La luz entraba gris por las persianas, rayada, sin calor todavía. Valentina abrió los ojos despacio, con la mejilla pegada al hombro de Álex y el sabor de la noche aún en la boca, y por un instante no supo dónde estaba. Luego lo sintió: el calor de su cuerpo bajo el suyo, el brazo que le rodeaba la cintura, la respiración lenta de alguien que llevaba horas despierto.
Él no dormía. Tenía los ojos abiertos, oscuros, fijos en el techo, y cuando la sintió moverse bajó la mirada y algo en su cara se acomodó, como si llevara mucho rato esperando ese momento exacto.
—Buenos días —dijo ella, con la voz rota de sueño, y se apartó un poco para mirarlo mejor.
—Buenos días —repitió él. El pelo se le había levantado en un lado y no hizo nada por arreglarlo. Tenía los ojos de quien no ha pegado ojo: brillantes de una manera que no era cansancio.
Valentina se incorporó sobre un codo. La manta resbaló de su hombro y el aire frío del salón le subió por la espalda. En la mesa, dos tazas de café a medio beber, la superficie cuajada y oscura. En el suelo, su vestido de seda hecho una mancha clara y los zapatos de él tirados lejos, uno junto a la estantería, el otro bajo la ventana. El salón entero olía a café frío y a la sal seca que les había quedado en la piel.
—No has dormido —dijo ella. No era una pregunta.
—No.
—¿Por qué?
Álex no contestó enseguida. Le subió la mano por el brazo, despacio, hasta el hombro, y le apartó un mechón de la cara con el mismo gesto de la noche anterior, como si fuera un gesto que tuviera guardado de antes y le saliera solo.
—Porque tengo algo que decirte —dijo— y llevo toda la noche ensayando cómo.
Ella se quedó quieta. Se le había ido el sueño de golpe, como cuando alguien enciende la luz en una habitación a oscuras.
—El jueves —dijo Valentina—. Habíamos quedado el jueves.
—Lo sé.
—Álex.
—No puedo esperar al jueves.
Lo dijo bajo, con una voz que se le había gastado en la garganta durante la noche, y le pasó el pulgar por la clavícula. Por la cicatriz. Lo hizo sin mirar, con la precisión de quien conoce el camino de memoria, y Valentina sintió el roce en un punto que no tenía nada que ver con la piel.
—Hay algo que necesito que sepas ahora —dijo él, y el pulgar se le quedó quieto sobre la cicatriz—. Ahora. No el jueves, no en la exposición, no en el local. Aquí.
El salón se cerró alrededor de esa frase. Fuera, un coche pasó por la calle con el motor frío y se alejó, y el ruido se apagó como si alguien hubiera bajado un volumen. Valentina notó el peso del brazo de Álex sobre su cintura, el borde de la manta bajo los dedos, la boca seca. Podía olerlo a él debajo del café: el olor de su piel, el mismo de siempre, el que reconocería en una habitación llena de gente con los ojos cerrados.
—Me estás asustando —dijo ella. Y lo peor era que era verdad.
—No es nada malo.
—Entonces no lo digas así.
Álex se sentó. La manta cayó hasta su cintura y Valentina se quedó mirando la línea de su espalda, el hombro ancho, la forma en que se pasó las dos manos por la cara antes de volverse hacia ella. Tenía una marca en la mejilla, de las sábanas o de su propio peso, y no se la quitó.
—¿Sabes lo que pensé cuando te vi anoche en la galería? —dijo—. Antes del ascensor. Antes de nada. Te vi desde el otro lado del salón, con el vestido de seda y el pelo recogido, hablando con no sé quién, y pensé: si me acerco, me va a mandar al infierno. Y aun así iba a acercarme.
Valentina no dijo nada. Se llevó la mano al anillo del dedo índice y lo giró, una vuelta, dos, el gesto que le salía solo cuando algo le apretaba por dentro.
—Me mandaste al infierno de todas formas —dijo Álex, y en la comisura de la boca se le asomó algo que no llegó a ser una sonrisa—. En el ascensor. Me miraste como si fuera un desconocido.
—Era lo que tenía que hacer.
—Ya lo sé.
Se inclinó hacia ella y le puso la mano en la rodilla, encima de la manta, sin apretar. Un peso, nada más. Valentina miró esa mano: los dedos largos, la uña del pulgar con la cicatriz pequeña del cutter, la muñeca con el reloj de acero que no se había quitado ni para dormir. La misma mano que la había desabrochado en el ascensor. La misma que ahora no se movía, esperando.
—Llevo seis años pensando en esto —dijo Álex—. En cómo decírtelo. En qué palabras usar para que no suene a excusa, para que no suene a que quiero algo de ti. Y anoche, en el ascensor, cuando te tuve delante, me di cuenta de que no hay palabras. De que llevo seis años buscando la frase perfecta y no existe.
—¿Y qué existe? —preguntó ella, y la voz le salió más dura de lo que quería.
—Esto —dijo él, y le apretó un poco la rodilla—. Estar aquí. Contigo. Que me dejes estar.
Valentina sintió que se le llenaban los ojos y odió que pasara. Parpadeó, miró hacia la ventana, hacia la franja de luz gris que se estaba volviendo dorada por el borde de la persiana. No iba a llorar. No delante de él, no por esto, no después de seis años.
—Me dejaste —dijo, y la palabra le salió plana, sin filo, y por eso mismo dolió más.
—Te dejé —repitió Álex, sin apartar la mirada—. Y no hay nada que pueda decirte que lo arregle. No lo estoy intentando.
—Entonces ¿qué?
—Que no me fui porque no te quisiera.
Se le quebró la voz en la última palabra. Fue casi nada, un rasguño, pero Valentina lo oyó y se volvió hacia él, y lo que vio en su cara la dejó sin aire. No era el hombre del ascensor, el que coqueteaba con una seguridad tranquila y la desarmaba con una mirada. Era otro. Uno más joven, de alguna manera, con los ojos de alguien que lleva mucho tiempo cargando con algo y acaba de dejarlo en el suelo.
—Me fui porque tenía veintiséis años y un apellido que no valía nada —dijo Álex—, y tú tenías delante una vida entera que tu madre había dibujado para ti, y yo no cabía en ese dibujo. No entonces.
—Eso no es decisión tuya.
—No. —Lo admitió sin defenderse—. Fue una cobardía. La llamé mil maneras durante años y todas eran la misma.
Valentina se pasó las manos por la cara, se echó el pelo hacia atrás, se quedó mirando el techo un segundo. La manta le resbaló del hombro y no se la subió. Sentía el frío del amanecer en la piel y el calor de él a un palmo, y las dos cosas a la vez la tenían al borde de algo.
—Anoche me dijiste que habías comprado un local —dijo—. Que lo compraste en enero. Que está vacío desde marzo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no podía seguir viviendo en una ciudad donde tú estabas en todas partes y yo no tenía un sitio donde ponerlo —dijo Álex—. Compré el local porque necesitaba construir algo. Ladrillo, hormigón, lo que fuera. Algo que no se me fuera.
—Y le pusiste mi nombre en los planos.
Álex se quedó quieto.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijiste tú. Anoche. —Valentina lo miró de frente—. ¿Te acuerdas de lo que dijiste anoche, Álex? ¿O también lo estás ensayando?
Él bajó la mirada un momento, y la boca se le torció, y por un segundo pareció que iba a reírse de sí mismo.
—Me acuerdo —dijo—. Me acuerdo de todo lo que dije anoche.
—Dímelo otra vez.
—¿Qué?
—Lo del cajetín.
Álex la miró. Tenía los ojos oscuros, sin fondo, y en ellos había algo que Valentina no supo leer del todo: no era arrepentimiento, era otra cosa. Era miedo.
—Dibujé los planos del proyecto de Serrano hace seis años —dijo, despacio—. Los firmé yo, pero en el cajetín, debajo de mi nombre, puse el tuyo. Aparejadora. Valentina Ríos. —Hizo una pausa—. Los planos están en el archivo del colegio. Los presenté así. No los corregí nunca.
Valentina se quedó sin habla. Se lo había oído la noche anterior, en la terraza, con la ciudad a los pies y el viento en la cara, y lo había tomado por una frase bonita de las que se dicen cuando se está dentro de alguien y todo parece posible. Pero no. Estaba ahí, en un archivo, en un papel, con su nombre escrito por la mano de él.
—¿Por qué? —preguntó, y la voz le salió pequeña.
—Porque no sabía cómo tenerte de otra forma —dijo Álex—. Y porque si algún día volvías a mirar esos planos, quería que supieras que estabas ahí. Que siempre estuviste.
Valentina se inclinó y lo besó. No lo pensó. Fue un impulso que le subió desde el pecho y le salió por la boca, y el beso fue torpe al principio, con los dos sin acomodarse, su mano en la mandíbula de él y la mano de él subiéndole por la espalda, y luego dejó de ser torpe. Dejó de ser cualquier cosa que se pudiera nombrar.
Álex la tumbó sobre el sofá. Lo hizo despacio, con la mano abierta en su cadera, y Valentina se dejó llevar, se dejó poner boca arriba contra las sábanas revueltas, con el pelo extendido sobre la tela y la luz gris de la persiana cayéndole encima a rayas. Él se quedó por encima de ella, sostenido en un codo, y la miró un rato largo sin decir nada, con la respiración pesada y el pulgar volviendo a la cicatriz, a la clavícula, a ese punto que era solo suyo.
—Te estoy mirando —dijo Valentina, y le tembló la voz—. ¿Vas a hacer algo o vas a quedarte ahí?
—Voy a hacer algo —dijo él—. Pero despacio.
Le abrió las piernas con la rodilla, sin prisa, y Valentina sintió el aire del salón en la piel del vientre y luego la mano de él bajando por el estómago, por el muslo, por dentro. Estaba mojada. Llevaba mojada desde el primer beso, desde antes, desde que le oyó decir «no puedo esperar al jueves» con esa voz ronca de no haber dormido, y cuando los dedos de Álex la encontraron se le escapó un sonido que no era una palabra.
—Así —dijo él, contra su cuello—. Así, Val.
Le pasó los dedos por la raja, arriba y abajo, despacio, sin entrar, y Valentina arqueó la espalda y clavó los talones en el sofá. Él la besó en el cuello, en la mandíbula, en la comisura de la boca, y siguió moviendo los dedos con una paciencia que era casi cruel, untándolos, encontrando el clítoris y apartándose de él justo cuando ella empezaba a apretar las caderas.
—Álex —dijo ella.
—¿Qué?
—No me hagas esperar.
—¿Por qué no?
Valentina abrió los ojos y lo miró, y él la estaba mirando a ella, con la cara a un palmo y los dedos quietos donde estaban, esperando de verdad una respuesta.
—Porque llevo seis años esperando —dijo ella—. Y estoy harta.
Algo cambió en la cara de Álex. Se le tensó la mandíbula, y la mirada se le volvió hambrienta de una manera que Valentina recordaba de la noche anterior, del ascensor, del espejo. Se incorporó lo justo para quitarse la manta de encima y luego se puso sobre ella, y Valentina sintió el peso de su cuerpo, el calor de su piel, y el glande de su polla resbalando por la raja, mojándose, buscándola.
—Mírame —dijo él.
Ella lo miró. Entró despacio. Muy despacio, un centímetro cada vez, y Valentina sintió cómo la abría, cómo la estiraba, cómo el cuerpo se le acostumbraba al grosor de él después de seis años, y se le cortó la respiración en la garganta.
—Joder —dijo Álex, con los dientes apretados—. Joder, Val.
Se quedó quieto dentro de ella, hundido hasta el fondo, con la frente pegada a la de Valentina y los ojos cerrados. Ella sentía el pulso de él dentro, ese latido profundo que le estiraba las paredes, y sentía las caderas de Álex temblar con el esfuerzo de no moverse.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Muévete.
Se movió. Salió casi del todo y volvió a entrar, y el sonido fue húmedo, obsceno, y Valentina se mordió el labio para no gritar en un piso ajeno, en el salón de la hermana de él, con la luz del amanecer entrando por la persiana. Álex repitió el movimiento, más hondo, y luego otra vez, y encontró un ritmo lento y profundo que la hacía sentir cada centímetro, cada empuje, cada retirada.
—Así —dijo ella, con la voz rota—. Así, no pares.
—No pienso parar.
Le puso la mano en la cadera y la sujetó, y empezó a embestir más fuerte, con la mirada clavada en la de ella, y Valentina no apartó los ojos. Se miraban mientras él la follaba, y era lo más íntimo que había hecho en su vida, más que el ascensor, más que la terraza, más que cualquier cosa. La luz gris se volvía dorada por momentos en la mejilla de Álex, y él tenía el pelo revuelto y la boca abierta y una gota de sudor bajándole por la sien.
—Me miraba así en el ascensor —dijo Valentina, sin saber por qué lo decía—. Como si me estuvieras memorizando.
—Te estaba memorizando —dijo él, y empujó más hondo—. Llevo seis años memorizándote, Val.
Ella cerró los ojos. La sensación le subía por la espalda, le apretaba en el vientre, y la mano de Álex bajó entre los dos y le encontró el clítoris con el pulgar, y Valentina se retorció bajo él.
—No —dijo, con un hilo de voz—. No, así no, que me voy a...
—Vente —dijo Álex—. Vente conmigo.
Le sostuvo la mirada y siguió moviendo el pulgar, y siguió embistiendo, y Valentina sintió que se le rompía algo por dentro, un nudo que se deshacía, y se corrió con un gemido largo que le salió del pecho y se le quedó en la garganta. El coño se le cerró alrededor de la polla de Álex, apretándola, y él soltó un gruñido y hundió la cara en su cuello.
—Val —dijo, contra la piel—. Val, me voy a...
—Dentro —dijo ella, y le clavó las uñas en la espalda—. Dentro, Álex.
Él empujó una última vez, hondo, y se quedó allí, temblando, y Valentina lo sintió correrse dentro de ella, el calor que le llenaba el vientre a oleadas, y la respiración de Álex rota contra su cuello, y el peso de todo su cuerpo sobre el suyo, y no quería que se moviera nunca.
Se quedaron así un rato largo. El salón se fue llenando de luz. En algún sitio de la casa, un reloj hizo un ruido pequeño, metálico, y volvió el silencio. Valentina tenía la mano en la nuca de Álex, los dedos entre su pelo, y sentía cómo el corazón de él se le iba calmando contra el pecho.
—No me he ido —dijo Álex, con la cara todavía escondida en su cuello.
—Ya lo veo.
Él se rió, un soplo contra su piel, y se apartó lo justo para mirarla. Tenía los ojos brillantes y la cara de alguien que acaba de decir en voz alta lo que llevaba años callando.
—Lo que iba a decirte el jueves —dijo— no es solo el local.
Valentina le puso un dedo en la boca. Él se calló.
—El jueves —dijo ella—. Me lo dices el jueves. —Y le apartó el dedo y lo besó, despacio, con el sabor de los dos en la boca—. Ahora quiero desayunar.
Álex se quedó mirándola un momento, como si estuviera decidiendo algo, y luego asintió y se levantó del sofá. Recogió su camisa del suelo y se la puso sin abrochársela, y Valentina se quedó en el sofá, envuelta en la manta, mirándole la espalda y la cicatriz del pulgar mientras él iba a la cocina y abría un armario, y el ruido de las tazas y el agua corriendo llenó el piso.
—No hay mucho —dijo Álex desde la cocina—. Café, y creo que galletas de las de Sofía.
—Con eso me vale.
Él se asomó al salón con la cafetera en la mano.
—Val.
—¿Qué?
—Gracias por dejarme estar.
Valentina se subió la manta hasta el hombro y miró por la ventana la luz que ya era del todo dorada, y no dijo nada, porque no sabía qué decir, y porque en el fondo le pareció que no hacía falta.
El ruido de la cafetera llenó el piso entero. Valentina seguía en el sofá, la manta hasta el hombro, y desde ahí veía la cocina por la puerta abierta: Álex de espaldas, la camisa colgando sin abrochar, moviéndose entre los armarios de Sofía como si hubiera vivido allí toda la vida. Abrió uno, lo cerró, abrió otro. Sacó dos tazas. Se le cayó una cuchara al suelo y la recogió con una lentitud que no tenía nada que ver con la prisa.
Valentina se pasó la lengua por los dientes. Tenía la boca pastosa, el pelo hecho un desastre, la piel tirante donde se le había secado el sudor. Olía a él en todas partes — en la manta, en el hombro, en la almohada que no era suya. Se levantó, arrastrando la manta como un vestido torpe, y fue hasta la ventana. Corrió la persiana un palmo más. Chamberí amanecía despacio: un hombre sacando un perro, una panadería con la persiana a medio subir, un taxi parado en el semáforo con la luz naranja encendida. La ciudad no sabía nada. Seguía con su vida, indiferente, y a Valentina le pareció una injusticia y un alivio a la vez.
—No encuentro el azúcar —dijo Álex desde la cocina.
—Sofía no toma azúcar.
—Sofía tiene una caja de galletas que caducó en enero.
—Eso sí es de ella.
Él se rió, bajito, y el sonido le llegó a Valentina por la espalda como una mano. Se volvió. Álex estaba en el umbral de la cocina, la cafetera en una mano, dos tazas en la otra, y la camisa abierta dejaba verle el pecho y el vello que le subía por el vientre y desaparecía bajo la cintura del pantalón. No había vuelto a abrocharse nada. La luz dorada le daba de lleno en la cara y le hacía los ojos más claros de lo que eran.
—Siéntate —dijo Valentina—. Que se te va a caer.
—¿La cafetera o la compostura?
—Las dos.
Él dejó las cosas en la mesa baja, apartó un montón de revistas de Sofía con el canto de la mano y se sentó en el suelo, de espaldas al sofá, con las rodillas dobladas. Valentina se acomodó en el sofá, la manta envolviéndole las piernas, y desde ahí le veía la nuca, la línea del pelo revuelto, la cicatriz del pulgar cuando servía el café. Le tendió una taza. Ella la cogió con las dos manos, como si pesara.
—Está solo —dijo él—. No hay leche, no hay azúcar, no hay nada que se le parezca a un desayuno decente.
—A mí me vale.
—Ya. —Álex se apoyó en el borde del sofá, de espaldas a ella, y bebió—. Pero no debería valerte.
Valentina lo miró por encima del borde de la taza. La nuca de Álex, la curva del hombro, el modo en que la camisa se le escurría de un lado. Había algo en la postura que no era relajación: era la quietud de alguien que está a punto de decir algo y todavía no ha encontrado el momento. Lo conocía. Lo había visto en el ascensor, en la terraza, antes de que abriera la boca.
—Dilo —dijo ella.
—¿Qué?
—Lo que estás pensando. Se te nota en la espalda.
Álex se volvió. Apoyó el codo en el sofá, la barbilla en la mano, y la miró desde abajo. Tenía los ojos cansados y despiertos a la vez, esa mezcla que solo da una noche en vela, y en la boca una seriedad que no le había visto en toda la mañana.
—¿Puedo quedarme a desayunar? —dijo.
—Ya estás desayunando.
—Me refiero a de verdad. —Dejó la taza en el suelo—. A hacerlo bien. Bajar a la panadería de la esquina, comprar pan de verdad, algo que no caduque en enero. Y volver. —Hizo una pausa, y la voz se le puso más baja—. Y luego quedarme. Todo el día, si me dejas. No una hora. No hasta que se haga de noche y tengas una excusa para echarme.
Valentina se quedó con la taza a medio camino de la boca. La bajó despacio. El reloj de la cocina hacía su ruido pequeño, metálico, y en la calle un camión de reparto frenó con un chirrido y siguió.
—Tienes cosas que hacer —dijo ella—. Un despacho. Un proyecto. Una vida.
—Tengo un móvil que puedo apagar.
—Álex.
—Y tengo —siguió él, sin dejarse cortar— algo más que preguntarte. Después del desayuno. Cuando hayas comido algo y no me estés mirando como si fuera a salir corriendo por la puerta.
—No te estoy mirando así.
—Me estás mirando exactamente así.
Valentina dejó la taza en la mesa. Se le había enfriado entre las manos sin que se diera cuenta. El peso de la pregunta — quedarse, todo el día, la vida entera metida en un sofá prestado — se le había posado en el pecho como una piedra tibia, y no sabía si quería quitársela o apretarla contra sí.
—¿Qué es lo otro? —preguntó.
—Primero el pan.
—Álex.
—Primero el pan —repitió él, y esta vez sí sonrió, con esa media sonrisa suya que le torcía una comisura y le arrugaba un poco el ojo—. Y una ducha, si tu hermana tiene agua caliente. Y luego te lo pregunto. Con la boca llena, que es como se preguntan las cosas importantes.
Valentina se echó a reír. No lo esperaba, y le salió del pecho sin permiso, y Álex la miró reírse como si fuera lo único que hubiera venido a ver esta mañana. Se levantó del suelo, se sacudió las rodillas del pantalón, y se acercó al sofá. Se sentó en el borde, al lado de sus pies, y le puso la mano en la nuca. La palma abierta, caliente, los dedos enredados en el pelo suelto que le caía por la espalda. Valentina se quedó muy quieta.
—Puedo quedarme —dijo él, en voz baja, casi contra su frente—. Pero necesito que me lo digas tú. No quiero quedarme porque no me has echado. Quiero quedarme porque me quieres aquí.
El pulgar le subió por la nuca, despacio, hasta la base del cráneo, y se quedó ahí, presionando un punto que le aflojó algo en los hombros. Valentina cerró los ojos un segundo. Olía a café y a él, y el salón era un desastre de manta y ropa y revistas, y en alguna parte de la casa dormía la hermana de Álex sin saber que su sofá había sido testigo de todo.
—Y lo otro —dijo ella, sin abrir los ojos—. ¿Qué es lo otro?
—Que me dejes hacer esto bien —dijo Álex—. No un jueves. No una promesa a plazo. Esto. —Le apretó la nuca, muy suave—. Que me dejes estar aquí, hoy, sin que sea el preludio de nada. Sin que tengas que estar esperando a que me vaya.
Valentina abrió los ojos. Lo tenía muy cerca. La luz le daba en la mejilla y le hacía brillar el borde del ojo, y en la cara no había nada de la seguridad del ascensor, nada del hombre que coqueteaba con media sonrisa y una mano en el marco de la puerta. Había otra cosa. Algo más desnudo, más joven, que le costaba mirar de frente.
—Me estás pidiendo que confíe en ti —dijo ella.
—Te estoy pidiendo que me dejes ganármelo. —El pulgar se le quedó quieto en la nuca—. Que no sea todo o nada, Val. Que no tenga que ser el jueves o la puerta. Que hoy sea hoy.
Valentina se llevó la mano a la muñeca de él. No se la quitó. Se la sujetó, los dedos alrededor de los huesos finos, y sintió el pulso de Álex bajo la yema, rápido, mucho más rápido de lo que su cara dejaba ver.
—El jueves —dijo ella.
Álex se quedó quieto. No apartó la mano enseguida; esperó, como si le diera tiempo a la frase a llegar del todo, y solo entonces la dejó resbalar de su nuca, despacio, los dedos rozándole la clavícula al bajar. Se apartó un palmo. Asintió.
—El jueves —dijo—. Vale.
Y se levantó del sofá, recogió su taza del suelo y se fue hacia la cocina, y Valentina se quedó con la manta hasta la barbilla, la nuca todavía caliente donde había estado su mano, y el corazón dándole golpes tontos contra las costillas por una frase que ni siquiera había dicho del todo.
En la cocina, el grifo se abrió. El agua corrió un rato. Luego el ruido cambió — la ducha, el baño, la puerta cerrándose — y el piso se quedó en silencio, y Valentina se dio cuenta de que no le había preguntado si tenía una toalla, ni si necesitaba algo, ni nada. Se levantó, la manta arrastrando, y fue hasta el armario del pasillo. Sacó una toalla limpia, la dobló, y se quedó de pie frente a la puerta del baño con la toalla contra el pecho, oyendo el agua, sin llamar.
El agua se cortó. Un momento de silencio. La puerta se abrió y el vapor salió a bocanadas, y Álex estaba ahí con el pelo mojado pegado a la frente, una toalla de Sofía — pequeña, rosa, con un bordado que decía algo en hilo deshilachado — atada a la cintura, y el pecho todavía brillante de agua.
—Te he traído una —dijo Valentina, y le tendió la toalla.
Él la miró. Miró la toalla. Y luego la cogió, pero no se la puso: la dejó caer sobre el borde del lavabo, y se quedó mirándola a ella con el pelo chorreando y el vapor saliendo por la puerta abierta.
—El jueves —dijo Álex—. Pero hoy hay pan.
Valentina abrió la boca para decir algo, lo que fuera, y no le salió nada, y él pasó a su lado por el pasillo con el agua cayéndole por los hombros, y un instante después se oyó su voz desde el salón, buscando su camisa, preguntando en voz alta dónde había dejado los zapatos.
La camisa estaba en el respaldo de una silla, arrugada, con un botón suelto que colgaba de un hilo. Álex la cogió, la sacudió una vez, y se la puso de espaldas al pasillo, con los hombros moviéndose bajo la tela mojada de la piel. Los zapatos aparecieron debajo del sofá, uno más lejos que el otro, y se agachó a recogerlos sin decir nada.
Valentina seguía en el pasillo con la toalla limpia contra el pecho, la que él no se había llevado. La dobló otra vez, sin necesidad, y la dejó en el mismo estante del que la había sacado. El vapor del baño se estaba disipando, subiendo hacia el techo en jirones finos, y el espejo empezaba a descubrirse por los bordes.
—¿Dónde está la panadería? —preguntó Álex, y su voz llegó desde el salón con una naturalidad que a Valentina le sonó casi ofensiva.
—A dos calles. Bajando a la izquierda, luego a la derecha. La de la persiana verde.
—¿Está abierta a esta hora?
—Creo que a las siete y media.
Él se asomó al pasillo con un zapato en la mano. La camisa le colgaba mal, metida a medias en el pantalón, y tenía el pelo todavía húmedo aplastado contra la frente como un niño al que acaban de sacar de la piscina.
—¿Vienes?
La pregunta le llegó a Valentina antes de que pudiera prepararse para ella. No era una invitación a la panadería. Era la otra cosa, la que llevaba toda la mañana colgando del techo como el vapor, la que él no había dicho del todo y ella no había dejado que dijera. Salir a la calle con él, a plena luz, con la ciudad mirando. Que la vieran con el hombre del ascensor, del que le había escrito a Rodri que era asunto suyo.
—No puedo salir así —dijo ella, y se señaló el pelo, la manta, las piernas desnudas debajo.
—Puedes. —Álex se apoyó en el marco del pasillo—. Nadie te va a reconocer con esa cara de haber dormido en un sofá.
—Gracias.
—Es un cumplido. —La miró un segundo más de lo necesario—. La gente guapa siempre está más guapa recién levantada. Es una injusticia, pero es así.
Valentina se cruzó de brazos. La manta se le escurrió de un hombro y la dejó al descubierto la clavícula, la cicatriz pálida que le subía hacia el cuello, y Álex no apartó los ojos de ahí. No lo hizo con hambre. Lo hizo como quien comprueba que algo sigue en su sitio.
—Voy a vestirme —dijo ella—. Y a lavarme la cara. Y a peinarme. Y cuando vuelvas con el pan, si vuelves, hablamos de lo otro.
—Vuelvo.
—Eso has dicho antes.
La frase se le escapó sin que la pensara, y en cuanto la oyó en el aire del pasillo supo que había sido un golpe bajo. Álex no se defendió. Se quedó quieto con el zapato en la mano, y en su cara pasó algo rápido — no dolor, algo más viejo que el dolor, más cansado — y luego se agachó a atarse los cordones.
—Lo sé —dijo, desde el suelo—. Por eso voy a volver.
Se levantó, se pasó la mano por el pelo mojado para apartárselo de la frente, y se acercó a ella. No la tocó. Se quedó a un paso, lo justo para que Valentina tuviera que levantar la barbilla para mirarle la cara.
—Pan de verdad —dijo—. Y algo que no caduque en enero.
—Y café.
—Sofía no tiene azúcar, pero yo sí sé dónde comprarla.
Valentina se rió otra vez, más corto, y esta vez se le quedó en la boca un rato. Álex le guiñó un ojo — un gesto tan poco suyo, tan de otro hombre, que ella se quedó mirándolo sin saber qué hacer con él — y se fue hacia la puerta. La abrió, y el ruido del rellano entró de golpe: el ascensor, una radio en algún piso, el timbre de una bicicleta en la calle.
—Media hora —dijo—. Como mucho.
La puerta se cerró. Valentina se quedó sola en el pasillo, con la toalla doblada en el estante y el vapor ya casi ido, y el piso entero se le vino encima de pronto, enorme y silencioso. Se llevó las manos a la cara. Tenía la piel tibia, los pómulos todavía marcados por la almohada, y en el pecho esa piedra que no terminaba de irse.
Fue al salón y recogió las tazas. La de Álex tenía una huella de café seca en el fondo, un poso oscuro en la curva. La enjuagó en la cocina, la secó con un trapo, y la colocó en el armario de Sofía en el mismo sitio donde la había encontrado. Luego se quedó de pie frente a la ventana, con el trapo todavía en la mano, viendo cómo la persiana de la panadería subía del todo al fondo de la calle.
En el dormitorio de Sofía, al otro lado del pasillo, algo se movió. Un crujido de muelles, un pie en el suelo, la voz de su hermana — la de Álex —arrastrando sueño por el pasillo.
—¿Ya te has ido? —dijo Sofía, con los ojos entrecerrados y el pelo hecho un nido.
—No soy Álex.
Sofía se paró en seco. Abrió los ojos del todo, miró a Valentina con el trapo en la mano, la manta, el desastre del sofá, y una sonrisa le fue subiendo por la cara como una marea.
—Ah, no —dijo—. No, no, no. Siéntate. Me lo vas a contar todo.

