El Eco de la Piel
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El Eco de la Piel

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El mensaje de Rodri
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Chapter 3 of 3

El mensaje de Rodri

Valentina está sola en la terraza, con la chaqueta de Álex sobre los hombros, cuando el móvil vibra en su bolsillo: Rodri, otra vez, preguntando dónde está. Álex sale del baño y ve la pantalla, y en lugar de enfadarse, le quita el teléfono y escribe: 'Estoy con alguien'. Se lo devuelve y le dice: 'Si quieres que deje de escribirte, respóndele eso'. Valentina mira el mensaje sin enviar, con el cursor parpadeando, y siente el peso de la chaqueta y el recuerdo de lo que hay debajo, mientras Álex se sienta en la tumbona y la espera, con las piernas abiertas y el encaje negro aún en su bolsillo.

El aire de la terraza todavía guardaba el calor del día. Valentina lo sentía subir desde el cemento rugoso a través de las plantas de los pies descalzos, un calor que no tenía nada que ver con la noche y sí con todo lo que acababa de ocurrir a dos metros de altura del suelo y a seis años de distancia del último beso que se habían dado antes de hoy.

Se acercó al borde. La ciudad seguía encendida allá abajo, faros y ventanas y el parpadeo rojo de un letrero de farmacia que llevaba toda la noche encendiéndose y apagándose, indiferente. El humo de una parrilla lejana subía en espiral desde algún patio interior y se mezclaba con el jazmín seco de los maceteros que nadie regaba. Se abrazó a sí misma y la chaqueta de Álex crujió sobre sus hombros, la tela aún tibia de él, con el olor de su cuello metido en el forro. Marino, y algo más oscuro debajo. Ella no iba a nombrarlo.

Debajo de la chaqueta, la seda le rozaba la piel sin nada entremedias. Cada vez que se movía, el vestido se le pegaba a la cadera y le recordaba, con una precisión que no le hacía ningún favor, que sus bragas estaban en el bolsillo de un hombre que en ese momento estaría cerrando el grifo del baño del sexto piso.

El móvil vibró en el bolsillo de la chaqueta.

Ella lo ignoró. Miró el letrero de la farmacia encenderse. Apagarse.

Vibró otra vez.

—Ya va —dijo en voz baja, al aire, como si el teléfono pudiera oírla y ofenderse.

Lo sacó. La pantalla le golpeó la cara con su luz blanca y ella entrecerró los ojos. Dos mensajes, los dos de Rodri, y el primero llevaba ahí desde antes de que ella subiera al ascensor.

Valentina, ¿dónde te has metido? Te estoy buscando.

Y el segundo, tres minutos después, más corto, más seco, con esa paciencia de hombre que no sabe perder y empieza a notarlo:

Llevo media hora esperando.

Valentina se quedó mirando la pantalla. La franja de luz del baño se derramaba sobre las baldosas al otro lado de la terraza, y en algún momento el rumor del agua había cesado. El grifo se cerró con un chirrido corto. Ella no levantó la vista.

Rodri. Media hora. Era capaz de haber contado los minutos de verdad, con el anillo de sello girando entre el pulgar y el índice mientras esperaba junto a la barra, con esa sonrisa suya de dientes perfectos que no le llegaba nunca a los ojos grises. Se lo imaginó preguntando por ella a algún camarero, con la misma precisión quirúrgica con la que cerraba un contrato. ¿Ha visto a Valentina Ríos? Es la curadora. Vestido de seda. Y el camarero señalando hacia el ascensor, o hacia la terraza, o hacia ningún sitio, porque Valentina se había esfumado de la gala como una ladrona.

El cursor parpadeaba en el campo de texto vacío. Una rayita vertical, paciente, esperando.

Ella escribió Estoy y se detuvo. Borró. Escribió Lo siento, me y se detuvo otra vez. La rayita seguía parpadeando, y el problema no era la rayita, el problema era que cualquier cosa que escribiera sería mentira o sería verdad, y ninguna de las dos opciones le servía. Si decía la verdad, Rodri subía. Si mentía, Rodri seguía escribiendo hasta el amanecer.

La puerta del baño se abrió.

No la oyó llegar —siempre fue así con él, se movía como si el suelo le perteneciera—, pero el aire cambió. El olor a jabón de manos se mezcló con el jazmín, y ella supo, sin girarse, que Álex estaba en el umbral mirándola, con las mangas de la camisa subidas hasta el codo y el pelo revuelto por las manos que se había pasado por él.

—¿Rodri? —dijo él.

Su voz, a esa hora, se había vuelto más grave. Valentina levantó la vista. Álex tenía la cabeza ladeada y los ojos en la pantalla de su móvil, no en su cara, y eso era peor. Los ojos marrón oscuro se deslizaron por los dos mensajes con una lentitud que no era casualidad, que era cálculo, que era el hombre que llevaba seis años memorizando cada detalle de ella y ahora estaba memorizando esto también.

—Lleva media hora —dijo Valentina—. Según él.

—Según él.

Álex dio dos pasos hacia ella. El cemento le devolvió el sonido de las suelas, y cuando se detuvo lo bastante cerca para que ella sintiera el calor que desprendía su cuerpo después del baño, alargó la mano. No hacia ella. Hacia el teléfono.

—Dámelo.

—Álex.

—Dámelo, Val.

Y ella se lo dio, porque era más fácil que discutir, porque la chaqueta en sus hombros era de él y el olor en el forro era de él y sus bragas estaban en el bolsillo de él, y en ese momento todo lo que llevaba encima pertenecía a Alejandro Mendoza de una manera u otra.

Él se giró con el móvil en la mano. La luz de la pantalla le iluminó la mandíbula desde abajo, los pómulos, la sombra del labio inferior que ella acababa de morder hacía menos de una hora. Valentina lo vio escribir con los dos pulgares, rápido, sin dudar, sin borrar ni una sola vez, y ese detalle —la ausencia de dudas— le apretó algo en el pecho.

—¿Qué le has puesto? —preguntó.

Álex no contestó. Le devolvió el teléfono con la pantalla encendida, el mensaje ya escrito en el campo de texto, el cursor parpadeando al final como si también él estuviera esperando.

Valentina bajó la vista.

Estoy con alguien.

Tres palabras. Sin punto final. Sin explicación. Sin lo siento ni te llamo mañana ni ninguna de las fórmulas que ella habría usado para suavizar el golpe, porque Álex no suavizaba nada. Lo leía y le parecía oír la voz de Rodri al recibirlo, el silencio al otro lado de la gala, el anillo de sello deteniéndose entre los dedos.

—Si quieres que deje de escribirte —dijo Álex—, respóndele eso.

Se sentó en la tumbona. La lona se hundió bajo su peso con un quejido corto, y él se recostó hacia atrás con las piernas abiertas, los codos apoyados en los muslos, las manos colgando entre las rodillas. La camisa se le tensó sobre los hombros. En el bolsillo del pantalón, algo de encaje negro asomaba apenas un centímetro por encima del borde, y Valentina lo vio —lo vio y supo que él sabía que lo veía— y sintió que se le encendía la cara.

—No es tan simple —dijo ella.

—No lo he dicho porque sea simple.

—Rodri es mi socio.

—Rodri es un hombre que lleva media hora esperando algo que no es una reunión.

Valentina apretó el teléfono. La pantalla se oscureció sola, el mensaje sin enviar guardado en algún rincón de la memoria del aparato, y ella se quedó mirando su propio reflejo en el cristal negro, el pelo suelto, la boca todavía roja, una marca rosada en la mejilla donde el botón del ascensor se le había clavado.

—Se va a ofender —dijo.

—Que se ofenda.

—Álex.

—Valentina.

Él no se movió de la tumbona. La miró desde abajo, con la cabeza apoyada en el respaldo y esa calma suya que no era calma, que era una cuerda tensada esperando a que alguien la pulsara. El viento le movió un mechón de pelo sobre la frente y él no se lo apartó.

—Llevo seis años sin poder escribirte tres palabras así —dijo—. Se las escribo a él en tres segundos.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue peor. Fue un silencio con peso, con textura, con el zumbido del letrero de la farmacia allá abajo y el rumor de una fiesta que se apagaba dos pisos más abajo, música de cuerda y risas que subían por el hueco del edificio como si nada.

Valentina se acercó al borde de la terraza. El cemento le quemó las plantas de los pies y ella se quedó ahí, de cara a la ciudad, con el pulgar sobre la pantalla del móvil. El cursor seguía parpadeando. Estoy con alguien. Tres palabras que podía borrar con un gesto, que podía reemplazar por cualquier cosa más amable, más estratégica, más propia de la mujer que sonreía en las inauguraciones y sabía exactamente qué decirle a cada invitado.

Pero la mujer que sonreía en las inauguraciones no llevaba la chaqueta de un hombre sobre la seda desnuda, ni tenía el muslo todavía tibio del roce de otra pierna, ni acababa de gemir un nombre contra el cuello de alguien en una terraza a la vista de toda la ciudad.

—¿Y si le doy explicaciones? —dijo, sin girarse—. ¿Si le digo que estaba indispuesta, que me fui a casa?

—Entonces te creerá —dijo Álex—. Y mañana te invitará a cenar.

—No es lo que quiero.

—Ya lo sé.

Ella se giró. Álex seguía en la tumbona, con la cabeza ladeada, y en la penumbra de la terraza sus ojos eran dos pozos oscuros que no se apartaban de ella. El encaje negro seguía asomando del bolsillo, y él no hacía nada por esconderlo. Lo dejaba ahí, visible, como una firma.

—¿Y si le envío lo que has escrito y mañana me pregunta quién es? —dijo Valentina.

—Entonces le dices la verdad.

—¿Que estoy con quién?

—Conmigo.

La palabra cayó entre los dos y se quedó ahí, en el aire caliente, mezclada con el jazmín. Valentina sintió que se le cerraba la garganta. No era una declaración. Era un hecho, dicho con la misma naturalidad con la que él decía todo lo importante, y por eso dolía más, porque los hechos no se discuten.

—No es tan fácil —repitió ella, pero esta vez la voz le salió más baja.

Álex se incorporó. La tumbona crujió. Se levantó despacio, con las manos en los bolsillos —el derecho, el del encaje— y se acercó a ella hasta que la sombra de la terraza lo cubrió entero. Cuando habló, lo hizo con el volumen tan bajo que ella tuvo que inclinarse un poco para oírlo, y ese gesto, el de inclinarse, fue el que la delató.

—No te estoy pidiendo que le cuentes tu vida a Rodri Valdés —dijo—. Te estoy diciendo que si quieres que deje de escribirte, tienes tres palabras en la mano.

Valentina miró el móvil. La pantalla se había apagado del todo, y en el reflejo del cristal negro se veía a los dos, a ella de frente y a él detrás, la chaqueta sobre sus hombros y la cabeza de Álex tan cerca de la suya que parecían una sola silueta contra la ciudad encendida.

—Tres palabras —dijo ella—. Y mañana tengo que sentarme con él en la reunión de las diez.

—Entonces siéntate. —Álex se encogió de hombros—. Pero siéntate sabiendo lo que le has escrito.

Ella no contestó. Encendió la pantalla otra vez. El mensaje seguía ahí, esperando, el cursor parpadeando al final de alguien como un pulso. El pulgar de Valentina se quedó suspendido sobre la palabra, y en su cabeza se oyó la voz de su madre diciéndole que las decisiones se toman con la cabeza y no con el cuerpo, y se oyó a sí misma hace seis años diciéndole a Álex que no volviera a buscarla, y se oyó el timbre del móvil de Rodri sonando en la gala mientras ella subía en un ascensor con la mano de otro hombre en la cintura.

El viento cambió de dirección. Le trajo el humo de la parrilla, ya casi apagada, y un olor a jazmín más intenso, como si los maceteros se hubieran despertado de golpe.

Álex no dijo nada más. Se quedó a su lado, sin tocarla, con las manos en los bolsillos y la vista en la ciudad, y su presencia era un peso cálido en el costado de ella, un peso que no exigía nada y que lo exigía todo.

Valentina miró el mensaje. Miró al hombre que lo había escrito. Miró la chaqueta sobre sus hombros y el encaje negro que asomaba del bolsillo de él, y el cursor seguía parpadeando, y el pulgar seguía suspendido, y en algún lugar del edificio Rodrigo Valdés seguía esperando con el anillo de sello girando entre los dedos.

El móvil vibró otra vez en su mano.

Los dos bajaron la vista al mismo tiempo. La pantalla se iluminó con el nombre de Rodri, y debajo, en la vista previa, las primeras palabras de un tercer mensaje:

Valentina, esto ya no es

El resto quedó cortado por el borde de la pantalla. El cursor seguía parpadeando en el campo de texto, esperando, y Valentina sintió el peso de la chaqueta sobre los hombros, y el calor del cemento bajo los pies, y la mirada de Álex sobre su cara, y no escribió nada.

El pulgar de Valentina se movió antes de que el resto de ella pudiera decidir. Un roce sobre la pantalla, casi accidental, como cuando se apaga una alarma sin abrir del todo los ojos. La palabra alguien se quedó un instante más en el campo de texto, subrayada por el resaltado azul del envío, y luego la burbuja saltó hacia arriba y se coló en la conversación con Rodri, con su hora al lado, con su palomita gris.

—Ya está —dijo. Y la voz le salió tan baja que apenas la reconoció.

Álex no se movió. La miró de lado, con esa quietud suya que no era pasividad sino el modo en que un hombre espera a ver si el suelo que acaba de pisar aguanta. El viento le revolvió el pelo otra vez y esta vez sí se lo apartó, con dos dedos, sin prisa, y el gesto le dejó la frente despejada y la mirada entera descubierta.

—¿Lo has enviado?

—Lo he enviado.

Él asintió. Solo eso. Un movimiento corto de la barbilla, y después volvió a mirar la ciudad, como si el asunto estuviera cerrado, como si tres palabras en un teléfono fueran una puerta que se cierra y no una que se abre con una corriente de aire detrás.

A Valentina no le gustó esa calma. Le daba demasiado espacio para escucharse a sí misma. Bajo la chaqueta, la seda le rozaba la cadera cada vez que respiraba, y el roce le traía de vuelta el recuerdo del cemento contra la espalda, la mano de él sujetándole la nuca, la voz de él en su oído diciéndole algo que ahora no habría sabido repetir. Se sentó en el borde de la tumbona, con las rodillas juntas y el móvil en las dos manos, y esperó.

La pantalla no hizo nada.

Un coche pasó por la calle de abajo, con la música a todo volumen y las ventanillas bajadas, y el retumbar subió por la fachada y se fue. El letrero de la farmacia se encendió. Se apagó. En el hueco del edificio, la fiesta seguía muriendo a sorbos, una risa suelta, un vaso que se rompía en algún sitio, el arrastre de una mesa.

—Cuenta hasta diez —dijo Álex.

—No estoy contando nada.

—Estás contando. Se te mueve la boca.

Valentina se pasó la lengua por los labios, delatada, y no contestó. Tenía el dedo índice apoyado en el borde del móvil, el anillo de plata girándole alrededor de la falange sin que se diera cuenta, y cuando lo notó lo detuvo con el pulgar de la otra mano, como se detiene a un perro que empieza a ladrar.

—Rodri no es de los que tardan en contestar —dijo al fin—. Es de los que tienen el móvil en la mano antes de que termine de sonar.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo también he sido ese hombre —dijo Álex—. Seis años, Val. Seis años con el móvil en la mano.

Ella lo miró. Él seguía de pie junto al borde, de espaldas a medias, con una mano en el bolsillo y la otra colgando, y la luz de la ciudad le dibujaba el perfil de la mandíbula y el cuello de la camisa abierto. No había reproche en lo que había dicho. No había nada que pedir. Era la clase de frase que se dice porque es verdad y porque ya no duele decirla, y aun así a Valentina le dolió, en un sitio raro, debajo de las costillas.

El móvil vibró.

Los dos lo oyeron. Fue un zumbido corto contra la lona de la tumbona, y Valentina se quedó tan quieta que sintió el pulso en el borde del índice, donde el anillo le apretaba la piel.

—Ahí está —dijo Álex, sin girarse.

—Podría ser cualquiera.

—No es cualquiera.

Tenía razón y las dos lo sabían. Valentina encendió la pantalla. La notificación se desplegó desde arriba, con el nombre de Rodri y la primera línea del mensaje, y la primera línea era tan corta que cabía entera en la vista previa:

¿Con quién?

Se quedó mirándola. Dos palabras y un signo de interrogación, y en esas dos palabras estaba todo Rodrigo Valdés: la educación de no escribir en mayúsculas, la impaciencia de preguntar sin rodeo, la sospecha de un hombre que lleva media hora esperando y acaba de recibir una respuesta que no le cuadra con nada de lo que ha visto esta noche.

—Pregunta con quién —dijo Valentina.

—Claro que pregunta con quién.

—¿Y qué le digo?

Álex se giró por fin. Se apoyó de espaldas contra la barandilla, con los codos en el hierro, y la postura le estiró la camisa sobre el pecho. La cicatriz del pulgar se le veía en la mano que dejó caer a un lado, una rayita pálida en la piel morena, y Valentina se descubrió mirándosela como se mira un mapa que ya se sabe de memoria.

—Le dices lo que quieras decirle —contestó él—. No lo que yo quiera que le digas.

—Eso no me ayuda.

—Te ayuda más de lo que crees.

Ella soltó el aire por la nariz. El móvil le pesaba en las manos como si fuera de plomo. En la pantalla, la conversación con Rodri seguía abierta, y debajo de su ¿Con quién? el cursor del campo de texto esperaba otra vez, y por un instante absurdo Valentina pensó en su madre, en la mesa del domingo, en la voz de Camila Ríos diciendo Rodrigo es un hombre serio, Valentina, un hombre que sabe lo que quiere, y en cómo se le quedaría la cara si supiera dónde estaba su hija en ese preciso momento y con quién.

—No voy a mentirle —dijo, y se sorprendió de que fuera verdad mientras lo decía.

—Bien.

—Pero tampoco le voy a dar un nombre.

Álex no dijo nada. Solo la miró, y en su cara no había aprobación ni desaprobación, había algo más difícil de sostener: paciencia. La paciencia de un hombre que ha esperado seis años y puede esperar los tres minutos que ella necesite para encontrar sus propias palabras.

Valentina escribió despacio, con un dedo, corrigiendo una letra, borrando otra.

Con alguien que no es asunto de la galería.

Lo leyó dos veces. Le pareció justo. Le pareció lo bastante firme para que Rodri entendiera que no había nada que negociar y lo bastante ambiguo para que mañana, en la reunión de las diez, pudieran sentarse frente a frente sin que ella tuviera que sostenerle la mirada más de lo necesario. Pulsó enviar antes de arrepentirse.

—Enviado —dijo—. Otra vez.

—¿Qué le has puesto?

—Que con quién estoy no es asunto de la galería.

Álex inclinó la cabeza, y algo le cruzó la boca, algo que no llegó a ser una sonrisa pero que le levantó una comisura.

—Eso es muy tuyo.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es tuyo —dijo él—. Es lo mejor que puedes escribir.

Valentina se levantó de la tumbona. El cemento le enfrió las plantas de los pies y el movimiento hizo que la chaqueta se le escurriera de un hombro; se la subió con un gesto rápido, y el forro, todavía tibio, le rozó la nuca. Se acercó a la barandilla, a un brazo de distancia de él, y juntos miraron la ciudad como dos personas que no tienen nada que decirse y mucho que callar.

El móvil vibró a los pocos segundos.

Esta vez Valentina no dudó. Lo levantó, lo miró, y la vista previa le mostró el mensaje entero, porque Rodri había escrito poco, como escribía siempre cuando estaba molesto: con las palabras justas y ninguna de más.

Nos vemos mañana a las diez.

Sin pregunta. Sin espero una explicación. Sin esto no ha terminado. Solo la hora, y la frialdad de un hombre que ha decidido que la conversación se traslada a un terreno donde él manda.

Valentina leyó el mensaje en voz alta, despacio, para que Álex lo oyera palabra por palabra.

—«Nos vemos mañana a las diez».

Álex no se movió. Tenía los ojos en la pantalla, en el brillo que le iluminaba a ella la cara desde abajo, y cuando habló lo hizo con una calma que no era la de antes, una calma más honda, con algo metálico en el fondo.

—Entonces mañana a las diez te verás con él.

—Sí.

—Y yo me quedaré con esto —dijo, y se tocó el bolsillo, el derecho, donde el encaje negro asomaba apenas un centímetro por encima del borde.

Valentina siguió el movimiento de su mano y sintió que se le encendía la cara otra vez, y esta vez no apartó la vista. El móvil seguía en su palma, encendido, con la conversación abierta y el mensaje de Rodri al final, y ella lo apagó con el pulgar, y la pantalla se quedó negra, y en el cristal oscuro se vio a sí misma junto a él, la chaqueta, el pelo suelto, la boca todavía roja, y detrás, muy cerca, la cara de Álex mirándola a través del reflejo.

El reflejo le devolvía una mujer que no se parecía del todo a la que había subido a aquella terraza. Tenía algo deshecho en la boca, en el modo en que el labio inferior se le curvaba todavía hacia dentro, y el pelo, que llevaba recogido con dos horquillas al empezar la noche, le caía ahora sobre un hombro en una onda que ninguna horquilla habría sabido sujetar. Se miró un segundo de más. Se conocía esa cara. Era la cara que se le quedaba cuando algo la había atravesado por dentro y todavía no había decidido si lo dejaba salir.

—Se me va a notar mañana —dijo, y no era una pregunta.

Álex volvió la cabeza hacia ella, despacio, y en el cristal oscuro del móvil sus dos reflejos quedaron uno al lado del otro, el de él más alto, con la camisa arrugada en el costado donde ella había cerrado el puño.

—¿El qué?

—Todo. —Se tocó la clavícula con dos dedos, por encima de la seda, en el sitio exacto donde la cicatriz se escondía—. Esto no lo ve nadie. Pero lo otro sí.

—Lo otro —repitió él, y la palabra le salió más lenta, como si la estuviera sopesando—. ¿Lo otro es que has dormido poco, o lo otro es que estás distinta?

Valentina se guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta, el izquierdo, el que no era de él, y el peso del aparato tiró del forro. Se apartó de la barandilla y dio dos pasos por el cemento, hacia la tumbona, y luego se detuvo, porque no sabía adónde ir. Ese era el problema de las terrazas: no tienen adónde ir. Se acaban en el borde.

—Lo otro es que Rodri lleva seis meses mirándome como se mira un cuadro que no está en venta —dijo—. Y mañana me va a mirar distinto. Va a buscar la diferencia. Y la va a encontrar.

—Que la encuentre.

—No es tan simple.

—No he dicho que lo sea. —Álex se separó del hierro y la siguió, sin prisa, y el sonido de sus zapatos sobre el cemento fue lo único que hubo durante un momento—. He dicho que la encuentre. Que sepa que hay algo. Que se pase la reunión de las diez preguntándose qué, y con quién, y por qué no se lo has dicho. —Se detuvo a un paso de ella—. Eso no es un problema, Val. Eso es información que le estás dando sin darle nada.

Ella se cruzó de brazos dentro de la chaqueta, que le quedaba enorme, y el gesto le subió el cuello de la camisa de él hasta la mandíbula. Olía a él. Ese era otro problema: que la chaqueta olía a él y que ella se estaba acostumbrando demasiado rápido.

—Hablas como si tuvieras un plan.

—Tengo un local vacío y una exposición el jueves. —Álex se encogió de hombros, y el gesto le movió la camisa sobre el pecho—. Planes, lo que se dice planes, pocos.

—Álex.

—¿Qué?

—Que si mañana Rodri me pregunta directamente, cara a cara, con la puerta cerrada, no sé qué voy a contestarle.

Él la miró un rato largo. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón, las dos, y la postura le echaba los hombros hacia delante y le acortaba la figura, y aun así ocupaba la terraza entera. Era una cosa que Valentina había olvidado y que acababa de recordar: que Álex nunca necesitaba decir mucho para llenar un sitio. Le bastaba con quedarse quieto en él.

—Entonces no le contestes —dijo—. Le dices que lo piensas. Que necesitas pensarlo. Es la verdad, y la verdad siempre se sostiene mejor que una mentira bien construida.

—Y si insiste.

—Insistirá. —Lo dijo sin dudar, y algo se le movió en la mandíbula—. Rodri es de los que insisten. Pero tú no tienes que ganarle esa conversación, Val. Solo tienes que salir de ella entera.

Valentina soltó una risa corta, sin ganas, que se le quedó a medio camino en la garganta.

—Eso es lo más útil que me has dicho en toda la noche.

—Lo sé. —Y esta vez sí sonrió, apenas, con una comisura, y la sonrisa le cambió la cara entera—. No siempre soy tan inútil.

Se acercó a la tumbona y se sentó en el borde, donde ella había estado antes, y el plástico de la lona crujió bajo su peso. Se pasó una mano por el pelo, ese gesto suyo de siempre, y el pelo se le quedó peor de lo que estaba, despeinado hacia un lado, y Valentina sintió una punzada absurda en el pecho, algo que no tenía nada que ver con el deseo ni con el miedo, algo más pequeño y más antiguo: la costumbre de querer arreglarle lo que él no se arreglaba.

—¿Qué hora es? —preguntó ella.

Álex se miró la muñeca, el reloj de acero, y la esfera le devolvió un destello de la farola.

—La una y veinte.

—Tengo que bajar.

—Sí.

—La fiesta se acaba a las dos. Si no estoy abajo cuando se vaya el último invitado, alguien va a preguntar por mí. Y no quiero que pregunten por mí.

—No. —Álex se levantó otra vez, y esta vez fue hacia la puerta de la terraza, la que daba al hueco de la escalera, y la abrió con el hombro antes de sujetarla con la mano—. El pasillo del sexto está vacío. El ascensor de servicio llega hasta el sótano. Puedes bajar por ahí sin cruzarte con nadie.

Valentina se acercó, y al pasar junto a él, en el hueco de la puerta, el brazo de Álex se levantó y le rozó el codo, un roce que no la detuvo pero que tampoco fue casual.

—El jueves —dijo él, en voz baja, mientras ella cruzaba—. A las ocho. Exposición de Ferro primero, el local después. No te lo digo para meterte prisa. Te lo digo para que sepas que voy a estar ahí aunque no vengas.

Valentina se giró en el pasillo. La luz del hueco de la escalera era blanca y fría, de esas que no perdonan, y le borraba a Álex la mitad de la cara. Aun así lo vio bien: la camisa abierta en el cuello, la chaqueta que ya no llevaba, el bolsillo derecho donde el encaje negro seguía asomando un centímetro por encima del borde.

—Voy a ir —dijo ella, y fue la primera vez en toda la noche que dijo algo sin pensarlo dos veces.

Álex no contestó. Solo asintió, una vez, y le sostuvo la puerta hasta que ella llegó al rellano, y después la dejó cerrarse sola, con un clic que retumbó en el hueco de la escalera como una piedra que cae en un pozo.

La puerta se cerró. El clic se quedó en el hueco de la escalera, rebotando de pared en pared, y Valentina se quedó plantada en el rellano con la chaqueta de Álex colgándole de los hombros y el móvil de Rodri pesándole en el bolsillo izquierdo.

Frente a ella, la escalera de servicio bajaba en tramos de hormigón, cada rellano con su bombilla desnuda y su mancha de humedad en el techo. Hacia abajo, el hueco se tragaba la luz a los dos pisos. Hacia arriba, un tramo más y el tejado. En algún lugar debajo, la fiesta seguía agonizando, y en algún lugar de la fiesta, Rodrigo Valdés miraba su reloj.

Valentina bajó un escalón.

El tacón de su zapato —el que le había devuelto la vida en el ascensor, el que se había calzado otra vez con las manos temblándole— golpeó el hormigón con un sonido seco que le subió por la espinilla. Bajó otro. La chaqueta se le escurrió del hombro izquierdo y ella no se la subió.

Un tercer escalón. Y entonces se detuvo, con la mano en la barandilla fría, y se dio cuenta de que estaba escuchando. Escuchando la puerta cerrada, el silencio detrás de ella, el zumbido de la bombilla. Escuchando si él se había ido ya, si sus pasos se alejaban por el pasillo, si el hombre que acababa de decirle voy a estar ahí aunque no vengas se estaba quedando solo en una terraza con el jazmín seco y una tumbona que aún guardaba el calor de los dos.

No se oía nada.

Valentina se giró. Subió los dos escalones de golpe, sin pensar, con el corazón dándole en la garganta, y empujó la puerta con la palma abierta.

Álex estaba a medio paso del umbral, con la mano todavía levantada hacia el picaporte, y la puerta se le vino encima antes de que pudiera apartarse. Se quedó quieto. La luz blanca del hueco de la escalera le caía de lleno en la cara y le borraba las sombras: la mandíbula, la boca entreabierta, los ojos marrón oscuro que se habían abierto un poco más de lo normal, y en ellos —un segundo, nada más— algo que no era sorpresa. Era el modo en que un hombre mira cuando le acaban de dar lo que no se atrevía a pedir.

—Val —dijo.

Ella no contestó. Le puso la mano en el pecho, en el centro de la camisa, y sintió el corazón debajo, golpeando duro contra las costillas, y ese latido desbocado fue lo último que necesitó saber.

Lo besó.

No fue el beso del ascensor, ni el de la terraza. Aquellos habían sido hambre, y prisa, y seis años de puerta cerrada. Este fue otra cosa. Fue lento, y fue torpe al principio —los dos con los labios mal colocados, con la nariz de ella contra la mejilla de él, con la puerta abriéndose todavía contra el hombro de Álex—, y luego él soltó el picaporte y le puso las dos manos en la cintura y la atrajo, y el beso se enderezó.

La boca de Álex sabía a jabón de manos y a ella. Valentina se agarró a la camisa con las dos manos, cerrando los puños en la tela arrugada del costado, y él la levantó un centímetro del suelo, lo justo para que los tacones se le quedaran colgando, y la sostuvo ahí, contra el marco de la puerta, con la espalda de ella contra la madera fría y el pecho de él contra el suyo.

El pasillo del sexto olía a cera de suelo y a papel viejo. La puerta de la terraza, abierta todavía a su espalda, dejaba entrar el aire de la noche con su jazmín y su humo de parrilla, y el aire les daba en el costado, moviéndoles la ropa, y ninguno de los dos se apartó para cerrarla.

Álex le mordió el labio inferior, despacio, y luego lo lamió, y la mano que tenía en la cintura de ella subió por la espalda, por encima de la chaqueta, hasta la nuca, y se cerró ahí. Valentina sintió los dedos de él en el pelo suelto, enredándose, y el tirón suave le echó la cabeza atrás y le dejó la garganta expuesta a la bombilla y a la boca de él.

Él no bajó. Se quedó ahí, con la frente apoyada en la de ella, respirando, y Valentina abrió los ojos y lo vio de cerca, tan cerca que le veía las pestañas y la cicatriz del pulgar cuando le subió la mano por la mandíbula.

—¿Qué haces? —dijo él, en un susurro ronco.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Ella le pasó el pulgar por el labio, por la comisura donde ella lo había mordido, y la piel de él estaba caliente y un poco húmeda.

—Vuelvo a subir —dijo—. Eso es lo que hago.

Álex soltó el aire por la nariz, algo entre risa y suspiro, y la frente le pesó un segundo más contra la de ella antes de apartarse. No la soltó. La bajó al suelo despacio, con las dos manos todavía en su cintura, y la miró desde arriba con esa expresión suya que Valentina conocía de memoria y que nunca había sabido nombrar: la de un hombre que acaba de recibir una noticia que no esperaba y todavía no ha decidido si alegrarse.

—Vas a bajar —dijo—. La fiesta se acaba a las dos. Lo has dicho tú.

—Ya lo sé.

—Rodri está abajo.

—Ya lo sé.

—Y aun así has subido.

Valentina le puso la mano en el pecho otra vez, y esta vez el corazón de él iba más despacio, y eso la asustó más que si hubiera seguido desbocado. Se apartó medio paso, con la espalda contra el marco de la puerta, y la chaqueta se le escurrió del todo del hombro izquierdo, y ella la dejó caer hasta el codo, hasta que la manga le colgó de la muñeca como una prenda que ya no era suya.

—Lo he subido por esto —dijo, y se señaló el espacio entre los dos, el palmo de pasillo que los separaba—. Porque me he dado cuenta bajando de que no quería bajar. Que llevaba toda la noche yéndome y no me iba.

Álex no dijo nada. Se quedó mirándola, con las manos colgando a los lados, y la camisa se le había quedado arrugada donde ella la había agarrado, dos puños marcados en el costado como huellas.

—Si bajo ahora —siguió Valentina—, mañana me siento con Rodri a las diez y le digo que no es asunto de la galería, y él se queda con eso, y yo me quedo con esto. —Se tocó la clavícula, por encima de la seda, donde la cicatriz se escondía—. Y no quiero quedarme con esto. No otra vez.

La palabra otra vez se quedó en el pasillo. Álex bajó la vista al suelo entre los dos, y la bombilla le dio en la coronilla y le puso el pelo castaño oscuro casi negro, y cuando volvió a levantar la cara tenía algo distinto en los ojos. No era ternura. Era más duro que la ternura, y más viejo.

—Seis años —dijo—. Me pasé seis años deseando que subieras. —Se le acercó un paso—. Y ahora que has subido, no sé qué hacer con las manos.

Valentina soltó una risa corta, sin aire.

—Pues úsalas.

Él la usó. Le puso una mano en la cadera, por encima de la seda, y la otra en la nuca otra vez, y la atrajo sin prisa, y el segundo beso fue más lento que el primero, más hondo, con la boca de él abriéndose sobre la de ella y la lengua de ella encontrándolo, y Valentina se olvidó de la chaqueta, que se le cayó del todo del brazo y quedó en el suelo del pasillo, un montón de tela azul marino sobre el hormigón.

Cuando se separaron, los dos respiraban mal.

—La chaqueta —dijo ella, mirando hacia abajo.

—Déjala.

—Está en el suelo.

—Déjala, Val.

Y ella la dejó. Se quedó de pie en el pasillo del sexto piso, con el vestido de seda pegado a la cadera y los brazos desnudos, y el frío del hormigón le subió por los pies y le recorrió las piernas, y no le importó. Álex la miraba como se mira algo que se ha perdido y se ha vuelto a encontrar en el mismo sitio, con incredulidad y con hambre, y ella sostuvo la mirada.

—Voy a bajar —dijo Valentina—. Voy a bajar, y voy a salir por el ascensor de servicio, y mañana a las diez me voy a sentar con Rodri y le voy a decir que lo piense, como me has dicho. —Se pasó la lengua por el labio, que le sabía a él—. Pero antes de bajar, quiero que me digas una cosa.

—Lo que quieras.

—El jueves. —Lo miró a los ojos—. ¿Qué es lo que me vas a decir el jueves que no me has dicho hoy?

Álex se quedó callado. La bombilla del techo zumbaba. En algún lugar de abajo, la música de la fiesta cambió de canción, y las primeras notas de algo más lento subieron por el hueco de la escalera, apagadas, irreales.

—El jueves —dijo él al fin—. Te lo digo el jueves. —Le puso un dedo en los labios antes de que ella pudiera protestar—. No porque no quiera decírtelo ahora. Porque si te lo digo aquí, en un pasillo, con la fiesta acabándose y Rodri esperando abajo, no me vas a creer. Y necesito que me creas.

Valentina se quedó con el dedo de él en los labios un segundo más de lo necesario. Luego lo apartó con la mano y se puso de puntillas, y le dio un beso corto, seco, en la comisura de la boca.

—Voy a ir —dijo—. Te lo he dicho antes y te lo digo otra vez. Voy a ir.

Se agachó a recoger la chaqueta del suelo. La sacudió una vez, sin necesidad, y se la puso sobre los hombros, y el forro, frío ahora, le rozó la nuca. Álex la miró hacerlo sin moverse, con las manos en los bolsillos otra vez, y el encaje negro seguía asomando un centímetro por encima del borde del derecho.

—Baja por el de servicio —dijo—. El ascensor principal da a la barra. Te verían.

—Lo sé.

—Y Val. —Ella se giró desde el primer escalón—. El móvil. Si Rodri vuelve a escribirte antes de que llegues abajo, no contestes. Que se quede con lo que le has dicho.

Valentina asintió. Bajó un escalón, y luego otro, y a la altura del rellano se detuvo y levantó la vista. Álex seguía en el umbral, con la puerta abierta a su espalda y la luz de la terraza detrás, y desde abajo parecía más alto, y más solo.

—Álex.

—¿Qué?

—No te quedes ahí toda la noche.

Él sonrió. Fue una sonrisa lenta, de las que le cambiaban la cara entera, y Valentina se la llevó consigo escaleras abajo, con el eco de sus propios tacones en el hormigón y el peso del móvil de Rodri en el bolsillo izquierdo y el sabor de Álex todavía en la boca.

La puerta de la terraza se cerró arriba, suave esta vez, sin clic.

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The End

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