El Primer Encuentro
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El Primer Encuentro

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El asiento
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Chapter 16 of 17

El asiento

María Belén se sienta en el asiento del copiloto y siente la humedad pegársele a la piel, dejando una marca oscura en la tela, y Diego lo mira sin decir nada, con el motor en marcha. Enciende un cigarrillo, lo apaga contra el cenicero, y le dice que la directora les ha creído, que ya no tienen que esconderse, y que esta noche quiere dormir con ella en la casa de su madre. Ella mira el papel arrugado que ha quedado en el suelo del rellano, y siente la mano de Diego en su rodilla, subiendo despacio por el muslo, mientras el coche se detiene en el semáforo. Le dice que no sabe si quiere ir, pero él le responde que ya está decidido, que ella lleva su marca en el cuello y su semen dentro, y que esta noche la va a follar en la cama de su madre hasta que grite su nombre. El semáforo cambia a verde, y Diego acelera, y ella siente la mano de él meterse bajo su falda, y no dice nada. The act this chapter delivers: Diego conduce con una mano en el muslo de María Belén, y cuando llegan a la casa de su madre, la lleva a la cama y la folla despacio, mirándola a los ojos, hasta que ella viene gritando su nombre y él se corre dentro de ella.

El coche se detiene en el semáforo y el cuerpo de María Belén se queda quieto, con las manos sobre el regazo y los muslos apretados, y siente la humedad pegándose a la piel, la tela de la falda adhiriéndose, la marca oscura creciendo en el asiento claro. No la mira. Mira el muro de ladrillo que tiene delante, y el retrovisor donde se recorta la puerta de cristal del edificio, y más allá, la mancha de la mano en el cristal, y la puerta del despacho de la directora, cerrada. Ya no está cerrada. Está abierta, y lo que hay detrás ya no es un secreto, y ella no sabe si eso la alivia o la deja más desnuda que antes.

Diego enciende un cigarrillo con una mano, sin mirarla, y el humo llena el coche y se mezcla con el olor a cuero viejo y a colonia barata. Ella tose un poco, sin querer, y él la mira entonces, con esos ojos verdes que arrugan la comisura cuando sonríe, pero no sonríe. Da una calada larga, la sostiene, y apaga el cigarrillo contra el cenicero con un gesto seco, como si el humo le hubiera sabido a otra cosa.

—Te ha creído —dice, y la voz le sale ronca, como si hubiera estado conteniendo el aliento desde que salieron del despacho—. Nos ha creído. Ya no tenemos que escondernos.

María Belén traga. Mira el papel arrugado que ha quedado en el suelo del rellano, junto a sus pies, el papel donde la directora ha escrito el nombre de Diego con una caligrafía apretada, y piensa que podría recogerlo, alisarlo, guardarlo en el bolsillo como hace con todo, como hizo con el pañuelo de la bodega y con las tiras de los test. Pero no lo recoge. Deja que el papel se quede ahí, arrugado, pisoteado, y siente la mano de Diego en su rodilla, subiendo despacio por el muslo, y no dice nada.

—Esta noche quiero dormir con vos —dice él, y la mano sigue subiendo, rozando la piel por encima de la media—. En la casa de mi madre. Quiero que duermas en mi cama, conmigo, y que mañana te despiertes ahí.

—No sé si quiero ir —dice ella, y la voz le sale pequeña, casi un susurro, y siente la mano de él detenerse en el borde de la falda, los dedos jugando con la tela, sin pasar todavía.

—Ya está decidido —dice él, y la mira con una intensidad que le corta la respiración—. Llevás mi marca en el cuello. Llevás mi semen dentro. Esta noche te voy a follar en la cama de mi madre hasta que grites mi nombre.

El semáforo cambia a verde, y Diego acelera, y el coche se mueve, y con el movimiento la mano de él se mete bajo la falda, y ella siente los dedos rozar la piel desnuda, subir por el muslo, y no dice nada. No dice que sí. No dice que no. Aprieta los dientes y mira el muro de ladrillo que pasa por la ventanilla, y siente la mano de él subir, más arriba, hasta encontrar el borde de la ropa interior, y los dedos jugar con la tela húmeda, y el pulgar acariciar la piel, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—No te limpiaste —dice él, y no es una pregunta. Es una constatación, con un dejo de orgullo en la voz, como si hubiera estado esperando que ella obedeciera, que llevara su semen dentro todo el camino, como una prueba.

—No —dice ella, y siente la humedad entre las piernas, la mezcla de su propio deseo y de lo que él dejó dentro, y la mano de él apretar el muslo, los dedos hundiéndose en la piel.

—Bien —dice él, y acelera, y el coche toma una curva y ella se desplaza en el asiento, y con el desplazamiento siente el peso de dentro correrse hacia un lado, la humedad deslizándose por la pierna, y aprieta los dientes y mira la carretera que se abre delante, los campos secos, el sol de la tarde que empieza a declinar.

No hablan. El coche avanza por la carretera comarcal, dejando atrás el pueblo, dejando atrás el colegio, dejando atrás el despacho de la directora y la puerta de cristal con la mancha de la mano. María Belén mira por la ventanilla y piensa en la casa de su madre, en la cama con las sábanas limpias, en la parra de la fachada, y siente la mano de Diego en el muslo, quieta ahora, como si esperara algo, y no sabe qué espera, y no sabe qué va a encontrar cuando lleguen.

La carretera se estira delante de ellos, recta y vacía, y María Belén cuenta los postes de la luz que pasan, uno, dos, tres, como si contar la ayudara a no pensar en la humedad que se le escurre por la pierna, en la mano quieta sobre su muslo, en el papel arrugado que dejó en el suelo del rellano. Cuatro, cinco. El seis no llega porque Diego frena, despacio, y se aparta de la carretera hacia un camino de tierra que ella no había visto, bordeado de olivos bajos y polvo que se levanta detrás del coche como una cortina.

—¿Qué hacés? —pregunta ella, y la voz le sale más aguda de lo que quería, y siente el coche detenerse bajo un olivo grande, la sombra cayendo sobre el parabrisas como una mano fresca.

Diego apaga el motor y se queda un momento con las manos en el volante, mirando al frente, los nudillos blancos. Después gira la cabeza y la mira, y hay algo en esos ojos verdes que ella no le ha visto antes, algo que no es la risa de siempre ni la urgencia de la bodega, algo más quieto, más pesado.

—No quiero llegar así —dice él, y la voz le sale baja, casi ronca—. No quiero llegar a mi casa con vos pensando que no sabés si querés estar ahí.

Ella traga. Siente el peso de la tarde sobre los hombros, el sol que se cuela entre las ramas del olivo, la humedad que se le enfría contra la piel.

—No sé qué quiero —dice, y es la verdad, y le duele decirlo en voz alta, delante de él, con el test positivo todavía envuelto en papel de baño en el fondo de su bolso—. No sé si es miedo o si es otra cosa.

—Decime qué es otra cosa.

—No sé —repite, y se muerde el labio inferior, y siente el sabor de la sangre que ya se le había curado, el mismo labio de siempre, el mismo gesto de siempre—. Es que todo pasó tan rápido. El test, la directora, la casa. Y yo todavía no termino de entender cómo llegué acá.

Diego no dice nada. Se queda mirándola, con el codo apoyado en el volante y la cabeza ladeada, como si la estuviera leyendo, como si pudiera verle el miedo por dentro, y ella quiere mirar a otro lado pero no puede, no con esos ojos verdes clavados en los suyos.

Él aparta la mano de su muslo y la pone sobre el volante, con los dedos abiertos, como si necesitara soltarla para poder pensar. El silencio entre ellos se llena del canto de un pájaro que no ve, del roce de las ramas del olivo contra el techo del coche. María Belén mira sus propias manos, las uñas cortas, la piel agrietada por el jabón de la escuela, y piensa que podría abrir la puerta y bajar, caminar por el camino de tierra hasta la carretera, y no sabe si Diego la dejaría ir.

—No te estoy pidiendo que entiendas todo hoy —dice él, y la voz ya no es la del profesor de educación física que llena el gimnasio con sus gritos, sino otra, más despacio, como si estuviera eligiendo cada palabra con cuidado—. Te estoy pidiendo que vengas conmigo. Que esta noche duermas en mi cama. Y que mañana, si querés, me digas que no.

Ella levanta la cabeza y lo mira. Tiene el pelo revuelto, la camiseta blanca arrugada donde ella se aferró durante la reunión, y la cicatriz sobre la ceja izquierda más visible que nunca con la luz de la tarde entrando por el parabrisas. Quiere decirle que no entiende cómo puede quererla tanto cuando apenas la conoce, que no entiende cómo puede estar tan segura de algo que le da tanto miedo, pero las palabras se le atascan en la garganta, y lo único que sale es un suspiro que suena a rendición.

—¿Y si no sé? —pregunta, y se sorprende del propio temblor en la voz—. ¿Y si voy y mañana sigo sin saber?

Diego sonríe, pero no es la sonrisa de siempre, la que arruga la comisura de los ojos. Es una sonrisa más pequeña, más cansada, como si también él hubiera estado cargando algo que ahora puede soltar.

—Entonces mañana vas a estar en mi casa, conmigo, sin saber —dice—. Y yo voy a estar ahí, mirándote, esperando a que lo averigües. No tengo apuro, corazón. Tengo todo el tiempo del mundo.

El sol se ha corrido detrás del olivo y la sombra sobre el parabrisas se ha vuelto más densa, más fresca. María Belén siente la humedad entre las piernas, ya no caliente sino tibia, pegada a la piel, y piensa en la cama de la madre de Diego, en las sábanas limpias que alguien preparó, y se pregunta si ella también estará limpia cuando llegue, o si llevará siempre esta marca, esta prueba, este peso que no puede nombrar.

—Bueno —dice, y es apenas un hilo de voz, pero es un sí, y lo sabe, y él lo sabe, porque enciende el motor sin decir nada y el coche retrocede despacio, dando la vuelta entre los olivos, volviendo a la carretera comarcal.

El camino de vuelta es más corto de lo que ella recordaba, o quizá es que ya no cuenta los postes de la luz, sino las manos de Diego sobre el volante, los dedos que de vez en cuando se apartan para cambiar de marcha, la forma en que la mira de reojo, sin disimular, como si le estuviera diciendo algo que no se atreve a decir en voz alta. Cuando el coche se detiene delante de la casa, la fachada ya no le parece la de una casa vacía, sino la de un lugar que podría ser suyo, con la parra seca esperando el septiembre, la puerta de madera oscura, las ventanas con las persianas bajadas.

Diego apaga el motor y se queda un momento con las manos en el volante, mirando la casa, y después sale sin decir nada, rodea el coche y le abre la puerta, y ella baja con las piernas temblorosas, sintiendo la humedad que se le escurre por el muslo, la falda adhiriéndose a la piel, y él la toma de la mano y la guía hacia la puerta, y ella cruza el umbral, sintiendo el crujido del sofá bajo su peso, sus telas ásperas rozando su piel desnuda, y la puerta se cierra detrás de ellos.

Él la besa antes de que ella pueda ver el interior de la casa, la besa con una urgencia que no es la de la bodega ni la del aula, sino otra, más profunda, como si estuviera pidiendo permiso y confirmación al mismo tiempo, y ella responde, porque ya no sabe decir que no, porque ya no quiere decir que no, porque el miedo y el deseo se han mezclado en una sola cosa que le late en el centro del pecho, y él la lleva hacia la cama, y ella va.

La casa está quieta cuando la puerta se cierra detrás de ellos. El crujido del sofá se apaga en el silencio, y María Belén se queda un momento parada en el centro de la sala, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada perdida en la penumbra, en los muebles que apenas adivina, en el olor a madera vieja y a tierra que entra por las rendijas de las persianas. Diego está detrás de ella, tan cerca que siente el calor de su cuerpo en la nuca, y no la toca todavía, como si esperara a que ella diera el primer paso.

—¿Te puedo mostrar la casa? —pregunta él, y la voz le sale baja, casi tierna, y ella asiente sin volverse, porque no se fía de su propia voz.

La recorre con él, despacio, pasillo adelante: la cocina con la mesa de madera y el fregadero de piedra, el baño con el espejo empañado y la toalla doblada sobre el borde de la bañera, la habitación de invitados con la cama sin hacer y las cajas apiladas en un rincón. Y al final, la puerta que él empuja con la palma, y la habitación que ella ya conoce, la cama de su madre con las sábanas limpias, la foto en el marco de plástico sobre la mesilla, la ventana con las persianas bajadas y la luz de la tarde colándose por las rendijas.

—Aquí —dice él, y se queda en el umbral, con las manos en los bolsillos, mirándola—. Esta es la cama donde quiero que duermas.

Ella se acerca a la ventana y levanta una lama de la persiana, y la luz de la tarde entra en una cuchilla que le cae sobre las manos y le dibuja las venas. Afuera, el campo se estira hasta el horizonte, los olivos bajos, la tierra seca, el camino de tierra por el que llegaron. Piensa en Buenos Aires, en la habitación de su madre con el póster de la Patagonia, en la cama donde durmió toda su vida, y le parece que está a años luz, en otro país, en otra piel.

—¿Y si no me gusta? —pregunta, y se vuelve hacia él, y lo encuentra más cerca de lo que esperaba, a un paso, con los ojos verdes clavados en los suyos—. ¿Y si no me acostumbro?

Diego no responde. Da un paso más y le quita las gafas, con cuidado, como si fueran frágiles, y se las guarda en el bolsillo de la camiseta. Ella se queda sin nada, con los ojos entrecerrados por la luz, y lo ve borroso, y entonces él levanta la mano y le aparta un mechón de la cara, y le roza la mejilla con los nudillos, despacio, como si estuviera aprendiéndosela.

—No te pido que te guste —dice—. Te pido que te quedes esta noche. Y que mañana, si querés, te vayas.

Ella traga. Siente el pulso en la garganta, la humedad que se le ha secado contra la piel, la falda que se le pega a los muslos. Y entonces, sin pensarlo, sin decidirlo, levanta las manos y le desabrocha el cinturón, con los dedos torpes, temblando, y él no hace nada por ayudarla, solo la mira, con los ojos cada vez más oscuros, con la respiración cada vez más corta.

—¿Segura? —pregunta él, y la voz le sale ronca, como si le costara sacarla.

—No —dice ella, y es la verdad—. Pero quiero.

Le baja los pantalones, despacio, arrodillándose sin pensarlo, y la tela baja por los muslos y se queda en los tobillos, y él se los quita con un movimiento de pie, y se queda en calzoncillos, y ella ve la marca de su erección contra la tela, y siente la boca seca, y piensa que no ha hecho esto tantas veces, que no sabe si lo hace bien, que no quiere que él se dé cuenta de que no sabe.

Le baja los calzoncillos con las dos manos, tirando de la cinturilla, y el pene le sale al encuentro, duro, caliente, con la punta húmeda, y ella lo mira un momento, con la respiración contenida, y después lo toma con una mano, con cuidado, sintiendo el peso, la textura, el pulso que le late contra la palma.

—María —dice él, y es apenas un suspiro, y ella levanta la vista y lo encuentra mirándola desde arriba, con los ojos verdes clavados en los suyos, con la mandíbula apretada, con las manos abiertas a los costados, como si no se atreviera a tocarla.

Ella baja la cabeza y lo toma en la boca.

Al principio es torpe, insegura, con la lengua apenas rozando la piel, sin saber cuánto meter, sin saber a qué ritmo, y él no dice nada, no la corrige, solo deja escapar un sonido, un gemido ronco que se le escapa entre los dientes, y pone una mano en su nuca, sin apretar, solo para sentirla. Ella va encontrando el ritmo, la forma, la manera de mover la cabeza, de pasar la lengua por la punta, de chupar despacio, y cada sonido que él hace, cada temblor que le recorre el cuerpo, la va soltando, la va haciendo más valiente.

—Así —dice él, y la voz le sale rota—. Así, corazón. No pares.

Ella no para. Lo toma más profundo, sintiendo la punta rozarle el fondo de la garganta, el impulso de arcada que reprime, las lágrimas que le asoman a los ojos. Siente el sabor de él en la lengua, salado, intenso, y piensa que nunca ha hecho esto así, con esta entrega, con esta necesidad, y que le gusta, que le gusta tenerlo así, a su merced, temblando bajo su boca.

Él pone las dos manos en su cabeza, enredándole los dedos en el pelo, y ella siente el tirón, suave, guiándola, marcándole el ritmo, y obedece, porque ya no sabe hacer otra cosa, porque quiere que se corra, quiere sentirlo, quiere tragarlo, quiere llevarlo dentro de alguna manera.

—Me voy a correr —dice él, y la voz le sale apretada, como si estuviera conteniéndose—. María, me voy a correr en tu boca.

Ella no se aparta. Lo mira desde abajo, con los ojos húmedos y los labios llenos de él, y no se aparta, y él hace un sonido que no le ha oído antes, un gemido ronco y desesperado, y aprieta los dedos en su pelo, y se corre, con un temblor que le recorre todo el cuerpo, y ella lo traga, sintiendo el sabor, el calor, la fuerza de él, y no lo suelta hasta que lo siente terminar, hasta que lo siente vaciarse, hasta que el temblor se le pasa.

Ella se aparta despacio, con la boca llena, y traga, y se limpia los labios con el dorso de la mano, y levanta la vista y lo encuentra mirándola, con los ojos oscuros, con el pecho subiendo y bajando, con la camiseta blanca arrugada y el pelo revuelto, y hay algo en su cara, algo que no sabe nombrar, algo que le hace daño en el pecho de lo mucho que lo quiere.

Él se arrodilla delante de ella, sin decir nada, y la besa, con la boca caliente, con el sabor de él todavía en los labios de los dos, y ella siente las manos de él en su cintura, tirando de la falda, y el cuerpo de él contra el suyo, y la cama detrás, esperando.

—Ahora te toca a vos —dice él, con la voz ronca, y la besa otra vez, y la va tumbando hacia atrás, hacia la cama de su madre, hacia las sábanas limpias que alguien preparó, y ella se deja caer, con el corazón galopándole en el pecho, con el cuerpo ardiendo, con el miedo y el deseo mezclados en una sola cosa que ya no sabe separar.

La espalda toca las sábanas y ella abre los ojos, sin gafas, viéndolo borroso arriba, una silueta que se recorta contra la luz que se cuela por las rendijas de la persiana. Él se queda un momento así, arrodillado sobre ella, con las manos a los costados de su cabeza, mirándola, y ella siente el peso de su cuerpo sobre los muslos, el calor que le baja por el vientre, la humedad que vuelve a despertar entre las piernas, y piensa que esta vez es distinto, que esta vez no hay prisa, que esta vez la casa está vacía y el tiempo es de ellos.

—Quedate quieta —dice él, y la voz le sale baja, casi un murmullo, y ella obedece, con las manos abiertas sobre las sábanas, con el pecho subiendo y bajando, con la mirada perdida en la penumbra, sintiendo los dedos de él en el borde de la falda, tirando despacio, subiendo la tela por los muslos, y el aire fresco le da en la piel, y ella siente que se le eriza todo el cuerpo, que los pezones se le ponen duros bajo la blusa, que la respiración se le acorta.

Él le sube la falda hasta la cintura y se queda mirándola, con los ojos oscuros, con la mandíbula apretada, y ella ve cómo la mira, cómo le recorre el cuerpo con la mirada, cómo se le humedecen los labios, y siente la vergüenza y el deseo mezclados en una sola cosa que le late en el centro del pecho, y quiere cerrar las piernas, pero no puede, no quiere, porque lo que ve en sus ojos es hambre, y esa hambre es para ella.

—Mirá cómo estás —dice él, y la voz le sale ronca, y pone una mano en su muslo, despacio, como si estuviera tocando algo frágil, y sube la mano por la piel, sintiendo el calor, la suavidad, el temblor que le recorre el cuerpo—. Toda mojada, corazón. Toda empapada por mí.

La mano de él sube por su muslo, despacio, y ella siente cada centímetro de piel que se le enciende bajo esos dedos, y cuando llega al borde de la braga, se detiene, y ella contiene la respiración, esperando, sin saber qué espera, y entonces él desliza un dedo por debajo de la tela, rozando la piel húmeda, y ella suelta un sonido que no sabía que iba a salir, un gemido bajo que se le escapa entre los dientes.

—¿Ves? —dice él, y la voz le sale espesa, como si le costara sacar cada palabra—. No necesitás que te lo diga. Tu cuerpo ya me dijo todo.

Ella cierra los ojos y siente el dedo de él moverse contra ella, despacio, apenas rozando el clítoris, y piensa que no debería, que lo conoce desde hace un mes, que está embarazada de él, que la directora ya sabe, que todo el colegio va a saber, y sin embargo abre las piernas un poco más, y él lo nota, y hace un sonido, un sonido que no es una palabra, algo entre un gruñido y un suspiro, y baja la cabeza y le besa el interior del muslo, y ella siente el calor de su boca en la piel, y se le escapa otro gemido, más alto esta vez.

—Quedate quieta —repite él, pero esta vez es una orden, no un ruego, y ella obedece, con los dedos aferrados a las sábanas, sintiendo la lengua de él recorrerle el muslo, subiendo despacio, acercándose, hasta que la siente en el borde de la braga, y entonces él tira de la tela con los dientes, apartándola, y le besa la piel desnuda, justo ahí, y ella siente que se le corta la respiración.

—Diego —dice ella, y es apenas un suspiro, y él levanta la vista, con los ojos oscuros, con la boca húmeda, y la mira desde abajo, y hay algo en esa mirada que le hace daño en el pecho, algo que no sabe nombrar, algo que se parece al miedo pero no es miedo, algo que se parece al amor pero no es amor, algo que está en el medio, en el borde, en la línea donde ya no sabe dónde termina ella y dónde empieza él.

Él le baja la braga despacio, tirando de la tela por los muslos, y ella levanta las caderas para ayudarlo, sin pensarlo, y él se la quita del todo, y se queda mirándola, con la lengua pasándose por los labios, y ella siente el aire fresco en la piel, y la vergüenza, y el deseo, y una cosa nueva, una cosa que no había sentido antes, una cosa que se parece a la entrega, a la rendición, a dejarse caer sin red.

—Qué linda que sos —dice él, y la voz le sale ronca, como si le costara sacarla—. Qué linda que sos acá, toda mojada, toda abierta para mí.

Ella siente que se le quema la cara, y quiere decir algo, quiere decirle que pare, que no hable así, que no la mire así, pero no le sale nada, y él baja la cabeza y le besa el vientre, justo donde empieza el vello, y ella siente el calor de su boca en la piel, y le arquea la espalda sin querer, y él hace un sonido, un sonido que no es una palabra, algo entre un gruñido y una risa, y baja más, y más, y cuando la lengua le toca el clítoris, ella siente que se le desarma todo, que se le deshace algo en el centro del pecho, que se le sueltan todos los nudos que venía arrastrando desde Buenos Aires, desde el avión, desde el primer día, desde la bodega.

—Ah —dice ella, y es apenas un sonido, y él levanta la cabeza un instante, con la boca húmeda, con los ojos clavados en los suyos, y dice:

—Quedate quieta, corazón. Dejame que te coma.

Y baja la cabeza otra vez, y esta vez no hay nada entre su boca y ella, nada más que la lengua, nada más que el calor, nada más que él, y ella siente que se le escapa un gemido que no puede contener, un gemido que le sale del fondo del cuerpo, y él pone las manos en sus muslos, abriéndola más, y ella le deja, porque ya no sabe hacer otra cosa, porque ya no quiere hacer otra cosa, porque lo único que quiere es que no pare, que no se detenga nunca, que la coma hasta que no quede nada de ella.

La lengua de él se mueve contra ella, despacio al principio, luego más rápido, y ella siente que se le acumula algo en el vientre, algo que sube, algo que crece, algo que no puede contener, y pone las manos en el pelo de él, sin saber si quiere apartarlo o acercarlo, y él hace un sonido, un gemido que le vibra contra la piel, y ella siente que se le escapa un sonido que no reconoce, un sonido que no sabía que podía hacer.

—Corazón —dice él, y la voz le sale apagada contra su piel—. Quiero que te corras en mi boca. ¿Me oís? Quiero sentirte.

Ella no puede responder, no puede hablar, no puede pensar, solo puede sentir la lengua de él, los dedos de él, el calor de él, y asiente, con los ojos cerrados, con la boca abierta, con el cuerpo arqueado, y él sigue, y sigue, y sigue, hasta que ella siente que se rompe algo, que se deshace algo, que se le escapa todo, y se corre, con un gemido que se le escapa entre los dientes, con el cuerpo temblando, con las manos aferradas al pelo de él, y él no se aparta, la sostiene con la lengua, la deja correrse hasta que termina, hasta que el temblor se le pasa, hasta que le queda el cuerpo flojo, vacío, sin fuerzas.

Ella queda tendida sobre las sábanas, con los ojos cerrados, con el pecho subiendo y bajando, con el cuerpo todavía temblando, y siente que él sube por su cuerpo, besándole la piel, el vientre, el pecho, el cuello, hasta que llega a su boca, y la besa, y ella siente el sabor de ella misma en los labios de él, y piensa que nunca ha hecho algo así, que nunca se ha entregado así, que nunca ha dejado que nadie la vea así, y no le importa, no le importa nada, porque cuando él la mira, con los ojos oscuros, con la boca húmeda, con el pelo revuelto, ella sabe que él la ha visto entera, y que no se ha ido.

Él se queda un momento así, con la boca sobre la suya, con el sabor de ella todavía en los labios, y después se aparta apenas, lo justo para mirarla, y ella ve algo en sus ojos que no le había visto antes, algo que no es hambre, algo que se parece más a la ternura, a la sorpresa, a un asombro que no sabe cómo nombrar. Le pasa el pulgar por la mejilla, despacio, y ella siente el calor de su piel contra la suya, y piensa que nunca la han mirado así, que nunca ha habido nadie que la mirara como si fuera algo precioso, algo que vale la pena cuidar.

—¿Qué? —pregunta ella, con la voz apenas un hilo, y él niega con la cabeza, sin dejar de mirarla.

—Nada —dice él, y le roza el labio con el pulgar, como si estuviera borrando algo—. Nada. Solo que te quiero mirar un poco más.

Ella siente que se le quema la cara, y baja la vista, y entonces ve la mano de él en su muslo, y la falda arrugada alrededor de su cintura, y la braga en el suelo, y la evidencia de lo que acaban de hacer, y en vez de vergüenza siente algo distinto, algo que no sabe nombrar, algo que se parece a la pertenencia, a la certeza de que está donde tiene que estar.

—Diego —dice ella, y la voz le sale ronca, y él la mira, esperando—. ¿Y si me quedo?

Él no responde. Se queda un momento en silencio, con los ojos clavados en los suyos, y después baja la cabeza y le besa el cuello, justo donde le mordió la primera vez, donde todavía lleva la marca, y ella siente el calor de su boca en la piel, y el pulso que le late en la garganta, y el peso de su cuerpo sobre el suyo, y piensa que no ha hecho nunca una pregunta así, que no sabe si está lista para la respuesta, que no sabe si quiere oírla.

—Entonces —dice él, con la boca contra su piel, y la voz le sale baja, casi un murmullo—. Entonces te quedás.

Ella no dice nada. No puede. Siente que se le llenan los ojos de algo que no quiere que él vea, y lo abraza, con los brazos alrededor del cuello, con la cara escondida en el hueco de su hombro, y él la sostiene, con las manos en su espalda, con el cuerpo quieto, con la respiración que se le va calmando, y ella piensa que nunca ha llorado así, sin ruido, sin lágrimas que se le escapen, solo con el pecho apretado y la certeza de que no quiere irse.

—No llores —dice él, y la voz le sale ronca, y le aparta el pelo de la cara, con cuidado, como si estuviera tocando algo frágil—. No llores, corazón. No te voy a dejar ir.

Ella se ríe, un poco, con la cara todavía escondida, y le sale un sonido que no sabe si es risa o llanto, y él la aprieta un poco más, y se quedan así, abrazados, con el cuerpo de ella todavía temblando, con el sabor de ella en los labios de él, con la tarde entera por delante.

—Te tengo que decir algo —dice ella, y la voz le sale apagada contra su hombro, y él se aparta apenas, lo justo para mirarla, y ella baja la vista, y se queda un momento en silencio, buscando las palabras—. No me lo tomé todavía. La cuarta prueba. La que me hice en el baño del hostal. La que te mostré.

Él no dice nada. Solo la mira, con los ojos verdes clavados en los suyos, con la mandíbula apretada, esperando.

—No la abrí —dice ella, y la voz le sale baja, casi un susurro—. La miré, pero no la abrí. No sé si es positiva o negativa. No sé si hay algo ahí dentro o si es solo el miedo.

Él se queda un momento en silencio, y después levanta la mano y le aparta un mechón de la cara, con cuidado, y le roza la mejilla con los nudillos, despacio, como si estuviera aprendiéndosela.

—No importa —dice él, y la voz le sale baja, casi tierna—. Sea lo que sea, no importa. Te quedás. Eso es lo único que importa.

Ella siente que se le afloja algo en el pecho, algo que venía arrastrando desde el baño del hostal, desde la prueba que no se atrevió a abrir, desde la certeza y el miedo mezclados en una sola cosa que no sabía cómo nombrar, y asiente, con los ojos húmedos, y se deja caer contra él, con la cara escondida en el hueco de su cuello, con las manos aferradas a su camiseta, con el cuerpo temblando.

—Te quedás —repite él, como si necesitara decirlo en voz alta, como si necesitara oírlo—. Te quedás conmigo. En esta casa. En esta cama. Conmigo.

Ella no responde con palabras. Solo lo abraza más fuerte, y siente el calor de su cuerpo contra el suyo, y el latido de su corazón contra el pecho, y piensa que nunca ha estado tan segura de nada, que nunca ha querido nada tanto, que nunca ha tenido tanto miedo de querer algo así.

—Mañana —dice él, con la boca contra su pelo—. Mañana vamos a la farmacia. Compramos otra prueba. La abrimos juntos. Y sea lo que sea, te quedás.

Ella asiente, con la cara escondida, y siente que se le escapa una lágrima, una sola, que le corre por la mejilla y se le pierde en el cuello de la camiseta, y no le importa, no le importa nada, porque por primera vez desde que llegó a España, desde que cruzó el océano con una valija y un miedo que no sabía nombrar, siente que está donde tiene que estar.

—Te voy a cuidar —dice él, y la voz le sale ronca, como si le costara sacarla—. Sea lo que sea, te voy a cuidar. No te voy a dejar sola. Nunca más.

Ella levanta la cabeza y lo mira, con los ojos húmedos, con la cara marcada por las lágrimas, y ve algo en su mirada que no le había visto antes, algo que no sabe nombrar, algo que se parece a la promesa, a la certeza, a la rendición, y piensa que nunca nadie la ha mirado así, que nunca ha habido nadie que le prometiera nada, que nunca ha querido creer en nadie tanto como quiere creer en él ahora.

—Te creo —dice ella, y es la verdad, y él la besa, con la boca caliente, con el sabor de las lágrimas en los labios de los dos, y ella siente que se le deshace algo en el centro del pecho, algo que venía sosteniendo desde Buenos Aires, desde el avión, desde el primer día, desde la bodega, y se deja caer, con el cuerpo flojo, con el corazón galopándole en el pecho, con la certeza de que no quiere estar en ningún otro lugar del mundo.

Él la besa despacio, con la lengua encontrándose con la suya, con las manos en su cintura, y ella siente que el deseo vuelve a despertar, que la humedad vuelve a crecer entre las piernas, que el cuerpo le pide algo que no sabe nombrar, y se aprieta contra él, con las manos en su espalda, con las piernas abriéndose apenas, y él lo nota, y hace un sonido, un gemido bajo que se le escapa entre los dientes, y la tumba despacio sobre las sábanas, con cuidado, como si estuviera manejando algo precioso.

—¿Estás segura? —pregunta él, con la voz ronca, con los ojos oscuros, con la respiración corta, y ella asiente, sin dejar de mirarlo, y él baja la cabeza y le besa el cuello, y la clavícula, y el hueco entre los pechos, y ella siente que se le arquea la espalda sin querer, que se le escapa un gemido que no puede contener, que el cuerpo le pide más, siempre más.

—Sí —dice ella, y la voz le sale apenas un suspiro—. Sí. Estoy segura.

Él le sube la blusa, despacio, tirando de la tela por la cabeza, y ella levanta los brazos para ayudarlo, y se queda en sujetador, con el pecho subiendo y bajando, con la piel erizada, y él la mira, con los ojos oscuros, con la lengua pasándose por los labios, y baja la cabeza y le besa el pecho, por encima de la tela, y ella siente el calor de su boca en la piel, y el pezón que se le pone duro bajo el encaje, y el deseo que le baja por el vientre, caliente, urgente.

—Quiero verte —dice él, y la voz le sale baja, casi un ruego—. Quiero verte entera.

Ella no dice nada. Solo levanta las manos y se desabrocha el sujetador, con los dedos torpes, temblando, y él la ayuda, tirando de las tiras por los hombros, y la tela cae, y ella se queda desnuda de cintura para arriba, con el pecho al descubierto, con la piel erizada, con la vergüenza y el deseo mezclados en una sola cosa que le late en el centro del pecho.

Él se queda un momento mirándola, con los ojos oscuros, con la mandíbula apretada, y después baja la cabeza y le besa el pecho, despacio, con la lengua rozando el pezón, y ella siente que se le corta la respiración, que se le escapa un gemido que no puede contener, que las manos se le aferran a las sábanas, y él sigue, con la boca caliente, con la lengua moviéndose en círculos, con los dedos en el otro pecho, apretando apenas, y ella siente que se le deshace algo, que se le suelta algo, que el cuerpo le pide más, siempre más.

—Diego —dice ella, y la voz le sale ronca, y él levanta la cabeza, con la boca húmeda, con los ojos clavados en los suyos, y la mira, y ella ve algo en su mirada que no sabe nombrar, algo que se parece al hambre, a la necesidad, a la promesa, y piensa que nunca la han mirado así, que nunca ha habido nadie que la deseara así, que nunca ha querido ser deseada así.

—Te quiero —dice él, y la voz le sale baja, casi un susurro, y ella siente que se le para el corazón, que se le corta la respiración, que el mundo se detiene un instante—. Te quiero, María. No sé desde cuándo. No sé cómo pasó. Pero te quiero.

Ella no puede responder. No puede hablar. Solo lo mira, con los ojos llenos de lágrimas, con el pecho subiendo y bajando, con el corazón galopándole en el pecho, y él baja la cabeza y la besa, con la boca caliente, con la lengua encontrándose con la suya, con las manos en su cintura, tirando de la falda, y ella siente que se le escapa un gemido, un sonido que no reconoce, un sonido que no sabía que podía hacer.

Él se aparta apenas, lo justo para mirarla, con la boca todavía húmeda, con el pecho subiendo y bajando, y ella siente que se le escapa el aire de los pulmones, que se le queda el cuerpo quieto, esperando.

—María —dice él, y la voz le sale ronca, y le pone la mano en la mejilla, y ella siente el calor de su palma contra la piel—. Decime. Decime qué querés.

Ella lo mira. Tiene la camiseta levantada hasta el pecho, la piel del vientre al descubierto, la falda todavía puesta pero arrugada alrededor de la cintura, y él está encima de ella, con el peso del cuerpo sobre los codos, con los ojos verdes oscuros, casi negros, clavados en los suyos. Y ella piensa que nunca le ha pedido nada a nadie en la cama, que nunca ha dicho en voz alta lo que quería, que siempre ha dejado que el otro decida, que el otro mueva, que el otro lleve. Pero ahora quiere decirlo. Ahora necesita decirlo.

—Quiero que me mires —dice, y la voz le sale baja, más firme de lo que esperaba—. Mientras me follás. Quiero que no me saques los ojos de encima.

Él se queda un momento quieto, con la mano todavía en su mejilla, y después algo le cambia en la cara, algo que ella no sabe nombrar, algo que se parece al asombro, a la sed, a la rendición, y asiente despacio, sin decir nada, y le pasa el pulgar por el labio inferior, y ella siente el roce, y el deseo que le sube por el vientre, caliente, urgente.

—Así —dice él, y la voz le sale apenas un murmullo—. Así te quiero. Mirándome.

Ella levanta las manos y le agarra la camiseta, tirando de la tela hacia arriba, y él se la saca por la cabeza con un movimiento rápido, y ella ve el torso desnudo, los hombros anchos, los brazos marcados, la cicatriz sobre la ceja que le da ese aire salvaje, y siente que se le seca la boca, que se le aprieta algo en el centro del pecho, que el cuerpo le pide más, siempre más.

Él se desabrocha el pantalón, sin dejar de mirarla, con los ojos clavados en los suyos, y ella lo mira hacerlo, y siente que se le acelera el pulso, que se le humedece todo entre las piernas, que la espera le duele, y cuando él se termina de sacar la ropa y queda desnudo encima de ella, ella baja la vista, sin poder evitarlo, y lo ve, y siente que se le corta la respiración, que se le escapa un sonido que no reconoce.

—Miráme —dice él, y le pone la mano bajo la barbilla, levantándole la cara, despacio, sin fuerza—. Los ojos acá.

Ella obedece. Lo mira. Y él le sube la falda hasta la cintura, con las dos manos, despacio, sin apuro, y ella levanta las caderas para ayudarlo, y él se la saca por los pies, y la tira al suelo, y ella queda desnuda debajo de él, con las piernas abiertas, con el cuerpo entero expuesto, y siente la vergüenza que le sube a la cara, y el deseo que le baja por el vientre, mezclados en una sola cosa que le late en la garganta.

Él se acomoda entre sus piernas, despacio, con el peso del cuerpo sobre un codo, con la otra mano en su cadera, y ella siente el calor de él contra la piel, la dureza de él contra el muslo, y se le escapa un gemido que no puede contener, un sonido que le sale del fondo del cuerpo, y él se inclina y le besa el cuello, justo donde lleva la marca, y ella siente los dientes, apenas, y el pulso que le late debajo de la piel.

—Decime otra vez —dice él, con la boca contra su cuello, y la voz le vibra en la garganta—. Decime qué querés.

—Que me mires —dice ella, y la voz le sale ronca, y le agarra la cara con las dos manos, obligándolo a levantar la cabeza, a mirarla—. Que no me saques los ojos de encima mientras me follás. Quiero verte la cara. Quiero que me veas la cara a mí.

Él la mira. Se queda un momento así, con la cara entre las manos de ella, con los ojos verdes clavados en los suyos, y después asiente, despacio, y ella ve algo en su mirada que no le había visto antes, algo que se parece a la entrega, a la promesa, a la certeza, y siente que se le afloja algo en el pecho, algo que venía apretando desde que entró a la casa, desde la prueba que no abrió, desde el miedo que no sabía nombrar.

Él baja la mano, la pasa entre los dos cuerpos, y ella siente los dedos de él entre las piernas, abriéndola, y el roce en el clítoris, apenas, y se le arquea la espalda sin querer, y se le escapa el aire entre los dientes.

—Estás empapada —dice él, y la voz le sale baja, casi un murmullo, y ella siente que se le quema la cara, y él la mira, sin apartar los ojos, y le pasa los dedos por la humedad, despacio, de arriba abajo, y ella siente que se le contrae todo, que se le aprieta el vientre, que el cuerpo le pide más, siempre más—. ¿Sentís? Así me tenés.

—Diego —dice ella, y es apenas un sonido, y él no la deja terminar.

—Miráme —dice, y ella obedece, y lo mira, y él se acomoda, con la mano en la base, y ella siente la punta de él contra la entrada, apenas rozando, y se le corta la respiración, y se le aferran las manos a las sábanas, y espera.

Él la penetra despacio. Muy despacio. Sin apartar los ojos de los suyos. Y ella siente cómo la abre, centímetro a centímetro, cómo el cuerpo se le estira para recibirlo, cómo el calor de él la llena, y se le escapa un gemido largo, un sonido que le sale del fondo del pecho, y él no cierra los ojos, no baja la cabeza, no la suelta con la mirada, y ella piensa que nunca la han mirado así mientras la penetran, que nunca ha visto la cara de nadie en este momento, que nunca se ha atrevido a mirar.

—Ahí —dice él, y la voz le sale ronca, con los dientes apretados—. Ahí. ¿Me sentís?

Ella asiente, sin poder hablar, con los ojos clavados en los suyos, y él empieza a moverse, despacio, con las caderas, con un ritmo lento, hondo, sin dejar de mirarla, y ella siente cada embestida en el fondo del vientre, cada roce de él contra las paredes, cada retirada que la deja vacía un instante antes de volver a llenarla, y el sonido húmedo que hacen los dos cuerpos, y la respiración de él, corta, caliente, contra su cara.

—No pares —dice ella, y la voz le sale apenas un susurro, y él hace un sonido, un gemido bajo que le vibra en el pecho, y no para, y sigue, con el mismo ritmo, con los ojos clavados en los suyos, y ella siente que se le va deshaciendo algo por dentro, algo que se le desarma, algo que se le rinde, y levanta las manos y le agarra la cara, con las dos manos, con los dedos abiertos en las mejillas, sosteniéndolo ahí, obligándolo a quedarse, a no irse, a no cerrar los ojos.

—Así —dice ella, y la voz le sale quebrada—. Así. No te vayas.

Él niega con la cabeza, apenas, sin poder hablar, con la boca abierta, con el sudor que le baja por la sábanas de la frente, y ella siente que el ritmo le cambia, que se le hace más hondo, más lento, más preciso, y que cada embestida le da justo donde el cuerpo le pide, y se le escapa un gemido que no puede contener, y después otro, y otro, y ya no le importa el ruido, ya no le importa nada, solo los ojos de él, solo el peso de él, solo el calor de él adentro.

—¿Te gusta? —pregunta él, y la voz le sale ronca, casi rota—. ¿Te gusta que te mire?

—Sí —dice ella, y es la verdad, y se le llenan los ojos de algo que no es llanto, algo que le sube del pecho, algo que le aprieta la garganta—. Sí. No pares. No pares de mirarme.

Él la mira. No la suelta. Y ella siente que el cuerpo se le va poniendo tenso, que se le aprieta todo, que el placer se le acumula en el fondo del vientre, caliente, denso, y que ya no falta mucho, que está cerca, que se le viene encima, y él lo nota, porque la mira, porque no le saca los ojos de encima, porque ve la cara que ella pone, y sonríe apenas, con la boca abierta, con los dientes, y le baja la mano al vientre, y le pone el pulgar en el clítoris, sin dejar de moverse, sin dejar de mirarla.

—Correte —dice él, y la voz le sale baja, casi un ruego—. Correte mirándome. Quiero verlo.

Ella no puede responder. No puede hablar. Solo lo mira, con los ojos llenos de él, con las manos todavía en su cara, y siente que se le rompe algo, que se le deshace algo, que se le escapa todo, y se corre sin tocarse, con el pulgar de él apenas rozándole el clítoris, con él adentro, con los ojos de él clavados en los suyos, y es distinto a todas las veces, es más hondo, es más largo, es como si se le abriera algo por dentro y se le derramara, y el gemido que le sale no es un gemido, es un nombre, es el nombre de él, repetido, quebrado, contra su boca.

Él no se detiene. Sigue moviéndose dentro de ella mientras el cuerpo de ella todavía tiembla, con las paredes apretándolo en oleadas, y ella lo siente entero, cada centímetro, cada venida y cada vuelta, y el nombre se le queda atascado en la garganta porque él no le da tregua.

—Otra vez —dice él, y le aparta el pelo de la cara con los dedos, con una suavidad que no tiene nada que ver con lo que le está haciendo abajo—. Decime otra vez cómo querés que te mire.

Ella traga. Tiene la boca seca y el labio partido y la respiración hecha pedazos, y aun así junta el aire suficiente para hablar.

—Así —dice—. Con los ojos abiertos. Como si me estuvieras buscando algo adentro.

Él la mira un segundo más de lo que aguanta, y algo se le mueve en la mandíbula, un apretón, y después baja la cabeza y le pone la boca en el hombro, no para besarla, para morderla apenas, y ella siente los dientes y el aliento caliente y se le escapa un sonido corto que le sale del pecho.

Las sábanas están revueltas debajo de los dos. Ella nota, sin querer, el frío de la tela en un costado, donde el cuerpo de él no la cubre, y el contraste la hace temblar entera, un escalofrío que le sube por la espalda y le eriza los brazos.

—¿Tenés frío? —pregunta él, y la voz le sale distinta, más baja, más cerca del oído.

—No —dice ella—. Seguí.

Él se incorpora sobre los brazos, sin salir de ella, y la mira desde arriba, y ella ve el torso, el sudor en el pecho, los músculos tensos, y piensa, con una claridad rara en medio de todo, que este hombre le está dando exactamente lo que pidió y que eso, más que nada, la desarma.

—Quiero verte las manos —dice ella, y la voz le sale ronca, y ni ella misma sabe de dónde le viene—. Ponémelas acá.

Él la obedece. Le pone las dos palmas abiertas sobre el vientre, sobre esa piel que todavía no cambia, y las deja ahí, quietas, mientras las caderas siguen con el ritmo lento, y ella siente el peso de las manos y el calor de las palmas y el pulso de él latiéndole contra la piel, y se le llenan los ojos otra vez.

—¿Acá? —pregunta él, y le aprieta apenas, sin fuerza—. ¿Acá es donde va a estar?

Ella asiente. No puede decir más. Él tampoco pregunta más, y eso también es una forma de mirarla, de no pedirle la palabra que no tiene.

El ritmo cambia. Se le hace más corto, más urgente, y ella lo nota en la respiración de él, en cómo se le entrecorta, en cómo se le tensan los brazos a los costados de su cabeza, y sabe, sin que se lo digan, que él está cerca.

—No cierres los ojos —dice ella, y le agarra la cara otra vez, con las dos manos, los dedos abiertos en las mejillas—. No los cierres.

Él la mira. La mira con los ojos verdes abiertos, fijos, y hay algo en su cara que ella no le había visto nunca, una entrega sin defensa, y le sostiene la mirada mientras el cuerpo se le va poniendo duro, mientras la respiración se le rompe, mientras las caderas le pierden el ritmo y se le vuelven desesperadas.

—María —dice él, y es lo único que dice, y lo dice como si fuera lo único que sabe.

Y se corre. Se corre dentro de ella, con un gemido largo que le sale del fondo del pecho, con la cara deshecha y los ojos todavía clavados en los suyos, y ella siente el calor que la llena, el pulso de él adentro, el temblor que le recorre los brazos, y no aparta la vista ni un segundo, porque se lo prometió, porque él se lo pidió, porque quiere verlo.

Él se queda así un momento, con el peso sobre los codos, con la boca abierta, con el sudor goteándole de la frente a la sábana, y después baja despacio, apoyando la frente contra la de ella, y los dos respiran el mismo aire, corto, caliente, compartido.

Ninguno de los dos habla. Ella siente el semen caliente que empieza a correrle por dentro del muslo, y la mano de él todavía abierta sobre su vientre, y el latido de él contra su pecho, y se queda quieta, sin querer moverse, sin querer que se rompa esto.

—Te vi —dice él por fin, con la boca contra su mejilla, con la voz ronca y cansada—. Te vi la cara entera.

Ella cierra los ojos un segundo, solo un segundo, y después los abre, y lo mira, y no dice nada, porque no hay nada que decir que no esté ya dicho.

Ella lo mira desde arriba. Tiene las dos manos apoyadas en el pecho de él, en el sudor que le brilla entre los pectorales, y siente el latido debajo de las palmas, rápido todavía, y el semen que le corre por dentro del muslo, y no se mueve. Se queda ahí, montada sobre él, con las rodillas a los costados de sus caderas, con el peso del cuerpo repartido, y lo mira.

Él la mira también. Tiene los ojos verdes abiertos, la boca entreabierta, la respiración todavía corta, y le pone las manos en los muslos, sin apretar, solo ahí, y ella siente el calor de las palmas en la piel y algo se le mueve en el pecho, algo que no tiene nombre y que no quiere nombrar.

—¿Estás bien? —pregunta él, y la voz le sale ronca, gastada.

Ella asiente. No dice nada. Se incorpora apenas, apoyando las manos en su pecho, y siente cómo él se le sale despacio, cómo el cuerpo le devuelve el vacío, y el semen que empieza a correrle por la cara interna del muslo, tibio, espeso, y no le importa, no se limpia, no se aparta.

—No te vayas —dice él, y le agarra la cadera con una mano, con los dedos abiertos en la piel—. Todavía no.

—No me voy —dice ella.

Se queda ahí, sentada sobre él, con las rodillas dobladas y los pies debajo de los muslos de él, y lo mira desde arriba, y por primera vez en todo el mes se da cuenta de que puede mirarlo así, desde arriba, sin que él la esté buscando, sin que él la esté guiando, y que él la deja. Que la espera. Que tiene las manos quietas en sus caderas y los ojos abiertos y la boca callada, y que no la apura.

Ella baja una mano y se la pone en el vientre de él, plano, caliente, todavía subiendo y bajando con la respiración, y siente los músculos debajo de la piel, y piensa, con una claridad que le llega de golpe, que este hombre le acaba de dar un hijo y que ella todavía no sabe qué hacer con eso, y que ahora, en este momento, con él debajo, con el semen de él corriéndole por la pierna, no le importa no saberlo.

—Diego —dice.

—Decime.

—Quiero hacerte una cosa.

Él levanta una ceja, apenas, y la cicatriz sobre la ceja izquierda se le mueve con el gesto, y ella lo mira y siente que se le calienta la cara, y no aparta la vista, porque ya no se avergüenza, porque ya no hay nada que esconder.

—¿Qué cosa? —pregunta él, y la voz le sale baja, con algo de curiosidad y algo de hambre.

—Quiero estar arriba —dice ella—. Quiero hacerlo yo.

Él la mira un segundo. Después asiente, despacio, y le suelta las caderas, y se queda quieto, con los brazos a los costados, con las palmas abiertas sobre la sábana, como si le entregara algo, como si le dijera que sí con todo el cuerpo.

Ella se mueve. Se levanta un poco, apoyando las manos en el pecho de él, y se acomoda sobre las rodillas, y siente la humedad entre las piernas, la de él y la de ella mezcladas, y el aire frío de la habitación en la piel mojada, y se estremece, y él lo ve, y le pasa una mano por el costado, despacio, de la cintura a la cadera, sin apurar.

—Vení —dice él, y le pone la mano en la nuca, y le acerca la cara, y la besa, despacio, con la boca abierta, y ella siente el sabor de él en la lengua, y se le escapa un sonido bajo contra la boca de él, y se queda ahí un momento, con la frente contra la frente, respirando el mismo aire.

Después se incorpora otra vez. Se pone de rodillas sobre él, con las piernas a los costados, y baja una mano, y lo busca, y lo encuentra, y lo siente blando todavía, húmedo del semen y de ella, y lo agarra con los dedos, con la palma, y se lo pasa por la entrada, despacio, de arriba abajo, untándose con lo que queda, y él hace un sonido corto, un sonido que le sale del pecho, y ella lo mira, y él tiene los ojos fijos en ella, en la mano de ella, en dónde está la mano de ella.

—Miráme a mí —dice ella, y la voz le sale más firme de lo que esperaba—. No mires abajo.

Él obedece. Levanta la vista, y la clava en la de ella, y ella siente que se le aprieta algo en el pecho, y se muerde el labio partido, y se acomoda, y se lo pone en la entrada, y empuja despacio, hacia abajo, con el peso del cuerpo.

Lo siente entrar. Centímetro a centímetro. Otra vez. Y esta vez es distinto, porque es ella la que baja, la que decide cuánto, la que siente cómo el cuerpo se le abre para recibirlo, cómo las paredes se le estiran, cómo el calor de él la llena desde abajo, y se le escapa el aire entre los dientes, y no cierra los ojos, porque él la está mirando, porque se lo pidió, porque quiere ver la cara que él pone mientras ella lo toma.

Él tiene la boca abierta. Las manos se le han cerrado en las sábanas, a los costados, y los nudillos se le han puesto blancos, y ella lo ve, y algo se le enciende en el pecho, algo que se parece al poder, y se queda quieta un momento, sentada sobre él hasta el fondo, con él entero adentro, y lo mira.

—Así —dice él, y la voz le sale ronca, apretada—. Así. No te muevas todavía.

—¿Por qué? —pregunta ella, y sonríe apenas, y él la ve sonreír, y algo se le mueve en la cara, una sorpresa, una ternura, y niega con la cabeza.

—Porque si te movés ahora —dice—, no te dura nada.

Ella se ríe. Una risa corta, baja, que le sale del pecho, y se inclina hacia adelante, apoyando las manos en el pecho de él, y lo besa, y él le devuelve el beso con la boca abierta, con la lengua, con las manos que por fin le sueltan la sábana y le suben por la espalda, y ella siente las palmas de él en los omóplatos, y el peso del cuerpo de él debajo del suyo, y se le llena la garganta de algo, y no sabe qué es.

Después empieza a moverse.

Despacio. Muy despacio. Sube y baja con las caderas, con las rodillas, con los muslos, y siente cada centímetro de él salir y volver a entrar, y el sonido húmedo que hacen los dos cuerpos, y la respiración de él que se le corta cada vez que ella baja, y las manos de él que se le cierran en la espalda, sin fuerza, solo ahí, sosteniéndola.

—Dios —dice él, y la voz le sale entre los dientes.

—¿Te gusta? —pregunta ella, y la voz le sale baja, ronca, y no la reconoce, no es su voz, es otra, es la voz de alguien que se está atreviendo a algo.

—Sí —dice él—. Sí. No pares.

Ella no para. Sigue con el mismo ritmo, lento, hondo, con las manos en el pecho de él, con la espalda arqueada, con el pelo suelto cayéndole a los costados de la cara, y él la mira desde abajo, con los ojos verdes abiertos, con la boca abierta, con la mandíbula tensa, y ella siente que el placer se le acumula en el fondo del vientre, otra vez, más hondo que antes, más denso, y se le escapa un gemido, y después otro, y ya no le importa el ruido, ya no le importa nada.

—Más rápido —dice él, y le agarra las caderas con las dos manos, con los dedos abiertos en la piel, y ella obedece, y acelera, y el sonido de los cuerpos se le vuelve más fuerte, más húmedo, y las sábanas se le resbalan debajo de las rodillas, y ella se apoya en el pecho de él para no perder el ritmo.

Él sube las caderas. Lo hace sin avisar, un empuje corto, desde abajo, y ella siente cómo le llega más adentro, cómo le da justo donde el cuerpo le pide, y se le corta la respiración, y se le escapa un nombre, el nombre de él, quebrado, contra el aire de la habitación.

—Otra vez —dice él, y la voz le sale ronca, casi un ruego—. Decime otra vez.

—Diego —dice ella, y es lo único que sabe decir, y lo dice otra vez, y otra, y él la escucha, y se le tensa todo el cuerpo debajo de ella, y las manos le aprietan las caderas, y ella sabe, sin que se lo digan, que él está cerca, que le falta poco, que el cuerpo de él se le está poniendo duro, y no para, no lo deja, sigue cabalgándolo con el mismo ritmo, más rápido, más hondo, con las rodillas apretadas contra sus costados, con el sudor que le baja por la espalda.

—María —dice él, y es lo único que dice, y lo dice como si fuera lo único que sabe, igual que antes, igual que siempre—. María, me voy a correr.

—Hacelo —dice ella, y la voz le sale rota, urgente—. Hacelo adentro. No te salgas.

Ella lo siente antes de que él lo diga. Un temblor que le sube por dentro, desde donde él está, desde el fondo, y las manos de él se le cierran en las caderas con más fuerza, con los dedos clavados, y la espalda de él se le arquea debajo del cuerpo de ella, y la cabeza se le va hacia atrás contra la almohada, y la boca se le abre sin ruido.

Y después el primer latido. Adentro. Contra las paredes que lo aprietan, un pulso que no es el de ella, un golpe hondo que le llega al fondo y se repite, y otra vez, y ella se queda quieta, montada hasta el fondo, con él entero adentro, y lo siente vaciarse, el calor que le sube por dentro en oleadas, espeso, y las caderas de él que empujan una última vez, corto, y se quedan ahí, pegadas a las de ella.

—Ahí —dice él, y la voz le sale destrozada, sin aire—. Ahí, ahí, ahí.

Ella no se mueve. Tiene las manos en el pecho de él, las uñas cortas marcándole la piel sin querer, y la frente gacha, y el pelo suelto tapándole la cara, y respira por la boca abierta, y siente el pulso de él todavía adentro, un latido lento que se va apagando, y el semen que empieza a buscar la salida por donde entró, y no la deja, todavía no.

—No te muevas —dice él, y le pone una mano en la nuca, pesada, sin fuerza, solo ahí—. Esperá.

—No me muevo —dice ella, y la voz le sale distinta, más baja, más ronca, y se queda así, con la espalda arqueada y las rodillas abiertas a los costados de él, sintiendo cómo el cuerpo de él se le va aflojando debajo, cómo la respiración le baja, cómo los dedos le sueltan las caderas uno por uno.

El cuarto está en silencio. Solo el reloj de la cocina, al otro lado de la pared, y el agua que corre en algún caño de la casa, y la respiración de los dos, que se va encontrando, que se va poniendo al mismo ritmo sin que ninguno lo busque.

Ella se incorpora despacio. Apoya las manos en el pecho de él y levanta las caderas, y siente cómo él se le sale centímetro a centímetro, cómo el cuerpo le devuelve el vacío, y el semen que le corre entonces, tibio, por la cara interna del muslo, y baja hasta la rodilla, y se queda ahí, en la piel, y ella no se limpia.

—Vení —dice él, y le abre los brazos.

Ella se deja caer a un costado, sobre la sábana, con la cabeza en el hueco del hombro de él, y él le pasa el brazo por la espalda y la trae contra el cuerpo, y ella siente el pecho de él subir y bajar debajo de la mejilla, y el olor de él, sudor y algo más, algo que ya es de ella también, y cierra los ojos un momento.

—¿Sabés lo que me hiciste? —dice él, y la voz le sale desde arriba, contra el pelo de ella.

—¿Qué?

—No me acuerdo de nada —dice—. De la reunión, del director, de la puerta. Nada. Se me borró todo.

Ella se ríe, bajito, contra la piel de él.

—A mí también.

Él le pasa la mano por el pelo, despacio, de la frente a la nuca, y se lo aparta de la cara, y ella siente los dedos de él detrás de la oreja, donde tiene el lóbulo partido, y él se detiene ahí, en la cicatriz chiquita, y la toca con la yema, sin decir nada.

—Me tengo que ir —dice ella, y no se mueve.

—Ya sé.

—En serio.

—Ya sé, María.

Y ninguno de los dos se mueve. La luz de la tarde les llega por la ventana en una franja ancha, y les cruza la cama, y le da en la pierna a ella, en la mancha que le quedó en el muslo, y ella la mira desde lejos, sin incorporarse, y piensa que va a tener que caminar hasta el hostal así, con eso entre las piernas, y que no le importa.

Él le pone la mano en el vientre. Plana, abajo, donde antes no había nada y ahora hay algo, y la deja ahí, sin apretar, y ella siente el calor de la palma encima de la piel y no dice nada, y él tampoco, y los dos se quedan mirando el techo, la mancha de humedad de la esquina, el cable que baja de la lámpara.

—El lunes —dice él, al rato—. ¿Vas a poder mirarla a la cara?

—A la directora.

—Sí.

Ella piensa. La cara de la mujer, los anteojos, el bolígrafo quieto sobre el papel, la pregunta que no hizo.

—Ya la miré —dice—. Cuando tenía la mano de ustedes debajo de la mesa. La miré y le sostuve la vista. Así que sí. Voy a poder.

Él se ríe, y la risa le mueve el pecho debajo de la cabeza de ella, y le pone la mano en el hombro.

—Sos peor que yo —dice.

—Soy peor que vos.

Se quedan así un rato más. Después ella se levanta. Se sienta al borde de la cama, con los pies en el suelo frío, y busca la ropa con la vista, la pollera en el respaldo de la silla, la blusa en el piso, la braga en algún lado, y él se incorpora detrás de ella y le pone la mano en la espalda, entre los omóplatos, y la deja ahí mientras ella se levanta.

—Te llevo —dice él.

—No. Me voy caminando.

—María.

—Quiero caminar —dice ella, y se pone la blusa, y se la abotona de abajo hacia arriba, y siente la mirada de él en la espalda, y no se da vuelta—. Quiero llegar sola. Sentarme un rato en la plaza. Pensar.

Él no insiste. Se sienta en la cama, desnudo, con los codos en las rodillas, y la mira vestirse, y cuando ella se agacha a buscar la braga debajo de la silla, él la ve, la mancha oscura en la tela, y no dice nada, y ella se la pone, y siente el algodón frío contra la piel mojada, y se sube la pollera, y se alisa el pelo con las manos, y se pone los anteojos.

—¿Me queda algo acá? —pregunta, y se pasa la mano por la cara, por el cuello, por donde él la mordió hace un mes.

—Un poco en el pelo —dice él—. Nada más.

Ella se mira en el espejo del ropero. Tiene la boca hinchada, el labio partido otra vez, y una marca roja en la base del cuello que ya no se tapa con nada, y se acomoda el cuello de la blusa, y sabe que no sirve de nada, y sale igual.

—El lunes —dice él, desde la cama.

—El lunes.

—Te espero en el patio.

—Sé.

Ella abre la puerta. El pasillo está oscuro, y huele a madera vieja y a humedad, y al final está la puerta de calle con el vidrio esmerilado, y la luz de la tarde que entra por ahí, anaranjada. Se detiene un segundo en el umbral, con la mano en el marco, y no se da vuelta.

—Diego.

—Decime.

—Voy a tenerlo —dice, y le sale sin pensarlo, sin haberlo decidido, y se queda quieta con la mano en el marco, esperando—. Al hijo. Lo voy a tener.

Detrás de ella, la cama cruje. Él se levanta. Los pies de él en el piso, dos golpes sordos, y después el calor del cuerpo de él contra la espalda de ella, y los brazos que la rodean desde atrás, y la boca de él en la nuca, abierta, sin decir nada, y ella siente la respiración de él en el pelo, y las manos de él en el vientre, encima de la pollera, encima de donde va a crecer, y se queda ahí, quieta, con la mano todavía en el marco de la puerta, mirando la luz anaranjada del vidrio.

La luz anaranjada le llega por el vidrio esmerilado y le dibuja una franja tibia en la mano que todavía tiene apoyada en el marco. Siente el calor de él contra la espalda, los brazos que la rodean, las palmas planas sobre la pollera, sobre el vientre, sobre donde va a crecer. La respiración de él en el pelo, lenta, como si tuviera miedo de que el aire se la llevara.

—Voy a tenerlo —dice ella otra vez, y la voz le sale distinta, más firme de lo que esperaba, como si decirlo en voz alta la hubiera convencido de algo que ya sabía—. Al hijo. Lo voy a tener.

Él no dice nada. Le aprieta las manos contra el vientre, apenas, y ella siente los dedos de él hundirse un milímetro en la tela de la pollera, y después la boca de él en la nuca, abierta, contra la piel, y un sonido que no llega a ser palabra, algo que se le escapa y que ella siente en la columna.

—¿Sabés cuánto te amo? —dice él, y la voz le sale contra el pelo de ella, ronca, como si le costara—. ¿Sabés cuánto?

Ella no contesta. No sabe cómo. Se queda mirando la luz del vidrio, la puerta de calle, el pasillo oscuro que la espera, y siente las manos de él en el vientre y el pecho de él contra la espalda y la boca de él en la nuca, y piensa que hace un mes no lo conocía, que hace un mes estaba en un hostal con dos valijas y una carta de la escuela, y ahora está acá, con las manos de él sobre el hijo de los dos, y no sabe cómo se llega a un lugar así, no sabe qué camino tomó, pero está acá.

—No me dejes —dice ella.

Le sale sin pensarlo, igual que lo otro, igual que "voy a tenerlo", y se queda quieta, con la mano en el marco, sintiendo la propia voz en el aire del pasillo, y no se da vuelta, porque no quiere que él le vea la cara, no quiere que le vea lo que le acaba de pasar por los ojos.

—¿Qué?

—Que no me dejes —dice, y ahora la voz le tiembla un poco, y lo odia, odia que le tiemble, odia haber dicho eso, odia haberse dado cuenta de que lo necesitaba decir—. Prometémelo.

Él le da vuelta el cuerpo con las manos en los hombros, despacio, y ella se deja, y ahora está de frente a él, con la espalda contra el marco de la puerta, y él la mira desde arriba con esos ojos verdes que ya no le sonríen, que la miran en serio, y le pasa el pulgar por la mejilla, donde hay una lágrima que ella no sabía que había caído.

—María.

—No quiero estar sola —dice ella, y la voz se le quiebra, y se odia, se odia por decirlo todo, por no poder callarse, por estar parada en el umbral de la casa de él con los ojos llenos de agua y la boca hinchada y el labio partido, pidiéndole a un hombre que le prometa algo que nadie puede prometer—. No quiero volver al hostal y no quiero estar sola y no quiero —se le corta la voz, y se pasa la mano por la cara, por debajo de los anteojos, y se seca la mejilla con el dorso—. Perdón. No sé qué me pasa.

—No te disculpes.

—Me estoy poniendo ridícula.

—No.

—No —repite él, y le sostiene la cara con las dos manos, los pulgares en las mejillas, y le levanta la cabeza para que lo mire—. No estás ridícula. Estás acá. Conmigo. Y no te voy a dejar.

Ella lo mira. Le ve la cicatriz fina sobre la ceja izquierda, los ojos verdes que la miran en serio, sin risa, y siente que algo se le afloja en el pecho, algo que no sabía que tenía apretado, algo que llevaba apretado desde el hostal, desde el avión, desde Buenos Aires. Se le afloja y le duele, le duele como duele un músculo que estuvo tenso mucho tiempo.

—Prometémelo —dice, y la voz ya no le tiembla, le sale pareja, y se odia un poco menos, y se da cuenta de que lo está mirando sin esconderse, con los ojos secos, con la cara lavada de lágrimas que ya no caen.

—Te lo prometo —dice él, y no le suelta la cara, y le pasa el pulgar por la mejilla otra vez, por donde ya no hay lágrima, como si quisiera asegurarse de que no vuelva a caer—. Te lo prometo, María.

Y ella lo cree. No sabe por qué lo cree, no sabe por qué le cree a un hombre que conoce hace un mes, un hombre que la folló contra estantes de balones en una bodega de artículos deportivos el primer día que la vio, pero lo cree. Lo cree porque se lo dice con los ojos secos y la mandíbula apretada, porque se lo dice de frente, sin sonreír, sin broma, porque se lo dice como si fuera lo único que supiera decir.

—No te voy a dejar —dice él, y le baja las manos de la cara a los hombros, y se las aprieta, como si quisiera dejarle la marca de los dedos, como si quisiera que se llevara algo de él en la piel—. No te voy a dejar, no te voy a dejar sola, no te voy a dejar ir. ¿Me escuchás?

Ella asiente. No puede hablar. Siente que si abre la boca se le va a volver a quebrar la voz, y no quiere, no quiere llorar otra vez, no quiere ser la que llora en el umbral de la casa de él con la luz anaranjada del vidrio esmerilado en la espalda.

—María —dice él, y le agarra la cara otra vez, y le dice el nombre despacio, como si le estuviera enseñando a pronunciarlo, como si fuera la primera vez que lo dice—. María. Miráme.

Ella lo mira. Le cuesta, le cuesta sostenerle la mirada, pero lo hace, porque él se lo pidió, porque él le dijo "miráme" y ella quiere, quiere mirarlo, quiere verlo, quiere quedarse con la imagen de esos ojos verdes mirándola en serio, sin risa, sin broma, mirándola como si ella fuera lo único que hay en el pasillo, lo único que hay en la casa, lo único que hay.

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