El Primer Encuentro
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El Primer Encuentro

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La parra
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Chapter 13 of 17

La parra

María Belén no entra al cobertizo. Se queda en el patio, con la mano en la barriga, mirando los racimos verdes. Diego sale con la tijera en la mano y la ve, y se queda quieto, y luego dice 'quédate', y ella le mira y no dice nada, y él dice 'quédate aquí, conmigo, en esta casa, y en septiembre podamos la parra juntos'. Ella siente el nudo en el vientre, el que llevaba desde la bodega, y se le afloja del todo, y dice 'sí', y Diego deja la tijera en el suelo y se acerca, y le coge la cara con las dos manos y le besa el labio partido, suave, y ella le agarra la camiseta y le tira hacia la puerta de la casa. The act this chapter delivers: Diego la lleva al dormitorio de su madre, la tumba en la cama con las sábanas guardadas, y la folla despacio, mirándola, y se corre dentro de ella, y ella se corre con él, con la parra esperando en el patio.

No entra al cobertizo. Diego ya va por el recodo de la casa, la mano de ella todavía en la suya, y en el momento en que el muro le tapa la parra, María Belén suelta los dedos. Se queda en el patio, con la mano libre subiéndole sola hasta el vientre, la palma abierta sobre la tela del vestido azul, y mira los racimos.

Verdes. Duros. Apretados unos contra otros como si alguien los hubiera contado. El sol de mayo les da de lleno en la nuca, a ella y a la parra, y el polvo del camino se le ha metido en los zapatos y le raspa entre los dedos cuando mueve el pie. Huele a tierra seca y a algo dulce que no es la uva todavía, algo de la higuera del fondo, o del jazmín que trepa por la tapia. No lo sabe. No conoce esta casa. No conoce el nombre de las cosas que crecen aquí.

Lo que sí conoce es el nudo. Lo lleva desde la bodega — desde el primer día, desde la primera vez contra los estantes de balones — y no es el nudo del miedo. Es otra cosa. Es como si le hubieran atado un cordel entre el ombligo y la garganta y alguien lo fuera tensando despacio, todo el mes, un poco cada día, cada vez que él la miraba en el patio, cada vez que le dejaba el nombre de ella en la boca como una fruta. Ahora está tenso del todo. Ahora no da más.

Detrás de ella, pasos. La suela de una zapatilla sobre la grava, y luego el silencio de alguien que se ha parado a mitad de camino.

No se vuelve.

—¿Qué haces? —dice Diego.

Y hay algo en la voz que no es la voz de siempre. La voz de siempre es pausada, segura, salpicada de bromas, la voz de un hombre que sabe dónde está el suelo. Esta es más baja. Esta se le queda corta al final, como si la hubiera empezado a decir y no supiera terminarla.

María Belén mira la tijera. La lleva en la mano derecha, abierta, con las dos hojas separadas, y el sol les saca un filo blanco. No la ha cerrado. Ha salido del cobertizo con la tijera abierta en la mano, como si hubiera salido corriendo.

—Nada —dice ella—. Mirando.

Y es verdad. Es lo único verdadero que ha dicho en todo el mes.

Diego se queda quieto. No se acerca. No se va. La mira desde tres metros, con la tijera abierta colgándole de la mano, y a ella le llega, sin querer, el detalle: la camiseta blanca tiene una mancha de tierra en la costura del hombro, y el pelo revuelto le cae sobre la cicatriz de la ceja, la que se le marca cuando frunce el ceño, y ahora la tiene marcada. Está frunciendo el ceño. Está pensando algo que no dice.

—Quédate —dice.

María Belén no contesta. Se le queda la mano en el vientre y la boca cerrada, y el sol dándole en la nuca, y el cordel tirando.

—Quédate aquí —dice él, y da un paso—. Conmigo. En esta casa.

Otro paso. La grava le suena bajo la zapatilla. La tijera le cuelga de la mano y no la cierra.

—Y en septiembre —dice— podamos la parra juntos.

Y ahí se le acaba la frase. Se le queda la boca abierta un segundo más de lo que dura la última palabra, y luego la cierra, y la cicatriz de la ceja se le mueve, y María Belén ve — desde fuera, como se ve una cosa que le pasa a otro — que a Diego Arias se le ha acabado el repertorio. Que el hombre que le enseñó las sílabas de mariposa y de corazón mientras le quitaba la ropa se ha quedado sin palabras en mitad de un patio, con una tijera abierta en la mano, delante de una parra que no es suya del todo.

Y el nudo se afloja.

No se rompe. Se afloja. Como cuando alguien suelta el cordel un poco, solo un poco, lo justo para que entre el aire. María Belén lo siente soltarse por dentro, entre el ombligo y la garganta, y le baja el aire a los pulmones, y le tiemblan las manos, las dos, la del vientre y la otra, y no dice nada todavía porque si dice algo se le va a quebrar la voz.

Mira los racimos. Verdes. Duros. Esperando septiembre. Y piensa, con una claridad que no había tenido en todo el mes, que septiembre es cuando nace. Que para septiembre ella va a tener la barriga que ahora solo se toca, y que la parra va a estar cargada de uvas negras, y que las dos cosas van a pasar en el mismo mes, y que eso — eso tan tonto, eso tan de nada — es lo primero que le ha parecido real desde que el test le mostró las dos rayas en el baño del hostal.

—Sí —dice.

Una sola palabra. Le sale ronca.

Diego deja la tijera en el suelo. La suelta sin mirar dónde cae, y la tijera abierta se queda en la grava, con las dos hojas separadas, y él se acerca, y le coge la cara con las dos manos — las tiene grandes, ásperas, con los callos de las pesas en la base de los dedos, y le cubren las mejillas enteras — y le busca la boca.

Le besa el labio partido. Suave. Con cuidado, como si supiera dónde está la grieta y la rodeara, y le besa primero la comisura, y luego el centro, y luego otra vez la comisura, y María Belén cierra los ojos y se le llena la boca del sabor a café y a él, y le agarra la camiseta con las dos manos, el puño cerrado sobre la tela blanca, y tira.

Tira hacia la puerta de la casa.

Diego se deja. Se deja tirar, y la sigue, con las manos todavía en la cara de ella, y los dos andan así, torcidos, a tropezones, por el patio de su madre muerta, y la puerta está abierta, y el frescor de dentro les da en la cara como un trago de agua.

La casa huele a cerrado. A madera vieja y a polvo y a algo que se ha ido apagando durante cuatro años, y los pasos les suenan fuertes en el suelo de baldosa, y María Belén no mira nada. No mira los muebles, no mira los cuadros, no mira la cocina al fondo con la mesa de hule. Solo mira el pasillo y la puerta del fondo, y tira de la camiseta de Diego hacia esa puerta, y él la deja, y por el camino le pasa la mano por la espalda, entera, de la nuca a la cintura, y le desabrocha la cremallera del vestido sin parar de andar.

El dormitorio es pequeño. Una cama de matrimonio con una colcha de ganchillo color hueso, doblada con esmero por alguien que ya no está. Una mesilla con un rosario colgado del cajón. Una ventana con visillo y la luz del patio colándose por las rendijas. Y las sábanas guardadas debajo de la colcha, limpias, con el doblez de la plancha todavía marcado, porque nadie ha dormido aquí desde marzo de hace cuatro años.

Diego las aparta. La colcha primero, con las dos manos, sin prisa, y la dobla y la deja en la silla. Y luego las sábanas, que huelen a armario, a jabón de lavar, a casa cerrada. Y María Belén se queda de pie al lado de la cama, con el vestido azul abierto por la espalda, y lo mira hacer, y por un segundo — solo por un segundo — piensa que esta es la cama de su madre. Que la sábana que él acaba de apartar la planchó una mujer que murió sin saber que existía.

Y el pensamiento le dura lo que tarda Diego en volverse.

—Ven —dice él.

Y ella va.

Se sienta en el borde de la cama y él se le pone delante y le baja el vestido por los hombros, despacio, y le pasa los brazos por las mangas, uno y otro, y el vestido cae al suelo en un charco azul. Le queda el sujetador y las bragas y las gafas. Diego le quita las gafas con dos dedos, con más cuidado del que le ha puesto nunca a nada, y las deja en la mesilla, al lado del rosario, y María Belén se queda sin verle la cara del todo, solo la mancha clara del pelo y el verde de los ojos a esta distancia corta.

—Te quiero ver —dice él.

Y es raro, porque ya la ha visto. La ha visto en la bodega, contra los estantes de balones, con la falda subida y la boca abierta. La ha visto en el aula, encima de la mesa, con la tiza todavía en la mano. La ha visto de rodillas en el suelo de la bodega, con la boca llena. Pero esto es otra cosa. Esto es que la ha traído a la cama de su madre y le ha quitado las gafas y ahora la mira como si fuera la primera vez, y María Belén no sabe qué hacer con eso, con esa mirada, y se le sube el calor a la cara.

Diego se arrodilla delante de ella. Le abre las rodillas con las manos, sin fuerza, y se mete entre ellas, y le desabrocha el sujetador por detrás, y se lo baja por los brazos, y le mira los pechos, y le pasa la boca por encima de uno, sin chupar, solo la boca abierta y el aliento, y María Belén se agarra a la colcha con las dos manos y echa la cabeza atrás.

—Despacio —dice ella. No sabe por qué lo dice. Es lo que le sale.

—Despacio —repite él, contra la piel.

Y le baja las bragas. Se las baja por las piernas, rodilla a rodilla, y se las saca por los pies, y las deja caer al suelo al lado del vestido, y María Belén se queda desnuda en la cama de una muerta, con las piernas abiertas y el hombre entre ellas, y no siente vergüenza. Siente otra cosa. Siente que el nudo se ha ido del todo y que en el sitio donde estaba hay ahora un hueco, y que el hueco pide.

Diego se levanta y se quita la camiseta por la cabeza. La mancha de tierra del hombro se le va con ella. Le queda el torso que ella conoce de verlo en el patio con los chicos, los hombros anchos, los brazos marcados, la línea del vientre que baja hasta el chándal, y se baja el chándal y los calzoncillos de una vez, y el pene le sale ya duro, tirante, con la punta húmeda, y María Belén lo mira desde la cama y se le contrae algo por dentro, abajo, un espasmo corto, y nota que se le moja el aire entre las piernas.

Él se sube a la cama. Se pone encima de ella con los codos a los lados de la cabeza, sin apoyarse del todo, y le mira la cara desde arriba, y le aparta un mechón de la frente con un dedo, y luego le busca la boca y la besa otra vez, el labio partido, con la misma delicadeza de antes, y María Belén le abre las piernas con la rodilla y le siente el pene apoyado en el muslo, caliente, pesado, y mete la mano entre los dos y lo agarra.

Lo agarra y lo guía. Lo pasa por el pelo, por la humedad, arriba y abajo, dos veces, y él se queda quieto encima de ella, con los ojos abiertos, mirándola, y ella se lo pone en la entrada y levanta las caderas.

—Entra —dice.

Y entra. Despacio, como le ha pedido. La punta primero, y el esfínter que cede, y luego el resto, centímetro a centímetro, y María Belén lo siente abrirse camino dentro y se le escapa un sonido por la garganta, un sonido que no es palabra, y le clava los dedos en la espalda, en los omóplatos, y él se queda dentro, quieto, hasta el fondo, con la frente apoyada en la de ella, respirando.

—Joder —dice él, muy bajo.

Y empieza a moverse. Despacio. Cada embestida larga, hasta salir casi del todo y volver a entrar hasta el fondo, y la cama de la madre de Diego cruje bajito con cada una, y el visillo de la ventana se mueve con el aire que entra por la rendija, y María Belén siente cada centímetro, cada vuelta, la fricción por dentro, el pene duro resbalando contra las paredes húmedas, y le pone las manos en el culo a él y tira, para que entre más.

—Más —dice—. Pero así. Así.

Y él la obedece. Sigue despacio, pero más hondo, con un ángulo nuevo, las caderas un poco más altas, y a María Belén le da en un sitio por dentro que le sube un calor por el vientre y le aprieta la garganta, y se le escapa otro sonido, más largo, y él se lo traga con la boca.

—Ahí —dice ella, con los ojos cerrados—. Ahí, Diego.

—Dime mi nombre otra vez.

—Diego.

—Otra.

—Diego.

Y él acelera un poco, solo un poco, y le mete la mano por debajo de la espalda y se la aprieta contra él, y le muerde el hombro, el mismo hombro de la primera vez, en el mismo sitio donde ya le dejó una marca, y María Belén siente el dolor y el calor juntos y se le tensa todo el cuerpo, las piernas, el vientre, los dedos de los pies, y le agarra el pelo con las dos manos.

—No pares —dice—. No pares, no pares.

Y no para. La folla despacio pero sin tregua, con la mirada fija en la cara de ella, mirándola todo el tiempo, y María Belén abre los ojos y le ve la cara encima, la cicatriz de la ceja, los ojos verdes, la boca abierta, y es la primera vez en todo el mes que se acuestan mirándose a la cara. En la bodega fue contra los balones. En el aula fue encima de la mesa, de espaldas a la pizarra. En el coche fue desde atrás, con la nuca contra el cristal. Ahora es de frente, en una cama, con las sábanas guardadas de una muerta, y ninguno de los dos aparta la vista.

El calor le sube a María Belén desde abajo, desde donde él la está abriendo, y se le concentra en el vientre, en el mismo sitio donde llevaba el nudo, y crece, y crece, y le tiemblan las piernas alrededor de las caderas de él, y le aprieta el culo con las dos manos, y le clava las uñas.

—Me voy a correr —dice ella.

—Corre —dice él—. Corre conmigo.

Y ella se corre. Se le cierra todo por dentro, el coño apretándole el pene, las piernas, la garganta, y le sale un gemido largo contra la boca de él, y Diego la sigue, dos, tres embestidas más, hondas, y se corre dentro de ella con un gruñido bajo, pegado a su oído, y María Belén lo siente llenarse, caliente, espeso, dentro, y él se queda dentro, temblando, con todo el peso encima, hasta que se le van soltando los músculos uno a uno.

Ninguno de los dos dice nada. La cama deja de crujir. El visillo se mueve. Fuera, en el patio, hay un pájaro que no cantaba antes.

Diego se aparta despacio y se tumba a su lado, y le pasa el brazo por debajo de la nuca y la atrae, y María Belén se deja, con la cabeza en el hueco del hombro de él, y le queda el semen saliéndole entre los muslos, y no se mueve para limpiarlo. No quiere. Se queda así, con la pierna encima de la de él, y la mano de Diego le baja por el vientre y se le para encima, abierta, la palma entera sobre la barriga, en el mismo sitio donde ella se la puso en el patio.

—La camiseta huele a jabón —dice María Belén.

Diego se ríe. Le suena la risa en el pecho, debajo de la oreja de ella.

—Es de mi madre —dice—. El jabón. Lo compraba a granel. Todavía queda media caja en el cobertizo.

Y María Belén cierra los ojos y se queda con eso, con el olor a jabón de una mujer que no conoció, en la cama de esa mujer, con el hijo de esa mujer todavía dentro de ella, y por la ventana entra la luz del patio y el verde de la parra, y en septiembre, cuando nazca, las uvas van a estar negras.

La mano de Diego baja. No la quita, no la levanta, la baja. Se desliza del ombligo hacia abajo, despacio, la palma abierta sobre la piel todavía caliente, y María Belén se queda quieta con los ojos cerrados y la oreja contra el pecho de él, oyéndole el corazón, que todavía va rápido.

La mano llega al pubis. Se para. Los dedos se abren y le separan los labios con dos de ellos, sin apretar, y María Belén siente el aire de la habitación donde antes no lo sentía, y se le eriza todo el vientre.

—Así —dice Diego.

No es una pregunta. Es una constatación, y le sale con la voz ronca, pegada al pelo de ella. Le mueve los dedos un poco, solo un poco, y María Belén siente el semen salirle y volver a mojarse, y él lo nota, porque se le ríe el pecho debajo de la oreja.

—Te quiero ver así —dice—. Con la barriga.

María Belén abre los ojos. Mira la pared de enfrente, el visillo, la raya de luz que entra por la rendija y cae en diagonal sobre la cómoda. Hay una foto en la cómoda. No la había visto. Una foto pequeña en un marco de plástico, con una mujer de pelo oscuro y un niño de unos ocho años con la camiseta de un equipo de fútbol. No la mira más.

—¿Con la barriga? —dice.

—Con la barriga. Cuando se te note.

Y le mueve la mano otra vez, los dos dedos abiertos, y le aprieta el clítoris con el pulgar sin querer o queriendo, y a María Belén se le escapa un suspiro corto que no era para decir nada.

—Cuando la parra dé uvas negras —dice Diego—. En septiembre. Tú vas a estar así, gorda, y yo te voy a ver desde aquí.

Le pone la mano entera otra vez, abierta, encima del vientre, y le aprieta. No fuerte. Lo justo para que ella note el peso. Y María Belén se queda mirando esa mano. La mano de un hombre que acaba de follarla en la cama de su madre muerta y que ahora le habla de septiembre como si septiembre fuera una cosa que ya estuviera pasando.

—No sabes si voy a estar gorda —dice ella.

—Vas a estar.

—No sabes nada.

—Sé que tienes dos rayas en un palito en el bolso.

María Belén se calla. Es verdad. El palito está en el bolso, en el suelo, al lado del vestido azul. Lo metió allí en el baño del hostal, envuelto en papel higiénico, con las dos rayas mirándola desde el plástico. Y no se lo ha enseñado a él. Él se enteró porque se lo dijo ella, en el patio, con la voz temblando, y desde entonces lo lleva diciendo como si fuera un hecho del mundo, como la parra o las baldosas.

—No lo he abierto delante de ti —dice María Belén.

—Ya lo sé.

—Entonces no lo has visto.

—No necesito verlo.

Y le baja la mano otra vez, se la mete entre los muslos, los dedos por encima del pelo, y se la deja ahí, quieta, como si fuera un sitio donde se guardan las cosas. María Belén tiene las piernas abiertas y el semen secándosele en el pliegue de la ingle y la mano de Diego encima, y no se mueve. No quiere moverse.

—¿Tú qué vas a hacer? —dice ella.

—¿Con qué.

—Con todo esto.

Diego se queda un rato sin contestar. Le sube la mano por el costado, hasta la axila, y se la pasa por debajo del brazo y se la pone en la espalda, abierta, y la atrae un poco más contra él. La cama cruje. El pájaro de fuera sigue cantando, o es otro, María Belén no sabe distinguir pájaros.

—El lunes voy a hablar con la directora —dice él.

María Belén se incorpora de golpe. Se apoya en un codo y se le queda mirando la cara, y ahora sí lo ve, la cicatriz de la ceja, los ojos verdes, la boca que hace un rato estaba abierta encima de la suya. Está a un palmo. Huele a ella. Huele a sexo y a jabón de lavar.

—¿Qué?

—Que voy a hablar con la directora.

—Diego.

—No voy a decir nada del embarazo —dice él, y le pone la mano en el hombro y se la aprieta, como si le estuviera explicando un ejercicio a un chico—. Voy a decir que estamos juntos. Que llevamos un mes. Que no escondemos nada.

—Nos van a echar.

—A mí me pueden echar. A ti no. Tú eres interina, tienes contrato hasta junio, y no has hecho nada que no pueda hacer una maestra.

—He follado contigo en la bodega.

—Eso no lo sabe nadie.

—Lo sabe el de conserjería.

—El de conserjería no sabe nada. El de conserjería ve bultos.

María Belén se deja caer otra vez en la cama. Se queda boca arriba, mirando el techo, que es un techo viejo con una mancha de humedad en una esquina, y siente la mano de Diego volver a bajarle por el pecho, por el vientre, hasta el sitio de antes, y quedarse ahí, encima, sin moverse.

—No quiero que lo digas el lunes —dice ella.

—¿Cuándo.

—No sé. Cuando yo sepa.

—Tú ya sabes.

—No sé nada. Tengo dos rayas en un palito de plástico que compré en una farmacia de barrio. Eso no es saber. Eso es tener dos rayas.

Diego se ríe. Le suena la risa en el pecho, otra vez, y le mueve la mano en el vientre, y María Belén siente la risa por dentro, en la espalda, donde está apoyada contra él.

—Vale —dice él—. Cuando tú sepas.

—Cuando yo sepa.

—Pero el lunes voy a dejar de fumar.

María Belén gira la cabeza y le mira.

—¿Qué tiene que ver.

—Nada. Que lo he decidido ahora.

—Estás loco.

—Puede.

Y le baja la mano otra vez, hasta el pubis, y le separa los labios con dos dedos, igual que antes, y se queda mirando el techo con ella, los dos boca arriba, como dos personas que estuvieran mirando las estrellas en vez de una mancha de humedad.

—Yo quiero verlo —dice Diego—. Quiero verte la barriga en septiembre. Quiero estar aquí cuando la parra esté negra y tú estés así, y quiero que el niño nazca en esta casa.

—No sabes si es niño.

—Me da igual.

—No sabes si es nada.

—Sé que voy a estar aquí en septiembre.

María Belén se queda callada. Mira la mancha del techo. Piensa en su madre en Buenos Aires, en el teléfono, en la voz que pondría si le dijera que está embarazada de un hombre al que conoció hace un mes en un colegio de España, en una bodega de balones. Piensa en la directora. Piensa en el claustro de profesores, en la sala de reuniones con la mesa larga, en las caras. Piensa en el hostal, en la habitación de la cama estrecha, en la maleta sin deshacer del todo porque pensaba quedarse un curso y volver.

Y piensa que no quiere volver.

—Diego.

—Dime.

—Si sale mal. Si al final no es nada. Si el palito se equivocó.

—No se equivocó.

—Si se equivocó.

Diego se gira hacia ella. Se apoya en un codo y le pone la mano en la cara, la palma entera, y le tapa media mejilla y le roza el labio partido con el pulgar, con cuidado, sin apretar.

—Entonces me quedo igual —dice—. Me quedo aquí en septiembre y tú vienes y comemos uvas y no pasa nada.

—No me creo que digas eso.

—Pues no te lo creas. Pero es lo que hay.

María Belén le coge la muñeca y se la aparta de la cara, y se la lleva al vientre, y se la pone encima con la suya, la mano de él debajo de la mano de ella, las dos abiertas sobre la piel. Y se queda así. Con la mano de Diego en la barriga y la suya encima, y el semen secándosele entre los muslos, y el visillo moviéndose, y la casa entera en silencio alrededor, una casa que lleva cuatro años sin oír nada y que hoy ha oído una cama crujir.

—¿Y tu madre? —dice María Belén.

—¿Qué pasa con mi madre.

—Que no la conozco.

—Está muerta.

—Ya. Pero tú me has traído a su cama.

Diego se queda quieto. No contesta enseguida. Le mira la mano encima de la suya, encima del vientre, y luego mira hacia la cómoda, hacia la foto del marco de plástico, y María Belén no gira la cabeza para ver qué cara pone, porque no quiere.

—Ella habría dicho que sí —dice Diego al final.

—¿A qué.

—A ti. Te habría dicho que sí.

—No me conocía.

—Le habrías caído bien. Eras maestra.

María Belén se ríe, una risa corta, por la nariz, y se le mueve el vientre debajo de las manos y Diego lo nota y le aprieta la suya un poco más.

—Eso es lo que le gustaba —dice él—. Que yo estudiara. Que no me quedara aquí con las ovejas. Y ahora la casa está vacía y yo estoy aquí y tú estás aquí, y en septiembre hay uvas.

—No sé qué decir a eso.

—No digas nada.

Y le sube la mano, la de ella y la suya juntas, hasta el pecho, y se la deja ahí, encima del esternón, donde se le nota el corazón, que va más despacio ahora, y María Belén se queda con la mano de él encima del corazón y la de ella encima de la de él, y por un momento piensa que si se queda muy quieta, si no dice nada, si no se mueve, esto va a seguir siendo verdad mañana.

—Tengo que irme —dice.

—Ya lo sé.

—El hostal cierra a las diez.

—Te llevo.

—No. Voy en bus.

—Te llevo.

María Belén se sienta en la cama. Se le escurre el semen por el muslo y lo siente, y no se limpia. Se levanta y va hasta el vestido azul, que sigue en el suelo, en un charco, y lo recoge y se lo pone por la cabeza, y se le queda la espalda abierta porque la cremallera está abajo, y busca las bragas y no las encuentra, y luego las ve, al lado de la pata de la cama, y se las pone, y siente la tela mojada contra la piel, y se pone las gafas de la mesilla, al lado del rosario, y el mundo vuelve a tener bordes.

Diego sigue tumbado. La mira vestirse desde la cama, con un brazo detrás de la cabeza, y no dice nada, y María Belén se gira y le ve ahí, desnudo, en la cama de su madre, con la marca de los dientes de ella en el hombro.

—Ven el lunes a la hora del patio —dice él.

—Voy a ir al patio como todos los días.

—Ya. Pero ven.

María Belén se queda de pie en mitad del dormitorio, con el vestido azul y las bragas mojadas y las gafas puestas, y mira la cama, y mira al hombre, y mira la foto del marco de plástico en la cómoda, y no dice nada, y sale al pasillo.

Los pasos le suenan fuertes otra vez en la baldosa. Pasa la cocina con la mesa de hule. Pasa los cuadros que no ha mirado. Abre la puerta de la calle y le da el sol del mediodía en la cara, y el patio está ahí, y la parra está ahí, con los racimos verdes colgando, duros todavía, esperando.

La puerta de la calle se cierra a su espalda y el sol le da en la nuca, y María Belén da tres pasos por el patio de tierra antes de pararse. Los racimos cuelgan verdes, duros, apretados todavía, y ella los mira y piensa que en septiembre esos granos van a estar gordos y dulces y que ella no va a estar aquí para verlo. Y da media vuelta.

La primera piedra le entra por la suela fina y le duele en el talón, y eso la para más que el pensamiento. Se queda con un pie en alto, la mano en la pared de la casa, y mira hacia atrás, hacia la puerta que acaba de cerrar, y la puerta está cerrada y la casa está quieta y por la ventana del dormitorio no se ve nada, ni una sombra, ni un movimiento, como si dentro no hubiera nadie.

Y si no hay nadie, piensa, entonces lo que ha pasado ahí dentro no ha pasado.

Se agacha a quitarse la piedra del zapato y al agacharse le sube el vestido por la espalda y el aire del campo le toca la piel donde la cremallera sigue abierta, y se endereza deprisa, mirando el camino de tierra por si viene alguien, un vecino, un perro, cualquiera que pueda verla con el vestido abierto y las bragas mojadas y el pelo revuelto, y no viene nadie, y eso también le da miedo, porque significa que está sola con lo que acaba de hacer.

Da dos pasos más y le vuelve a entrar otra piedra. Se para. Se quita los zapatos, los dos, y los lleva en la mano, y sigue descalza por la tierra, que está tibia del sol y suelta, y las plantas de los pies se le van manchando, y piensa que así, descalza, con el vestido azul y las gafas, debe de parecer una loca que ha salido corriendo de una casa.

El camino baja hasta la carretera. Son como doscientos metros entre las cepas, alineadas, con las hojas grandes y ásperas y los racimos colgando, y María Belén va pasando entre ellas y las hojas le rozan los brazos y una le roza la cara, y huele a verde, a hoja machacada, a tierra seca, y debajo de todo eso, si se queda quieta, si respira, huele a él, a la cama, al sudor, y se le cierra la garganta.

Llega a la carretera y no hay marquesina. Hay un poste con un cartel descolorido y una sombra de dos dedos al pie del poste, y nada más. Ni un banco, ni una fuente, ni una casa. Campo a un lado, campo al otro, y la carretera que se pierde en una curva hacia el sur.

Se sienta en el suelo, al lado del poste, con los zapatos en el regazo, y espera.

No sabe a qué hora pasa el bus. No lo ha preguntado. No ha preguntado nada: ni a qué hora hay bus, ni cómo se llama el pueblo, ni cuánto se tarda, ni si hay que hacer señas o el bus para solo. Se ha ido de la casa sin preguntar nada, y ahora está aquí, sentada en la tierra, con el vestido azul y las bragas húmedas y los pies negros, esperando un bus que no sabe si existe.

Mira el teléfono. Tiene cobertura, una raya, dos a ratos. Abre el mapa. La carretera no tiene nombre. El pueblo más cercano está a cuatro kilómetros y medio por donde ha venido, y ella no ha visto ningún pueblo al venir, y entonces entiende que el pueblo está en la otra dirección, la que no ha mirado, la que sigue hacia arriba por el camino de tierra.

Se le ríe la boca sola, sin ganas.

Se levanta. Se sacude la tierra del vestido con la mano, por delante y por detrás, y se pone los zapatos, uno y otro, apoyándose en el poste, y echa a andar por el arcén hacia arriba, hacia donde cree que está el pueblo, y el sol le da de lado y le calienta la oreja y el cuello, y el asfalto le devuelve el calor por las suelas.

Al primer cruce hay una señal. Un cartel pequeño, blanco, con letras que el sol ha comido. Se acerca y lee: el nombre del pueblo, y debajo, en letra más pequeña, un número, y una flecha hacia la izquierda. María Belén mira la flecha. Mira el camino de la izquierda, que es una carretera estrecha que sube entre olivos. Y mira hacia atrás, hacia la curva por donde ha venido, y no hay bus, no hay coche, no hay nada.

Y en ese momento, a lo lejos, por la carretera del sur, ve levantarse una nube de polvo.

Se queda quieta. La nube crece, se acerca, y debajo de la nube aparece el morro gris de un coche, y el coche es compacto, y tiene un bollo en la puerta del acompañante.

María Belén se lleva la mano a la boca y no sabe si reírse o sentarse en el suelo otra vez.

El coche frena a su lado. La ventanilla baja. Diego lleva el pelo revuelto, como siempre, y la camiseta blanca, y no lleva el chándal, lleva unos vaqueros, y tiene una mano en el volante y la otra en el cambio, y la mira desde dentro con los ojos verdes y no dice nada.

—No sabes dónde está el pueblo —dice al final.

—No.

—No hay bus.

—Ya lo veo.

—Hay uno a las siete y media, pero va al otro lado, a la estación de arriba.

María Belén se queda de pie en el arcén, con los zapatos manchados y el vestido abierto por la espalda y la mano todavía en la boca, y mira al hombre que ha venido detrás de ella, y piensa que ha dicho que se iba en bus y él ha dicho te llevo y ella ha dicho no, y él ha venido igual, y no sabe si eso es que la quiere o que no la escucha, y las dos cosas le aprietan en el mismo sitio.

—Sube —dice Diego.

—No.

—María Belén.

—Que no.

—Estás a cuatro kilómetros del pueblo, con los pies así, y en dos horas se pone el sol y aquí a las siete no pasa nadie. Sube.

Y tiene razón, y ella lo sabe, y eso es lo peor, que tiene razón. Abre la puerta. Se sienta. Cierra. El asiento está caliente del sol y huele a él, al coche, al mismo olor de esta mañana, y María Belén se pone los zapatos bien, se estira el vestido por las rodillas, y mira al frente, por el parabrisas, a la carretera vacía.

Diego no arranca.

—¿Qué haces —dice ella.

—Esperar.

—¿A qué.

—A que me mires.

María Belén no gira la cabeza. Mira la carretera. Mira la raya blanca del centro, que se pierde en la curva. Y siente los ojos de él encima, en la mejilla, en el cuello, en la mano que tiene apoyada en el regazo, y no gira la cabeza, y él espera, con el motor apagado, sin decir nada, y el silencio dentro del coche se va llenando de calor hasta que ella no puede más y gira la cabeza.

Diego la mira. Tiene la cicatriz de la ceja muy marcada porque está frunciendo, y los ojos verdes quietos, y la boca cerrada, y no parece enfadado ni contento, parece otra cosa que ella no sabe nombrar.

—¿Por qué te has ido así —dice él.

—Porque tenía que irme.

—Sin decir nada.

—Te he dicho que me iba.

—Me has dicho que te ibas en bus y te has ido andando por el campo sin saber dónde está el pueblo.

—Da igual.

—No da igual.

Y le pone la mano en la rodilla, encima del vestido azul, y la mano le pesa, y María Belén mira la mano y no la quita, y por debajo del vestido, en la piel, en el muslo, siente el semen de antes, que se le ha ido escurriendo y ahora está seco en parte y húmedo en parte, y la mano de él está a dos dedos de eso, y ella piensa que si él baja la mano lo va a notar, y no sabe si quiere que lo note o no.

—Vamos a casa —dice Diego.

—¿A qué casa.

—A la mía. A la de Madrid. Está a una hora.

—No.

—María Belén.

—Que no. Al hostal.

Diego la mira un rato más, con la mano en la rodilla, y luego retira la mano y arranca el coche, y el motor suena y el coche se mete en la carretera, y ella mira por la ventanilla los olivos que pasan, uno, otro, otro, y el campo, y el cielo, que ya tiene un amarillo por el oeste.

Van callados. La carretera sube, baja, gira, y el pueblo aparece de pronto, un montón de tejados y una iglesia y una plaza, y Diego no entra, la rodea por una circunvalación, y coge la autovía, y el coche se pone a ciento veinte y el ruido del motor tapa todo.

María Belén se apoya en la ventanilla. El cristal está caliente. Cierra los ojos un momento y se ve a sí misma en la cama de la madre de él, con el rosario en la mesilla y la foto en el marco de plástico, y se ve la mano de Diego subiéndole la suya hasta el pecho, y se oye decir tengo que irme, y se ve saliendo al pasillo con los pasos fuertes en la baldosa. Y abre los ojos y está en el coche, en la autovía, con el hombre al lado, y no sabe cómo ha llegado de ahí a aquí sin darse cuenta.

—¿Estás bien —dice Diego.

—Sí.

—Mientes fatal.

—Ya lo sé.

Y él se ríe, corto, por la nariz, y le pone la mano en la nuca un momento, sin apartar los ojos de la carretera, y se la quita, y María Belén se queda con el calor de la mano en la nuca como una marca.

Llegan a Madrid con la luz naranja. El hostal está en una calle estrecha, con un cartel de neón que no se enciende de día, y Diego para el coche delante, en doble fila, con las luces de emergencia puestas.

—Gracias —dice María Belén, con la mano en la manilla.

—Espera.

Ella espera. Diego mira al frente, por el parabrisas, a la calle, y se pasa la mano por la boca, y luego la mira a ella.

—El lunes —dice.

—El lunes.

—A la hora del patio.

—Diego.

—Ven.

Y María Belén abre la puerta y sale del coche, y el aire de la calle le da en la cara y huele a gasolina y a pan, y se inclina un momento hacia la ventanilla, con la mano en el techo del coche, y mira al hombre de dentro, que tiene las dos manos en el volante y la mira a ella.

—No sé si voy a ir —dice.

—Ya lo sé —dice él.

—No me esperes.

—Te voy a esperar igual.

Y arranca y se va, y el coche gris se mete en el tráfico y desaparece en la esquina, y María Belén se queda de pie en la acera, con los zapatos manchados y el vestido azul arrugado y las bragas secas ya, pegadas, y entra al hostal, sube la escalera, abre la puerta de su cuarto, se sienta en la cama, y se queda mirando la pared.

Y en la pared no hay nada. Una mancha de humedad. Un clavo sin cuadro. Y María Belén se tumba vestida, con los zapatos puestos, y se pone la mano en el vientre, encima del vestido, y se queda así, con los ojos abiertos, hasta que se hace de noche.

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