El patio está vacío a esta hora, y el sol de la tarde cae entero sobre las baldosas grises, que devuelven el calor como una plancha. María Belén siente el papel arrugado contra la palma, húmedo ya de su propio sudor, y el test de Diego —el test que él lleva en la mano, cara arriba, sin disimular— le pesa en el rabillo del ojo como una piedra. Caminan pegados, hombro con hombro, y los pasos les retumban en el silencio del colegio vacío, un eco que no se acaba nunca, que rebota en la fachada y vuelve.
—No mires el test —dice Diego, sin girar la cabeza.
—No lo estoy mirando.
—Lo estás mirando.
María Belén aprieta los dedos. El papel cruje. Piensa en decirle algo, cualquier cosa, pero se le queda en la boca, y en ese silencio se oye —nítido, metálico— el chirrido de una ventana que se abre en el primer piso. Los dos levantan la cabeza al mismo tiempo.
La directora asoma medio cuerpo por el marco. Tiene las gafas subidas a la frente y una carpeta en la mano, y los mira desde arriba con esa cara de quien lleva toda la mañana esperando algo y ya no recuerda bien qué. Los ve —a los dos, juntos, en medio del patio— y algo en su expresión se ordena, se pone en su sitio, como una pieza que encaja.
—¡Ah! —dice, y les hace una seña con la carpeta, un gesto imperioso, dos dedos hacia dentro—. Suban. Suban, suban.
La ventana se cierra. El chirrido otra vez, más corto.
Diego se detiene en seco, y María Belén se detiene con él porque le tiene la mano. Le aprieta los dedos, fuerte, hasta que los nudillos le duelen, y ella siente el papel húmedo aplastarse contra su palma y contra la palma de él, y por un segundo no sabe si el gesto es para darle ánimo o para pedírselo. Mira de reojo el test en la otra mano de Diego. Dos líneas. Dos líneas claras, rojas, sin discusión posible, y ahí arriba, detrás de esa ventana, hay una mujer que va a mirarlas.
—¿Y ahora? —dice María Belén.
—Ahora subimos.
—Diego.
—Subimos —repite él, y la suelta la mano para poder abrir la puerta del edificio, y al soltarla le deja el papel pegado a los dedos, húmedo y caliente, como una segunda piel.
El portal está en sombra y huele a linóleo y a tiza vieja. La escalera sube en dos tramos, con barandilla de hierro pintada de verde, y cada peldaño devuelve el golpe de sus zapatos con un eco distinto, más hueco a medida que suben. María Belén va detrás de Diego, mirándole la espalda, la camiseta blanca pegada al lomo por el calor, y cuenta los escalones sin querer. Uno. Dos. Tres. En el cuarto se le enreda el pie en el borde y tiene que agarrarse a la barandilla, y el hierro le quema la palma.
—¿Estás bien? —Diego se gira, medio escalón por encima de ella, y le busca la cara.
—Sí. Es el calor.
—Es el calor —dice él, y no le cree, y ella sabe que no le cree, y los dos siguen subiendo.
En el rellano, antes de la puerta del despacho, Diego se para. La puerta está cerrada, con su placa de metal —DIRECCIÓN— y una pequeña ventana de cristal esmerilado por la que no se ve nada, solo una mancha de luz. Se oyen papeles, el roce de una silla. Diego se vuelve hacia ella y le mira el puño, el puño cerrado, apretado contra la falda, y el papel asoma entre los dedos como un gusano blanco.
—¿Lo tirás? —pregunta.
María Belén mira su propia mano. No se había dado cuenta de que la tenía cerrada. Abre los dedos, uno por uno, y el papel cae al suelo, al linóleo verde, y se queda ahí, arrugado, una bolita húmeda que rueda un centímetro y se detiene.
—Ya está —dice.
Diego no dice nada. Levanta la mano y golpea la puerta con los nudillos, dos veces, seco, y desde dentro una voz dice «adelante», y Diego abre, y al entrar los dos le pasan por encima al papel, y el papel queda debajo de sus zapatos, aplastado contra el linóleo, sin que nadie lo mire.
El despacho es grande y está en penumbra, con la persiana bajada hasta media ventana. La directora está de pie detrás de su mesa, ordenando unos folios en una carpeta, y cuando los ve entrar les dedica una sonrisa profesional, ancha y breve, de esas que se ponen y se quitan como una goma elástica.
—Diego, María Belén. Pasad, pasad. —Señala dos sillas delante de la mesa, enfrentadas a la suya—. Sentaos.
María Belén se sienta. La silla es de madera, dura, con el asiento frío a través de la falda, y cruje cuando se acomoda. Diego se sienta a su lado, tan cerca que los codos casi se tocan, y pone el test sobre la mesa, cara arriba, entre los dos y la directora, sin decir nada, como quien pone una carta boca arriba en una partida.
La directora lo mira. Un segundo. Dos. La sonrisa no se le cae, pero se le queda quieta, como si se le hubiera congelado en la cara.
—Bueno —dice, y se sienta despacio en su silla, y junta las manos sobre la carpeta—. Contadme.
Diego abre la boca, pero María Belén se le adelanta. No sabe de dónde le sale la voz, pero le sale firme.
—Estoy embarazada —dice—. De Diego. Queríamos que lo supiera antes de que se enterara por otro lado.
La directora no contesta enseguida. Mira el test, luego a Diego, luego a María Belén, y en ese orden, como si estuviera sumando una cuenta. Fuera, en el patio, un pájaro se posa en la barandilla y se va. La persiana deja pasar una franja de luz que cruza la mesa en diagonal y le ilumina a la directora media cara.
—¿Y vosotros qué queréis que yo haga? —dice por fin.
—Nada —dice Diego—. Que lo sepa. Eso es todo.
—Nada —repite la directora, y la palabra se le queda en la boca como si le supiera rara—. En septiembre, ¿qué? ¿Los dos aquí, con un niño?
—En septiembre yo voy a estar en la casa de mi madre —dice Diego—. En el campo. María Belén se viene conmigo. Ella da clase hasta junio.
La directora asiente despacio, y por un momento parece que va a decir algo más, algo que tiene preparado, pero no lo dice. Abre la carpeta, saca un folio, lo mira sin leerlo, lo vuelve a meter. La franja de luz se ha movido un centímetro por la mesa y la silla de María Belén cruje cuando cambia el peso de un muslo al otro.
—Bien —dice la directora—. Bien. Es una decisión vuestra, y os agradezco que me lo hayáis dicho a la cara. —Cierra la carpeta—. ¿Alguna pregunta?
Y en ese momento, debajo de la mesa, la mano de Diego se posa en la rodilla de María Belén.
Ella se queda quieta. La mano es grande, caliente, y pesa. Los dedos se cierran un poco, con calma, como si fuera lo más natural del mundo, como si llevaran toda la tarde así, y por debajo de la falda empiezan a subir, despacio, sin prisa, mientras Diego mira a la directora a los ojos y no dice nada, y la directora lo mira a él, esperando una pregunta que no llega.
—¿Nada? —insiste la directora.
María Belén siente los dedos de Diego en el borde de la falda, en el pliegue donde el muslo se junta con la cadera, y siente el pulgar buscar el borde de la ropa interior por debajo de la tela, encontrarlo, y quedarse ahí, quieto, apoyado, como quien llega a casa y deja las llaves en la mesa.
—No —dice Diego—. Ninguna.
La directora se levanta. María Belén intenta levantarse también, pero la mano de Diego la sujeta, la aplasta contra la silla, y ella se queda sentada, con las dos manos en el regazo, apretando los dedos, mirando a la directora que ya está de pie y que no se da cuenta de nada, y por la cabeza le pasa, veloz, la idea de que si se mueve, si hace un solo movimiento, todo se va a ver.
—Pues nada más —dice la directora, y rodea la mesa para acompañarlos a la puerta—. Diego, ya hablaremos de la plaza de septiembre. Y tú, María Belén, si necesitas algo, lo que sea, ya sabes dónde estoy.
—Gracias —dice María Belén, y la palabra le sale aguda, rara, y tose para taparlo.
Los dedos de Diego ya están dentro de la ropa interior. La encuentran húmeda, resbaladiza, y él no se detiene, no duda, desliza el índice por la raya, de arriba abajo, lento, y María Belén siente el roce en la espalda, en la nuca, en los dientes, y clava las uñas en la palma de su propia mano para no hacer ningún ruido. La directora está de pie a un metro, apoyada en la mesa, mirándolos con esa sonrisa profesional que ya se le está cansando en la cara.
—¿Seguro que no tenéis ninguna pregunta? —dice—. A veces, con estas cosas, surgen dudas después.
—Ninguna —dice Diego, y su voz no tiembla ni un poco, y mientras lo dice le mete el dedo entero a María Belén, hasta el fondo, sin avisar, y ella se muerde el labio partido y siente el sabor de la sangre otra vez, caliente, metálico, y las rodillas se le juntan solas.
—Bueno —dice la directora, y mira el reloj—. Yo tengo que cerrar el despacho. ¿Os importa?
—Claro —dice Diego—. Nos vamos.
Y no se va. Se queda sentado, con el dedo dentro de ella, moviéndolo despacio, hacia arriba, buscando, y María Belén siente que se le llena la boca de saliva y que no puede tragar, y que la franja de luz de la persiana le da justo en las manos, en el regazo, donde tiene los puños cerrados, y piensa que si la directora mira ahí, si mira un segundo más, lo va a ver todo.
La directora coge la carpeta, la mete en un cajón, cierra el cajón con la llave. El ruido de la llave llena el despacho, y debajo de ese ruido, tapado por ese ruido, Diego saca el dedo y lo vuelve a meter, más hondo, y María Belén siente cómo la silla cruje bajo su falda y reza para que el crujido se confunda con la madera del suelo.
—¿Estás bien, María Belén? —dice la directora, y la mira—. Estás muy colorada.
—El calor —dice María Belén—. Es el calor del patio.
—Claro —dice la directora—. Con este tiempo, cualquiera.
Diego añade un segundo dedo. María Belén siente el estirón, el ardor, la humedad que le corre por dentro del muslo, y se aprieta las manos contra el vientre, sobre la falda, sobre la mano de Diego que está debajo, y por un segundo piensa que la directora va a ver el bulto, la mano, el movimiento, pero la directora ya está en la puerta, con la mano en el pomo, esperando.
—Venga, os acompaño.
Diego retira la mano. La retira despacio, deslizándola por el muslo, y María Belén siente el aire frío del despacho en la piel mojada, y se levanta, y las piernas le tiemblan, y tiene que apoyarse en el borde de la mesa un segundo, un solo segundo, antes de dar el primer paso.
—Hasta luego —dice la directora, y les abre la puerta.
Salen al rellano. La puerta se cierra detrás de ellos con un golpe suave. Y ahí, en el linóleo verde, delante de sus pies, sigue el papel arrugado, aplastado, con la marca de un zapato encima.
María Belén lo mira. Diego también lo mira. Ninguno de los dos lo recoge.
—¿Lo ves? —dice Diego, en voz baja, y le pone la mano en la espalda, la misma mano, y ella siente los dedos húmedos a través de la blusa—. No ha pasado nada.
María Belén no contesta. Baja el primer escalón, y el eco le devuelve el golpe, y en la pierna, por dentro del muslo, siente la humedad que le baja sola, y sabe que no va a poder sentarse en el coche sin dejar una marca en el asiento.
Baja otro escalón, y otro, y el eco la persigue por el hueco de la escalera como si alguien bajara detrás. La pierna le pesa. Por dentro del muslo la humedad ha seguido su camino y ahora está en el borde de la media, un hilo tibio que no se detiene. Piensa en el asiento del coche, en la tela gris, en la mancha que va a quedar ahí, oscura, redonda, imposible de confundir con otra cosa, y aprieta los muslos al bajar el siguiente tramo, como si con eso pudiera pararlo.
No lo para.
Diego va medio paso detrás. No la toca. Solo la sigue, y el sonido de sus zapatillas en el linóleo es más blando que el tacón de ella, y por eso, cuando el tacón deja de sonar, él también se para.
María Belén se ha detenido en el rellano del primer piso. Delante, la puerta de cristal del vestíbulo deja entrar la luz de la mañana ya alta, blanca, con el patio detrás y los árboles quietos. Se oye una pelota botando lejos, tres botes, y después una voz de niño que grita un nombre que no es el suyo.
—¿Qué haces? —dice Diego.
—Nada. —Se lleva la mano al pelo, a la coleta, y se la encuentra suelta, medio caída, con un mechón pegado a la sien—. Que me tiemblan las piernas.
Diego se acerca. No la agarra del brazo ni la empuja contra la pared; se pone a su lado, en el mismo escalón, mirando hacia la misma puerta de cristal que ella, y desde ahí, sin mirarla, le habla bajo, con la voz puesta en el hueco de la escalera para que suba y no salga.
—Se te ha quedado todo dentro —dice—. ¿Lo notas?
María Belén no contesta. Lo nota. Lo nota desde que se ha levantado de la silla, un peso líquido que se mueve con ella, que se le ha ido colando entre los pliegues de la ropa interior y ahora está ahí, tibio, suyo y de él a la vez, y cada vez que da un paso lo siente desplazarse.
—No lo limpies —dice Diego—. Ni en el baño. Ni con papel. Nada.
—Diego.
—Que no.
Y entonces se gira. Le pone la mano en la nuca, por debajo de la coleta caída, y le tira la cabeza un poco hacia atrás, y se inclina, y le pega la boca al oído. No al lado del oído. Al oído. Los labios le tocan el lóbulo, el borde, la piel que está detrás, y cuando habla el aliento le entra en el canal y le calienta hasta el fondo, y María Belén siente el calor subirle por el cuello, por la mandíbula, hasta la raíz de los dientes.
—Guárdamelo —dice Diego, muy bajo, casi sin voz, con la boca pegada a la oreja—. Guárdamelo hasta el coche.
El aliento le vuelve a entrar. Ella cierra los ojos. La mano de Diego sigue en su nuca, quieta, con los dedos abiertos sobre el pelo, y el pulgar le roza la cicatriz del lóbulo, esa que se hizo de niña con un pendiente, y ella no se mueve, no abre los ojos, no dice nada, y por dentro de los muslos el hilo tibio se ha vuelto un pulso.
—Que no voy a poder esperar a llegar a casa —dice Diego, y ahora sonríe, se le nota en la voz, en el aire que le sale caliente contra la oreja—. Que lo sepas. Lo he pensado toda la reunión. Mientras tú le hablabas de septiembre a la directora, yo pensaba en esto.
—Cállate —dice María Belén, y le sale flojo, sin filo.
—En el coche. En el aparcamiento de atrás, donde no hay nadie a esta hora. Te vas a sentar encima de mí y no vamos a llegar a casa, te lo digo ahora para que no te pille.
María Belén aprieta los muslos. Lo hace sin querer, sin decidirlo, un movimiento corto de rodillas que le sube por la cadera y le cierra todo, y con el cierre siente el peso que lleva dentro moverse otra vez, correrse hacia delante, y tiene que morderse el labio partido para no hacer ningún ruido en el rellano vacío. El sabor de la sangre le vuelve, metálico, y esta vez no le importa.
—Y ahora bajas las escaleras —dice Diego—. Delante de mí. Y no te gires.
Le suelta la nuca. El aire del rellano le entra por donde estaba la mano y le da frío. María Belén abre los ojos. Delante, la puerta de cristal, el patio, la pelota que ya no bota. Detrás, el hueco de la escalera por donde han bajado, y arriba, en el segundo piso, la puerta del despacho cerrada con la directora dentro, ordenando sus folios, ajena, poniéndose la sonrisa otra vez para el siguiente que llame.
Baja.
Un escalón. El tacón suena, y con el sonido sube el movimiento de dentro, ese desplazamiento lento que le recuerda, paso a paso, lo que lleva guardado. Otro escalón. La barandilla le queda a la derecha y la agarra, y la mano le deja una marca de sudor en el hierro. Otro. La falda le roza por detrás las corvas con cada bajada y es como si alguien le pasara un dedo por el revés de las rodillas.
Diego baja detrás. No la toca. Solo el sonido blando de sus zapatillas, un escalón por encima, dos, tres, siguiéndola a la misma distancia, y María Belén siente ese sonido en la espalda como si fuera una mano.
En el último tramo, el vestíbulo se abre. Hay una mesa de conserjería a la izquierda, vacía a esta hora, con un vaso de agua a medio beber y un periódico doblado. Hay un corcho de anuncios con folios de colores y una chincheta suelta en el suelo. Hay, en la puerta de cristal, la mancha de una mano, de alguien que empujó al salir, y por la mancha entra la luz y se ve el polvo que flota en el aire quieto.
María Belén llega al suelo. El linóleo del vestíbulo es distinto del de arriba, más claro, con cuadros, y al pisarlo el tacón cambia de sonido, se vuelve seco, corto, y por un momento el vestíbulo le devuelve el eco de sus propios pasos y nada más.
Entonces se oye la pelota otra vez. Bota cerca, al otro lado del cristal, y una sombra cruza por delante de la puerta y se va. Un niño. Alguien del patio que ha venido a beber agua y se ha ido, y María Belén se queda quieta, con la mano todavía en la barandilla, mirando la puerta de cristal por donde en cualquier momento puede entrar alguien, un alumno, la de lengua, el conserje, cualquiera, y verlos ahí a los dos, a ella con la coleta caída y la cara colorada y la falda torcida, y a él detrás, con esa cara que pone cuando está contento de algo y no lo dice.
—Diego —dice, sin girarse—. La puerta.
—Ya lo sé.
Diego pasa a su lado. No la coge de la mano; abre la puerta de cristal y la sostiene con el hombro, y el aire de fuera entra de golpe, caliente, con olor a patio, a tierra regada, a esa planta que hay junto a la valla y que suelta un perfume dulzón a esta hora. María Belén cruza. El sol le da en la cara y tiene que entrecerrar los ojos, y las gafas se le empañan un segundo por el cambio de luz.
El patio está casi vacío. Es la hora del recreo largo, y los niños están todos en la parte de atrás, detrás del edificio, donde no se ve nada desde aquí. Delante de ellas se extiende el aparcamiento, cuatro coches, uno de ellos el gris de Diego, con la puerta del copiloto abollada, aparcado de través en la última plaza, junto al muro de ladrillo y a la sombra del plátano grande.
María Belén mira el coche. La distancia es corta. Veinte pasos, veinticinco. Los cuenta sin querer, con el tacón, y con cada paso que da hacia él el hilo de dentro se mueve, y ella aprieta los muslos y sigue andando, y piensa que el asiento del copiloto es de tela clara, que ya lo ha visto, que ya sabe cómo va a quedar.
—Espera —dice Diego, y le pone la mano en el codo—. No tan rápido. Que vamos los dos juntos, no que tú vas sola a esconderte.
—No me estoy escondiendo.
—Ya.
Le suelta el codo. Caminan los dos, uno al lado del otro, a paso normal, como dos profesores que salen del edificio a la misma hora por casualidad. Al pasar junto a la valla, María Belén ve, por el hueco entre los barrotes, la parte de atrás del patio: dos filas de niños haciendo una carrera, y en medio, con el silbato en la boca, la profesora de gimnasia suplente que ha cubierto las clases de Diego esta semana. No la ven. No los ven. Pero están ahí, a cuarenta metros, y cualquiera de esos niños puede girar la cabeza.
Diego llega al coche primero. Abre la puerta del copiloto y se queda con la mano en el marco, esperando, y mira a María Belén con los ojos verdes quietos, sin sonrisa ahora, con esa intensidad que le pone cuando deja de bromear y pasa a otra cosa.
María Belén se para delante de la puerta abierta. El asiento está ahí, claro, de tela, con una mancha antigua de café cerca del respaldo que ya conocía. El salpicadero. Las llaves puestas. El test de embarazo ya no está encima, lo ha debido de guardar Diego en la guantera o en el bolsillo, y no lo ve, y por un segundo se pregunta dónde lo ha metido, y esa pregunta, pequeña, tonta, le da tiempo.
—Sube —dice Diego.
María Belén se lleva la mano a la falda, por delante, y la alisa. Es un gesto inútil; la falda está arrugada de la silla, del despacho, de la mano de Diego debajo, y no se va a alisar. Pero lo hace. Y mientras lo hace, siente en el borde de la ropa interior, otra vez, el peso tibio que lleva guardado desde la mesa de la directora, y sabe, con una certeza que le baja por las piernas hasta los tobillos, que en cuanto se siente en esa tela clara va a quedar una marca, y que Diego la va a ver, y que eso es exactamente lo que él ha querido desde que le ha hablado al oído en el rellano.
Se agacha. Se sienta.
La tela del asiento está caliente por el sol que le ha dado toda la mañana, y al recibirla se le pega a los muslos por detrás, y María Belén cierra las piernas despacio, con las dos rodillas juntas, las manos en el regazo, la espalda recta contra el respaldo, y mira al frente por el parabrisas, hacia el muro de ladrillo, y no dice nada.
Diego cierra la puerta. El golpe le suena cerca, en el hombro, y después el otro golpe, el de la puerta del conductor, y el coche se hunde un poco de su lado cuando él se sienta. Mete la llave, la gira, y el motor arranca con un temblor que le sube por el asiento hasta la cadera y le llega, pequeño, a donde tiene el pulso.
—¿Lo notas? —dice Diego, con las dos manos en el volante, mirando al frente como ella.
—Sí.
—¿Qué notas.
María Belén traga. Mira el muro. En el retrovisor, pequeño, recortado, se ve la puerta de cristal del edificio, y detrás de la puerta, en el vestíbulo, la mancha de la mano en el cristal, y más allá, en la penumbra del pasillo, la puerta del despacho de la directora, cerrada.
—Que se me está bajando —dice—. Por la pierna.
Diego no contesta. Pone la marcha, y el coche se mueve, y al primer bache del aparcamiento el cuerpo de María Belén se desplaza en el asiento, y con el desplazamiento el peso de dentro se le corre hacia un lado, y ella aprieta los dientes y mira el muro de ladrillo que se acerca por el parabrisas, y por debajo de la falda, en la tela clara, ya sabe que hay una mancha.

