El Primer Encuentro
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El Primer Encuentro

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Bodega de goma y sudor
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Chapter 1 of 17

Bodega de goma y sudor

Ella apoya las palmas en el metal frío del banco de pesas, la coleta enganchada en el collar de Diego. El muerdo del miedo y el deseo le aprieta el vientre cuando él le baja las bragas hasta los tobillos. Diego se arrodilla, le abre las piernas, y la huele un instante antes de lamerle el sexo sin aviso. La lengua caliente es la única respuesta que recibe su pequeña mano crispada en el pelo revuelto de él. Él se levanta, se baja el chándal, y el glande le roza el clítoris mientras la mira fijo, preguntándole con los ojos si quiere seguir. Ella asiente —y él entra de golpe en ella, un embate entero hasta el fondo, la mano de él tapándole la boca para que nadie oiga el grito ahogado que se le escapa. The act this chapter delivers: Diego se la folla contra el banco de pesas, sentada, con ella envuelta en sus brazos y las nalgas al borde, mientras él la penetra con embates largos y profundos hasta que se corre dentro, llenándole el útero con semen caliente que le escurre entre los muslos mientras ella se aferra a su nuca y tiembla contra él.

La puerta corrediza se cerró con un golpe seco y el mundo de afuera desapareció. No había ventanas. Solo la chapa del techo, los estantes cargados de balones apilados como huevos enormes, y el zumbido de una bombilla que parpadeaba sobre sus cabezas. El aire allí dentro pesaba. Caucho nuevo, polvo viejo, y por debajo de todo eso, algo tibio y animal que María Belén no supo nombrar.

Dejó la caja en el suelo. Los dedos le temblaban un poco y lo odió. Era una caja de conos de entrenamiento, nada más. La había traído porque él se lo pidió, porque el almacén general del colegio estaba a doscientos metros y ella había dicho que sí sin pensar, como si decir que no fuera una opción que existiera en el idioma de este país.

Diego no se movió de donde estaba. La miraba desde el fondo del pasillo de estantes, con las manos en los bolsillos del chándal, y esa postura suya —tan tranquila, tan dueña del espacio— le puso a María Belén algo caliente en la boca del estómago.

—¿Te costó encontrarlo? —preguntó él. Su voz llenaba la bodega entera, rebotaba contra el metal.

—No. Estaba al lado de la cancha, como dijiste.

—Bien.

Un paso. Luego otro. Diego avanzó despacio, sin prisa, y ella no retrocedió aunque cada fibra de su cuerpo le decía que lo hiciera. Que se fuera. Que este hombre era su colega desde hacía seis horas y que lo que estaba pasando en el aire de esta bodega no tenía nombre decente.

Él se detuvo a un palmo de ella. Le llegaba el olor: jabón de gimnasio, sudor reciente, un rastro de menta que debía ser del chicle que mascaba. Levantó la mano y le tocó la mejilla con el dorso de los dedos. Lento. Como si estuviera comprobando algo.

María Belén cerró los ojos. No debía. No debía.

Los abrió cuando sintió el primer botón ceder. Los dedos de Diego trabajaban la tela de su blusa con una precisión que no cuadraba con esos brazos, con esa mandíbula. Segundo botón. El aire fresco le rozó la piel del pecho y los pezones se le endurecieron bajo el sujetador antes de que él los tocara siquiera.

—Diego—dijo. No era una protesta. Lo supo en cuanto la palabra salió de su boca.

—Dime que pare—murmuró él, sin dejar de mirarla. Los ojos verdes, fijos, sin una sola grieta de duda. —Dime que pare y paro.

Ella no dijo nada.

Él terminó de abrirle la blusa y se la bajó por los hombros. La tela quedó atrapada en la curva de sus codos, inútil. Diego bajó la cabeza y le besó la clavícula, la curva del hombro, el borde del sujetador. Tenía la boca caliente y María Belén sintió que las rodillas le flaqueaban, que el suelo de cemento se le movía debajo de los pies.

—Apóyate—dijo él, y le puso las manos en la cintura para guiarla.

El banco de pesas estaba justo detrás. María Belén extendió las palmas hacia atrás y tocó el metal frío, tan frío que le subió un escalofrío por los brazos. El contraste la sacudió: el aire de la bodega era un horno, pesado, sofocante, y el hierro bajo sus manos parecía sacado de un invierno. Cerró los dedos alrededor del borde. Se agarró.

Cuando se inclinó hacia atrás, la coleta se le enganchó en algo. En el collar de Diego, en la cadena fina que llevaba al cuello. Un tirón. Ninguno de los dos se movió para soltarla.

—Déjala—dijo él, y le pasó una mano por la nuca, sujetándola así, con el pelo tirante y la cabeza echada hacia atrás. La otra mano le fue bajando por el vientre, por encima de la falda, hasta el borde.

María Belén miró hacia arriba. La bombilla parpadeaba. Contó los segundos entre un parpadeo y el siguiente, porque necesitaba agarrarse a algo que no fuera la mano de este hombre subiéndole la falda.

—Levanta—ordenó él.

Ella levantó las caderas. Diego le enganchó los dedos en las bragas —unas bragas de algodón, sin nada especial, las que se había puesto esa mañana sin saber que esa mañana iba a terminar así— y se las bajó de un tirón hasta los tobillos. Quedaron ahí, enredadas en sus zapatos, y ella no hizo ningún gesto por quitárselas. No podía. Tenía las manos ocupadas sujetando el banco.

El aire le llegó entonces. Directo. Sin tela que lo filtrara. Y con el aire, la conciencia de lo mojada que estaba, del calor que le subía por el vientre y le hacía apretar los muslos por puro instinto.

Diego se arrodilló.

Fue tan rápido, tan sin aviso, que María Belén no tuvo tiempo de nada. Un segundo estaba de pie mirándola y al siguiente estaba en el suelo, con las manos en la cara interna de sus muslos, abriéndola. Empujándole las rodillas hacia afuera con una firmeza que no pedía permiso.

Ella se dejó abrir.

Él bajó la cabeza y la olió. Así, sin más. La nariz pegada al vello, inhalando despacio, con los ojos cerrados como si estuviera catando algo. María Belén sintió que se le subía el rubor hasta las orejas. Nadie la había mirado así nunca. Nadie se había tomado ese tiempo.

—Dios—dijo Diego, y su aliento caliente le rozó el clítoris.

La lengua llegó después. Plana, ancha, de abajo hacia arriba, un lamido lento que le arrancó a María Belén un sonido que no reconoció como suyo. La mano derecha se le crispó en el pelo revuelto de él —castaño claro, áspero, con restos de sudor— y tiró. Diego gruñó contra ella y siguió lamiendo, más profundo, la lengua metiéndose entre los labios, buscándole la entrada, saboreándola como si llevara horas sin beber.

—Ah—se le escapó. —Ay, Diego.

Él no contestó. Tenía la boca ocupada. Le chupó el clítoris con los labios, con una succión lenta que le hizo arquear la espalda, y después volvió a lamer, más abajo, hasta el punto donde ella estaba tan mojada que el sonido llenaba la bodega. Un sonido húmedo, obsceno, que rebotaba contra los estantes de balones.

María Belén apretó el metal del banco hasta que los nudillos le dolieron. Tenía la coleta todavía enganchada en el collar de él, tirante, y cada movimiento de la cabeza de Diego le tiraba del cuero cabelludo. Le dolía. Y ese dolor se mezclaba con lo otro, con el calor que le subía por las piernas, con la lengua que no paraba.

—No... no pares—dijo, y se odió por decirlo, y se odió más por necesitarlo.

Diego levantó la cara. Tenía la boca brillante, la barbilla mojada, y la miró desde abajo con esos ojos verdes que arrugaban en las comisuras cuando sonreía.

—¿Quién dijo algo de parar?

Se puso de pie. Se limpió la boca con el dorso de la mano, sin ninguna ceremonia, y después se agarró el elástico del chándal y se lo bajó de un tirón junto con los calzoncillos.

María Belén lo vio. No pudo no verlo. La polla le salió al aire dura, gruesa, con el glande ya brillante, y ella sintió que el vientre se le apretaba en un nudo de miedo y de otra cosa que no quería nombrar. Era grande. Más de lo que estaba preparada para recibir en una bodega de artículos deportivos en su primer día de trabajo en un país que no era el suyo.

Diego se acercó. Le puso una rodilla en el banco, al lado de su cadera, y con la mano se guio. El glande le rozó el clítoris. Un roce apenas, húmedo, caliente, y a María Belén se le cortó la respiración.

Él no entró. Se quedó ahí, apoyado en la punta, mirándola fijo. La pregunta estaba en sus ojos, en la mandíbula apretada, en la respiración que se le había vuelto corta también a él. ¿Seguimos? ¿Quieres esto?

María Belén asintió. Un movimiento pequeño, casi imperceptible, con la cabeza todavía echada hacia atrás por la coleta tirante.

Diego le tapó la boca con la mano.

Y entró.

De golpe. Un solo embate, entero, hasta el fondo, y el grito que le subió a María Belén desde el pecho se estrelló contra la palma de él y se quedó ahí, ahogado, vibrando en la garganta. Los ojos se le llenaron de agua. Sentía cada centímetro de él dentro, el estiramiento, la presión en el vientre, el pulso de Diego latiéndole contra las paredes por dentro.

Él no se movió. Se quedó quieto, hundido hasta el final, con la mano todavía tapándole la boca, y la miró. Tenía una gota de sudor bajándole por la sien. La cicatriz sobre la ceja izquierda se le marcaba blanca contra la piel enrojecida.

—Shh—dijo, muy bajo. —Shh, tranquila. Que estamos solos, pero no tanto.

María Belén respiró por la nariz. El aire le entró tembloroso. Asintió contra la palma de él, y Diego empezó a moverse.

Despacio al principio. Embates largos, profundos, retirándose casi entero para volver a hundirse hasta el fondo. Cada vez que llegaba al final, ella sentía un golpe sordo en el bajo vientre, una presión que le hacía apretar los muslos alrededor de sus caderas. El banco de pesas crujía bajo su peso. El metal frío se le estaba calentando bajo las palmas.

—Así—murmuró Diego contra su oído. —Así, mírame.

Ella lo miró. Los ojos verdes a un palmo de los suyos, fijos, sin parpadear. Tenía la respiración pesada, el pecho subiendo y bajando bajo la camiseta blanca, y aun así seguía mirándola como si no hubiera nada más en la bodega que ella.

Le soltó la boca. Le pasó la mano por la mejilla, por el cuello, y le agarró la coleta —que seguía enganchada en su collar— y tiró. La cabeza de María Belén cayó hacia atrás y él le besó la garganta, los dientes rozándole la piel, mientras seguía embistiendo.

—Diego—jadeó ella. —Diego, por favor.

—¿Por favor qué?

—Más.

Él se rió. Una risa corta, ronca, contra su cuello, y después la agarró de las caderas con las dos manos y la tiró hacia el borde del banco. Las nalgas de María Belén quedaron colgando en el aire, sin apoyo, y él se puso de pie entre sus piernas y la penetró desde ahí, con un ángulo nuevo, más profundo, tan profundo que ella sintió que le llegaba a un punto que no sabía que tenía.

El grito se le escapó entero esta vez. Diego no llegó a taparle la boca. Sonó en la bodega, rebotó en los estantes, y él se detuvo un segundo, alerta, con la cabeza girada hacia la puerta.

Nada. Silencio. El zumbido de la bombilla. Un balón que se movió solo en algún estante, empujado por una corriente de aire.

—Ni una palabra más—dijo Diego, y volvió a moverse.

Más rápido ahora. Más fuerte. El banco de pesas golpeaba contra el suelo con cada embate, un ritmo metálico que se mezclaba con el sonido de sus cuerpos, con el chasquido húmedo de él entrando y saliendo, con la respiración de los dos. María Belén se aferró a su nuca con las dos manos. Le clavó las uñas. Diego gruñó y embistió más fuerte.

—Me vas a hacer... —empezó ella, y no terminó.

—Sí—dijo él. —Sí. Ven.

Y ella vino. Se le cerró todo por dentro, un espasmo largo que le subió desde los dedos de los pies hasta la mandíbula, y se agarró a Diego como si se estuviera cayendo. Él siguió embistiendo, dos, tres veces más, y después se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, temblando, con la cara enterrada en su cuello.

María Belén sintió cómo se corría. Lo sintió en el pulso, en el calor que le llenaba el vientre a chorros, en la manera en que Diego apretaba los dientes contra su hombro para no gritar. Un calor espeso, abundante, que siguió saliendo incluso después de que él dejara de moverse.

Se quedaron así. Enredados. La coleta todavía enganchada en el collar. Las bragas todavía en los tobillos. El banco de pesas todavía crujiendo bajo el peso de los dos.

Diego se retiró despacio. María Belén sintió el vacío, y después el semen caliente escurriéndole entre los muslos, bajándole por la piel, goteando sobre el cemento del suelo. No se movió. No podía. Tenía las piernas abiertas, los brazos flojos, la respiración todavía descontrolada.

Él se arrodilló otra vez. Le pasó un dedo por la cara interna del muslo, recogiendo lo que se le escapaba, y se lo miró. Después la miró a ella.

—Bienvenida a España—dijo.

María Belén se rió. Una risa floja, incrédula, que le salió del pecho sin permiso. Se pasó la mano por el pelo, se desenganchó la coleta del collar de él, y se sentó en el borde del banco con las piernas todavía temblando.

Diego se levantó el chándal. Ella se bajó la falda. Ninguno de los dos dijo nada mientras se arreglaban la ropa, mientras se sacudían el polvo, mientras volvían a parecer dos profesores que habían ido a buscar una caja de conos.

Afuera, alguien gritó. Un niño, en la cancha. El timbre del recreo.

María Belén se subió las bragas. Sintió el semen tibio empapando el algodón, pegándosele a la piel, y supo —con una certeza que le bajó por la espalda como un chorro de agua fría— que esto no se iba a quedar aquí. Que algo se había abierto en su vientre que ya no se podía cerrar.

Diego abrió la puerta corrediza. La luz de la tarde entró a raudales y los cegó a los dos.

—¿Mañana? —preguntó él.

María Belén se ajustó las gafas. La montura le había quedado torcida.

—Mañana—dijo.

La puerta corrediza se quedó abierta. Diego ya no estaba. En algún momento entre el timbre y la luz, él había cruzado la cancha y se había perdido detrás del edificio de primaria, y María Belén se encontró sola en el umbral de la bodega, con la montura torcida y el sol dándole de lleno en la cara.

El aire de afuera era otro aire. Olía a césped cortado, a cloro de la piscina del colegio, a bocadillos de recreo. Olía a un país que no era el suyo. Respiró hondo y le dolió algo en el costado, un tirón muscular que no recordaba haberse ganado.

Se ajustó las gafas con las dos manos. La patilla izquierda se había doblado un poco, y al empujarla hacia la oreja sintió que la montura cedía con un chasquido blando. Tendría que llevarlas al óptico. En su primer día. Perfecto.

Cerró la puerta de la bodega. La chapa encajó con el mismo golpe seco de antes, y ese sonido le devolvió el cuerpo entero de golpe: el banco de pesas, el metal frío en las palmas, la coleta tirante en el collar de él. Se le puso la piel de gallina en pleno agosto.

Empezó a caminar.

La cancha de fútbol sala estaba entre la bodega y el edificio principal, un rectángulo de cemento pintado de verde con líneas blancas ya desgastadas, y para llegar al aula tenía que cruzarla de esquina a esquina. No había otro camino. O eso se dijo, aunque sabía que podía rodear por el aparcamiento, que sumaba tres minutos y le ahorraba la travesía. No lo hizo.

A mitad de la cancha, el semen se movió.

Fue eso, exactamente eso: un desplazamiento tibio entre los muslos, un escurrirse lento que le recordó con una precisión insoportable lo que acababa de pasar. Se detuvo. Los alumnos de primaria corrían a su alrededor con balones y gritos, y ninguno la miraba, y aun así sintió que toda la cancha podía olerla.

Se llevó la mano al vientre.

No fue un gesto pensado. La mano subió sola, se apoyó plana sobre la falda, sobre el bajo vientre, y se quedó ahí. La tela estaba tibia. Debajo, la piel también. Y más adentro, en algún lugar que no tenía nombre, algo latía con un pulso distinto al suyo, una pesadez nueva, una presencia que no estaba antes de la bodega y que ahora ocupaba espacio como si llevara meses ahí.

María Belén cerró los ojos.

Era ridículo. Lo sabía. Un embarazo no se siente en el primer minuto, no se siente en el primer día, ni siquiera en la primera semana. Se lo habían explicado en la facultad, en la materia de biología, con diapositivas y fechas y porcentajes. El óvulo tarda. La implantación tarda. El cuerpo no avisa tan rápido.

Pero la mano no se movía.

Se quedó ahí, bajo el sol de la tarde, con los ojos cerrados y la palma abierta sobre el vientre, y por un segundo entero —un segundo que después se odiaría por haber tenido— se permitió imaginar que ya estaba hecho. Que lo que Diego había dejado dentro de ella no era solo semen tibio escurriéndose hacia las bragas, sino algo que ya había echado raíz. Una semilla. Una cosa diminuta y terca que iba a crecer ahí dentro pasara lo que pasara.

Abrió los ojos.

Un niño de unos siete años se había detenido a tres metros de ella, con un balón bajo el brazo, mirándola con la cabeza ladeada.

—¿Se encuentra mal, profe?

María Belén bajó la mano del vientre como si le quemara. Se alisó la falda. Se ajustó las gafas. Sonrió, y notó que la sonrisa le salía torcida, que la comisura le temblaba igual que siempre que estaba nerviosa.

—No, cariño. Estoy bien. Solo... me mareé un poco con el sol.

—Mi mamá se marea con el sol y se pone la mano en la panza. Dice que es por el bebé.

El mundo se detuvo.

María Belén sintió que la sangre se le iba de la cara, que le subía a las orejas, que le bajaba a los pies. El niño la miraba con una inocencia absoluta, esperando una respuesta, y ella no tenía ninguna. Ninguna que pudiera decirle. Ninguna que pudiera decirse a sí misma.

—Tu mamá... —empezó, y se le quebró la voz. —Tu mamá está esperando un bebé, ¿sí?

—Sí. En enero.

—Qué lindo.

Le salió la palabra con un hilo de aire. El niño asintió, satisfecho, y se fue corriendo hacia el grupo de su clase, arrastrando el balón por el cemento. María Belén lo vio alejarse y se quedó plantada en medio de la cancha, con las manos colgando a los costados, sin atreverse a volver a tocarse el vientre.

Respiró. Una vez. Dos.

Y siguió caminando.

Los últimos metros hasta el edificio principal los hizo con la vista fija en las puertas de cristal, contando los pasos, porque contar era lo único que le ordenaba la cabeza. Uno. Dos. Tres. Cuatro. El semen se había enfriado ya, se había secado en parte contra la tela de las bragas, y esa sensación —la tela rígida, la piel pegajosa— era lo único concreto que le quedaba de toda la tarde. Lo demás se estaba volviendo borroso. La cara de Diego, la cicatriz, la manera en que le había dicho bienvenida a España. Todo se le desdibujaba por momentos, como si hubiera pasado en otra vida, en otro cuerpo, a otra mujer.

Pero la mano en el vientre no se le olvidaba.

Ni el pulso nuevo.

Llegó a las puertas de cristal y se detuvo con la mano en el marco. Adentro, el aire acondicionado zumbaba. Adentro, el pasillo estaba vacío y limpio, con las paredes recién pintadas de un azul institucional, y una fila de taquillas metálicas que le recordaban a la bodega de una manera que no quería examinar. Adentro estaba su aula. Su mesa. Su primer día de trabajo en España.

Y afuera, en la cancha, el sol seguía pegando fuerte, y en algún lugar de ese patio Diego Arias estaría silbando a sus alumnos, con el chándal puesto y la camiseta blanca, como si no hubiera pasado nada.

María Belén empujó la puerta.

El frío del aire acondicionado le golpeó la cara y el pecho de golpe, y por un instante le cortó la respiración. Se pasó la mano por la frente, por el pelo suelto que se le había escapado de la coleta, y notó que la coleta estaba flácida, deshecha, que se le habían soltado mechones alrededor de la cara. Se la rehizo con los dedos, rápido, sin espejo, y se la apretó fuerte contra la nuca.

El pasillo olía a tiza y a suelo recién fregado.

Caminó hasta el aula con la cabeza alta y los hombros rectos, porque eso era lo que había aprendido a hacer en veintiséis años de vida: caminar como si todo estuviera bien. Abrió la puerta. Los chicos ya estaban dentro, sentados en sus pupitres, y al verla entraron en ese silencio expectante que solo los niños de ocho años saben hacer. Veintitrés pares de ojos.

—Buenos días —dijo, y le salió la voz firme. —Perdón por la tardanza. Soy la señorita González. Vengo de Argentina.

Un murmullo. Una mano levantada al fondo.

—¿De verdad? ¿Y por qué habla tan raro?

María Belén se rió. Una risa corta, sorprendida, que le salió del pecho sin pedirle permiso, y por un momento —un momento breve, luminoso— se le olvidó todo lo demás. La bodega. El banco de pesas. La mano en el vientre.

—Porque vosotros habláis raro —dijo, y los chicos se rieron.

Dejó el bolso sobre la mesa. Sacó el cuaderno de planificación, los rotuladores, la lista de asistencia que le habían dado en secretaría esa mañana, cuando todavía no conocía a Diego Arias, cuando todavía era una maestra que acababa de llegar a un país nuevo y no tenía nada dentro de sí que no fuera suyo.

Se sentó.

Y al bajar el cuerpo sobre la silla, sintió otra vez el desplazamiento tibio, el escurrirse lento, y tuvo que apretar los muslos bajo la mesa para que no le corriera por la pierna. Se quedó muy quieta. Los chicos empezaron a abrir los cuadernos. Alguien tosió. Una niña de trenzas le preguntó si podía ir al baño.

—Sí, ve —dijo María Belén, y mientras la niña salía, se pasó la mano por debajo de la mesa, rápido, disimulado, y se tocó el vientre otra vez.

Nada.

La misma tela de la falda. La misma piel. El mismo pulso de siempre.

Y sin embargo, cuando retiró la mano y la apoyó sobre el cuaderno para empezar la clase, le quedó en la palma una sensación que no era calor ni frío, que no era dolor ni cosquilleo, sino algo parecido a la certeza. Una certeza absurda, imposible, sin ningún fundamento científico, que le decía que lo que había pasado en la bodega no había sido un accidente ni un desliz ni una locura de primer día. Que había sido el principio de algo. Que su cuerpo ya lo sabía, aunque su cabeza todavía no.

—Vamos a empezar —dijo, y abrió el cuaderno. —Página uno.

Afuera, en la cancha, el silbato de Diego sonó dos veces.

María Belén no levantó la vista.

La página uno era una fotocopia arrugada donde alguien —otra maestra, años atrás— había subrayado con lápiz rojo las palabras que los chicos no entendían. María Belén recorrió la lista con el dedo. Sílaba. Acento. Tilde. Palabras que en Buenos Aires le salían de la boca sin pensar y que aquí, de golpe, sonaban a examen.

—A ver, ¿quién me dice qué es una sílaba?

Seis manos. Seis. En su primer día. María Belén sintió una punzada de gratitud que no tenía nada que ver con Diego Arias ni con la bodega ni con la mano que todavía le hormigueaba en el bajo vientre. Esto era suyo. Esto lo había estudiado, esto lo había soñado en un piso de Almagro mientras miraba mapas de España en la computadora.

—Vos.

—Es cada golpe de voz.

—Muy bien. Cada golpe de voz.

Escribió la palabra ma-ri-po-sa en la pizarra y la partió en cuatro con una tiza que se le rompió en la mano. Los chicos escribieron. El aula se llenó de ese ruido de lápices que a ella siempre le había parecido el sonido más honesto del mundo. Aprovechó para beber agua. El vaso de plástico estaba tibio, dejado ahí desde la mañana por alguien que no era ella, y el agua le supo a metal.

Se le había secado la boca sin darse cuenta. Se pasó la lengua por los labios y notó un sabor que no era agua ni tiza. Era él. Todavía. En la comisura, en el borde interior del labio, donde Diego le había mordido antes de entrar. Se pasó el dorso de la mano por la boca, disimulando, y siguió con la clase.

—Ahora vamos a separar en sílabas esta palabra: ven-ta-na.

Un nene del fondo, gordito, con una camiseta del Real Madrid dos tallas más grande, levantó la mano sin esperar turno.

—Profe, ¿de dónde sos?

—De Argentina.

—¿Y por qué te viniste?

La pregunta cayó en el aula como una piedra en un charco. Los demás se callaron. María Belén se quedó con la tiza en el aire, a medio camino de la pizarra, y sintió que veintitrés pares de ojos le buscaban la respuesta en la cara.

—Porque quería enseñar —dijo, y no era mentira. —Y porque quería conocer otros lugares.

—¿Y no extrañás?

Extrañaba. Extrañaba el mate a las siete de la mañana, el ruido de los colectivos en la avenida, la voz de su madre llamándola por el pasillo. Extrañaba el olor de su barrio cuando llovía. Pero eso no se lo podía decir a un nene de ocho años con una camiseta del Real Madrid. Se lo guardó, como se estaba guardando todo lo demás, en el mismo lugar donde había metido la bodega, la cicatriz de Diego, la sensación absurda en el vientre.

—Un poco —dijo. —Pero ahora estoy acá, con ustedes.

El nene pareció satisfecho. Bajó la mano y volvió al cuaderno. María Belén terminó de escribir ven-ta-na en la pizarra y los chicos copiaron, y durante veinte minutos el aula fue solo eso: tiza, lápices, la respiración colectiva de veintitrés criaturas que todavía no sabían nada de nada. Fue un alivio. Fue, casi, la paz.

Hasta que sonó el timbre.

El timbre del recreo la agarró de espaldas, escribiendo la última palabra en la pizarra, y el sonido —largo, agudo, metálico— le recorrió la columna como una descarga. Los chicos se levantaron en estampida. Sillas arrastradas, cuadernos cerrándose de golpe, el griterío que se desbordaba hacia el pasillo.

—¡Despacio! —alcanzó a decir, pero ya nadie la escuchaba.

Se quedó sola en el aula. La puerta abierta de par en par, el pasillo llenándose de voces y de pisadas, y ella de pie junto a la pizarra con la tiza todavía entre los dedos.

Bajó la mano. Dejó la tiza en la repisa. Y en el silencio que quedó —un silencio con eco, con olor a goma y a papel— se llevó otra vez la palma al vientre. Esta vez sin disimulo, sin nadie que la mirara. La apoyó plana, entera, y se quedó quieta.

El pulso seguía ahí. Ese pulso nuevo que no era suyo y que sin embargo latía dentro de ella como si llevara meses instalado. Cerró los ojos. Afuera, en la cancha, empezaban los gritos del recreo, y en algún lugar de ese patio, entre los balones y las líneas blancas desgastadas, Diego Arias estaría silbando a sus alumnos con la camiseta blanca pegada al torso.

Y ella estaba acá. Con la mano en el vientre. Sintiendo algo que no debería sentir todavía.

Abrió los ojos. Miró la pizarra, las palabras partidas en sílabas, la tiza rota en la repisa. Y por primera vez desde que había cruzado la puerta de la bodega, sonrió de verdad. Una sonrisa chica, torcida, solo para ella. Como si el cuerpo le hubiera contestado una pregunta que la cabeza todavía no se había animado a hacer.

Afuera, el silbato de Diego sonó una vez más.

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