El Guardián de la Selva
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El Guardián de la Selva

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El primer grito
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Chapter 4 of 5

El primer grito

Sol está acostada en la tarima, con las piernas abiertas y las rodillas dobladas, y un dolor nuevo, distinto a los de los días anteriores, le parte la espalda y le aprieta el vientre entero. Tupac está a sus pies, con las manos abiertas sobre sus muslos, y le dice que respire, que ya viene, que él está ahí. Sol grita, un sonido que no reconoce, y Tupac le sostiene las rodillas y le mira entre las piernas, y cuando el siguiente dolor llega, ella siente la cabeza del niño empujando, abriéndole el cuerpo, y Tupac le dice que empuje, que ya casi, que lo tiene. Sol empuja con todo lo que le queda, con las uñas clavadas en la madera, y siente el calor del niño saliendo, y Tupac lo recibe con las manos, y el primer llanto llena la choza. The act this chapter delivers: Tupac asiste el parto de Sol en la tarima, con las manos guiando al niño mientras ella empuja, y cuando el bebé sale, Tupac lo pone sobre el pecho de Sol, y ella lo sostiene contra su piel, temblando, con el cuerpo abierto y el aliento roto.

El dolor llegó antes que el grito. Le subió por la espalda como una mano que le agarrara los riñones desde dentro y tirara hacia abajo, y Sol abrió la boca sin saber todavía que la iba a abrir, y el sonido que le salió no era suyo. No era el quejido que había aprendido a morder en cuatro meses de noches. Era otra cosa. Un animal que llevaba todo ese tiempo esperando en algún sitio de su pecho y que por fin encontraba la puerta.

—Respira —dijo Tupac.

Estaba a sus pies. Sol lo supo por la voz, que le llegaba desde abajo, desde donde terminaba la tarima y empezaba el suelo de tierra. No lo miró. Tenía los ojos cerrados y las dos manos abiertas sobre el colchón delgado, y debajo de las palmas notaba cada tabla de la estructura ceder un milímetro, crujir, aguantar. La madera vieja trabajaba bajo su peso como si también a ella le doliera algo.

—Ya viene —dijo él—. Estoy aquí.

Las manos de Tupac se abrieron sobre sus rodillas. Pesadas. Firmes. Una a cada lado, con los pulgares en la cara interna del muslo, y Sol sintió el calor de esas palmas subirle por la pierna como si le echaran agua tibia en la piel. Él empujó. Suave. Hacia fuera. Las rodillas de Sol cedieron, se abrieron un poco más, y el aire de la madrugada le llegó entero al centro del cuerpo, frío y húmedo, olor a tierra y a hierba mojada colándose por las rendijas de la choza.

El dolor volvió. Este sí era nuevo. Los otros, los de los días anteriores, le apretaban la espalda y se iban. Este le agarraba el vientre entero con las dos manos y lo retorcía, y no se iba, y cuando por fin aflojaba, dejaba detrás una cosa peor: la certeza de que iba a volver.

—Otra vez —dijo Sol cuando pudo hablar—. Ya viene otra vez.

—Lo sé. La vi en tu cara antes que tú.

Sol abrió los ojos. El techo de hojas estaba negro. En algún sitio, fuera, la noche seguía entera, sin una sola grieta de luz. Había perdido la cuenta de las horas. Había perdido la cuenta de los dolores. En algún momento, entre uno y otro, Tupac le había puesto debajo de las caderas un cuero doblado, y ella no recordaba cuándo, ni se lo había preguntado, y ahora notaba el borde áspero clavándosele en la rabadilla con cada empujón del cuerpo.

—No puedo —dijo—. Tupac. No puedo.

—Sí puedes.

—No sabes lo que—

—Sí sé.

Lo dijo sin levantar la voz. Sin prisa. Como decía todo, como si las palabras ya estuvieran puestas en el mundo antes de que él las dijera y a él solo le tocara recogerlas del suelo. Sol clavó las uñas en la madera. Encontró una junta entre dos tablas, un hueco de un dedo, y metió allí las cuatro uñas de la mano derecha y apretó hasta que le dolieron los tendones de la muñeca. Mejor eso. Mejor el dolor de las uñas, que era suyo, que era pequeño, que ella lo controlaba.

El sudor le pegaba el pelo a la cara. Un mechón largo, castaño claro, se le había metido en la boca, y lo escupió, y volvió, y lo dejó estar. Le picaba la piel del vientre, tensa como un tambor, y por debajo de la piel algo se movía distinto. No era la patada de las últimas semanas. No era el revoloteo pequeño que ella se guardaba para sí, el que no le había contado a nadie. Esto era el niño bajando. Buscando la salida. Abriéndose camino con la cabeza.

—Ahora —dijo Tupac—. Viene ahora. Empuja.

—Todavía no—

—Ahora, Sol.

Y ella empujó.

No supo cómo. No fue una decisión. Fue como si el cuerpo entero se le vaciara hacia abajo, como si toda la fuerza que tenía repartida por los brazos y las piernas y la espalda se juntara de golpe en un solo sitio y saliera por ahí, y Sol apretó los dientes y las uñas en la madera y empujó con la barbilla pegada al pecho y los ojos cerrados y un sonido saliéndole de la garganta que ya no reconocía como suyo, largo, roto, animal.

Tupac no le soltó las rodillas. Le sostuvo las piernas abiertas con las dos manos y no la dejó cerrarlas, y le hablaba por debajo del grito, con la voz ronca y baja, y Sol oía las palabras sin entenderlas todas.

—Ahí. Así. No pares.

El dolor cambió. Ya no era el vientre. Era abajo, entre las piernas, un ardor que se abría, que la partía despacio, como si algo le estuviera empujando la carne desde dentro y la carne tuviera que ceder o romperse. Sol sintió la cabeza. La sintió redonda y dura y caliente, apretándole el hueso, buscando el hueco, y por un segundo tuvo la certeza absurda y clarísima de que su cuerpo no iba a poder, de que se iba a romper, de que nadie podía abrirse así y seguir viva.

—Para —jadeó—. Para, para, para—

—No pares. Ya está. Ya casi. Lo tengo.

—No puedo, no puedo, no—

—Sol.

La voz le llegó distinta. Sol abrió los ojos. Miró hacia abajo, por encima del montículo de su propio vientre, y vio la cabeza de Tupac entre sus rodillas, inclinada, con el pelo negro cayéndole sobre la frente y los brazos tensos, y le vio las manos. Las dos manos abiertas, morenas, con las cicatrices finas cruzadas en los nudillos, sosteniéndole la carne abierta con una delicadeza que no le había visto nunca. Como si sostuviera agua. Como si tuviera miedo de romper algo.

—Empuja otra vez —dijo él—. Conmigo. Ahora.

Sol empujó.

Y esta vez la cabeza pasó. Sintió el momento exacto en que el cuerpo cedía del todo, el desgarro caliente, y luego el resbalón, el niño saliendo de golpe entre sus manos, y el alivio fue tan grande y tan de golpe que Sol se quedó sin aire, con la boca abierta y los pulmones vacíos, y por un instante no hubo dolor, no hubo nada, solo el hueco enorme y tibio que quedaba dentro de ella y el peso de la noche encima.

Después vino el llanto.

No era un llanto de persona. Era un sonido agudo y húmedo, un chillido que le rasgó el aire de la choza y rebotó en las paredes de madera, y Sol lo oyó y no lo entendió, porque su cuerpo entero estaba todavía ocupado con lo suyo, con el temblor, con el vacío, con el calor que le corría entre las piernas y empapaba el cuero debajo de ella.

—Es niño —dijo Tupac.

Sol giró la cabeza. Lo vio de perfil, inclinado sobre el bulto que le llenaba las manos, y vio el bulto moverse, patalear, brillar húmedo a la luz del fogón que en algún momento se había reavivado sin que ella se diera cuenta. Tupac tenía las manos ocupadas y la cara muy quieta, y en la cara, en la línea de la boca, había algo que Sol no le había visto nunca. No era alegría. Era más raro que eso. Era como si estuviera mirando algo que llevaba mucho tiempo esperando y que a la vez le doliera.

—¿Está bien? —preguntó Sol. La voz le salió ronca, rota por el grito—. ¿Está bien? Dime si está bien.

—Está bien.

—¿Respira? ¿Por qué llora así? ¿Es normal que llore así?

—Llora porque está vivo —dijo Tupac—. Es lo que hacen.

Sol soltó la madera. Las uñas le dolían. Se miró la mano derecha, y tenía las cuatro uñas manchadas de una astilla fina y de sangre, y no supo de quién era la sangre. Se limpió la palma en el muslo, sin mirar, y volvió a mirar a Tupac, y Tupac se estaba incorporando despacio, con el niño envuelto en un trapo que había sacado de algún sitio, y el trapo estaba limpio, y Sol pensó, sin querer, que él lo había preparado. Que lo tenía preparado desde hacía días. Que sabía que iba a hacer falta.

—Ven —dijo Tupac.

Se acercó por el lado de la tarima. Se arrodilló junto a ella con el bulto en los brazos, y Sol se incorporó a medias, apoyándose en los codos, y el movimiento le arrancó un quejido porque todo dentro de ella se movía todavía, suelto, blando, como si le hubieran vaciado el centro del cuerpo y le hubieran dejado las paredes temblando.

Tupac le puso al niño sobre el pecho.

Pesaba. Eso fue lo primero que Sol notó. Pesaba más de lo que esperaba, un peso caliente y blando que se le hundió en la piel y le encontró el hueco entre las clavículas, y el niño siguió llorando contra ella, con la boca abierta pegada a su pecho desnudo, buscando. Sol levantó las manos y lo sostuvo. No supo cómo. Le salió de las manos solas, de las palmas, que se le cerraron alrededor del trapo y del cuerpo pequeño por debajo, y la cabeza le quedó en la palma derecha, tibia, mojada, con el pelo negro pegado al cráneo.

—Está frío —dijo Sol.

—Está caliente. El frío eres tú.

Tenía razón. Sol estaba temblando. Todo el cuerpo le temblaba, las piernas, los brazos, la mandíbula, un temblor largo y fino que no paraba y que no venía del frío. Se apretó al niño contra el pecho, con las dos manos, y el llanto empezó a bajar, a enronquecerse, a convertirse en un sollozo húmedo contra su piel, y luego en nada, en una respiración pequeña y rápida que le subía y le bajaba contra el esternón.

—Se ha callado —susurró Sol.

—Te ha oído.

Sol miró a Tupac. Estaba muy cerca. Sentado en el borde de la tarima, con las rodillas dobladas y los brazos todavía abiertos, como si no supiera qué hacer con las manos ahora que estaban vacías. Tenía la camisa manchada. Tenía las manos manchadas, hasta las muñecas, y las cicatrices de los nudillos brillaban húmedas. Y le miraba a ella, a los dos, con esa cara quieta que no decía nada y que decía todo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Sol—. ¿Cómo sabes siempre lo que va a pasar?

Tupac no contestó enseguida. Se miró las manos. Las abrió y las cerró, dos veces, como si comprobara que seguían ahí, y cuando volvió a levantar la cabeza, Sol vio que le temblaban. Los dedos. Un temblor pequeño, casi invisible, que no tenía nada que ver con el cansancio.

—Porque ya lo vi una vez —dijo—. Y no pude hacer nada.

Sol no preguntó más. Se quedó con el niño contra el pecho y la espalda apoyada en la madera, y por un rato lo único que se oyó en la choza fue la respiración del pequeño, rápida y húmeda, y el crujido de la estructura, que seguía trabajando bajo los cuerpos, y el golpeteo lejano del río bajando entre las piedras, más flojo cada noche, más cerca del día en que tendrían que irse.

El olor a tierra húmeda entraba por las rendijas y se mezclaba con el sudor y con otra cosa, más densa, más caliente, que Sol no quiso nombrar. Sangre. La suya. Empapaba el cuero debajo de sus caderas y subía por el aire de la choza, y era un olor antiguo y animal que ella no había conocido nunca y que reconocía de todas formas, en algún sitio por debajo del pensamiento, como se reconocen las cosas que el cuerpo sabe sin que nadie se las enseñe.

—Hay que cortar el cordón —dijo Tupac.

—¿Con qué?

Él ya estaba buscando. Se levantó, fue hasta el fogón, y volvió con el machete, y Sol lo miró acercarse con el machete en la mano y no sintió miedo. Eso también era nuevo. Cuatro meses atrás, la primera noche, el machete la había helado. Ahora lo veía brillar a la luz del fuego y solo pensaba en que el filo tenía que estar limpio, en que no fuera a hacerle daño al niño.

—Pásalo por el fuego —dijo Sol.

Tupac se detuvo. La miró.

—¿Qué?

—El filo. Pásalo por el fuego antes. Para que no se infecte.

Y Tupac hizo algo que Sol no le había visto hacer nunca, ni en la primera noche ni en ninguno de los cuatro meses. Sonrió. Una sonrisa corta, torcida, que le movió apenas una comisura de la boca y le encendió un segundo los ojos oscuros, y luego se fue, y volvió con el machete pasado por la llama, y se arrodilló otra vez a su lado.

—Tú también vas aprendiendo —dijo.

—Alguien me lo tenía que enseñar.

Tupac le levantó el trapo con dos dedos y le buscó el cordón, y Sol sintió el tirón, dos veces, y luego el nudo, y el niño ya no estaba unido a ella por dentro, y eso, más que el parto, más que el dolor, más que el grito, fue lo que le dio de golpe la sensación de que algo había terminado para siempre. Lo sintió como un vacío, como un hilo que se corta y deja las dos puntas sueltas, y le subió a los ojos una cosa caliente que no era llanto, todavía no, pero que estaba a punto.

Tupac le puso una mano en la mejilla. La tenía áspera. Le pasó el pulgar por debajo del ojo, despacio, y no dijo nada, y Sol cerró los ojos y se dejó hacer, con el niño respirándole contra el pecho y la mano de Tupac en la cara y el temblor todavía en las piernas.

Cuando volvió a abrirlos, Tupac estaba inclinado hacia ella, muy cerca, con el niño entre los dos, y Sol le sintió el aliento en la cara, tibio, con olor a humo y a monte, y abrió la boca para decir algo —no sabía qué, algo que todavía no tenía nombre, algo que llevaba cuatro meses buscando y que en ese momento, con el peso del hijo en el pecho, por fin le pareció que iba a encontrar—.

Y entonces sonó el ruido.

Fuera. Cerca. Un crujido de ramas, pesado, de algo grande moviéndose entre la maleza, a pocos metros de la pared de la choza, y las ramas volvieron a quebrarse, más cerca, y luego hubo un silencio espeso, atento, como si lo que fuera que andaba ahí afuera se hubiera detenido a escuchar.

El silencio de fuera se estiró. Sol no respiró. Tenía al niño contra el pecho y la mano de Tupac todavía en la mejilla, y ninguno de los dos se movió, como si el más mínimo crujido de la tarima pudiera llamar a lo que andaba entre la maleza. Las ramas no volvieron a quebrarse. Pero se alejaron. Había algo ahí, quieto, escuchando, y Sol sintió el peso de esa atención en la nucatampoco, en la espalda, en la piel de los brazos que se le erizó entera.

Tupac retiró la mano despacio. Le hizo una seña con los dedos —quieta— y se levantó sin que la madera sonara, y Sol lo siguió con los ojos mientras cruzaba la choza hasta la pared del fondo, donde estaba el machete apoyado, y lo tomó con la mano derecha y se quedó de pie junto a la puerta de varas, de perfil, con la cabeza ladeada hacia la rendija.

El niño respiró contra el pecho de Sol. Un soplo húmedo, pequeño, regular.

Pasaron los segundos. Sol los contó en el latido, que le golpeaba fuerte en la garganta, y cada vez que llegaba a diez empezaba otra vez desde uno. Fuera, la noche seguía igual de negra. Después, muy despacio, algo grande se movió entre la hierba —no un crujido, no una rama rota, sino un roce largo y pesado, como un cuerpo arrastrándose por la maleza sin prisa— y se fue. El sonido se alejó hacia el río. Se perdió.

Tupac esperó. Contó él también, a su manera, con la cabeza contra la rendija, hasta que estuvo seguro. Luego volvió el machete a su sitio y regresó a la tarima, y cuando se sentó al lado de Sol, ella le vio por fin la cara entera a la luz del fogón, y la cara era otra. La misma de siempre y otra.

—Se ha ido —dijo él.

—¿Qué era?

—No lo sé todavía.

—Tupac.

—Mañana lo miro. El rastro se lee de día. —Le puso la mano en la rodilla, encima del cuero, y la apretó un segundo—. Esta noche no.

Sol quiso insistir. Tenía la pregunta ya en la boca, la de siempre, la que él nunca contestaba entera. Pero el niño se removió contra su pecho, buscando, con la boca abierta y la carita fruncida, y la pregunta se le quedó sin salir. Bajó la vista. La boquita le tanteaba la piel, arriba, abajo, y encontraba el pezón y lo perdía y volvía a buscarlo, y a Sol le subió por dentro una cosa que no tenía nada que ver con el miedo.

—Tiene hambre —dijo.

—Claro que tiene hambre. —Tupac se inclinó sobre los dos, con las manos apoyadas en la tarima a cada lado de las caderas de Sol, y miró al niño con esa atención suya de mirar las cosas hasta el fondo—. Y tú tienes leche. Hace días que la tienes.

—¿Cómo lo—

—Se te veía. —Una comisura. Casi nada—. Y se te notaba en el olor.

Sol se acomodó contra la madera, con la espalda en el cabecero, y se abrió la camisa. Los botones ya no estaban, se habían ido en algún momento de la noche sin que ella supiera cuándo, y el trapo que había sido camisa se le abrió solo por delante. Los pechos le pesaban. Le dolían de una manera nueva, tirantes, llenos hasta el borde, y cuando el niño por fin encontró el pezón y cerró la boca y chupó, la primera succión le arrancó un quejido a Sol, corto, y luego un alivio tan grande que se le llenaron los ojos.

—Duele —dijo, sin saber por qué lo decía, porque no dolía, o dolía y era bueno.

—Es la bajada —dijo Tupac—. Ahora sale. Espera.

Y salió. Sol lo sintió subir por dentro del pecho como una aguja de calor que se abría, y el niño empezó a tragar, rápido, con la garganta trabajando, y se le escapaba un hilo blanco por la comisura de la boca y le corría por la mejilla, y Sol se lo limpió con el pulgar sin pensar, y el pulgar le quedó pegajoso y tibio.

Tupac no se movió. Estaba sentado a su lado, con una rodilla doblada sobre la tarima, y miraba al niño mamar, y la cara se le había ido aflojando por partes, como si algo dentro de él cediera despacio. Sol lo observó por encima de la cabeza del pequeño. Le vio la boca entreabierta. Le vio los ojos oscuros, que no se apartaban de la boquita del niño, del pecho de Sol, del hilo de leche que le corría por el mentón.

—Nunca había visto esto tan de cerca —dijo Tupac, y la voz le salió más baja que de costumbre.

—¿Nunca?

—Nunca. —Tragó. Se le movió la nuez—. A mi madre la vi de lejos. Yo tenía nueve años y me mandaron fuera de la choza.

Sol no dijo nada. Siguió mirándolo, y él siguió mirando al niño, y por un rato lo único que hubo en la choza fue el sonido de la succión, húmedo y rítmico, y el crujido del fogón, y el río abajo, más flojo.

—Sylvan —dijo Tupac de pronto.

—¿Qué?

—Así se llamaba mi abuelo. El padre de mi madre. —Levantó por fin los ojos y los puso en los de Sol—. El hombre que me enseñó a leer el monte. Si a ti te parece, se llama así.

Sol miró al niño. Tenía los ojos cerrados, la mano pequeña abierta contra el pecho de ella, los dedos tan cortos que no llegaban a rodearle el pezón. La piel, todavía rojiza, se le estaba poniendo de un tono más oscuro, más de tierra, más de Tupac.

—Sylvan —repitió Sol, despacio, probándolo en la boca—. Sylvan.

—Si no te gusta—

—Me gusta.

Y entonces Tupac se inclinó. No hacia el niño. Hacia ella. Le puso una mano en la nuca, con cuidado, como si la nuca fuera algo que se pudiera romper, y le acercó la cara, y la besó. Fue un beso lento. Le besó la boca despacio, con los labios cerrados primero, y luego se le abrió, y Sol sintió su aliento tibio con olor a humo y a monte metérsele en la boca, y le devolvió el beso con el niño mamando entre los dos, y el sabor de Tupac se le mezcló con el sabor de la leche que le subía al pecho y le bajaba a la garganta.

Cuando se separaron, Tupac tenía los ojos brillantes. Le pasó el pulgar por la mejilla, otra vez, por debajo del ojo, donde le había quedado una gota, y luego bajó la cara y le besó la frente, y después la coronilla del niño, la cabecita negra y húmeda, con la boca apenas rozándole el pelo, tan suave que Sol casi no lo oyó.

—Sylvan —dijo Tupac contra la cabeza de su hijo.

El niño siguió mamando. No se enteró de nada. Sol sí.

Después, Tupac se apartó un poco. Se sentó de nuevo a su lado, y por un rato se quedó mirándola comer, mirándola dar de mamar, con los codos apoyados en las rodillas y las manos colgando entre ellas, y Sol notó que la miraba de otra manera. No como la había mirado nunca. No como al principio, cuando era una mujer perdida a la que había que sacar del monte. No como en la primera noche, ni en el río, ni en la tarima de la otra choza. La miraba como se mira algo que se ha hecho con las propias manos y que ha salido bien.

—Tienes leche de sobra —dijo él—. Se te está saliendo del otro lado.

Sol bajó la vista. Era verdad. Del pecho libre le colgaba una gota blanca, pesada, que se le estaba juntando en la punta del pezón y que amenazaba con caer. Se la limpió con dos dedos, y los dedos le quedaron brillantes, y se los miró, y por un instante no supo qué hacer con ellos.

Tupac se los tomó. Le agarró la muñeca con la mano entera, despacio, y le acercó los dedos a la boca y se los chupó uno por uno, sin prisa, con los ojos en los de ella, y Sol sintió la lengua de él en las yemas y el calor de la boca y se le quedó la respiración corta en el pecho.

—Está dulce —dijo Tupac, con los dedos de Sol todavía entre los labios.

—Es leche.

—Es leche tuya.

Le soltó la muñeca y le puso la mano en el pecho libre. La palma entera, abierta, sobre la piel tirante, y el pezón se le puso duro bajo la mano, y la leche que le quedaba dentro empezó a salir sola, empapándole los dedos, y Tupac la miró salir sin apartar la mano.

—¿Te duele? —preguntó.

—Sí. No. —Sol cerró los ojos—. Sí, pero no así.

—¿Así? —Tupac le apretó el pecho con la palma, con cuidado, y la leche salió entre sus dedos y le corrió por la muñeca, y Sol abrió la boca y no le salió ningún sonido.

—Así no duele —dijo por fin—. Así—

No terminó. Tupac se inclinó sobre el pecho libre, el que no tenía al niño, y le puso la boca en el pezón. Sol sintió la succión de golpe, distinta de la del pequeño, más fuerte, más ancha, y la leche le bajó de golpe al pecho y se le vació en la boca de Tupac, y él tragó, y Sol le oyó tragar, y le oyó soltar un sonido ronco contra la piel, y se le cerraron los ojos solos.

—Tupac—

Él no contestó. Siguió mamando, con los labios cerrados alrededor del pezón, con la lengua trabajándole la punta, y le vaciaba el pecho poco a poco y le dejaba una cosa tibia y vacía en su lugar, y Sol tenía al niño en un brazo y la cabeza de Tupac en el otro pecho y no sabía dónde poner las manos.

—Para —dijo—. Para, que me voy a—

Él paró. Levantó la cabeza. Tenía los labios brillantes y una gota blanca en la comisura, y se la limpió con el dorso de la mano, y la miró, y Sol vio en sus ojos una cosa que no le había visto nunca. No era hambre. Era más honda. Era como si le hubiera quitado algo con la boca y ahora no supiera cómo devolvérselo.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí. —Sol se pasó la lengua por los labios—. Ven aquí.

Él se acercó. Sol le puso la mano en el pecho, en la camisa manchada, y le buscó los botones, y los botones no estaban tampoco, o él se los quitó solo, y le abrió la camisa y le puso la palma en la piel, en el pecho moreno, en el calor, y le sintió el corazón debajo de los huesos, latiéndole fuerte, más fuerte de lo que la cara de él dejaba ver.

—Tu corazón —dijo Sol.

—Ya lo sé.

—Va muy rápido.

—Ya lo sé.

Sol le bajó la mano por el vientre. Le pasó los dedos por encima del ombligo y le buscó el borde del pantalón de cuero, y Tupac no la detuvo. Se quedó quieto, de rodillas en la tarima, con el niño mamando entre los dos y la mano de Sol bajando, y cuando Sol le metió la mano por dentro del pantalón y le encontró la polla, dura, caliente, pesada contra el muslo, Tupac soltó el aire por la nariz y le puso la frente en la sien.

—Sol—

—Shh.

Se la sacó. Se la sacó del pantalón con la mano entera, y la polla le quedó al aire, gruesa, oscura, con la punta húmeda y un hilo de líquido claro colgándole, y Sol la miró a la luz del fogón y luego miró a Tupac, y Tupac la miraba a ella, y el niño seguía mamando del pecho izquierdo, ajeno, con la manita abierta contra la piel.

Sol se inclinó. No podía moverse mucho, con el niño en el brazo y el cuerpo todavía abierto y blando por dentro, pero se inclinó lo suficiente para llegar, y se llevó la punta de la polla a la boca.

Estaba salada. Salada y caliente, y le llenó la boca de un sabor espeso que le subió por la nariz, y Sol cerró los labios alrededor de la cabeza y chupó, despacio, y Tupac dejó escapar un sonido ronco por encima de ella, un sonido que le salió del pecho y no de la garganta, y le puso la mano en la cabeza, en el pelo, sin apretar, solo apoyada.

—Sol—

Ella no contestó. Tenía la boca llena. Bajó un poco más, con la lengua por debajo, siguiendo el nervio que le corría por el lado de la polla, y sintió cómo se le endurecía más en la boca, cómo le latía contra la lengua, y sorbió, y se le llenó la boca de saliva y de sal, y tuvo que parar para respirar y volvió a bajar.

El niño mamaba del pecho izquierdo. Sol mamaba de la polla de Tupac. Los dos ritmos se le mezclaron en la cabeza, el del pequeño, rápido y corto, y el suyo, más lento, más profundo, y por un momento no supo cuál era cuál, y se le escapó un gemido por la nariz que vibró alrededor de la polla y le arrancó a Tupac otro sonido, más largo.

—Para —dijo él—. Para o—

Sol paró. Se apartó con un chasquido húmedo, con un hilo de saliva colgándole del labio, y miró a Tupac, y Tupac tenía la cara deshecha, los ojos casi cerrados, la boca abierta, el pecho subiendo y bajando.

—¿Por qué? —preguntó Sol.

—Porque no quiero— —Tupac tragó—. Porque quiero hacerlo bien.

—¿Y qué es hacerlo bien?

Él no contestó con palabras. Le puso la mano en la mejilla, se la limpió, le pasó el pulgar por el labio inferior, y luego le miró el pecho, donde el niño seguía mamando, y luego le miró a ella, y Sol entendió.

—Puedo con los dos —dijo.

—Ya lo veo.

—Ven.

Sol se recostó contra el cabecero. Se acomodó al niño en el brazo derecho, contra el pecho, y le dejó el pezón en la boca, y el pequeño siguió chupando, tranquilo, con los ojos cerrados. Con la mano libre, Sol buscó a Tupac, le agarró la polla otra vez, y se la llevó a la boca, y esta vez no paró, esta vez bajó todo lo que pudo, hasta que la sintió tocarle el fondo de la garganta y le subieron las náuseas y aguantó, y respiró por la nariz, y subió, y volvió a bajar.

Tupac le puso las dos manos en la cabeza. No la forzaba. La sostenía. Le acariciaba el pelo con los pulgares, despacio, mientras Sol trabajaba, y le hablaba por encima, en voz baja, con palabras que a Sol le llegaban a medias entre el ruido de la succión.

—Así. Así, mi— así.

Sol cerró los ojos. Tenía al hijo en un brazo mamando leche y al padre en la boca chupándole la polla, y las dos cosas le llenaban la cabeza de la misma manera, y el cuerpo se le estaba poniendo caliente por dentro, húmedo, y notaba entre las piernas el calor de la sangre que le seguía bajando y el ardor del parto mezclado con otra cosa, con un deseo espeso que le subía desde el vientre abierto.

—Voy a— —Tupac le apretó un poco la cabeza, sin empujar—. Sol, voy a—

Ella no paró. Subió hasta la punta, con la lengua, y chupó, y bajó la mano y le agarró los huevos con los dedos, con cuidado, y se los apretó apenas, y Tupac se estremeció entero, de arriba abajo, y le soltó en la boca.

Fue caliente. Fue espeso. Le llenó la boca de golpe, y Sol tragó, una vez, dos veces, y le siguió saliendo, y se le escapó por la comisura y le corrió por la barbilla, y ella siguió chupando hasta que él le puso la mano en la frente y le dijo basta, basta, para, con la voz rota.

Sol se apartó. Se limpió la boca con el dorso de la mano. Tenía al niño todavía enganchado al pecho, mamando, ajeno, y la leche le seguía bajando, y ahora tenía el sabor de Tupac en la boca mezclado con el sabor de su propia leche, y era un sabor que no había probado nunca y que no iba a olvidar.

Tupac se dejó caer de espaldas en la tarima. Se quedó ahí, con la polla todavía fuera, húmeda, apoyada en el vientre, y el pecho subiéndole y bajándole, y una mano en los ojos.

—Sol —dijo desde debajo de la mano.

—¿Qué?

—Nada. —Se destapó los ojos y la miró, y la miró al niño, y volvió a taparse—. Nada.

Sol se recostó a su lado. Se quedó con la espalda contra la madera y el niño en el brazo, y el pequeño soltó el pezón por fin, lleno, con la boquita abierta y un hilo de leche colgándole del labio, y se durmió ahí mismo, contra el pecho de ella, con la respiración pequeña y regular.

Fuera, la noche seguía negra. En algún sitio, lejos, hacia el río, algo grande volvió a moverse entre la maleza, una sola vez, y luego nada.

La cuarentena se contó en lunas, no en días. Tupac no llevaba calendario, pero cada noche marcaba una raya con el machete en el marco de la puerta de varas, y Sol, que al principio se reía de eso, acabó contándolas también, con el dedo, cuando él dormía. Cuarenta rayas. Cuarenta noches de no tocarse.

No fue una regla que él le impusiera. Fue algo que se dijo una vez, la tercera noche, cuando ella se le acercó con la boca abierta y las piernas todavía blandas del parto, y él le puso las dos manos en los hombros y la apartó sin brusquedad, como se aparta una rama.

—Todavía no —dijo—. Tu cuerpo está abierto por dentro. Hay que esperar.

—¿Cuánto?

—Cuarenta días. Cuando la sangre pare. Cuando la herida cierre.

Sol quiso discutir. Abrió la boca para hacerlo, la de siempre, la testaruda, la que cuatro meses atrás se metía en líos por no saber esperar. Pero le miró la cara a Tupac a la luz del fogón, esa cara quieta que no pedía nada, y se le murió la discusión en la garganta.

—Cuarenta días —repitió, y se dio la vuelta, y se acostó con el niño en el brazo, de espaldas a él.

Aquella primera semana fue la peor. El cuerpo de Sol no entendía la espera. Le dolían los pechos cuando Sylvan mamaba y le dolían también cuando no mamaba, y entre las piernas le bajaba una sangre espesa que manchaba el cuero y que Tupac cambiaba cada mañana sin decir nada, sin quejarse, lavándolo en el río con las manos y tendiéndolo al sol en una piedra. Sol lo miraba hacer eso desde la puerta de la choza, con el niño en brazos, y sentía una cosa rara en el pecho que no era deseo y que se le parecía mucho.

La segunda semana Tupac salió a cazar. Volvió con un mono aullador y con la noticia de que había leído el rastro de lo que había rondado la choza la noche del parto.

—¿Y? —preguntó Sol, con el niño al pecho.

—Jaguar. —Tupac dejó caer el mono junto al fogón y se sentó en cuclillas—. Viejo. Cojo de una pata de atrás. Se está muriendo.

—¿Y por eso viene aquí?

—Por eso. Los que se mueren buscan lo que huele a vida. —Miró al niño, que mamaba con los ojos cerrados—. Sangre nueva. Leche. Cosa caliente.

Sol se apretó a Sylvan contra el pecho sin darse cuenta de que lo hacía.

—¿Nos va a atacar?

—No. Está demasiado débil para atacar. Pero va a seguir viniendo. Hasta que se muera o hasta que se vaya río abajo. —Tupac se levantó y fue a buscar el machete—. Yo lo voy a estar esperando.

No dijo más. No hacía falta.

Los días se hicieron largos. Sol aprendió a leer el río, que bajaba cada noche un dedo más, y a medir el agua por la piedra que asomaba en la orilla, la misma piedra que la primera mañana estaba hundida y que ahora sacaba la cabeza como un animal que emerge. Aprendió a distinguir las aves del amanecer por el grito. Aprendió a moler el maíz que Tupac guardaba en una vasija de barro cocido, y a hacer con él una pasta que se comía con la mano y que sabía a poco y que llenaba.

Y aprendió a mirarlo. Eso fue lo peor. Lo miraba cuando él se agachaba a reavivar el fuego. Lo miraba cuando se quitaba la camisa para lavarla en el río y le quedaba la espalda desnuda, morena, cruzada de tatuajes que ella ya sabía leer a trozos, y las cicatrices finas que le corrían por los omóplatos como ríos secos. Lo miraba cuando dormía, de lado, con una mano bajo la cabeza, y le contaba las costillas con los ojos, una por una, desde lejos, sin tocarlo.

A la tercera semana, una tarde, se bañó en el río. Hacía calor. Sylvan dormía en la choza, envuelto en el trapo, y Sol se metió en el agua hasta la cintura y se lavó despacio, con las manos, y cuando salió estaba Tupac en la orilla, de pie, mirándola.

No dijo nada. Le tendió el trapo para que se secara. Pero se le quedó la vista un segundo de más en el vientre, en los pechos, en las caderas que se le habían ensanchado con el parto, y Sol lo notó, y sintió el peso de esa mirada en la piel mojada como si le hubiera puesto la mano encima.

—No me mires así —dijo.

—¿Cómo?

—Así.

Tupac bajó los ojos. Se agachó a recoger una piedra plana y la tiró al río, y la piedra rebotó tres veces en el agua y se hundió.

—Perdona —dijo.

Y Sol se echó el trapo por los hombros y pasó a su lado sin mirarlo, y al pasar le rozó el brazo con el brazo, y fue sin querer, o eso se dijo, y los dos supieron que no.

La cuarta semana llegó la luna nueva. Sol se despertó una mañana y la sangre había parado. Se quedó un rato quieta en la tarima, con Sylvan dormido al lado, y se palpó el vientre por debajo del ombligo, y ya no le dolía. La herida, por dentro, estaba cerrada. El cuerpo le había vuelto. Se sentía distinta, más ancha, más llena, más suya de lo que se había sentido nunca, y por debajo de eso, debajo del cuerpo nuevo, había otra cosa que llevaba cuarenta días guardada y que ahora tenía permiso para salir.

No se lo dijo a Tupac. No hacía falta decirlo. Él lo supo igual que supo todo lo demás, por el olor, por la respiración, por esa manera suya de leer los cuerpos como leía el monte. Sol lo notó en la cara de él aquella mañana, cuando le puso el plato de maíz delante y él levantó los ojos y la miró un segundo más de lo normal y luego volvió a bajar la vista sin decir nada.

Ese día Tupac no fue a cazar. Se quedó en la choza. Arregló la puerta de varas, que tenía una tablilla suelta. Remendó el techo de hojas por el lado donde la lluvia lo había abierto. Afiló el machete con una piedra, despacio, dándole vueltas al filo, y el sonido del metal contra la piedra llenó la choza toda la tarde, un chirrido largo y paciente que a Sol le ponía los nervios de punta.

—¿Qué haces? —le preguntó por fin, con Sylvan en brazos.

—Preparar las cosas.

—¿Para qué?

Tupac levantó la vista del machete. La miró. No contestó.

Y Sol entendió que la cuarentena había terminado, y que él lo sabía, y que lo que estaba preparando no era la choza.

Aquella noche el niño se durmió temprano. Sol lo acostó en el rincón de siempre, sobre el cuero doblado, envuelto en el trapo, y se quedó un rato mirándolo dormir, con la manita abierta junto a la cara, la respiración pequeña y regular. Fuera, la noche estaba negra y quieta. El río sonaba abajo, más flojo cada noche. No se oía nada más. El jaguar no había vuelto en varios días.

Sol se levantó. Tupac estaba junto al fogón, sentado en cuclillas, con la espalda contra la pared de madera y el machete apoyado al lado. La miró llegar. No se movió.

Sol se paró delante de él. Se quedó de pie, con la camisa —el trapo, los botones que ya no estaban— abierta por delante, y lo miró desde arriba, y por un momento ninguno de los dos dijo nada, y el único ruido de la choza fue el crepitar del fuego y la respiración del niño.

—Cuarenta —dijo Sol.

—Cuarenta —dijo Tupac.

—Ya está.

Sol se llevó las manos al borde del trapo. Se lo abrió del todo, despacio, y se lo dejó caer por los hombros, y quedó desnuda delante de él a la luz del fogón, con el cuerpo nuevo, el vientre todavía blando, los pechos pesados de leche, la piel morena y tibia, y le sostuvo la mirada a Tupac sin bajar los ojos.

Tupac se levantó. Despacio. Se levantó del todo, y le sacaba media cabeza, y le puso las manos en las caderas, y le apretó, y la piel de Sol se erizó entera al contacto de esas palmas ásperas, y sintió el calor de él subirle por el vientre, por el pecho, por la garganta.

—¿Estás segura? —preguntó él. La voz le salió ronca.

—Llevo cuarenta días segura.

Y Tupac la besó.

No fue un beso de los que ella conocía. No fue el beso del primer día contra el ceibo, ni los que vinieron después, rápidos y con hambre, ni los de las noches del segundo refugio, que empezaban dormidos y terminaban abiertos. Este beso empezó quieto. Le puso la boca encima de la boca y la dejó ahí, sin apretar, como si estuviera midiendo algo. Y Sol notó que le temblaba un poco la mandíbula, muy poco, apenas una vibración contra sus labios, y supo que Tupac también tenía miedo de esto, y que lo que llevaba cuarenta días preparando no era el machete ni la puerta de varas.

Ella abrió la boca. Le puso una mano en la nuca, en el pelo largo y negro que le caía hasta los hombros, y tiró de él hacia abajo, y el beso se rompió y se rehizo más hondo, y Tupac le puso una mano en la espalda baja y la otra en la nuca y la sostuvo ahí, doblada hacia atrás, con el vientre pegado al vientre de él, y Sol sintió, a través del cuero de la ropa de él, la dureza que le apretaba el muslo, y se le escapó un sonido por la garganta que no era palabra.

—El niño —dijo Tupac contra su boca.

—Duerme.

—Si llora.

—Si llora, paramos.

Pero ninguno de los dos se movió a mirar el rincón donde dormía Sylvan. Tupac la levantó. Le metió las manos por debajo de los muslos y la subió, y Sol le rodeó la cintura con las piernas y quedó colgada de él, más alta que él por primera vez, y desde ahí le miró la cara de cerca, la boca abierta, los ojos oscuros casi negros, la gota de sudor que le corría por la sien. Le pasó el pulgar por encima de la ceja, por la cicatriz fina que le cruzaba la frente, y Tupac cerró los ojos un segundo.

La llevó hasta la tarima. No la tiró. La bajó despacio, con las dos manos sujetándole la espalda, como se baja algo que puede romperse, y la acostó de espaldas sobre las varas, y Sol sintió la madera dura debajo y el calor del cuerpo de él encima y por un momento todo el peso de Tupac le cayó sobre el pecho y le costó respirar, y no le importó.

Él se apartó lo justo para quitarse el cuero. Se lo sacó por la cabeza de un tirón y quedó desnudo a la luz del fogón, y Sol lo miró desde abajo, la espalda ancha, los tatuajes que le bajaban por los brazos y le cruzaban el pecho, el vientre duro, la erección que le subía recta contra el ombligo, y se le secó la boca. Llevaba cuarenta días mirándolo de lejos. Cuarenta días contándole las costillas con los ojos. Ahora lo tenía encima y podía tocarlo, y lo tocó, le puso las dos manos en el pecho y le bajó las palmas por el vientre, despacio, hasta que le rozó el vello y él se estremeció entero y le agarró las muñecas.

—Espera —dijo él.

—¿Qué?

—Que si me tocas así, no llego.

Sol se rió. Una risa corta, baja, que le salió del pecho y le sorprendió a ella misma. Llevaba cuarenta días sin reírse así.

—Entonces no llegues.

—No. —Tupac le soltó las muñecas y le puso las manos en las rodillas—. Esto es para ti.

Le abrió las piernas. Despacio, con las palmas planas sobre los muslos, y Sol dejó que se las abriera, y sintió el aire de la choza en la parte más caliente del cuerpo, y sintió también la humedad que llevaba cuarenta días bajándole por dentro y que ahora estaba ahí, en la boca del sexo, esperándolo. Tupac bajó la cabeza. No le besó la boca. Le besó el cuello, la clavícula, el nacimiento del pecho, y cuando llegó al pezón lo chupó entero y Sol arqueó la espalda y se le clavaron las uñas en los omóplatos.

—Ay —dijo, y no era queja.

—¿Duele?

—No. Está… lleno. De leche.

Tupac levantó la cabeza y la miró, y había algo en su cara que Sol no le había visto nunca, algo blando, algo que se le rompía por dentro, y le pasó la lengua por el pezón otra vez, y salió un hilo blanco, y él lo miró, y se lo limpió con el pulgar, y se lo llevó a la boca sin dejar de mirarla a los ojos. Sol se quedó sin aire.

—Eso es de él —dijo ella, y no sabía por qué lo decía.

—Y tú eres de él —dijo Tupac—. Y de mí.

Le bajó la boca por el vientre. Por encima del ombligo, por la línea blanda que el parto le había dejado, por la piel que se le había estirado y que ahora era otra piel, más suave, más ancha, y Tupac la besó toda, sin saltarse nada, como si estuviera aprendiendo un mapa nuevo. Sol tenía las manos en el pelo de él y las piernas abiertas y los ojos cerrados, y por dentro le subía una cosa que le apretaba la garganta y que no era solo deseo, era otra cosa, era estar entera otra vez, era que alguien le tocara el cuerpo que había parido y no le diera asco.

Cuando la boca de Tupac llegó abajo, Sol ya estaba tan mojada que se oyó. Un sonido pequeño, húmedo, cuando él le pasó la lengua por encima, y Sol levantó las caderas de la tarima y Tupac le puso una mano en el vientre bajo y la apretó hacia abajo, sujetándola, y siguió con la lengua, despacio, en círculos, sin prisa ninguna, y Sol empezó a temblar por las piernas. Le agarró la muñeca. Le apretó los dedos.

—Tupac.

—Sí.

—No me hagas esperar más.

Él levantó la cabeza. Tenía la boca brillante y los ojos negros y la respiración rota. Se subió por encima de ella, despacio, apoyando los codos a los lados de su cabeza, y Sol le sintió el peso del cuerpo encima, el calor, el olor a humo y a monte y a hombre, y le puso las manos en la cara y lo besó mientras él se acomodaba entre sus piernas. Le sintió la punta del sexo, dura, caliente, resbalando por la humedad, buscando, y Sol abrió más las piernas y levantó las caderas para encontrarlo.

—Despacio —dijo él.

—No.

—Sol.

—Cuarenta días, Tupac. Despacio no.

Y él la miró un segundo, y algo se le soltó en la cara, y entró. Entró de una vez, hasta el fondo, y Sol gritó, un grito corto que se le quedó en la garganta a medio salir, y le clavó las uñas en la espalda, y Tupac se quedó quieto dentro de ella, temblando, con la frente apoyada en la frente de Sol, y los dos respiraron el mismo aire.

—¿Te he hecho daño?

—Cállate —dijo Sol, y le mordió el labio—. Muévete.

Y Tupac se movió. La primera embestida fue larga, entera, de dentro hacia fuera y de vuelta, y Sol sintió cada centímetro de él salir y volver a entrar, y la tarima crujió debajo, y en el rincón el niño no se movió. La segunda fue más rápida. La tercera ya no tenía nada de despacio. Tupac le puso una mano en la cadera y otra en el hombro y la sujetó contra las varas, y la embistió con todo el peso del cuerpo, y la choza entera crujía, y Sol tenía la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta y las uñas clavadas en la espalda de él, y por dentro le subía una ola que llevaba cuarenta días guardada y que ya no la dejaba pensar.

—Así —dijo, con la voz rota—. Así. No pares.

—No paro.

Le puso la mano en la nuca y le levantó la cara y la besó mientras seguía embistiendo, y Sol sintió el sudor de él caerle en el pecho, y el olor de los dos mezclado, y el ruido de la piel contra la piel, y llegó. Llegó de golpe, sin aviso, con un espasmo que le cerró las piernas alrededor de la cintura de Tupac y le arrancó un sonido que no reconoció, y Tupac siguió dentro de ella, empujando, mientras el cuerpo de Sol se apretaba alrededor suyo en oleadas, y no paró. No la dejó bajar. Siguió moviéndose, más despacio ahora, más hondo, y Sol, que todavía temblaba, sintió que le subía otra vez desde más abajo, más lento, y le agarró la cara con las dos manos.

—Otra vez —dijo.

—Aguanto.

—No aguantes. Ven dentro.

Tupac levantó la cabeza. La miró. Y por un segundo, en la cara de él, Sol vio algo que no le había visto nunca: miedo. Miedo de lo que ella acababa de decir. Miedo de lo que eso significaba. Y Sol le sostuvo la mirada y no se lo quitó, y le apretó las caderas con las rodillas, y no dijo nada más porque no hacía falta.

—¿Tú quieres? —preguntó él. La voz le salió ronca, casi rota.

—Quiero.

—Ya tienes uno.

—Quiero otro.

Y Tupac cerró los ojos. Se le movió la mandíbula, apretada, y embistió tres veces más, hondo, y a la cuarta se hundió entero dentro de ella y se quedó ahí, temblando, con la cara metida en el cuello de Sol, y Sol le sintió el calor salir dentro, y le rodeó la espalda con los brazos y las piernas, y lo apretó contra sí, y los dos se quedaron así, sin moverse, con la respiración deshaciéndose poco a poco.

Pasó un rato. No sabría decir cuánto. El fuego chisporroteó en el fogón y se apagó un poco, y en el rincón Sylvan hizo un ruido pequeño, un quejido de sueño, y volvió a callarse. Tupac seguía dentro de ella. Sol le tenía la cabeza en el hueco del hombro y le acariciaba el pelo largo, despacio, de la coronilla a la nuca, una y otra vez, y por dentro sentía todavía el pulso de él latiéndole contra las paredes del cuerpo, y no quería que se saliera.

—Tupac.

—Mmm.

—¿Tú sabías?

—¿Qué cosa?

—Que iba a pasar esto. Cuando preparabas el machete. Cuando arreglabas la puerta.

Él se quedó callado un momento. Se levantó lo justo para mirarla, apoyado en un codo, con el pelo cayéndole por la cara. La luz del fogón le daba de lado y le alumbraba media cara y le dejaba la otra en sombra.

—No lo del machete —dijo—. Eso era por el jaguar.

—Mentira.

—Verdad. —Le pasó un dedo por el borde del labio, despacio—. Pero esto otro… esto lo sabía desde que se te cerró la sangre.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque tú tenías que decidirlo.

Sol se quedó mirándolo. Le puso la mano en la mejilla, en la cicatriz fina que le cruzaba el pómulo, y se la recorrió con el pulgar.

—Y si no lo hubiera decidido.

—Entonces me habría quedado igual.

—¿Aunque no te dejara?

—Aunque no me dejaras.

Y Sol sintió que se le llenaban los ojos y no quería que él lo viera, así que tiró de su cabeza hacia abajo y le escondió la cara en el pecho, y Tupac se dejó hacer, y le puso la boca en la coronilla, y se quedaron así. Después él se salió, despacio, y Sol sintió el vacío y la humedad que le bajaba por el muslo, y Tupac se acostó a su lado y le puso la mano abierta en el vientre, plano, quieto, tibio, como había hecho todas las noches desde que supo que había un niño dentro.

—Ahora puede que haya otro —dijo Sol, en voz baja, mirando el techo de hojas.

—Puede.

—¿Y si no?

—Entonces ya está el que hay.

Sol se giró de lado y le buscó la boca y lo besó despacio, sin prisa, con la mano en el pecho de él, y sintió debajo de la palma el corazón latiéndole fuerte, más fuerte de lo que la calma de su cara dejaba creer. Fuera, el río sonaba abajo, más flojo cada noche. Dentro, el niño dormía. Y en la tarima, con la mano de Tupac todavía en el vientre, Sol cerró los ojos y se dejó estar, sin saber todavía qué iba a pasar, sin querer saberlo, con el cuerpo abierto y tibio y el aire de la choza oliendo a humo y a los dos.

El movimiento llegó despacio, desde muy hondo, y no era como los otros.

Sol lo sintió primero en el bajo vientre, una cosa pequeña que se estiró y se soltó, como un pez girando en el agua oscura. No era la patada de Sylvan, que ya conocía —el golpe seco, la punta de un pie o un codo buscándole las costillas—. Esto era otra cosa. Más blando. Más abajo. Como si algo dentro de ella se hubiera removido en sueños y hubiera vuelto a quedarse quieto.

Abrió los ojos.

El techo de hojas estaba negro. En el fogón quedaban brasas, apenas, un rescoldo que respiraba y se apagaba y volvía, y por las rendijas de la pared entraba el frío de la madrugada, húmedo, con olor a río. En el rincón, Sylvan dormía. Se oía su respiración corta, regular, la manita abierta contra el cuero.

La mano de Tupac seguía en su vientre.

Sol no se movió. Se quedó muy quieta, con la espalda contra las varas y las rodillas dobladas, y esperó. A veces el cuerpo hacía esas cosas. Cuatro meses atrás, antes del parto, había cosas que se movían dentro y que no eran el niño —el hambre, los gases, la sangre buscando su sitio—, y ella había aprendido a distinguirlas. Esto no era ninguna de esas. Esto tenía peso. Tenía dirección. Iba de dentro hacia fuera, buscando.

—Tupac —dijo.

La voz le salió ronca, apenas un soplo, y no supo si él la había oído. Tenía la cara metida en el hueco del hombro de Sol, y la respiración de él le subía y le bajaba contra la clavícula, lenta, pesada, de hombre dormido. La mano, en cambio, no estaba dormida. Los dedos se le habían abierto sobre la piel del vientre, las yemas separadas, y Sol notó cada una de ellas, cinco puntos de calor repartidos por encima del ombligo.

Volvió a pasar.

El movimiento. Más claro esta vez, más ancho. Algo que se estiró y se recogió dentro de ella como una mano que se abre y se cierra, y Sol sintió el borde del vientre tensarse bajo la palma de Tupac, y supo que él también lo había sentido, porque la respiración contra su clavícula se cortó.

—¿Qué ha sido eso? —susurró Sol.

Tupac no contestó enseguida. Levantó la cabeza despacio, con el pelo negro cayéndole por la cara, y Sol le vio los ojos abiertos en la penumbra, negros, quietos, fijos en su vientre. La luz de las brasas le daba de lado y le encendía un pómulo y le dejaba el otro en sombra. No parecía sorprendido. Eso fue lo que a Sol le apretó la garganta. No había sorpresa en su cara. Había otra cosa, algo más callado, algo que se parecía a la confirmación.

—Tú lo has sentido —dijo Sol.

—Lo he sentido.

—¿Qué es?

Él no apartó la mano. Al contrario. La apretó un poco más, la abrió entera sobre el vientre de Sol, y se quedó así, con la palma plana, esperando. Pasaron los segundos. El río sonaba abajo, más flojo cada noche. En el rincón, Sylvan se removió y volvió a quedarse quieto.

Y volvió a pasar.

Esta vez Sol lo sintió con la mano de Tupac encima, y fue distinto. Fue como si el movimiento de dentro encontrara la palma de él y empujara contra ella, suave, decidido, un golpecito blando desde el otro lado de la piel. Tupac soltó el aire por la nariz. Un soplo largo, tembloroso, que le movió el pecho entero.

—Ahí —dijo Sol. Se le había quedado la voz en un hilo—. Ahí. ¿Lo has notado? Ha empujado. Ha empujado contra tu mano.

—Lo he notado.

—Tupac.

—Sí.

—¿Es…? —Sol tragó. Tenía la boca seca, y las palabras no le querían salir en orden—. ¿Puede ser que ya? ¿Tan pronto? Si hace cuarenta días que—

—Cuarenta y dos —dijo él.

Sol lo miró. Él siguió con la vista clavada en el vientre, en su propia mano abierta sobre la piel, y la mandíbula le trabajaba despacio, como si estuviera masticando algo que no se podía tragar.

—Cuarenta y dos —repitió Sol—. Has contado las rayas.

—Las he contado.

—¿Y por eso sabes que puede ser?

—No lo sé por las rayas.

—Entonces, ¿cómo?

Él levantó por fin los ojos. La miró, y en la penumbra la cara de Tupac era la de siempre y no era la de siempre, y Sol, que llevaba cuatro meses aprendiéndole la cara, no supo leerla. Había en ella algo que se parecía al miedo y algo que se parecía al hambre y algo, más raro, que se parecía a la tristeza.

—Porque te conozco el cuerpo —dijo—. Y porque tú misma lo sabes.

Sol se quedó quieta. Bajó la vista hacia el vientre, hacia la mano de él, hacia su propia piel morena y blanda que el parto había dejado distinta, más ancha, más suave, y por debajo de la piel, muy hondo, volvió a removerse aquello. Pequeño. Insistente. Vivo.

—No —dijo—. No puede ser. Es demasiado pronto. La otra vez tardé—

—La otra vez tardaste en saberlo. No en tenerlo.

—Eso no significa—

—Sol.

Ella calló. Tupac le buscó la mano, la que tenía libre, y se la llevó al vientre, y le puso la palma encima de la suya, encima de la piel, y las dos manos quedaron una sobre otra, abiertas, esperando. Sol notó el calor de él subirle por los dedos. Notó el peso. Notó, debajo, el latido lento de su propia sangre, y por encima de la sangre, más tenue, más pequeño, aquel movimiento que iba y venía como una respiración debajo del agua.

—¿Lo notas? —preguntó Tupac.

—Lo noto.

—Eso no son gases. Eso no es la herida cerrándose. Yo he puesto la mano en ese vientre todas las noches desde que pariste, y nunca se había movido así.

—¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo sabes lo que es?

—Porque ya lo he sentido antes. —La voz le salió más baja, más ronca—. Una vez. En otra mujer.

Sol se giró de lado, despacio, con cuidado de no despertar a Sylvan, y quedó frente a él, cara a cara, con la mano de los dos todavía en su vientre. La tarima crujió bajo el peso. Tupac no se apartó. Se quedó ahí, muy cerca, con la frente casi rozándole la frente, y Sol le vio el brillo del sudor en la sien, y le vio la nuez subir y bajar cuando tragó.

—¿En quién? —preguntó.

Él no contestó. Le sostuvo la mirada un segundo más de lo que hacía falta, y luego la bajó, y le miró la boca, y luego el vientre otra vez, y la mano se le movió, apenas, un círculo lento sobre la piel.

—No importa en quién —dijo—. Importa lo que es.

—Tupac—

—Es un hijo, Sol.

Las palabras le cayeron encima como agua fría. Sol se quedó sin aire un momento, con la boca abierta y la mano de él en el vientre y el movimiento aquel removiéndose dentro, y por dentro le subió una cosa que no sabía si era alegría o miedo o las dos juntas, apretadas, sin sitio por dónde salir.

—Otro —dijo.

—Otro.

—Pero yo— —Sol se pasó la lengua por los labios—. Yo lo pedí. Lo pedí aquella noche. Dije que quería otro. Pero no pensaba que… no tan pronto. No así. No—

—Lo pediste y lo tienes.

—No lo digas así.

—¿Cómo quieres que lo diga?

Sol no supo contestar. Se quedó mirándolo, y por dentro le temblaba todo, las piernas, la boca del estómago, la garganta, y debajo del temblor, muy hondo, el movimiento seguía, ajeno, tranquilo, como si nada de lo que ella sintiera tuviera que ver con él. Como si ya estuviera instalado, cómodo, con todo el tiempo del mundo por delante.

—¿Y si me equivoco? —dijo por fin—. ¿Y si es el cuerpo volviendo a su sitio? El parto deja cosas raras. La sangre. Los nervios. A veces se mueve todo por dentro como si—

—¿Tú crees que es eso?

Sol cerró los ojos. Se concentró en el vientre, en la mano de Tupac encima, en aquel movimiento pequeño y terco que iba y venía sin pedirle permiso. Lo buscó con toda la atención que tenía, como se busca un ruido en la noche para saber de dónde viene, y lo encontró, y lo siguió, y lo sintió estirarse y recogerse otra vez, y supo, con esa certeza del cuerpo que no se puede discutir, que no era el cuerpo volviendo a su sitio.

—No —dijo, y abrió los ojos—. No es eso.

Tupac no dijo nada. Le pasó el pulgar por encima del ombligo, despacio, y luego retiró la mano. La retiró del todo, la levantó del vientre de Sol, y Sol sintió el frío de la noche meterse de golpe en la piel donde había estado el calor de él, y le dio un escalofrío que le corrió la espalda entera.

—Descansa —dijo Tupac—. Ahora descansa.

—¿Y tú?

—Yo estoy aquí.

Se recostó a su lado, de espaldas a la pared, y se quedó mirando el techo de hojas, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos abiertos en la oscuridad. Sol se giró hacia él, buscó el calor de su costado, y le puso la mejilla en el hombro. Sylvan dormía en el rincón. El fuego se apagó del todo.

Sol cerró los ojos, pero no durmió.

Se quedó despierta, con el vientre tibio bajo la palma de su propia mano, y dentro de ella, muy hondo, aquel movimiento pequeñísimo iba y venía, iba y venía, sin saber nada de la choza, ni del río que bajaba, ni del jaguar viejo que rondaba en la oscuridad, ni de la duda que se le había quedado clavada a Sol entre las costillas como una astilla.

Porque podía ser otro hijo. Podía serlo. Tupac lo sabía, y ella lo sabía, y el cuerpo lo sabía.

Pero también podía ser que el cuerpo estuviera mintiendo.

Y esa duda, más que el dolor, más que el parto, más que el grito que le había partido la noche cuarenta y dos días atrás, fue la que se le quedó dentro cuando por fin, mucho después, la respiración de Tupac se hizo lenta y pesada a su lado, y el río siguió bajando entre las piedras, un dedo más flojo cada noche, hacia el día en que tendrían que irse.

No supo cuánto tiempo pasó. Podía haber sido una hora. Podía haber sido toda la noche. En algún momento las brasas del fogón se apagaron del todo y la choza quedó negra, y el único sonido era el río, abajo, y la respiración de Sylvan en el rincón, y de vez en cuando, muy lejos, el grito de un mono nocturno que no llegaba a ser nada.

Sol tenía los ojos abiertos. Llevaba un rato largo mirando el techo de hojas sin verlo, y la mano se le había quedado quieta sobre el vientre, abierta, esperando. Esperando qué, no lo sabía. Esperando que volviera a pasar. Esperando que no volviera a pasar. Las dos cosas a la vez, apretadas en el pecho, sin sitio.

Volvió.

Fue distinto esta vez. No el golpecito blando contra la palma, sino algo más lento, más ancho, como si dentro de ella una cosa grande se hubiera dado la vuelta en el sueño y hubiera buscado una postura mejor. Sol contuvo el aire. Lo siguió con la yema de los dedos, siguió el bulto que se movía por debajo de la piel, y le pareció, por un instante, que podía distinguir una forma. Un borde. Una curva. Como cuando se mira un pez bajo el agua turbia y por un segundo se le adivina el lomo.

Luego se deshizo, y el vientre quedó blando otra vez, y Sol soltó el aire despacio por la boca.

Giró la cabeza. Tupac seguía de espaldas a la pared, con las manos cruzadas sobre el pecho, y la respiración le subía y le bajaba lenta, pesada. Sol le miró la cara en la oscuridad. Le costaba verlo, pero llevaba cuatro meses aprendiéndole las facciones a ciegas, y las tenía ahí, en la memoria de los dedos: la frente ancha, el hueso de la nariz, la boca recta, la cicatriz fina que le cruzaba la sien y que ella nunca le había preguntado de dónde venía.

No estaba dormido.

Lo supo por la mandíbula. Cuando Tupac dormía de verdad, la mandíbula se le soltaba, se le aflojaba la cara entera como si le quitaran un peso de encima. Ahora la tenía apretada. Los tendones del cuello le marcaban bajo la piel, y los ojos, aunque cerrados, no tenían la quietud del sueño. Se movían por debajo de los párpados, despacio, como si estuviera viendo algo.

—No estás dormido —dijo Sol.

Él no abrió los ojos. Pero la respiración se le cortó un instante, y Sol supo que la había oído.

—Tupac.

—Duerme —dijo él, sin abrir los ojos, con la voz ronca y baja, una voz que no era la de la conversación de antes sino la de alguien que llevaba rato hablando consigo mismo en silencio.

—No puedo.

Silencio. El río. La respiración de Sylvan, corta, regular, la manita abierta contra el cuero.

—Yo tampoco —dijo Tupac al fin.

Y abrió los ojos, y se giró de lado, y quedó frente a ella, cara a cara, con la misma distancia que antes, con la frente casi rozándole la frente. Sol le vio el brillo del ojo en la oscuridad, un punto negro que la miraba sin parpadear, y sintió el calor de él llegarle hasta la piel de la cara.

—¿Qué es lo que has visto antes? —preguntó Sol—. Cuando has dicho que ya lo habías sentido. En otra mujer.

Él no contestó. Se quedó mirándola, y la mandíbula le trabajó otra vez, y Sol entendió, por la manera en que la boca se le apretó en una línea, que había tocado un sitio que no debía tocar.

—No importa —dijo Sol, rápido—. No me lo digas. No quiero saberlo.

—Es que no es una historia —dijo Tupac—. Es un cuerpo. Yo tenía veinte años. La mujer vivía en el monte, sola, como yo. Yo la visitaba a veces. Ella me dejaba quedarme. —Hizo una pausa, y la voz le salió más baja—. Se le movía el vientre así. Pequeño. Abajo. Temprano. Yo lo sentí con la mano una noche, y supe lo que era, y se lo dije, y ella se rió de mí. Dijo que era el cuerpo. Que las mujeres saben estas cosas mejor que los hombres. Y yo me callé.

Sol esperó.

—Y a los siete meses parió un niño muerto —dijo Tupac—. Y se desangró. Y yo la enterré yo solo, con las manos, porque no había nadie más.

La choza quedó muy quieta. Sol sintió el frío subirle por los brazos, por los hombros, hasta la nuca. No dijo nada. No había nada que decir. Tupac tenía la vista clavada en algún punto entre los dos, en la oscuridad, y la cara se le había quedado vacía, sin expresión, como se le quedaba siempre que decía una cosa que le costaba.

—Por eso lo sé —dijo—. Por eso sé lo que es cuando lo veo.

Sol alargó la mano y le buscó la cara. Le puso la palma en la mejilla, en el hueso, y le sintió la piel caliente y el pelo áspero bajo los dedos. Tupac cerró los ojos. No se apartó. Se quedó quieto bajo su mano, con la respiración temblándole apenas, y Sol sintió, debajo de la palma, la mandíbula apretada aflojarse un poco.

—No va a pasar lo mismo —dijo Sol.

—No lo sabes.

—No. No lo sé. —Se le acercó un poco más, hasta que la frente le tocó la frente—. Pero estoy aquí. Y tú estás aquí. Y el río está bajando. Y dentro de tres días nos vamos.

—Cuatro —dijo él—. Con la lluvia de esta noche, cuatro.

—Cuatro. —Sol sonrió en la oscuridad, aunque él no podía verlo—. Cuatro días. Y luego el pueblo. Y luego—

—Y luego lo que tú quieras.

Sol se quedó con la frase en la boca. Lo que tú quieras. Lo había dicho antes, aquella noche, con la misma voz baja y sin adornos, y Sol no había sabido entonces qué hacer con esas palabras, y no sabía ahora tampoco. Lo que tú quieras. Como si ella tuviera un mapa. Como si supiera adónde ir. Tenía veintidós años, un hijo de cuarenta y dos días en el rincón, otro posible dentro del vientre, y ni idea de dónde estaba ni de quién la esperaba al otro lado del río.

—No sé lo que quiero —dijo.

—Ya lo sé.

—¿Y eso no te molesta?

—¿Por qué me iba a molestar?

—Porque tú siempre sabes lo que quieres. —Sol le pasó el pulgar por el pómulo—. Tú sabes dónde está el agua. Sabes cuándo va a llover. Sabes cuándo una mujer está preñada antes de que ella lo sepa. Sabes lo que hay que hacer y cuándo hay que hacerlo. Y yo no sé nada. Yo solo sé que estoy aquí, y que no sé cómo he llegado, y que dentro de cuatro días voy a cruzar un río contigo y no sé qué hay al otro lado.

—Hay un pueblo.

—Que no me quieres decir cómo se llama.

—No es que no quiera.

—Entonces dilo.

Tupac calló. Y Sol, que ya conocía ese silencio, supo que no iba a decir nada más esa noche, y que preguntarle otra vez era inútil, y que la única manera de saber el nombre del pueblo era llegar hasta él.

Debajo de la mano, en el vientre, volvió a moverse. Pequeño. Terco. Vivo.

Sol bajó la vista. En la oscuridad no veía nada, pero sentía, bajo la piel, aquel bulto blando buscando su sitio, y por un momento, solo por un momento, dejó de preguntarse si era otro hijo o si era el cuerpo mintiendo. Por un momento fue solo eso: una cosa viva moviéndose dentro de ella, sin nombre, sin fecha, sin culpa. Una cosa que existía.

—Tupac —dijo.

—Qué.

—Ponme la mano otra vez.

Él la miró un instante. Luego, despacio, le bajó la mano hasta el vientre y la abrió encima, la palma plana, los dedos separados, y se quedó así, esperando. Los dos esperando. La choza negra. El río abajo. Sylvan dormido en el rincón.

Y el movimiento llegó, pequeño, blando, y empujó contra la palma de Tupac desde el otro lado de la piel, y Tupac soltó el aire por la nariz, un soplo largo, y no dijo nada, y no hacía falta que dijera nada, porque Sol lo sintió temblar debajo de la mano, apenas, en los dedos, y supo que él también estaba asustado, y que por eso se callaba, y que las dos cosas —el miedo y el hijo— cabían en el mismo sitio del vientre sin pedirse permiso.

Se quedaron así mucho rato. Sin hablar. Con la mano de él abierta sobre la piel de Sol y el movimiento aquel yendo y viniendo por debajo, cada vez más claro, cada vez más suyo.

Afuera, muy lejos, el jaguar viejo gritó una vez en la oscuridad. Un grito ronco, corto, que no era de caza sino de otra cosa, de soledad o de hambre o de vejez, y que se apagó contra los árboles y no volvió.

Sol no se movió. Ni Tupac. Los dos oyeron el grito, los dos supieron lo que era, y ninguno de los dos dijo nada, porque había cosas que no hacía falta nombrar en la choza, y esa era una.

La mano de Tupac seguía en su vientre cuando a Sol se le cerraron por fin los ojos, sin querer, sin permiso, vencida por el peso del cuerpo y de la noche, y se quedó dormida así, con la palma de él encima y el movimiento debajo, y la duda, la astilla clavada entre las costillas, siguió ahí, despierta, velándole el sueño desde dentro.

Porque podía ser otro hijo.

Y podía no serlo.

Y Sol, dormida, con la mano de Tupac en el vientre y el río bajando afuera, un dedo más flojo cada noche, no tenía manera de saber cuál de las dos cosas era la verdad.

Los días después de aquella noche se le fueron a Sol en una sola dirección, como el río.

No hubo un momento en que decidiera nada. No hubo una mañana en que se levantara y dijera: hoy. Fue el cuerpo el que decidió, y lo decidió despacio, sin pedirle permiso, como había decidido todo lo demás desde que pisó la selva. La sangre no volvió. Pasó la primera luna y no volvió. Pasó la segunda y tampoco. Y Sol, que llevaba contando rayas en el marco de la puerta desde antes de parir, se encontró una mañana contándolas otra vez con el dedo, de arriba abajo, y le salieron cincuenta y una, y se quedó con el dedo parado en la última y no lo movió.

—Cincuenta y una —dijo en voz baja.

En el rincón, Sylvan dormía la siesta. Tupac estaba en el río, lavando el cuero del parto, que ya no hacía falta y que él seguía lavando cada semana de todas formas, y por eso Sol pudo decir la cifra en voz alta sin que nadie la oyera. Le gustó oírsela. Le gustó el peso que tenía en la boca, redonda, exacta, como una piedra que se saca del agua y se mira a contraluz.

Se puso la mano en el vientre. Todavía blando. Todavía ancho. Se lo apretó por debajo del ombligo, con las yemas, buscando, y no encontró nada, porque era demasiado pronto para encontrar nada, y eso lo sabía, y aun así se quedó así un rato largo, con la palma abierta sobre la piel, mirando la puerta de varas por donde entraba la luz de la tarde en franjas.

Cuando Tupac volvió, ella estaba friendo maíz en la piedra caliente. No lo miró. Él dejó el cuero tendido en la horqueta de un palo, se sentó en cuclillas junto al fogón, y se quedó mirándola trabajar, y Sol sintió la mirada en las manos, en la nuca, en la espalda, y supo que él ya lo sabía antes de que ella abriera la boca.

—Cincuenta y una —dijo Sol, sin levantar la vista de la piedra.

—Cincuenta y dos mañana.

—Cincuenta y dos mañana. —Le dio la vuelta a la tortilla con dos dedos—. Y no ha vuelto.

—No ha vuelto.

Sol sacó la tortilla de la piedra y la puso encima de la otra, en el trapo, y por fin lo miró. Tupac tenía la cara quieta. La misma cara de siempre, la de mirar las cosas hasta el fondo. Pero en los ojos, en el fondo negro de los ojos, había algo que no era sorpresa, y Sol, que llevaba meses aprendiéndole la cara, lo vio.

—Ya lo sabías —dijo.

—Lo sabía.

—¿Desde cuándo?

—Desde la noche que te puse la mano en el vientre y te dije que era un hijo. —Se levantó y fue a buscar la vasija del agua—. Desde antes. Desde que pariste. Te lo dije entonces. Se te notaba en el olor.

Sol se quedó con el trapo de las tortillas en la mano. Él llenó la vasija, la puso junto al fogón, y volvió a sentarse en cuclillas, y esta vez la miró de frente, con los codos en las rodillas y las manos colgando entre ellas.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —preguntó Sol—. Cincuenta y una noches, Tupac. Cincuenta y una.

—Porque tú tenías que contarlas.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Sol abrió la boca para discutir. La de siempre. La testaruda. Pero se le quedó la discusión en la garganta, porque en el rincón Sylvan se removió y soltó un quejido corto, y los dos giraron la cabeza al mismo tiempo, y el quejido no pasó de ahí, y el niño volvió a quedarse dormido con la manita abierta junto a la cara.

—Está creciendo —dijo Sol, más bajo.

—Está creciendo.

—Y este otro también va a crecer.

—También.

Sol dejó el trapo. Se levantó, cruzó la choza, y se sentó en la tarima, al borde, con las manos en las rodillas. Miró la puerta de varas, la luz de la tarde que ya se estaba poniendo naranja, el verde oscuro de la maleza más allá. El río sonaba abajo, entre las piedras, y sonaba distinto que hacía un mes. Más flojo. Más cerca.

—El río está bajo —dijo.

—Está bajo.

—Tú dijiste cuatro días. Hace semanas. Y seguimos aquí.

Tupac no contestó enseguida. Se levantó, fue hasta la puerta, y se quedó de pie en el umbral, de espaldas a ella, mirando el monte. El pelo negro le caía hasta los omóplatos, y los tatuajes le bajaban por los brazos desnudos, y la luz de la tarde le daba de lado y le marcaba las cicatrices de los nudillos.

—El río está bajo —dijo—. Pero tú no estabas para caminar.

—¿Y ahora sí?

—Ahora sí.

Sol se puso la mano en el vientre otra vez. Cincuenta y una noches. El cuerpo le había vuelto, y con el cuerpo le había vuelto otra cosa, un peso nuevo, más hondo, que no era el de Sylvan y que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. No era cansancio. No era miedo. Era una especie de gravedad, como si algo dentro de ella tirara hacia abajo, hacia la tierra, y le pidiera quedarse quieta.

—¿Y qué hay al otro lado? —preguntó.

—Un pueblo.

—Que no me quieres decir cómo se llama.

—No es que no quiera.

—Entonces dilo.

Tupac se giró. La miró desde la puerta, con el monte a la espalda y la luz naranja en la cara, y Sol le vio la boca apretarse un poco, y supo que no iba a decirlo, y que preguntarle otra vez era inútil.

—¿Tienen médico? —preguntó Sol, en vez de eso.

—Tienen una mujer que sabe de partos.

—¿Y de niños que nacen muertos?

La pregunta le salió sola. No la había pensado. La sintió salir de su boca y quedarse flotando entre los dos, y Tupac la recibió de pie, sin moverse, y por un segundo la cara se le vació del todo, como se le vaciaba siempre que le tocaban el sitio donde tenía enterrada a la mujer del monte.

—Sabe de eso también —dijo—. Sabe de todo lo que se puede saber.

—¿Y si no se puede saber nada?

—Entonces sabe acompañar.

Sol se quedó con la respuesta. Acompañar. No era la palabra que ella habría elegido. Era la palabra de él, corta, precisa, una palabra que ya estaba puesta en el mundo antes de que él la dijera. Se levantó de la tarima, cruzó la choza, y se paró delante de Tupac, en el umbral, con el monte a la espalda de los dos.

—Tengo miedo —dijo.

—Ya lo sé.

—No del parto. Bueno, sí, del parto también. Pero no es eso. —Se puso la mano en el vientre—. Es que este no lo pedí del todo. Aquella noche lo pedí, sí, dije que quería otro, pero lo dije porque estaba— porque tú estabas dentro de mí y yo— y ahora está aquí, y no sé si lo quiero, y no sé si me da igual no saberlo, y eso me da más miedo que el parto.

Tupac la miró un rato largo. Luego levantó la mano y le puso la palma en la mejilla, áspera, tibia, y le pasó el pulgar por debajo del ojo, despacio, como hacía siempre, y Sol cerró los ojos y se dejó hacer.

—No hace falta que lo sepas hoy —dijo él.

—¿Y mañana?

—Tampoco.

—¿Y cuándo?

—Cuando nazca. —Le soltó la mejilla y le puso la mano en el vientre, encima de la de ella, y las dos manos quedaron una sobre otra, abiertas—. Cuando lo tengas en el pecho y te mire, entonces lo sabrás. O no. Pero entonces ya no importará saberlo.

Sol abrió los ojos. Le miró la cara de cerca, la frente ancha, el hueso de la nariz, la cicatriz fina que le cruzaba la sien, y por un momento, solo por un momento, sintió que la gravedad aquella que le tiraba hacia abajo se aflojaba un poco, como si alguien le hubiera quitado un peso de encima sin que ella se diera cuenta.

—Cuatro días —dijo.

—Cuatro días. —Tupac retiró la mano y volvió a mirar el monte—. Mañana corto las varas para la balsa.

—¿Balsa?

—El río está bajo, pero sigue habiendo pozos hondos. No se puede vadear todo. Balsa.

Sol asintió. No sabía nada de balsas. No sabía nada de ríos. Cuatro meses atrás no sabía nada de nada, y ahora sabía hacer fuego con dos palos, sabía leer un rastro en el barro, sabía cuándo iba a llover por el olor del aire. Y seguía sin saber adónde iba. Le pareció, por un instante, que eso era lo único que no había aprendido.

Aquella noche comieron tortillas de maíz y un pescado que Tupac había sacado del río con la mano, y Sylvan mamó y se durmió, y Sol se acostó en la tarima con la espalda contra las varas y el niño en el brazo. Tupac se quedó junto al fogón, afilando el machete con la piedra, y el chirrido del metal llenó la choza un rato largo, y Sol, que ya conocía ese sonido, supo que era el sonido de los preparativos, y que los preparativos habían empezado.

—Tupac.

—Mmm.

—¿Por qué te quedaste?

El chirrido paró. Sol oyó el machete posarse en la madera, y luego los pasos de él hasta la tarima, y luego el peso del cuerpo de Tupac sentándose al borde, a su lado, en la oscuridad.

—¿Cuándo? —preguntó él.

—La primera noche. Cuando me encontraste. Pudiste dejarme en el monte y seguir tu camino. Nadie te habría dicho nada. Nadie sabía que yo estaba ahí.

Tupac se quedó callado. En el rincón, Sylvan respiraba corto y regular. Fuera, el río sonaba abajo, más flojo cada noche.

—Te oí antes de verte —dijo por fin—. Llevaba dos días oyéndote. Rompiendo ramas. Llorando. Hablando sola. Y pensé: esta mujer no va a durar. —Se giró un poco hacia ella en la oscuridad—. Y luego te vi, y no estabas llorando. Estabas mirando el rastro del jaguar en el barro, con la cabeza ladeada, como se mira una cosa que se quiere entender. Y pensé otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Que ibas a durar.

Sol se quedó con las palabras. Ibas a durar. No era una declaración. No era una promesa. Era una cosa que él había visto en ella antes de que ella lo viera en sí misma, y por eso, más que por todo lo demás, se le llenaron los ojos, y no quiso que él lo notara, así que estiró la mano en la oscuridad y le buscó la muñeca y se la apretó.

—Cuatro días —dijo.

—Cuatro días.

Tupac se acostó a su lado. Le puso la mano en el vientre, encima del trapo, abierta, y Sol se giró de lado y se acurrucó contra su costado, con Sylvan en el otro brazo, y por un rato los tres —los tres, o los cuatro, o los que fueran— se quedaron quietos en la tarima, con la respiración de cada uno buscando a la del otro en la oscuridad.

Sol no durmió enseguida. Se quedó despierta, con la mano de Tupac en el vientre y el peso nuevo tirándole hacia abajo, y por dentro, muy hondo, algo se movía otra vez. Pequeño. Terco. Vivo. Y esta vez no lo apartó. Esta vez lo dejó estar, y lo siguió con la atención, y por primera vez desde que lo había sentido, no le preguntó si era verdad o mentira. Solo lo sintió. Solo estuvo ahí con él, en la oscuridad, mientras afuera el río bajaba entre las piedras, un dedo más flojo cada noche, hacia el día en que tendrían que irse.

Y así, sin ceremonia, sin una palabra más alta que otra, Sol quedó otra vez preñada.

Los cuatro días se le fueron en ver a Tupac trabajar. Cortó cuatro troncos delgados de un árbol que Sol no supo nombrar, y los arrastró hasta la orilla, y los ató con bejucos verdes que él mismo torció entre las palmas, sentado en una piedra, con la lengua entre los dientes y las manos rápidas. Sol lo miraba desde la orilla con Sylvan en brazos, y a veces le llevaba agua, y a veces se sentaba en la arena a su lado y le pasaba al niño para que él lo sostuviera un rato mientras ataba un nudo, y Tupac se lo ponía en el hueco del brazo sin dejar de trabajar, con una naturalidad que a Sol le apretaba algo en el pecho cada vez.

—¿Sabes nadar? —le preguntó él la tarde del tercer día, sin levantar la vista del bejuco.

—Más o menos.

—Más o menos no sirve en el río.

—Entonces enséñame.

Tupac levantó la vista. La miró un segundo, y luego miró al niño en su brazo, y luego el río, y Sol le vio hacer el cálculo entero en la cara, como si estuviera midiendo el agua con los ojos.

—Mañana —dijo—. En el remanso. El agua ahí es quieta.

Y al día siguiente la llevó al remanso, con Sylvan envuelto en el trapo y colgado de un palo clavado en la arena, a la sombra, y le enseñó a flotar. Le puso la mano debajo de la espalda baja, en el agua, y le dijo que soltara el aire y se dejara, y Sol, que llevaba toda la vida apretada, tardó media hora en aprender a soltarse. Pero aprendió. Y cuando por fin flotó, con el agua tibia en los oídos y el cielo verde de hojas encima, oyó la voz de Tupac desde la orilla, baja, tranquila, diciéndole: así. Y le pareció, por un instante, que la gravedad aquella que le tiraba hacia abajo se aflojaba otra vez, y que el cuerpo nuevo que llevaba dentro, el de Sylvan y el otro, el de los dos, cabía en el río sin hundirse.

La mañana del quinto día cargaron la balsa.

Sol no había visto nunca una balsa. Era más pequeña de lo que había imaginado, cuatro troncos atados y una plataforma de varas encima, y Tupac la metió en el agua y la sostuvo contra la orilla mientras ella subía, con Sylvan contra el pecho en el trapo largo que le cruzaba el cuerpo, y luego él subió de un salto, con el machete al cinto y un atado de tortillas y una vasija de agua, y empujó con la pértiga, y la orilla se fue quedando atrás.

Sol se sentó en el centro de la balsa, con las piernas cruzadas y el niño en brazos, y miró la choza alejarse. La puerta de varas. Las cuarenta y dos rayas en el marco, más las cincuenta y una que había añadido después. El fogón apagado. El rincón donde había parido. Todo eso se fue haciendo pequeño, y luego más pequeño, y luego un punto en la curva del río, y luego nada.

—No mires atrás —dijo Tupac desde la popa, con la pértiga en las manos.

—¿Por qué?

—Porque el río no vuelve.

Sol lo miró. Estaba de pie, con el pelo negro recogido atrás por el viento, los brazos tensos sobre la pértiga, la piel cobriza brillante de agua, y la miraba a ella, no al río, y en la cara tenía esa cosa que Sol no había sabido leer nunca del todo y que ahora, por fin, le pareció que empezaba a entender. No era calma. Era paciencia. La paciencia de un hombre que lleva años esperando a que algo llegue, y que cuando llega no lo agarra, sino que abre las manos.

—Tupac.

—Qué.

—¿Cómo se llama el pueblo?

Él no contestó. Empujó con la pértiga y la balsa giró en la corriente, y el río se abrió delante de ellos, ancho y pardo, entre paredes de verde, y por un momento Sol no vio nada más que agua y hojas y cielo, y luego, en la curva, muy lejos, le pareció distinguir una línea clara en la orilla, un claro, algo que no era monte.

—Ahí —dijo Tupac, y señaló con la barbilla.

Sol se giró. Miró el claro. Miró al hombre. Y no preguntó más, porque la balsa ya estaba entrando en la corriente, y el río los llevaba, y el niño dormía contra su pecho, y dentro de ella, muy hondo, el otro se movía.

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