El Guardián de la Selva
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El Guardián de la Selva

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El movimiento
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Chapter 3 of 5

El movimiento

Sol sigue sentada en el borde de la cama de varas, con Tupac todavía frente a ella, la respiración recuperándose, la manta de nadie húmeda bajo sus rodillas. El movimiento vuelve a subirle desde el vientre, un roce suave, insistente, y esta vez no lo deja pasar: le toma la mano a Tupac, se la lleva a la barriga y la aprieta contra la piel, donde el hijo empuja apenas, como un pez contra la red. Tupac se queda inmóvil, la palma abierta sobre ella, los ojos negros fijos en el punto donde su mano toca la vida. Por fin levanta la mirada, y cuando habla, su voz llega baja, de tierra: —Lo sé desde el primer día. —Y no dice más, pero la mano no se va, y el silencio queda lleno de lo que no se ha dicho. The act this chapter delivers: Sol toma la mano de Tupac y la coloca sobre su vientre desnudo, y él la deja ahí, sintiendo el movimiento del hijo, hasta que el deseo vuelve a encenderse y la tumba sobre la cama de varas para hacerle el amor despacio, con la mano todavía en su barriga, y termina dentro de ella mientras el movimiento vuelve a latir entre los dos.

El movimiento subió otra vez. Chico al principio —un aleteo, un roce de agua contra una orilla que Sol no alcanzaba a ver—, y luego más terco, un empujón suave contra la pared de su vientre, como un pez que tantea la red antes de darse cuenta de que está dentro. Sol se quedó muy quieta. La manta de nadie le apretaba las rodillas, húmeda de la lluvia y del cuerpo de Tupac y de ella misma, y las varas de la cama crujieron bajo los dos cuando ella corrió apenas la cadera para sentarse mejor en el borde.

Tupac levantó la cabeza del hueco de su cuello. No dijo nada. La miró desde abajo, con el pelo negro pegado a la frente, los ojos oscuros todavía blandos de lo que habían hecho, y Sol pensó —no por primera vez— que él sabía leer las cosas antes de que pasaran. Que siempre había sabido.

El movimiento volvió. Insistente ahora. Ya no era un pez. Era una mano pequeñísima empujando desde dentro, buscando sitio, buscándola a ella.

Sol respiró por la nariz. Contó hasta tres. Y esta vez no lo dejó pasar.

Le tomó la mano a Tupac. La mano derecha, la que tenía la cicatriz larga desde el pulgar hasta la muñeca, la que había sostenido el machete esa mañana contra el ceibo, la que le había abierto la mochila y separado lo útil de lo inútil sin preguntarle. Se la tomó sin apretar, con los dedos de ella rodeándole la muñeca, y se la llevó despacio hacia abajo, por el pecho, por el hueco blando debajo de las costillas, hasta la piel tirante del vientre.

Y le puso la palma abierta encima. Y la apretó.

Tupac se quedó inmóvil.

No fue una rigidez de sorpresa. Fue otra cosa. Fue como si de golpe toda la selva se le hubiera metido en el cuerpo y le hubiera pedido que no se moviera, que no respirara, que no hiciera nada que pudiera romper lo que estaba pasando debajo de su mano. Los dedos se le abrieron solos sobre la piel de Sol, uno por uno, hasta cubrirla entera. La palma se le hundió apenas, lo justo para sentir el calor de ella y lo que había debajo del calor.

Sol lo miró.

Tupac tenía los ojos fijos en el punto exacto donde su mano tocaba la vida. No en su cara. No en sus ojos. En el sitio. Como si pudiera ver a través de la piel, a través del músculo, hasta el fondo oscuro donde el pez nadaba. Tenía la boca entreabierta y la respiración le había bajado tanto que Sol ya casi no la oía.

—Ahí está —dijo ella. Casi un susurro. Casi nada.

El movimiento volvió. Y esta vez Tupac lo sintió. Sol lo supo por la manera en que los dedos se le cerraron sobre el vientre, una fracción de segundo, un espasmo, y por la manera en que la mandíbula se le apretó debajo de la piel cobriza. Los ojos negros no se movieron del punto. Ni parpadearon.

Las varas volvieron a crujir. Afuera seguía lloviendo, y el agua caía entre las cañas del techo en hilos finos que Sol oía caer uno por uno sobre las hojas del suelo, y en algún sitio más allá de la pared de palma la selva respiraba en la oscuridad, y el jaguar andaba por donde anduviera, y el río subía o bajaba, y todo eso estaba pasando al mismo tiempo que la mano de Tupac sobre su barriga desnuda, y a Sol le pareció que ninguna de esas cosas importaba ya.

Pasó un rato. No supo cuánto. La brasa que quedaba en el rincón se apagó del todo y la oscuridad se cerró un poco más sobre los dos, y el único color en la choza era el cobrizo de la piel de Tupac y el blanco de la cicatriz de su muñeca, que Sol veía aunque no la mirara.

—¿Cuánto tiempo llevas sintiéndolo? —preguntó ella. No era la pregunta que quería hacer. La pregunta que quería hacer era otra, más grande, más fea, y no le salió.

Tupac no contestó enseguida. Siguió con la palma abierta sobre el vientre, los ojos clavados en el sitio, y Sol pensó que no iba a contestar. Que iba a hacer lo que hacía siempre: quedarse callado hasta que el silencio se volviera una respuesta por sí mismo.

Pero entonces levantó la mirada.

Fue despacio. Primero los ojos, luego la cabeza, luego todo el cuerpo, como si le costara trabajo despegarse de ese punto de la piel de Sol. Y cuando por fin la miró a la cara, Sol vio algo en él que no había visto antes. No era ternura —Tupac no tenía cara de ternura—. Era más bien reconocimiento. Como si la estuviera viendo por primera vez desde otro lado.

—Lo sé desde el primer día —dijo.

La voz le llegó baja. De tierra. Como si las palabras se le hubieran formado en algún sitio por debajo de las costillas y hubieran tenido que subir mucho para salir.

Sol se quedó con la boca abierta. Un segundo. Dos. No supo qué decir.

—¿El primer día? —repitió, y le salió más agudo de lo que quería, y se odió por eso—. ¿El primer día de qué? ¿De la selva? ¿De lo del ceibo? ¿De...?

—De todo —dijo Tupac. Y no dijo más.

La mano no se iba. Seguía ahí, abierta, pesada, caliente sobre el vientre de Sol, y Sol notó que no la movía ni un milímetro, como si la hubiera puesto ahí para siempre y ya no supiera cómo quitarla. O como si no quisiera.

—Eso no puede ser —dijo Sol—. Eso no es... Nadie sabe esas cosas. Yo no lo supe hasta...

Se calló. Porque la cuenta la había hecho ella sola en la cama de varas cuatro meses después, contando hacia atrás con los dedos, y le había salido el ceibo, y le había salido la primera noche, y le había salido Tupac entero. Y si ella había necesitado cuatro meses para llegar a ese número, no entendía cómo él había llegado la primera mañana.

—¿Cómo? —preguntó. Ya sin voz. Casi sin aire.

Tupac la miró un rato largo. La lluvia caía. La brasa estaba muerta. El pez volvió a moverse debajo de la palma de él —Sol lo sintió subir, un empujón lento, terco— y Tupac bajó los ojos un instante hacia su propia mano, como si le hubieran tocado el hombro desde dentro, y luego volvió a subirlos hacia ella.

—Mi madre murió pariendo al último —dijo—. Yo era el mayor. Seis. —Hizo una pausa, y Sol vio que tragaba—. Yo tenía nueve años. La oí gritar toda la noche. Y a la mañana siguiente, cuando salió el niño, ya no estaba.

Sol no dijo nada.

—Desde entonces sé cuándo una mujer lleva vida dentro —siguió él—. No es una cosa que se aprende. Es una cosa que se queda. En la piel. En el olor. En cómo respira. —Bajó los ojos otra vez al vientre de Sol, y esta vez se quedó ahí—. Tú respirabas distinto la primera mañana. Ya lo sabías tú también. Solo que no te lo habías dicho.

Sol sintió que se le llenaban los ojos. No lloró. No iba a llorar. Pero sintió el calor subirle por la garganta y quedarse ahí, atascado, y tuvo que apretar los dientes para que no se le saliera por otro lado.

—Yo no lo sabía —dijo—. Yo no sabía nada. Yo estaba perdida. Yo...

—Yo también —dijo Tupac.

Y esa fue la cosa más rara que Sol le había oído decir en todos los días que llevaban juntos. Porque él no estaba perdido. Él era la selva. Él era el que sabía dónde estaba el ceibo y dónde estaba el río crecido y dónde estaba la tabla sobre el tronco caído y cuántos días faltaban para el pueblo sin nombre. Él no se perdía. Él no se perdía nunca.

—¿Tú? —dijo ella.

—Desde que te encontré —dijo él. Y no lo dijo como un piropo. Lo dijo como se dice un dato. Como se dice que va a llover. Como se dice que el río sube.

Sol se quedó mirándolo. La manta de nadie le apretaba las rodillas y la lluvia caía entre las cañas y el pez seguía moviéndose debajo de la palma de Tupac, chico, suave, sin dolor, y ninguno de los dos se movió. La mano de él no se fue del vientre de ella. Los ojos negros no se fueron del punto donde la mano tocaba la vida. Y el silencio que quedó entre los dos se llenó de todo lo que no se habían dicho todavía —del nombre del pueblo, de la manta sin dueño, del jaguar, de los cuatro meses, del primer día— y ninguno de los dos lo rompió.

Sol puso su mano encima de la de él. Sin apretar. Solo encima.

Y se quedaron así, en el borde de la cama de varas, con la lluvia cayendo y la selva respirando en la oscuridad, mientras debajo de las dos manos juntas algo pequeñísimo volvía a empujar contra la red.

La respiración de Tupac cambió. No fue un suspiro ni un jadeo —fue más hondo, más despacio, como si le hubieran abierto una puerta en el pecho y algo hubiera entrado a ocupar el sitio que llevaba años vacío. Sol lo oyó subir por la nariz y bajar por la boca, una vez, dos veces, y en la segunda notó que se le había quebrado un poco en el fondo, en el sitio donde a él se le formaban las palabras antes de salir.

Una gota se le soltó del pelo negro y le cayó a Sol en la muñeca. Fría. Se la limpió con el pulgar sin pensarlo, y el pulgar se le quedó ahí, en la piel húmeda de la muñeca de él, encima de la cicatriz blanca que le cruzaba desde el pulgar hasta el brazo.

—Tupac —dijo ella.

No era pregunta. No era nada. Era solo el nombre, puesto ahí entre los dos como se pone una piedra en un río para ver si el agua la rodea o se la lleva.

Él no contestó con la voz. Contestó con la mano. Los dedos se le movieron apenas sobre el vientre de Sol —no para irse, sino para acomodarse, para asentarse mejor en la piel, como si por fin hubiera entendido que tenía permiso de quedarse—. Y la palma se le hundió un poco más, lo justo para que el calor de ella se le metiera en los huesos por la muñeca y le subiera por el antebrazo.

Sol sintió el deseo antes de saber que lo estaba sintiendo. Empezó abajo, en la base del vientre, justo donde la mano de él descansaba —un calor lento, una pesadez que no tenía nada que ver con el hijo y todo que ver con la boca entreabierta de Tupac y con la manera en que la estaba mirando desde abajo, con el pelo pegado a la frente y los ojos negros abiertos del todo por primera vez en todos los días que llevaban juntos—. Le subió por dentro de los muslos. Le apretó la garganta.

Se movió. Poco. Solo corrió la cadera un centímetro sobre la manta de nadie, buscando aire, buscando otra postura, y las varas de la cama crujieron debajo de los dos como si también ellas llevaran rato aguantando la respiración.

Tupac bajó la mirada a la mano de Sol sobre la suya. Luego a la barriga. Luego, despacio, le subió la mirada por el pecho, por el cuello, por la barbilla, hasta la boca. Se detuvo ahí. En la boca. Y Sol supo —sin que él dijera nada, sin que hiciera nada— que la estaba midiendo. Que estaba decidiendo algo. Que la cosa que iba a hacer a continuación la había estado pensando desde antes de que ella le tomara la mano y la pusiera sobre el vientre, y que solo estaba esperando a que ella le diera la última señal.

La señal fue pequeña. Sol se pasó la lengua por el labio de abajo. Eso fue todo.

Tupac retiró la mano del vientre de ella —despacio, sin brusquedad, como quien levanta una piedra de un nido— y la puso en la rodilla de Sol, encima de la manta. Y desde ahí le subió la palma por el muslo, por encima de la tela, hasta la cadera. La manta de nadie se le quedó enganchada entre los dedos y la arrastró consigo, y Sol sintió el frío del aire de la choza en la piel que quedaba al descubierto, y el frío le duró medio segundo, porque la mano de él llegó enseguida a taparlo.

—Ven —dijo Tupac.

Una sola palabra. De tierra. Y Sol fue.

Se dejó caer hacia atrás sobre la cama de varas, y las varas protestaron bajo su peso y bajo el peso de él cuando Tupac se le echó encima, y la choza entera pareció encogerse alrededor de los dos. Él le puso una rodilla a cada lado de las caderas. No la aplastó. Se sostuvo en los codos, con los brazos tensos, los tatuajes tribales estirándosele por los hombros, y la miró desde arriba con esa cara que no era ternura y no era hambre sino las dos cosas mezcladas y puestas a cocer a fuego lento.

Sol le puso las manos en el pecho. Le encontró los latidos debajo de la palma —rápidos, más rápidos de lo que la cara de él dejaba ver— y se quedó con las manos ahí, sintiéndolos, mientras él le bajaba la cabeza al cuello.

La besó despacio. Sin prisa. En el sitio donde el cuello se junta con el hombro, donde a Sol se le ponía la piel de gallina cada vez que él la tocaba ahí, y ella arqueó la espalda sin querer y se le escapó un sonido por la garganta que no llegó a ser palabra. Tupac le puso la boca encima del sonido, como si lo quisiera guardar, y le bajó la mano libre por el costado, por la cintura, hasta la cadera, y se la apretó contra sí.

Sol sentía el peso de él encima, el calor de él encima, y debajo de todo eso, en el fondo del vientre, el calor otro, el que había empezado antes y que ahora le latía al ritmo de la respiración de los dos. Le subió las manos por el pecho de Tupac hasta los hombros, hasta la nuca, y le enredó los dedos en el pelo negro mojado y se lo apretó, y él soltó un aliento caliente contra su cuello que le recorrió a Sol toda la columna.

—Despacio —dijo ella. No era una orden. Era una advertencia. Era casi una súplica.

Tupac levantó la cabeza y la miró. Y asintió. Una sola vez. Con la barbilla. Y luego le bajó la mano al vientre otra vez —a la piel tirante, al sitio exacto donde el pez nadaba— y la dejó ahí, abierta, pesada, mientras con la otra le buscaba el borde de la manta de nadie y se la apartaba de las caderas.

El aire le llegó a la piel de los muslos, subió por el vientre, se le metió entre las piernas. Sol cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, Tupac estaba mirándole la cara —no el cuerpo, la cara— como si quisiera aprenderse ese instante antes de seguir, y ella sintió que se le subía el calor a las orejas y no hizo nada por esconderlo.

La mano que le quedaba sobre la barriga no se movió. La otra le subió por dentro del muslo, lenta, con el peso justo, y Sol abrió las piernas para él sin que hiciera falta que se lo pidiera. Le tembló una rodilla. Tupac la sintió temblar y no dijo nada, y eso —que no dijera nada— fue lo que más le apretó a Sol la garganta.

Los dedos de él la encontraron húmeda. Mojada de antes, de la conversación, del nombre puesto en el río, de la palma abierta sobre la vida. Tupac soltó un aliento por la nariz, corto, y se quedó quieto con los dedos ahí, sin moverse, como si también eso fuera una forma de escuchar.

—Tupac —dijo Sol otra vez, y esta vez sí era algo. Esta vez era: no me dejes esperando.

Él le puso los dedos donde ella los quería y los movió despacio, un círculo, dos, y Sol se le arqueó contra la mano y se mordió el labio de abajo para no hacer ruido y no sirvió de nada, porque el ruido le salió igual, un quejido bajo que se quedó pegado al techo de hojas. La mano de él sobre el vientre seguía abierta, pesada, quieta. La otra trabajaba. Y Sol, entre las dos manos, no sabía ya cuál de las dos la estaba deshaciendo más.

—Ahora —dijo ella.

Tupac se incorporó sobre los codos. Se llevó la mano del vientre a la cintura de Sol, la deslizó por debajo de sus caderas y se las levantó un poco, lo justo para acomodarse, y Sol sintió la punta de él contra ella, caliente, y se le cortó la respiración en el pecho.

Entró despacio.

Un centímetro. Otro. Sol lo sintió abrirse paso dentro de ella y le clavó los dedos en los hombros, en la piel cobriza, encima de los tatuajes, y él esperó. Se detuvo a medio camino y esperó, con la frente pegada a la de ella, respirando por la boca, y no siguió hasta que Sol movió la cadera hacia arriba, buscándolo, y entonces sí, entonces terminó de entrar, entero, y los dos se quedaron quietos un segundo con el otro dentro y sin decir nada.

Las varas crujieron. Afuera el agua seguía cayendo entre las cañas. Y dentro, en la oscuridad, el único sonido era el de los dos respirando al mismo ritmo, despacio, como si tuvieran miedo de romper algo.

Tupac empezó a moverse. Lento. Cada vez hasta el fondo y cada vez casi fuera, y Sol le seguía el ritmo con las caderas y con las manos en la nuca y con los dientes en el hombro de él cuando ya no pudo aguantar más sin morder algo. No era la prisa de la primera noche contra el ceibo. No era el hambre del refugio. Era otra cosa. Era un hombre que se movía dentro de ella como si tuviera todo el tiempo del mundo y como si el tiempo del mundo le importara un bledo.

La mano de él volvió al vientre. Sol lo sintió subir por el costado, por las costillas, hasta la piel tirante, y posarse ahí otra vez, abierta, y quedarse. Y así, con la palma de Tupac sobre la barriga y él dentro de ella moviéndose despacio, Sol entendió de golpe lo que él estaba haciendo. No era un gesto. Era una manera de estar en los dos sitios a la vez. De estar en ella y estar en lo que había dentro de ella. De no dejar a ninguno de los dos solo.

El movimiento del hijo volvió. Chico. Un empujón suave contra la pared, contra la red, contra todo. Y esta vez Sol no se quedó quieta ni se lo guardó. Le puso la mano encima de la de Tupac, la apretó contra la piel, y él la miró a los ojos y siguió moviéndose, y entre la palma de él y la palma de ella, debajo de las dos, algo pequeñísimo empujó al mismo tiempo que Tupac empujaba dentro, y Sol sintió que se le llenaban los ojos otra vez y esta vez no apretó los dientes.

—Sí —dijo. No sabía a qué. A todo.

Tupac bajó la boca a la de ella. La besó mientras se movía, la besó con la lengua y con los dientes y con el aliento, y Sol le devolvió el beso con todo lo que tenía, y el ritmo empezó a subir, ya no tan lento, ya no tan despacio, y las varas de la cama protestaban debajo de los dos y la choza entera crujía con ellos y ninguno de los dos hacía nada por callarla.

Sol le rodeó las caderas con las piernas. Lo apretó contra sí. Quería sentirlo entero, hasta el fondo, hasta donde ya no llegaba, y él le entendió sin que se lo dijera y le metió la mano libre debajo de las nalgas y se las levantó y la penetró más hondo, y Sol soltó un grito corto contra su hombro que se perdió en la piel de él.

El calor le subió por el vientre. Le apretó la base de la columna. Le subió por la espalda hasta la nuca y le bajó otra vez por dentro de los muslos, y Sol supo que estaba cerca y no quiso llegar sola. Le clavó las uñas en los hombros. Le buscó la boca. Le dijo su nombre tres veces seguidas, bajo, contra el labio, y a la tercera Tupac apretó la mano sobre el vientre de ella y empujó una última vez, hondo, y se quedó ahí, temblando, con la frente pegada a la de Sol y los ojos cerrados y la boca abierta sin sonido.

Sol llegó con él. Le llegó desde dentro, desde el mismo sitio donde el pez nadaba, y se le extendió por todo el cuerpo en una sola ola larga que le dejó los dedos de los pies encogidos y la garganta ronca y las manos agarradas a la nuca de Tupac como si la choza se estuviera cayendo. Y él se vació dentro de ella despacio, a pulsos, sin moverse, con la palma todavía abierta sobre el vientre, y los dos se quedaron así, pegados, respirando el uno en la boca del otro.

El movimiento volvió. Debajo de las dos manos. Un empujón suave, insistente, como si el pez hubiera sentido el temblor y hubiera querido asomarse. Sol lo sintió. Tupac lo sintió. Ninguno de los dos dijo nada.

Él se salió despacio y se dejó caer a un lado, sobre las varas, sin soltarle el vientre. Se quedó con la mano ahí, abierta, pesada, y con la otra le apartó a Sol el pelo de la cara, un mechón húmedo que se le había pegado a la mejilla, y se lo puso detrás de la oreja con dos dedos. Ese gesto —el pelo detrás de la oreja— le dolió a Sol más que todo lo demás. No supo por qué. Le dolió en un sitio raro, en el pecho, y tuvo que mirar hacia el techo de hojas para que no se le notara.

Afuera la lluvia había bajado. Ya no caía en hilos entre las cañas; caía parejo, mansa, sobre las hojas del suelo, y por algún sitio de la pared de palma se colaba un aire frío que le puso a Sol la piel de gallina en los brazos. Tupac tiró de la manta —la de nadie, la de las franjas desteñidas y los remiendos— y se la echó por encima a los dos, y la manta les cubrió las piernas y las caderas y les dejó fuera solo el vientre de Sol, donde la mano de él seguía, y el pecho de él, que subía y bajaba despacio.

Sol se giró de lado para mirarlo. La cara de Tupac, de perfil, era otra cara. Sin la dureza de la boca. Sin el filo de los ojos. Tenía los párpados a medio cerrar y la respiración larga, y la cicatriz blanca de la muñeca le asomaba por debajo de la manta, y Sol se la miró un rato sin tocarla.

—Tres días —dijo Tupac. La voz le salió ronca, de después.

—¿Tres días? —repitió Sol, y no entendió.

—Al pueblo. Si el río baja. Tres días. Con lluvia, cuatro.

Sol se quedó callada. La mano de él seguía sobre su barriga. La manta de nadie les cubría las piernas. Y el nombre del pueblo seguía sin estar dicho, colgado entre los dos como una cosa que ninguno se atrevía a bajar del aire.

—¿Y después? —preguntó ella. Por fin. La pregunta que llevaba días sin hacer.

Tupac no contestó enseguida. Miró el techo de hojas. Miró la oscuridad del rincón donde la brasa se había muerto. Y luego volvió a mirarla a ella, y le sostuvo la mirada más de lo que Sol podía aguantar, y ella no apartó la suya.

—Después —dijo él—. Después ya veremos.

Y le apretó la mano sobre el vientre. Una sola vez. Fuerte. Como se aprieta una promesa para que no se escape. Y Sol, con la manta de nadie encima y el pez nadando debajo de las dos manos, cerró los ojos y no preguntó más.

Sol no abrió los ojos enseguida. Se quedó ahí, con la manta de nadie subiéndole y bajándole con la respiración de Tupac, sintiendo la palma de él todavía aplastada contra su piel como un sello de cera que se está enfriando. La lluvia seguía. Había dejado de ser la lluvia de antes —la que caía en hilos entre las cañas y se oía gota a gota— y ahora caía entera, pareja, un solo ruido largo que llenaba la choza por todos los lados.

Cuando por fin abrió los ojos, Tupac no estaba mirándola a ella. Estaba mirando el techo de hojas. Tenía una mano debajo de la nuca y la otra —la que llevaba la cicatriz blanca— todavía sobre el vientre de Sol, y los ojos negros recorriendo las varas del techo como si estuviera contando algo. Sol lo observó de perfil. La mandíbula. El pelo negro pegado a la sien. La boca que ya no era la boca de antes sino una línea recta y quieta, y a Sol le pareció que en algún momento entre el último empujón y este silencio, Tupac había tomado una decisión. Lo supo por la manera en que tenía los hombros. Como un hombre que ya cargó el peso y ahora solo está calculando cuánto le va a durar la espalda.

—Ya no pregunté —dijo Sol. La voz le salió ronca, de después. —Dijiste "ya veremos" y yo no pregunté. Pero estás pensando algo.

Tupac bajó la mirada del techo. La posó en ella y se quedó ahí, y Sol sostuvo el peso de esos ojos todo lo que pudo antes de tener que mirar hacia otra parte —hacia la cicatriz de su muñeca, que era lo único claro en toda la oscuridad de la choza.

—Pensaba en el pueblo —dijo él.

—¿En el nombre?

—No. En lo que vas a hacer ahí.

Sol se giró del todo, apoyándose en un codo. La manta se le resbaló del hombro y el aire frío que se colaba por la pared de palma le subió por la espalda, y no hizo nada por taparse. Tupac la miró de arriba abajo, sin prisa, sin hambre ya, como quien revisa una herramienta que va a necesitar pronto.

—Voy a llegar —dijo Sol—. Y voy a buscar un teléfono. O un radio. O lo que haya. Y voy a decirle a alguien dónde estoy.

—No hay teléfono —dijo Tupac.

—Entonces un radio.

—Tampoco.

Sol se quedó callada un segundo. La lluvia llenaba el hueco de la respuesta, y el hueco era más grande de lo que ella quería admitir. Se pasó la lengua por el labio de abajo, que todavía le sabía a él, y buscó otra cosa que decir que no fuera una pregunta sobre el pueblo, porque ya había aceptado no preguntar más y no iba a romper eso ahora, con la mano de él todavía en su barriga.

—¿Y cómo es? —preguntó al final. —El pueblo. No el nombre. Cómo es.

Tupac se movió por primera vez desde que se habían acostado. Se sentó en el borde de las varas, de espaldas a ella, y las tablas crujieron bajo su peso. La manta se le quedó enganchada en la cintura y le dejó la espalda al aire —los tatuajes tribales subiéndole por los omóplatos, la columna marcada, la piel cobriza brillante de sudor y de lluvia— y Sol se incorporó detrás de él sin pensarlo, con la manta de nadie arrastrándose entre los dos.

—Cuatro casas —dijo Tupac—. Cinco. Un muelle de tablas podridas. Una mujer que vende gasolina en botellas. Un hombre que arregla motores y no arregla nada. —Hizo una pausa. —Y un cura que lleva veinte años esperando un barco que no llega.

Sol se rió. No fuerte. Un soplo por la nariz que le salió sin permiso, y Tupac giró la cabeza hacia su hombro para mirarla, y algo en la comisura de la boca de él se movió —no llegó a ser sonrisa, pero se acercó— y Sol se dio cuenta de que era la primera vez en todos los días que llevaban juntos que le veía acercarse a una.

—¿Un cura? —dijo ella—. ¿En medio de la selva?

—El río llega —dijo Tupac—. Y donde llega el río, llega todo lo demás. Tarde o temprano.

Se levantó. Sol lo siguió con la mirada mientras él cruzaba la choza desnudo, sin ninguna prisa, y se agachaba junto al rincón donde la brasa se había muerto. Apartó las cenizas con un palo y sopló, y Sol vio la brasa encenderse otra vez, un punto rojo que crecía, que se agarraba a la yesca, y a Tupac iluminándosele de golpe la cara desde abajo, la mandíbula, el filo de la nariz, los tatuajes del pecho. Añadió dos ramas. El fuego cogió con un chasquido corto, y la choza entera se movió —las sombras se estiraron hacia las paredes, la manta de nadie cogió un color que Sol no le había visto, un naranja viejo, y por primera vez desde que habían llegado al segundo refugio, Sol pudo ver bien dónde estaba.

El suelo de hojas. Las varas de la cama. Una olla de metal abollado colgada de un clavo. Un machete apoyado contra la pared, envainado en cuero. Y en la esquina, encima de una tabla, la mochila de Sol —abierta, ordenada, con lo útil separado de lo inútil desde la primera mañana, y Sol se quedó mirándola un rato largo, porque en cuatro meses no se le había ocurrido volver a tocarla.

—¿Tienes hambre? —preguntó Tupac desde el fuego.

—No.

—Vas a tener que comer. Por dos.

Lo dijo sin mirarla, revolviendo algo en la olla, y Sol sintió el golpe donde se sienten esas cosas —abajo, en el sitio exacto donde la mano de él había estado— y tuvo que apretar los dientes. No era ternura lo que le subió. Era otra cosa. Era una rabia rara, una rabia sin destinatario, porque nadie le había dicho nunca eso. Nadie le había dicho "por dos".

—No me hables así —dijo.

Tupac levantó la cabeza.

—¿Cómo?

—Como si ya estuviera decidido. Como si ya... —Sol se pasó las dos manos por la cara, por el pelo, apartándose los mechones húmedos, y cuando volvió a mirarlo tenía los ojos brillantes y no le importó—. Como si tú ya hubieras decidido todo y yo solo tuviera que seguirte hasta el río.

Tupac dejó la cuchara en el borde de la olla. Se acercó a la cama —despacio, con esa manera que tenía de moverse que hacía que la choza entera pareciera suya— y se sentó en el borde, de frente a ella, con las rodillas casi tocándole las de Sol por debajo de la manta. El fuego le iluminaba un lado de la cara y le dejaba el otro en negro, y Sol no supo qué lado era peor.

—No he decidido nada —dijo—. Decidí una cosa. Que te llevo al pueblo. Eso lo decidí el primer día y no lo he cambiado. Lo demás...

Se calló. Miró el fuego. Miró el machete apoyado en la pared. Y Sol esperó, porque había aprendido en cuatro meses que cuando Tupac se callaba así, estaba escogiendo palabras de un sitio donde no había muchas, y que empujarlo no servía de nada.

—Lo demás no es mío —terminó—. Es tuyo.

Sol se quedó con eso. Lo sopesó. "Lo demás no es mío. Es tuyo." Y se dio cuenta, con un retraso de un segundo entero, de que eso era lo más cerca que Tupac había estado nunca de decirle que no iba a decidir por ella. Que la puerta del pueblo, cuando llegaran, la iba a cruzar ella sola o no la iba a cruzar, y que él no iba a empujarla por el marco.

Se le llenaron los ojos otra vez. Ya iban tres veces esa noche y empezaba a darle igual.

—No quiero irme —dijo. Y fue la verdad más grande que había dicho desde que se perdió. Más grande que "estoy embarazada". Más grande que "no pregunté". —No quiero llegar al pueblo y que esto se acabe. Porque cuando lleguemos va a haber un teléfono o no va a haber, y va a haber un cura o no, y en algún momento va a venir alguien a buscarme o no va a venir nadie, y de todas esas cosas que pueden pasar, ninguna es que tú sigas aquí.

Tupac la miró. La brasa nueva chasqueó. Afuera la lluvia seguía entera, un solo ruido largo que no dejaba pasar nada más, y Sol pensó que en toda la selva, en todo lo que se oía desde esa choza —bichos, agua, hojas, viento—, lo único que no se oía era a Tupac respirando fuerte. Lo hacía siempre así. Callado. Como si respirar fuerte fuera una cosa que se le pudiera escapar y no se la quería dejar a nadie.

—No me voy a ir —dijo él.

Sol lo miró. No entendió. O entendió demasiado rápido y por eso no le creyó.

—¿Qué?

—Al pueblo. Cuando lleguemos. No me voy a ir.

—Pero tú no... —Sol se incorporó sobre las rodillas, la manta cayéndosele, buscándole la cara—. Tú no vives en el pueblo. Tú vives aquí. Tú eres de aquí. Tú...

—Yo también tengo que decidir algo —dijo Tupac, y le puso la mano en la rodilla, encima de la manta, con el peso justo—. Y lo decidí antes de que me pusieras la mano en la barriga. Lo decidí el primer día, cuando te vi en el barro con el mapa en la mano y te dije que no corrieras.

—Eso no es lo mismo —dijo Sol—. Eso fue...

—Fue lo mismo —dijo él—. Yo no me quedo con nadie. Nunca me he quedado con nadie. Y te encontré, y me quedé.

Se lo dijo como decía todo: corto, de tierra, sin adornos. Como quien informa de que el río sube. Pero a Sol le tembló la rodilla debajo de la mano de él, y Tupac lo notó —claro que lo notó— y no apartó la mano. Al contrario. Se la apretó un poco más, y luego le subió la palma por el muslo, por encima de la manta, hasta la cadera, y desde la cadera hasta el costado, y desde el costado hasta el brazo, hasta la muñeca de Sol, hasta la mano. Y le cogió la mano. Se la cogió entera, con los dedos entrelazados, la palma contra la palma, y se la apretó contra su propio pecho —contra los tatuajes, contra los latidos— y Sol sintió debajo de la palma el corazón de él golpeando fuerte, más fuerte de lo que la cara dejaba ver, más fuerte de lo que la voz había dejado oír.

—Aquí —dijo Tupac, y se puso la mano de Sol encima del corazón—. Aquí me quedo. En el pueblo, en el río, en la choza, donde sea. Mientras estés tú, me quedo.

Sol no dijo nada. No podía. Tenía la garganta cerrada y los ojos llenos y la mano de él apretándole la suya contra el pecho, y por primera vez en cuatro meses —desde el ceibo, desde el barro, desde el mapa equivocado— sintió que el suelo que pisaba no se movía. Que había un sitio donde pararse. Que el hombre que le había dicho "no corras" el primer día le estaba diciendo, con las mismas palabras cortas y la misma boca recta, que no iba a soltarla.

Se inclinó hacia él. Le apoyó la frente en el hombro, en la piel cobriza, en el hueco que había entre el cuello y la clavícula, y se quedó ahí. Tupac le soltó la mano para poder rodearle la espalda con los dos brazos, y se la apretó contra sí, y la barbilla le quedó apoyada en la coronilla, y así se quedaron los dos, en el borde de la cama de varas, con el fuego nuevo crepitando en el rincón y la lluvia cayendo entera sobre el techo de hojas.

Sol cerró los ojos. Podía oírle el corazón desde ahí, pegado a su oído, y podía olerle la piel —humo, tierra, sudor, algo más hondo que no sabía nombrar— y podía sentir debajo de su propio vientre, entre los dos cuerpos apretados, el movimiento del hijo, chico, terco, nadando contra la red. Y esta vez, cuando lo sintió, no se quedó quieta ni se lo guardó. Le cogió la mano a Tupac otra vez —la que llevaba la cicatriz blanca— y se la llevó hacia abajo, por segunda vez esa noche, hasta la piel tirante del vientre, y le puso la palma encima.

Tupac no dijo nada. Pero la palma se le hundió apenas, lo justo para sentir, y Sol notó cómo le cambiaba la respiración —cómo le subía y le bajaba más despacio, más larga, como si estuviera contando algo por dentro para que no se le notara—. Y ahí, con la mano de él sobre el vientre y el pecho de él contra su mejilla, Sol entendió que la promesa ya estaba dicha. Que ya no hacía falta repetirla. Que las palabras de Tupac, cuando salían, se quedaban puestas como se queda una piedra en un río: el agua la rodea, la empuja, la tapa un rato, pero la piedra sigue ahí, en el fondo, y el río ya no puede volver a pasar sin tropezarse con ella.

Afuera, la lluvia cambió de tono.

No fue un trueno. No fue un golpe. Fue otra cosa. Empezó como un tamborileo lejano, muy lejos selva adentro, y fue creciendo, y luego se apagó, y luego volvió más cerca —un ruido que no era de agua cayendo, sino de agua moviéndose, de agua subiendo, de troncos girando río abajo— y Sol, con la mejilla contra el pecho de Tupac, lo oyó subir por la pared de palma y meterse en la choza por las rendijas, y notó que la mano de él se le cerraba un poco más sobre el vientre.

Levantó la cabeza. Miró hacia la pared, hacia la oscuridad, hacia el sitio de donde venía el ruido.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Tupac no contestó enseguida. Estaba mirando el mismo punto que ella, con los ojos negros quietos, y en la cara —en la mitad de la cara que el fuego le iluminaba— Sol vio pasar algo que no era miedo, porque Tupac no tenía cara de miedo, sino algo más viejo, algo que se parecía a la paciencia de un hombre que lleva años esperando que el río haga lo que el río hace.

—El río —dijo al final—. Está bajando.

Sol se quedó inmóvil. El tamborileo seguía afuera, más cerca ahora, y ya no era un ruido de lluvia sino un ruido de agua grande, de agua que se retira, de piedras que quedan al aire después de meses debajo, y Sol lo entendió de golpe: era el río crecido, el que no perdonaba, el que Tupac había dicho que había que cruzar antes de que subiera más. Estaba bajando. Estaba bajando esa misma noche, mientras ellos estaban ahí, y por la mañana iba a estar más bajo todavía, y al día siguiente más, y en tres días —los tres días que Tupac había dicho— iba a estar cruzable otra vez.

—Entonces nos vamos —dijo Sol. La voz le salió más baja de lo que esperaba. —Nos vamos al pueblo.

—En tres días —dijo Tupac—. Si sigue bajando.

—En tres días.

Sol se apartó un poco para mirarlo bien. El fuego le temblaba en la cara. Tenía el pelo negro mojado todavía, los tatuajes subiéndole por los hombros, la cicatriz blanca en la muñeca, y la mano —su mano, la de él— todavía abierta sobre el vientre de ella, pesada, quieta, como si no supiera irse.

—Tres días —repitió Sol. Y luego, buscándole los ojos: —¿Y vas a estar aquí los tres días?

Tupac la miró. No sonrió. No hacía falta. Le apretó la mano sobre el vientre, una sola vez, fuerte, y con la otra le apartó el mechón de pelo que se le había vuelto a pegar a la mejilla y se lo puso detrás de la oreja con dos dedos.

—Aquí —dijo.

Y afuera, en la oscuridad, la selva siguió bajando el río, tronco a tronco, piedra a piedra, como si hubiera escuchado.

Los dolores empezaron un martes, al final de la tarde, cuando Sol estaba agachada junto al río lavando lo que quedaba de su camiseta.

No fue un dolor. Fue una presión. Un cinturón que le apretó la cintura por dentro y le subió hasta la base de la espalda, y se quedó ahí unos segundos, y luego se fue. Sol se quedó quieta con la camiseta metida en el agua y el agua corriendo entre los dedos, esperando a ver si volvía. No volvió. Se levantó. El sol le daba de lado, bajo, anaranjado, y el río sonaba distinto desde que había bajado —más claro, más rápido, con las piedras que habían quedado al aire cubiertas de un limo verde que Sol no le había visto nunca al río crecido—. Recogió la camiseta, la escurrió, la echó al cubo de metal abollado, y volvió por el sendero hacia la choza.

Tuvo que pararse dos veces. La segunda vez se apoyó en un tronco y respiró por la boca y contó hasta que se le pasó. Ya no era un cinturón. Era una mano. Una mano grande que le agarraba el vientre por dentro y se lo retorcía despacio, como se retuerce una tela para sacarle el agua, y cuando soltaba, Sol soltaba el aire que había estado aguantando sin darse cuenta.

Cuando llegó a la choza, Tupac estaba partiendo leña. La levantó con una sola mano —una astilla larga, de un árbol que Sol no sabía nombrar— y la dejó caer sobre el tajo, y el hacha bajó y la partió en dos, y Sol se quedó mirándole los hombros, la espalda, la manera en que el hacha subía y bajaba como si fuera una extensión del brazo. Él no la oyó llegar. O la oyó y no se giró. Con Tupac nunca se sabía.

—Tupac.

Se giró. La miró de arriba abajo en un segundo —el cubo en la mano, los pies descalzos, la camiseta empapada, el pelo pegado a la cara— y dejó el hacha clavada en el tajo. No preguntó qué pasaba. Se acercó, le quitó el cubo de la mano y lo dejó en el suelo, y le puso la palma abierta en la parte baja de la espalda, encima de la tela húmeda, y la apretó.

—¿Cuánto llevas? —dijo.

—Desde el río. —Sol se pasó el antebrazo por la frente. —Dos veces. O tres. No sé. Empezó cuando estaba lavando.

Tupac le miró la cara un rato largo. Luego le bajó la mano de la espalda a la cadera y la sujetó ahí, y con la otra le apartó el pelo mojado de la mejilla y se lo puso detrás de la oreja, con dos dedos, el gesto de siempre, el que le dolía a Sol en un sitio raro del pecho y que en cinco meses no había dejado de dolerle.

—Vamos adentro —dijo.

La choza había cambiado en cinco meses. Ya no era el refugio de paso que Sol había encontrado en la primera semana. Tupac había levantado una pared más de palma, había puesto una tarima de varas para dormir en vez del suelo de hojas, había colgado la olla de un clavo más alto y había dejado el machete envainado en un rincón al que Sol ya no le tenía miedo. Y en el sitio donde antes estaba la mochila abierta, ahora había una cuna. La había hecho él. De varas delgadas, atadas con fibra, con una manta dentro —una manta nueva, no la de nadie, una que Tupac había traído de no se sabía dónde hacía dos meses y que Sol había lavado tres veces para quitarle el olor a humo—. Sol la miró un segundo. Luego se sentó en el borde de la tarima y se agarró a los bordes de madera con las dos manos.

El dolor volvió. Fuerte esta vez. Le subió por la espalda como una cuerda que alguien tiraba desde la nuca, le apretó el vientre entero, y Sol cerró los ojos y apretó los dientes y no gritó. Cuando abrió los ojos, Tupac estaba delante de ella, agachado, con las manos en sus rodillas, mirándola.

—Respira —dijo.

—Estoy respirando.

—No. Por la boca. Como cuando corres. —Le puso una mano en el pecho, abierta, encima de la clavícula. —Así. Conmigo.

Sol lo miró. Respiró con él. Le costó. Le costó más de lo que quería admitir, y a la tercera respiración se le escapó un sonido por la garganta que no era un grito pero que se le parecía, y Tupac no apartó la mano del pecho de ella ni le cambió la cara. Solo respiró. Lento. Como si el tiempo no fuera suyo.

Cuando el dolor se fue, Sol se dejó caer hacia atrás sobre la tarima y se quedó mirando el techo de hojas. La tarde se estaba apagando. Por las rendijas de la pared de palma entraba una luz naranja que le caía a Tupac en la espalda y le hacía brillar los tatuajes, y Sol pensó, sin querer pensarlo, que si le hubieran dicho hace un año que iba a parir a un hijo en una choza en medio de la selva, con un hombre que apenas hablaba, se habría reído. No se reía. Tenía la respiración corta y el vientre duro como una piedra y las manos de él en las rodillas, y no se reía.

—¿Cada cuánto? —preguntó Tupac.

—¿Qué?

—Los dolores. ¿Cada cuánto vienen?

Sol lo pensó. No había estado contando. No se le había ocurrido contar. Y ahora, con él preguntándole, se dio cuenta de que llevaba toda la tarde sintiéndolos y de que no había pensado en medir nada, y le subió una rabia pequeña por la garganta, una rabia tonta, porque era él el que sabía las cosas de la selva y era él el que ahora le preguntaba a ella lo que ella debería saber de su propio cuerpo.

—No sé —dijo. —No he contado.

—Entonces contamos ahora. —Tupac se incorporó, cruzó la choza, y volvió con un reloj. Un reloj. Sol no lo había visto nunca. Un reloj de hombre, de esfera negra, con la correa partida, y Tupac lo dejó en el suelo junto a la tarima, boca arriba, y se sentó en el suelo, con la espalda contra el borde de la cama, y se quedó mirando la esfera. —Desde ahora. Cada vez que venga, me dices. Y yo miro la hora.

Sol se rió. Un soplo corto por la nariz, sin ganas, y le dolió el vientre al reírse. —¿De dónde has sacado eso?

—Estaba en la casa del río. En un cajón. —Tupac no levantó la mirada de la esfera. —Lo traje cuando bajé el mes pasado.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque no hacía falta.

Sol lo miró. Sentado en el suelo, con la espalda contra las varas, el reloj en el suelo y la barbilla apoyada en una rodilla, Tupac parecía más joven de lo que era. O más viejo. Sol nunca sabía. Tenía el pelo negro recogido con una fibra en la nuca, y la cicatriz blanca de la muñeca le asomaba por debajo de la manga de la camisa de tela basta que se había puesto cuando empezó a hacer frío, y Sol sintió el dolor volver —otra vez, más abajo esta vez, más dentro— y se agarró a la manta y apretó los dientes y miró el techo y no dijo nada.

—Ahí viene —dijo Tupac, sin mover la vista del reloj. —Las siete y veinte.

Cuando se le pasó, Sol tenía la camiseta empapada de sudor y las manos entumecidas de agarrar la manta. Se sentó. Se pasó las manos por la cara. Y por primera vez desde que había empezado, sintió miedo. No del dolor. Del hueco que quedaba entre un dolor y el siguiente, que se hacía más corto cada vez.

—Tupac.

—Dime.

—¿Tú has hecho esto antes?

Tupac levantó la cabeza. La miró. Y Sol vio en su cara algo que ya le había visto una vez —la noche de la manta de nadie, la noche en que le puso la mano en el vientre por primera vez— y que no había vuelto a verle desde entonces: algo que se parecía mucho a la verdad, sin adornos.

—Una vez —dijo. —Con mi madre. Y no sirvió de nada.

Sol se quedó callada. El reloj siguió en el suelo, boca arriba, con las manecillas quietas, y afuera el río sonaba, más bajo cada día, y por la rendija de la pared entraba ya la última luz de la tarde, roja, y le caía a Tupac en la cara y le hacía brillar los ojos negros como dos piedras mojadas.

—No va a pasar lo mismo —dijo Sol. No era una pregunta. Lo dijo como se dice una cosa para que sea verdad.

Sol se llevó la mano de Tupac a su vientre. Le agarró la muñeca —la muñeca con la cicatriz blanca— y le tiró de ella hasta que la palma abierta quedó apoyada sobre la tela de la camiseta, sobre la curva que en cinco meses se le había hecho y que ahora, sentada en el borde de la tarima, le parecía enorme. Tupac no apartó la mano. No dijo nada. Sol le miró la cara y él estaba mirando la mano, mirando su propia mano ahí, como si fuera una cosa que no le perteneciera.

—Está duro —dijo Sol. —Toca. Está duro como una piedra.

Él apretó un poco. Poco. Lo justo para que Sol sintiera el peso de la palma, el calor de los dedos, las callosidades del trabajo contra la tela fina que ya casi no le cubría. Y entonces, debajo de la mano de él, algo se movió. No fue una patada. Fue más lento. Un deslizamiento, un rodar por dentro, como cuando alguien gira en el agua sin sacar la cabeza. Sol lo sintió subir hacia la palma de Tupac y supo, sin saber cómo, que el niño también lo sentía a él.

Tupac cerró los ojos. Los cerró un segundo entero, y Sol se quedó con la respiración quieta mirándole la cara, la boca, la línea de la mandíbula, porque en cinco meses no le había visto cerrar los ojos así delante de ella. Cuando los abrió, no la miró a ella. Miró la mano.

—Otra vez —dijo.

—Espera. —Sol le apretó la muñeca. —Espera.

Esperaron. El río sonaba afuera, más abajo cada día, y por la rendija de la palma entraba la última luz roja y se iba, y la choza se puso oscura de golpe, como se pone la selva cuando se acaba el sol, sin término medio. Sol no se movió. Tenía la mano de Tupac en el vientre y la otra mano de él, la libre, le había subido sola por la espalda y le sujetaba la nuca, y así, con las dos manos en ella, esperaron los dos.

El movimiento volvió. Más fuerte esta vez. Sol lo sintió llegar desde muy dentro, desde un sitio que no era suyo del todo, y le recorrió el vientre de un lado a otro y se apagó contra la palma de Tupac. Él soltó el aire. Sol no se había dado cuenta de que lo estaba aguantando.

—Ahí —dijo Tupac.

—Ahí.

Se quedaron así un rato largo. La choza a oscuras, el reloj en el suelo con las manecillas quietas, la cuna en su rincón con la manta nueva dentro. Sol pensó que debería decir algo. Tenía la garganta llena de cosas y ninguna le cabía en la boca. Así que hizo lo único que le cabía: le soltó la muñeca a Tupac, le puso la mano encima de la suya, sobre el vientre, y le entrelazó los dedos. La mano de él era grande. La de ella no le llenaba ni la mitad.

—No va a pasar lo mismo —repitió Sol, más bajo. —No va a pasar lo mismo.

Y entonces Tupac la besó. No como la había besado la primera noche contra el ceibo, ni como la besaba a veces por la mañana antes de ir al río. La besó despacio, con la boca cerrada primero, buscándole el labio con el suyo, y le puso la mano libre en la mejilla y le sostuvo la cara mientras la besaba, y Sol sintió el deseo subirle por el pecho como le subía siempre con él, sin aviso, sin permiso, con esa facilidad que en cinco meses no había aprendido a manejar. Le agarró la camisa con las dos manos. Tiró de él.

Tupac se dejó tirar. Se levantó del suelo, la levantó a ella de la tarima con un brazo por la espalda, y la tumbó sobre las varas, y el peso de él le cayó encima y Sol se agarró a sus hombros y le mordió el labio. Le dolía el vientre. Le dolía la espalda. No le importaba. Le importaba la boca de él en el cuello, la mano de él que le bajaba por el costado, los dedos que le buscaban el borde de la camiseta y se la levantaban despacio, centímetro a centímetro, hasta dejársela enrollada bajo los pechos.

—¿Puedes? —preguntó Tupac contra su garganta.

—Sí.

—Sol.

—Que sí. —Le agarró la cara con las dos manos y le obligó a mirarla. —Que sí, Tupac.

Él la miró. En la oscuridad casi no se le veían los ojos, pero Sol los conocía. Los tenía negros como dos piedras mojadas y la estaba mirando como la había mirado la noche de la manta de nadie, cuando le puso la mano en el vientre por primera vez. Sol le soltó la cara. Le buscó la mano. Y se la volvió a poner en el vientre, encima de la piel desnuda esta vez, sin tela, la palma abierta sobre la curva tibia, y le dejó ahí.

—No la quites —dijo.

Tupac no la quitó. Le bajó la otra mano a la cintura del pantalón y se lo desabrochó sin prisa, botón a botón, y Sol levantó las caderas para que él pudiera bajárselo, y cuando se lo hubo bajado hasta las rodillas, Tupac se detuvo. Se incorporó sobre un codo. La miró entera, tumbada debajo de él, con la camiseta enrollada bajo los pechos, la barriga redonda y pálida donde no le daba el sol, las piernas abiertas y el pantalón enredado en los tobillos. No dijo nada. Sol tampoco. Se quedó quieta dejándose mirar, y le tembló la respiración, y no fue del miedo.

Tupac se desabrochó el pantalón con una mano, sin apartar la otra del vientre de ella. Sol le oyó la tela, le oyó la respiración, y estiró la mano y le buscó, y lo encontró duro contra la tela, caliente, y le apretó por encima y Tupac soltó un sonido bajo por la nariz que a Sol le puso la piel de gallina en los brazos. Le metió la mano por dentro. Le agarró la polla con la palma entera y se la apretó y se la movió despacio, de arriba abajo, y Tupac cerró los ojos y apoyó la frente en la de ella.

—Despacio —dijo Sol.

—Despacio.

Se colocó. Sol le puso una mano en la cadera para guiarlo y él la siguió, y Sol sintió la punta buscándola, resbalando, encontrando el sitio, y luego la presión. La entrada. Lenta. Tan lenta que Sol tuvo tiempo de sentir cada centímetro, cada pliegue cediendo, el calor abriéndose paso, y se le escapó el aire por la boca y le clavó los dedos en la cadera a Tupac. Él paró.

—¿Duele?

—No. —Sol se pasó la lengua por el labio. —No pares.

Tupac siguió. La mano seguía en su vientre, abierta, pesada, caliente, y Sol la sentía ahí mientras él entraba, y sentía cómo el vientre se le endurecía bajo la palma con cada empujón, cómo algo por dentro se movía —el niño, o ella, o los dos— al ritmo lento de él. No había prisa. Tupac no tenía prisa nunca. La llenó entero y se quedó quieto dentro, respirando contra su cuello, y Sol le rodeó la espalda con los brazos y le aguantó el peso y esperó.

Luego él empezó a moverse. Despacio. Hacia dentro y hacia fuera, largo, sin romper el ritmo, y la mano en el vientre de Sol subía y bajaba con él, y Sol cerró los ojos y dejó de pensar. No había dolores ahí. No había reloj. No había río bajando ni pueblo con nombre ni tres días de camino. Había la respiración de Tupac en su oído, el roce de su pecho contra los pezones, el peso de su mano en la barriga, y ese movimiento dentro que la llenaba y la vaciaba y la volvía a llenar, y Sol se agarró a él y le siguió el ritmo y se dejó llevar.

El vientre le latía. Entre los dos, debajo de la palma de Tupac, el niño latía, y Sol sintió el movimiento —el de dentro y el de fuera— coincidir un instante, los dos empujando a la vez, y se le llenaron los ojos de agua y no supo si era el dolor que volvía o era otra cosa. Tupac la sintió tensarse y aflojó.

—¿Otra vez?

—No sé. —Sol le agarró la muñeca, la de la mano que tenía en el vientre. —Sigue. Sigue.

Él siguió. Más hondo. Sol levantó las caderas para recibirlo y él la agarró por debajo y la sostuvo, y la mano que tenía en la barriga se le abrió más, los dedos separados, cubriéndole toda la curva, como si quisiera sujetar lo de dentro y lo de fuera a la vez. Sol le mordió el hombro. Le clavó las uñas en la espalda. Y el movimiento empezó a crecer, a apretarse, a perder la lentitud, y Sol sintió que se le subía por el vientre y por el pecho y por la garganta, y no lo paró.

Cuando llegó, llegó despacio. No como un golpe. Como una marea que sube y sube y de pronto ya está arriba, y Sol se quedó quieta debajo de él con la boca abierta y los ojos cerrados y la mano de Tupac en el vientre, y el vientre se le apretó entero alrededor de él, una vez, dos veces, y Tupac gimió bajo, muy bajo, contra su cuello, y empujó una última vez y se quedó dentro, temblando, con todo el peso sobre ella.

No se movieron. El reloj seguía en el suelo, boca arriba, y afuera el río sonaba, y la choza estaba negra, y Sol tenía la mano de Tupac todavía en el vientre, abierta, caliente, y debajo de la palma, muy despacio, algo volvió a moverse.

—Ahí está —dijo Tupac contra su cuello.

—Ahí está.

Sol le pasó los dedos por el pelo, por la fibra que le recogía la trenza, y se quedó mirando el techo de hojas que no veía, con él dentro y encima y alrededor, y por primera vez en toda la tarde no contó nada. Ni los dolores. Ni los minutos. Ni los días que faltaban hasta el pueblo. Se quedó quieta, con el peso de él y el movimiento de dentro, y dejó que el cuerpo hiciera lo que sabía hacer.

Después, Tupac se apartó despacio y se tumbó a su lado, y le puso la mano otra vez en el vientre, sin que Sol se lo pidiera, como si ya no supiera tenerla en otro sitio. Sol se giró hacia él. Le puso la cara en el hueco del hombro. Y el dolor volvió —el otro, el de verdad— y le apretó la espalda y el vientre por debajo de la mano de Tupac, y Sol respiró por la boca, como él le había enseñado, y contó hasta que se fue.

—Las ocho y cuarto —dijo Tupac, mirando el reloj por encima del hombro de ella.

Sol cerró los ojos. Cincuenta y cuatro minutos. Lo pensó sin querer, y en cuanto lo pensó se le quedó dentro, y ya no pudo dejar de contarlos.

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