El Primer Encuentro
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El Primer Encuentro

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El lunes
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Chapter 14 of 17

El lunes

El lunes, María Belén cruza el patio con el test positivo envuelto en papel higiénico en el bolso, y ve a Diego dirigiendo el calentamiento de los alumnos; él la mira un instante y desvía la vista. En la sala de profesores, la directora le pregunta por su adaptación y ella siente la respuesta atascada en la garganta. Al salir, Diego la espera junto a la puerta de la bodega y le dice que aún no ha hablado con la directora, que quiere hacerlo con ella. María Belén le muestra el bulto del test en el bolso y le dice que no puede esperar más; él le coge la mano y la mete en la bodega, cerrando la puerta. The act this chapter delivers: Diego la empuja contra los estantes de balones, le levanta la falda y la penetra sin quitarle las bragas, corriéndose dentro de ella mientras ella le muerde el hombro para no gritar.

El patio está lleno de chicos a las nueve de la mañana, y el sol de septiembre ya aprieta. María Belén cruza por el borde, pegada a la pared, con el bolso al hombro y la mano derecha cerrada sobre la correa. Adentro del bolso, entre la cartera y el estuche de las gafas, hay un bulto pequeño envuelto en papel higiénico. Lo siente contra la cadera con cada paso. Duro. Compacto. Como una piedra que alguien le hubiera metido en el bolsillo y que no se puede sacar sin que todos la vean.

Los chicos de primero corren en círculo alrededor de Diego. Él está de espaldas, en cuclillas, marcando el ritmo con la palma abierta contra el suelo, y la camiseta blanca se le pega a la espalda en dos manchas oscuras. María Belén lo mira un segundo. Solo un segundo. Y el segundo le alcanza para que el cuerpo se le acuerde de todo: la bodega, el metal frío de los estantes contra los omóplatos, la voz de él diciéndole quieta con la boca pegada a la oreja. Se le eriza la piel de los brazos y aprieta el paso.

Él gira la cabeza. La busca. La encuentra. Los ojos verdes se le quedan encima como una mano, y María Belén siente el tirón abajo del ombligo, ese tirón que ya conoce y que odia y que no puede evitar. Después Diego desvía la vista. Vuelve a los chicos. Como si no la hubiera visto. Como si fueran dos desconocidos que se cruzan en un pasillo.

Y eso, más que la mirada, le aprieta la garganta.

María Belén entra al edificio principal por la puerta de conserjería, saluda a la secretaria con un movimiento de cabeza y sube la escalera despacio, con la mano en la baranda. El bulto del bolso le golpea el muslo. Piensa, por primera vez en toda la mañana, en lo que hay adentro del papel higiénico: dos líneas. Una más clara que la otra, pero dos. Lo miró anoche tres veces con la luz del velador, lo envolvió con cuidado, lo metió entre la cartera y el estuche, y ahora lo lleva encima como si fuera un órgano que le hubieran sacado del cuerpo y tuviera que devolverlo antes del mediodía.

En la sala de profesores hay olor a café recalentado y a papel. Dos compañeras hablan junto a la ventana. María Belén se sienta en su silla, abre el cajón, lo cierra. Mira el reloj de la pared. Las nueve y cuarto. La reunión con la directora es a las diez.

—¿María Belén?

Levanta la cabeza. La directora está en el marco de la puerta, con una carpeta azul contra el pecho y las gafas colgando de una cadenita.

—¿Tienes un momento? —dice—. Antes de la reunión.

—Sí. Claro.

María Belén se para. Se cuelga el bolso del hombro y lo aprieta contra el costado, con el codo, como si el bulto pudiera escaparse. La directora se sienta en la punta de la mesa y le señala la silla de al lado. No la de enfrente. La de al lado. María Belén se sienta y siente el papel higiénico crujir apenas contra el forro.

—¿Cómo va todo? —dice la directora—. La adaptación. Los chicos. El equipo.

María Belén abre la boca. Tiene la respuesta armada desde el viernes, la que ensayó en el espejo del hostal: que los chicos responden, que el equipo la ha recibido bien, que está contenta, que agradece la oportunidad. Pero la respuesta se le queda atascada en la garganta, detrás de la lengua, y lo único que le sale es:

—Bien.

—¿Bien?

—Muy bien —dice María Belén, y se oye la voz más aguda de lo que quisiera—. Los chicos de segundo son... son muy vivos. Y el equipo. Muy bien.

La directora la mira. No con desconfianza. Con esa plataforma por y paciencia de quien ya vio a muchos maestros nuevos llegar con la sonrisa puesta y las manos temblando.

—Si necesitas algo, mi puerta está abierta —dice—. Cualquier cosa. No solo lo pedagógico.

Y María Belén piensa: si supieras. Si supieras que llevo un test de embarazo en el bolso y que el padre está en el patio, contando saltos con los chicos de primero. Piensa eso, y la mano se le cierra sola sobre el bolso, y siente el bulto duro contra los nudillos.

—Gracias —dice—. De verdad.

La directora se para, le da dos palmadas en el hombro y sale. María Belén se queda sentada un momento más, con la vista en la puerta vacía, y respira. Le tiembla el aire al salir. Se levanta, se cuelga el bolso, y sale al pasillo.

Diego está apoyado en la pared, al lado de la puerta de la bodega. Los brazos cruzados. El pelo revuelto. La cicatriz sobre la ceja izquierda, blanca contra la piel tostada. Cuando la ve, se endereza.

—No he hablado con ella —dice, en voz baja—. Todavía no.

María Belén se detiene a dos pasos. El pasillo está vacío. Del otro lado de la puerta se oyen las voces de los chicos en el patio, lejanas, como si vinieran de otra ciudad.

—¿Por qué no?

—Porque quiero hacerlo contigo —dice él—. No solo. No por detrás.

María Belén lo mira. Tiene la camiseta pegada al pecho y una gota de sudor en la sien. Huele a pasto y a él. Y ella, por un segundo, quiere decirle que sí, que esperen juntos, que todo va a ordenarse. Después se acuerda del bulto. Del papel higiénico. De las dos líneas.

—Diego —dice—. No puedo esperar más.

Se abre el bolso. Con dos dedos, saca el paquete envuelto, lo sostiene en la palma como si pesara. El papel está arrugado y tiene una mancha amarillenta en una punta, una mancha de orina seca que se le aprieta en el pecho cada vez que la mira. Diego baja la vista al bulto. Después la sube a la cara de ella. Y algo se le mueve en los ojos verdes, algo que María Belén no sabe leer y que le da miedo y que le calienta la sangre al mismo tiempo.

—¿Es...?

—Dos líneas —dice ella—. Anoche.

Diego no dice nada. Se le mueve la mandíbula. La cicatriz se le marca cuando aprieta los dientes. Y después, sin mirar el pasillo, sin mirar la puerta, le coge la mano —la mano que sostiene el paquete— y la aprieta. La palma de él está caliente y áspera. Le cierra los dedos alrededor de los de ella, con el test adentro, como si los dos estuvieran sosteniendo lo mismo.

—Ven —dice.

Y abre la puerta de la bodega, la empuja a ella primero, y cierra.

El aire huele a caucho nuevo y a sudor seco. Los fluorescentes zumban sobre los estantes de metal, llenos de balones y de zapatillas apiladas por talla. María Belén da dos pasos y se queda quieta, con el bolso colgado del hombro y el paquete todavía en la mano. El zumbido le llena la cabeza. Diego pasa por al lado, la roza con el brazo, y va hasta la puerta. Gira la llave. El clic suena fuerte en el cuarto chico.

—Diego...

—Ya sé —dice él, y se da vuelta—. Ya sé.

Y cruza el cuarto en tres pasos y la tiene contra el estante. La espalda de María Belén choca contra el metal y un balón rueda y cae al suelo con un golpe hueco. El paquete del test se le escapa de la mano y queda en el piso, entre los dos, con el papel higiénico abierto como una flor. Diego no lo mira. Le pone una mano en la cintura y la otra en la nuca, y le levanta la cara.

—¿Estás segura? —dice, con la boca a un centímetro de la de ella.

María Belén piensa en la directora. En el pasillo. En los chicos corriendo en el patio. Piensa en la mancha del papel higiénico y en las dos líneas y en el vestido azul arrugado del sábado. Y dice:

—Sí.

Él la besa. Le mete la lengua sin preámbulo, y el sabor de él —café y algo salado— le llena la boca. María Belén se agarra de la camiseta blanca con las dos manos y tira, y Diego gruñe contra sus labios y le levanta la falda con una mano, la falda de la mañana, la gris, y le mete la mano entre los muslos por encima de las bragas.

—Ya estás mojada —dice contra su boca.

—Cállate.

—No.

Le corre el dedo por encima de la tela, de arriba abajo, y María Belén se muerde el labio partido y siente el dolor y el gusto a sangre y el calor de la mano de él ahí, en el lugar donde todo el cuerpo se le junta. Diego le baja las bragas de un tirón, hasta las rodillas, y las deja ahí, trabadas, y después se abre la cremallera del chándal. El sonido de la cremallera le eriza la nuca a María Belén. Es un sonido que ya conoce. Un sonido que le abre algo adentro.

—Date vuelta —dice él.

—No.

—¿No?

—Así —dice María Belén, y le agarra la cara con las dos manos—. Así, mirándome.

Diego la mira. Un segundo largo. Y después la levanta por las caderas, la sienta sobre el borde del estante, entre dos balones, y se le mete entre las piernas. El metal le clava un borde en los muslos. María Belén se agarra del estante de arriba con una mano y con la otra se agarra del hombro de él, y siente la tela de la camiseta entre los dedos, y siente el pene de Diego —duro, caliente, resbaladizo en la punta— buscándole la entrada.

—Decime que sí —dice él.

—Sí. Metela.

Y entra. De una sola vez, hasta el fondo, y María Belén se muerde el labio para no gritar y siente cómo la estira, cómo la llena, cómo el cuerpo se le abre alrededor de él como si estuviera hecho para eso. Diego se queda quieto un segundo, con la frente pegada a la de ella, respirando fuerte por la nariz.

—Mierda —dice—. Mierda, María Belén.

—Movete.

Y se mueve. La primera embestida la empuja contra el estante y un balón se cae al piso. La segunda le saca un sonido de la garganta no lla misma no reconoce. La tercera la hace agarrarse con las dos manos del metal y cerrar los ojos. Diego le mete la cara en el cuello y le habla ahí, contra la piel, con la voz ronca:

—Te sentí todo el fin de semana. En el patio. En la reunión. Te sentí acá.

—Callate —dice María Belén, y le clava los dedos en la espalda.

—No me callo. —Y le da más fuerte—. Estás embarazada. Estás embarazada de mí.

La palabra le cae encima como agua caliente. María Belén abre los ojos y mira el techo, los fluorescentes, el zumbido, y siente que el cuerpo se le aprieta alrededor de él, que la vagina se le cierra y se le abre en oleadas, y que el placer le sube desde donde están unidos hasta la garganta. Diego la embiste más rápido. El estante golpea la pared con un ritmo sordo. Los balones ruedan. El olor a caucho se mezcla con el olor de los dos, con el perfume de ella, con el sudor de él, y María Belén piensa que si alguien pasa por el pasillo va a oír el golpeteo, va a oír el jadeo, va a saber.

—Más —dice.

—¿Más?

—Más. Diego. Más.

Él le agarra las caderas con las dos manos y la tira hacia él en cada embestida, y María Belén siente cada centímetro, el roce en la entrada, la presión adentro, el punto ese que le hace temblar las piernas. Le muerde el hombro. Le muerde la camiseta y la piel debajo, y él gime y no la aparta, la aprieta más, y ella muerde más fuerte, con los dientes cerrados, para no gritar, para no decir el nombre de él en voz alta en un colegio a las diez de la mañana.

—Estoy cerca —dice Diego, con la boca contra su oreja—. ¿Adentro?

—Adentro. Sí. Adentro.

Y él se corre. Con un empujón final que la clava contra el estante, con un gemido largo que le vibra en el pecho a ella, y María Belén lo siente llenarla, el calor espeso que se le derrama adentro, la pulsación de él contra las paredes de ella, una, dos, tres veces, y se queda quieta, con los ojos abiertos, mirando los balones que ruedan a sus pies.

Diego se queda un segundo así, hundido, jadeando contra su cuello. Después se separa. Despacio. Y María Belén siente el semen salir con él, tibio, y resbalarle por el muslo por debajo de la falda. Las bragas siguen trabadas en las rodillas, empapadas, y una gota le corre por la parte de adentro del muslo hasta la rodilla.

Diego abre la boca. Va a decir algo. María Belén le pone un dedo en los labios.

—No —dice—. Todavía no.

Y los dos miran el paquete del test en el piso, entre los balones, con el papel higiénico abierto y las dos líneas hacia arriba. Y los dos saben, sin decirlo, que la conversación con la directora ya no puede esperar.

María Belén se agacha. El borde del estante le queda a la altura del pecho, y tiene que doblar las rodillas para alcanzar el paquete. El papel higiénico está abierto como una flor marchita, y las dos líneas siguen ahí, hacia arriba, quietas, como si no supieran lo que acaban de hacer. Las agarra con dos dedos, las envuelve otra vez, y las mete en el bolso, entre la agenda y el estuche de las gafas.

Después se sube las bragas. Están frías. El elástico le raspa la cadera, y el algodón se le pega a la piel húmeda, y siente el semen de Diego correr un poco hacia abajo, hacia la entrepierna, y apretarse ahí. No se limpia. No busca el papel. Se sube las bragas hasta arriba, se baja la falda gris con las dos manos, y se pasa las palmas por delante, alisando la tela. Una arruga queda igual. No importa.

Diego está de espaldas, subiéndose el chándal. La cremallera sube con un sonido corto. Se pasa la mano por el pelo revuelto, se lo echa para atrás, y cuando se da vuelta tiene la cara de alguien que acaba de correr cien metros.

—¿Y ahora? —dice.

María Belén se cuelga el bolso del hombro. El peso del test adentro la tira un poco hacia un lado.

—Ahora vamos a hablar con la directora.

Diego se queda quieto. No dice nada. La mira como si le hubiera hablado en otro idioma.

—María Belén.

—Ahora —dice ella—. Los dos. Juntos.

—¿Sabes lo que estás diciendo?

—Sé perfectamente lo que estoy diciendo. —Se ajusta las gafas con el índice, que le tiembla un poco, y por eso las agarra con las dos manos y se las acomoda bien sobre la nariz—. Se te ocurrió decirme en la reunión que ya íbamos a esperar. Que el lunes. Que hablabas vos. Y yo me pasé el fin de semana entero con esto adentro —se toca el vientre, por encima de la falda, sin darse cuenta— y hoy entré a este colegio como si no pasara nada, y me senté en una silla y escuché a la directora preguntarme si me estaba adaptando. Si me estaba adaptando, Diego.

—Ya lo sé.

—No lo sabes. —Da un paso hacia él—. No sabes lo que es estar en el patio y verte cruzar y que no me mires. No sabes lo que es tener esto en el bolso —golpea el bolso con la palma— y pasar por al lado de la secretaria y sonreírle.

Diego se pasa una mano por la mandíbula. La cicatriz de la ceja se le marca cuando frunce el ceño, y ahora la tiene marcada.

—Puede costarnos el trabajo a los dos.

—Puede.

—A vos más que a mí. Vos tenés un contrato nuevo. Un año de prueba. Si la directora se levanta mal...

—Puede —dice María Belén otra vez, y la voz le sale más firme de lo que esperaba.

Se miran. El zumbido de los fluorescentes llena el cuarto. En algún lugar del colegio, lejos, suena un timbre, y después el ruido de siempre: chicos, puertas, un balón contra una pared.

Diego da un paso. Le pone la mano en la cintura, encima de la falda, sin apretar.

—Si entramos ahora —dice—, entramos con todo. No es una reunión de pasillo. Es sentarse en esa oficina y decirle que estamos juntos. Que va a haber un hijo. Que el colegio va a tener que aguantarse lo que se diga en la sala de profesores.

—Ya sé lo que es.

—¿Y lo tenés pensado? ¿Lo pensaste de verdad, o lo estás diciendo porque estás apurada?

María Belén se queda con la pregunta encima. Es una pregunta justa. La odia por eso.

—Lo pensé en el ómnibus —dice—. Volviendo del pueblo. Todo el camino. Y lo pensé anoche, en la cama, mirando la pared. Y lo pensé hace cinco minutos, contra este estante.

—¿Y?

—Y no quiero esperar a que se te ocurra. —Le pone la mano en el pecho, sobre la camiseta blanca, y siente el corazón de él golpeando debajo—. No quiero estar un mes más escondiéndome en los pasillos. No quiero que la próxima vez que me toques sea en una bodega con la puerta con llave. Quiero entrar con vos.

Diego baja la vista. Mira la mano de ella en su pecho. Después mira el piso, donde quedó un balón suelto, y después la puerta cerrada.

—La directora es dura —dice—. No le gustan los líos.

—Entonces mejor llegar antes de que se entere por otro.

Él levanta la cara. Y sonríe. No es la sonrisa del patio, la de las bromas con los chicos. Es otra, más chica, más de adentro.

—Mirá vos —dice—. La maestra nueva.

—Callate.

—No, en serio. —Le agarra la muñeca, se la levanta, y le besa el dorso de la mano, rápido, sin ceremonia—. Me gusta.

María Belén siente el beso en la piel como si le hubiera puesto la boca en otro lado. Se le aprieta la garganta. No va a llorar en una bodega de artículos deportivos a las diez y veinte de la mañana.

—Vamos —dice, y se suelta la muñeca.

Diego va hasta la puerta. Gira la llave. El clic suena igual que antes, pero ahora del otro lado. Abre.

El pasillo está vacío. Largo, de baldosas grises, con las puertas de las aulas cerradas y la luz de la mañana entrando por las ventanas altas. Al fondo, junto al tablón de anuncios, hay una silla sola, con una mochila encima. Nadie.

María Belén sale primero. La falda le queda arrugada en la parte de atrás, y lo sabe, y no se la toca. Camina con el bolso colgado del hombro y el test adentro golpeándole la cadera con cada paso. Diego sale detrás y cierra la puerta de la bodega. No la traba.

—¿La directora está ahora? —pregunta ella, sin darse vuelta.

—Los lunes tiene reunión de equipo hasta las once. Después está en el despacho.

—¿Qué hora es?

Diego mira el reloj. Se le ve la muñeca, el vello claro, la correa de goma del reloj de deporte.

—Diez y veinticinco.

—Entonces esperamos.

—¿Dónde?

María Belén se detiene. Mira el pasillo. No puede volver a su aula, no con la cara que tiene. No puede sentarse en la sala de profesores, donde a esta hora hay tres o cuatro tomando café y mirando el teléfono. No puede ir al patio.

—En el coche —dice Diego, como si le leyera el pensamiento—. Está en la puerta de atrás. Nos sentamos ahí y a las once entramos.

—¿Y si nos ve alguien?

—Que nos vea.

María Belén lo mira. Él tiene las manos en los bolsillos del chándal y los hombros anchos y la cara tranquila, como si acabara de proponerle ir a tomar un café.

—Está bien —dice ella.

Salen por la puerta de atrás. El patio de cemento está vacío a esta hora, con las líneas blancas del campo de fútbol sala pintadas en el suelo y una red sin arco colgada de un poste. Hace sol. El aire huele a tierra mojada y a cloro, del vestuario. María Belén camina rápido, con la cabeza baja, y siente la mirada de las ventanas del primer piso en la nuca, aunque no hay nadie.

El coche gris está donde siempre, con la abolladura en la puerta del acompañante. Diego abre y ella se mete. El asiento está frío. Cierra la puerta y el ruido del patio se apaga de golpe, y quedan los dos adentro, en ese silencio de coche estacionado que María Belén ya conoce.

Diego se sienta al volante. No arranca. Pone las manos en el volante, una a cada lado, y mira para adelante, hacia la pared de ladrillo del gimnasio.

—¿Tengo que decirte algo? —dice.

—¿Qué?

—Antes de entrar. Si hay algo que quieras que sepa la directora, o algo que no. Lo digo yo o lo decís vos. Como quieras.

María Belén se acomoda en el asiento. El bolso le queda sobre las rodillas, y adentro está el test envuelto en papel higiénico, y las dos líneas, y todo lo que pasó desde el primer día en la bodega. Piensa en la directora. En la cara que va a poner. En la sala de profesores. En su madre, en Buenos Aires, que todavía no sabe nada. En el contrato de un año. En el vestido azul del sábado.

—Vos hablás —dice—. Yo te agarro la mano.

Diego la mira. Se le arruga la comisura de los ojos.

—¿La mano?

—La mano. —María Belén abre el bolso, saca el paquete del test, y lo deja sobre la guantera, entre los dos, con el papel higiénico todavía alrededor—. Y esto lo pongo arriba de la mesa. Cuando ella pregunte. Si pregunta.

Diego mira el paquete. Después la mira a ella.

—Vos sabés lo que eso significa.

—Sé lo que significa.

—Que no hay vuelta atrás.

—Ya no hay vuelta atrás —dice María Belén, y se abrocha el cinturón.

Diego se queda un segundo con la llave en la mano, sin meterla. Después la mete, y el motor arranca con un temblor corto, y no lo apaga, aunque no van a ir a ningún lado. Es solo el ruido. El ruido de estar los dos adentro, esperando.

Pasan los minutos. Por la ventanilla, el patio se va llenando: un chico cruza corriendo con una mochila, después dos, después un grupo. Suena el timbre del recreo. Las voces suben. María Belén mira la puerta del edificio principal, al fondo, y cuenta las ventanas hasta la del despacho de la directora. Está abierta. Hay una cortina clara moviéndose un poco.

—¿Once? —dice.

Diego mira el reloj.

—Once menos cuarto.

—Esperamos.

Él asiente. Se pasa la mano por el pelo. Después baja la ventanilla un dedo, y entra el olor del patio, el grito de los chicos, el golpe de un balón contra el cemento. María Belén cierra los ojos. Siente el peso del test sobre la guantera, a un palmo de su rodilla. Siente la humedad de las bragas, que ya se está enfriando, y el borde del cinturón apretándole la cadera, y el labio partido, que le late.

—Diego.

—¿Qué?

—Cuando salgamos de ahí —dice, sin abrir los ojos—, no me sueltes la mano.

Él no contesta enseguida. Después siente el calor de la mano de él sobre la suya, encima del bolso, con los dedos ásperos y la palma callosa, y la aprieta.

—No te la suelto.

María Belén abre los ojos. Por la ventanilla, la cortina clara del despacho se mueve otra vez. Alguien la corrió para mirar el patio.

—Ya casi —dice.

Y Diego le aprieta la mano, y los dos miran la puerta del edificio principal, y esperan a que den las once.

María Belén abre el bolso despacio, como si adentro hubiera algo que pudiera romperse. El cierre corre. Mete la mano y toca el bulto blando del papel higiénico, lo reconoce por la forma antes de verlo, y lo saca con las dos manos y lo deja sobre las rodillas, encima del vestido.

—¿Lo abro acá? —dice.

—Donde quieras.

Ella mira por la ventanilla. El patio sigue llenándose. Un chico de primero corre con la mochila a la espalda y se le cae un estuche, y se agacha a levantarlo sin parar de correr. Nadie mira el coche gris. Nadie sabe que están adentro.

Empieza por una punta. El papel higiénico está arrugado del viaje, de haber estado en el bolso desde el sábado, y se deshace en tiras finas que se le pegan a los dedos. Lo va desenvolviendo con cuidado, vuelta por vuelta, y el plástico aparece debajo, blanco, con la tapa de la ventanita todavía puesta.

Diego no dice nada. Tiene las manos en el volante, aunque el coche está apagado, y la mira de reojo, y después mira para adelante, y después la mira otra vez. La cicatriz de la ceja se le marca cuando frunce el entrecejo, y se le marca ahora.

María Belén termina de sacar el papel. Lo junta todo en una bola y lo deja a un lado, sobre el asiento, entre su cadera y la puerta. El plástico queda limpio en su mano. Le da la vuelta. La ventanita está tapada con la tapa de siempre, la que ella misma puso el sábado en el baño del hostal, con el pulgar, después de mirar.

—¿Lo destapo? —pregunta, y la voz le sale más baja de lo que esperaba.

—Vos sabés lo que hay abajo.

—Sí.

—¿Y lo querés destapar igual?

María Belén piensa. Piensa en la directora, en la cortina clara que se mueve, en las once. Piensa en su madre en Buenos Aires, en el teléfono que no va a sonar hasta que ella lo haga sonar. Piensa en el contrato de un año, en el aula de tercero, en los veintiséis chicos que la llaman señu. Piensa en el vestido azul del sábado, que ya está lavado y colgado en el hostal.

—Lo quiero destapar —dice—. Pero no para mí.

Diego la mira de frente ahora. Tiene los ojos verdes quietos, sin la risa de siempre.

—¿Para quién?

—Para ella.

María Belén mete la uña bajo la tapa y la levanta. El plástico cede con un chasquido chico. Adentro, en la ventanita, hay dos líneas. Una fuerte, la de control, la que ya conocía. Y la otra, más clara, al lado, la que el sábado en el baño del hostal la dejó sentada en el borde de la cama con el test en la mano y el corazón en la garganta.

Las dos líneas siguen ahí.

María Belén las mira un segundo, dos. Después gira el test y lo pone sobre el panel del coche, del lado de Diego, apoyado contra el parabrisas, con la ventanita hacia arriba, para que se vea desde afuera. El sol le da de lleno. Las dos líneas quedan iluminadas, nítidas, sobre el plástico blanco, entre el volante y la guantera.

—Ahí —dice.

Diego mira el test. Mira las líneas. Después la mira a ella, y hay algo en la cara que a María Belén le cuesta leer, porque no es alegría ni es miedo, es las dos cosas apretadas en la misma mueca.

—¿Por qué en el panel?

—Porque cuando entremos —dice María Belén—, quiero que lo lleve en la mano. No en el bolso. No envuelto. En la mano. Y que la directora lo vea. Que lo vea sobre el escritorio, entre los papeles, mientras hablamos. No quiero esconderlo más.

Diego se pasa la lengua por el labio. Después estira el brazo y apoya el índice sobre el plástico, al lado de las líneas, sin tocarlas, como si midiera la distancia entre ellas. El dedo le queda un momento ahí, sobre el borde de la ventanita, y después lo corre despacio por encima del plástico, de arriba abajo, sobre las dos líneas, con la yema, como si pudiera sentirlas debajo.

—Están —dice.

—Están.

—¿Y vos querés que ella las vea antes de que yo diga nada?

—Quiero que las vea mientras vos hablás. Que no tenga que imaginárselo. Que lo tenga ahí, en la mesa, y que sepa que no es un chisme de pasillo, ni una cosa que pasó una noche. Que sepa lo que es.

Diego retira el dedo. Lo mira un segundo, como si le sorprendiera tenerlo limpio. Después apoya la mano entera en el volante otra vez, y la aprieta, y los nudillos se le ponen blancos un momento, y después se le sueltan.

—Vamos a entrar con esto en la mano —dice.

El motor ronronea entre ellos, porque nunca lo apagó, y el ruido llena el coche, y por la ventanilla baja un dedo entra el grito de los chicos en el patio, y el golpe de un balón contra el cemento, y una voz de mujer que llama a alguien por su nombre desde la puerta del gimnasio.

María Belén mira el reloj del tablero. Once menos cinco. Mira el test apoyado en el panel, con las dos líneas al sol. Mira la puerta del edificio principal, al fondo del patio, y la cortina clara del despacho, que ya no se mueve.

—Diego.

—¿Qué?

—Cuando ella pregunte de quién es la decisión —dice María Belén, y se le quiebra apenas la voz en la última palabra, y se la aguanta—, la decisión es mía. Vos sos el que habla. Yo soy la que decide. Decile eso.

Diego la mira un rato largo. Después asiente, una sola vez, con la mandíbula apretada.

—La decisión es tuya —repite, como si lo estuviera guardando para decirlo bien adentro.

María Belén se acomoda las gafas con el índice. Tiene las manos frías y el labio partido le late, y por debajo del cinturón, contra la cadera, siente todavía el borde de la hebilla, y más abajo la humedad que se va enfriando, y todo eso junto le da una especie de calor raro, de estar entera y despierta en un coche apagado con el motor prendido, esperando a que den las once para entrar a decir la verdad.

Afuera, un chico se acerca al coche, mira el parabrisas, y sigue de largo.

—Nos vio —dice María Belén.

—Nos vio el coche. No nos vio a nosotros.

—¿Y si después lo cuenta?

—Que lo cuente.

María Belén se ríe, corto, sin ganas, y se le escapa el aire por la nariz. Es la primera vez que se ríe desde que salió del aula. Diego la mira de reojo y se le arruga la comisura de los ojos, apenas, y no dice nada.

El timbre suena otra vez, el del final del recreo, y el patio empieza a vaciarse. Las voces se van apagando y quedan las pisadas, el arrastrar de las mochilas, una puerta que se cierra. En dos minutos el patio está vacío, con las líneas blancas del campo de fútbol sala y la red sin arco colgada del poste, y el sol pegándole a la pared del gimnasio, y el coche gris en el mismo lugar de siempre, con la abolladura en la puerta del acompañante.

María Belén mira el test sobre el panel. Las dos líneas siguen ahí, quietas, iluminadas. Piensa que en un rato, si todo sale como tiene que salir, esas dos líneas van a estar sobre el escritorio de la directora, entre una carpeta y un vaso de agua, y la directora va a mirarlas, y va a mirarla a ella, y va a tener que decir algo. Y lo que diga, diga lo que diga, ya no va a poder desdecirlo.

—¿Tenés miedo? —dice Diego, sin mirarla.

María Belén piensa la respuesta. La piensa de verdad, no la que queda bien.

—Tengo miedo de que me mire como me miró el primer día —dice—. Como si yo fuera la maestra nueva que no sabe dónde está parada. No tengo miedo de lo otro.

—¿De lo otro no?

—De lo otro ya tuve miedo toda la semana. Ya me lo gasté.

Diego asiente. Se pasa la mano por el pelo revuelto, se lo aparta de la frente, y se le vuelve a caer. Después mira el reloj.

—Once menos dos.

María Belén se saca las gafas y se limpia los cristales con el borde del vestido, porque están empañadas, y no sabe si del calor del coche o de ella. Se las vuelve a poner. El mundo se le ordena otra vez, las líneas del patio, la pared del gimnasio, la puerta del edificio principal, la cortina clara del despacho, todo nítido y en su lugar.

—Cuando entremos —dice—, vos te sentás a mi izquierda. Yo me siento al medio. El test lo ponés vos sobre la mesa, no yo. Y me agarrás la mano por debajo, donde no se vea. Y si ella pregunta algo que yo no quiero contestar, me apretás la mano y yo sé que tengo que hablar yo. ¿Entendido?

—Entendido.

—Y si me pongo a llorar —dice María Belén, y se le corta la voz otra vez, y esta vez no se la aguanta del todo—, no me saques de ahí. Me dejás llorar y seguimos.

Diego estira el brazo y le pone la mano sobre la nuca, sin apretar, con la palma abierta, y se la deja ahí un momento, caliente, con los dedos metidos en el pelo suelto de la coleta. No dice nada. Ella cierra los ojos y respira por la nariz, una vez, dos veces, y siente la mano de él pesándole en la nuca como una cosa que la sostiene.

Después Diego retira la mano. Vuelve al volante. Mira el test sobre el panel, y las dos líneas, y después mira la puerta del edificio principal, al fondo del patio vacío.

—Ya es la hora —dice.

María Belén mira el reloj del tablero. Once en punto. Afuera, el patio está en silencio, con el sol alto y la red sin arco colgada del poste, y la puerta del edificio principal cerrada, y la cortina clara del despacho quieta del todo.

Estira la mano y toca el test con la yema del índice, sobre el plástico, al lado de las líneas, y lo empuja un poco hacia Diego, para que quede más cerca de él que de ella.

—Vamos —dice.

Diego cierra la mano sobre el plástico. Lo levanta del panel, lo mira un segundo a la altura de los ojos, con las dos líneas contra el sol de la ventanilla, y después lo baja y lo apoya sobre el muslo, boca abajo, para que no se vea desde afuera. El chasquido de la tapa al cerrarse le queda en la oreja a María Belén como una cosa que ya no se puede deshacer.

—Boca abajo no —dice ella.

Diego la mira.

—¿Por qué no?

—Porque si va boca abajo, cuando la saques en el despacho la vas a dar vuelta ahí, delante de ella, y va a parecer que la estás mostrando como una carta. Que la vea desde el primer momento. Que la vea cuando entres. Que no tenga que esperar a que la des vuelta.

Diego se queda un momento con el test en el muslo, y después lo da vuelta otra vez, despacio, y lo deja con la ventanita hacia arriba, apoyado en la pierna, contra el chándal, donde el plástico blanco se le marca sobre el gris. Las dos líneas quedan al sol que entra por la ventanilla del conductor, y él las mira de reojo cada tanto, sin querer, como quien mira un reloj.

—¿Y ahora qué hacemos con el papel? —dice María Belén.

Mira la bola de papel higiénico sobre el asiento, entre su cadera y la puerta. Está arrugada, con las tiras finas que se le desprendieron al desenvolver, y una punta le toca el borde del vestido azul. Piensa que si la deja ahí, cuando abra la puerta para bajarse, el papel va a caer al piso del coche, y va a quedar ahí, en la alfombrilla, hasta que alguien lo barra o hasta que el coche se venda. Piensa que no quiere que quede.

—Lo tiro —dice—. En el primer tacho que haya adentro.

—Dejalo. Después lo tiro yo.

—No. Lo tiro yo.

Lo junta con la mano, lo aprieta en el puño, y el papel se le mete entre los dedos, blando, con la humedad del calor del coche. Lo deja sobre la falda, encima del vestido, y se lo tapa con la otra mano, como si fuera algo que hay que llevar con cuidado.

Afuera, el patio sigue vacío. La red sin arco cuelga del poste y se mueve apenas con el viento, un vaivén corto, y el sol le pega a la pared del gimnasio y le saca un color naranja a la pintura vieja. En la esquina del edificio principal, una ventana se abre y se cierra, y no sale nadie. Un pájaro se para en el borde de la red, la mueve, y se va.

María Belén se mira las manos. Tiene el papel en una, el borde del vestido en la otra, y las uñas cortas, con una cutícula levantada en el pulgar, de la tiza de la mañana. Piensa que en un rato va a estar sentada en una silla de despacho, con las manos sobre la falda, y que la directora va a mirarle las manos en algún momento, porque la gente mira las manos cuando no sabe dónde mirar, y que las va a tener ahí, quietas, con el papel escondido en el puño.

—Diego.

—¿Qué?

—¿Vos te acordás de la primera vez que me miraste?

Diego se da vuelta. La cicatriz de la ceja se le mueve cuando levanta una ceja, y después se le queda quieta.

—En el pasillo, el primer día. Cuando ibas con la carpeta y te paraste porque no sabías para dónde doblar.

—No me acuerdo de eso.

—Yo sí. Te paraste en el medio del pasillo y miraste para los dos lados, y yo venía por atrás y me quedé parado, y vos no me viste. Y yo pensé: esta se va a perder.

María Belén se ríe, corto, y esta vez con un poco más de ganas que la anterior.

—Y me perdí.

—Te perdiste.

—Y vos me encontraste.

—Yo estaba en el pasillo. Vos te perdiste sola.

María Belén lo mira. Tiene el test sobre el muslo, con la ventanita hacia arriba, y el sol le da en la cara y le saca el verde de los ojos, y por un momento parece más chico, sentado ahí en el asiento del conductor con el motor prendido y el test en la pierna, como un chico que espera a que le den permiso para algo.

—¿Y si ella dice que no? —dice María Belén.

—¿Que no a qué?

—A que estemos juntos en el colegio. A que yo siga dando clases. A que vos sigas dando educación física. A todo.

Diego se pasa la mano por la boca, de arriba abajo, y después la deja en el volante.

—Entonces no —dice—. Y buscamos otra cosa.

—¿Otra cosa dónde?

—No sé. En otro colegio. En otro pueblo. En otro lado.

—Yo tengo un contrato de un año —dice María Belén, y se le endurece la voz sin querer—. Y un alquiler que no pagué todavía este mes. Y un pasaje de vuelta que no compré. Y una madre en Buenos Aires que no sabe nada de vos.

—Ya sé.

—¿Y entonces?

—Y entonces nada. Vamos a entrar y le decimos la verdad, y lo que ella diga, lo diga. Y después vemos.

María Belén mira el test sobre el muslo de Diego. Las dos líneas siguen ahí, claras, una fuerte y una más clara, y el sol las ilumina de costado y les saca un brillo en el borde. Piensa que esas dos líneas no saben nada de contratos ni de alquileres ni de pasajes ni de su madre. Que están ahí, en un plástico de farmacia, y que son lo único cierto que tiene en la mano.

—Cuando entremos —dice—, no me sueltes la mano.

—No te la suelto.

—Ni cuando ella hable. Ni cuando yo hable. Ni cuando me ponga a llorar.

—No te la suelto.

María Belén asiente. Se acomoda el vestido sobre las rodillas, se pasa el papel de una mano a la otra, y mira por la ventanilla. El patio sigue solo, con el sol alto, y la puerta del edificio principal cerrada, y la cortina clara del despacho quieta, y en el reloj del tablero los números siguen marcando las once en punto, como si el tiempo se hubiera quedado parado en el mismo minuto desde que estacionaron.

—¿Estás lista? —dice Diego.

María Belén respira por la nariz. Una vez. Dos veces. Siente el aire entrarle frío y salirle caliente, y siente el labio partido latirle con cada respiración, y siente el test de Diego sobre el muslo, cerca de su rodilla, sin tocarla, y siente el papel en el puño, y todo eso junto le da una especie de calma rara, de estar por fin en el lugar donde tenía que estar.

—Estoy lista —dice.

Diego pone la mano en la manija de la puerta. El motor sigue ronroneando entre ellos, llenando el coche, y por la ventanilla baja entra el olor del cemento caliente y del pasto recién cortado, y en algún lado del edificio alguien golpea una mesa o una puerta, tres golpes secos, y después silencio.

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