La terraza del sexto piso todavía guardaba el calor del día. Valentina lo sintió subir por las plantas de los pies a través de las sandalias, ese calor de cemento que se queda en los huesos después de que el sol se ha ido. La barandilla de hierro, en cambio, estaba fría. Pasó la mano por ella, despacio, y el contraste le subió por el brazo como una advertencia.
Abajo, la ciudad se extendía en una sábana de luces rotas por las avenidas. Algún coche, alguna risa que subía desde el patio interior, el zumbido de un aire acondicionado en el edificio de al lado. Se oían las cosas de la noche con una claridad que no tenía nada que ver con la nitidez. El vestido de seda se le pegaba a la espalda. El pelo, suelto desde el ascensor, le caía sobre los hombros y le hacía cosquillas en el cuello cuando el viento lo movía.
Se odiaba por estar temblando. No hacía frío. Hacía todo lo contrario de frío.
Metió la mano en el bolsillo del vestido —el bolsillo donde no había nada, el bolsillo que había comprobado tres veces antes de subir— y sacó el móvil. La pantalla se encendió y le devolvió la cara en un óvalo de luz blanca. Tenía el labio más rojo de lo normal, el rímel corrido en una esquina, y una marca rosada en la mejilla que le había dejado el botón del panel del ascensor cuando él la apretó contra él. Se pasó el pulgar por la marca. No se borró.
La pantalla vibró en su mano. Un mensaje. Rodri. ¿Dónde estás?
Valentina se quedó mirando las dos palabras como si estuvieran escritas en otro idioma. Arriba del mensaje, sin leer, otro: Val, te busco desde hace una hora. ¿Estás bien? Y más arriba, el de la semana pasada, el que había ignorado con la misma paciencia con la que ignoraba todos los de Rodrigo Valdés. La cena sigue en pie, ¿no?
No. No seguía en pie. Nada de lo que había dicho que estaría en pie seguía en pie.
Detrás de ella, la puerta de la terraza se abrió sin ruido. No lo oyó llegar —siempre pasaba, siempre había pasado, era como si el aire se apartara para dejarlo pasar y se cerrara detrás de él sin hacer ruido—, pero sintió el cambio en la temperatura antes de sentir la mano.
La mano le cerró sobre el móvil. No con fuerza. Con una precisión que no dejaba lugar a nada, los dedos de Álex envolviendo el aparato y el dorso de la mano de ella al mismo tiempo, y el móvil salió de su palma como si hubiera estado esperando irse.
—Álex—dijo ella, girando la cabeza.
Él no contestó. Sostuvo el teléfono delante de su cara, la pantalla todavía encendida, y leyó. Valentina vio su propio reflejo en el cristal oscuro de sus ojos, y luego vio el nombre. Rodri. Y debajo, el mensaje. La mandíbula de Álex se tensó. No fue un gesto grande —un músculo que se marcó bajo la piel, la sombra que cambió de sitio—, pero ella lo conocía. Lo había visto tensarse así cientos de veces, en otras épocas, cuando algo le importaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Le devolvió el móvil sin decir nada. Se lo puso en la mano, con cuidado, como si fuera algo que no quisiera tocar más tiempo del necesario. Valentina cerró los dedos alrededor del teléfono y la pantalla se apagó.
—¿Qué quiere?—preguntó él.
La voz le salió baja. Controlada. Esa voz que usaba cuando estaba a punto de no estarlo, cuando cada palabra era un esfuerzo de contención. Valentina sintió el calor de su cuerpo antes de sentirlo pegarse: Álex se había acercado, no mucho, lo justo para que su pecho rozara la espalda de ella, para que el calor de él le llegara a través de la seda como si el vestido no existiera. Y más abajo, contra el culo, la dureza de su polla. Sin disimulo. Sin prisa. Como una afirmación.
Ella no se apartó.
—No es nada—dijo Valentina.
—No te he preguntado qué es.
—Me has preguntado qué quiere.
—Y tú me has contestado qué es.
Se giró. Fue un movimiento lento, deliberado, el cuerpo de ella girando dentro del círculo que el brazo de él no había cerrado del todo, y cuando quedó de frente la mano de Álex no se apartó de su cadera. Siguió ahí, los dedos abiertos sobre la seda, el pulgar justo encima del hueso. La terraza entera parecía haberse quedado sin aire. El viento le levantó el pelo y se lo cruzó por la cara, y Valentina se lo apartó con el dorso de la mano antes de hablar, y notó que la mano de él no se movía ni un milímetro cuando ella se movió.
Le sostuvo la mirada. Los ojos de Álex eran dos pozos oscuros donde la luz de la ciudad se rompía en pedazos pequeños.
—Rodri no es nada—dijo ella, y esta vez lo dijo despacio, cada palabra puesta en su sitio—. Nunca lo ha sido. Lleva meses invitándome a cenar y yo llevo meses diciéndole que no con la misma sonrisa con la que le digo que sí a un cliente. No hay nada que contar.
—No te he preguntado eso.
—Ya. Pero lo estabas pensando.
La mandíbula de Álex volvió a tensarse. Esta vez Valentina lo vio de frente, el músculo que saltaba bajo la piel morena, la forma en que la mirada se le oscurecía un grado más. La mano en su cadera apretó. No fuerte. Lo justo para que ella sintiera los cinco dedos, para que supiera que estaban ahí y que no pensaban irse.
—Lo que quiero saber—dijo Valentina, y su propia voz la sorprendió, más firme de lo que esperaba— es qué ibas a contarme el jueves.
Álex la miró. Durante un momento no dijo nada, y en ese silencio Valentina oyó el zumbido del aire acondicionado, una sirena lejana, su propio corazón golpeando en algún sitio detrás de las costillas. Él levantó la mano libre y se la puso en la cara. El pulgar le rozó el labio inferior, despacio, y luego la comisura, y luego la marca rosada de la mejilla, y se detuvo ahí.
—El jueves—dijo—. No voy a poder esperar al jueves.
—Álex.
—Te lo voy a decir ahora. Aquí. Con la ciudad mirando.
Y la besó.
No fue un beso de los que empiezan despacio. Fue un beso que llevaba seis años esperando, que se le metió en la boca como si tuviera hambre de ella, la mano subiéndole de la cara al pelo y cerrándose ahí, sujetándole la cabeza para que no pudiera apartarse —aunque no quería apartarse, no quería, Dios, no quería—, y la otra mano en la cadera atrayéndola contra él hasta que los cuerpos se encontraron de frente y la polla dura de Álex se le clavó en el vientre a través de la ropa. Valentina gimió dentro del beso. Le puso las manos en el pecho, no para empujarlo, para agarrarse, y sintió bajo las palmas el corazón de él desbocado, y eso —más que la boca, más que las manos, más que todo— fue lo que la deshizo.
Cuando la soltó, le costó. Valentina lo notó en la forma en que los labios de él se separaron de los suyos con una lentitud que dolía, en el aliento que compartieron un segundo más de lo necesario. Álex apoyó la frente en la de ella. Respiraba hondo. El pulgar le seguía dibujando círculos en la cadera.
—No puedo esperar al jueves—repitió, más bajo, contra su boca.
Valentina abrió los ojos. La ciudad seguía ahí detrás de él, indiferente, enorme. Y ella, con el pelo revuelto y la boca hinchada y la mano de Álex todavía en la cadera, se dio cuenta de que no iba a decirle que se detuviera.
La barbilla de Valentina subió sola, buscando el poco espacio que quedaba entre la boca de él y la suya. No dijo nada. No hizo falta. Álex la miró desde esa distancia en la que los ojos de una persona dejan de ser dos y se vuelven uno, y ella sintió cómo el pulgar de él se detenía en la cadera, cómo la mano entera se abría un poco más, como si la estuviera midiendo para no apretar demasiado.
—Dime que no—dijo él, y la voz le salió rota por un sitio que Valentina no le conocía—. Dime que pare y paro.
Ella negó con la cabeza. Muy despacio. El pelo suelto le rozó la mejilla de Álex al hacerlo, y él cerró los ojos un segundo, como si el contacto le doliera en algún lugar del pecho.
—No te he pedido que pares—dijo Valentina. Se oyó la voz, y le pareció la de otra mujer: más ronca, más lenta, sin la sonrisa de la galería en ningún sitio—. Te he pedido que me digas lo del jueves.
Álex abrió los ojos. La ciudad seguía encendida detrás de él, y en el cristal de la puerta de la terraza se reflejaban los dos, ella de espaldas y él inclinado sobre ella, una silueta doble que Valentina no quiso mirar demasiado. En el bolsillo del traje de él, el móvil vibró una vez. Se quedó quieto. Vibró otra vez. Álex no hizo ningún gesto de ir a buscarlo.
—No es el jueves—dijo—. Es que llevo seis años esperando a que me mires como me estás mirando ahora.
Valentina sintió que se le cerraba la garganta. La mano libre de él le subió por el brazo, despacio, el pulgar encontrándole la vena de la muñeca como si la conociera de memoria, y se detuvo ahí, sobre el pulso. No apretó. Solo se quedó.
—No me mires así—dijo ella.
—¿Cómo?
—Como si ya supieras lo que voy a decir.
La comisura de Álex se movió. No llegó a ser una sonrisa, pero Valentina la reconoció: era la misma que le había visto la primera noche, la de la galería de la calle Serrano, cuando todavía no sabía que aquel hombre de hombros anchos iba a desordenarle la vida entera. El viento volvió a levantarse desde el patio y le echó el pelo a la cara. Esta vez Álex fue más rápido: le enganchó un mechón con el índice y se lo llevó detrás de la oreja, y el gesto fue tan lento, tan innecesariamente cuidadoso, que Valentina tuvo que apretar los dientes para no hacer un ruido.
—Sé lo que vas a decir porque te conozco—dijo él, y le dejó el mechón detrás de la oreja, y la mano se quedó ahí, en el borde de la mandíbula, con el pulgar apoyado en el hueso—. Porque sé que cuando estás a punto de decir la verdad te muerdes el labio antes. Y llevas cinco minutos mordiéndotelo.
Valentina se pasó la lengua por el labio por puro reflejo, y se odió por hacerlo, y se odió más porque Álex lo vio y algo se le encendió en la mirada, algo que no era triunfo, era hambre.
—Lo que iba a decirte el jueves—empezó él, y la mano de la cadera se le cerró un poco más, como si necesitara sujetarse a algo para decirlo— es que no he dejado de buscarte en ninguna habitación en la que he entrado desde que te fuiste.
La frase cayó entre los dos y se quedó ahí, en el aire tibio de la terraza, mezclada con el zumbido del aire acondicionado y una risa que subía de la calle y no tenía nada que ver con ellos. Valentina notó que se le humedecían los ojos y no quería, no quería llorar en una terraza con la ciudad mirando, y sin embargo ahí estaba, con la garganta apretada y la boca de él tan cerca que podía contar las pestañas que le sombreaban los ojos.
—Eso no es todo—dijo ella, y la voz le salió más firme de lo que sentía—. Eso no es lo que no podías decirme por teléfono.
Álex la miró un largo rato. El pulgar se le movió en la mandíbula, una caricia mínima, y luego la mano entera se retiró despacio, como si le costara, y se apoyó en la barandilla al lado de ella, a un palmo de distancia. El hierro frío crujió apenas bajo el peso. Valentina se quedó con el calor de él todavía en la piel y el frío del metal subiéndole por el costado, las dos cosas a la vez, y no supo cuál le dolía más.
—No—admitió él—. No es todo.
—Entonces dímelo.
—No aquí.
—Has dicho que aquí. Con la ciudad mirando.
Álex se pasó la mano por el pelo, ese gesto suyo de siempre, y se lo dejó aún más revuelto, y por un segundo Valentina vio al hombre de treinta y dos años con la misma cara de niño atrapado que tenía a los veintiséis cuando se equivocaba. Se giró hacia ella. Ya no había beso en la boca, ya no había mano en la cadera —solo el hombro de él rozándole el suyo, la cercanía de dos cuerpos que no terminan de separarse—, y aun así la terraza seguía sin aire suficiente para los dos.
—Hay una cosa que tienes que saber antes de que decidas nada—dijo Álex, y la voz le había bajado otra vez, hasta ese registro que Valentina solo le había oído en la oscuridad—. Y no es lo que crees. No es que me arrepienta. No es que quiera pedirte perdón otra vez. Ya me lo has dicho todo lo que tenías que decirme del pasado y yo me lo he ganado.
—Álex—dijo ella, y esta vez fue su propia mano la que se movió, la que se le posó en el antebrazo, sobre la manga del traje azul marino, y sintió debajo el músculo tenso—. Me estás asustando.
Él se quedó mirando la mano de ella en su brazo. La cubrió con la suya, sin apretar, y por un momento Valentina pensó que iba a decirlo, que iba a soltarlo todo de golpe en el borde de aquella terraza con la ciudad entera de testigo. Pero Álex respiró hondo, una vez, dos veces, y la miró a los ojos y sonrió con media boca, y en esa media boca Valentina leyó todo lo que él no estaba diciendo.
—No es nada malo—dijo él al fin—. Es solo que todavía no sé cómo decirlo sin que suene a que te estoy pidiendo algo.
—Pídemelo.
La palabra salió antes de que Valentina pudiera pensarla. Se quedó ahí, en el aire, y ella sintió que se le encendía la cara, y no apartó la mano del brazo de él, y no bajó los ojos. Álex la miró como si acabara de oír algo que llevaba años esperando y no terminara de creérselo. El viento les movió el pelo a los dos a la vez. Abajo, en la avenida, un autobús frenó con un chirrido largo y la ciudad siguió girando, indiferente, enorme, sin enterarse de nada.
Álex no se movió. La mano de ella seguía en su antebrazo, los dedos sobre la lana del traje, y él la miró ahí —la mano, no la cara— como si estuviera decidiendo algo que llevaba seis años sin decidir. Luego levantó la vista y la sostuvo, y Valentina sintió el peso de esos ojos marrón oscuro como no lo había sentido ni en el ascensor.
—Está bien—dijo él.
Se apartó de la barandilla. No mucho —un paso, lo justo para dejar de tener el hierro frío a la espalda— y se puso delante de ella, de frente, sin tocarla. Valentina se quedó con la mano en el aire un segundo, cerrada sobre el hueco donde había estado el brazo de él, y luego la bajó.
—Mírame—dijo Álex—. No al suelo. No a la ciudad. A mí.
Ella levantó la barbilla. Le costó más de lo que habría admitido en voz alta, y él lo notó, porque la comisura le tembló apenas, esa media sonrisa que no llegaba a formarse.
—El jueves iba a decirte esto en la exposición de Ferro—empezó—. Con gente alrededor. Con una copa en la mano. Como dos personas civilizadas que se encuentran después de años y hablan de arte.
—Suena horrible.
—Sí. Por eso te lo digo aquí.
El viento volvió a subir desde el patio, más fresco esta vez, y le movió el pelo a Valentina hacia un lado. No se lo apartó. Álex tampoco lo hizo. Se quedó con los brazos quietos a los costados, y en esa quietud había algo que ella no le había visto nunca: la disciplina de un hombre que se obliga a no tocar lo que quiere tocar.
—Cuando te fuiste—dijo él—, yo no me quedé en Madrid. Alquilé un coche esa misma noche y conduje hasta Segovia. Llegué a las cuatro de la mañana y me senté en la plaza, en el banco ese donde nos sentábamos tú y yo, y me quedé ahí hasta que amaneció.
Valentina abrió la boca. Él negó con la cabeza, muy despacio.
—Déjame terminar. Si me interrumpes ahora no sé si voy a poder.
Ella cerró la boca. La cerró y se la mordió por dentro, y asintió, y se quedó ahí con las manos colgando, el móvil todavía en una, y no dijo nada.
—Volví a Madrid al día siguiente y me metí en el estudio de mi padre—continuó Álex—. Le dije que quería hacerme cargo del proyecto de la calle Serrano. Ese que él llevaba años queriendo que cogiera y yo llevaba años esquivando. Me pasé tres meses dibujando de noche y durmiendo en el sofá del despacho, y cuando terminé los planos los presenté en el colegio de arquitectos con tu nombre en la esquina del cajetín. Como aparejadora. Como la que había hecho el levantamiento del edificio conmigo.
—Álex—dijo Valentina, y no pudo evitarlo—. Yo no hice ese levantamiento.
—Ya lo sé. Por eso lo puse.
Se le quedó mirando. La ciudad zumbaba abajo, y en algún sitio del edificio alguien cerró una ventana de golpe, y el sonido subió hasta la terraza como un disparo pequeño.
—No entiendo—dijo ella.
—Que no quería un proyecto limpio con mi nombre solo—dijo él—. Quería uno que dijera la verdad. Que dijera que había alguien que había estado ahí antes que yo y que sabía más que yo y que se había ido. El colegio me lo rechazó dos veces. La tercera lo aceptó con una nota que decía que el cajetín no coincidía con los firmantes del proyecto. Y yo no lo cambié.
—Te lo rechazaron dos veces por mí.
—Te lo rechazaron dos veces por mí—corrigió él—. Porque yo preferí que un edificio se quedara sin construir antes que construir uno en el que tú no estuvieras.
Valentina sintió que se le iba el aire. No fue un suspiro. Fue algo más feo, más hondo, un vacío que se le abrió debajo del esternón y le tiró de las costillas hacia dentro. Apretó el móvil hasta que el borde le marcó la palma.
—Ese proyecto se construyó—dijo—. Lo vi. Está en la calle Serrano, lo he pasado mil veces. Lleva el nombre de tu padre en la fachada.
—Mi padre puso su nombre cuando vio que yo no iba a ceder. Es su edificio. Yo solo firmé los planos. Y en los planos, en la esquina del cajetín, sigue estando el tuyo. En el archivo del colegio. Para siempre.
Se pasó la mano por la nuca, ese gesto nervioso que Valentina conocía de memoria, y por primera vez desde que había empezado a hablar pareció un hombre al que le pesaba lo que estaba diciendo.
—Eso no es lo del jueves—dijo ella, y se oyó la voz más ronca de lo que quería—. Eso es lo de hace seis años.
—Es la misma cosa.
—No lo es. Lo del jueves era algo que no podías decirme por teléfono. Esto podrías habérmelo contado por teléfono.
—No—dijo él, y la palabra le salió corta, seca, como si llevara mucho tiempo esperando a decirla—. Porque lo del jueves no es lo que hice después de que te fueras. Es lo que estoy haciendo ahora.
Valentina se quedó muy quieta. El viento le levantó otra vez el pelo y esta vez se lo apartó ella, rápido, sin cuidado, porque necesitaba verle la cara entera.
—No te sigo.
Álex respiró hondo. Se le movió el pecho bajo el traje azul marino, y luego se quedó quieto otra vez, y cuando habló lo hizo despacio, mirándola a los ojos, sin apartar la mirada ni un segundo.
—Llevo desde enero comprando el local de la esquina de la calle Ferro—dijo—. El que tiene los ventanales altos y el suelo de hormigón. El que tú me enseñaste una vez, hace años, cuando íbamos borrachos de vuelta de una cena y te paraste delante a decir que ese era el sitio donde debería estar tu galería. ¿Te acuerdas?
Valentina asintió. No confiaba en su voz.
—Lo he comprado. Está a mi nombre desde marzo. Y el jueves, en la exposición, no voy a decirte nada de esto delante de la gente. Voy a esperar a que termine y voy a llevarte a verlo. Porque quiero que entres tú primero. Quiero que seas tú la que decida si el suelo se queda así o si hay que levantarlo, y dónde va la pared que separa la sala grande de la pequeña, y si la entrada tiene que estar donde está o dos metros más a la derecha. Llevo cuatro meses con los planos en el despacho y no he firmado ninguno porque no sé cómo se hace esto sin ti.
La terraza se quedó sin sonido. O Valentina dejó de oírlo, que venía a ser lo mismo. El autobús de la avenida arrancó y se fue, y el aire acondicionado del edificio de al lado siguió zumbando, y ella estaba ahí de pie con el vestido de seda pegado a la espalda y el pelo revuelto y una marca rosada en la mejilla, y no podía moverse.
—Has comprado un local—dijo, y la voz le salió plana, sin color—. Para mí.
—No. Para ti no.
Ella lo miró.
—Para nosotros—dijo Álex—. Pero solo si tú quieres. Y si no quieres, se queda vacío. No lo voy a alquilar a nadie. No lo voy a vender. Se queda ahí, en la esquina, con los ventanales altos, y yo paso por delante cada mañana y me acuerdo de la noche en que me lo enseñaste.
—Eso es una locura.
—Sí.
—Es una locura enorme, Álex. Has comprado un edificio entero por una borrachera de hace seis años.
—No he comprado un edificio. He comprado un local. El edificio es de una familia que lleva cien años sin venderlo y me ha costado más de lo que voy a reconocer en voz alta convencerlos—dijo él, y por fin, por fin, algo se le movió en la cara, una grieta en esa disciplina que llevaba sosteniendo desde que había salido a la terraza—. Y no fue por una borrachera. Fue porque tú te paraste delante de ese escaparate y me dijiste que ahí era donde querías estar, y yo llevo seis años intentando que estés ahí.
Valentina se llevó la mano libre a la boca. No para taparse nada. Para tener algo que hacer con ella.
—No puedo—dijo.
—No te he pedido que puedas.
—No puedo aceptar un local.
—No te he ofrecido un local. Te he dicho que está comprado. Lo que hagas con eso es tuyo. Puedes decirme que me lo meta donde me quepa y no volver a pisarlo en tu vida, y el jueves te llevo igual, para que lo veas una vez, y luego me das la llave y no vuelvo a mencionarlo.
—¿Por qué el jueves?
—Porque el jueves es la exposición de Ferro—dijo él—. Y porque Ferro fue el primero que te compró un cuadro cuando nadie te conocía. Y porque quiero que entres a ese local el mismo día que entras a la exposición de un hombre que creyó en ti antes que nadie. No sé. Me pareció que tenía sentido.
Valentina se rio. Le salió mal, roto, un sonido que no era risa del todo, y se lo tapó con el dorso de la mano, y Álex no se rio con ella. La miraba con una atención que dolía.
—Siempre has sido un dramático—dijo ella.
—Siempre.
—Con el pelo revuelto y los planos sin firmar y un local vacío en la calle Ferro.
—Con el pelo revuelto y los planos sin firmar y un local vacío en la calle Ferro—repitió él, y esta vez sí le tembló la boca, y Valentina supo que estaba a punto de decir algo más y que le costaba—. Y con las bragas de una mujer en el bolsillo del traje desde hace una hora, por si eso cuenta.
Ella se quedó sin aire otra vez. Se le fue la mirada al bolsillo del traje, a la línea del azul marino donde el pañuelo de seda negro asomaba un milímetro, y sintió el frío de la terraza subiéndole por dentro de los muslos, la ausencia, el aire donde antes había tela.
—Devuélvemelas.
—No.
—Álex.
—Cuando entremos en ese local el jueves, si me dices que no, te las devuelvo en la puerta y me voy—dijo él, y lo dijo sin sonreír, con una seriedad que le borró la cara de niño atrapado y le dejó solo la del hombre que había estado comprando un local desde enero—. Hasta entonces las llevo yo.
Valentina lo miró un largo rato. La ciudad seguía encendida detrás de él, y la marca rosada de su propia mejilla seguía ahí, y el labio le seguía sabiendo a él, y en algún lugar debajo de todo eso, debajo del deseo y del miedo y de los seis años, había una cosa pequeña y terca que se negaba a decir que no.
—¿Por qué me lo cuentas ahora?—preguntó—. Podrías haberte esperado al jueves. Podrías haberme dejado con la intriga.
Álex la miró. Y por primera vez desde que había salido a la terraza, levantó la mano y se la puso en la cara, abierta, la palma entera contra la mejilla, el pulgar en el pómulo, sin apretar.
—Porque llevo una hora mirándote mirar esa ciudad y he entendido que si te dejaba ir esta noche sin decírtelo, mañana ibas a despertarte pensando que lo del ascensor había sido un error—dijo—. Y no quiero que te despiertes pensando eso. Quiero que te despiertes sabiendo que hay un local vacío en la calle Ferro con tu nombre en el cajetín y que yo llevo seis años sin saber cómo se hace esto sin ti.
Se le quedó la mano en la cara. Valentina no se la quitó. Cerró los ojos un segundo, solo uno, y cuando los abrió él seguía ahí, mirándola a los ojos, sin pestañear, como si le costara sostenerlo y aun así no fuera a soltarlo.
—El jueves—dijo ella.
—El jueves.
—A las ocho. La exposición de Ferro.
—A las ocho—dijo Álex—. Y después de Ferro, el local. Y después del local, lo que tú quieras.
Valentina bajó la mirada hasta la mano que él tenía en su cara, hasta el pulgar apoyado en el pómulo, hasta la pequeña cicatriz del pulgar que le había visto mil veces sin saber nunca cómo se la había hecho. Levantó la suya y se la puso encima. No para apartarla. Para dejarla ahí.
—Voy a necesitar que me digas una cosa—dijo—. Y quiero la verdad, no la versión bonita.
—Dila.
—¿Esto lo has hecho porque me quieres, o porque no soportas la idea de que otro hombre pueda quererme?
Álex no contestó enseguida. La mano se le quedó quieta en la cara de ella, y el viento les movió el pelo a los dos, y en algún sitio de la ciudad una ambulancia se alejó con la sirena apagándose poco a poco.
—Las dos cosas—dijo al fin—. Y no voy a pedirte perdón por la segunda.
Valentina asintió. Muy despacio. Y por primera vez en toda la noche, algo en su cara se pareció a una sonrisa de verdad, de las que no se pone para los clientes.
—Bien—dijo—. Eso sí me lo creo.
—Fóllame—dijo Valentina.
La palabra se quedó flotando entre los dos, más alta que el zumbido del aire acondicionado, más alta que el tráfico. Álex no se movió. La mano seguía en la mejilla de ella, el pulgar en el pómulo, y por un segundo Valentina pensó que iba a hacerle repetirlo.
—Que me folles—dijo otra vez, y esta vez le salió más despacio, con la boca de él a un palmo de la suya—. Aquí. En esta terraza. Y que se entere todo Madrid de quién soy, porque me da igual. Me da exactamente igual.
Algo se le rompió a Álex en la cara. No fue una sonrisa ni un gesto que Valentina pudiera nombrar; fue como si alguien le hubiera soltado un nudo en la nuca, y la mandíbula que había estado apretada toda la noche se le aflojó de golpe. Le cogió la cara con las dos manos y la besó como si llevara horas aguantándose.
—¿Todo Madrid?—dijo contra su boca, y la voz le salió ronca, deshecha—. ¿Estás segura?
—Todo Madrid—repitió ella, y le mordió el labio inferior, suave, y sintió cómo Álex respiraba hondo por la nariz—. Que miren. Que sepan. Que se jodan.
Él se rio. Un sonido corto, bajo, que Valentina no le había oído en seis años, y le agarró la muñeca y la llevó hacia la puerta de la terraza, hacia el ventanal del sexto piso, y la apretó contra el cristal con la palma abierta entre los omóplatos. El vidrio estaba tibio de todo el día. Detrás, el despacho de la galería estaba a oscuras, y delante, el reflejo de la ciudad se les venía encima como una marea.
—Mira—le dijo al oído, y le apartó el pelo con la nariz—. Ahí abajo están todos. Los que te vieron llegar con ese vestido. Los que te vieron subir. Rodri, con su copa, buscándote por los salones.
Valentina apoyó la frente en el cristal. Veía las luces de la avenida, el patio interior, las ventanas encendidas del edificio de enfrente, y en el reflejo, la silueta de Álex pegada a su espalda, la mano que le subía por la cadera y le recogía la seda del vestido hasta la cintura.
—Que busque—dijo ella—. Que busque todo lo que quiera.
—Eso—dijo Álex, y le deslizó la mano por debajo del vestido, por el muslo desnudo, hacia arriba—. Eso es lo que quería oírte decir.
Los dedos le encontraron el culo desnudo, sin nada debajo, y se detuvieron ahí un segundo, abiertos, como si estuviera comprobando algo que ya sabía. Luego se le metieron por delante, dos, sin aviso, y Valentina se quedó sin aire contra el cristal.
—Estás empapada—le dijo Álex al oído, y el aliento le erizó la nuca—. Llevas toda la noche empapada. Desde el ascensor.
—Cállate.
—No.
Le movió los dedos, despacio, hacia dentro y hacia fuera, y el sonido que hizo su cuerpo contra la mano de él fue obsceno en el silencio de la terraza. Valentina cerró los ojos y los abrió enseguida, porque el reflejo en el cristal era peor, o mejor, y no sabía cuál de las dos cosas le estaba haciendo más daño.
—Quiero que lo sepas todo antes de que te la meta—dijo Álex, la boca pegada a su oreja, y le hablaba mientras los dedos seguían—. Quiero que sepas que llevo seis años pensando en esta noche. Que me he despertado a las tres de la mañana con tu cara y me he tenido que levantar porque no podía dormir. Que he estado con otras mujeres y les he buscado tu pelo, tu cuello, esa manera que tienes de morderte el labio, y no había. No había en ninguna.
Valentina gimió. No pudo evitarlo. Tenía la mejilla contra el cristal y la mano de él dentro y las palabras entrándole por el oído como si le estuvieran tocando otra cosa.
—Y que lo del local no es lo más importante que tengo que decirte—siguió Álex—. Lo más importante es que estoy aquí, en esta terraza, con los dedos dentro de ti, y que no me pienso ir. Que me quedé una vez y me arrepentí seis años. Y que esta vez me quedo aunque me eches. Aunque me escupas. Aunque mañana te despiertes y me digas que fue un error, yo me quedo.
—Álex—dijo ella, y era una súplica, y no sabía de qué.
Él le sacó los dedos. Los pasó por el muslo de ella, dejando un rastro húmedo, y luego se los llevó a la boca y se los chupó, y Valentina lo vio en el reflejo del cristal, la cara de él, la boca, y se le cerró la garganta.
—Sabe a ti—dijo él—. Sabe a lo que he echado de menos.
Se apartó un paso para quitarse la chaqueta. La dejó caer sobre la barandilla como si no valiera nada. Luego se aflojó la corbata, se la pasó por la cabeza y la tiró al suelo, y Valentina se giró contra el cristal para mirarlo de frente, con el vestido subido y el pelo revuelto y la boca abierta.
—Ven—dijo ella.
—No. Tú vienes.
Le cogió la muñeca y la llevó hasta la pared de la terraza, la que daba al edificio, la que no tenía ventanas. La apretó contra el ladrillo con el cuerpo entero, y la polla dura le presionó el vientre por encima de la ropa, y Valentina se agarró a los hombros de él y lo sintió temblar.
—¿Me quieres dentro?—le preguntó Álex a la boca.
—Sí.
—Dilo entero.
—Quiero que me la metas—dijo Valentina, y la voz le salió firme y sucia—. Quiero que me folles aquí, contra esta pared, y que todo el edificio oiga cómo me la metes.
Álex se soltó el cinturón. El sonido del metal fue pequeño y definitivo. Se bajó la cremallera, se sacó la polla, y Valentina bajó la mirada y la vio: dura, gruesa, la cabeza brillante, una vena que le recorría el costado. Le puso la mano encima sin pensarlo. Álex dejó escapar un sonido por la nariz y se quedó muy quieto mientras ella se la recorría de arriba abajo, despacio, el pulgar por la cabeza.
—Mira lo que me haces—dijo él—. Mira cómo estoy por ti.
—Ya lo veo.
—No. Mírame a mí.
Ella levantó la cara. Los ojos de Álex estaban oscuros, fijos en los de ella, y no se apartaron ni cuando le cogió la pierna y se la subió a la cadera, ni cuando se colocó.
—Te voy a follar hasta que se te olvide cómo se llama ese hombre—dijo él.
—No sé cómo se llama.
—Mejor.
Y se la metió.
Valentina se arqueó contra el ladrillo. La primera embestida la partió en dos, el estiramiento, la dureza, la forma en que Álex se hundió hasta el fondo de una sola vez y se quedó ahí, con la frente contra la de ella, respirando por la boca. Luego empezó a moverse. Despacio. Cada empuje hasta el final, cada retirada casi entera, el sonido húmedo de su cuerpo abriéndose para él y cerrándose cuando salía.
—Dios—dijo Álex contra su cuello—. Dios, Valentina.
Ella le clavó las uñas en la nuca. La pared le raspaba la espalda a través de la seda, y no le importaba, y quería que le importara menos todavía. Le rodeó la cintura con la pierna y Álex la sostuvo con el antebrazo bajo el muslo y aceleró, y el sonido de los dos cuerpos chocando empezó a llenar la terraza.
—¿Lo oyes?—le dijo él al oído, sin dejar de embestir—. ¿Oyes cómo me la metes?
—Sí—jadeó ella.
—Que lo oiga la ciudad. Que lo oiga tu madre. Que lo oiga el imbécil de Rodri desde su copa.
Valentina se rio, y el risa se le cortó en un gemido cuando él cambió el ángulo. Le había metido la mano por debajo del vestido y le buscaba el pezón, y se lo pellizcó entre los dedos, y ella se apretó alrededor de la polla de él sin querer.
—Así—dijo Álex, y la voz se le rompió—. Así, apriétame. Otra vez.
Lo hizo. Álex gruñó y enterró la cara en su cuello, y por un momento perdió el ritmo, y luego lo recuperó más fuerte, más profundo, y Valentina empezó a golpear la pared con la nuca y a decir su nombre, y a decir cosas que no recordaría después, cosas sucias y verdaderas, y él le contestaba a cada una, al oído, sin parar.
—Me he pasado seis años queriéndote—le dijo Álex, y la embestida se le rompió en la palabra—. Seis años. Y ahora estás aquí. Y estás mía.
—Tuya—dijo ella.
—Dilo otra vez.
—Tuya. Soy tuya.
Él se detuvo. De golpe, entero, dentro de ella, y Valentina protestó con un sonido que no era palabra. Álex la sacó despacio, y ella sintió el vacío, el aire frío en la piel mojada, y luego la cogió en brazos y la llevó hasta una tumbona de la terraza, la dejó encima y se arrodilló delante.
—Túmbate—dijo.
—Álex, no me dejes—
—No te estoy dejando. Te estoy dando la vuelta.
Le subió el vestido hasta la cintura. Le abrió las piernas con las manos y se quedó mirándola un segundo, la respiración de los dos llenando el silencio, y luego bajó la cabeza y le pasó la lengua entera por el centro.
Valentina gritó. Le agarró el pelo con las dos manos y arqueó la espalda, y Álex no se apartó; siguió lamiendo, la lengua plana, luego la punta, luego los labios cerrados sobre el clítoris y un dedo que entraba y salía, y el ruido que hacía era el peor y el mejor del mundo.
—Por favor—dijo ella—. Por favor, por favor—
—¿Qué?—dijo él contra su piel, y la vibración casi la mata.
—Que te corras dentro. Quiero que te corras dentro.
Álex levantó la cara. Tenía la boca brillante y los ojos negros, y se limpió el labio con el dorso de la mano, y se subió encima de ella en la tumbona sin dejar de mirarla.
—¿Estás segura?—preguntó, y la voz le temblaba—. Dímelo. Dímelo bien.
—Córrete dentro de mí—dijo Valentina, y le cogió la polla y se la colocó—. Ahora.
Él entró de una vez. La tumbona crujió bajo los dos. Álex se agarró al respaldo con una mano y le sujetó la nuca con la otra, y la folló así, de frente, mirándola a los ojos, y Valentina le rodeó la cintura con las piernas y le clavó los talones en el culo.
—Me han dicho que te vas—dijo Álex, y era una broma, y era verdad, y las dos cosas a la vez—. Me han dicho que te vas a ir otra vez.
—No—dijo ella.
—Dime que no.
—No me voy. No me voy. No me voy.
La palabra se le rompió en la garganta cuando él le bajó la mano al pecho y le sacó un pezón por encima del escote y se lo chupó, y Valentina se le fue entera en la boca, arqueada, temblando, con un gemido largo que se perdió en la ciudad.
Álex no paró. Siguió chupándole el pezón, y luego el otro, y le lamía la piel entre los dos, y las embestidas se le estaban volviendo cortas y desesperadas, y Valentina lo sintió llegar antes de que llegara.
—Mírame—le dijo él, y le cogió la cara—. Mírame cuando me corra.
Ella abrió los ojos. Álex la miró, y en la cara de él había algo que no era solo deseo, algo más grande y más asustado, y Valentina lo vio, y le sostuvo la mirada, y él se quebró.
Se quedó quieto. Dentro de ella, hasta el fondo, y la polla le latió y empezó a vaciarse, y Valentina sintió el calor subirle por dentro, la primera sacudida y la segunda, y Álex gimió con la boca abierta, temblando, con los ojos todavía en los de ella.
—Valentina—dijo, y fue lo último que dijo durante un rato.
Se desplomó sobre ella. La tumbona volvió a crujir. Valentina le pasó los brazos por la espalda y le sintió el corazón contra el pecho, desbocado, y se quedó así, con él dentro todavía, con el peso de él encima, y la ciudad siguió encendida detrás, indiferente, enorme, sin enterarse de nada.
Cuando Álex levantó la cabeza, le apartó el pelo de la cara con una mano que no le obedecía del todo. Tenía los ojos brillantes.
—¿Todo Madrid?—preguntó.
—Todo Madrid—dijo ella—. Y mañana, la galería. Y el jueves, Ferro.
Álex se rio, y le besó la comisura de la boca, y luego la frente, y luego se quedó ahí, con la frente apoyada en la de ella, respirando.
—Voy a necesitar un pañuelo—dijo Valentina.
—No—dijo él—. Yo también.
Y por primera vez en toda la noche, los dos se rieron a la vez, con el vestido subido y la polla todavía dentro y el edificio entero de testigo, y en algún lugar del sexto piso una luz se encendió en una oficina y se apagó enseguida, como si alguien hubiera mirado y hubiera decidido no ver.
La risa se le apagó primero a ella. Quedó con la boca abierta, todavía curvada, y el temblor del pecho de Álex contra el suyo, y entre las piernas la polla de él que no se había ido, que seguía dentro, blanda a medias, empapada, y que aun así se movió. Un pulso. Un empujón mínimo, casi un espasmo, y Valentina sintió cómo se le encogía todo alrededor.
—Espera—dijo ella, y no era una queja.
Álex levantó la cabeza. Tenía el pelo pegado a la frente, una gota de sudor que le corría desde la sien hasta la mandíbula, y los ojos todavía brillantes de la risa, y cuando la miró se le borró la risa de golpe, como si alguien le hubiera pasado la mano por la cara.
—¿Te hago daño?
—No.
—Valentina.
—No—repitió ella, y le rodeó la cintura con las piernas, los talones cruzados en la base de la espalda de él, y lo apretó hacia dentro—. Quédate.
Álex cerró los ojos. Se le marcó la nuez al tragar. Cuando volvió a abrirlos había algo distinto en la mirada —no hambre, todavía no; algo más quieto, más pesado, como el fondo de un río—, y Valentina supo antes de que hablara que no iba a apartarse.
—No me he ido—dijo él—. No me voy a ir.
Se movió. Despacio. Tan despacio que no fue una embestida sino un desplazamiento, el cuerpo entero de él empujando el de ella hacia el respaldo de la tumbona, la tela crujiendo bajo los dos, y la polla abriéndose paso dentro de ella hasta donde ya no había sitio y luego un poco más, y Valentina se mordió el labio para no hacer el ruido que se le estaba subiendo por la garganta.
—Así—dijo Álex contra su boca, sin besarla—. Mírame.
Ella abrió los ojos. No recordaba haberlos cerrado. La cara de él estaba a un palmo, tan cerca que las pestañas le sombreaban la mejilla, y en los ojos marrón oscuro se reflejaba la ciudad entera, torcida, encendida, y también ella, con la boca hinchada y el pelo pegado a la sien.
—Otra vez—dijo Valentina.
Él lo hizo. Lento. La retirada casi hasta salir, el aire frío en la piel mojada, y luego el regreso, hondo, la fricción de cada centímetro, y el gemido que soltó ella no fue voluntario. Álex se detuvo al fondo y se quedó ahí, temblando con el esfuerzo de no acelerar.
—Me estás apretando—dijo, y la voz le salió ronca, deshecha—. Me estás apretando tanto que no voy a durar.
—No quiero que dures—dijo ella—. Quiero que te quedes.
—Me quedo.
Se movió otra vez, y otra, y encontró un ritmo que no era de urgencia sino de otra cosa, un paso lento y profundo que la llenaba hasta el fondo y la dejaba vacía y la volvía a llenar, y con cada embestida el cuerpo de ella subía un poco por la tumbona y Álex tenía que volver a atraerla con la mano en la cadera. La mano le apretaba el hueso. Los dedos se le habían metido bajo la seda del vestido y le agarraban la carne desnuda, y Valentina sentía cada uno de ellos como si fueran cinco puntos fijos en un mundo que se movía.
—Esto no es el final—dijo Álex al oído, y el aliento le erizó la nuca—. ¿Me oyes? Esto no es el final de los seis años.
—Álex—
—Es el principio. Es el principio, Valentina. Llevo una hora diciéndote cosas y no te he dicho la única que importa.
Le mordió el lóbulo de la oreja. Suave. Y luego la mandíbula, y luego el cuello, la boca abierta contra la piel, y siguió hablando ahí, con los labios rozándole la garganta, mientras las caderas seguían su vaivén lento.
—No te estoy follando para cerrar una puerta—dijo—. Te estoy follando para abrirla. Para que mañana te acuerdes de esto y no puedas hacer como si no hubiera pasado. Para que el jueves entres en ese local y sepas que no te estoy ofreciendo un sitio donde colgar cuadros. Te estoy ofreciendo el sitio donde voy a estar yo, todos los días, si tú quieres.
Valentina le clavó las uñas en los omóplatos. La tumbona había dejado de crujir; ahora solo se oía la respiración de los dos, y el sonido húmedo de su cuerpo cada vez que él entraba, y el zumbido del aire acondicionado del edificio de al lado, que seguía funcionando como si nada.
—Para—dijo ella.
Álex se detuvo de inmediato. Al fondo, quieto, la mirada buscándole la cara.
—¿Qué pasa?
—Nada. Quiero verte.
Le puso las manos en el pecho y lo empujó, apenas, y él entendió. Se retiró despacio —el vacío, el aire, el temblor— y se sentó en la tumbona, y Valentina se incorporó encima de él, las rodillas a los lados de sus caderas, el vestido subido hasta la cintura y cayéndole en pliegues de seda sobre los muslos de los dos.
Se miraron. Álex tenía las manos abiertas sobre las caderas de ella, sin apretar, esperando, y en la cara se le veía la disciplina otra vez, la misma de antes, la de un hombre que se obliga a no tomar lo que quiere hasta que se lo den.
—Ven—dijo Valentina.
Se cogió la polla con la mano, la colocó, y se hundió sobre él de una sola vez. Los dos hicieron ruido a la vez. Álex le agarró las caderas con fuerza y echó la cabeza hacia atrás, y Valentina se quedó quieta un segundo, llena hasta el fondo, sintiéndolo latir dentro.
—Dios—dijo él—. Dios, no te muevas.
—¿Por qué?
—Porque me voy a correr.
Ella se rio. Le salió baja, ronca, y se movió igual. Despacio. Las caderas subiendo y bajando, el ritmo que él le había enseñado hacía un minuto, y Álex la miraba desde abajo con la boca abierta y las manos subiéndole por la espalda, por la seda, hasta la nuca.
—Mírame—dijo Valentina, y le devolvió sus propias palabras—. Mírame cuando te corras.
—Todavía no.
—Sí.
—Todavía no—repitió él, y le sujetó la cadera y frenó el movimiento—. Quiero que te corras tú primero. Quiero sentirlo.
Le subió una mano por el vientre, por encima del vestido, y se la metió por debajo, y le buscó el clítoris con el pulgar. Lo encontró. Valentina se arqueó hacia atrás y se le escapó un gemido largo, y Álex empezó a moverse debajo de ella al mismo tiempo, hacia arriba, lento, hondo, mientras el pulgar dibujaba círculos pequeños y precisos.
—Así—dijo él—. Así. No pares de mirarme.
Ella no podía. Tenía los ojos clavados en los de él y el mundo entero se había reducido a esa cara, a esa boca abierta, a la mano que la tocaba y a la polla que la llenaba, y el placer le subía por las piernas y por la espalda y se le concentraba en un punto bajo el vientre que se iba cerrando, cerrándose, hasta que ya no fue un punto sino todo.
—Álex—dijo, y fue lo único que pudo decir.
—Sí. Ahora.
Se corrió con la frente apoyada en la de él. El cuerpo se le apretó entero, la espalda arqueada, los muslos temblando a los lados de las caderas de Álex, y él la sostuvo con las dos manos y siguió moviéndose, más hondo, más lento, alargándolo, hasta que ella se derrumbó sobre su pecho con un temblor largo que no se acababa.
Álex le pasó los brazos por la espalda. Le acarició el pelo. Y luego, cuando ella empezó a respirar otra vez, le cogió la cara con las dos manos, se la levantó, y la miró.
—Ahora—dijo.
Se movió. Lento otra vez, frente a frente, sin bajar la mirada, y Valentina lo sintió crecer dentro de ella, la rigidez, el pulso, y supo lo que iba a pasar antes de que pasara.
—Dentro—dijo ella.
—Sí.
—Despacio.
La última embestida fue la más honda. Álex se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, y Valentina lo sintió llegar: la primera sacudida, el calor subiéndole por dentro, y luego la segunda, y él gimió con la boca contra su cuello, un sonido ronco, roto, que le vibrió en la garganta y le llegó a ella por la piel, y siguió moviéndose en espasmos pequeños, vaciándose despacio, con las manos crispadas en la espalda de ella y la cara escondida en su hombro.
—Valentina—dijo, y la voz le salió ahogada—. Valentina.
Ella le sujetó la cabeza. Le metió los dedos en el pelo y lo apretó contra su cuello y se quedó así, con él dentro todavía, latiendo, con el calor de él corriéndole por dentro y el peso del cuerpo de Álex sobre el suyo como una cosa que no pensaba moverse.
La ciudad siguió zumbando abajo. Una moto pasó por la avenida con el escape abierto. En algún sitio del edificio alguien cerró una puerta con demasiada fuerza.
Álex levantó la cabeza al fin. Tenía los ojos húmedos. No estaba llorando —Valentina lo habría sabido—, pero había algo en ellos que no había estado antes, algo desnudo, y le apartó un mechón de la frente con una mano que le temblaba.
—¿Estás bien?—preguntó él.
—Estoy empapada—dijo Valentina.
Álex se rio. Le salió corto, cansado, y le besó la comisura de la boca.
—Sí—dijo—. Eso también.
Se retiró despacio. Valentina hizo un ruido pequeño cuando la polla salió, el vacío, y luego sintió el calor corriéndole por el muslo, subiéndole por dentro del vestido, y se quedó quieta, con las piernas abiertas sobre la tumbona, mirando cómo la seda se le manchaba.
—Vamos a necesitar más que un pañuelo—dijo.
Álex se quedó mirándola un segundo. Luego se rio de verdad, con la cabeza echada hacia atrás, y el sonido fue tan poco elegante, tan de otro hombre, que Valentina se rio con él aunque le dolía todo.
—¿Sabes lo que me acabas de decir?—preguntó él, todavía riéndose—. Después de todo lo que te he dicho. Después de un local en la calle Ferro y seis años y un cajetín con tu nombre. Y tú mirándote el muslo.
—Es un vestido de seda, Álex. No es cualquier cosa.
—Lo compro. Te compro diez.
—Con el dinero del local que no vas a alquilar.
Él se inclinó y le besó la rodilla, y luego el muslo, justo por encima de la mancha, y el gesto fue tan inesperado que Valentina se quedó sin respuesta.
—Ya está—dijo Álex contra su piel—. Ya no te ríes.
—No.
Se incorporó y le tendió la mano. Valentina se la cogió y se levantó de la tumbona con las piernas poco firmes, y él la sostuvo mientras se bajaba el vestido, y la seda se le pegó a la piel mojada y le marcó todo lo que había debajo.
—No puedo bajar así—dijo ella, mirándose.
—No vas a bajar.
—¿Cómo que no?
Álex se agachó a recoger la chaqueta de la barandilla. La sacudió una vez y se la puso sobre los hombros a Valentina, y la lana le llegó hasta medio muslo, y olía a él, a colonia y a piel, y ella se cerró la solapa sin pensar.
—Hay un baño en el pasillo del sexto—dijo él—. Con agua caliente y una puerta que cierra por dentro. Te espero aquí.
—¿Y tú?
—Yo tengo que devolverle el botón al ascensor—dijo Álex, y la miró, y por primera vez en toda la noche le sonrió con la boca entera—. O no. Que se quede así. Que alguien se pregunte qué pasó aquí esta noche.
Valentina se apretó la chaqueta contra el pecho. La ciudad seguía encendida detrás de él, y la marca rosada de su mejilla seguía ahí, y en el bolsillo del traje de Álex, donde antes asomaba el pañuelo de seda, ahora asomaba un trozo de encaje negro.
—Dame eso—dijo ella.
Álex se lo guardó más adentro con dos dedos.
—El jueves—dijo.
Y le abrió la puerta de la terraza.

