María Belén llega hasta la mitad del patio y se detiene. El patio es de tierra apisonada, con dos hileras de losas grises que llevan a la puerta de calle, y a esta hora la luz ya se fue del todo y solo queda lo que sale por el vidrio esmerilado de la casa, un rectángulo anaranjado que se estira por el suelo y le llega hasta los pies. Se detiene porque siente el semen moverse.
Es eso. No es el nudo en la garganta ni la voz de él diciéndole "miráme" ni la promesa que acaba de hacerle con las manos en los hombros. Es que el semen se le está corriendo por la cara interna del muslo, tibio todavía, pesado, y con cada paso que da baja un poco más, y si sigue caminando va a llegar a la puerta de calle con él chorreándole por la rodilla, y después el camino de tierra hasta el pueblo, y después el hostal, y la mujer de la recepción que le da la llave todas las noches.
Se queda quieta. Mira la puerta de calle, cerrada, con el pasador echado. Del otro lado está el camino, y el pueblo, y su cuarto con la colcha de flores, y el lunes. Del lado de acá está la casa con la luz anaranjada y él adentro.
Se pasa la mano por detrás del muslo, por debajo de la falda, y los dedos le vuelven brillantes y pegajosos. Se los limpia en el ruedo de la falda, que ya está arrugado de antes, y se queda con la mano ahí, apretando la tela, como si con eso pudiera tapar lo que ya se está enfriando.
No puede irse así. Eso es lo que piensa. No puede irse así, con esto adentro, con esto bajándole por la pierna, con la casa encendida a sus espaldas y él mirándola desde la puerta. No puede llegar al hostal y meterse en la cama con las sábanas limpias y dejar que esto se seque en la tela y se convierta en una mancha más, una mancha que la mujer de la limpieza va a ver el martes.
Da media vuelta.
Diego está en la puerta de la casa, todavía. No se movió. Tiene las llaves en la mano —las llaves de la casa de su madre, con el llavero de cuero gastado— y no las soltó, no se las guardó, no entró. Está parado en el umbral con la luz anaranjada detrás, la camiseta blanca pegada al torso, el pelo revuelto como si acabara de entrenar aunque no entrenó nada, y la mira volver sin decir una palabra.
No dice nada. Eso es lo que a ella le da vergüenza y lo que a ella la empuja. Porque él no le pregunta "¿qué pasó?", no le dice "te olvidaste algo", no le hace ninguna de las bromas con las que la desarma siempre. Solo la mira volver, con las llaves en la mano, como si hubiera estado esperando exactamente eso desde el momento en que ella cruzó el umbral.
María Belén llega hasta él y se detiene a un paso. Siente la respiración. Siente el olor de la casa en la ropa de él, ese olor a madera vieja y a humedad y a algo dulce que debe ser la parra, y siente el semen enfriándosele en el muslo, y no sabe qué decir, así que no dice nada.
—Ya sé —dice él.
Y le pasa el brazo por la cintura, la levanta del suelo como si no pesara, y la mete otra vez en la casa, y la cruza por el pasillo, y la saca al patio de atrás, donde está la parra.
La parra ocupa toda la pared sur de la casa. Es vieja, más vieja que la casa, con el tronco grueso como un brazo y retorcido, y las ramas se abren por la cal como dedos, y en septiembre las hojas se ponen rojas y las uvas se ponen negras. Ahora, a fines de junio, la parra está verde y tupida, y las hojas se mueven con el viento de la noche, y hay un olor a hoja mojada y a tierra que a María Belén le llena la nariz apenas él la saca al patio.
Diego la apoya contra la pared. La espalda de ella toca la cal, que está fría, y las hojas de la parra le rozan la nuca, y una hoja le queda enredada en el pelo, y él no se la saca, la deja ahí.
—Decime que no —dice él, con la boca pegada a la oreja de ella, con la voz ronca, con las dos manos en la cintura de ella—. Decime que no y te llevo al hostal.
María Belén no dice nada. Le agarra la camiseta con las dos manos, la aprieta, y tira hacia arriba, y él entiende y se la saca por la cabeza y la tira al suelo del patio, sobre la tierra, y la camiseta blanca queda ahí, arrugada, y a ella le da igual.
Él le baja la falda. La falda azul de flores, la que se puso para el sábado, la que ya tiene el ruedo sucio de la calle y del patio, y se la baja por las caderas, por las rodillas, y la deja caer. Después le baja la braga. La braga mojada, empapada, la que lleva puesta desde la mañana, la que se puso limpia y ya no lo está, y se la baja hasta la rodilla, y se la deja ahí, enganchada, porque no le da tiempo a sacarla del todo, porque no quiere sacarla del todo, porque le gusta que se quede ahí, tirante, apretándole las piernas.
María Belén siente el aire de la noche en la piel que tenía tapada. Siente la cal de la pared en la espalda, áspera, y siente las hojas de la parra en la nuca, y siente la braga tirante en las rodillas, y siente a Diego que se le aprieta contra la cadera, duro, y que le levanta una pierna con el brazo, y que le abre.
—¿Estás segura? —dice él.
—Sí —dice ella, y le sale la voz ronca, y se le quiebra en la última letra, y no le importa.
Diego la penetra de pie. La levanta un poco más, con las dos manos en las nalgas de ella, y la baja despacio sobre él, y ella siente el momento exacto en que la punta le abre los labios, y después el estiramiento, lento, hondo, hasta que él está adentro del todo y las caderas de los dos se tocan y la espalda de ella raspa la cal de la pared.
María Belén grita. No un grito grande, un grito corto, ahogado, contra el hombro de él, y le clava las uñas en la espalda, y le engancha las piernas alrededor de la cintura, y él la sostiene contra la pared con todo el peso del cuerpo de ella encima de él, y no se mueve. Se queda quieto, adentro, respirando contra el cuello de ella, y ella siente el pulso de él adentro, latiéndole, y siente las hojas de la parra moverse en su pelo con el viento.
—Despacio —dice él—. Despacio, corazón.
Y empieza a moverse despacio. La levanta y la baja con los brazos, sin apuro, y cada vez que la baja la penetra hasta el fondo, y cada vez que la sube casi la saca, y ella siente todo el recorrido, cada centímetro, la fricción, el calor, la humedad que ya no sabe si es de él o de ella o de los dos, y le muerde el hombro para no gritar, y le muerde la piel, y le deja la marca de los dientes.
Él no la apura. La mira a los ojos. Eso es lo que hace, eso es lo que la desarma, que la folla despacio y la mira a los ojos, con esos ojos verdes que no se ríen, que no bromean, que la miran como si ella fuera lo único que hay en el patio, lo único que hay en la casa, lo único que hay en el pueblo. Y ella le sostiene la mirada, le cuesta, le cuesta muchísimo, pero le sostiene, y siente que se le está por romper algo adentro, algo que no es el cuerpo.
—Diego —dice ella.
—Decime.
—No pares.
Él no para. Le cambia el ritmo, un poco más rápido, y la pared raspa la espalda de ella con cada embestida, y la hoja de la parra se le enreda más en el pelo, y ella siente que la braga tirante en las rodillas le aprieta las piernas y que eso, no sabe por qué, la excita más, la hace sentir atrapada, la hace sentir que no puede bajarse, que no puede irse, que está ahí y va a estar ahí hasta que él termine.
—¿Te gusta así? —dice él, con la voz ronca, con la boca en la oreja de ella—. ¿Te gusta que te tenga contra la pared de la casa de mi madre?
—Sí —dice ella, y se le quiebra la voz—. Sí, sí, sí.
Él se ríe. Una risa corta, baja, contra el cuello de ella, y después la muerde ahí, en el cuello, en el mismo lugar donde ya le dejó la marca la otra vez, y ella siente que el cuerpo se le va, que se le afloja, que se le abre, y que el calor le sube por la panza y le aprieta la garganta, y sabe que está por venir, y no quiere todavía, no quiere que se termine, pero el cuerpo no le hace caso.
—Vení —dice él—. Vení, María, vení conmigo.
Y ella viene. Se le aprieta todo, las piernas, la panza, el pecho, y le clava la boca en el cuello y le muerde la piel, fuerte, y él la sostiene contra la pared, y ella siente el temblor que le sube por las piernas y el latido que le late en todo el cuerpo, y no puede respirar, y no quiere respirar, y se le escapa un sonido contra el cuello de él, un sonido que no es palabra, que es nada más que el cuerpo diciendo lo que no puede decir la boca.
Diego se corre adentro de ella. Profundo. La aprieta contra la pared con las dos manos en las nalgas, la baja del todo, y la sostiene ahí, con él adentro hasta el fondo, y ella siente el pulso, el chorro caliente, el momento exacto, y él gruñe contra el pelo de ella, y le dice algo que ella no entiende, algo que puede ser su nombre o puede ser cualquier cosa, y después se queda quieto.
Los dos tiemblan. Él la sostiene contra la pared porque si la suelta se cae, y ella lo envuelve con las piernas porque si lo suelta se cae ella, y ninguno de los dos dice nada, y las hojas de la parra se mueven con el viento de la noche, y en algún lugar del pueblo un perro ladra, y después se calla.
María Belén apoya la frente en el hombro de él. Siente la respiración de él, que le mueve el pecho, y siente el semen que le baja por la pierna, otra vez, ahora más, y siente la cal de la pared que le dejó marcas blancas en la espalda, y no le importa. No le importa nada. Quiere quedarse ahí, con la braga tirante en las rodillas y las hojas en el pelo, y no volver nunca al hostal, no volver nunca al pueblo, no volver nunca a la vida de antes.
—El lunes te espero en el patio —dice él, con la voz ronca, todavía adentro de ella, todavía con las manos en las nalgas de ella—. En el patio, a la hora del recreo, delante de todos.
María Belén levanta la cabeza y lo mira. La luz anaranjada del vidrio esmerilado le llega desde el pasillo y le da en la mitad de la cara, y él tiene el pelo revuelto y la boca hinchada y una hoja de parra enredada en el hombro, y la mira en serio, sin risa, esperando la respuesta.
—Sí —dice ella—. Voy a estar.
Y en ese sí se le queda colgando todo lo que viene, el lunes, el patio, la directora, su madre en Buenos Aires, la panza que va a crecer, la casa con la parra que va a estar roja en septiembre, y ella no sabe nada de eso todavía, no sabe qué va a pasar cuando lo vea en el patio delante de todos, no sabe si va a poder sostenerle la mirada como se la sostuvo ahora contra la pared, no sabe nada, solo sabe que dijo que sí y que él la está mirando como si le hubiera dicho la cosa más grande del mundo.
Diego le saca la hoja de parra del pelo. Se la saca con dos dedos, despacio, y se la muestra, y después la tira al suelo del patio, y le baja las piernas de la cintura, y la baja al suelo, y le sube la braga mojada hasta la cintura, y le sube la falda, y le acomoda el ruedo, y le saca una brizna de cal de la espalda con la palma de la mano, y todo eso lo hace sin decir nada, como si la estuviera vistiendo para que pudiera volver al mundo.
María Belén se queda parada en el patio, con la falda arrugada y la braga mojada y el semen tibio bajándole por la pierna, y mira la parra, que en septiembre va a estar negra de uvas, y piensa que va a estar ahí para verlo.
María Belén no se mueve. La falda le acaba de quedar acomodada, el ruedo en su lugar, la braga mojada otra vez contra la piel, y él la está mirando con esa cara de quien ya terminó de vestirla para que vuelva al mundo. Y ella piensa que no, que no vuelve todavía. Que el mundo puede esperar cinco minutos más.
Se le dobla la cintura. Se le doblan las rodillas. Se agacha despacio, con las manos en los muslos de él para no perder el equilibrio, y las rodillas le tocan la tierra del patio, que está fría y suelta y se le mete entre los dedos de los pies. Desde el suelo la casa se ve distinta: la parra ocupa todo el cielo, las hojas se mueven negras contra la luz del vidrio esmerilado, y él la mira desde arriba, alto, con la boca abierta y sin entender todavía.
—María —dice.
No dice más. Ella le busca la cintura del chándal con las dos manos, encuentra el elástico, se lo baja de un tirón, y él ya está duro otra vez, o todavía, no sabe, y le sale por encima del elástico y le queda ahí, parada, brillante, con la humedad de ella misma todavía encima, la de los dos mezclada, y a María Belén se le cierra la garganta de una manera que no es vergüenza ni es asco, es otra cosa, algo que le sube desde la panza y le aprieta la boca.
Se la agarra con la mano. Está caliente. Late. Tiene la piel tirante y el glande brilloso y cuando le pasa el pulgar por arriba, por el borde, él respira fuerte por la nariz y le pone una mano en la cabeza, no para empujarla, solo para tenerla ahí, para saber dónde está.
—¿Vos sabés lo que estás haciendo? —dice él, con la voz ronca.
María Belén no contesta con palabras. Se inclina y le pasa la lengua de abajo hacia arriba, por toda la parte de abajo, lento, y siente el sabor: sal, y algo metálico, y ella misma, la humedad de su propio cuerpo que todavía está ahí, que él le dejó ahí, que ella le está sacando con la lengua. Es raro y es exacto y no se aparta. Repite el recorrido, más lento, y en la punta se detiene, la lame, la chupa apenas, y él le aprieta los dedos en el pelo.
—La puta madre —dice él, bajito, casi para adentro.
María Belén se la mete en la boca. No toda, no puede, no sabe, pero lo que entra le llena la boca y le empuja la lengua contra el piso y le abre la mandíbula, y él está tan caliente que se siente el latido en el paladar. Cierra los labios alrededor y chupa, suave, y sube despacio, y vuelve a bajar, y en cada bajada siente el sabor de ella misma más fuerte, la humedad que le queda en la piel, y se chupa los labios alrededor como si se estuviera chupando a sí misma, y eso la excita de una manera que no entiende, que le aprieta las piernas y le moja la braga otra vez.
Él le agarra el pelo con las dos manos. No la fuerza. Le sostiene la cabeza, le saca la coleta, se la deshace con los dedos, y el pelo castaño le cae sobre la cara y sobre las manos de él, y él se lo aparta con el pulgar para verle la boca, para ver cómo le entra, y desde arriba la mira con esos ojos verdes que no se ríen.
—Mírame —dice.
María Belén levanta la vista. Tiene la polla en la boca y los ojos de él encima y las rodillas en la tierra del patio de la casa de la madre de él, y no se le ocurre nada más que hacer que sostenerle la mirada y bajar más, hasta donde puede, hasta que le dan arcadas y se le llenan los ojos de agua, y aguanta ahí un segundo, dos, con la garganta apretada alrededor de él, y después sube despacio, resbalando, con la boca llena de saliva.
—Así —dice él, y le acaricia la cabeza, el pelo, la oreja—. Así, corazón.
Ella vuelve a bajar. Encuentra un ritmo, uno propio, con la mano en la base y la boca en lo de arriba, y la otra mano en el muslo de él, en el chándal que le quedó en los tobillos, y él empieza a moverse apenas, un vaivén corto de caderas, sin empujar, solo acompañando, y cada vez que se mueve le roza la garganta y a ella se le escapa un sonido con la boca llena, un sonido húmedo, y él lo escucha y le aprieta más los dedos en el pelo.
—¿Te gusta? —dice él, y no es una broma, la voz no tiene nada de broma—. ¿Te gusta probarte?
María Belén asiente con la boca llena, sin sacársela, y el asentimiento le hace bajar más, y él gime, un gemido corto que le sale del pecho y que ella siente en la mano que tiene en el muslo. Le gusta. Le gusta el sabor, le gusta la posición, le gusta tenerlo así, parado en el patio de su casa, con las manos en el pelo de ella y la boca abierta, le gusta que él no pueda hacer nada más que mirarla desde arriba y aguantar.
Se saca la polla de la boca un momento. Respira. Le queda brillante de saliva y de ella, y le pasa la lengua por el costado, por la vena que se le marca, y le lame los huevos, abajo, uno y después el otro, y él se le tensa todo el cuerpo y le dice algo que no es palabra, un ruido, y le clava los dedos en el cráneo.
—Pará —dice él—. Pará o me voy a correr.
María Belén no para. Se la vuelve a meter en la boca, entera hasta donde llega, y chupa con más ganas, con la mano subiendo y bajando en la parte que no le entra, y la saliva le baja por el mentón y le moja el cuello de la blusa y le moja las rodillas y la tierra, y no le importa, no le importa nada, quiere que él se corra, quiere sentirlo, quiere que le llene la boca.
—María —dice él, y le tira del pelo, apenas, para avisarle—. María, me voy a correr.
Ella levanta los ojos. Lo mira desde abajo, con la polla en la boca y la cara mojada, y no se aparta. Eso es todo lo que hace. Y él lo entiende, porque gime, uno largo, y se le tensan los muslos bajo las manos de ella, y empieza a salir, caliente, espeso, y ella lo recibe en la lengua, en el paladar, y traga, y él sigue saliendo y ella sigue tragando, y le cuesta, se le llenan los ojos de agua otra vez, pero no se aparta, lo aguanta todo, hasta que él termina y se le afloja el cuerpo y le suelta el pelo y se apoya con una mano en la pared de la casa.
María Belén se saca la polla de la boca despacio. Se pasa el dorso de la mano por la boca, por el mentón, se limpia la saliva y lo que quedó, y después se queda ahí, arrodillada en la tierra, mirándolo desde abajo, con el pelo suelto y la falda arrugada y las rodillas sucias.
Diego la mira. Tiene el pecho subiendo y bajando, la camiseta tirada en el suelo del patio a un costado, la cicatriz de la ceja brillante de sudor. No dice nada durante un rato largo. Y después se agacha, se pone a la altura de ella, y le agarra la cara con las dos manos, y le limpia con el pulgar una gota que le quedó en la comisura de los labios.
—Vení —dice—. Vení acá.
Y la levanta del suelo, del patio, de la tierra, y la aprieta contra el pecho, contra la camiseta que no tiene puesta, contra la piel caliente de él, y ella apoya la cara en el hombro y siente el olor de él y el sabor de él en la boca al mismo tiempo, y cierra los ojos, y se queda ahí.
Ella no abre los ojos todavía. Se queda con la nariz metida en el hueco del cuello de él, donde el olor es más fuerte, donde hay sudor y hay pasto y hay algo que es solo él, y respira ahí adentro como si fuera lo último que le queda de aire. La camiseta de Diego está en el suelo, a un costado, con una manga doblada sobre sí misma y una mancha oscura en el pecho, y ella la ve desde el rabillo del ojo sin moverse, sin querer moverse, con la mejilla pegada a la piel caliente del hombro.
Él le pasa la mano por la espalda. Se la pasa despacio, de arriba abajo, por encima de la blusa arrugada, y después por debajo del ruedo, por la piel, y le encuentra la marca de la pared de la casa, la rayita de cal que le quedó de antes, y se la saca con los dedos, sin apuro, como si tuviera toda la tarde.
—Te dejé la falda sucia —dice él, contra el pelo de ella.
María Belén mira hacia abajo, hacia su propia falda, y sí, tiene tierra en la rodilla, una mancha parda que se le metió en la tela, y tiene la braga mojada otra vez, y las manos con la tierra del patio entre los dedos. No contesta. Se ríe apenas, con la cara todavía escondida, y esa risa le sale corta, sin fuerza, y él la siente en el pecho y le aprieta la nuca.
—¿De qué te reís?
—De nada.
—Mentira.
—De que vine a ver una casa —dice ella, y levanta la cara por fin, y lo mira desde muy cerca, con los ojos color miel todavía húmedos de los arcadas, con el pelo suelto cayéndole sobre la frente— y terminé arrodillada en el patio.
Diego se ríe. Fuerte, sin reservas, con la cabeza echada para atrás, y la risa le mueve todo el pecho contra el cuerpo de ella. Y después la mira otra vez, y le aparta el pelo de la cara con dos dedos, y se lo deja atrás de la oreja, y le mira la oreja, la cicatriz chiquita del lóbulo, como si la estuviera viendo por primera vez.
—La casa también te quería ver —dice—. La parra te estaba esperando.
María Belén gira la cabeza. Desde el hombro de él alcanza a ver la parra, que sigue ahí, negra contra el vidrio esmerilado, con las hojas moviéndose en la brisa que viene del campo, y abajo, en el tronco, la marca de la poda vieja, el nudo de la madera que él le mostró con la tijera abierta en la mano. Piensa que en septiembre eso va a estar cargado de uvas y que ella va a estar ahí para verlo, con la panza, con la mano en la panza, parada en ese mismo patio.
—¿Duele? —dice él.
Ella lo mira sin entender.
—Las rodillas.
María Belén se mira las rodillas. Tiene la tierra pegada a la piel, y una piedrita chiquita clavada en el borde de la rótula, y cuando se la saca con la uña le sale una gota de sangre mínima, redonda, que se limpia con el pulgar y no vuelve a salir. Duele un poco, sí. Pero no es eso lo que le aprieta la garganta.
—No —dice—. Nada.
Él se agacha otra vez. Se pone en cuclillas delante de ella, con las rodillas abiertas y los codos apoyados en los muslos, y le mira las rodillas de cerca, y le pasa la palma por encima, por la tierra, como si le sacara el polvo a un mueble, y después se la levanta un poco, la pierna, y le sopla la rodilla, un soplo corto, tibio, y a ella se le eriza todo el cuerpo de un solo golpe, desde la nuca hasta los tobillos.
—Ya está —dice él—. Como nueva.
María Belén se queda con la pierna levantada un segundo más de lo necesario, con la rodilla en el aire y la mano de él debajo del muslo, y después la baja despacio, y él le suelta la pierna y se queda ahí, en cuclillas, mirándola desde abajo ahora, con los ojos verdes a la altura de la cintura de ella.
—Diego.
—Qué.
—Tengo la boca con gusto a vos.
Él se queda quieto. No se ríe. La mira desde abajo con esa cara que pone cuando algo le importa de verdad, la mandíbula apretada, la cicatriz de la ceja estirándose apenas, y después se para despacio, le pone las dos manos en la cintura, y la atrae hacia él, y le apoya la frente contra la frente.
—Y yo te voy a tener en la boca toda la tarde —dice—. En el auto, en la ruta, en la puerta del hostal. Toda la tarde.
Ella cierra los ojos. Siente la frente de él contra la suya, la respiración en la boca, el olor a pasto y a sudor y a ella misma que le sube de la ropa. Afuera, en algún lado del campo, un perro ladra dos veces y se calla. Adentro del patio no hay nada más que la parra, la casa, la luz anaranjada del vidrio esmerilado que les cae encima como si fuera la última hora del día.
—Se me hace tarde —dice María Belén, y no se mueve.
—Sí.
—Tengo que volver al hostal.
—Sí.
Ninguno de los dos se mueve. Él le tiene las manos en la cintura y ella le tiene las manos apoyadas en el pecho, en la piel, y siente el corazón de él debajo de la palma, que todavía va rápido, y piensa que ese corazón es el mismo que va a estar en la panza de ella en septiembre, que ya está, que ya está adentro, que ya no hay nada que abrir ni que decidir.
—Te llevo —dice él por fin, y le suelta la cintura, y se agacha a levantar la camiseta del suelo, y se la sacude contra la rodilla, y se la pone, y se la acomoda con las dos manos, y le queda pegada al torso todavía húmeda de sudor.
María Belén se mira las manos. Tiene tierra debajo de las uñas. Se las limpia contra la falda, una y otra vez, y la tierra no sale, se corre de un lado al otro, y ella piensa que va a volver al hostal con la tierra del patio de Diego debajo de las uñas y que nadie lo va a saber, que eso también es un secreto, uno chiquito, uno que se va a lavar con agua y jabón y que igual va a quedar ahí un rato.
—Vení —dice él, y le tiende la mano.
María Belén le toma la mano. La mano de él es grande, áspera, con la palma caliente, y le envuelve los dedos enteros, y la lleva hacia la puerta de la casa, y ella camina detrás, con la falda arrugada y las rodillas sucias y el pelo suelto, y antes de entrar mira una vez más para atrás, para la parra, para el patio, para la tierra donde estuvo arrodillada, y se lo guarda, se lo guarda entero, para acordarse después, cuando esté sola en el cuarto del hostal, con la luz apagada y la mano en la panza.
Ella le aprieta los dedos. Se queda con la mano de él agarrada, con los dedos entrelazados, y no da el paso hacia la puerta. La puerta está abierta, el marco de madera oscura, y adentro está la casa, y más adentro está el cuarto, y en el cuarto está la cama. María Belén mira la puerta, mira la mano de Diego, y después lo mira a él, a la cara, a los ojos verdes que le brillan con la luz naranja del vidrio esmerilado.
—No me lleves —dice.
Diego se queda quieto. La mira sin entender, o entendiendo, con la mandíbula apretada, la cicatriz de la ceja estirándose apenas.
—¿No querés volver?
—No quiero irme —dice ella, y se le traba un poco la voz, y lo dice igual, mirándolo—. No todavía.
Él no contesta enseguida. Le mira la mano, la mano de ella en la suya, y después le mira la cara, y hay algo en la cara de él que se le afloja, que se le desarma, como si le hubieran sacado un peso de encima que ni sabía que cargaba.
—¿Y qué querés? —dice, y la voz le sale más baja de lo normal.
María Belén traga. Mira para atrás una vez, para el patio, para la parra negra contra el vidrio, para la tierra donde estuvo arrodillada, y después mira para adentro, para el pasillo oscuro que se hunde en la casa, para el olor a madera vieja que sale de ahí, y lo dice.
—Llevame adentro. A la cama de tu madre.
Diego la mira un rato largo. No se ríe, no hace una broma, no la corrige. Le aprieta la mano una vez, fuerte, y después la suelta, y entra primero, y ella entra detrás, y el pasillo se la traga.
La casa está oscura adentro, oscura y fresca, y huele a madera vieja y a algo más, a un perfume viejo que quedó en las cortinas, a naftalina, a una casa que estuvo cerrada mucho tiempo y que ahora está abierta porque él la abre. Los muebles son bajos y pesados, de otra época, con las patas torneadas y los tapizados gastados en los apoyabrazos, y hay un reloj de pared parado a las cuatro y veinte, y hay un plato de cerámica colgado en la pared con dos pájaros pintados, y hay una alfombra de yute que se estira por el pasillo y que les come los pasos.
María Belén camina detrás de él. Mira todo. Mira el plato de los pájaros, mira el reloj parado, mira una foto chiquita en un marco de plástico apoyada en una repisa, una mujer joven con el pelo recogido y una sonrisa que ella reconoce, que es la sonrisa de Diego pero en otra cara, y no dice nada, y sigue caminando.
La puerta del cuarto está al fondo. Diego la abre y la deja abierta, y se hace a un lado para dejarla pasar, y María Belén entra.
El cuarto es chico. Hay una cama de hierro con la cabecera alta, con barrotes pintados de blanco y descascarados en las puntas, y hay un crucifijo arriba, y hay una cómoda de madera oscura con un mantelito de crochet y un frasco de colonia y un cepillo de pelo con el mango de carey. La ventana da al patio, al vidrio esmerilado, y la luz naranja entra por ahí y se derrama sobre la colcha, sobre la cama, sobre todo, y el cuarto entero está metido en esa luz, tibio, quieto, como si el tiempo no pasara adentro.
María Belén se queda parada al lado de la cama. Pone la mano en la colcha. La tela es áspera, de algodón grueso, con un bordado de flores descolorido en el centro, y está fría, y debajo se siente el bulto del colchón, un colchón viejo, de lana, que se hunde cuando ella aprieta con los dedos.
—¿Es acá? —dice.
—Es acá —dice Diego, y se queda en el marco de la puerta, con una mano apoyada en el batiente, mirándola a ella, no a la cama.
María Belén se sienta. El colchón cede debajo de ella, y el elástico de la cama cruje, un chirrido viejo, de fierro, y ella se queda sentada en el borde, con las manos en las rodillas, mirando la ventana, la luz naranja, el vidrio esmerilado por donde se ve la parra, negra, con las hojas quietas ahora, sin viento.
—Vení —dice ella.
Diego entra. Cruza el cuarto despacio, dos pasos, tres, y se para delante de ella, y ella levanta la cara, y él la mira desde arriba, y después se agacha, se sienta al lado, y la cama cruje otra vez, y los dos quedan sentados en el borde, con los pies en el piso de baldosas frías, mirando la misma ventana.
—Acá murió —dice él, y lo dice sin dramatismo, como un dato, como si estuviera diciendo la hora—. En esta cama. Hace cuatro años, en marzo.
María Belén no contesta. Le pone la mano en la rodilla, encima del chándal, y se la deja ahí, quieta.
—Yo no estaba —dice él—. Estaba en Madrid, en un curso. Me llamaron a la mañana. Cuando llegué ya estaba la vecina acá, y el médico, y todo hecho.
Ella le aprieta la rodilla.
—No me lo contaste nunca.
—No.
—¿Por qué?
Diego se encoge de hombros. Mira la ventana, la parra, la luz naranja que les cae encima.
—Porque no se lo conté a nadie —dice—. Ni a mis amigos. Ni a la directora. Ni a nadie.
María Belén se da vuelta. Se da vuelta en la cama, con las piernas dobladas sobre la colcha, y queda mirándolo de frente, con las rodillas tocándole el muslo, y le agarra la cara con las dos manos, la cara entera, la mandíbula cuadrada y la cicatriz de la ceja y la boca, y se la sostiene, y lo mira a los ojos desde muy cerca.
—A mí sí —dice—. A mí me lo contás.
Diego la mira. Tiene los ojos verdes muy abiertos, muy quietos, y hay algo ahí adentro que se le mueve, que se le agrieta, y no dice nada, y ella le pasa el pulgar por la cicatriz de la ceja, despacio, de arriba abajo, y él cierra los ojos.
—Vení —dice ella, y le tira de la camiseta, de la camiseta blanca pegada al torso todavía húmeda de sudor, y él se deja ir, se deja caer hacia ella, y los dos se van de costado sobre la colcha, y la cama cruje entera, el fierro viejo, y las flores bordadas del centro quedan debajo de ellos, aplastadas.
María Belén queda de espaldas. Diego queda de costado al lado de ella, con una pierna encima de las piernas de ella, con el brazo cruzado sobre la cintura de ella, y le apoya la cara en el hombro, en el hueco del cuello, y respira ahí, y ella siente el aliento de él en la piel, tibio, y siente el peso del brazo, y siente la cama que se hunde debajo de los dos.
La luz naranja les cae encima. El vidrio esmerilado la filtra, la vuelve espesa, y todo el cuarto queda metido en esa luz, la cómoda, el frasco de colonia, el cepillo de carey, el crucifijo, la colcha con las flores aplastadas. Afuera no se oye nada. Ni un perro, ni un auto, ni el viento en la parra. Solo la cama, que cruje cada vez que alguno se mueve, y la respiración de los dos.
María Belén levanta la mano y la pasa por el pelo de él, por el pelo castaño claro revuelto, y se lo aparta de la frente, y le mira la cara desde arriba, la cara de Diego apoyada en su hombro, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, y piensa que así, dormido o casi, sin la broma, sin la sonrisa, sin el cuerpo llenando el espacio, es otra persona. Es un hombre de treinta y dos años que perdió a la madre en marzo y que no se lo contó a nadie.
—Diego.
—Mmm.
—¿Estás dormido?
—No.
—Mentira.
Él se ríe, apenas, contra el cuello de ella, y la risa le mueve el pecho, y después levanta la cara y la mira, y tiene los ojos verdes otra vez, abiertos, despiertos, con la luz naranja metida adentro.
—¿Y ahora qué? —dice ella.
—Ahora nada —dice él—. Ahora estamos acá.
María Belén mira para arriba. Mira el techo de yeso, con una mancha de humedad en un rincón, y mira el crucifijo, y mira la ventana, la parra, la luz. Y después baja la mano, la baja por el pecho de él, por la camiseta húmeda, por el abdomen, y le encuentra el elástico del chándal, y se lo toca, apenas, con dos dedos, y no dice nada.
Diego se queda quieto. La mira.
—¿Vos querés? —dice, y la voz le sale ronca.
—Sí.
—Acá.
Él se mueve. Se incorpora sobre un codo, y la mira desde arriba un segundo, la cara de ella contra la colcha, el pelo suelto abierto sobre las flores bordadas, las gafas torcidas, y después se las saca, despacio, con dos dedos, y las deja a un costado, en la cómoda, al lado del cepillo de carey, y ella queda sin las gafas, con la cara desnuda, y el cuarto entero se le vuelve un poco borroso, un poco blando, y no le importa.
Él le desabrocha la blusa. Botón por botón, sin apuro, y le abre la tela, y le mira el pecho, los pechos chicos debajo del sostén de algodón, y le pasa la mano por encima, la palma entera, tibia, y le baja el sostén, y le besa la clavícula, el esternón, la punta del pecho, y ella arquea la espalda, y la cama cruje.
—Despacio —dice ella.
—Despacio.
Él le baja la falda. Se la baja por las piernas, por las rodillas sucias, por los tobillos, y la falda queda en el piso de baldosas, con la mancha de tierra, y después le baja la braga, la braga mojada, y se la saca por los pies, y la tira, y queda en algún lado, en el piso, y ella queda desnuda sobre la colcha de la madre de él, con la luz naranja encima, con las rodillas todavía con la tierra pegada.
Diego se saca la camiseta. Se la saca por la cabeza, de un tirón, y la tira, y después se baja el chándal, y la polla se le sale del elástico, dura, parada, y ella la mira desde abajo, y se le hace un nudo en la garganta, y abre las piernas, apenas, sin decir nada.
Él se le pone encima. Le apoya el peso en el cuerpo, el pecho contra el pecho, y le busca la boca, y la besa, y ella le abre la boca, y se besan un rato largo, sin apuro, con la lengua, con los dientes, y la cama cruje cada vez que él se mueve, y ella le agarra la espalda, la espalda ancha, los músculos, y le clava las uñas, apenas, y él gime en la boca de ella.
Después se levanta un poco. Se apoya en una mano, al lado de la cabeza de ella, y con la otra se agarra la polla, y se la pasa por la concha, por los labios, de arriba abajo, mojándola, y ella levanta las caderas, buscándolo, y él se ríe, bajito, contra el cuello de ella.
—¿Y ahora qué? —dice, devolviéndole la pregunta.
—Ahora nada —dice ella—. Ahora metela.
Él la mete. Despacio, empujando, y ella siente el estirón, el calor, la polla que le abre la concha centímetro a centímetro, y se le escapa un sonido, corto, y él se queda quieto, adentro, hasta el fondo, con la pelvis pegada a la pelvis de ella, y los dos respiran.
—¿Duele? —dice él.
—No.
—¿Seguro?
—Sí. Movete.
Él se mueve. Sale casi entero, despacio, y vuelve a entrar, y la cama cruje, y las flores bordadas de la colcha se arrugan debajo de ellos, y la luz naranja les cae encima, sobre la espalda de él, sobre las caderas de ella, sobre todo. María Belén le agarra la espalda, le clava los dedos, y él va más rápido, y después más lento, y después más rápido otra vez, y ella cierra los ojos, y el cuarto se le llena de ruido, de la cama, de la respiración de él, del sonido húmedo de la polla entrando y saliendo, y de la voz de él, que le dice algo al oído, algo que no entiende del todo, y no importa.
—Mirá —dice él, y le agarra la cara con una mano, con los dedos en la mandíbula de ella, y le da vuelta la cara hacia la ventana—. Mirá la parra.
Ella abre los ojos. Mira la parra. Está ahí, negra contra el vidrio esmerilado, con las hojas quietas en la luz naranja, y él la está follando en la cama de su madre muerta, y la parra está ahí, afuera, esperando septiembre, esperando las uvas, esperando la panza de ella, y María Belén lo mira todo junto, la parra, la luz, la cama, la cara de él, y se le llenan los ojos de agua, y no es tristeza, no sabe qué es, y le agarra la cara a Diego con las dos manos y lo besa, y él le devuelve el beso, y sigue moviéndose, y la cama cruje, y cruje, y cruje.
María Belén le muerde el labio a Diego y le separa la cara con las dos manos, lo aparta apenas lo suficiente para verlo, para que la vea. La cama sigue crujiendo debajo de ellos, el fierro viejo, y las flores bordadas de la colcha se le meten en la espalda como piedritas. Él está adentro hasta el fondo, quieto ahora, respirando por la boca, esperando. Tiene el pelo castaño claro pegado a la frente, la cicatriz de la ceja brillante de sudor, y la mira desde arriba con esa cara que pone cuando algo le importa de verdad. María Belén le sostiene la mirada. Siente la polla de él latiéndole adentro, dura, llenándola, y siente las caderas de él pegadas a las suyas, y siente la luz naranja del vidrio esmerilado caerle sobre la cara como si le estuvieran poniendo algo encima.
—Pará —dice.
Diego se queda quieto del todo. No se sale. No se mueve. Se apoya en los codos, a un lado y al otro de la cabeza de ella, y la mira desde arriba con los ojos verdes muy abiertos, y la mandíbula apretada, y no dice nada, esperando, como si le hubieran dado una orden y no supiera todavía de qué se trata.
—¿Qué? —dice, y la voz le sale ronca.
María Belén traga. Le pasa las manos por los costados, por las costillas, por la espalda ancha, y se las deja ahí, abiertas, con los dedos clavados en los músculos de él, y levanta las caderas apenas, un movimiento chiquito, y él gime entre los dientes y se aguanta.
—Quiero sentir cómo te corrés adentro —dice ella.
Lo dice mirándolo. Sin bajar la voz, sin esconder la cara en el hombro de él, sin la risa corta que le sale cuando algo la avergüenza. Lo dice con la boca abierta y los ojos color miel fijos en los ojos verdes de él, y siente que se le calienta la cara al decirlo, y no le importa, y siente también que se le aprieta algo abajo, en la concha, alrededor de la polla que tiene adentro, y eso tampoco le importa.
Diego se queda quieto un segundo. Después se le afloja la mandíbula, y algo en la cara de él se le desarma, como si le hubieran sacado un peso de encima, y se le escapa una risa corta, baja, contra la boca de ella, y le muerde el labio inferior, apenas, y se mueve.
—¿Vos sabés lo que me estás pidiendo? —dice, con la boca pegada a la oreja de ella.
—Sí.
—Decilo otra vez.
—Quiero que te corras adentro —dice María Belén, y esta vez no se le quiebra la voz, le sale entera, y él gime contra el cuello de ella y empieza a moverse en serio.
Sale casi entero, despacio, y ella siente la polla resbalándole por las paredes de la concha, cada centímetro, la fricción, el calor, y después vuelve a entrar, de un solo empujón, hasta el fondo, y la pelvis de él choca contra la de ella y la cama cruje entera y las flores bordadas de la colcha se arrugan debajo de los dos. María Belén se agarra de la espalda de él, le clava los dedos, y él repite el movimiento, sale y entra, sale y entra, cada vez más rápido, y el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo se le llena al cuarto, se mezcla con el crujido del fierro y con la respiración de los dos, y ella cierra los ojos y los vuelve a abrir porque quiere verlo, quiere ver la cara de él cuando se corra.
—Así —dice Diego, con la voz rota—. Así, corazón. No pares de mirarme.
María Belén no para. Le mira la cara, la frente sudada, los ojos verdes entrecerrados, la boca abierta, y le mira el pecho que sube y baja, y le mira los brazos que le tiemblan sosteniéndose sobre ella, y siente cada embestida en la panza, en la garganta, en la punta de los dedos de los pies, y levanta las caderas para encontrarlo, para que entre más, para que no se le escape ni un centímetro.
—Más —dice.
Él va más rápido. La cama golpea la pared, un golpe seco cada vez, y la cómoda de madera oscura vibra con el frasco de colonia encima, y el cepillo de carey se corre un dedo y se queda quieto, y el cuarto entero se llena de ese ruido, de la cama, de los dos cuerpos, de la respiración de Diego que se le va cortando en pedazos contra el hombro de ella.
—María —dice él, y le agarra la cara con una mano, con los dedos en la mandíbula, y le da vuelta la cabeza hacia la ventana—. Mirá la parra. Mirá la parra mientras te lleno.
Ella mira. La parra está ahí, negra contra el vidrio esmerilado, con las hojas quietas en la luz naranja que se derrama sobre la colcha, sobre los dos, sobre todo. Y él sigue moviéndose adentro de ella, más hondo ahora, con un ritmo corto, urgente, y María Belén siente que se le está por romper algo, no el cuerpo, otra cosa, algo que le sube desde la panza y le aprieta la garganta y le llena los ojos de agua otra vez.
—Diego —dice.
—Decime.
—No te salgas. Quiero sentirte.
Él gime. Un gemido largo, que le sale del pecho y le vibra en la espalda bajo las manos de ella, y le clava la cara en el hueco del cuello, y le muerde la piel ahí, en el mismo lugar donde ya le dejó la marca la otra vez, y le agarra las nalgas con las dos manos para tenerla bien abierta, bien pegada a él, y se mueve tres veces más, cuatro, cortas y hondas, y después se le tensa todo el cuerpo.
María Belén lo siente antes de sentirlo. Se le tensan los muslos debajo de las manos de ella, se le arquea la espalda, se le queda la respiración parada un segundo, y después la polla de él late adentro, una vez, fuerte, y empieza a salir. Caliente. Espeso. Ella lo siente llegar contra las paredes de la concha, el primer chorro, y después otro, y otro, cada uno con su latido, y él gruñe contra el cuello de ella, un sonido que no es palabra, y le clava los dedos en las nalgas y la aprieta contra él, hasta el fondo, sin dejar que se le escape nada.
María Belén se le aprieta alrededor. No lo decide, le pasa, la concha se le cierra sola alrededor de la polla de él como si quisiera guardarlo, y siente el semen llenándola, tibio, espeso, y siente la polla todavía dura adentro, palpitando, y siente el peso del cuerpo de él encima, y el aliento de él en el cuello, cortado, húmedo, y no se mueve. No quiere moverse. Quiere quedarse así, con él adentro, con lo que él le acaba de dejar adentro, con la panza apretada contra la panza de él.
Diego se queda encima un rato largo. Le tiene la cara metida en el cuello y las manos quietas en las nalgas de ella, y la respiración le va volviendo despacio, y cada vez que respira le mueve el pecho contra el pecho de ella, y María Belén le pasa la mano por el pelo, por la nuca, por la espalda, y no dice nada, y él tampoco.
Afuera no se oye nada. Ni un perro, ni un auto, ni el viento en la parra. Adentro del cuarto solo queda el crujido del fierro cuando alguno se mueve, y la respiración de los dos, que se va calmando, y la luz naranja del vidrio esmerilado que les cae encima como si el día no se hubiera terminado todavía.
María Belén le sostiene la cara a Diego con las dos manos, los pulgares en los pómulos, y lo mira desde abajo con los ojos color miel abiertos del todo, sin parpadear, sin esconderse. Todavía lo tiene adentro. Todavía siente la polla dura llenándole la concha y el semen tibio que no se le escapa, y él respira encima de ella con la boca abierta, con el peso repartido en los codos, y la mira como si le hubiera pedido algo que no sabe cómo darle.
—¿Estás bien? —dice él.
—Sí.
Le pasa la mano por la cicatriz de la ceja. Se la toca despacio, con la yema, y él cierra los ojos un segundo y se deja, y cuando los vuelve a abrir tiene esa cara que pone cuando algo le importa de verdad, la mandíbula cuadrada apretada y los ojos verdes quietos.
María Belén le baja las manos hasta el cuello, se las deja ahí, abiertas, con los dedos en la nuca de él, y siente el pulso de Diego latiéndole contra las palmas, rápido todavía, y le siente el sudor en la piel, y le siente el peso del cuerpo que no se le aparta ni un centímetro.
—No te salgas —dice.
—No me salgo.
El fierro de la cama cruje cuando alguno se acomoda, un crujido corto, y después vuelve el silencio, y la luz naranja del vidrio esmerilado les sigue cayendo encima, sobre la espalda ancha de él, sobre las caderas de ella, sobre las flores bordadas de la colcha que se arrugan debajo de los dos.
María Belén mueve las caderas apenas, un movimiento chiquito, y siente la polla de él resbalándole adentro, todavía dura, todavía llenándola, y siente el semen que se le mueve con el movimiento, y se le escapa un sonido, un suspiro, algo que no llega a palabra, y él la mira y se le escapa una risa baja.
—¿Qué hacés? —dice Diego.
—Nada.
—Mentira.
Le muerde el lóbulo de la oreja, apenas, y después se lo lame, y María Belén siente el calor de la boca de él en la oreja y siente la polla que le late adentro con cada latido del corazón de Diego, y se le aprieta la concha alrededor, sola, sin que ella lo decida, y él gime entre los dientes contra la oreja de ella.
—Si seguís haciendo eso me voy a correr otra vez —dice él.
—Y bueno.
Diego levanta la cabeza y la mira desde arriba con los ojos verdes entrecerrados, con la cicatriz de la ceja brillante de sudor, y se le afloja algo en la cara, como si le hubieran dado permiso para algo que no se había animado a pedir.
—¿Otra vez? —dice.
—Otra vez.
Ella no contesta con la boca. Le clava las manos en los hombros y empuja, apenas, lo suficiente para que él entienda, y Diego se deja dar vuelta como si le hubieran sacado la fuerza de golpe. Queda de espaldas sobre la colcha, con el pelo revuelto contra la almohada y los brazos abiertos, y la luz naranja le cruza el pecho, el sudor, la cicatriz. María Belén se le sube encima despacio, con las rodillas a cada lado de las caderas de él, y siente la polla todavía dura apoyada contra la parte interna del muslo, caliente, mojada de ella.
Se queda ahí un segundo, en cuclillas sobre él, mirándolo desde arriba. Nunca lo vio así. La mandíbula cuadrada, la boca abierta, los ojos verdes fijos en ella como si le estuviera pidiendo algo sin saber cómo, y las manos de Diego que suben solas hasta las caderas de ella y se quedan ahí, quietas, esperando, sin apretar. María Belén se muerde el labio inferior y se baja despacio, con una mano en el pecho de él para sostenerse, y siente la punta de la polla buscándole la entrada, resbalándole por los labios hinchados, y después cede y él entra de una sola vez, entero, hasta el fondo, y a los dos se les corta la respiración al mismo tiempo.
—Ay —dice Diego, y no es una queja. Es otra cosa.
María Belén se queda quieta arriba, sentada sobre él, con las manos apoyadas en el pecho ancho y las rodillas apretadas contra las costillas de Diego, y lo siente llenándola hasta arriba, la polla dura contra el fondo, el semen de antes que se le mueve adentro mezclado con lo que ella tiene, y siente también las manos de él que le suben por los costados, por la cintura, hasta las costillas, y se le quedan ahí abiertas, sin apretar, como si no se animara.
—¿Así? —dice ella.
—Así —dice él, y traga—. Como vos quieras.
María Belén empieza a moverse. Despacio al principio, levantándose apenas y volviendo a bajarse, sintiendo cada centímetro de la polla salir y entrar, la fricción en las paredes, el borde de la concha que se le estira cuando él sale y se le cierra cuando vuelve a entrar. La cama cruje distinto desde arriba, un crujido más corto, y la cómoda vibra otra vez con el frasco de colonia, y ella se agarra del pecho de él para no perder el ritmo y siente los pezones de Diego duros contra las palmas.
—Más rápido —dice él, con la voz rota.
—No. Así.
Diego suelta una risa corta, sin aire, y deja caer la cabeza contra la almohada, y se le quedan los ojos verdes entreabiertos mirándola desde abajo, y María Belén sigue, más hondo ahora, apoyando todo el peso en las caderas, buscando el ángulo, y lo encuentra: la punta de la polla le roza algo adentro que le sube un calor por la columna y le afloja la boca, y se le escapa un gemido que no reconoce.
—Ahí —dice Diego, y le agarra las nalgas con las dos manos—. Ahí, María. Seguí ahí.
Ella sigue. Sube y baja sobre él con las manos clavadas en el pecho de Diego y la espalda arqueada, y cada vez que se deja caer entera la pelvis de él choca contra la de ella y el sonido húmedo se mezcla con el crujido del fierro y con la respiración de los dos, y María Belén siente que le tiemblan los muslos y que le empieza a arder la parte interna de los muslos donde la piel de Diego le roza, y no para. No quiere parar. Quiere llegar hasta el final así, mirándolo, con él adentro, con la panza apretada contra la panza de él cada vez que se baja.
—Diego —dice.
—Decime.
—Quiero que te corras adentro. Otra vez. Todo adentro.
Diego la mira desde abajo. Se le queda la cara quieta un segundo, la mandíbula apretada, los ojos verdes muy abiertos, y después algo se le rompe en la expresión, como si le hubieran dicho la única cosa que le faltaba escuchar, y le agarra las caderas con las dos manos y empieza a empujar desde abajo, hacia arriba, corto y hondo, encontrándola, y María Belén se deja caer encima de él y le clava la cara en el cuello y le muerde la piel del hombro.
—Vos también —dice él contra la oreja de ella—. Vos también, corazón. Quiero sentirte apretarme cuando me venga.
María Belén mueve las caderas contra él, buscando, y él la encuentra con las embestidas de abajo, cada vez más cortas, más urgentes, y ella siente que se le tensa todo el cuerpo, desde los dedos de los pies hasta la mandíbula, y se le cierra la concha alrededor de la polla de Diego sin que lo decida, una vez, fuerte, y se le escapa un sonido largo contra el cuello de él, y siente el semen de antes que se le sale un poco con el espasmo y le corre por la parte interna del muslo.
—Ahí —dice Diego, con la voz que se le quiebra—. Ahí, seguí, no pares.
Ella no para. Se mueve encima de él con lo último que le queda de fuerza en las piernas, y Diego le clava los dedos en las nalgas y se le arquea la espalda debajo de ella, y María Belén lo siente venir antes de sentirlo: se le tensan los muslos, se le queda la respiración parada un segundo, y después la polla de él late adentro, una vez, y empieza a salir. Caliente. Espeso. Ella lo siente llegar contra las paredes de la concha, el primer chorro, y después otro, y otro, cada uno con su latido, y él gruñe contra el hombro de ella, un sonido que no es palabra, y la aprieta contra él desde abajo, hasta el fondo, sin dejar que se le escape nada.
María Belén se queda arriba, sentada sobre él, con las manos apoyadas en el pecho de Diego y la frente pegada a la frente de él, y siente el semen llenándola por segunda vez, tibio, espeso, y siente la polla todavía dura adentro, palpitando, y siente también el temblor de las piernas de Diego debajo de las suyas, y no se mueve. No quiere moverse. Quiere quedarse así, con él adentro, con todo lo que él le acaba de dejar adentro, con la respiración de los dos que se va calmando junta.
Diego le pasa las manos por la espalda, despacio, de arriba abajo, y se las deja quietas en la cintura de ella, y María Belén siente el pulso de él latiéndole adentro, todavía rápido, y siente el suyo propio, y no dice nada, y él tampoco.
Afuera sigue sin oírse nada. Adentro del cuarto solo queda el crujido del fierro cuando alguno se acomoda, y la respiración de los dos, y la luz naranja del vidrio esmerilado que les cae encima como si el día no se hubiera terminado todavía.
María Belén levanta la cabeza y lo mira desde arriba. Diego tiene los ojos cerrados, la boca abierta, el pelo pegado a la frente, y la cicatriz de la ceja brillante de sudor, y ella le pasa la yema por encima, despacio, y él abre los ojos y la mira, y se le afloja la cara otra vez, esa cara que pone cuando algo le importa de verdad.
—¿Estás bien? —dice él.
—Sí.
—No te salgas.
—No me salgo.
Ella se deja caer encima de él, con la cara en el hueco del cuello de Diego, con todo el peso del cuerpo sobre el pecho ancho, y él le pasa los brazos por la espalda y se los cierra encima, y se quedan así, quietos, respirando juntos, con la polla todavía adentro y el semen tibio que no se le escapa, y la luz naranja del vidrio esmerilado les sigue cayendo encima, sobre la espalda de él, sobre las caderas de ella, sobre las flores bordadas de la colcha que se arrugan debajo de los dos.

