ella sienta que la sostiene sin apretarla.
—En el baño del bar —dice María Belén—. Ahora.
Diego la mira. Asiente. No dice nada, y eso otra vez, el silencio que no pregunta, el silencio que la deja estar. Retira la mano. María Belén coge el palito, lo mete en el puño cerrado, y se levanta. La silla chirría contra el suelo de terraza. El hombre del periódico... del periódico... el hombre de la barra levanta la vista un segundo, la mira, y vuelve al periódico.
El baño está al fondo, pasado el arcón de los helados, por un pasillo estrecho con las paredes de azulejo verde hasta la mitad y pintura blanca arriba, desconchada en un par de sitios. La puerta tiene un cartel de metal con una mujer de falda y una raya. María Belén empuja. El pestillo cede. Entra y cierra detrás de ella.
Es un baño de bar, pequeño, con un lavabo de pedestal, un espejo con una esquina rota, y un cubo de basura de pedal lleno de papeles. Huele a lejía y a un ambientador de pino que no tapa del todo la lejía. Hay una ventana alta, con el cristal espejo... espejo... el hombre del periódico. No. La ventana tiene el cristal esmerilado y deja pasar una luz blanca, sin sombra, que lo vuelve todo un poco clínico. María Belén se queda de pie delante del lavabo. Se mira en el espejo. Tiene el pelo revuelto, la coleta a medio caer, la marca roja en el cuello asomando por encima del escote del vestido azul floreado. El labio partido, otra vez, con la costra nueva sobre la primera.
Abre el puño. El palito está ahí, blanco, intacto. Lo mira un momento. Luego se sube la falda del vestido, se baja las bragas hasta las rodillas, y se sienta en el borde del lavabo. El agua corre un segundo, dos, y ella espera con el palito entre los dedos, mirando la puerta cerrada, pensando en Diego al otro lado, sentado en la mesa con las dos tostadas frías y la taza fría y las manos quietas.
Cuando termina, deja el palito sobre el borde del lavabo, plano, con la ventanita hacia arriba. Se limpia con un poco de papel del rollo, se sube las bragas, se baja la falda. Y espera. El reloj de la pared, un reloj de plástico con la esfera amarillenta, marca las doce y veinte. El segundero da vueltas. La ventanita del palito sigue blanca. María Belén se apoya en el lavabo con las dos manos y mira la ventanita. Pasa un minuto. Pasa otro. La ventanita no cambia.
Entonces aparece la raya. Una sola. Vertical, en el lado izquierdo de la ventanita, rosa pálido al principio y luego más marcada. La raya de control. La que ya vio esta mañana, dos veces, en el salpicadero del coche. María Belén se queda mirándola. Espera la otra. La segunda. La que tendría que salir a la derecha, la que significaría que sí, que el nudo del vientre era algo, que la certeza de toda la semana no era locura. Cuenta los segundos. La raya de la derecha no aparece. La ventanita se queda blanca, blanca, blanca, con una sola raya vertical, y el reloj de plástico marca las doce y veintitrés.
María Belén cierra los ojos. Cuando los abre, la ventanita sigue igual. Una raya. Una sola. Se le escapa un sonido, no un llanto, algo más pequeño, una especie de resoplido... de resoplido que le sale por la nariz y le vacía los pulmones. Se pasa la mano por la cara. Tiene las manos frías. Se las mira. Son sus manos, las mismas de siempre, pequeñas, con la uña del índice un poco mordida, y están temblando, y ella no las puede parar.
Recoge el palito. Lo envuelve en un trozo de papel higiénico, lo mete en el bolsillo del vestido, junto a la caja vacía. Se lava las manos. El agua sale fría también. Se mira en el espejo de la esquina rota. La mujer del espejo tiene los ojos color miel un poco rojos y la boca apretada, y no se parece a la que entró en el bar hace media hora, y tampoco a la que llegó a España hace un mes con la maleta y las llaves de una casa que ya no es suya.
Abre la puerta. El pasillo está vacío. El hombre del periódico se ha ido. Diego está de pie junto a la mesa, con la servilleta de papel doblada entre los dedos, y cuando la ve salir del pasillo se queda quieto, mirándola, esperando que ella diga algo. La taza fría sigue en el mantel. El plato de barro tiene el aceite cuajado. Las tostadas están intactas.
María Belén se acerca. Se sienta. Saca el palito envuelto en el papel y lo deja sobre el mantel, entre los dos, y no lo desenvuelve. Diego mira el bulto de papel. Luego la mira a ella.
—Una raya —dice María Belén.
Diego no dice nada. Se sienta otra vez, despacio, y se queda con las manos sobre el mantel, una a cada lado del bulto de papel. La cicatriz de la ceja se le mueve cuando traga. María Belén lo mira. Espera algo. No sabe qué. Una frase, un gesto, una mano que cruce la mesa. Diego abre la boca, la cierra, y luego coge la taza fría y bebe un sorbo de café que ya no es café, solo un resto oscuro en el fondo.
—¿Y ahora? —dice él.
María Belén mira el bulto de papel. Una raya. La palabra le da vueltas en la cabeza, una raya, una raya, como si fuera una canción que no se le va. El nudo del vientre sigue ahí, por debajo del ombligo, y ahora ya no sabe qué es. Ya no es miedo. Ya no es hambre. Es otra cosa, algo más parecido al vacío de antes, al vacío de toda la semana, pero distinto, más grande, como si el vacío se hubiera quedado sin salir... sin salir... sin salir de ella y hubiera echado raíces.
—No lo sé —dice—. No sé qué se supone que tengo que hacer ahora.
Diego asiente. Muy despacio. Como si entendiera, aunque ella no ha dicho nada que se pueda entender. Se pasa la mano por el pelo revuelto, se lo aparta de la frente, y la cicatriz de la ceja queda al aire, blanca sobre la piel tostada. Luego mete la mano en el bolsillo del chándal y saca la segunda caja. La abre. Saca el palito. Se levanta.
—Voy yo —dice—. Así no lo haces tú sola.
Y se va hacia el pasillo, con el palito en el puño, y María Belén se queda sola en la mesa, con el bulto de papel delante, y por primera vez en toda la mañana siente algo que no es miedo ni vacío ni deseo. Es rabia. Una rabia pequeña y caliente que le sube por la garganta y le aprieta los dientes. Porque él ha dicho "así no lo haces tú sola" y se ha ido, y ella se ha quedado otra vez en la mesa, esperando, como se quedó en el aula, como se quedó en el cuarto de la caldera, como se queda siempre, con las manos quietas y la evidencia delante.
El camarero vuelve de la trastienda con un trapo y empieza a limpiar la barra. El reloj de la pared, el de plástico... el de plástico con la esfera amarillenta, marca las doce y veintiocho. María Belén coge el bulto de papel y lo desenvuelve. El palito, con la raya única, la raya de control, la raya que dice que no, que no hay nada, que el nudo del vientre era otra cosa. Lo mira un momento largo. Luego lo envuelve otra vez, con cuidado, doblando el papel por las mismas marcas, y lo mete en el bolsillo del vestido, junto a la caja vacía, y se queda con la mano ahí dentro, cerrada sobre el cartón aplastado, esperando a que Diego vuelva del baño.
El pasillo hasta el baño es más largo de lo que recordaba. Azulejo verde hasta la mitad, pintura blanca arriba con dos desconchones que ya había visto antes, el zumbido del arcón de los helados que se va quedando atrás. María Belén camina con la mano cerrada sobre el bulto de papel en el bolsillo, el cartón aplastado de la caja rozándole los nudillos, y las suelas de sus zapatos suenan contra el suelo de gres. Al fondo, la puerta del baño está entornada. No cerrada. Entornada, con la raya de luz blanca de la ventana esmerilada colándose por la rendija y dibujando una línea fina sobre el suelo del pasillo.
Empuja con la palma. La puerta cede sin ruido.
Diego está sentado en el borde del lavabo. No de pie, no apoyado en la pared, no mirando el espejo de la esquina rota. Sentado, con la espalda curvada hacia delante y los codos sobre los muslos y la cabeza entre las manos, los dedos metidos en el pelo revuelto, tirando de él hacia arriba como si quisiera arrancárselo. Tiene el palito en la mano derecha. Lo sostiene entre el índice y el pulgar, flojo, casi a punto de caérsele, y la ventanita mira hacia arriba. La camiseta blanca se le ha pegado a la espalda en una franja húmeda que le baja desde los omóplatos hasta el elástico del chándal. La puerta del baño se queda abierta detrás de ella, un palmo, y por ahí entra el zumbido del arcón.
María Belén se queda quieta en el umbral. No dice nada. Lo mira desde ahí, desde la puerta, y piensa en la primera vez que lo vio, en el patio, con el silbato en la boca y los brazos cruzados y esa sonrisa que le arrugaba la comisura de los ojos, y piensa que este hombre sentado en el lavabo de un bar de barrio con la cabeza entre las manos no se parece en nada al que le dijo "bienvenida a España" hace un mes con la mano en la cintura. La cicatriz de la ceja no se le ve desde este ángulo. Solo el pelo, castaño claro, revuelto, y los dedos largos tirando de él.
Da un paso. Luego otro. El gres frío bajo las suelas, el ambientador de pino que no tapa la lejía, el rollo de papel colgado del gancho con la punta deshilachada. Se acerca por detrás, despacio, y se para a su lado, junto al borde del lavabo, tan cerca que le llega el olor de él, el sudor de la mañana mezclado con el detergente de la camiseta, y mira por encima de su hombro.
La ventanita.
Dos rayas. Verticales, en el centro, la de la izquierda un poco más marcada que la de la derecha, pero las dos ahí, rosadas sobre el fondo blanco del plástico, nítidas, sin duda ninguna. La raya de control y la raya que significa que sí. Que el nudo del vientre era algo. Que la certeza de toda la semana, la que contó en la cama del hostal con la mano encima de la barriga, la que le hizo comprar dos tests en dos farmacias distintas, no era locura. Dos rayas. La ventana esmerilada deja caer una luz blanca y sin sombra sobre el palito, y las dos rayas se ven perfectamente, y María Belén las mira y siente que el suelo del baño se le mueve un poco bajo los pies.
Diego levanta la cabeza. Despacio. Primero la frente, luego los ojos, esos ojos verdes que se le quedan fijos en la cara a ella, y no dice nada. Tiene la boca abierta un poco, los labios secos, y la nuez subiéndole y bajándole en la garganta. La mira desde abajo, sentado en el lavabo, y María Belén se queda con la vista clavada en él y no sabe qué poner en la cara. No sabe si sonreír. No sabe si llorar. No sabe si darle una bofetada por haberse ido al baño solo, por haberla dejado otra vez en la mesa con el bulto de papel delante, o agarrarle la cara con las dos manos y besarlo hasta que se le acabe el aire. Se le queda la cara quieta, sin nada, la boca apretada y los ojos color miel muy abiertos, y las manos le cuelgan a los lados del cuerpo como si no supiera qué hacer con ellas.
—Dos —dice Diego. La voz le sale ronca, más baja que de costumbre, como si llevara un rato sin hablar. Mira el palito otra vez, lo levanta un poco hacia la luz de la ventana, y las dos rayas siguen ahí. —Dos rayas.
María Belén traga saliva. El nudo del vientre, el que llevaba toda la semana por debajo del ombligo, el que esta mañana se había quedado sin salir de ella y había echado raíces, se le mueve ahora de otra manera, subiéndole hacia el pecho, apretándole la garganta. Alarga la mano y toca el palito. El plástico está caliente, caliente de la mano de él, y ella lo roza con la yema del índice y siente la temperatura subirle por el dedo. Dos rayas. Lo mira de cerca, la ventanita blanca con las dos líneas rosadas, y por un segundo piensa en su madre en Buenos Aires, en la cocina con el mantel de hule y el mate y la radio puesta, y en cómo le diría esto, y con qué palabras, y en qué idioma, y se le cierra la garganta del todo.
—Esta mañana —dice— dieron Negativo.
—Esta mañana era muy pronto. —Diego deja el palito sobre el borde del lavabo, plano, con la ventanita hacia arriba, y se pasa las dos manos por la cara, de arriba abajo, como si se estuviera lavando sin agua. Luego se queda con las palmas apoyadas en los muslos y la mirada en el suelo de gres, en las baldosas pequeñas y hexagonales, y la cicatriz de la ceja se le marca blanca cuando frunce el entrecejo. —Tú lo dijiste. Que era muy pronto. Y yo te dije que esperáramos.
—Y esperamos.
Se quedan los dos callados. El reloj de plástico de la pared, el de la esfera amarillenta, marca las doce y treinta y uno. El segundero da vueltas con un tic pequeño que se oye en el silencio del baño, tic, tic, tic, y María Belén lo oye y piensa que hace media hora, cuando entró aquí sola con el primer palito en el puño, el reloj marcaba las doce y veinte, y en esos once minutos ha pasado todo lo que no ha pasado en toda la semana. Se apoya en el borde del lavabo con las dos manos, al lado de Diego, y el agua fría del grifo que se quedó goteando le moja un dedo. No lo mueve.
—¿Y ahora qué? —dice Diego.
Es la misma pregunta que le hizo ella en la mesa, hace un rato, con el bulto de papel entre los dos. Y ahora se la devuelve él, con la misma voz, y María Belén siente que la rabia pequeña y caliente de antes se le enciende otra vez en la garganta, porque él siempre hace eso, siempre le devuelve la pelota, siempre le pone la decisión delante como si fuera un plato de comida que ella tuviera que probar primero. Pero esta vez la rabia no le sube. Se le queda en el pecho, caliente, y se le mezcla con otra cosa, con el nudo que ya no sabe qué es, y se le queda ahí, sin salir.
Mira el palito en el borde del lavabo. Dos rayas. La ventanita blanca, el plástico, la punta redondeada que ella se metió entre las piernas hace once minutos sentada en este mismo borde. Y piensa en lo que él dijo esta mañana, en el coche, con los dos tests negativos en el salpicadero y la frase a medias: que si salía positivo, lo criaban juntos. Lo dijo. Lo dijo con esas palabras, o casi, y luego se le quedó la frase colgada en el aire del coche y no la terminó. Y ahora la frase tiene objeto. Ahora hay dos rayas en un palito de plástico en el borde de un lavabo de bar, y la frase ya no se puede quedar a medias.
—Tú dijiste que lo criábamos juntos —dice María Belén. No lo mira cuando lo dice. Mira el palito. —Esta mañana. En el coche. Lo dijiste.
Diego asiente. Muy despacio, con la cabeza gacha, y ella lo ve asentir de reojo, el pelo revuelto moviéndose un poco, y luego lo ve levantar la cabeza y mirarla, y tiene los ojos verdes un poco húmedos, o eso le parece a ella, aunque la luz blanca de la ventana esmerilada no ayuda a saberlo. Se pasa la lengua por los labios secos.
—Lo dije.
—¿Y?
—Y lo mantengo.
María Belén se gira del todo hacia él. Se apoya con la cadera en el borde del lavabo, de frente, y lo mira desde arriba, porque él sigue sentado y ella está de pie, y por un momento la diferencia de altura le da una sensación rara, como si fuera ella la que manda en este baño de azulejo verde con el ambientador de pino. Diego levanta la cara hacia ella. La cicatriz de la ceja, blanca sobre la piel tostada. Los ojos verdes, fijos. Las manos quietas sobre los muslos, con los dedos abiertos, esperando.
—Diego —dice ella.
—Dime.
—Tengo miedo.
Lo dice y se le queda la boca abierta un segundo después, como si la palabra se le hubiera escapado sin permiso, y se la oye en el silencio del baño, miedo, una palabra pequeña que no había dicho nunca en voz alta desde que llegó a España, ni el primer día en el aula con los niños mirándola, ni la noche del hostal contando los días, ni esta mañana en el coche con los dos negativos en el salpicadero. Miedo. Y en cuanto la dice, siente que el nudo del vientre se le afloja un poco, como si la palabra le hubiera abierto una válvula, y le sube a los ojos algo caliente que no quiere que salga.
Diego no dice nada. Extiende la mano y le coge la muñeca. No tira de ella, no la acerca, solo le rodea la muñeca con los dedos, con la misma presión justa de antes, en la mesa, sobre el palito, y se la sostiene ahí, en el aire, entre los dos. El pulgar le encuentra el pulso por dentro de la muñeca y se queda quieto encima, sin apretar, y María Belén siente su propio pulso golpearle el dedo de Diego, rápido, más rápido de lo que debería estar después de once minutos sentada en un lavabo.
—Yo también —dice Diego.
Y ella lo mira. Lo mira sentado en el borde del lavabo de un bar de barrio, con la camiseta blanca pegada a la espalda de sudor y el pelo revuelto y la cicatriz en la ceja y la mano en la muñeca de ella, y piensa que este hombre, el profesor de educación física que la folló contra los estantes de balones el primer día y le dijo "bienvenida a España" con la mano en la cintura, tiene miedo. Miedo de qué, no lo sabe. Miedo de las dos rayas, o miedo de ella, o miedo de la frase que dijo en el coche y que ahora ya no puede quedarse a medias. Y esa idea, la de que él también tiene miedo, le hace algo por dentro que no esperaba, algo que no es rabia ni deseo ni vacío, algo más parecido a lo que sintió en el hostal la primera noche, con la mano encima de la barriga y la certeza ardiendo por dentro, antes de que todo se volviera una cuenta de días.
Se suelta la muñeca. No de golpe, despacio, deslizando la mano fuera de los dedos de él, y luego se sienta a su lado en el borde del lavabo. El gres está frío bajo los muslos, frío de verdad, y el vestido azul floreado se le sube un poco por encima de las rodillas y ella no se lo baja. Se queda sentada al lado de Diego, los dos en el borde del lavabo, los dos mirando el palito de plástico en el borde, con la ventanita hacia arriba y las dos rayas rosadas y nítidas bajo la luz blanca de la ventana esmerilada. El hombro de él le toca el hombro de ella. La camiseta blanca está húmeda y el contacto le pasa la humedad al vestido, y ella no se aparta.
Apoya la cabeza en el hombro de Diego. Despacio, primero la sien, luego la mejilla, hasta que la oreja le queda contra el hueso del hombro y el pelo revuelto de él le roza la frente. Huele a sudor y a detergente y a un resto del café con leche de la mesa, y por debajo, muy débil, a ella misma, al sexo de esta mañana en el asiento de atrás del coche, que todavía le queda entre los muslos. Cierra los ojos. El tic del reloj de plástico sigue, tic, tic, tic, y el zumbido del arcón de los helados llega desde el pasillo por la rendija de la puerta, y el agua del grifo gotea, y ninguno de los dos dice nada.
No dice nada Diego. No dice nada ella. Se quedan así, en el borde del lavabo, con la cabeza de ella en el hombro de él y el palito con las dos rayas delante, y María Belén siente el pecho de Diego subir y bajar despacio bajo la camiseta húmeda, y siente su propia respiración acompasarse con la de él sin querer, y por un momento, solo por un momento, el nudo del vientre se le queda quieto, sin subir ni bajar, sin ser miedo ni hambre ni vacío, solo quieto, como si las dos rayas del palito hubieran llenado algo que llevaba una semana vacío y ahora no supiera qué hacer con el peso.
Pasa un minuto. Pasan dos. El segundero del reloj da vueltas y las dos rayas del palito siguen ahí, rosadas, nítidas, sin desvanecerse, y María Belén las mira de reojo desde el hombro de Diego y piensa en la caja rosa de la farmacia de la esquina, en la farmacéutica mayor que la reconoció como argentina y le dijo que volviera si salía positivo, y en la caja que todavía tiene en el quinto bolsillo, y en la otra caja, la de la farmacéutica joven del piercing en la nariz, que le dijo "suerte", y en cómo va a volver ahora a esas dos farmacias, y con qué cara, y con qué palabras en un español que no es el suyo.
Alguien tose al otro lado de la puerta.
Una tos seca, corta, de hombre, y luego un golpe suave con los nudillos en la madera, dos golpes, y una voz que dice algo que no se entiende del todo, algo como "¿está ocupado?", y María Belén abre los ojos de golpe y se incorpora, y Diego también se incorpora a su lado, los dos sentados en el borde del lavabo con la espalda recta y la mirada en la puerta entornada, y el palito con las dos rayas sigue en el borde, entre los dos, y ninguno de los dos lo coge.
Los dos golpes de nudillos se quedan en la madera. María Belén mira la puerta entornada, la raya de luz blanca que se cuela por la rendija, y la sombra de unos pies quietos al otro lado. El palito sigue en el borde del lavabo, entre los dos, con las dos rayas rosadas y nítidas bajo la luz de la ventana esmerilada. Diego no lo coge. Ella tampoco.
—Un momento —dice Diego. La voz le sale ronca, más baja que de costumbre, y la dirige a la puerta sin levantarse.
Al otro lado, la sombra de los pies se mueve, se aleja dos pasos por el pasillo, y se queda quieta otra vez. El zumbido del arcón de los helados sigue llegando por la rendija, constante, y el grifo gotea sobre el gres, y el segundero del reloj de plástico de la pared da vueltas con su tic pequeño, tic, tic, tic, y María Belén cuenta los golpes sin querer, como contaba los días en la cama del hostal, uno, dos, tres, y se le queda la cuenta abierta cuando Diego se gira hacia ella.
La mira. Los ojos verdes, fijos en su cara, y tiene la boca abierta un poco, los labios secos, y la nuez subiéndole y bajándole en la garganta. Levanta la mano y le busca la muñeca otra vez. Se la rodea con los dedos, con la misma presión justa, y el pulgar le encuentra el pulso por dentro y se queda quieto encima, sin apretar.
—María Belén —dice.
—Dime.
—No quiero que vuelvas a la pensión.
Ella se queda con la mirada en la mano de él en su muñeca. El pulgar de Diego le golpea el pulso, y su propio pulso le responde debajo, rápido, más rápido de lo que debería estar en un baño de azulejo verde con el ambientador de pino y un hombre tosiendo al otro lado de la puerta. No dice nada. Espera.
—No quiero que vuelvas a esa habitación —dice Diego—, con la cama de una plaza y la ventana que da al patio de las palomas y la vecina que te pregunta la hora por el pasillo. No quiero que vuelvas ahí esta noche. Ni mañana. Ni pasado.
—Diego.
—Quiero que nos vayamos a vivir juntos.
Lo dice y no aparta los ojos de ella. La cicatriz de la ceja, blanca sobre la piel tostada, se le marca cuando frunce el entrecejo, y la camiseta blanca se le ha pegado a la espalda en la franja húmeda que le baja desde los omóplatos hasta el elástico del chándal, y María Belén mira esa franja, la4 sipequeño torcido sobre la cabecera, en la vecina del pasillo que le pregunta la hora por la mañana, en el cajón de la mesilla donde guarda la caja rosa de la farmacia de la esquina, vacía, y la otra caja, la de la farmacéutica joven del piercing, que todavía no ha abierto.
—Un piso —dice Diego—. Con queluz. Con una ventana que dé al este, para que entre el sol por la mañana. En este barrio o en el de al lado, da igual, uno que tenga una habitación de más para cuando haga falta. Yo tengo algo ahorrado. Tú cobras a fin de mes. Se puede.
María Belén traga saliva. La palabra piso le suena rara en la boca de él, rara y concreta, una palabra de adultos, de gente que firma contratos y compra sábanas y pone una planta en el alféizar, y ella lleva un mes en España, un mes contando días, un mes con la certeza ardiendo por dentro como una brasa que ahora resulta que era verdad, y el hombre sentado a su lado en el borde de un lavabo de bar le está hablando de una ventana que dé al este.
—Yo te preparo el desayuno —dice Diego. Se le escapa la frase y él la deja salir, sin frenarla, y la mano en la muñeca de ella no aprieta ni suelta. —Tostadas con tomate. Café con leche. Como el de esta mañana, pero en casa. Tú te sientas y yo te lo pongo delante, y no hay camarero, y no hay reloj de plástico en la pared, y no hay nadie que nos mire.
—No sabes hacer café con leche.
—Aprendo.
—No sabes ni freír un huevo. Te vi en el bar.
—Aprendo —dice otra vez, y esta vez la comisura de los ojos se le arruga un poco, apenas, la primera cosa que se le parece a una sonrisa desde que entraron en este baño, y María Belén siente que la rabia pequeña y caliente que le subía por la garganta se le afloja, se le deshace, y en su lugar le sube otra cosa que no sabe nombrar.
—Y quiero verte la barriga crecer —dice Diego.
Lo dice bajo, con la voz ronca, y no la mira cuando lo dice. Mira el palito en el borde del lavabo, la ventanita con las dos rayas, y luego baja la mirada hasta el vientre de ella, hasta el vestido azul floreado que se le ha subido un poco por encima de las rodillas, hasta el sitio donde el nudo llevaba una semana por debajo del ombligo, y se queda ahí, con los ojos clavados en esa parte del vestido, como si pudiera ver a través de la tela.
María Belén se lleva la mano libre al vientre. La apoya plana, encima del vestido, y siente el calor de su propia palma contra la tela, y por debajo, muy abajo, el peso quieto que lleva una semana sin saber qué era. Dos rayas. La mano de Diego sigue en su muñeca. La mano de ella está en su barriga. El palito, entre los dos, en el borde del lavabo, con la ventanita hacia arriba.
—¿Y si sale mal? —dice ella.
—Sale mal.
—No, en serio. ¿Y si no me sale el contrato? ¿Y si me mandan de vuelta? ¿Y si la directora se entera? ¿Y si tu madre? ¿Y si mi madre? ¿Y si el niño? ¿Y si el niño nace en agosto y no tenemos cuna y no tenemos nada y tú y yo llevamos un mes?
Se le atropellan las preguntas, le salen en el español acelerado que se le pone cuando se emociona, con el acento argentino abriéndose en las vocales, y Diego la deja hablar sin interrumpirla, con el pulgar quieto sobre el pulso de ella, y cuando ella se calla, cuando se le acaba el aire, él espera un momento más antes de contestar.
—Nada de eso está pasando ahora —dice—. Ahora hay dos rayas en un palito. Y yo no quiero que vuelvas a la pensión.
—Diego.
—Es lo único que te estoy diciendo. Lo demás lo vamos viendo.
María Belén mira el palito otra vez. Las dos rayas siguen ahí, rosadas, quietas, sin importarles nada. Una semana entera creyendo que era un nudo, un peso, una brasa, y ahora resulta que era esto: un plástico con dos líneas que no se borran aunque las mires hasta que se te sequen los ojos.
—¿Y tu trabajo? —dice.
—¿Mi trabajo qué.
—Que si nos vamos a vivir juntos, tu trabajo está aquí. En el colegio. Y el mío también. Y nos vamos a ver todos los días en el patio, en el pasillo, en la sala de profesores, y alguien va a empezar a sumar dos más dos. La de lengua ya me miró el otro día cuando salí del gimnasio con el pelo revuelto.
—Que mire.
—Diego.
—Que mire, María Belén. Que sume. Yo llevo ocho años en ese colegio y nunca me ha importado lo que sumen en la sala de profesores.
Ella se ríe. Le sale una risa corta, sin ganas, más un resoplido que otra cosa, y se la traga enseguida porque al otro lado de la puerta el hombre tose otra vez, una tos seca de fumador, y arrastra los pies por el pasillo. Los dos se quedan quietos, escuchando. Los pasos se alejan hacia el fondo, hacia la puerta que da a la calle, y el timbre de la caja registradora suena una vez, metálico, y luego la voz del camarero diciendo algo que no se entiende.
Diego suelta el aire por la nariz.
—Yo tengo el piso de mi madre en el pueblo —dice—. Vacío desde que ella se fue a vivir con mi hermana. Dos habitaciones, cocina grande, un patio con una parra que da uvas en septiembre. Está a cuarenta minutos en coche. Podríamos ir los fines de semana. O quedarnos, si te da igual el pueblo.
—¿Tu madre sabe que tienes el piso vacío?
—Mi madre sabe que su hijo tiene treinta y dos años y una novia que va a tener un hijo. O que puede tenerlo. O que va a tenerlo. —Se pasa la mano libre por la cara, por la boca, y se queda con los dedos en la barbilla un momento. —No sé cómo decirlo.
—Dilo como salga.
—Mi madre va a querer conocerte.
María Belén se queda con la frase en el aire. La vecina del pasillo del hostal le pregunta la hora. La directora le firma el contrato a fin de mes. Su madre, en Buenos Aires, le manda un mensaje cada noche preguntando si come bien, si hace frío, si los españoles son como en las películas. Y ahora hay una mujer en un pueblo a cuarenta minutos que va a querer conocerla porque su hijo se ha metido en un baño de bar con ella y ha salido diciendo que se van a vivir juntos.
—¿Y qué le digo? —dice María Belén—. Hola, señora, soy la maestra argentina que su hijo se folló en la bodega del colegio el primer día. Encantada.
Diego se ríe. Se ríe de verdad, con la cabeza echada hacia atrás y la nuez moviéndosele en la garganta, y la risa le sale fuerte en el baño de azulejo verde y rebota contra las paredes y contra el espejo y contra el palito en el borde del lavabo, y María Belén se lleva la mano a la boca para callarlo, y él le coge esa mano, la que tenía en la barriga, y se la aprieta contra los labios.
—Le digo la verdad —dice contra los nudillos de ella—. Que eres maestra. Que eres argentina. Que te gusta el café con leche y que no sabes freír un huevo tampoco. Y que yo aprendo.
—No he dicho que no sepa freír un huevo.
—Lo he supuesto.
—Sé freír un huevo.
—Ya. Y yo sé hacer café con leche.
Ella lo mira. La mano de él le tapa la boca, los nudillos contra los labios partidos, y por encima de los nudillos le llegan los ojos verdes, quietos, con esa luz húmeda que les ha salido desde que entraron en el baño y que no se les va. La cicatriz de la ceja le baja blanca sobre la piel tostada. Tiene una pestaña pegada en la mejilla, una pestaña corta y oscura que se le ha caído de un ojo y se le ha quedado ahí, y María Belén la mira y piensa que se la va a quitar, que va a estirar la mano y se la va a quitar con el pulgar, y no lo hace.
—Hay una cosa más —dice Diego.
—Dime.
—Que si nos vamos a vivir juntos, yo quiero que sea de verdad. No un mes y luego ya veremos. No hasta que te salga el contrato. No hasta que el niño tenga seis meses y tú te vuelvas a Buenos Aires. —Le suelta la mano de la boca y se la deja encima de la rodilla, encima del vestido azul floreado. —Yo no quiero un rato contigo, María Belén. Quiero todo.
La palabra todo se queda en el baño, pequeña, enorme, y María Belén siente que le baja por el pecho y le llega al sitio donde antes estaba el nudo y ahora no hay nada, un hueco blando, una ausencia que pesa más que el nudo.
—Yo no sé si quiero todo —dice—. Yo llevo un mes aquí. Un mes. No sé si quiero un piso con una ventana al este. No sé si quiero un pueblo con una parra. No sé si quiero que tu madre me conozca. Lo único que sé es que llevo una semana contando días y que esta mañana me he sentado en el asiento de tu coche con dos test en el bolso y que no me he bajado.
—Eso ya es algo.
—Eso no es nada.
—Eso es todo lo que hay ahora —dice Diego—. Y con eso me vale.
Se levanta del borde del lavabo. El chándal le cruje, y la camiseta blanca se le estira sobre los hombros cuando se incorpora, y María Belén lo mira de abajo arriba, desde el gres frío, y él le tiende la mano. Ella la coge. La mano de él está caliente, más caliente que la suya, y le tira un poco hacia arriba y ella se levanta y se le queda cerca, muy cerca, con el vestido azul floreado arrugado en las rodillas y el pelo suelto cayéndole por la cara.
—Vámonos —dice Diego.
—¿A dónde?
—A ver pisos. O a tu pensión, a recoger tus cosas. O al pueblo, a ver la parra. Lo que tú quieras. Pero no te dejo volver sola a esa habitación.
—No puedo irme del hostal hoy. Tengo que pagar la semana. Tengo la ropa tendida en la ventana.
—Entonces vamos a por la ropa.
—Diego, es domingo. Mañana hay clase.
—Mañana hay clase —dice él, y se le arruga la comisura de los ojos—. Y pasado. Y el otro. Y yo te voy a ver en el patio y en el pasillo y en la sala de profesores, y la de lengua va a seguir sumando, y a mí me va a dar exactamente igual.
María Belén se mira las manos. Las tiene manchadas de un poco de sangre seca en el nudillo, de cuando se mordió en el coche, y de un poco de rímel corrido que se ha debido de limpiar a medias con el pulgar. Piensa en la caja rosa en el cajón de la mesilla del hostal, vacía, y en la otra caja, la de la farmacéutica joven, sin abrir. Piensa en la vecina del pasillo. Piensa en su madre, en Buenos Aires, que le va a preguntar por teléfono esta noche si come bien.
—Necesito pensarlo —dice.
—Piénsalo.
—En serio. Necesito un día. O dos. Necesito sentarme en mi cama de una plaza y mirar el crucifijo torcido y decidir si me voy a vivir contigo o no.
—Vale.
—Y necesito que no me lo preguntes cada hora.
—Vale.
—Y necesito que mañana en el patio no me mires como si ya viviéramos juntos.
—Eso no te lo puedo prometer.
Ella levanta la cabeza. Diego tiene la boca torcida, media sonrisa, y la mano todavía en la de ella, y el palito con las dos rayas sigue en el borde del lavabo, detrás de él, olvidado, con la ventanita hacia arriba y la tapa abierta. Nadie lo ha cogido. Nadie lo ha tirado.
—Cógelo —dice María Belén.
Diego se gira. Mira el palito. Lo coge con dos dedos, con cuidado, como si fuera una cosa que se puede romper, y se lo mete en el bolsillo del chándal. El bulto de plástico le marca la tela un momento y luego se pierde en el bolsillo.
—¿Lo tiras? —dice ella.
—No.
—¿Y qué haces con él?
—Lo guardo.
—¿Para qué?
—Para acordarme —dice Diego— de que un domingo por la mañana, en un baño de bar, con un hombre tosiendo al otro lado de la puerta, me dijiste que no sabías si querías todo.
María Belén se ríe otra vez. Le sale mejor esta vez, más entera, y se le mueve el pecho debajo del vestido, y Diego la mira reírse y no dice nada, y por un momento los dos se quedan así, de pie en el baño de azulejo verde, con el grifo goteando y el reloj de plástico marcando las doce y veinte, y el zumbido del arcón de los helados llegando por la rendija de la puerta.
Luego, al otro lado, el hombre tose otra vez.
Es una tos más fuerte que las anteriores, seca y larga, que le sube desde el pecho y le sale en tres golpes, y después de la tos se oyen los pies arrastrándose por el pasillo, acercándose, y luego los nudillos otra vez contra la madera, dos golpes, esta vez más fuertes, más seguidos, y una voz de hombre mayor que dice:
—¿Pero está ocupado o no está ocupado?
Diego se queda quieto. La mano en la de ella se le pone dura, los dedos le aprietan los nudillos, y María Belén mira la puerta entornada, la raya de luz blanca, la sombra de los pies que ya no se mueve, que está plantada ahí, al otro lado, esperando.
Ninguno de los dos dice nada.
El grifo gotea sobre el gres. El reloj de plástico da vueltas con su tic pequeño. Y la sombra de los pies, al otro lado de la puerta, no se va.
—Está ocupado —dice Diego, y su voz sale más baja de lo normal, más ronca, y María Belén lo mira porque no la ha dicho a ella, la ha dicho a la puerta, a la sombra de los pies, y él no le suelta la mano.
Al otro lado, el hombre resopla. Se oye el roce de una manga contra la madera, un pie que se arrastra, y luego los pasos que se van por el pasillo, lentos, arrastrando la suela, y una tos más que se pierde hacia el fondo del bar.
María Belén suelta el aire que tenía guardado. No se había dado cuenta de que lo tenía. Se le escapa en una risa corta, sin ganas, y se lleva la mano libre a la boca, al labio partido, y le duele, y aun así se ríe.
—Nos ha oído —dice.
—Nos ha oído toser —dice Diego—. No nos ha oído lo otro.
—¿Tú qué sabes?
—Porque si nos hubiera oído lo otro no se queda plantado ahí dos minutos llamando a la puerta. Se hubiera ido.
—O se hubiera quedado a escuchar.
—Eso también.
Diego le aprieta los nudillos una última vez y le suelta la mano. Se pasa la palma por el pelo revuelto, se lo echa hacia atrás, y el pelo se le vuelve a caer sobre la frente, sobre la cicatriz de la ceja, que ahora está fruncida, y María Belén se da cuenta de que él también tenía el aire guardado, que lleva desde que el hombre llamó a la puerta sin respirar del todo.
—Vámonos —dice él—. Antes de que vuelva.
Ella se mira en el espejo del lavabo. Tiene el rímel corrido por debajo de un ojo, una mancha gris que le baja hasta el pómulo, y el labio hinchado, y el pelo suelto y revuelto, y el vestido azul floreado arrugado en las caderas de habérselo subido él con las dos manos hace veinte minutos. Se moja el dedo, se lo pasa por debajo del ojo, y no se quita la mancha, la corre.
—Déjalo —dice Diego—. Estás bien.
—Estoy hecha un cuadro.
—Estás bien —repite, y le coge la barbilla con dos dedos, se la levanta un poco, y le mira el labio partido con atención, con la cabeza ladeada, como se mira una cosa que uno ha roto y no sabe si pegarla o dejarla—. ¿Te duele?
—Un poco.
—¿Quién te lo ha hecho?
—Tú.
—Yo no.
—Tú, en el coche. Con los dientes.
Diego suelta la barbilla de ella y se mira las manos, y por un segundo se le queda la cara seria, sin la media sonrisa, sin la comisura arrugada, y María Belén piensa que va a decir algo, que va a pedir perdón, y no quiere que lo pida, porque no le duele de verdad y porque el dolor es lo único que le queda de esta mañana, ahora que los test están en el bolsillo del chándal y no en su vientre.
Pero Diego no pide perdón. Abre el grifo, se moja los dedos, y le pasa el pulgar por el labio, despacio, por encima de la costra, y el agua fría le entra en la grieta y le escuece y ella no se aparta.
—Ya está —dice él—. Ahora pareces una maestra.
—Ahora parezco una maestra a la que han zurrado.
—Ahora pareces una maestra que ha desayunado tostadas con tomate y ha discutido con el novio.
María Belén se queda con la palabra novio en la boca, sin decirla, sin devolvérsela. La deja pasar. Se alisa el vestido con las dos manos, se lo baja de las caderas, se pasa los dedos por el pelo y se lo echa hacia atrás, y no tiene coleta, no tiene la goma, la goma la tiene él en el bolsillo del chándal desde el sábado, y el pelo se le queda suelto, cayéndole por los hombros, y así no puede salir a la calle, así parece otra cosa.
—¿Tienes una goma? —dice.
—No.
—Tienes la mía.
—La tuya la tiré.
—Mentira.
—Mentira —dice Diego, y se le arruga la comisura de los ojos—. La tengo en casa. En la mesilla.
—¿En la mesilla?
—En la mesilla. Con la caja del reloj y las llaves del trastero.
María Belén no sabe qué decir a eso. Se le queda mirando la camiseta blanca, el bulto pequeño del palito en el bolsillo del chándal, y piensa en la mesilla de Diego, que no ha visto nunca, en una casa que no conoce, en una habitación con una cama más grande que la suya y una ventana que no sabe si da al este, y siente otra vez el hueco blando debajo del pecho, la ausencia, que ahora tiene la forma exacta de una goma del pelo.
Diego abre la puerta.
El pasillo del bar está vacío. Al fondo, junto a la barra, el hombre mayor que tosía paga con monedas, contándolas una a una sobre el mostrador de zinc, y no levanta la cabeza. La puerta de la calle está abierta y entra el sol de domingo, blanco, alto, y el ruido de un coche que pasa, y una radio que alguien tiene puesta en la acera de enfrente.
Salen. Diego paga en la barra, dos cafés y las tostadas que no se han comido, y la camarera le da las vueltas sin mirarle la cara, y María Belén espera en la puerta con el bolso apretado contra el pecho y el sol dándole en los ojos, y por un momento, en la acera, con el vestido azul floreado y el pelo suelto y el labio hinchado, se siente como una mujer que ha hecho algo y no sabe todavía qué.
El coche está donde lo dejaron, con la abolladura en la puerta del copiloto, y cuando Diego le abre la puerta ella ve el salpicadero desde fuera, las dos cajas vacías todavía allí, aplastadas, una encima de otra, y los dos test que se llevó él, el de ella y el de la farmacéutica joven, ya no están.
—¿Y los test? —dice.
—En el bolsillo.
—Los dos.
María Belén se sienta. El asiento está caliente del sol, y la tapicería huele a plástico y a un poco de él, a la colonia barata que se pone después de entrenar, y se sube el vestido por encima de las rodillas para no arrugarlo más y se pone el bolso en el regazo con las dos manos encima.
Diego arranca. El motor tose una vez, como el hombre del baño, y luego se queda encendido, temblando, y él mete la primera y el coche sale despacio del aparcamiento y se mete en la carretera de circunvalación, hacia el pueblo, hacia el hostal, hacia donde sea.
—¿Adónde vamos? —dice ella.
—A tu pensión. A recoger la ropa tendida.
—¿Y luego?
—Y luego a mi casa.
—Diego.
—A ver la casa —dice él—. No a vivir en ella. A verla. Para que sepas dónde vivo cuando te lo preguntes.
María Belén mira por la ventanilla. Pasan las naves del polígono, los carteles de las rotondas, una gasolinera con las luces apagadas, un campo de fútbol de tierra con dos críos jugando solos. El sol de mediodía borra las sombras y todo tiene un color plano, sin relieve, como una foto mal revelada.
—Diego.
—Dime.
—Los test.
—Ya lo hemos hablado.
—No. Los test. Los que abrimos en el coche. Los que me enseñaste en el salpicadero.
—¿Qué pasa con ellos?
María Belén se gira en el asiento. Diego conduce con una mano, la otra en la palanca de cambios, y tiene los ojos en la carretera, y la cicatriz de la ceja se le ve de perfil, fina, blanca, y no la mira.
—Que eran dos —dice ella—. Y los dos dieron negativo. Y yo llevaba una semana contando días. Y esta mañana, en el baño, me has dicho que querías todo. Y yo te he dicho que no sé si quiero todo. Y ahora vamos a tu casa a ver una ventana.
—Sí.
—¿Y si me hubiera salido positivo?
Diego no contesta enseguida. Cambia de marcha, adelanta a un tractor que va por el arcén, y cuando vuelve a su carril, con las dos manos en el volante, dice:
—Entonces no estaríamos yendo a ver la ventana. Estaríamos yendo a comprar una cuna.
—Eso es lo que dijiste.
—Eso es lo que dije.
—Y no lo has dicho en broma.
—No lo he dicho en broma.
María Belén se mira las manos. Tiene una mancha de café en el nudillo, de esta mañana, de la taza que no se bebió, y se la frota con el pulgar y no se va. Piensa en la caja rosa en el cajón de la mesilla del hostal, vacía, con la ventanita y la tapa y el prospecto doblado dentro. Piensa en la otra caja, la de la farmacéutica joven del piercing, sin abrir, en la cartera, y en la frase de la farmacéutica: que su hermana compró seis antes del positivo. Seis. Y ella había comprado dos, y los dos estaban ahora en el bolsillo del chándal de Diego, y los dos habían dicho que no.
—¿Tú te has hecho alguna vez uno? —dice.
—¿Yo?
—Sí.
—No.
—¿Nunca?
—Nunca. No he tenido por qué.
—¿Y si hubieras tenido por qué?
—Entonces me lo habría hecho.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que tengo.
El coche entra en el pueblo por la carretera vieja, la que pasa por delante del colegio, y María Belén ve la tapia, la verja, el patio vacío con las líneas blancas del campo de baloncesto, y el pabellón al fondo, y el hueco entre el pabellón y la tapia donde está el cuarto de la caldera, con la tubería caliente, y se le cierra la garganta. Mañana lunes. Mañana tiene que entrar por esa verja a las ocho y media con el vestido y las gafas y la coleta, y dar clase de lengua a treinta niños, y pasar por delante de la sala de profesores, y ver a Diego en el patio con el chándal y el silbato, y todo el mundo va a mirarla igual que la miraba el viernes, sin saber nada, y ella va a tener que sostenerlo.
—Mañana —dice.
—Mañana —dice Diego.
—No sé si voy a poder.
—Vas a poder.
—No sabes nada.
—Sé que has dado clase toda la semana con la braga manchada y no se te ha notado. Eso es poder.
María Belén se ríe, y le sale corta, y se le escapa un poco de aire por la nariz, y Diego la mira de reojo y le arruga la comisura de los ojos, y por un momento, en el coche, con el sol entrando por la ventanilla y la carretera del pueblo debajo de las ruedas, los dos están bien, están casi bien, y ella piensa que quizá esto sea lo que hay, que quizá con esto le valga a ella también.
El hostal está a dos calles del colegio. Diego aparca delante, en la zona de carga y descarga, y apaga el motor, y se quedan los dos dentro del coche con el silencio del motor parado y el tic del metal enfriándose.
—Subo yo —dice ella.
—Subo contigo.
—No. La dueña está en el portal. Si te ve subir contigo, mañana me pregunta.
—¿Y qué le dices?
—Que eres mi primo.
—¿Tu primo?
—Mi primo de Córdoba.
Diego se ríe. Se ríe fuerte, sin reservas, con la cabeza echada hacia atrás contra el reposacabezas, y el sonido llena el coche y sale por la ventanilla abierta a la calle vacía del domingo, y María Belén se lleva el dedo a los labios y él se calla a medias, todavía riéndose, y le coge la mano que tiene en el bolso y se la aprieta.
—Tu primo de Córdoba —dice—. Vale.
—Espérame aquí.
—Aquí.
Ella abre la puerta y sale al sol. El portal del hostal está abierto, con la puerta de cristal y el felpudo raído, y en el recibidor, detrás del mostrador, la dueña mira una telenovela en una televisión pequeña con el volumen alto. María Belén sube la escalera sin que la vean, con la llave en la mano, y en el pasillo huele a lejía y a ropa limpia y a la comida de alguien que está cocinando al fondo, y abre la puerta de su habitación y entra.
La habitación está como la dejó esta mañana. La cama sin hacer, el pijama tirado en la silla, el crucifijo torcido en la pared, la ventana con la ropa tendida, dos blusas, una falda, las bragas de ayer, y el vaso de agua a medias en la mesilla. Abre el cajón de la mesilla y saca la caja rosa, vacía, con la ventanita y la tapa y el prospecto doblado dentro, y se la mete en el bolso. Coge la ropa de la ventana, la dobla deprisa, la mete en la bolsa de tela, y coge el pijama y el neceser del baño y el cargador del móvil, y cuando va a cerrar la bolsa se para.
En el fondo del cajón, debajo de donde estaba la caja rosa, hay otra caja. Blanca, con letras azules, sin abrir. La que compró en la segunda farmacia, la de la chica del piercing, y que metió en la cartera y luego pasó al cajón y se olvidó. María Belén se queda mirándola. La coge. Pesa lo que pesa un test de embarazo, nada, un palito de plástico y un sobre de papel de aluminio, y la caja está cerrada, con el precinto intacto, y por detrás pone lo mismo que ponía la otra: que se puede usar desde el primer día de retraso, que la primera orina de la mañana es la más fiable, que un resultado negativo no descarta el embarazo si se hace demasiado pronto.
María Belén se sienta en el borde de la cama.
Mira la caja. Mira la ventana con la ropa ya recogida. Mira el crucifijo torcido. Piensa en los dos test del coche, los dos negativos, los dos con una sola raya. Piensa en la semana entera, en el nudo del vientre, en la certeza que llevaba metida en el cuerpo desde el primer día en la bodega, en la mano en la barriga por la noche, en los días contados uno a uno, y en cómo esta mañana, en el bar, cuando él puso los dos test en el salpicadero y los dos dijeron que no, algo se le vació por dentro, y no supo qué hacer con el hueco.
Y piensa que han pasado cuatro días desde la bodega. Cuatro. Y que la farmacéutica mayor le dijo que volviera si salía positivo, y que la chica del piercing le dijo que su hermana compró seis antes del positivo, y que ella compró dos, y que dos no son seis, y que cuatro días no son un mes.
Rompe el precinto con la uña.
Abre la caja. Saca el sobre de aluminio, lo rasga por la muesca, y saca el palito, blanco y rosa, con la ventanita en medio y la tapa de plástico. Se levanta, va al baño del pasillo, se sienta en el váter con la puerta entornada, y se hace el test como dice el prospecto, con la primera orina que tiene, que no es la de la mañana pero es la que hay, y deja el palito encima del lavabo, en el borde, con la ventanita hacia arriba, y se queda de pie delante, mirándolo.
El prospecto dice tres minutos.
María Belén no aguanta tres minutos. Aguanta uno, y otro, y en el minuto y medio la ventanita ya tiene una raya, la de control, sola, rosa, y ella respira y no sabe si respirar de alivio o de pena, y se apoya en el lavabo con las dos manos y se mira en el espejo del baño del pasillo, que está sucio, con manchas de agua y de pasta de dientes, y se ve la cara partida, el rímel corrido, el labio hinchado, y se dice a sí misma que ya está, que no, que otra vez no, que se acabó.
Y entonces, en la ventanita, al lado de la raya de control, aparece otra raya.
Más clara. Más fina. Pero está. Una segunda raya, pálida, rosada, dibujándose despacio en el papel como una cosa que sube desde dentro, y María Belén se queda con las manos en el lavabo y la boca abierta y no respira, no puede, se le ha ido el aire otra vez, y mira la raya, y mira la raya, y la raya está, es tenue pero está, y el prospecto dice que dos rayas son dos rayas, que una raya clara es una raya, que no importa lo fuerte que sea el color, que si hay dos, hay dos.
Se sienta en el váter.
Se queda sentada con el palito en la mano, con la ventanita hacia arriba, y la raya se va haciendo más fuerte mientras ella la mira, más rosa, más entera, hasta que ya no hay duda, hasta que son dos rayas iguales, dos rayas de verdad, y María Belén se lleva la mano libre a la barriga, por encima del vestido azul floreado, y se la aprieta, y se le llena la garganta de algo que no es llanto y no es risa, y se queda así, en el baño del pasillo de un hostal de un pueblo de España, un domingo de mayo, con un test positivo en la mano y el hombre que se lo ha hecho esperándola abajo en el coche.
Se levanta. Se lava la cara. Se seca con el papel higiénico del rollo, porque no hay toalla. Mete el palito otra vez en la caja blanca, con el prospecto, y se lo mete en el bolso, al lado de la caja rosa vacía. Coge la bolsa de tela con la ropa, se la echa al hombro, y baja la escalera despacio, peldaño a peldaño, con la mano en la barandilla, y la dueña sigue con la telenovela y no la ve, y María Belén abre la puerta de cristal y sale al sol.
Diego está apoyado en el capó del coche, con los brazos cruzados, mirando la calle. Cuando la ve salir, se incorpora, y le coge la bolsa de la mano sin preguntar, y la mete en el maletero, y le abre la puerta del copiloto, y ella se sienta, y él da la vuelta y se sienta al volante y cierra la puerta.
—¿Todo? —dice.
—Todo.
Diego mete la llave. El motor tose y arranca, y él pone el intermitente y mira por el retrovisor, y María Belén tiene el bolso en el regazo con las dos manos encima, con la caja rosa y la caja blanca dentro, y la boca seca, y el corazón dándole en las costillas.
—Diego.
—Dime.
—Me he hecho otro test.
Él se gira. Se le queda la mano en la llave, el motor encendido, el intermitente marcando solo, tic, tic, tic, y la mira con los ojos verdes muy abiertos, sin la media sonrisa, sin nada, y María Belén abre el bolso, saca la caja blanca, la abre, y le enseña el palito con las dos rayas.
—Positivo —dice—. Ha salido positivo.
Diego no dice nada. Mira el palito. Mira la raya de control y la raya de la prueba, las dos, rosadas, enteras, y luego mira la cara de ella, y se le mueve la mandíbula, y traga, y María Belén ve cómo le cambia la cara, cómo se le pasa por los ojos algo que no había visto nunca, algo que no es sorpresa ni es miedo, y él alarga la mano y le coge la muñeca, la que sostiene el palito, y se la aprieta.
—¿Estás segura? —dice.
—Dos rayas.
—¿Y el prospecto?
—Dos rayas son dos rayas.
Diego suelta la muñeca de ella y se pasa las dos manos por la cara, por el pelo, y se queda con las palmas en los ojos un segundo, y luego las baja, y respira, y se gira hacia ella otra vez, y ahora sí tiene la comisura arrugada, y los ojos le brillan, y le coge la mano entera, la mano que tiene el palito, y se la lleva al pecho, a la camiseta blanca, y ella siente el corazón de él debajo, rápido, fuerte, como el motor del coche.
—Entonces nos vamos a vivir juntos —dice Diego.
—Diego.
—Nos vamos a vivir juntos. Tú y yo. En mi casa, en la del pueblo, en la que quieras. Con la ventana al este o al oeste, me da igual. Y yo dejo de fumar. Y tú dejas de contar días. Y lo criamos. Lo criamos juntos, María Belén, como te dije en el baño, como te dije en el coche, como te dije el sábado. Todo. Quiero todo.
María Belén mira el palito en la mano de él, las dos rayas, y mira la calle vacía del domingo por la ventanilla, y el colegio al fondo, dos calles más allá, con la verja y la tapia y el patio, y piensa en mañana lunes, en la sala de profesores, en la de lengua sumando, en su madre en Buenos Aires que le va a preguntar esta noche por teléfono si come bien, y no sabe qué decirle a ninguna de esas cosas, no sabe cómo se le cuenta esto a nadie, y por un momento se le llena la garganta otra vez.
—No sé si quiero todo —dice.
—Ya lo sé.
—Pero esto sí lo quiero.
Diego se queda quieto. La mano de ella en la camiseta blanca, el palito entre los dos, las dos rayas, y el intermitente marcando solo, tic, tic, tic, y él se inclina y le apoya la frente en la frente, y cierra los ojos, y María Belén cierra los suyos, y se quedan así, en el coche parado delante del hostal, con el motor encendido y la bolsa de la ropa en el maletero y un test positivo entre las manos.
Luego Diego se separa, apaga el intermitente, y mete la primera.
—Vamos a ver la casa —dice—. Y mañana, a la salida, se lo decimos a quien haya que decírselo. O no se lo decimos a nadie. Lo que tú quieras.
—Mañana hay clase.
El coche sale del aparcamiento y se mete en la carretera del pueblo, hacia la casa de Diego, hacia la ventana que ella no ha visto todavía, y María Belén se guarda la caja blanca en el bolso, al lado de la rosa, y se pone las dos manos en la barriga, por encima del vestido azul floreado, y mira por la ventanilla cómo el colegio se queda atrás, pequeño, con la verja cerrada y el patio vacío, y no dice nada, y Diego conduce con una mano y con la otra le busca la rodilla y se la aprieta, y el sol de mediodía les da de lleno en la cara a los dos.
La carretera del pueblo se estrecha a la salida de la última casa, y Diego no coge el desvío hacia la comarcal. Gira el volante a la izquierda, hacia un camino de tierra que sale entre dos tapias de piedra, y María Belén se agarra al asiento cuando las ruedas empiezan a saltar sobre los baches.
—¿Dónde vamos?
—A enseñarte una cosa.
El camino sube entre olivos. Los troncos retorcidos, grises, se alinean a los dos lados en filas que se pierden hacia el fondo del valle, y las hojas verdes por arriba y plateadas por debajo se mueven con el viento, todas a la vez, como si alguien les pasara la mano por encima. María Belén baja la ventanilla. Le entra el olor a tierra seca, a hierba, a algo que no sabe nombrar y que huele a campo de verdad, no al campo de los cuadros. Diego conduce despacio, con una mano en el volante y la otra todavía en la rodilla de ella, y no dice nada, y a ella le parece que está esperando algo.
—Es de mi madre —dice al fin—. La casa. Bueno, era de mi madre. Ahora es mía, sobre el papel. Nunca la he vendido.
—¿Y por qué no?
—Porque no.
El camino hace una curva y luego se abre. Hay una casa al final, baja, de piedra, con el tejado de teja vieja y una parra que sube por la fachada y se extiende por encima de la puerta como un techo verde. Las ventanas están cerradas, con las contraventanas de madera pintadas de un azul que fue fuerte y ahora es casi gris. Delante hay un patio de tierra apisonada con una higuera en un rincón, y una mesa de hierro oxidada, y un pozo bajo con una reja encima. No hay coche. No hay nadie. Solo el zumbido de las chicharras y el viento entre los olivos.
Diego apaga el motor. Se queda con las manos en el volante un momento, mirando la casa, y María Belén lo mira a él, y ve que tiene la mandíbula apretada, y que la cicatriz de la ceja se le marca cuando frunce el freno.
—Es pequeña —dice—. Dos habitaciones arriba, una abajo, la cocina con el fuego de leña. El baño lo hicimos hace años, cuando ella enfermó, para que no tuviera que salir al patio. Está vieja. Habría que meterle dinero. Pero está entera. La parra da uva en septiembre. Uvas negras, de las de comer, no de las de vino. Mi madre las ponía en una fuente y las dejaba en la mesa y yo me las comía todas antes de que se enfriaran.
María Belén mira la parra. Los sarmientos verdes, las hojas anchas, y entre las hojas, todavía verdes, todavía duras, los racimos pequeños que serán uva en tres meses. Piensa en septiembre. Piensa en una mesa con una fuente de uvas y en un hombre que se las come todas antes de que se enfríen, y en que ese hombre ahora tiene la mano quieta en el volante y no la mira a ella, mira la casa, como si la casa fuera lo que hay que mirar.
—Bájate —dice él—. Vamos a verla.
Ella abre la puerta. El aire de fuera es más caliente que el del coche, y huele a polvo y a higuera, y cuando pone el pie en la tierra del patio siente el sol en la cabeza como una mano. Diego saca una llave del llavero, una llave larga y vieja, y la mete en la cerradura, y la puerta se abre con un ruido de madera que se queja.
Dentro está oscuro y fresco. Huele a cerrado, a polvo, a leña vieja. Hay un recibidor pequeño con una mesa de madera y un crucifijo en la pared, y a la derecha una cocina con un fogón de hierro negro y una ventana pequeña con la contraventana entornada, y por la rendija entra un rayo de sol lleno de polvo que flota. Diego cruza, abre la contraventana del todo, y la luz entra de golpe y lo llena todo, y María Belén ve la cocina entera: la mesa camilla con el tapete de ganchillo, las sillas de enea, un calendario de una ferretería del año pasado, un vaso con cucharillas, una cafetera italiana sobre el fogón, y en la pared, junto a la ventana, un plato de cerámica con la Virgen pintada.
—Aquí comíamos —dice Diego—. En invierno, con la mesa camilla y el brasero debajo. Mi madre ponía los pies en el brasero y se le quemaban los calcetines y se enfadaba conmigo porque yo me reía.
María Belén pasa la mano por el respaldo de una silla. Está frío, y tiene una capa fina de polvo que se le queda en los dedos. Se mira la mano. El polvo, en la yema, es gris y suave como ceniza.
—¿Cuándo murió? —dice.
—Hace cuatro años. En marzo. Yo tenía veintiocho.
—¿Y no has venido más?
—Vengo a segar la parra en febrero y a cerrar las ventanas cuando empieza el frío. Nada más. —Diego se apoya en el marco de la ventana, con los brazos cruzados, y mira hacia el patio—. La alquilé un verano a unos que querían hacer no sé qué con el campo, pero me la devolvieron peor de lo que estaba y no volví a alquilarla. Y ahora está así. Como la dejó ella, más o menos. Yo no he movido nada.
María Belén sube la escalera. Los peldaños crujen, y arriba hay un pasillo corto con dos puertas. La primera es un dormitorio con una cama de hierro, un colchón enrollado en el fondo, y una cómoda con un espejo manchado. La segunda es más pequeña, con una ventana que da a los olivos, y en el alféizar hay una maceta vacía con tierra seca y una piedra encima. María Belén se queda en el umbral. La habitación está limpia. Alguien la limpió, hace tiempo, y nadie ha vuelto a ensuciarla. Hay una colcha doblada a los pies de la cama, con un dibujo de flores descolorido, y encima de la cómoda, un rosario de madera con las cuentas gastadas.
Baja la escalera despacio. Diego está en el patio, junto a la higuera, con las manos en los bolsillos, mirando la parra.
—Esta era su habitación —dice sin girarse—. La de arriba, la pequeña. La grande era mía. Yo dormía en la grande y ella en la pequeña, y por la noche, cuando era niño, me daba miedo la oscuridad y ella venía y se sentaba en el borde de mi cama hasta que me dormía. Toda la noche, a veces. Se quedaba sentada en el borde de la cama toda la noche.
María Belén se acerca. Se queda a su lado, mirando la parra, y no dice nada, porque no hay nada que decir a eso, y porque si dice algo se le va a romper la voz. El viento mueve las hojas de la higuera. En algún sitio, lejos, un perro ladra dos veces y se calla.
—Diego.
—Dime.
—¿Por qué me traes aquí?
Él se gira. La mira. Tiene el sol de frente y los ojos verdes casi transparentes, y la cicatriz de la ceja muy marcada, y no sonríe, y María Belén piensa que es la primera vez que lo ve sin la media sonrisa puesta, sin la broma delante, y le parece más joven y más viejo a la vez, como si le hubieran quitado una capa.
—Porque te lo dije en el coche —dice—. Que nos vamos a vivir juntos. Y esta es la casa. Es la única que tengo. Y quería que la vieras antes de decir nada más, porque si la ves y no te gusta, mejor saberlo ahora que en septiembre.
—No he dicho que no me guste.
—Ya lo sé. Pero no has dicho que te guste.
María Belén mira la casa otra vez. La piedra, la teja, la parra, la ventana pequeña de arriba, la que era de la madre, con la maceta vacía y la piedra encima. Piensa en el hostal, en la habitación con el crucifijo torcido y la ventana con la ropa tendida, en la dueña con la telenovela, en el colchón que no es suyo y en la maleta que no ha terminado de deshacer. Piensa en Buenos Aires, en su madre, en el piso de dos ambientes donde creció, en la ventana que daba a un patio de luces. Y piensa en la barriga, en las dos rayas, en la cosa que lleva dentro desde hace cuatro días y que ahora es de verdad, y en que esa cosa va a necesitar un sitio donde dormir, y que el sitio no puede ser un hostal de un pueblo de España con la dueña viendo telenovelas.
—Me gusta —dice—. La parra, sobre todo.
Diego suelta el aire. Se le aflojan los hombros, y la boca, y se le arruga la comisura de los ojos, y es la primera vez en todo el día que le ve la cara de siempre.
—La parra es lo mejor —dice—. En septiembre te vas a hartar de uva.
—En septiembre voy a estar gorda.
Se lo ha dicho sin pensarlo, y en cuanto lo dice se le queda la frase en la boca, colgada, y Diego la mira, y María Belén siente que se le sube el calor a la cara, y se lleva la mano a la barriga por encima del vestido azul, y se queda con la palma ahí, apretando, como si pudiera tapar lo que acaba de decir.
—En septiembre vas a estar preciosa —dice él—. Y gorda. Las dos cosas.
María Belén se ríe. Le sale una risa corta, con el labio partido, que le duele al estirarse, y se la tapa con la mano, y Diego le coge la muñeca y le baja la mano y le mira el labio, la costra, la hinchazón, y le pasa el pulgar por encima, muy suave, sin apretar.
—Te sigue doliendo.
—Un poco.
—Yo te lo he hecho.
—Ya lo sé.
—Y no me arrepiento.
María Belén le sostiene la mirada. El pulgar de él sigue en su labio, quieto, y ella no se aparta, y el sol les da en la cara a los dos, y en el patio de la casa de la madre, entre la higuera y la parra, con la puerta abierta y la cocina oliendo a cerrado, se quedan así un rato, sin decir nada, y a María Belén le parece que el nudo del vientre, el que llevaba apretado desde el primer día en la bodega, se le afloja un poco, como una cuerda que alguien ha dejado de tirar.
—Vamos a ver la parra... —empieza Diego, y se corta—. Vamos a ver la parra de cerca. Que la toques.
La lleva del brazo hasta la fachada. La parra sube por la piedra con un tronco grueso, retorcido, más leñoso que verde, y se abre por encima de la puerta en una maraña de hojas y zarcillos. Diego le levanta una hoja con el dedo, y debajo hay un racimo pequeño, verde, duro, con los granos apretados como cuentas.
—Esto en agosto empieza a ponerse negro —dice—. Y en septiembre está dulce. Hay que podarla en febrero, cuando está dormida, si no se llena de pámpanos y no da nada. Mi madre la podaba ella sola. Con una tijera de podar que todavía está en el cobertizo, colgada de un clavo. No la he tocado.
María Belén toca el racimo. Los granos están fríos y duros bajo el dedo, y la hoja que Diego ha levantado tiene el envés plateado y un poco áspero, como papel de lija fino. Piensa en febrero. Piensa en una tijera colgada de un clavo en un cobertizo, esperando a que alguien la coja, y en que ese alguien podría ser ella, con la barriga de cinco meses, podando una parra que da uvas negras de comer.
—¿Tienes tijera de podar? —dice.
Diego la mira. Se le queda la hoja en la mano, levantada, y la mira un segundo largo, y luego suelta la hoja y se le arruga la cara otra vez, y le coge la mano, la que tocaba el racimo, y se la aprieta.
—En el cobertizo —dice—. Colgada de un clavo. Te la enseño.
Y la lleva hacia la parte de atrás de la casa, con la mano de ella en la de él, y el sol de mayo les da en la nuca a los dos, y la parra se queda detrás, con los racimos verdes y duros colgando por encima de la puerta, esperando a septiembre.

