El Guardián de la Selva
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El Guardián de la Selva

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El rastro del jaguar
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Chapter 1 of 5

El rastro del jaguar

Sol se detiene en seco al borde del claro, el barro fresco bajo sus dedos marcado por la huella de un jaguar. Alza la vista y ahí está él, inmóvil entre las lianas, con el torso desnudo y los tatuajes tribales brillando de sudor. Ella da un paso atrás, pero él levanta una mano abierta, un gesto que no es amenaza sino advertencia. Sol traga saliva, sintiendo el peso de su mirada oscura que la recorre de arriba abajo, y cuando él da un paso hacia ella, el aire se vuelve denso, cargado de algo que no es solo peligro. The act this chapter delivers: Tupac la atrae hacia él con un tirón firme en la muñeca, la hace girar y la presiona contra el tronco de un árbol, su cuerpo duro contra el de ella, mientras sus manos recorren la curva de su cadera y su boca encuentra la de Sol en un beso profundo que la deja sin aliento.

El barro estaba fresco. Eso fue lo primero que Sol notó — no la humedad del aire, no el zumbido de los insectos, no el silencio pesado que colgaba entre los árboles como una tela tensa. Fue el barro bajo sus dedos, oscuro y brillante, tan blando que se hundió hasta la segunda falange cuando apoyó la mano para saltar la raíz que le bloqueaba el paso.

Se agachó. Cualquier otra persona habría seguido caminando — llevaba casi dos horas siguiendo lo que creía era el sendero de vuelta al campamento, y la luz ya empezaba a volverse dorada entre las hojas altas. Pero Sol no era cualquier persona. Sol se agachó, y el barro le devolvió una huella.

No era una huella de tapir, ni de pecarí, ni de ningún animal que hubiera visto en las guías que hojeó la noche anterior en la tienda de campaña. Era redonda, ancha como la palma de su mano, y tenía cuatro dedos marcados con una claridad obscena, como si el animal hubiera querido que alguien la leyera. En el centro, la almohadilla había dejado una depresión profunda. El borde todavía estaba húmedo por dentro.

Sol se quedó muy quieta.

Reciente. Muy reciente. El sol no había secado los bordes, y el sol llevaba pegando fuerte desde el mediodía.

Se enderezó despacio, limpiándose los dedos en el muslo del pantalón corto, y por primera vez en dos horas dejó de moverse como si el mundo fuera un parque de diversiones. Miró hacia arriba, hacia el claro que se abría justo delante de ella — una hondonada pequeña de tierra negra, amparada por las raíces desnudas de un ceibo enorme cuyo tronco era tan ancho que tres personas no lo habrían abrazado juntas. El musgo cubría la base como una alfombra esponjosa. El aire olía a tierra mojada y a corteza caliente.

Y ahí estaba él.

Inmóvil entre las lianas, a unos ocho metros de distancia, tan quieto que al principio sus ojos lo leyeron como parte del bosque — un tronco más, una sombra más. Pero no. Era un hombre. Torso desnudo, piel cobriza, el pelo negro y largo cayéndole sobre los hombros. Los tatuajes tribales le subían por el pecho y los brazos, y brillaban de sudor, y cuando él respiró — apenas un movimiento, apenas una expansión lenta del pecho — los tatuajes se movieron con él como algo vivo.

Sol dio un paso atrás. Fue instinto puro, sin pensamiento, el mismo reflejo que la hacía apartarse de los bordes de los acantilados cuando era niña. Su talón encontró una raíz, y tuvo que agarrarse de una rama para no caer. La rama crujió.

El hombre levantó una mano.

Fue un movimiento lento, deliberado, sin prisa. La palma abierta hacia ella, los dedos separados, el brazo extendido a media altura. No era un saludo. Sol lo supo de inmediato, con esa certeza que a veces le llegaba antes que las palabras. No era un saludo, y no era una amenaza tampoco. Era una advertencia. Quieta, decía la mano. No te muevas. Todavía no.

—No corras —dijo él.

Su voz era baja, rasposa, como si no la usara seguido. Hablaba un español sencillo, con un acento que Sol no supo ubicar, y las palabras cayeron en el claro con el peso de una piedra en agua quieta.

—No iba a correr —dijo Sol. Le salió más rápido de lo que quería, y más agudo. Se aclaró la garganta. —O sea. Sí. Iba a correr. Pero no lo hice.

El hombre no sonrió. Bajó la mano despacio, pero no la apartó del todo — la dejó ahí, colgando junto al muslo, como si pudiera levantarla otra vez en cualquier momento. Sus ojos oscuros, casi negros, la recorrían de arriba abajo sin ninguna prisa. Sol sintió el peso de esa mirada como si le pasaran una mano por la piel. Las piernas. Las caderas. El torso, la camiseta empapada de sudor pegada al cuerpo. El cuello. La cara. La cicatriz pequeña en el mentón, esa que se hizo a los nueve años cayéndose de un árbol y que nunca se molestó en disimular.

Cuando la mirada volvió a sus ojos, Sol se dio cuenta de que había estado aguantando la respiración.

—Hay un jaguar —dijo él.

Sol parpadeó.

—¿Qué?

Él señaló con la barbilla hacia el barro, hacia la huella que ella acababa de encontrar. No apartó los ojos de su cara.

—Eso es de esta mañana. Está cazando. —Hizo una pausa, como si eligiera las palabras con cuidado, o como si le costara gastarlas. —Si corres, te sigue. Si te quedas quieta, te huele y se va.

—¿Y cómo sé que tú no eres más peligroso que el jaguar? —dijo Sol.

La frase salió antes de que pudiera morderse la lengua. Era su maldita costumbre — hablar rápido cuando estaba nerviosa, soltar una broma seca para tapar el miedo que le subía por la garganta como agua. Pero no se arrepintió. Algo en la forma en que él la miraba — sin parpadear, sin moverse, como si ella fuera lo único en el claro que valía la pena mirar — le decía que no era un hombre al que le importaran las cortesías.

Él inclinó la cabeza, apenas. Un milímetro. Podía ser un asentimiento. Podía ser que estaba evaluando si valía la pena responder.

—No lo sabes —dijo al final.

Y dio un paso hacia ella.

El aire cambió. Sol no habría sabido explicarlo después, ni siquiera a sí misma — pero el aire del claro se volvió denso, espeso, cargado de algo que no era solo peligro. Era la misma sensación que tenía cuando escalaba una pared de roca y llegaba al punto donde ya no podía volver atrás, donde el siguiente movimiento era el único movimiento, y el cuerpo entero se ponía en alerta, cada nervio despierto, la piel demasiado consciente de sí misma. Su corazón empezó a golpearle las costillas. Las palmas de las manos le sudaron.

Dio otro paso. Despacio. Sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre el musgo. El machete que llevaba colgado al costado le golpeaba la cadera con un ritmo suave, casi hipnótico, y Sol no podía dejar de mirarlo — la hoja, la funda de cuero, la mano que colgaba cerca de ella sin tocarla.

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella. Tenía que decir algo. El silencio estaba empezando a llenarle los oídos.

Él se detuvo a dos pasos de distancia. Tan cerca que Sol podía olerlo — sudor y humo de leña y algo verde, algo de las hojas que le rozaban los hombros. Tan cerca que tuvo que levantar la barbilla para sostenerle la mirada, porque él le sacaba una cabeza entera, y el cuerpo musculoso le bloqueaba la poca luz que quedaba entre las copas.

—Tupac —dijo él.

—Sol.

Él repitió el nombre en voz baja, como si lo probara. Sol. Y a ella le subió un calor por el cuello que no tenía nada que ver con el sol.

—Sol —dijo Tupac—, estás perdida.

No fue una pregunta. Sol abrió la boca para negarlo — su respuesta automática, la que daba siempre, la que decía que ella nunca se perdía, que solo estaba explorando, que sabía perfectamente dónde estaba el campamento, gracias — y no le salió nada. Porque era verdad. Estaba perdida. Llevaba dos horas perdida. Y este hombre, con su cara inmóvil y sus ojos negros, lo había sabido en cuanto la vio.

—Sí —dijo, y le sorprendió lo pequeña que le salió la voz.

Tupac asintió. Y entonces, sin aviso, sin que ella viera venir el movimiento — porque se movía con una gracia que no parecía humana, felina, las caderas y los hombros y los pies descalzos todos trabajando juntos como si el suelo le perteneciera —, extendió la mano y le cerró los dedos alrededor de la muñeca.

Fue firme. No fue brusco, no fue violento, pero fue firme, y Sol sintió la fuerza en esos dedos como se siente una corriente bajo el agua — algo que no se ve hasta que te agarra. La piel de él estaba caliente, áspera de callos, y le cubría la muñeca entera, y por un instante Sol no pudo hacer otra cosa que mirar esa mano sobre su brazo, la suya tan clara y tan pequeña al lado.

—¿Qué haces? —dijo. Le salió un hilo de voz.

—El jaguar está cerca.

Y tiró de ella.

No hacia el claro. Hacia el árbol. Sol tropezó con la raíz, y antes de que pudiera recuperar el equilibrio él ya la había hecho girar — un movimiento limpio, un giro de muñeca, y de pronto su espalda chocó contra el tronco ancho del ceibo y el aire le salió de los pulmones de golpe. La corteza era rugosa y caliente a través de la camiseta. Una raíz le presionaba el omóplato. Y Tupac estaba delante de ella, tan cerca que le tapaba el mundo entero, el pecho desnudo subiendo y bajando a la altura de sus ojos, los tatuajes oscuros y el olor a humo y a verde llenándole la nariz.

Sol levantó las manos por reflejo — para empujarlo, para apartarlo, para lo que fuera — y se quedaron ahí, abiertas contra su pecho, y no empujó. No pudo. La piel de él estaba ardiendo. Le sentía el corazón debajo de las palmas, lento y pesado, tan distinto del suyo, que le galopaba como un animal asustado.

—Tupac —dijo.

No sabía si era una pregunta o una advertencia o un permiso. Quizá las tres cosas. Él bajó la mirada hacia su boca — se quedó ahí, mirándole la boca un segundo largo, y Sol sintió ese segundo en todo el cuerpo, en la boca del estómago, en la parte interna de los muslos, en la garganta seca que tragó saliva sin poder evitarlo.

Las manos de él bajaron. Una le encontró la cadera por encima del pantalón corto, los dedos abiertos sobre el hueso, el pulgar presionando justo donde la cadera se curva hacia dentro. La otra le subió por el costado, lenta, siguiendo las costillas, y Sol se arqueó hacia atrás sin querer, contra el tronco, y el tronco no cedió, y él no cedió.

—No deberías estar aquí —dijo Tupac, tan bajo que fue casi un pensamiento.

—Lo sé —dijo ella.

Y él la besó.

No fue un beso suave. No fue un beso de tanteo, de esos que piden permiso. Fue un beso que ya sabía lo que quería — la boca de Tupac cerrándose sobre la suya con una seguridad que la dejó sin aire, la barba áspera raspándole el labio, el sabor a humo y a sal, y Sol abrió la boca y él la tomó, y una de sus manos le subió al cuello, los dedos enterrándose en el pelo de la nuca, sujetándola como si tuviera miedo de que se le escapara.

Ella no se iba a escapar.

Le agarró el pecho con las dos manos — la piel caliente, el músculo duro debajo, los tatuajes que le corrían bajo los dedos como ríos — y tiró de él hacia sí, y él cedió, y el peso del cuerpo de Tupac la aplastó contra el ceibo, cadera contra cadera, y Sol sintió, a través de la tela del pantalón, todo lo que él tenía, duro y caliente y presionándole el vientre, y un sonido se le escapó de la garganta, algo entre un jadeo y un gemido, y Tupac lo tragó con la boca.

El beso siguió. La mano de él le bajó de la cadera al muslo, y le levantó la pierna, y Sol la enredó alrededor de su cintura sin pensar, y la corteza le raspó la espalda a través de la camiseta y no le importó, no le importaba nada, solo la boca de él y el peso de él y el olor de él, la selva entera reducida a ese tronco y esas manos y ese cuerpo.

Cuando por fin se separaron, fue porque a ella se le acabó el aire.

Sol dejó caer la cabeza contra el tronco, la boca abierta, jadeando. Tenía la piel de los brazos erizada. Tenía el labio hinchado. Tenía la pierna todavía enredada en la cintura de Tupac, y él no la había soltado — la mano seguía en su muslo, el pulgar dibujando un círculo lento sobre la piel, y el cuerpo de él seguía pegado al suyo, duro y quieto y ardiendo.

La corteza caliente le presionaba la espalda. En algún lugar, lejos, un pájaro gritó. Y ninguno de los dos dijo nada.

Sol fue la primera en moverse.

No pensó en la huella, ni en el jaguar, ni en las dos horas de barro y raíces que la habían traído hasta ese claro. Pensó en la mano de Tupac todavía en su muslo, en el pulgar que seguía dibujando ese círculo lento, y en la otra mano que le sostenía la pierna enredada en su cintura como si fuera algo que él hubiera decidido conservar. Y entonces le agarró la camiseta — la suya, empapada de sudor, pegada al pecho — y tiró hacia arriba.

—Quítame esto —dijo.

Su propia voz la sorprendió. Ronca. Impaciente. Tupac bajó la mirada hacia la tela y luego a la cara de ella, y por un segundo Sol pensó que iba a soltarle la pierna, que iba a decir algo en su español corto y pesado y dar un paso atrás hacia el claro, hacia el jaguar, hacia el mundo donde las cosas tenían orden. En vez de eso, le soltó el muslo y le agarró el dobladillo de la camiseta con las dos manos.

La tela cedió con un sonido seco, hilo por hilo, sin que él se molestara en pedirle que levantara los brazos. La costura del hombro reventó primero. Después el costado entero, de la axila a la cadera, como si la camiseta fuera papel y él tuviera toda la tarde. Sol sintió el aire de la selva entrar de golpe en su piel sudada, la humedad tibia de las hojas, y sus pezones se endurecieron antes de que él siquiera la mirara.

—Rasgaste mi camiseta —dijo ella.

—Sí.

Los restos cayeron al musgo entre los dos. Tupac los miró un instante, luego la miró a ella — los pechos libres, el sudor brillándole en el esternón, el vientre subiendo y bajando rápido bajo las costillas — y algo en su cara cambió. No fue una sonrisa. Fue más profundo que una sonrisa, más lento, algo que le pasó por los ojos negros y le apretó la mandíbula.

Sol se llevó las manos al sostén por puro reflejo, y él le cerró los dedos alrededor de las muñecas.

—No —dijo Tupac.

—¿Por qué no?

—Porque quiero verlas.

Lo dijo sin adornos, como decía todo. Sol se quedó con los brazos a medio camino, las muñecas atrapadas en esas manos de callos, y sintió que se le subía el calor desde el cuello hasta las orejas. Se soltó solo cuando él aflojó los dedos, y esta vez se llevó las manos a la espalda, al broche, y lo desabrochó ella misma. El sostén cayó entre los dos, encima de la camiseta rota.

Tupac dio un paso atrás.

Sol no lo había visto alejarse de ella desde que la había sujetado por la muñeca, y el espacio entre sus cuerpos le dolió como una corriente de aire frío. Pero él no se estaba yendo. Se llevó las manos al nudo de cuero que le cruzaba el pecho, a la altura de la cadera, donde colgaba el machete, y lo deshizo sin apartar los ojos de ella. La funda cayó al musgo con un golpe sordo. Luego las tiras de piel que le sujetaban el taparrabos. Luego nada.

Sol se quedó mirándolo.

Lo había sentido duro contra su vientre, a través de la tela, pero verlo era otra cosa. Le colgaba pesado entre los muslos, grueso, oscuro como el resto de su piel, la cabeza hinchada y húmeda de algo que no era sudor. Los tatuajes le bajaban por el vientre hasta perderse ahí, y cuando Sol levantó la vista otra vez hacia su cara, Tupac la estaba mirando a ella mirarlo, y no había nada en su expresión que le pidiera permiso.

—Ven —dijo él.

Sol fue. Con la espalda todavía raspada por la corteza, con el labio todavía hinchado del beso, cruzó los dos pasos que los separaban y se detuvo con los pechos a un palmo de su torso desnudo. Podía olerlo entero ahora — no solo el humo y las hojas, sino la piel, el sudor, el sexo, todo junto, y le entró por la nariz y le bajó hasta la boca del estómago y se quedó ahí, caliente.

Las manos de Tupac le subieron por la cintura. Le cubrieron las costillas. Le sostuvieron los pechos desde abajo, con las palmas abiertas, y Sol dejó escapar el aire que llevaba aguantando desde que él se había desnudado. Los pulgares le pasaron por los pezones, apenas, una vez, y ella se arqueó hacia adelante sin decidirlo.

—Así —dijo Tupac, y no supo si le hablaba a ella o a sí mismo.

Se agachó.

No se arrodilló en el suelo — se dobló sobre ella, la espalda ancha curvada, el pelo largo cayéndole sobre los hombros, y le tomó un pecho entero en la boca. Sol gritó. No fue un gemido, fue un grito corto y agudo que se perdió entre los árboles, y su mano se le fue sola a la nuca de él, a ese pelo negro y áspero, y lo agarró, y apretó.

La boca de Tupac era caliente y húmeda y no tenía ninguna prisa. Le chupó el pezón con los labios cerrados, tirando, soltando, tirando otra vez, y cada tirón le llegaba a Sol abajo, entre las piernas, un hilo tenso que le conectaba el pecho con el vientre y que se estiraba cada vez más. Le pasó la lengua alrededor, despacio, la textura áspera raspándole la piel, y después se lo chupó entero, pecho y areola y pezón, la boca llena de ella, y Sol sintió los dientes apenas rozarle y se le doblaron las rodillas.

—Tupac —dijo, y su nombre le salió partido en dos.

Él no contestó. Le soltó el pecho con un sonido húmedo, la piel brillándole de saliva, y pasó al otro. El mismo tratamiento, la misma lentitud insoportable, la lengua y los labios y los tirones, y mientras chupaba le subió una mano por el muslo, por dentro, y le encontró el calor a través de los shorts.

Sol se separó de él de golpe.

—Espera —dijo, con la voz temblando—. Espera. Yo también quiero.

Le puso las dos manos en los hombros y lo empujó hacia abajo, hacia el musgo, y Tupac cedió — se dejó llevar, se sentó sobre las raíces del ceibo con la espalda contra el tronco, las piernas abiertas, y desde ahí la miró de abajo arriba con esos ojos negros que no se movían de su cara. Sol se arrodilló entre sus piernas. La tierra blanda le cedió bajo las rodillas. Y entonces bajó la mirada y lo vio entero, erecto contra el vientre, la piel tensa y tirante, una gota clara en la punta, y se le secó la boca.

—¿Sabes lo que haces? —preguntó Tupac.

—No —dijo Sol—. Pero quiero aprender.

No era del todo verdad. Había hecho esto antes, con chicos del campamento, con un instructor de escalada en Chiapas una vez, pero nunca así — nunca con un hombre que la miraba como si el mundo entero cupiera en la boca de ella, nunca con las manos quietas a los costados esperando, nunca con la selva entera respirando alrededor. Se inclinó. Le puso una mano en el muslo, en el vello áspero, y con la otra le rodeó la base, y sintió el pulso debajo, rápido, salvaje, tan distinto del ritmo lento con que él hacía todo.

Le pasó la lengua por la punta.

El sabor fue salado y amargo y a él, y Tupac soltó el aire entre los dientes, un silbido corto que a Sol le subió por la espalda como una caricia. Lo lamió otra vez, más despacio, siguiendo la línea de una vena que le subía por el costado, y él le puso una mano en la cabeza — no para empujarla, solo para tocarla, los dedos entre su pelo castaño claro, y ese peso leve le dijo todo lo que necesitaba saber.

Se lo metió en la boca.

Le entró hasta donde pudo, que no fue todo — era demasiado grueso, le abría la mandíbula, le llegaba al fondo de la lengua — y chupó. Subió despacio, la lengua apretada contra el tronco, y bajó otra vez, y esta vez usó la mano donde no llegaba la boca, y Tupac gruñó. Un sonido grave, profundo, que le vibró en la garganta y le llegó a Sol a través de la piel del muslo donde tenía la mano.

—Sol —dijo él, y su nombre en esa voz rasposa fue lo mejor que había oído en su vida.

Ella levantó la vista sin soltarlo. La punta le quedó apoyada en el labio inferior, brillante de saliva, y desde ahí lo miró — la cabeza echada atrás contra el tronco, la garganta expuesta, los tatuajes subiendo y bajando con la respiración, la boca entreabierta. Los ojos de Tupac bajaron y la encontraron. Se quedaron ahí. No se movieron ni un milímetro mientras ella volvía a hundirlo en la boca.

Y entonces él le puso la mano libre en el pecho.

Sol se detuvo. La mano no la empujaba ni la sujetaba — solo le cubría un pecho entero, la palma y los dedos abiertos sobre la piel, y el pulgar encontró el pezón y lo apretó, y un gemido se le escapó a ella con la boca llena, un sonido ahogado que le vibró alrededor de la polla y le arrancó a él otro gruñido.

—Sigue —dijo Tupac.

Ella siguió. La mano de él le amasaba el pecho al ritmo de su boca, apretando, soltando, y el pulgar le pasaba por el pezón una y otra vez, y Sol empezó a moverse de otra manera — más rápido, más hondo, la saliva corriéndole por la barbilla y por los dedos, el sonido húmedo de su boca llenando el claro. Le dolía la mandíbula. No le importaba. Se metía todo lo que podía y luego un poco más, hasta que le daban arcadas y tenía que salir, y volvía a entrar, y cada vez que salía veía la polla de Tupac brillante y roja y palpitando y se la metía otra vez con más ganas.

La otra mano de él le bajó por el costado. Le pasó por la cintura, por la cadera, por el borde del pantalón corto, y se detuvo ahí, los dedos metidos por debajo de la tela, en la piel del vientre, calientes.

—¿Puedo? —preguntó Tupac.

Sol se sacó la boca de encima, jadeando, la saliva brillándole en los labios.

—Sí —dijo—. Sí, pero no pares tú.

Él no paró. Mientras los dedos de Tupac le bajaban por el vientre y le encontraban lo que había debajo del pantalón — el vello, el calor, la humedad que llevaba acumulándose desde el beso contra el ceibo — Sol volvió a metérselo en la boca, y esta vez gimió alrededor de él cuando los dedos la abrieron. Estaba empapada. Lo supo por el sonido, por la facilidad con que él le deslizó dos dedos por dentro, y se le escapó un gemido tan largo que tuvo que soltarlo para respirar.

—¿Estás así por mí? —preguntó Tupac.

—Estoy así por ti —dijo Sol, y le lamió la punta—. Desde que me agarraste la muñeca.

Los dedos de él empezaron a moverse. Entraban y salían despacio, curvados hacia arriba, y el pulgar le buscaba el clítoris con una precisión que a Sol le pareció imposible — un hombre que hablaba en frases de tres palabras y que sin embargo la estaba leyendo entera con una mano. Ella volvió a la boca. Subía y bajaba con un ritmo que ya no controlaba, siguiendo el ritmo de los dedos, y las caderas se le movían solas contra la mano de él, y la espalda se le arqueaba, y el pelo le caía sobre la cara y no podía apartárselo porque tenía una mano en el muslo de Tupac y la otra en la base de su polla.

—Más —dijo él.

No era una orden. O sí lo era. Sol se lo metió hasta el fondo, la nariz contra el vientre de él, la garganta abriéndose, y se quedó ahí, aguantando, mientras las lágrimas le picaban en los ojos y los dedos de Tupac le trabajaban por dentro y el pulgar le apretaba el clítoris en círculos lentos, y el mundo entero se redujo al sabor de él, al olor de él, al sonido de su propia boca y al gruñido ronco que Tupac soltó contra los árboles.

Cuando salió, fue porque él le tiró del pelo.

Suave. Solo un poco. Lo suficiente para que ella levantara la cara, la boca abierta, respirando por la boca, la saliva corriéndole hasta el pecho. Tupac la miró desde arriba — desde el tronco, desde su altura, con los dedos todavía dentro de ella — y por primera vez desde que la había encontrado en el claro, algo le pasó por la cara que no era calma ni advertencia. Era hambre. Era algo más viejo que el hambre.

—Ahora tú —dijo él.

Y le sacó los dedos, y Sol sintió el vacío como una pérdida, y él se los llevó a la boca y se los lamió uno por uno sin apartar los ojos de los de ella, y después la agarró por la cintura y la levantó — la levantó entera, como si no pesara, como si fuera una rama — y la sentó encima de él, de espaldas al tronco, con las piernas abiertas a los costados de sus caderas.

Sol se quedó ahí, suspendida.

Debajo de ella, la polla de Tupac le presionaba la parte interna del muslo, dura y caliente, y ella se movió apenas, un balanceo de caderas, y sintió la punta deslizarse por su humedad, por la raya, por el borde del agujero, y los dos se quedaron quietos al mismo tiempo.

—¿Aquí? —preguntó Sol. Le salió un susurro.

Tupac le puso las dos manos en las caderas. Los pulgares le presionaron los huesos. Y no la empujó ni la levantó — solo la sostuvo, esperando, con los ojos negros fijos en la cara de ella, y Sol entendió que la decisión era suya, que él la había traído hasta ahí y que ahora le tocaba a ella.

Se dejó caer.

Se dejó caer.

Y lo sintió entrar.

No fue rápido. No fue de golpe, como ella había esperado — como había sido siempre, con los chicos del campamento, con el instructor de Chiapas, ese empujón torpe y apurado que la partía en dos y la dejaba jadeando antes de empezar. Tupac no hizo eso. La punta la abrió apenas, despacio, un milímetro, y se detuvo. La sostuvo ahí, en el borde, con las dos manos en sus caderas y los pulgares clavados en los huesos, y Sol se quedó con la boca abierta y el aire atorado en la garganta, esperando, colgada de ese primer centímetro como de una rama sobre el vacío.

—Respira —dijo Tupac.

Ella respiró. Un temblor largo que le bajó por el pecho y le aflojó los hombros, y en cuanto el aire le salió, él subió las caderas.

Entró más. Poco. La mitad, quizá, y ya era demasiado — Sol sintió el estiramiento en los bordes, esa quemazón lenta que no era dolor del todo, esa plenitud que le subía por el vientre y le apretaba algo detrás del ombligo. Era grueso. Más de lo que sus dedos habían medido cuando lo tuvo en la boca, más de lo que su mano había rodeado. Se quedó quieta encima de él, con las rodillas hundidas en el musgo a los costados de sus caderas, y no bajó más.

—¿Duele? —preguntó Tupac.

—No —dijo Sol. Y era verdad, aunque no era la verdad entera. —Solo… dame un segundo.

Él le dio el segundo. Le dio más que un segundo. Se quedó completamente inmóvil debajo de ella, el pecho subiendo y bajando despacio contra el de Sol, los tatuajes oscuros moviéndose con cada respiración, y las manos quietas en sus caderas sin apretar, sin tirar, sin pedir nada. La corteza del ceibo le raspaba la espalda a Sol cada vez que se movía un poco, y el musgo le humedecía las rodillas, y en algún lugar arriba, entre las copas, la luz se estaba volviendo naranja. La tarde se iba. El claro se oscurecía. Y ninguno de los dos tenía prisa.

Sol cerró los ojos.

Debajo de ella, el cuerpo de Tupac era una cosa caliente y quieta, y ella podía sentirlo entero — no solo donde la estaba abriendo, sino todo: el vello áspero del muslo bajo su rodilla, el latido pesado que le subía por el vientre, el olor a humo y a hojas y a piel que le llenaba la nariz cada vez que respiraba. Le puso las manos en el pecho. Los tatuajes le corrían bajo las palmas como ríos que ella no sabía leer. Y entonces bajó las caderas.

Él entró hasta el fondo.

Sol soltó un sonido que no reconoció — algo entre un gemido y un suspiro, largo, roto por la mitad, y se quedó ahí sentada sobre él, con la pelvis pegada a la suya, sintiéndolo entero dentro, la punta apretándole algo profundo que nunca nadie le había tocado. El mundo se volvió pequeño. Se volvió ese tronco y esas manos y ese peso. La selva entera — el zumbido de los insectos, el grito lejano de un pájaro, la amenaza del jaguar en algún lugar del barro — se corrió hacia los bordes, se apagó, dejó de existir. Solo quedaba el calor de él dentro de ella y la respiración de los dos, que se habían sincronizado sin querer.

—Ahí —dijo Tupac. Su voz le vibró en el pecho, bajo las palmas de Sol. —Ahí estás.

Ella abrió los ojos y lo miró. Tenía la cabeza echada contra el tronco, la garganta expuesta, el pelo negro pegado a las sienes por el sudor. Los ojos negros la miraban desde abajo, sin parpadear, y en ellos había algo que Sol no había visto antes — no hambre, no advertencia, sino una quietud distinta, más honda, como si él también estuviera aprendiéndose algo. Le puso una mano en la mejilla. La barba áspera le raspó la palma. Tupac cerró los ojos un instante bajo ese contacto, y ese instante — breve, involuntario — le apretó a Sol algo en el pecho que no tenía nada que ver con el sexo.

Se movió.

Fue apenas un balanceo, un círculo lento de caderas, y el sonido que le arrancó a él — un gruñido bajo, atrapado en la garganta — le subió a Sol por la espalda como una caricia. Volvió a hacerlo. Más despacio esta vez. Se levantó hasta que casi lo perdió, hasta que solo la punta le rozaba el borde, y se dejó caer otra vez, y él la llenó entera, y los dos gimieron al mismo tiempo.

—Así —dijo Tupac, y le apretó las caderas, y esta vez sí la guio — no para forzarla, solo para marcarle el ritmo, los pulgares presionándole los huesos, las manos subiéndola y bajándola con una firmeza que Sol siguió sin resistirse. —Así. Despacio.

Sol aprendió. Aprendió rápido, como aprendía todo — con la misma curiosidad con que había seguido la huella en el barro, con la misma atención feroz con que leía una pared de roca antes de escalarla. Encontró el ángulo. Encontró la profundidad. Encontró el punto donde él la llenaba de una manera que le hacía cerrar los ojos y el punto donde la dejaba casi vacía y el vacío le dolía más que la plenitud. Y en algún momento, entre una subida y una bajada, dejó de ser él quien la guiaba.

Sus caderas encontraron su propio ritmo.

Ya no pensaba. Las manos de Tupac seguían en sus caderas, pero ya no la movían — solo la sostenían, la acompañaban, la dejaban hacer. Sol se inclinó hacia adelante, las palmas apoyadas en su pecho, el pelo castaño cayéndole sobre la cara y sobre la de él, y empezó a moverse más rápido. El sonido de sus cuerpos llenaba el claro — húmedo, rítmico, obsceno — y debajo de ese sonido estaba la respiración de Tupac, que se había vuelto más corta, más áspera, y debajo de eso estaba el latido de Sol, que le golpeaba en los oídos como un tambor.

—Mírame —dijo Tupac.

Ella levantó la cabeza. Tenía el pelo pegado a la frente, los labios hinchados del beso de antes, el pecho subiendo y bajando con cada embestida. Lo miró. Y él la miró a ella — esos ojos negros que no se movían, que no se perdían nada, que la sostenían tan firme como las manos en sus caderas — y Sol sintió que se le subía el calor a la cara, no de vergüenza sino de otra cosa, de ser vista así, entera, sin que nada quedara escondido.

—No pares —dijo ella.

—No pienso parar.

Y no paró. Le subió una mano por la espalda, siguiendo la columna, hasta la nuca, y le agarró el pelo en la base del cráneo con una firmeza que la hizo arquearse. La otra le bajó al muslo, al hueco donde la pierna se junta con la cadera, y desde ahí la guio otra vez — más rápido ahora, más hondo, cada embestida arrancándole a Sol un sonido nuevo que ella ya no intentaba contener. Le dolía la mandíbula de antes. Le ardían los muslos del esfuerzo. La corteza le raspaba la espalda cada vez que se echaba hacia atrás. No le importaba ninguna de esas cosas.

El placer le subía desde donde él la penetraba, un calor denso que se le enroscaba en el vientre y le bajaba por las piernas y le subía por la espalda al mismo tiempo, y Sol reconoció esa sensación — la conocía, la había sentido sola en su tienda de campaña, la había sentido con otros — pero nunca así. Nunca tan lento. Nunca tan construido. Como si Tupac estuviera levantando algo dentro de ella, piedra sobre piedra, sin ninguna prisa por terminarlo.

—Tupac —dijo, y su nombre le salió distinto esta vez. Más bajo. Más suyo.

Él la oyó. Algo en su cara cambió — la mandíbula, los ojos, una tensión nueva alrededor de la boca — y por primera vez desde que se habían sentado bajo el ceibo, sus caderas se movieron sin esperarla. Subió a su encuentro, una embestida desde abajo que la levantó un centímetro del musgo y la volvió a bajar, y Sol gritó. El grito se perdió entre los árboles, se mezcló con el zumbido de los insectos y con el grito de algún pájaro lejano, y ninguno de los dos lo notó.

Volvió a hacerlo. Otra vez. Y otra. Encontraron el ritmo juntos, como si lo hubieran ensayado, como si los dos cuerpos supieran algo que las cabezas todavía no habían entendido — ella subiendo cuando él bajaba, él empujando cuando ella se dejaba caer, las caderas chocando con un sonido que ya no era húmedo sino seco, rítmico, urgente. El sudor les corría a los dos. El pecho de Tupac brillaba bajo los tatuajes. El pelo de Sol se le pegaba al cuello y a los hombros. La luz entre las copas se había vuelto roja, y después violeta, y después casi nada.

Sol sintió que se acercaba.

No era como las otras veces — esa carrera corta hacia el final que la dejaba vacía después. Esto era distinto. Esto subía desde muy abajo, desde los pies, desde las rodillas hundidas en el musgo, desde la corteza en la espalda, desde las manos de él en su pelo y en su cadera, y subía despacio, tan despacio que ella podía seguirlo, podía sentirlo trepar, podía casi nombrarlo. Le temblaron los muslos. Se le cerró la garganta. Le puso las dos manos en la cara a Tupac — en la cara, en la mandíbula, en la boca — y él le besó los dedos sin dejar de moverse, sin dejar de mirarla, y ese gesto, más que ninguna otra cosa, fue lo que la empujó al borde.

—Ahora —dijo Tupac. No era una orden. Era un permiso. —Ahora, Sol.

Y ella se dejó caer.

El orgasmo le llegó desde dentro, desde donde él la llenaba, y se le abrió por el vientre y por el pecho y por la garganta, y Sol se dobló hacia adelante con un gemido largo y roto que le vibró contra la boca de Tupac, la frente apoyada en la suya, los dedos clavados en sus hombros. Le tembló todo. Las piernas, las manos, la respiración. Y él la sostuvo — las dos manos en sus caderas, firme, sin soltarla, sin dejar de moverse, alargándole el final con unas últimas embestidas lentas y profundas que le sacaron a Sol dos gemidos más, más débiles, más suyos, hasta que ella se derrumbó entera contra su pecho.

Se quedaron así.

Sol con la cara metida en el hueco del cuello de Tupac, respirando su olor — humo, hojas, piel, sexo — con la boca abierta contra su garganta. Él con una mano todavía en su nuca y la otra abierta en su espalda, quieto, dejándola bajar. El corazón de los dos latía fuerte. El de ella como un animal asustado. El de él, debajo, lento y pesado como siempre, como si nada lo hubiera alterado, aunque Sol sentía en su propio vientre que sí, que algo se había alterado, que todavía estaba dentro de ella, todavía duro, todavía sin terminar.

Sol levantó la cabeza.

Lo miró desde muy cerca — tan cerca que le veía las pestañas, las líneas finas alrededor de los ojos, la cicatriz pequeña que le cruzaba una ceja. Tupac le sostuvo la mirada sin decir nada. No había triunfo en su cara. No había orgullo. Había algo más callado, más hondo, algo que Sol no supo nombrar y que no intentó nombrar, porque nombrarlo habría sido romperlo.

—Tú no —dijo ella. Le salió un susurro ronco. —Todavía no.

Él no contestó. Solo le subió la mano por la espalda, hasta la nuca, y le apretó el pelo otra vez, suave, y tiró de ella hacia abajo hasta que las frentes se les juntaron y las bocas se les rozaron sin besarse. El aliento de los dos se mezcló en ese centímetro de aire. La selva, alrededor, había vuelto a sonar — los insectos, el viento en las copas altas, algo que se movía entre las raíces del ceibo — pero ninguno de los dos lo escuchó todavía.

Sol se movió.

Despacio. Un balanceo de caderas, apenas, y Tupac soltó el aire entre los dientes. Ella lo sintió — la manera en que su respiración se cortó, la manera en que los dedos se le cerraron un poco más en la nuca. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, torcida, la misma sonrisa seca con la que había respondido a su advertencia en el claro, cuando todavía creía que podía controlar lo que le estaba pasando.

—Ahora tú —dijo Sol.

Y empezó a moverse otra vez.

Sol empezó a moverse otra vez, y esta vez no fue el balanceo lento de antes, no fue el aprendizaje. Fue otra cosa. Se plantó con las rodillas a los costados de las caderas de él, hundió los dedos en el musgo húmedo a la altura de sus hombros, y subió. Hasta arriba. Hasta que solo la punta le rozó el borde, un beso de nada, un vacío que le dolía. Y se dejó caer entera, de golpe, con todo el peso de su cuerpo, y él la llenó de una sola vez hasta el fondo.

Tupac gruñó. Un sonido que le salió de muy abajo, del pecho, y que le vibró a Sol en las palmas de las manos donde las tenía apoyadas en él. Los dedos de él se cerraron en su cintura, fuertes, y por un instante la sujetó como si quisiera frenarla — como si el ritmo que ella acababa de encontrar fuera demasiado, como si algo en él hubiera perdido el control que llevaba toda la tarde sosteniendo.

—Sol —dijo. Solo eso. Su nombre, partido.

—Sí —dijo ella, y volvió a subir, y volvió a caer.

Encontró el ritmo y no lo soltó. Era suyo ahora. Ya no era el compás lento que él le había marcado con los pulgares en los huesos de la cadera, ni la cadencia medida con que la había guiado bajo el ceibo. Era más rápido. Más profundo. Cada caída le arrancaba a él un sonido nuevo que Sol no había oído antes — no el gruñido grave de la primera vez, sino algo más corto, más áspero, casi un jadeo, y cada uno de esos sonidos le subía a ella por la espalda como una recompensa.

El sudor les corría a los dos. A Sol le bajaba por la espalda, entre los omóplatos, y le empapaba el pelo en la nuca, y le caía en gotas sobre el pecho de Tupac, que brillaba bajo los tatuajes como si alguien lo hubiera barnizado. La luz entre las copas ya casi no existía — solo un resto violeta, un rescoldo, lo suficiente para verle la cara y nada más. El claro se había vuelto una caja oscura de hojas y sombra, y dentro de esa caja solo estaban ellos dos, el sonido húmedo de sus cuerpos, y la respiración de él, que se había vuelto corta y rota.

—Más —dijo Tupac.

Era la primera vez que le pedía algo. En toda la tarde, desde que la había sujetado por la muñeca en el borde del claro, no le había pedido nada — le había advertido, la había guiado, la había dejado decidir. Ahora pedía. Y Sol, que llevaba toda su vida respondiendo a las provocaciones con una sonrisa seca y un paso hacia adelante, hizo exactamente eso.

Se inclinó hacia él. Le puso las dos manos en el pecho, en los tatuajes que no sabía leer, y desde ahí empezó a moverse más rápido. Las caderas le chocaban contra las de él con un sonido que ya no era húmedo ni suave sino seco y rítmico, piel contra piel, y debajo de ese sonido estaba el musgo aplastado bajo sus rodillas, y debajo de eso la tierra blanda del claro, y debajo de eso — Sol lo sentía, lo sentía en la planta de los pies y en la base de la columna — la selva entera, respirando, esperando.

Las manos de Tupac le subieron por la espalda. Le agarraron los omóplatos, los dedos abiertos sobre los huesos, y después le bajaron a la cintura y se quedaron ahí, quietas, sin guiarla, sin apretar. Él había dejado de moverse. Había dejado de subir a su encuentro, había dejado de marcarla, y Sol lo sintió de inmediato — la manera en que su cuerpo se aflojó debajo de ella, la manera en que la dejó hacer, como si le entregara el ritmo entero, como si le dijera sin decirlo que ahora le tocaba a ella llevarlo hasta donde tuviera que llevarlo.

—¿Me dejas? —preguntó Sol. Le salió un jadeo, no una pregunta.

—Te dejo —dijo Tupac.

Y ella lo tomó. Se enderezó sobre él, la espalda arqueada, el pelo castaño cayéndole sobre la cara, y empezó a moverse con todo lo que tenía. No era la curiosidad de antes, no era el aprendizaje. Era hambre. Era la misma cosa que la había hecho seguir la huella en el barro cuando cualquier otra persona habría dado media vuelta, la misma terquedad que la hacía subir una pared de roca sin cuerda. Subía hasta perderlo y caía hasta llenarse, y cada caída le arrancaba a él un jadeo, y cada jadeo de él le arrancaba a ella uno más fuerte, hasta que los dos sonidos se enredaron y ya no se supo cuál era de quién.

—Así —dijo Tupac. Tenía la cabeza echada contra el tronco, la garganta expuesta, el pelo negro pegado a las sienes. Los ojos negros no se movían de ella. —Así, Sol.

Ella le puso una mano en la garganta. No apretando — solo apoyada, la palma abierta sobre la nuez, sintiéndole el pulso debajo del pulgar. Era rápido. Salvaje. Tan distinto del ritmo lento con que él hacía todo lo demás que Sol casi se rió — casi, porque se le cortó el aire antes de que le saliera. El hombre que hablaba en frases de tres palabras, que se movía por la selva como si el suelo le perteneciera, que la había mirado en el claro sin parpadear mientras un jaguar cazaba a ocho metros — ese hombre tenía el pulso desbocado bajo su mano, y la boca entreabierta, y los dedos clavados en su cintura como si se estuviera aguantando.

—No te aguantes —dijo Sol.

Tupac la miró. Algo le pasó por la cara — la mandíbula, los ojos, una tensión que le apretó toda la expresión — y por primera vez en la tarde, la calma se le rompió. No del todo. Pero se le rompió. Sol lo vio como se ve una grieta en una piedra: una línea fina que recorre algo que parecía entero, y que de pronto lo vuelve dos cosas.

—No me estoy aguantando —dijo él.

—Mentira.

Y Sol apretó el ritmo. Bajó las dos manos a sus hombros, se agarró de él como se agarraba de una roca, y empezó a cabalgarlo sin pausa, sin respiro, cada embestida más honda que la anterior, la parte interna de los muslos ardiéndole del esfuerzo, la mandíbula todavía dolorida de antes, el labio todavía hinchado del beso contra el ceibo. Le temblaban las piernas. Le temblaba todo. Y no paró.

Debajo de ella, Tupac empezó a moverse otra vez. No para guiarla — para acompañarla. Subía a su encuentro cuando ella caía, empujaba cuando ella se hundía, y el sonido de sus cuerpos llenó el claro entero, se metió entre las raíces desnudas del ceibo, subió por el tronco, se perdió entre las copas. La respiración de él se volvió un jadeo continuo, áspero, y Sol sintió bajo sus manos cómo el pecho se le movía más rápido, cómo el corazón le golpeaba contra las costillas, cómo algo en él empezaba a tensarse.

—Sol —dijo Tupac. Otra vez. Y esta vez su nombre le salió distinto. Más bajo. Más urgente. Como una advertencia.

—Sí —dijo ella.

—Sol.

—Sí. —Le agarró la cara con las dos manos, los pulgares en sus pómulos, la barba áspera bajo las palmas. —Aquí. Mírame. Aquí.

Él la miró. Los ojos negros fijos en los suyos, sin parpadear, sin perderse nada, y Sol lo sintió llegar — lo sintió en las manos que le apretaban la cintura, en el pecho que se le tensó debajo de ella, en la manera en que las caderas de él se levantaron una última vez y se quedaron ahí, clavadas, temblando.

Tupac se corrió.

Sol lo sintió entero. Lo sintió en la manera en que él se estremeció debajo de ella, un espasmo largo que le recorrió el cuerpo desde las caderas hasta la garganta, y lo sintió en el sonido que le salió — un gemido largo, ronco, arrancado de muy adentro, que se le rompió en la garganta y se le perdió en el hombro de ella. Y lo sintió, sobre todo, dentro. El calor. La manera en que él se vació en ella, embestida tras embestida, cada una más débil que la anterior, cada una acompañada de un temblor nuevo, y Sol se quedó quieta encima de él, sosteniéndolo, sintiendo cómo el pulso le galopaba bajo las palmas y cómo el cuerpo entero se le aflojaba poco a poco.

Él la agarró de la nuca.

Los dedos entre su pelo, en la base del cráneo, y tiró de ella hacia abajo hasta que la frente de Sol quedó apoyada en su hombro. Y ahí se quedaron. Sol con la cara metida en el hueco del cuello de Tupac, respirando su olor — humo, hojas, piel, sudor, sexo — con la boca abierta contra su clavícula. Él con las dos manos quietas en ella, una en la nuca y la otra abierta en la parte baja de su espalda, sin apretar, sin moverse, solo sosteniéndola.

Los dos respiraban fuerte.

El corazón de Sol le golpeaba en los oídos, tan fuerte que por un momento no oyó nada más — ni los insectos, ni el viento en las copas, ni el crujido de las raíces del ceibo bajo su peso. Solo su propio pulso, y debajo de ese pulso, más lento, más pesado, el de él. Todavía estaba dentro de ella. Lo sentía. Todavía duro, todavía palpitando, y cada latido le llegaba a Sol a un lugar profundo que no sabía nombrar.

Pasó un rato. No supo cuánto. Podían haber sido segundos o podían haber sido mucho más. La luz violeta entre las copas se apagó del todo, y el claro se volvió negro, y en la oscuridad los sonidos de la selva volvieron uno por uno — primero los insectos, después algo que se movía entre las hojas altas, después, muy lejos, el grito de un pájaro nocturno. El mundo volvía. Sol lo oía volver, y no quería.

Levantó la cabeza.

Estaba tan cerca que en la oscuridad apenas le veía la cara — solo el brillo de los ojos, y el contorno de la mandíbula, y la línea del pelo negro cayéndole sobre los hombros. Tupac no dijo nada. Le sostuvo la mirada desde abajo, quieto, con las manos todavía en ella, y Sol sintió que se le subía algo a la garganta que no era palabra y que no iba a dejar salir.

Se movió. Despacio, con cuidado, levantándose sobre las rodillas hasta que él salió de ella, y el vacío le llegó de golpe — un frío, una pérdida, algo que le apretó el vientre y le hizo cerrar los ojos un instante. Se sentó a su lado sobre el musgo, con las piernas dobladas bajo el cuerpo, y él hizo lo mismo, la espalda contra el tronco del ceibo, los dos hombros rozándose en la oscuridad.

Ninguno de los dos habló.

Sol miró hacia el claro — hacia la hondonada de tierra negra, hacia las raíces desnudas, hacia el lugar donde esa misma mañana había estado la huella del jaguar. No se veía nada. Solo sombra. Pero el barro seguía ahí, y la huella seguía ahí, y en algún lugar de esa oscuridad el animal seguía cazando, y Sol lo supo de pronto con una claridad que le heló la espalda: no se habían movido del sitio donde él le había dicho que se quedara quieta. Todo este tiempo. Todo lo que había pasado bajo el ceibo había pasado a ocho metros de un rastro fresco, y ninguno de los dos había vuelto a mirar.

—Tupac —dijo.

—Lo sé.

No preguntó qué. Él ya sabía. Sol lo miró de reojo en la oscuridad y vio que tenía la cabeza girada hacia el claro, hacia la misma sombra que ella, y que la mano que le había sostenido la espalda ahora descansaba sobre el musgo entre los dos, abierta, quieta, a un palmo de la suya.

Sol no la tomó. Tampoco la apartó.

Se quedó ahí, sentada en la tierra blanda del claro, con el sudor secándosele en la piel y el sabor de él todavía en la boca, mirando la oscuridad donde estaba el jaguar, y sintiendo — sin querer sentirlo, sin saber qué hacer con eso — la respiración de Tupac a su lado, lenta y pesada, subiendo y bajando en el silencio.

La mano de Tupac seguía ahí, abierta sobre el musgo, con los dedos separados y la palma hacia arriba, como si le estuviera ofreciendo algo que no tenía nombre. Sol la miró un largo rato en la oscuridad. Podía distinguir apenas el contorno — la muñeca gruesa, las venas marcadas, la línea más clara de una cicatriz que le cruzaba el dorso y que ella no le había preguntado. La selva seguía sonando alrededor, los insectos, el viento alto, algo que se movía entre las hojas y que no era el jaguar, aunque Sol ya no estaba segura de nada.

Se mordió el labio hinchado. Le dolía. Le dolía bien.

Y entonces, sin decidirlo del todo, sin darse el tiempo de pensarlo — porque pensarlo era la manera segura de no hacerlo —, Sol deslizó su mano sobre la de él.

Fue despacio. Primero los dedos, apenas rozando el borde de la palma, sintiendo el calor que subía de la piel de Tupac como sube el calor de una piedra que ha estado todo el día al sol. Después la palma entera, apoyada sobre la suya, y el pulso. Lo sintió de inmediato. Golpeándole contra la base del dedo medio, fuerte, rápido todavía, muy lejos del ritmo lento con que él hacía todo lo demás. Un pulso que no había vuelto del todo. Un pulso que seguía en algún lugar de la tarde, bajo el ceibo, con ella encima.

Sol entrelazó los dedos.

Uno por uno, despacio, los suyos entre los de él, hasta que las dos manos quedaron cerradas como una sola cosa sobre el musgo. La de Tupac era más grande. Más áspera. Los nudillos le raspaban los suyos, y la palma tenía callos en lugares que Sol no conocía — sitios que se hacían duros de tanto agarrar, de tanto cortar, de tanto vivir. No era una mano suave. No era la mano de nadie que hubiera pasado la vida en una ciudad.

Él no se movió.

Sol sintió el momento exacto en que el cuerpo de Tupac registró lo que estaba pasando. No fue un sobresalto. Fue algo más pequeño y más profundo — una quietud distinta, una manera de quedarse inmóvil que no era la misma que antes. Antes estaba quieto porque estaba esperando. Ahora estaba quieto porque estaba recibiendo. La diferencia era mínima y Sol la notó entera, en la respiración que se le cortó un instante a su lado y después siguió, más despacio, más honda.

No le devolvió el apretón. Todavía no.

Sol cerró los ojos. La oscuridad era la misma con los ojos abiertos o cerrados, pero por dentro era distinta. Por dentro estaba el pulso de él bajo la yema de sus dedos, y el musgo húmedo bajo la muñeca, y el sudor secándosele en la espalda con un frío fino que le subía desde la cintura. Y estaba también, muy cerca, el olor de Tupac — humo, hojas, tierra, el resto de ella misma pegado a su piel —, un olor que ya no le resultaba ajeno y que le apretaba algo en el pecho cada vez que lo respiraba.

—¿Por qué me diste la mano? —dijo Sol. Le salió bajo, casi un susurro, y no supo por qué lo preguntó. No era la pregunta que quería hacer.

—Porque la tenías cerca.

Sol abrió los ojos. Lo miró de reojo. En la oscuridad apenas le veía la mandíbula, la línea del pelo negro cayéndole sobre el hombro, el brillo quieto de los ojos negros que no la miraban a ella sino al claro, a la sombra, al lugar donde estaba el rastro.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

Sol soltó una risa corta por la nariz. Le dolió el labio. Le dio igual.

—Hablas como si cada palabra te costara plata.

—Cuestan —dijo Tupac. Y esta vez sí la miró. Giró apenas la cabeza, lo justo para encontrarla, y Sol sintió el peso de esos ojos como se siente el peso de una mano en la nuca. —Las que digo de más, después hay que sostenerlas. Las que digo de menos, se olvidan. Prefiero las que se olvidan.

—¿Y las que acabas de decir?

—Esas las voy a sostener.

Sol se quedó con eso. Se le quedó en el pecho, caliente, incómodo, y no supo dónde ponerlo. Tenía veintidós años y una costumbre vieja de reírse de las cosas que la tocaban de verdad, de darles la espalda antes de que le dieran tiempo a doler. Pero ahí, sentada en la tierra blanda de un claro que no aparecía en ningún mapa, con la mano de un hombre que había conocido esa misma tarde entrelazada con la suya, no encontró la broma. La buscó. No estaba.

Se le apretó la garganta.

—No sé qué estoy haciendo —dijo, y fue lo más honesto que había dicho en mucho tiempo.

—Yo tampoco.

—Eso no ayuda.

—No —dijo Tupac. Y algo en la voz se le movió, una cosa mínima, casi imperceptible, que Sol solo captó porque estaba tan cerca que le llegaba el aliento. —Pero es verdad.

Sol bajó la mirada a las manos. Las dos, cerradas sobre el musgo, la suya más clara sobre la de él, más oscura, y entre los dedos entrelazados se colaba la tierra, y una hoja pequeña, y una hormiga que subía por el dorso de Tupac y que él no se sacudía. La dejó pasar. Sol la siguió con los ojos hasta que se perdió en la manga de piel de animal que él llevaba colgada del hombro, y después volvió a subir la mirada a la cara de él, y él ya estaba mirándola otra vez, y esta vez ninguno de los dos apartó los ojos.

El aire entre ellos se puso denso.

Sol lo sintió como se siente el cambio de presión antes de una tormenta — una cosa que no tiene forma y que está en todas partes, en la nuca, en las muñecas, en la boca del estómago. La mano de Tupac se movió por fin. No para soltarla. Los dedos de él se cerraron alrededor de los suyos, despacio, con una firmeza que no apretaba y que no dejaba ir, y el pulso que Sol había sentido galopar bajo la piel ahora le latía contra la palma, distinto, más lento, más hondo, como si la mano entera hubiera decidido algo.

—Te vas a quedar quieta —dijo Tupac.

No era una pregunta. Tampoco era una orden. Era algo entre las dos cosas, dicho en el mismo tono con que le había advertido del jaguar en el borde del claro, y a Sol le recorrió la espalda igual que entonces, un escalofrío que le subió por la columna y le erizó los brazos.

—¿Por qué? —dijo. Solo para oírlo hablar otra vez.

—Porque hay algo ahí afuera.

Y en ese momento, lejos, al otro lado de la hondonada, algo rugió.

No fue como Sol había imaginado un rugido de jaguar. No era un sonido de película. Era más bajo, más largo, más antiguo — un sonido que le entró por el pecho antes que por los oídos, que le vibró en las costillas y le subió a la garganta como una mano que aprieta. Duró unos segundos. Después se cortó. Y en el silencio que dejó, la selva entera pareció quedarse con la respiración contenida, los insectos mudos, el viento quieto, como si hasta las hojas estuvieran escuchando.

Sol no se movió.

No se movió porque la mano de Tupac se había cerrado del todo sobre la suya, y porque el cuerpo entero de él se había puesto tenso a su lado, hombro contra hombro, y porque en el momento en que el rugido sonó, él giró la cabeza hacia ella y le clavó los ojos, y esos ojos le dijeron sin una sola palabra que no hiciera ruido, que no respirara fuerte, que no fuera a soltarle la mano.

Ella no la soltó.

Se quedaron así. Los dos. Sentados en la tierra blanda bajo el ceibo, la espalda contra el tronco, las manos entrelazadas entre los cuerpos, los ojos fijos en la oscuridad de donde había venido el sonido. La respiración de Sol le salía corta por la nariz, y le parecía que sonaba demasiado, y trató de hacerla más suave, y no pudo. El corazón le golpeaba en la garganta. Y en la mano de Tupac, debajo de sus dedos, sintió que el pulso de él también se había acelerado otra vez — no como antes, no como bajo el ceibo, sino de otra manera, más alerta, más afilada, el pulso de un hombre que está contando algo.

Pasó un minuto. Dos. El rugido no volvió.

Pero tampoco se fue del todo. Quedó ahí, colgando en el aire negro del claro, entre las raíces, sobre la huella fresca que ninguno de los dos había vuelto a mirar. Sol lo sentía. Lo sentía como se siente una presencia detrás de una puerta — sin verla, sin oírla, sabiendo que está. Y supo también, con esa claridad que a veces llega en los peores momentos, que la tarde había terminado, que el claro ya no era un lugar seguro ni un lugar suyo, y que la mano que apretaba la suya era ahora lo único que la anclaba a algo.

—Tupac —dijo, apenas un soplo.

—Shh.

Le apretó los dedos. Fuerte. Una sola vez. Y Sol entendió el mensaje sin que hiciera falta más: quieta. Callada. Conmigo. Y se quedó así, con la mano de él en la suya, la espalda contra la corteza fría del ceibo, los ojos abiertos en la oscuridad, esperando — sin saber qué, sin saber cuánto — a que la selva volviera a respirar.

No volvió.

O volvió distinto. Los insectos arrancaron otra vez, uno por uno, tímidos al principio, después con más fuerza, hasta que el zumbido de siempre llenó el claro como si nada hubiera pasado. Pero el viento siguió quieto. Y las hojas altas siguieron mudas. Y en algún lugar, más allá de la hondonada, en la parte de la selva donde la luz del día no había llegado nunca, algo grande seguía moviéndose sin hacer ruido, y Sol lo supo porque Tupac no soltó su mano ni un segundo, y porque el pulso de él, debajo de sus dedos, no bajó.

Se quedaron así. Sin hablar. Sin moverse. La noche entera por delante, negra y espesa, y los dos sentados en la tierra con las manos entrelazadas como dos niños perdidos, aunque ninguno de los dos era un niño, aunque los dos sabían perfectamente lo que estaban haciendo y lo que no iban a decirse. La humedad de la selva les subió por la ropa. El frío les llegó a los huesos. Y ninguno de los dos hizo ademán de levantarse, porque levantarse era soltarse, y soltarse, en ese momento, era lo único que Sol no estaba dispuesta a hacer.

Fue Tupac el que se movió primero.

Sol lo sintió antes de verlo — el tirón en la muñeca, firme, sin brusquedad, como quien levanta una rama para pasar por debajo. La puso de pie de un solo movimiento, y a ella se le fue el mundo un segundo, la sangre bajándole de golpe de la cabeza a los pies después de tanto tiempo sentada, y tuvo que agarrarse del antebrazo de él para no caerse.

—No puedo —dijo. Le salió ronco. —Las piernas.

—Ya sé.

Y entonces Tupac se agachó, metió un brazo por debajo de sus rodillas y el otro por la espalda, y la levantó.

Sol soltó un ruido que no era ni palabra ni queja — un golpe de aire que le salió del pecho cuando el suelo desapareció debajo de ella. Se le quedó el estómago atrás, en la tierra blanda del claro, y después se le acomodó todo, el peso de su propio cuerpo repartido entre los brazos de él como si él hubiera hecho eso toda la vida. La cabeza de Sol le quedó contra el hombro. La piel de animal que Tupac llevaba colgada le raspó la mejilla. Olía a humo viejo y a algo más profundo, a tierra mojada, a raíz.

—Puedo caminar —dijo ella, por decir algo.

—Puedes. Pero no vas a.

Y echó a andar.

Sol no supo cuánto tiempo estuvieron moviéndose. La selva de noche era otra selva. Lo que de día tenía nombre y forma — el tronco caído, la loma, el arroyo que había cruzado a la tarde saltando de piedra en piedra — de noche era un tejido negro donde solo existían las cosas a un palmo de la cara. Tupac no necesitaba verlas. Caminaba con la misma seguridad con que había caminado al borde del claro, con las botas encontrando la tierra blanda antes de pisarla, con el cuerpo entero inclinado apenas hacia delante, y Sol, en sus brazos, sentía cada paso como se siente el latido de un animal grande: en las costillas, en la cadera, en el hueco detrás de las rodillas donde el brazo de él la sostenía.

Le pasaban ramas por encima. Él las apartaba con el hombro, sin soltarla, y las ramas volvían a su sitio detrás de ellos con un susurro húmedo. Una vez, algo pequeño cruzó delante de sus pies — Sol lo vio como un borrón, un movimiento, y después nada. No preguntó qué era. No quiso saber.

—¿Falta mucho? —dijo al final, cuando ya no aguantaba el silencio.

—No.

—Eso dijiste la última vez.

—Y no faltaba mucho.

Sol resopló por la nariz contra el hombro de él. Le dolía el labio al hacerlo y le dio igual, otra vez, y se dio cuenta con una punzada rara de que ya se estaba acostumbrando a ese dolor, que ya formaba parte de la noche, como el frío en la espalda y el olor de Tupac pegado a su cara.

El refugio apareció sin aviso.

Fue la oscuridad la que cambió primero — dejó de ser abierta, dejó de tener cielo arriba. Sol levantó la cabeza y vio una techumbre de hojas y troncos gruesos, un techo vivo que se cerraba sobre ellos, y debajo, en penumbra, la silueta de algo construido: cuatro postes, un suelo de cañas partidas, un rincón con ceniza apagada y piedras alrededor. Un toldo de fibras colgaba del lado por donde entraba el viento. Había un cuenco de barro. Había una piel extendida en el suelo, en el rincón más seco.

Un lugar donde alguien dormía. Todas las noches. Solo.

Tupac la bajó con cuidado. Le sostuvo la espalda hasta que los pies de Sol tocaron las cañas, y no la soltó del todo cuando ya estaba de pie — le dejó la mano abierta en la cintura, plana, caliente, como si fuera a decir algo y se lo pensara. Después la retiró.

Sol se quedó quieta en el centro del refugio, sin saber dónde poner las manos.

—Aquí no llega —dijo Tupac.

—¿Qué no llega?

—Lo de afuera.

Se movió por la penumbra con una economía que a Sol le pareció increíble — encendió una brasa en el rincón de las piedras, sopló, y una llama pequeña levantó la cara y les puso sombras largas en las paredes de hojas. Después tomó el cuenco, salió un momento, volvió con agua, y se lo tendió.

Sol bebió. El agua le supo a piedra y a verde. Le bajó por la garganta y le despertó el frío que llevaba dentro, y bebió más, hasta que le dolió el estómago, y le devolvió el cuenco con las dos manos.

—Gracias.

Tupac dejó el cuenco a un lado. La llama le iluminaba la mitad de la cara. La otra mitad se le quedaba en la sombra, y en la sombra estaban los tatuajes, las líneas negras que le subían del cuello al hombro y se perdían debajo de la piel de animal, y las cicatrices finas, y los ojos oscuros que ahora sí la miraban de frente sin ninguna prisa.

Sol sintió que tenía que decir algo. Cualquier cosa. Una broma. La tenía en la boca, la broma, la de siempre, la que sacaba cuando el suelo se le movía debajo — y se le murió ahí, sin salir, porque el suelo ya se le había movido y el refugio no era el claro y no había a dónde mirar que no fuera él.

—¿Por qué me trajiste aquí? —dijo en vez de eso.

—Porque allá afuera hay algo que no te quiere viva.

—Eso no es lo que pregunté.

Tupac no contestó. Se levantó del suelo, se acercó, y Sol no retrocedió. Lo sintió llegar como se siente llegar la marea — sin ruido, sin prisa, y de todas formas sin que hubiera nada que hacer contra eso. Él le tomó la muñeca. Otra vez la muñeca, la misma que había sujetado en el claro, y esta vez el tirón no fue para levantarla. Fue para traerla.

Sol dio un paso. El cuerpo se le fue solo. Y después Tupac le puso la otra mano en la cadera, la giró sobre sus talones — ella sintió el suelo de cañas crujiendo debajo, sintió el aire moverse, sintió el mundo entero girar medio segundo — y la empujó contra el poste del refugio.

La espalda le golpeó la madera. El poste era grueso, rugoso, y le quedó clavado entre los omóplatos. Tupac se le puso encima. No había espacio. El pecho de él contra el de ella, el brazo de él cerrando el paso por un lado, la cadera de él contra la suya, y Sol con la cabeza echada hacia atrás contra el poste, sin aire, sin palabras, con el corazón golpeándole tan fuerte que estaba segura de que él lo sentía a través de la ropa.

Las manos de Tupac le bajaron por los costados. Despacio. Los dedos abiertos, la palma entera, siguiéndole la curva de la cintura hasta la cadera, y ahí se detuvieron, y apretaron. No era un apretón de los que sujetan. Era otro. Era el de alguien que está midiendo algo con las manos y que ya sabe la respuesta.

Sol tenía la boca abierta. Respiraba por ella. No podía respirar de otra forma.

—Tupac —dijo. No era una protesta. No era un permiso. Era su nombre, y nada más, y era todo lo que le cabía en el pecho.

Él le encontró la boca.

El beso le llegó hondo desde el primer segundo. No fue un beso de tanteo — no hubo ese momento en que dos bocas se conocen. Tupac la besó como había caminado por la selva: sin dudar, sin pedir permiso a la oscuridad, con el peso entero de su cuerpo detrás. Le abrió la boca con la suya, le tomó el labio lastimado con cuidado feroz, y Sol sintió el sabor de su propia sangre mezclado con el sabor de él, tierra y humo y algo más caliente, y se le fue el aire por la nariz en un ruido que no reconoció como suyo.

Le agarró la camisa con las dos manos. Se ancló ahí, en la tela áspera, en el hombro duro debajo, porque las piernas le habían vuelto a fallar y esta vez no era por la sangre. La lengua de él le buscó la suya y Sol le respondió, torpe, hambrienta, con la torpeza de alguien que lleva mucho tiempo sin tocar a nadie y con el hambre de alguien que acaba de entender cuánto le faltaba.

La mano de Tupac le subió por la espalda. Le encontró el borde de la camiseta, se metió por debajo, y la palma callosa le cayó en la piel desnuda de la cintura y Sol se arqueó contra el poste como si la hubieran quemado. La mano de él era un mapa: le subió por las vértebras, una por una, y se detuvo donde empezaba el sujetador, y ahí se quedó, esperando, con el pulgar trazando círculos lentos en la piel justo debajo de la tela.

Sol le soltó la camisa. Le buscó la nuca. Le agarró el pelo negro, largo, y tiró, y Tupac gruñó contra su boca — un sonido bajo, animal, que le vibró a Sol en los dientes — y le devolvió el tirón con la cadera, apretándola más contra el poste, y Sol sintió contra el hueso de su cadera la dureza de él a través de la tela, entera, sin disimulo, y se le fue un gemido a la boca de Tupac que él se tragó.

—Espera —dijo Sol. Contra sus labios. —Espera.

Él se detuvo. En seco. La mano quieta en su espalda, la boca a un dedo de la suya, el pecho subiendo y bajando contra el de ella. Le buscó los ojos en la penumbra y la llama le puso un brillo rojo en el fondo de las pupilas.

Sol tenía la cabeza apoyada en el poste. Le temblaban las manos. Le temblaba todo, y no era miedo, o no era solo miedo, era esa cosa que le subía por dentro y le apretaba la garganta y le hacía querer reírse y llorar al mismo tiempo y no hacer ninguna de las dos.

—No me hagas esperar —dijo. —Solo… no me hagas esperar.

Algo cruzó la cara de Tupac. Rápido. Un pliegue entre las cejas, la mandíbula apretándose, como si la frase le hubiera costado más a él que a ella. Después le puso la mano en la cara — la palma entera, la mejilla, los dedos hasta la sien — y le sostuvo la cabeza contra el poste y la besó otra vez, más despacio esta vez, más hondo, hasta que a Sol se le cerraron los ojos y se le olvidó dónde tenía las manos.

Y después ya no hubo más despacio.

Le sacó la camiseta por la cabeza. Sol levantó los brazos y el aire frío del refugio le cayó en la piel y le erizó todo, y antes de que pudiera sentir el frío del todo, la boca de Tupac ya estaba en su cuello, bajando, abierta, caliente, y la mano de él le desabrochó el sujetador de un tirón y se lo llevó por los brazos y lo tiró a las cañas. Sol se quedó con el pecho desnudo contra la llama y la sombra, y Tupac se apartó un paso solo para mirarla.

La miró como se mira el agua después de un día entero de sed. Sin decir nada. Los ojos negros bajándole por el cuerpo, deteniéndose, volviendo a subir, y Sol sintió el peso de esa mirada en la piel como si la estuviera tocando con las manos. Se le puso la carne de gallina en los brazos. No se tapó.

—Ven —dijo ella.

Él vino.

La levantó del suelo otra vez, sin esfuerzo, las manos de él en la parte de atrás de sus muslos, y Sol le rodeó la cintura con las piernas por puro instinto y se le quedó colgada del cuello, y Tupac la llevó así, dos pasos, tres, hasta la piel extendida en el rincón más seco, y la bajó encima. Sol sintió la piel fría y áspera debajo de la espalda. Después el peso de él encima, tapándole el frío, tapándole todo.

Le desabrochó el pantalón. Se lo bajó por las caderas, por los muslos, tirando, y Sol levantó la cadera para ayudarlo y el pantalón se fue por sus piernas y desapareció en la penumbra. Quedó en bragas. Tupac se detuvo ahí, con los dedos en el elástico, y la miró a los ojos, y Sol entendió la pregunta sin que él la hiciera.

—Sí —dijo. —Todo.

El elástico cedió. La tela se fue. Y Sol se quedó desnuda debajo de él, en la penumbra de un refugio que no aparecía en ningún mapa, con la brasa poniéndole sombras en la piel y los ojos de Tupac recorriéndola entera como si fuera la primera cosa que veía en mucho tiempo.

Él se desató la piel de animal que llevaba al hombro y la dejó caer a un lado. Después la túnica. Después el resto, sin prisa, con los ojos fijos en ella todo el tiempo, y Sol lo vio desnudarse y le subió el calor a la cara y no apartó la mirada. El cuerpo de Tupac era lo que ella había adivinado debajo de la ropa y más: ancho de hombros, la piel cobriza tirante sobre el músculo, los tatuajes bajándole por el pecho y el brazo, las cicatrices finas cruzándole las costillas como escritura. Y abajo, contra el muslo, la dureza de él entera, sin nada que la tapara, y Sol tragó saliva y se le cerró la garganta.

Se le echó encima.

El primer contacto de su piel contra la de ella le arrancó a Sol un sonido que no pudo controlar — el calor de él, el peso, la aspereza del vello del pecho contra sus pezones, todo a la vez, y las manos de Tupac bajándole por los costados hasta las caderas, agarrándola, abriéndola. Le puso la rodilla entre los muslos y Sol sintió la presión antes de sentirlo a él, la presión en el centro de todo, y arqueó la espalda y le clavó los dedos en los omóplatos.

—Mírame —dijo Tupac.

Sol abrió los ojos. No se había dado cuenta de que los había cerrado. Él estaba encima, sostenido en un brazo, la otra mano entre los dos, guiándose, y la miró a los ojos cuando entró.

Entró despacio. Hasta el fondo. Sol sintió cada centímetro — el estirón, la plenitud, el cuerpo de él abriéndose paso en el suyo, y se le cortó la respiración en la garganta y le salió después en un jadeo largo que le levantó el pecho contra el de Tupac. Le clavó las uñas en la espalda. Él no se movió. Se quedó ahí, dentro, quieto, con los ojos negros fijos en los de ella y la mandíbula apretada, dejándola acostumbrarse, y Sol sintió el pulso de él dentro de ella, latiendo, y el suyo respondiéndole, y por un segundo los dos fueron la misma cosa.

—Muévete —dijo Sol.

Y Tupac se movió.

Fuerte. Desde el principio. Sin el tanteo de las primeras veces, sin esa cortesía de los cuerpos que se están conociendo. La embistió hasta el fondo y Sol gritó — un grito corto que se le quedó en la garganta porque él le tapó la boca con la mano, la palma entera, y le clavó los ojos con una orden que no hacía falta decir: silencio. Afuera está lo que está. Sol asintió contra su mano y él la soltó, y ella se mordió el labio lastimado para no volver a gritar, y le supo a sangre, y le dio igual.

Las embestidas le sacudían el cuerpo entero. Le subían por la espalda y le bajaban por los muslos y le hacían cerrar las piernas alrededor de la cintura de él para aguantar el ritmo. Las cañas crujían debajo de la piel. La brasa les temblaba en las paredes de hojas. Tupac le tenía una mano clavada en la cadera, sujetándola contra el suelo, y la otra le subió al pecho y le agarró un pezón entre los dedos, apretando, y Sol se arqueó y le buscó la boca y lo besó para no gritar, y él la besó de vuelta, y así, con la boca de él en la suya, fue como Sol empezó a subir.

Le subió desde abajo. Desde donde él la estaba golpeando, desde el centro, y le subió por el vientre y por el pecho y le apretó la garganta, y Sol sintió que se le cerraban los ojos y que se le iba el aire y que el cuerpo entero se le tensaba alrededor de él como un puño.

—Tupac —dijo. Contra su boca. —Tupac, Tupac—

No terminó el nombre. Se le rompió en la garganta y le salió en un gemido largo que le vibró en todo el cuerpo, y se le cerró todo alrededor de él, y Tupac gruñó contra su cuello y embistió más fuerte, dos veces, tres, y después se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, temblando, con la cara enterrada en el pelo de Sol, y Sol lo sintió terminar dentro de ella con un espasmo que le sacudió el pecho contra el suyo, y le agarró la nuca con las dos manos y lo sostuvo ahí, encima, dentro, mientras los dos se quedaban sin aire.

El silencio que vino después era distinto a todos los silencios de la noche. No era el silencio de la espera ni el del miedo. Era un silencio lleno, pesado, con los dos respirando encima de la piel y la brasa bajando y el crujido de las cañas acomodándose debajo de ellos. Sol tenía los ojos abiertos en la penumbra y la techumbre de hojas arriba y el peso de Tupac encima, y en el pecho, en algún lugar debajo del esternón, le latía algo que no tenía nombre y que no quiso nombrar.

Él se movió al final. Se salió despacio, con cuidado, y se dejó caer al lado de ella en la piel, y los dos se quedaron boca arriba, hombro contra hombro, mirando el techo de hojas. La respiración de Tupac se fue calmando. La de Sol no.

—No te vas a ir —dijo él.

No era una pregunta. Sol giró la cabeza y lo miró de perfil, la mandíbula, el pelo negro pegado a la frente por el sudor, los ojos oscuros fijos en las hojas.

—No —dijo ella.

Y afuera, más allá del refugio, más allá del claro, en la parte de la selva donde la noche era más negra, algo volvió a moverse sin hacer ruido, y esta vez Sol no lo oyó, pero lo sintió — en la nuca, en las muñecas, en el mismo lugar del pecho donde le latía lo que no quería nombrar. Se acercó a Tupac. Él le pasó el brazo por debajo de la cabeza y la atrajo contra su costado, y Sol se quedó ahí, con la mejilla en su pecho, escuchando el corazón de él latir debajo, y el suyo acomodándose poco a poco al ritmo del de él, y ninguno de los dos dijo nada más.

La brasa se apagó sola en el rincón.

Sol se despertó con el frío.

No con un ruido, no con un sobresalto — con el frío, que le subía por el costado desnudo donde el cuerpo de Tupac ya no estaba. La piel de animal que los había cubierto se le había corrido a los pies. La brasa del rincón era un montón de ceniza gris con un ojo naranja adentro, apenas. Y arriba, entre las hojas del techo, la luz había cambiado: ya no era la negrura cerrada de la noche, era un gris verdoso, húmedo, que se filtraba por las rendijas y le decía que había amanecido sin que ella lo notara.

Se incorporó sobre un codo. Le dolía todo. Le dolía de una manera que no conocía — los muslos, la cintura, un tirón abajo, adentro, en un lugar que ni sabía que podía doler. Se miró las manos. Tenía tierra bajo las uñas y una mancha de sangre seca en la palma que no era suya.

Y él no estaba.

El hueco a su lado todavía guardaba el calor. Sol puso la palma ahí, sobre la piel extendida, y sintió el calor subiéndole por la muñeca, y algo en el pecho se le apretó — no miedo, todavía no, algo más pequeño y más hondo, como cuando alguien te quita un objeto de la mano y no te das cuenta hasta que la mano queda abierta en el aire.

Se vistió rápido. La camiseta, el sujetador que encontró hecho un nudo entre las cañas, el pantalón que estaba a un metro de donde creía. Se le pegaba la tela a la piel. Afuera se oía agua — no la lluvia de la noche, otra cosa, un chorro constante, cercano. Y debajo del agua, más lejos, el zumbido de la selva despierta: insectos, pájaros, algo que gritaba y algo que le respondía.

Se asomó a la boca del refugio.

La luz la golpeó entera. Un claro pequeño, empapado, brillante. Cada hoja tenía una gota en la punta y cada gota tenía un sol adentro. Y en medio del claro, de espaldas a ella, Tupac estaba de pie junto a una piedra plana, con el torso desnudo, el pelo negro suelto cayéndole por la espalda, y estaba afilando el machete.

El sonido llegó después de que ella lo vio: el ras ras ras de la piedra contra el metal, lento, parejo, como una respiración.

Sol se quedó quieta en la boca del refugio. No dijo nada. Lo miró trabajar — la espalda ancha, los tatuajes bajándole por el brazo, la manera en que el músculo se le movía bajo la piel cobriza con cada pasada de la piedra. Y pensó, con una claridad incómoda, que esa era la primera vez que lo veía de verdad a la luz del día. La noche había sido tacto y sombra y calor. Esto era otra cosa. Esto era un hombre que ella no conocía, con un cuchillo largo, en una selva que tampoco conocía, a quién sabe cuántas horas del mundo.

—Estás despierta —dijo él, sin voltear.

Sol se sobresaltó. No lo había visto oírla.

—¿Cómo sabes que estoy aquí?

—Te oí respirar distinto.

Siguió con la piedra. Ras. Ras. Ras.

Sol salió al claro. El suelo le chupó los pies, blando de agua. Se acercó hasta la piedra y se quedó a un paso de él, mirando el machete, que ya tenía el filo blanco de tan afilado. La hoja era larga, más larga que su antebrazo, y estaba limpia, y Sol se preguntó de pronto cuántas cosas habría cortado esa hoja y decidió no preguntarlo.

—No te fuiste —dijo ella.

—No.

—Pensé que… —Se calló. No sabía qué había pensado.

Tupac dejó la piedra. Pasó el pulgar por el filo, despacio, probándolo, y después volteó el machete y lo metió en la funda de cuero que colgaba de la piedra. Cuando por fin la miró, tenía el sol de frente y los ojos negros se le veían más claros, con un brillo marrón en el borde.

—Vamos —dijo. —El río está crecido. Hay que cruzar antes de que suba más.

Sol abrió la boca para preguntar a dónde, y se la cerró. A dónde no importaba, entendió. Importaba que él estaba ahí, que había esperado a que ella despertara, que el machete estaba afilado y el río esperaba. Se le subió algo a la garganta — gratitud, o algo parecido, o algo peor — y lo tragó antes de que le llegara a la cara.

—¿Y mi mochila? —dijo, en cambio.

—Adentro. La revisé. —Tupac ya caminaba hacia el refugio. —Traes cosas que no sirven aquí. Pero traes agua. Eso sirve.

Sol lo siguió. Adentro, en la penumbra, vio su mochila abierta sobre la piel extendida, y al lado, ordenadas en el suelo, sus cosas: la botella, la linterna, la bolsita de plástico con los restos de comida, el mapa que ya no le servía de nada. Tupac había separado lo útil de lo inútil con una precisión que la humilló un poco. Como si hubiera estado ahí, con sus manos, revisando lo que era de ella.

—Ese mapa —dijo él, desde la entrada, siguiéndole la mirada—. ¿Dónde lo conseguiste?

—En el pueblo. Antes de subir.

—El pueblo está a ocho horas de aquí. Caminando. —Una pausa. —Y el mapa está mal.

Sol lo miró. —¿Cómo sabes que está mal?

—Porque el río que trae dibujado no existe. Y el que existe no lo trae.

Se acercó, se agachó junto a ella, y le dio vuelta al mapa con dos dedos. Sol vio dónde señalaba: una línea azul delgada que cruzaba el papel por la mitad, y al lado, en el suelo, la realidad de un río que no estaba. Se le heló algo por dentro. Todo este tiempo había caminado con un mapa que mentía.

—Entonces… —dijo, y no terminó.

—Entonces llevas perdida más tiempo del que crees.

Se levantó. Le tendió la mano. Sol la miró un segundo — la palma abierta, las cicatrices, la tierra metida en los surcos — y después se la tomó, y él tiró de ella hacia arriba, y por un instante, cuando ya estaba de pie, no le soltó la mano. Se la apretó. Un apretón breve, seco, casi una advertencia.

—No te sueltes de mí hoy —dijo. —El río no perdona.

Y le soltó la mano, y salió, y Sol se quedó un segundo con la palma abierta en el aire, sintiendo el calor que quedaba ahí, antes de agarrar la mochila y seguirlo.

El río estaba a veinte minutos, cuesta abajo, por un sendero que solo Tupac veía. Sol no veía sendero. Veía raíces, lianas, hojas del tamaño de su torso, y sin embargo él caminaba sin dudar, apartando una rama aquí, pisando una piedra allá, y Sol iba detrás, pisando donde él pisaba, y cada tanto él volteaba la cabeza para comprobar que seguía ahí, y cada vez que lo hacía Sol sentía el mismo tirón pequeño en el pecho.

El sonido del agua creció. Y después lo vio.

El río era ancho — más de lo que Sol había imaginado — y marrón, y rápido, y llevaba troncos. Pasaban enteros, girando, y se hundían y volvían a salir más abajo. En la orilla, donde el agua lamía la tierra, había un tronco grueso caído, y sobre el tronco, una tabla. Una sola tabla, delgada, mojada, que cruzaba el río entero de una orilla a la otra como un puente que alguien había puesto y el río no se había llevado todavía.

Sol se detuvo.

—No —dijo.

Tupac ya estaba en la orilla, agachado, revisando el tronco con la mano. —Sí.

—Eso no aguanta.

—Aguanta. —Se incorporó. —Yo paso primero. Tú detrás. Mirando mi espalda. No mires el agua.

—Tupac—

—No mires el agua, Sol.

Y la dijo así, con el nombre, y Sol se calló, porque era la primera vez que lo decía en voz alta y le sonó distinto en la boca de él — más corto, más filoso, como si el nombre también fuera una herramienta que él sabía usar.

Él subió a la tabla. No titubeó. Puso un pie, después el otro, y caminó por esa tabla mojada como si fuera tierra firme, los brazos abiertos apenas, el cuerpo entero quieto, y Sol lo vio llegar a la otra orilla y saltar a tierra y voltearse a mirarla, y la distancia entre ellos era un río marrón lleno de troncos.

—Tu turno —dijo él, al otro lado.

Sol miró el agua. Un tronco pasó, largo, negro, girando, y se hundió justo debajo de la tabla y volvió a salir más allá, y el río ni se inmutó.

No mires el agua.

Puso un pie en la tabla. La madera se hundió un dedo bajo su peso y Sol sintió el río entero empujando desde abajo, vivo, con ganas. Cerró los ojos un segundo. Los abrió. Fijó la vista en el pecho de Tupac, en los tatuajes, en el punto exacto entre los dos, y caminó.

La tabla crujía. El agua rugía debajo. A mitad del río, un tronco golpeó la tabla por abajo y Sol sintió el golpe en los dientes, y las piernas le flaquearon, y por un segundo — un segundo entero — creyó que se caía. Y entonces la mano de Tupac le agarró la muñeca.

La agarró firme. La sujetó. Y tiró de ella.

Sol saltó los últimos pasos, medio cayendo, y aterrizó contra su pecho y él la sostuvo ahí, con las dos manos en sus brazos, mientras la tabla quedaba atrás meciéndose sola sobre el agua. Sol tenía la cara contra su hombro y el corazón golpeándole la garganta y las manos de él apretándole los brazos, y el río seguía pasando, ajeno, llevándose troncos hacia donde fuera.

—Te dije que no miraras el agua —dijo Tupac, arriba de su cabeza.

—No miré —dijo Sol, contra su pecho. —Casi me caigo igual.

Él no dijo nada. Pero no la soltó. Le subió una mano del brazo a la nuca, y se la puso ahí, en la nuca, la palma entera, y le sostuvo la cabeza contra el hombro un momento más de lo que hacía falta. Sol cerró los ojos. Sintió el olor de él — humo, tierra, el sudor del día — y debajo, más abajo, el latido, parejo, lento, como si nada de esto lo alterara.

Después la soltó. Un paso atrás. Y ya estaba otra vez el hombre de la piedra y el machete, la cara cerrada, los ojos revisando el sendero que seguía.

—Falta poco —dijo. —El refugio de arriba tiene techo de verdad.

Sol se pasó la mano por la cara. Tenía las manos temblando otra vez y le dio igual. —¿Hay otro refugio?

—Hay muchos. —Tupac ya caminaba. —La selva está llena de casas que la gente dejó.

Sol lo siguió. Y mientras subían, por un sendero que ella no veía pero él sí, pensó en la frase y no le gustó cómo le sonó: casas que la gente dejó. Se preguntó cuántas. Se preguntó por qué. Y se preguntó, con un frío que no tenía nada que ver con el agua, si él vivía en una de esas casas, y desde cuándo, y por qué.

No preguntó nada. Subieron en silencio, uno detrás del otro, y a Sol le quedó la muñeca caliente donde él la había agarrado, y no se la frotó, y no supo por qué no se la frotaba.

El segundo refugio era mejor. Cuatro paredes de troncos, un techo de hojas tejidas que no goteaba, y una ventana sin puerta por donde entraba la luz. Adentro olía a seco, a ceniza vieja, a algo que había vivido ahí antes. En el rincón, contra la pared, había una cama de varas atada con lianas, y sobre la cama, doblada, una manta de lana gruesa, raída, con franjas rojas y azules que ya no tenían color.

Sol se quedó mirando la manta.

—¿De quién es esto? —preguntó.

Tupac estaba sacando cosas de un arcón de madera contra la otra pared. No volteó. —De nadie. De la casa.

—Alguien la dejó doblada.

—Sí.

—¿Quién?

Ahí sí volteó. La miró un momento, quieto, con la cara que no decía nada, y Sol sintió que había pisado un lugar donde no debía pisar. Pero no bajó los ojos. Sostuvo la mirada, y él la sostuvo, y por un segundo los dos fueron dos personas en una casa ajena mirándose por encima de una manta que no era de ninguno.

—Come —dijo Tupac al final, y le puso delante una totuma con algo oscuro adentro. —Después dormimos. Mañana caminamos temprano.

Sol tomó la totuma. Era una sopa espesa, de yuca y algo más, y estaba caliente, y al primer sorbo se le llenó la boca de un sabor que no sabía nombrar — simple, hondo, como si la comida hubiera salido de la tierra esa misma mañana. Comió sin hablar. Él comió enfrente, sentado contra la pared, con el machete al lado, y los dos comieron mirando la ventana, donde la selva se iba poniendo azul con la tarde.

Cuando terminó, Sol dejó la totuma en el suelo. Le pesaban los brazos. Le pesaba todo. Se recostó en la cama de varas, que crujió, y la manta le quedó al lado, doblada, y no la tocó.

—Tupac —dijo.

—Qué.

—¿Por qué me trajiste aquí?

El silencio duró. Afuera, un insecto empezó a cantar, y otro le respondió, y en algún lugar lejano algo grande se movió entre las hojas y se detuvo.

—Porque estabas perdida —dijo él.

—Eso no es una respuesta.

Tupac se levantó. Cruzó la pieza y se paró en la ventana, de espaldas a ella, mirando la selva que se oscurecía. La luz azul le caía de perfil y le marcaba la mandíbula.

—Es la única que tengo —dijo.

Sol se quedó mirándole la espalda. Y en el pecho, en el lugar donde le latía lo que no quería nombrar, sintió que algo se cerraba — no una puerta, todavía no, algo más pequeño, una fisura que se sellaba sola, y detrás de la fisura, oscuro, un cuarto entero que él no le iba a abrir esa noche.

Se estiró y agarró la manta. La desdobló. Y en vez de taparse con ella, se levantó, cruzó la pieza descalza, y se paró detrás de él, en la ventana, mirando lo mismo que él miraba.

—Entonces no te pregunto más —dijo.

Él no volteó. Pero le agarró la muñeca — otra vez la muñeca, la misma, como si hubiera decidido que esa era la parte de ella que le pertenecía — y se la apretó, breve, seco, sin mirarla, y los dos se quedaron ahí, en la ventana, viendo cómo la selva se tragaba la última luz, y la manta de nadie doblada otra vez en la cama a sus espaldas.

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