El Guardián de la Selva
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El Guardián de la Selva

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La manta de nadie
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Chapter 2 of 5

La manta de nadie

La noche se ha cerrado sobre el refugio y la ventana ya no deja pasar más que sombras; Sol se levanta de la cama de varas y, sin pedir permiso, toma la manta de franjas descoloridas y la extiende sobre los hombros de Tupac, que sigue mirando hacia afuera. Él se tensa bajo el peso de la lana, pero no la aparta, y cuando ella deja las manos un instante sobre su nuca, siente el calor de su piel bajo las yemas. —¿De quién era? —pregunta Sol, con la voz baja, y esta vez no es una pregunta sino una presión directa. Tupac gira la cabeza apenas, los ojos negros encontrando los de ella en la oscuridad, y en el silencio que sigue, la mano de él sube a la muñeca de Sol, no para sujetarla, sino para sostenerla, un gesto que no responde pero que tampoco suelta. The act this chapter delivers: Sol, de pie frente a Tupac junto a la ventana, desliza la manta de los hombros de él y la deja caer al suelo; Tupac la toma por la cintura y la sienta en el borde de la cama de varas, donde ella abre las piernas para recibirlo, y él la penetra despacio, con la manta enrollada bajo las rodillas de ella, hasta que Sol se corre en silencio contra él y él termina dentro, con la cara enterrada en su cuello.

La última luz se fue sin anuncio. Primero se borraron los bordes de las hojas, después los troncos, después todo. La ventana sin vidrio ya no dejaba pasar más que un rectángulo de sombra más densa que la sombra misma, y el ruido de la selva cambió de turno: los grillos cedieron el paso a algo más bajo, más paciente, un zumbido de insectos nocturnos que no se cansaba nunca.

Sol tenía los pies fríos. Eso fue lo primero que notó, ahora que ya no había nada que mirar afuera: las tablas del piso, frías bajo las plantas desnudas, y el aire del refugio con esa humedad que se metía en los huesos. Llevaba un rato de pie junto a él, el hombro a un palmo del suyo sin llegar a tocarlo, mirando la misma oscuridad que él miraba como si en algún momento fuera a revelar algo.

No reveló nada. La selva se tragó la última luz y siguió comiendo.

Detrás de ellos, sobre la cama de varas, la manta seguía doblada. Sol la había dejado ahí antes — la había desdoblado, había pensado taparse con ella, y en vez de eso se había levantado y había cruzado la pieza para pararse detrás de él. La manta se había quedado donde cayó, un rectángulo de franjas descoloridas sobre el jergón, esperando a que alguien decidiera algo.

Tupac no se había movido. La espalda ancha, quieta, el machete colgado de un clavo junto a la ventana, el perfil recortado contra la nada. Respiraba despacio. Siempre respiraba despacio, como si el aire le costara menos que a todo el mundo.

Sol se frotó un brazo con la otra mano. El frío no era el problema real, y los dos lo sabían.

Cruzó la pieza otra vez. Los pies descalzos sonaron apenas sobre la madera — cuatro pasos, cinco — y cuando llegó a la cama agarró la manta con las dos manos y la levantó. Pesaba más de lo que parecía. Lana gruesa, tejida a mano, con esas franjas que alguna vez habían sido rojas y azules y ahora eran del color del humo. Olía a humo, de hecho. A humo viejo y a algo más que Sol no supo nombrar y no quiso pensar.

Volvió a cruzar la pieza con la manta en los brazos.

Él la oyó venir. Claro que la oyó — un hombre que vivía en la selva oía todo — pero no volteó, no dijo nada, siguió mirando la ventana como si la ventana todavía tuviera algo que darle. Sol se paró detrás de él, tan cerca que le llegaba el calor del cuerpo, y levantó la manta.

La extendió sobre sus hombros.

La lana cayó sobre la espalda de Tupac con un peso blando, y él se tensó. No fue un sobresalto — fue otra cosa, más honda, un endurecimiento que le subió por los hombros y le llegó hasta la nuca, todos los músculos de la espalda contrayéndose bajo la tela como si la manta fuera un animal que se le hubiera posado encima. Se quedó así un segundo entero, dos, la respiración cortada a la mitad.

Pero no la apartó.

Sol dejó las manos donde estaban. Un instante nada más — las yemas apoyadas en la nuca de él, en el borde mismo del pelo negro que le caía suelto hasta los omóplatos — y sintió el calor. Un calor animal, concentrado, que le subió por los dedos y le llegó a las muñecas. La piel de Tupac estaba caliente como si adentro de él hubiera algo encendido, algo que no tenía nada que ver con la noche fría del refugio.

Bajo las yemas, un tendón. Bajo el tendón, el pulso. Lento. Fuerte. Contando.

Sol no quitó las manos. Tampoco las movió. Se quedó ahí, con los pulgares en la base del cráneo de él y los otros dedos abiertos sobre la lana, sintiendo cómo el cuerpo de Tupac no terminaba de decidir si se relajaba o no, la espalda todavía dura, la respiración todavía corta, pero quieto. Quieto como un animal que ha decidido no huir y todavía no sabe por qué.

—¿De quién era? —dijo ella.

La voz le salió baja. Más baja de lo que esperaba. No sonó como una pregunta de curiosidad, ni como una pregunta de conversación, ni como una de esas preguntas que se hacen para llenar el silencio. Sonó como lo que era: una presión. Un dedo puesto en algo blando. La primera vez en toda la noche que Sol le pedía algo a Tupac sin pedirlo con el cuerpo.

El silencio que siguió fue largo. Lo bastante largo para que Sol contara, sin querer, los segundos — uno, dos, tres, cuatro — y para que la selva de afuera metiera su zumbido en el hueco que la voz de ella había dejado.

Tupac giró la cabeza. Apenas. Un cuarto de vuelta, lo justo para que el perfil se convirtiera en media cara, y en la penumbra del refugio los ojos negros de él encontraron los de ella. Casi negros, sí. Sin fondo. La clase de ojos que no devuelven lo que miran, que se lo guardan.

Sol sostuvo la mirada. No bajó los ojos. Se le fue la respiración un poco y no la recuperó, pero no bajó los ojos, porque bajar los ojos ahora era contestar la pregunta por él.

La mano de Tupac subió.

Sol la sintió llegar antes de que llegara — el aire moviéndose, el calor acercándose — y cuando los dedos de él le tocaron la muñeca, no apretó. Eso fue lo que la desarmó. En la ventana, hacía un rato, le había agarrado la muñeca como si hubiera decidido que esa parte de ella le pertenecía. Ahora no. Ahora los dedos se cerraron alrededor de la muñeca despacio, con cuidado, como si la estuviera midiendo. Como si la estuviera sosteniendo.

La manta seguía sobre los hombros de él. La mano de Sol seguía en la nuca de él. La mano de él seguía en la muñeca de ella. Nadie se movió.

—Tupac —dijo Sol.

No fue una pregunta. Fue su nombre, nada más, puesto en el aire entre los dos como se pone una cosa sobre una mesa para que el otro la vea.

Él no contestó. Los dedos le apretaron la muñeca un poco más — apenas, un milímetro, lo justo para que Sol sintiera que la estaba sosteniendo de verdad, que si ella se dejaba caer hacia atrás esa mano la iba a agarrar — y los ojos negros siguieron en los de ella, sin soltarla, sin darle nada.

Sol pensó, muy rápido, que podía hacer tres cosas. Podía sacar la mano de la nuca de él y cruzar la pieza y meterse en la cama y quedarse ahí, con la manta de nadie encima, y dejar que la noche pasara. Podía quedarse quieta, exactamente así, y esperar a que él decidiera — porque él era el que decidía todo, el que sabía el camino, el que tenía el machete, el que había dicho que no corriera y ella no había corrido. O podía hacer lo que estaba haciendo: quedarse con la mano en la nuca de él y la mirada en la mirada de él y no ceder ni un centímetro, hasta que el silencio se volviera insoportable para alguno de los dos.

El silencio no se volvió insoportable. Se volvió otra cosa. Se volvió espeso. Se volvió una cosa que ocupaba el refugio entero, que llenaba el hueco entre la ventana y la cama, que se metía en los pulmones de Sol como el aire húmedo, y en el medio de esa cosa espesa los dos seguían quietos, la mano de él en la muñeca de ella, la mano de ella en la nuca de él, la manta de franjas descoloridas sobre los hombros de él, pesada, ajena, con su olor a humo viejo.

Sol se dio cuenta, de pronto, de que le temblaba un poco la respiración. No el cuerpo — la respiración. Le entraba y le salía corta, por la nariz, sin ruido, y el corazón le latía en un sitio raro, más arriba del pecho, casi en la garganta.

La mano de Tupac no se movió. No la atrajo. No la soltó.

Y en ese no-moverse, en esa mano que sostenía sin jalar y sin soltar, Sol entendió — sin que nadie se lo dijera, sin que él abriera la boca — que la pregunta sobre la manta había caído en algún lugar de Tupac donde ella no podía ver, y que la respuesta, si existía, no iba a salir esa noche por las palabras. Iba a salir por otro lado, o no iba a salir.

Afuera, algo grande se movió entre la vegetación. No un insecto. Algo con peso. Las hojas sonaron, una rama crujió, y después volvió el silencio, más atento que antes.

Ninguno de los dos volteó hacia la ventana.

Sol sintió el pulso de Tupac bajo las yemas de los dedos — ahí seguía, lento, fuerte, contando — y sintió su propia muñeca dentro de la mano de él, el calor de esa palma áspera apretándole la piel, y pensó que llevaba toda la noche dejándose llevar por él y que quizás ya era hora de que él se dejara llevar un poco por ella. O de que la soltara. Una de las dos cosas. Cualquiera de las dos. Pero no esto. No esta quietud. No esta mano que sostenía sin decidir.

—¿Me vas a soltar? —dijo.

La voz le salió más firme de lo que se sentía. Casi le sorprendió oírse.

Tupac la miró. Los ojos negros, quietos, sin fondo. Y por un instante — un instante nada más, tan corto que Sol no habría podido jurar que lo vio — algo se movió detrás de esos ojos. No una respuesta. No una emoción que ella pudiera nombrar. Algo más chico que eso. Una fisura. Como si por debajo de toda esa calma hubiera un cuarto cerrado, y la puerta de ese cuarto hubiera temblado apenas, y después se hubiera vuelto a sellar.

La mano de Tupac no la soltó.

Tampoco la jaló. Se quedó ahí, cerrada alrededor de la muñeca de Sol, sosteniéndola en el aire entre los dos, y la manta de franjas descoloridas siguió sobre los hombros de él, pesada, con su olor a humo viejo, mientras afuera la selva respiraba y adentro ninguno de los dos se movía, y el silencio — espeso, atento, lleno de cosas que no se decían — se asentó entre ellos como se asienta el agua en un pozo: despacio, hasta el borde, sin derramarse.

Sol bajó la mirada hasta la manta.

La tenía ahí, a un palmo de la cara, subiéndole desde los hombros de él como una joroba blanda. Vista de cerca, la lana no era solo gris y roja y azul desvaído. Había reparaciones. Sol las vio ahora, en la penumbra, y no las había visto antes: hilos de otro color cosidos en zigzag sobre un desgarrón, un remiendo cuadrado en una esquina, una franja entera tejida distinta del resto, más apretada, como si alguien hubiera vuelto a levantar el telar después de años y las manos ya no recordaran la misma tensión. No era una manta vieja. Era una manta cuidada. Alguien la había zurcido más de una vez. Alguien se había sentado con aguja e hilo y paciencia y la había devuelto a la vida cada vez que se rompía.

Y sin embargo ahí estaba, colgada de los hombros de un hombre que vivía solo y no la usaba.

Sol pasó el pulgar por el borde de la lana, cerca del cuello de él. Áspera. Tibia ya, del calor que le había robado a la espalda de Tupac. Debajo del pulgar, una puntada. Debajo de la puntada, la piel.

—La remendaste —dijo, sin levantar la voz, sin que fuera pregunta.

No hubo respuesta. Pero esta vez el silencio fue distinto. No fue el pozo de antes, el agua asentándose hasta el borde. Fue un silencio que se movió. Sol lo sintió en la mano que le sostenía la muñeca: los dedos de Tupac cerrándose un poco más, no mucho, lo justo para que ella supiera que la había oído, y después aflojándose otra vez a la medida exacta de antes. Como si hubiera tenido que recordar, conscientemente, que no debía apretar.

Sol levantó la vista.

Él ya no miraba la ventana. Ya no miraba a ella tampoco, no del todo — tenía los ojos puestos en algún punto entre los dos, en el aire, en la lana, en la nada. La mandíbula dura. Una vena en la sien. La cara entera trabajando por dentro con algo que no le salía, y Sol, que llevaba toda la noche aprendiéndole la cara, entendió de golpe que eso era lo más cerca que Tupac iba a estar nunca de contestar. No con palabras. Con esta quietud. Con esta mandíbula. Con esta mano que sostenía sin soltar y sin jalar.

Afuera, el zumbido de la selva subió un tono y volvió a bajar. Un insecto chocó contra el marco de la ventana y rebotó hacia la oscuridad. Adentro, la madera del piso crujió sola, acomodándose al frío de la noche como se acomoda un cuerpo viejo.

Sol tenía la mano izquierda todavía en la nuca de él. La derecha, libre, apoyada en la lana. Y la muñeca derecha, atrapada en la mano de Tupac. Tres puntos de contacto y ninguno de los dos moviéndose, y a Sol le empezó a doler el brazo de sostenerlo en el aire, y no lo bajó.

—No te estoy preguntando para saber —dijo entonces, y se oyó decirlo y supo que era verdad a medias—. Te estoy preguntando para que me lo digas.

La mandíbula de Tupac se movió. Un milímetro. Como si masticara algo y lo tragara.

Sol esperó. Contó otra vez, sin querer: uno, dos, tres. En el cuatro, la mano de él hizo algo que no había hecho todavía. No la jaló. No la soltó. Le giró la muñeca. Despacio, con los dedos, como quien da vuelta una cosa para verla del otro lado, y le dejó la palma de la mano hacia arriba, abierta, entre los dos, a la altura del pecho de él.

Sol miró su propia palma. La tenía ahí, ofrecida, sin que ella la hubiera ofrecido. Los dedos abiertos. La línea de la vida, la línea del corazón, esas rayas que los demás leían en las ferias. Y encima, el pulgar de Tupac, quieto, apoyado en el centro, sin presionar.

La manta se le resbaló un poco del hombro izquierdo de él. Sol la sintió ceder bajo su mano derecha, un centímetro de lana que se fue, y no la acomodó. Dejó que colgara. El hombro de Tupac quedó al aire, la piel cobriza con sus cicatrices finas, una de ellas bajando desde el cuello hasta perderse debajo de la tela, y Sol siguió esa cicatriz con los ojos y no preguntó por ella, porque ya había preguntado una cosa esa noche y una era suficiente.

—Se va a caer —dijo él.

La voz le salió ronca. Tan ronca que Sol tardó medio segundo en reconocerla como suya, como la misma voz de frases cortas que le había dicho no corras junto al ceibo. No era una advertencia sobre la manta. Sol lo supo apenas la oyó. Era otra cosa. Era él diciendo, con esas tres palabras, algo que no tenía nada que ver con la lana.

—Que se caiga —dijo ella.

Y en la palma abierta de su mano, el pulgar de Tupac se movió. Una sola vez. Un círculo lento, apenas, sobre el centro de la palma, y a Sol se le cerró la garganta entera, y el frío de los pies se le fue de golpe, subiéndole por las piernas, cambiando de naturaleza a mitad de camino.

El círculo del pulgar de Tupac se detuvo. Se quedó quieto en el centro de la palma de Sol, apoyado, como si él estuviera decidiendo algo y el pulgar fuera la única parte del cuerpo que se lo permitía.

Sol no cerró la mano. La dejó abierta, la palma hacia arriba entre los dos, y sintió cómo el aire del refugio le enfriaba el sudor que no sabía que tenía en la nuca.

Entonces Tupac movió la otra mano.

Le soltó la muñeca. Sol sintió el calor de esos dedos irse y el frío llegar al hueco que dejaban, y por medio segundo pensó que la iba a dejar ahí, con la palma abierta y la manta colgando del hombro de él, y que todo lo de esa noche se iba a quedar en eso, en un pulgar que dio una vuelta y se detuvo.

No la dejó. Las dos manos de Tupac subieron a su cintura.

La agarró por encima de la tela de la camiseta, una mano a cada lado, los pulgares hacia adelante, y tiró de ella hacia sí con una fuerza que no tenía nada que ver con la lentitud de antes. Sol dio un paso, dos, los pies descalzos tropezando con las tablas, y cuando chocó con él le llegó el olor — humo viejo de la manta, sudor, tierra, algo más profundo debajo, algo que era solo él — y le llegó el calor del pecho contra el suyo y el endurecimiento de los muslos contra los suyos, y Sol levantó las manos y se las puso en el pecho sin pensarlo, las palmas abiertas sobre los tatuajes, sobre los surcos de la piel cobriza, y lo empujó.

Lo empujó hacia atrás. No fuerte — lo justo. Los talones de Tupac sonaron en la madera y él la miró desde arriba, los ojos negros abiertos de par en par por primera vez en toda la noche, y Sol vio en esa cara algo que no había visto: sorpresa. Sorpresa de verdad, sin disimulo, la cara de un hombre al que no lo empujan nunca.

Le gustó. Le gustó más de lo que debería haberle gustado.

—La manta —dijo ella.

No era una orden. Era una cosa que se le salió de la boca sin pasar por la cabeza, y Tupac la entendió igual, porque las manos le bajaron de la cintura a los hombros de ella, y con los dedos le buscaron el borde de la lana, y se la sacó. No se la quitó de encima a ella — se la quitó de encima a él. La manta de franjas descoloridas resbaló de su espalda, cayó al suelo con un golpe blando, un montón de lana gris y roja y azul a los pies de los dos, y ninguno de los dos la miró caer.

Sol tenía las manos en el pecho de Tupac y el corazón en la garganta y las rodillas hechas agua, y aun así fue ella la que subió las manos hasta el cuello de la camiseta de él y tiró hacia arriba.

La tela era áspera, curtida, con el olor metido en las fibras. Tupac levantó los brazos y dejó que se la sacara, y cuando la camiseta pasó por su cabeza el pelo negro se le desparramó sobre los hombros y la piel quedó entera a la vista — el pecho ancho, los tatuajes subiéndole por los costados hasta las clavículas, las cicatrices finas cruzando los costados y las costillas, una que le entraba por debajo del brazo y desaparecía en la espalda. Sol tiró la camiseta al suelo, encima de la manta, y no se detuvo a mirarla.

Le puso las manos en el pecho otra vez. Piel caliente, dura, el corazón debajo golpeando fuerte, más rápido de lo que la cara de Tupac dejaba creer. Sol lo sintió latir contra la palma y sonrió, una sonrisa rápida que le salió de algún sitio y que él no le devolvió, porque la estaba mirando con esa cara que no decía nada y lo decía todo.

—Tú también —dijo él.

Dos palabras. La voz ronca, baja, sin pregunta. Sol entendió.

Se llevó las manos al borde de su propia camiseta y se la sacó por la cabeza de un tirón. El pelo castaño claro se le enredó un segundo en la tela y se le cayó después sobre los hombros, sobre la espalda, sobre los pechos, y el aire del refugio le tocó la piel y le puso los pezones duros de golpe, y Sol no se tapó. Se quedó de pie delante de él, con la camiseta en la mano, y la tiró al suelo con las otras cosas.

Los ojos de Tupac bajaron. Le recorrieron la cara, el cuello, los pechos, el vientre, la cintura, y se detuvieron donde el short le empezaba, y Sol sintió esa mirada como si le pasara una mano por encima. No la tocó. Solo la miró, y el mirarla era peor, era más, era una cosa que le subía por dentro y le apretaba la garganta.

—Ven acá —dijo Sol.

Y esta vez la que tiró fue ella. Le agarró la muñeca — la misma que él le había agarrado antes, la misma que le había girado para abrirle la palma — y tiró de él hacia la cama de varas. Los dos pasos que los separaban del jergón se hicieron en silencio, salvo por la madera crujiendo bajo los pies, y cuando llegaron Tupac le puso las manos en la cintura otra vez y la sentó en el borde.

El jergón era duro. Las varas se le clavaron un poco en los muslos a través de la tela del short, y Sol se acomodó hacia atrás con las manos, los brazos estirados, el pelo cayéndole por la espalda, y desde ahí miró a Tupac de abajo arriba.

Él seguía de pie. La luz de la ventana era nada, solo un rectángulo de sombra más oscura que el resto, y aun así Sol le veía el pecho subir y bajar, lento, y le veía las manos colgando a los costados, cerradas en puños, y le veía — sin querer mirar y mirando igual — la erección marcándosele bajo la tela del pantalón de piel, dura, hacia arriba, un bulto que no dejaba ninguna duda.

Sol se pasó la lengua por el labio. Le tembló un poco la respiración y no lo disimuló.

Tupac se arrodilló.

No delante de ella como se arrodilla un hombre que va a pedir algo. Se arrodilló para quedar a la altura del borde de la cama, con las rodillas en el suelo de madera, la cara a un palmo del vientre de Sol, y le puso las manos en los muslos, encima del short, y la miró. Sin decir nada. Pidiendo permiso con la cara, que era lo último que Sol esperaba de él.

Sol asintió. Un movimiento corto de la barbilla, y le tembló.

Los dedos de Tupac le buscaron el botón del short. Lo abrieron. Bajaron la cremallera despacio, diente por diente, y el sonido de la cremallera en el silencio del refugio fue lo más fuerte que Sol había oído en toda la noche. Le tiró del short hacia abajo, y Sol levantó las caderas para ayudarlo, y la tela le resbaló por los muslos y le cayó por las pantorrillas y quedó en el suelo, con lo demás.

Las bragas eran un triangulito de tela clara, y estaban empapadas. Sol lo sabía desde hacía rato — lo sentía desde que él le había girado la muñeca, desde antes, desde la ventana —, pero verlo en la cara de Tupac fue otra cosa. Él miró la tela y se quedó quieto, las manos todavía en los muslos de ella, y Sol vio cómo le cambiaba algo en la mandíbula, cómo le trabajaba la garganta al tragar.

—Estás empapada —dijo él.

No era una pregunta. Era una constatación, dicha con esa voz ronca que le salía de algún sitio por debajo del pecho, y a Sol le subió un calor a la cara que no tenía nada que ver con el frío de la noche.

—Sí —dijo ella.

Tupac le bajó las bragas. Despacio otra vez, con los dedos metidos en el elástico, tirando hacia abajo por las caderas, por los muslos, por las rodillas, y Sol levantó los pies uno detrás del otro para que se las sacara, y cuando la tela cayó al suelo Sol se quedó desnuda del todo, sentada en el borde de la cama de varas, con las piernas colgando, los pies descalzos rozando la madera.

El aire del refugio le tocó entre las piernas. Frío. Húmedo. Y debajo de eso, el calor, la necesidad, esa cosa que le latía ahí abajo al ritmo del corazón y que llevaba toda la noche esperando.

Tupac se levantó.

Se puso de pie delante de ella y se llevó las manos al pantalón. El nudo, la tela de piel, el cinturón de cuero crudo — Sol lo vio deshacerlo todo con dedos rápidos, sin la lentitud de antes, con una prisa que le delató más que cualquier palabra. El pantalón cayó. La ropa interior cayó con él. Y la polla de Tupac quedó al aire, dura, gruesa, subiéndole contra el vientre, la piel tirante y oscura en la punta, y Sol la miró y se le cerró la garganta otra vez.

Era grande. Ya lo sabía — llevaba toda la noche sabiéndolo, desde el ceibo, desde el río, desde la primera vez —, pero verla así, de pie delante de ella, con el hombre entero desnudo y los tatuajes y las cicatrices y el pelo negro cayéndole por los hombros, fue distinto. Fue como si le hubieran quitado una capa de tela al mundo.

Sol abrió las piernas.

No dijo nada. No hacía falta. Abrió las piernas y se apoyó hacia atrás en las manos, la espalda arqueada, el pelo cayéndole sobre el jergón, y miró a Tupac desde ahí abajo con los ojos color miel abiertos, y esperó.

Tupac se arrodilló en el borde de la cama.

Las varas crujieron bajo su peso. Le puso una mano en la cadera a Sol — la mano áspera, la palma caliente, los dedos abiertos sobre el hueso — y con la otra se agarró la polla y la guió hasta ella, y Sol sintió la punta tocándole los labios, resbalando un poco en su propia humedad, buscando.

Y después la sintió entrar.

Despacio. Muy despacio. Tupac empujó con la cadera y la punta le abrió los labios y se hundió un centímetro, dos, y Sol sintió el estirón, ese primer estirón que le cortó la respiración, y se le escapó un sonido por la nariz — corto, agudo, nada que ella hubiera decidido hacer. Tupac se detuvo. La miró. Esperó.

—Sigue —dijo Sol.

Y él siguió. Empujó más, lento, centímetro a centímetro, y Sol lo sintió llenarla, abrirse camino dentro de ella, y el estirón se volvió una cosa más grande, más honda, que le subía por el vientre y le llegaba hasta el pecho. Le puso las manos en los hombros a Tupac, los dedos clavados en la piel cobriza, y él siguió empujando hasta que no quedó nada más que empujar, hasta que los muslos de él chocaron con los de ella y Sol lo tuvo entero dentro, lleno, quieto, y los dos se quedaron así un segundo, respirando.

El pulso de Sol le latía alrededor de él. Lo sentía. Cada latido, apretándolo, y la cara de Tupac encima de la suya, los ojos negros cerrados por primera vez, la mandíbula dura, la respiración saliéndole por la nariz en bocanadas cortas.

—Muévete —dijo Sol.

Y Tupac se movió.

El primer empujón fue largo, entero, saliendo casi del todo y volviendo a hundirse hasta el fondo, y a Sol se le escapó otro sonido, más largo esta vez, y ya no le importó. El segundo fue más rápido. El tercero más todavía. Y después Tupac perdió la lentitud y empezó a cogerla de verdad, con las dos manos en las caderas de ella, tirando de ella hacia sí a cada empujón, y la cama de varas crujía debajo de los dos, crujía y golpeaba la pared, y el sonido de la madera se mezcló con el sonido de los cuerpos y con la respiración de él, que ya no era lenta, que ya no era nada, que le salía entrecortada por la boca abierta.

Sol se agarró a los hombros de él y se dejó llevar.

Cada empujón le sacudía el cuerpo entero. Los pechos le rebotaban, el pelo le caía y le volvía a caer sobre la cara, y ella echaba la cabeza hacia atrás y se mordía el labio y no apartaba los ojos de la cara de Tupac, de esa cara que se estaba deshaciendo encima de la suya, la calma de toda la noche rompiéndose por fin, la mandíbula apretada, una gota de sudor bajándole por la sien, los ojos negros abiertos otra vez y puestos en ella, solo en ella, sin fondo, sin guardarse nada.

—Más —dijo Sol.

Y Tupac le dio más.

La agarró por la cintura con las dos manos y la sentó entera sobre él, y Sol quedó encima, montada, las rodillas abiertas a los lados de las caderas de él, y desde ahí empezó a moverse ella, subiendo y bajando, buscándose el ángulo, y lo encontró — lo encontró en el tercer movimiento, ese punto dentro que le hacía cerrar los ojos y apretar los dientes — y se mordió el labio y siguió, más rápido, las manos de Tupac en sus caderas ayudándole a subir y a bajar, marcándole el ritmo, y el ritmo era furioso, era animal, era los dos cuerpos chocando en la penumbra del refugio sin que ninguno de los dos se acordara de nada más.

La manta de franjas descoloridas estaba en el suelo, a los pies de la cama, hecha un montón. Sol la vio un segundo — la vio entre el pelo que le caía sobre la cara, la vio ahí abajo, gris y roja y azul, con sus remiendos, con sus puntadas — y después dejó de verla, porque Tupac le puso una mano en la nuca y le tiró la cara hacia abajo y le puso la boca en la boca.

El beso fue duro. Sin cuidado. Le mordió el labio y Sol le mordió de vuelta, y se besaron así, con las bocas abiertas, mientras ella seguía subiendo y bajando encima de él, y el sabor de él — humo, sudor, algo salado — le llenó la boca entera, y Sol pensó, en algún sitio lejano de la cabeza, que nunca se había sentido tan llena, tan ocupada, tan entera.

Le subió. Empezó en los pies, que se le pusieron tensos, y le subió por las pantorrillas, por los muslos, por dentro, apretándose, y Sol supo lo que venía y no lo frenó. Al contrario. Bajó más rápido, más fuerte, clavándose en él a cada movimiento, y Tupac le puso las dos manos en el culo y la ayudó, la levantó y la bajó, y le mordió el hombro, y Sol sintió los dientes de él en la piel y sintió el calor subiéndole y subiéndole y el punto ese dentro de ella apretándose cada vez más.

Se corrió en silencio.

No gritó. No hizo ruido. Se le cortó la respiración del todo, eso sí, y se le tensó el cuerpo entero como una cuerda, y se agarró a los hombros de Tupac con las dos manos y clavó los dedos y se quedó así, quieta encima de él, con los ojos cerrados y la boca abierta y el pulso latiéndole en las sienes, mientras la cosa le subía desde abajo y le llenaba el vientre y le bajaba después, despacio, dejándola temblando.

Tupac la sintió. Claro que la sintió — la sintió apretarse alrededor de él, la sintió temblar, la sintió quedarse quieta — y algo se le rompió en la cara. Sol lo vio cuando abrió los ojos. Vio la calma irse del todo, vio la mandíbula abrirse, vio los ojos negros perder el fondo, y después Tupac empujó dos veces más, cortas, hondas, y le hundió la cara en el cuello a Sol y se corrió dentro de ella.

Sol lo sintió. Lo sintió entero, caliente, llenándola, y le puso los brazos alrededor de los hombros y le apretó la cara contra su cuello, y se quedó ahí, con el peso de él encima, con la respiración de él contra la piel de su cuello, caliente y húmeda, con el pelo negro de él cayéndole por la cara y por los hombros.

No se movieron. La cama de varas dejó de crujir. La selva de afuera siguió con su zumbido, paciente, sin haber notado nada.

Sol tenía la mano en la nuca de Tupac. Otra vez. Los dedos metidos en el pelo negro, sudado, pegado al cráneo, y bajo las yemas el tendón, el pulso, y el pulso de él latiéndole ahora rápido, muy rápido, todavía rápido, contra los dedos de ella.

Y en algún sitio por debajo del cansancio, por debajo del calor, por debajo de la respiración que a ella le costaba recuperar, algo se movió. Un vuelco. Chico. En el vientre, bajo el ombligo, en ese sitio vacío que Tupac acababa de llenar. Un vuelco suave, sin dolor, como el aleteo de un pez muy abajo en el agua oscura, y Sol lo sintió y no lo pensó.

Lo sintió y no lo pensó.

Le pasó la mano por el pelo a Tupac, despacio, y él no dijo nada, y afuera empezó a caer una lluvia fina sobre las hojas, esa lluvia de la selva que no se ve y solo se oye, y ninguno de los dos se movió de donde estaban, ella sentada sobre él, él con la cara enterrada en su cuello, los dos respirando juntos en la penumbra, encima de la manta de nadie que seguía en el suelo, hecha un montón, con sus franjas descoloridas y sus remiendos, esperando a que alguien decidiera algo.

Cuatro meses después, la lluvia cayó sobre la selva como si nunca hubiera dejado de caer.

Sol se despertó con el estómago revuelto y supo, antes de abrir los ojos, que no era la fiebre. Llevaba cuatro mañanas levantándose con esa náusea blanda, esa cosa que le subía desde el vientre y le apretaba la garganta, y las cuatro mañanas se había dicho que era el agua, que era la fruta, que era el calor. Cuatro mañanas de mentirse. Y esa mañana, con los ojos todavía cerrados y el zumbido de los insectos afuera y el brazo de Tupac pesándole sobre la cadera, Sol contó hacia atrás.

Contó despacio. Los días desde el río. Los días desde el segundo refugio. Los días desde la primera noche, contra el ceibo, con la corteza clavándosele en la espalda.

Y cuando llegó al número, se quedó quieta en el jergón, con el brazo de él encima, sin respirar.

Afuera, un mono aullador empezó a gritar en algún árbol lejano. Sol abrió los ojos y miró el techo de hojas tejidas y pensó, con una claridad fría que le bajó por la nuca, que su cuerpo no era suyo desde hacía tiempo.

Se levantó sin despertarlo.

El refugio era otro — no el de la primera noche, no el de la manta. Un tercero, más adentro, al que Tupac la había llevado dos semanas después, cuando el río bajó y él dijo que era hora de moverse. Este tenía paredes de caña brava y un techo que aguantaba la lluvia, y un rincón donde Tupac guardaba el machete y los anzuelos y un frasco de vidrio con algo dentro que Sol nunca había abierto.

Sol salió a la plataforma de madera que daba al claro. El aire le pegó húmedo en la cara. Abajo, el arroyo corría turbio de la lluvia de la noche, y más allá la vegetación se cerraba en esa pared verde que llevaba cuatro meses aprendiéndose de memoria y que todavía no le daba una sola señal de salida.

Se sentó en el borde de la plataforma con los pies colgando y las manos en el vientre. Plano. Todavía plano. Pero por dentro, en algún sitio que no se tocaba con los dedos, algo se había movido, y Sol, que llevaba cuatro meses sobreviviendo en una selva que no perdonaba, sabía reconocer cuándo algo había cambiado de naturaleza.

Lo supo ahí, con los pies descalzos colgando sobre el arroyo, y se le llenaron los ojos de agua sin que le doliera nada.

No lloró. Se pasó el dorso de la mano por la cara y se quedó mirando el agua marrón del arroyo, y por dentro le empezó un cálculo que no se detenía: qué llevaba en la mochila, cuántos días de comida, cuánto tardaba una mujer en tener un hijo, dónde estaba el pueblo más cercano, si había un pueblo, si había alguien.

—No has comido.

La voz llegó desde la puerta del refugio. Sol no volteó. Lo había oído salir — los pies de Tupac apenas sonaban en la madera, pero ella ya sabía escucharlo — y lo había oído pararse detrás de ella, y ahora lo oía respirar, ese ritmo lento de siempre, como si el aire le costara menos que a todo el mundo.

—No tengo hambre —dijo Sol.

—Llevas cuatro días sin hambre.

Eso la hizo voltear. Tupac estaba en el marco de la puerta, con el torso desnudo y el pelo negro suelto sobre los hombros, los tatuajes subiéndole por los costados, el machete ya colgado del cinturón como si el día hubiera empezado sin ella. La miraba con esa cara que no decía nada. Pero la había contado. Cuatro días. Él también había contado.

Sol se puso de pie. La madera le quedó tibia bajo las plantas y el viento le levantó el pelo castaño claro y se lo echó sobre la cara, y ella lo apartó con la mano y lo miró desde la plataforma, un escalón más arriba que él.

—Tengo que decirte una cosa —dijo.

Y se oyó decirlo y le tembló la voz en la última sílaba, y se odió por eso, porque llevaba cuatro meses sin temblarle la voz delante de él y no quería empezar ahora.

Tupac no se movió. La miró. Esperó.

—Estoy embarazada —dijo Sol.

Las palabras salieron y se quedaron en el aire entre los dos, y Sol las oyó después de decirlas como se oye un ruido que uno mismo hizo y que ya no se puede recoger. Afuera el arroyo siguió corriendo. Un pájaro gritó en algún sitio. La selva no se detuvo ni un segundo.

Tupac no dijo nada.

Se quedó ahí, en el marco de la puerta, con los brazos a los costados y los ojos negros puestos en ella, y la cara no se le movió. Ni sorpresa. Ni alegría. Ni enojo. Nada. Sol lo había visto hacer esa cara cien veces — con el jaguar, con el río, con la manta — y sabía que esa cara no era vacío. Era trabajo. Era él masticando algo por dentro sin que se le notara.

—¿Me oíste? —dijo Sol.

—Te oí.

—Y.

—Y nada —dijo él—. Todavía.

Sol sintió el suelo moverse bajo los pies. No literalmente — la plataforma estaba firme — pero algo por dentro le hizo un crujido, como cuando una rama aguanta el peso y uno sabe, por el sonido, que está a punto de no aguantarlo.

—¿Todavía? —repitió.

Tupac subió el escalón. Despacio. Le llegó al lado y se quedó ahí, mirando el mismo arroyo que ella miraba, los dos de pie en el borde de la plataforma, el hombro de él a un palmo del de ella. Sol sintió el calor del cuerpo de él a esa distancia y no se acercó, y él tampoco.

—Todavía porque no sé qué hacer con eso —dijo Tupac, y la voz le salió más baja de lo normal—. No es cosa de saber. Es cosa de decidir. Y yo no decido por ti.

Sol lo miró de reojo. La mandíbula de él, dura. La vena de la sien, marcada. Los ojos negros fijos en el agua, sin fondo, guardándose todo lo que no decía, y Sol, que llevaba cuatro meses aprendiéndole la cara, entendió de golpe que Tupac estaba más asustado que ella.

Eso la desarmó. Más que la náusea, más que el cálculo, más que el agua marrón del arroyo. Se le llenaron los ojos otra vez y esta vez no se los secó.

—No sé dónde estoy —dijo, y la voz le salió rota—. No sé cómo volver. No sé si hay un pueblo. No sé si alguien me busca. Y ahora —se puso la mano en el vientre, sin pensarlo, y se oyó hacerlo y no la quitó— ahora tengo esto adentro y no sé qué es. No sé si es un problema. No sé si es una persona. No sé nada, Tupac. Llevo cuatro meses sin saber nada.

Tupac giró la cabeza y la miró.

Y por primera vez en cuatro meses, Sol vio la fisura entera. No un temblor de puerta, no un instante. La vio abierta, sostenida, con los ojos negros de él puestos en los de ella y una cosa adentro que no se guardaba, que no se masticaba, que estaba ahí a la vista y que Sol no supo nombrar pero supo reconocer, porque era la misma cosa que le latía a ella debajo del esternón desde que se había despertado.

—Vas a tenerlo —dijo Tupac.

No era una pregunta.

Sol sintió el golpe. Un golpe blando, sin ruido, que le llegó al vientre y le subió al pecho, y por un segundo no supo si era alivio o miedo o las dos cosas revueltas, y no le importó saberlo. Bajó la vista hasta la mano que tenía en el vientre. La mano morena, con las uñas rotas de cuatro meses de selva, los nudillos marcados. Su mano. Encima de algo que todavía no tenía forma.

—Sí —dijo.

Y se oyó decirlo y supo que era verdad, y le subió un calor a la cara que no tenía nada que ver con el sol.

Tupac asintió. Un movimiento corto de la barbilla, casi imperceptible, y después hizo algo que Sol no esperaba. Le puso la mano en la espalda. La palma abierta entre los omóplatos, caliente, quieta, sin apretar. No la jaló hacia sí. No la abrazó. Solo le puso la mano ahí, en la espalda, como se pone una cosa que no se quiere que se caiga, y Sol sintió el calor de esa palma atravesarle la tela de la camiseta y llegarle a la piel, y se quedó quieta, mirando el arroyo, con la mano de él en la espalda y la suya en el vientre.

Estuvieron así un rato. Cuánto, Sol no lo supo. El aullador siguió gritando en algún árbol. El arroyo siguió corriendo. La lluvia fina volvió, esa que no se ve y solo se oye, y les puso una capa de agua en el pelo y en los hombros y ninguno de los dos se movió.

—Hay un pueblo —dijo Tupac, al fin.

Sol volteó la cabeza.

—¿Qué?

—Río abajo. Tres días. Cuatro, con la lluvia. Hay un pueblo.

Sol sintió que el suelo se le movía otra vez, pero esta vez hacia el otro lado, hacia adelante, hacia un sitio que no era el mismo rincón de siempre. Tres días. Cuatro con la lluvia. Cuatro meses en la selva y él le decía ahora, con la mano en la espalda y la voz baja, que había un pueblo.

—¿Por qué no me lo dijiste? —dijo, y la voz le salió más fuerte de lo que quería—. ¿Por qué no me lo dijiste el primer día? ¿El segundo? ¿Cuándo?

—Porque no preguntaste —dijo Tupac, y no era una excusa, era un hecho, dicho con esa calma que a Sol le daba ganas de golpearlo—. Preguntaste por la manta. Preguntaste por el río. No preguntaste por el camino.

Sol abrió la boca. La cerró. Tenía razón. Cuatro meses, y nunca había preguntado por el camino. Se había dejado llevar — por él, por la selva, por la corriente — y en algún sitio del camino había dejado de querer saber, porque saber quería decir irse, y en algún momento, sin darse cuenta, había empezado a no querer irse.

La mano de Tupac seguía en su espalda.

—Tres días —repitió Sol, para sí misma, para el arroyo, para el vientre.

—Tres días, si el río aguanta. Con vos así, más.

Sol lo miró. "Con vos así." Las dos palabras le llegaron al centro del pecho y se quedaron ahí, calientes, sin que ella supiera qué hacer con ellas. Con vos así. Embarazada. Caminando despacio. Vomitando cada mañana. Con vos así, más días.

—¿Vas a llevarme? —dijo.

La pregunta le salió más chica de lo que quería. Sonó como una pregunta de niña, y Sol lo oyó y no la recogió, porque en el fondo era eso lo que estaba preguntando. No si había un pueblo. Si él la llevaba.

Tupac la miró. Los ojos negros, quietos, la fisura todavía abierta, todavía a la vista. Y después hizo algo que no había hecho nunca. Le puso la otra mano en la cara. La palma áspera, los dedos abiertos sobre la mejilla, el pulgar apoyado en el pómulo, y le sostuvo la cara así, mirándola desde arriba, y Sol sintió el calor de esa mano y el peso de esa mirada y se le cortó la respiración.

—Te llevo —dijo Tupac.

Dos palabras. La voz ronca, baja, sin pregunta. Y Sol, que llevaba cuatro meses oyéndole decir frases cortas, entendió que esas dos palabras no eran una respuesta. Eran una promesa. La primera que él le hacía sin que ella la pidiera.

Se le llenaron los ojos otra vez. Esta vez no se aguantó. Se le cayó una lágrima por la mejilla y le resbaló hasta la mano de Tupac, y él la sintió, la sintió mojarse los dedos, y no la secó, no la apartó, no dijo nada. Solo le sostuvo la cara y le miró los ojos color miel abiertos y húmedos, y dejó que la lágrima le corriera por los dedos hasta la muñeca.

Después bajó la mano.

La bajó despacio, por la mejilla, por el cuello, y la dejó caer a su costado, y se quedó de pie junto a ella en el borde de la plataforma, los dos mirando el arroyo, la lluvia fina cayéndoles encima, el vientre de Sol todavía plano debajo de la mano que ella no había quitado.

—Vamos a comer —dijo Tupac—. Ahora sí tienes que comer.

Sol soltó una risa corta. Sin ganas. Le salió de la garganta sin pasar por la cabeza, y él no la acompañó, pero algo en la cara se le movió — apenas, un milímetro, la comisura de la boca — y Sol lo vio y supo que era lo más cerca que Tupac iba a estar de una sonrisa esa mañana.

Volvieron al refugio. Tupac avivó la brasa y puso a hervir agua en el frasco de vidrio, el que Sol nunca había abierto, y adentro había hojas secas, y el agua salió verde y amarga y él se la puso delante sin decir nada. Sol la tomó. Amarga. Caliente. Le bajó al estómago y por un momento la náusea se quedó quieta, como un animal que se ha echado a dormir.

Comieron en silencio. Pescado ahumado de la noche anterior, fruta de una palma que Tupac había bajado con el machete el día antes, y Sol comió despacio, mirándolo, mirando cómo él partía la fruta y le pasaba los pedazos sin que ella los pidiera, y pensó que el mundo se había movido esa mañana y que ninguno de los dos estaba donde había empezado.

Después Tupac se levantó y sacó del rincón una tira de cuero y un rollo de cuerda, y empezó a revisar el machete, la hoja, el mango, la vaina. Sol se quedó sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y el frasco de agua amarga entre las manos, mirándolo trabajar.

—¿Cuándo salimos? —dijo.

—Cuando el río baje. Dos días. Tres.

—Y si no baja.

—Baja —dijo Tupac, y siguió con el machete.

Sol miró el frasco. El agua verde, quieta, con las hojas en el fondo. Y por dentro, debajo de la náusea y del miedo y de la cosa que le latía en el vientre, algo se le acomodó. Un peso que se movía de sitio. Tres días. Un pueblo. Una mujer embarazada en una canoa río abajo, con un hombre de la selva remando.

—Tupac —dijo.

Él levantó la vista del machete.

—¿El pueblo tiene nombre?

Tupac la miró un segundo. Después volvió a la hoja.

—Tiene —dijo—. Pero no te lo voy a decir.

—¿Por qué?

—Porque si te lo digo, te lo vas a imaginar. Y lo que te imagines no va a ser. Mejor que lo veas.

Sol se quedó con el frasco en las manos y la boca abierta a medio camino de una réplica que no le salió. Lo miró trabajar. La hoja del machete, el trapo con el que la pasaba, el ritmo lento de las manos de él, y pensó que en cuatro meses no había conocido a nadie que supiera callar tanto y decir tanto al mismo tiempo.

Afuera, la lluvia fina se volvió lluvia de verdad. El agua empezó a golpear el techo de hojas y a correr por los canales de caña brava, y el refugio se llenó de ese ruido blanco que borraba todo lo demás, y Sol se quedó sentada en el suelo, con el frasco entre las manos y el vientre bajo la tela, escuchando llover.

Y en algún sitio, muy abajo, en ese sitio oscuro donde el pez había aleteado la primera noche, algo volvió a moverse. Chico. Suave. Sin dolor. Y esta vez Sol lo pensó. Lo pensó entero, con nombre y todo, y no le dio miedo.

Se llevó el frasco a la boca y bebió el agua amarga hasta el fondo.

Sol se levantó del suelo con el frasco vacío en la mano y lo dejó sobre la repisa de tablas junto a la brasa. Las piernas le temblaron un poco al enderezarse. Cuatro meses de selva le habían cambiado el cuerpo de maneras que ella todavía estaba aprendiendo a leer, y ahora había una más, la que se le notaba debajo de la camisa cuando se ponía de perfil, la que le tensaba la pretina del pantalón que Tupac le había cortado con el machete la segunda semana para que no le arrastrara.

Se puso la mano en la barriga. Plana todavía. Dura abajo, como un hueso nuevo.

Cuatro meses.

Lo pensó con el vientre y no con la cabeza, porque la cabeza llevaba todo el día dándole vueltas al pueblo, a los tres días, a la canoa. Pero el vientre tenía su propio calendario, y el calendario decía cuatro meses, y cuatro meses quería decir que cuando llegara al pueblo —si llegaba, cuando llegara— ya no iba a llegar sola.

Tupac seguía sentado con el machete en las rodillas. La lluvia golpeaba el techo de hojas y el agua corría por los canales de caña brava, y él pasaba el trapo por la hoja con ese ritmo suyo, lento, como si el mundo pudiera esperar.

Sol se le acercó. Se paró a su lado, con el pie descalzo sobre la tabla que hacía de piso, y él no levantó la vista.

—Tupac.

—Mm.

—Voy a tener un hijo.

El trapo se detuvo.

No la hoja. El trapo. A mitad de camino, entre el mango y la punta, con la muñeca todavía girada, y Tupac se quedó así, quieto, y Sol miró esa mano detenida como se mira un animal que se ha echado de pronto en medio del camino. Después él terminó el movimiento. Pasó el trapo hasta la punta. Lo dobló. Lo dejó sobre la vaina.

Y levantó la vista.

Los ojos negros. Quietos. Y algo adentro que Sol no le había visto nunca, ni la primera noche contra el ceibo, ni en el río, ni en el borde de la plataforma esa mañana. No era sorpresa. No era miedo. Era como si le hubieran puesto delante una cosa que él ya sabía y le hubieran pedido por fin que la dijera en voz alta.

—Lo sé —dijo Tupac.

Sol se quedó con la boca abierta.

—¿Lo sabes?

—Desde el río.

—Desde el— Tupac, eso fue hace dos días.

—Desde antes.

Sol lo miró. La brasa chisporroteó. Afuera el agua seguía cayendo, y adentro, entre los dos, se hizo ese silencio de Tupac, el que no era vacío sino peso.

—¿Desde cuándo? —dijo Sol, y la voz le salió baja, sin filo, porque en algún momento del día se le había gastado el filo y no le había vuelto.

Tupac se levantó. El machete quedó en el suelo, con el trapo encima, y él se puso de pie delante de ella y le miró la barriga, la mano que ella tenía ahí todavía, y después le miró la cara.

—La primera mañana —dijo—. Cuando te llevé al río. Te vi la cara. El color. Y cómo caminabas.

—Y no me dijiste nada.

—No era mío para decirlo.

Sol sintió algo subirle por el pecho. No era rabia. Era peor. Era el reconocimiento, la cosa esa que le pasaba cada vez que él le decía algo así, corto, cierto, y le daba la vuelta a todo lo que ella creía estar pensando. No era mío para decirlo. Cuatro meses de selva y él le acababa de decir en cinco palabras lo que su propio cuerpo le llevaba diciendo en secreto y ella se había negado a escuchar.

—¿Y por eso me trajiste aquí? —dijo—. ¿Por la barriga? ¿Por eso el refugio, la manta, el pueblo?

Tupac no contestó enseguida. Le puso la mano en el hombro, la palma áspera sobre la tela de la camisa, y la dejó ahí, pesada, sin apretar.

—Te traje porque te encontré —dijo—. Lo demás vino después.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

Sol soltó el aire por la nariz. Largo. Le tembló un poco el labio y se lo mordió por dentro para que no se le notara, y pensó, con una claridad rara, que llevaba cuatro meses aprendiendo a leer a ese hombre y todavía había frases enteras que se le escapaban. Lo demás vino después. Qué cosa. La barriga, el pueblo, la manta, los tres días río abajo. Todo lo demás. Y él ahí, de pie, con la mano en su hombro, como si fuera lo más simple del mundo.

—Tengo hambre —dijo Sol, de pronto, y le salió más verdad de lo que esperaba.

Tupac bajó la mano. Fue a la brasa. Sacó del rincón una olla de barro negra por el fondo, la llenó de agua del balde de lluvia, y puso a hervir. Sol se sentó otra vez en el suelo, con la espalda contra el poste, y lo miró moverse. Las hojas que echó al agua. La raíz que raspó con la uña del pulgar. La sal, un puñado, de una bolsita de cuero que guardaba colgada de una viga. El pescado ahumado que partió en dos y le pasó primero a ella.

Sol comió. Despacio. El pescado, la sopa verde y caliente, la fruta que él le puso al lado sin decir nada. Comió hasta que el estómago le dijo basta, y por primera vez en días el estómago le dijo basta en vez de darle la vuelta, y eso, para Sol, fue como ganar una pelea chica.

Cuando terminó, Tupac estaba sentado al otro lado de la brasa, con los codos en las rodillas y los ojos en el fuego.

—¿Cómo lo supiste? —dijo Sol—. La primera mañana. ¿Cómo lo supiste antes que yo?

Tupac movió un tizón con la punta del machete. Las chispas subieron y se apagaron contra el techo de hojas.

—Mi madre —dijo—. Tuvo seis. Yo era el mayor. Vi la cara que se le ponía.

Sol se quedó quieta. Era la primera vez que Tupac decía una palabra de su vida antes de la selva. La primera vez en cuatro meses. Mi madre. Tuvo seis. Sol no dijo nada, porque sabía —lo había aprendido en esos cuatro meses— que si preguntaba, la puerta se cerraba, y que si se quedaba callada, a veces la puerta se quedaba un rato abierta.

Se quedó callada.

El fuego chisporroteó. La lluvia seguía.

—Se murió —dijo Tupac, al rato—. Con el último. —Y después—: Por eso sé lo que es.

Sol sintió el frío subirle por los brazos. Se abrazó las rodillas. Lo miró ahí, al otro lado de la brasa, con la cara quieta y los ojos en el fuego, y por primera vez en cuatro meses —desde la primera noche, desde el ceibo, desde el cuchillo— se le ocurrió que ese hombre, el que la había sujetado por la muñeca y le había dicho no corras, el que sabía dónde estaba cada raíz y cada paso del río, también había visto morir a alguien. Y que por eso estaba solo en la selva. Y que por eso la había traído.

No preguntó. Se lo guardó. Lo guardó con el resto, con la manta, con el pueblo sin nombre, con la fisura de esa mañana, y lo puso todo junto en el mismo sitio del pecho, y el sitio se le llenó y le dolió, y no le importó.

—Vení —dijo Tupac.

Se levantó. Extendió la mano. Sol miró la mano un segundo —la palma abierta, los dedos, la cicatriz que le cruzaba el pulgar— y se la tomó, y él la levantó del suelo como si no pesara, y la llevó hasta la cama de varas, la que estaba en el rincón seco, con la manta de lana raída doblada encima.

La manta de nadie.

Sol se paró delante de él, junto al borde de la cama, y Tupac se quedó de pie frente a ella, muy cerca, con la lluvia golpeando el techo encima de los dos y la brasa poniéndole a él la cara de un lado y a ella del otro.

Sol levantó las manos. Se las puso en los hombros. Y le deslizó la manta —la que él llevaba terciada sobre la espalda desde el río, la que le había puesto encima a ella la noche antes en el suelo del refugio— por los hombros, despacio, con las dos manos, hasta que la lana se le cayó a los pies y quedó hecha un montón sobre la tabla.

Tupac la miró. No dijo nada. Le puso las manos en la cintura —las dos, abiertas, los pulgares en los huesos de la cadera— y la levantó. Sol se agarró de sus hombros. Él la sentó en el borde de la cama de varas, y las varas crujieron debajo de ella, y Sol se quedó ahí sentada, más alta que él por primera vez, mirándolo desde arriba, y le abrió las piernas.

Tupac se puso entre ellas.

La lluvia. La brasa. El crujido de las varas. Sol le buscó la cara con las manos, se las puso en las mejillas, en la mandíbula, en el pelo negro que le caía a los dos lados de la cara, y él le sostuvo la mirada mientras se desataba el cuero de la cintura, mientras se bajaba la tela, mientras le ponía a ella la mano en la rodilla y le subía la pierna, despacio, hasta que la pantorrilla de Sol le quedó apoyada en el costado y la manta —la manta de nadie, que ella había recogido del suelo sin pensarlo— le quedó enrollada debajo de las dos rodillas, hecha un bulto de lana entre la madera y la piel.

Entonces la penetró.

Despacio. Muy despacio. Sol lo sintió entrar centímetro a centímetro, el estiramiento lento, la presión que le subía por dentro y le abría el pecho, y se le fue el aire en un suspiro largo que no llegó a ser sonido. Le clavó los dedos en los hombros. Tupac se quedó quieto, metido hasta el fondo, con la frente apoyada en la de ella, respirando por la nariz, y Sol sintió el pulso de él adentro, ese latido grueso y separado del suyo, y por un momento los dos se quedaron así, sin moverse, con la lluvia cayendo y la brasa chisporroteando y las varas crujiendo bajito debajo del peso.

Después Tupac empezó a moverse.

Lento. Cada vez que entraba, Sol sentía el borde de la manta enrollada apretándole las corvas, la lana áspera contra la piel, y cada vez que él se retiraba, el aire frío del refugio le entraba por donde él salía y le hacía temblar la piel de los muslos. Se agarró de la nuca de él. Le hundió los dedos en el pelo. Tupac le puso una mano en la espalda baja, abierta, y la sostuvo ahí, contra él, para que no se le fuera, y con la otra le buscó la cara y le puso el pulgar en el pómulo, como esa mañana en la plataforma, y Sol cerró los ojos.

El ritmo subió. Sin prisa. Sin saltos. Tupac la tomaba como hacía todo —lento, seguro, como si supiera dónde estaba cada cosa— y Sol se dejó llevar por ese ritmo y dejó de pensar en el pueblo, en los tres días, en la barriga, en la madre muerta, y se quedó solo con el cuerpo, con la mano de él en la espalda, con la manta bajo las rodillas, con el calor que le subía desde abajo y le iba llenando el vientre de una manera distinta a todo lo demás.

Se corrió sin ruido.

No le salió voz. Le salió aire, un temblor largo que le recorrió las piernas y le apretó la garganta, y se agarró de Tupac con las dos manos y se dobló hacia él, con la cara en su cuello, y él la sostuvo, la sostuvo entera, con las dos manos ahora en la espalda, y siguió moviéndose dentro de ella mientras el temblor la atravesaba, hasta que el temblor se le fue apagando y le quedó el cuerpo blando, pesado, apoyado en él.

Tupac terminó después. Un par de embestidas más, más hondas, y después se enterró en ella y se quedó quieto, con la cara metida en el cuello de Sol, la nariz contra la piel, la respiración caliente y rota contra su garganta. Sol le sintió el peso entero encima. Le sintió el pulso adentro, otra vez, ahora más rápido, y le pasó la mano por la espalda, por los tatuajes, por los surcos de la piel, despacio, de arriba abajo, como se calma a un animal.

Ninguno de los dos habló.

La lluvia seguía. La brasa se estaba apagando. Afuera, en algún sitio más allá del techo de hojas, la selva entera respiraba en la oscuridad, y el jaguar andaba por donde anduviera, y el río subía o bajaba, y el pueblo sin nombre esperaba río abajo, a tres días, a cuatro con la lluvia.

Sol se quedó con la cara de Tupac en el cuello y los pies colgando a los lados de la cama de varas y la manta de nadie enrollada debajo de las rodillas, húmeda ahora, tibia, suya por un rato.

Y por debajo de todo, en el sitio oscuro donde el pez había aleteado la primera noche, algo se movió otra vez. Chico. Suave. Sin dolor.

Sol abrió los ojos y miró el techo de hojas y la lluvia que caía entre las cañas, y no dijo nada, porque no había nada que decir todavía, y porque Tupac seguía con la cara en su cuello, respirando, y ella no quería que levantara la cabeza.

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