El Eco de la Piel
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El Eco de la Piel

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Chapter 4
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Chapter 4

alex y val tienen una pelea. val lo reta de que va a bjar a follarse a rodri y el tendra que verlo y sufrir (alex lo permite o no lo permite)

Sofía había dejado la llave de su piso en la mesita del recibidor, junto a un vaso de agua que ya nadie iba a beber. Valentina la reconoció al instante, ese gesto de su cuñada —de su casi cuñada, se corrigió— que siempre dejaba todo preparado para que nadie tuviera que pedir nada. La casa olía a incienso de sándalo y a café recién hecho, y las ventanas del salón daban a una calle tranquila de Chamberí donde los faroles aún no se habían encendido.

Álex cerró la puerta con el hombro y se quedó un momento en el umbral, mirándola. Llevaba el traje azul marino arrugado de la gala, la camisa desabrochada hasta el pecho, el reloj de acero marcando las dos de la madrugada. Valentina se quitó los zapatos sin mirarlo, dejó el bolso en una silla y fue a la cocina a buscar agua, porque necesitaba hacer algo con las manos antes de que la casa se les echara encima.

—¿Te apetece algo? —preguntó, abriendo la nevera—. Tienes cerveza, creo que también vino…

—No he venido a beber.

La voz de él llegó desde el salón, grave y medida. Valentina se quedó con la mano en la puerta de la nevera, sintiendo el frío en los dedos, y respiró hondo antes de volverse.

—¿Y a qué has venido, Mendoza?

Él estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos, mirándola con esa calma que siempre la ponía nerviosa. La luz de la calle le cortaba la cara en planos de sombra y claridad, y por un momento Valentina recordó la primera vez que lo vio así, en una exposición de la facultad, con el mismo traje que no le quedaba del todo bien y la misma manera de mirarla como si estuviera memorizando cada detalle.

—A que me digas qué coño ha pasado esta noche —dijo él, sin moverse—. A que me expliques por qué he tenido que enterarme por un mensaje que le has mandado a Rodri que estabas con alguien.

Valentina soltó la puerta de la nevera y se apoyó en la encimera, cruzando los brazos.

—¿Y tú qué querías? ¿Que te lo dijera a ti primero? ¿Que te pidiera permiso?

—Quería que no me enterara por él.

—No te has enterado por él. Te lo he dicho yo, en la terraza, mientras me follabas.

La palabra cayó entre los dos como un golpe. Álex apretó la mandíbula y apartó la mirada un segundo, y Valentina vio algo moverse en su cara, algo que no sabía si era rabia o dolor o las dos cosas mezcladas.

—Eso no es lo que quiero decir —dijo él, al fin, con la voz más baja—. Y lo sabes.

—No sé nada, Álex. Llevo seis años sin saber nada. Tú apareces, me follas en un ascensor, me prometes un local, me dices que no vas a desaparecer… y yo qué coño sé si mañana vas a estar ahí.

Él dio un paso hacia ella, y luego otro, y Valentina sintió que el aire de la cocina se volvía más denso.

—He estado ahí. He estado ahí todos los putos días, aunque no lo vieras.

—¿Dónde? —Valentina soltó una risa sin alegría—. ¿Dónde has estado, Álex? Porque yo te buscaba. Te busqué durante meses. Iba a los sitios donde solíamos ir, esperaba verte en las exposiciones, en los bares, en la calle. Y tú no estabas.

—Estaba.

—No estabas. Estabas con tus planos, con tus proyectos, con tu vida nueva. Yo era la que se quedaba mirando la puerta cada vez que sonaba el teléfono, esperando que fueras tú.

La voz se le quebró al final, y Valentina lo odió, odió ese temblor que se le escapaba, odió la manera en que las lágrimas le picaban en los ojos sin llegar a caer. Se giró hacia la nevera otra vez, buscando algo que hacer, pero Álex ya estaba a su lado, con la mano en su brazo, suave pero firme.

—Val.

—No me toques.

—Valentina.

—He dicho que no me toques.

Él retiró la mano, pero no se apartó. Se quedó a medio metro de ella, con los brazos caídos, mirándola con esa intensidad que siempre la desarmaba. Valentina se pasó la mano por la cara y respiró hondo, sintiendo el anillo de plata frío contra su mejilla.

—Tú te fuiste —dijo, con la voz más controlada—. Tú decidiste irte sin decirme nada, sin darme una explicación. Y ahora apareces seis años después, me dices que has comprado un local para los dos, que has dibujado mi nombre en unos planos… y esperas que yo me lo crea todo, que confíe en ti, que me olvide de que me dejaste plantada.

—No te dejé plantada.

—¿Ah, no? ¿Entonces cómo se llama, Álex? ¿Cómo se llama eso de desaparecer una noche y no volver a llamar?

—Se llama que tenía miedo.

La confesión cayó entre los dos, y Valentina se quedó mirándolo, con la boca ligeramente abierta, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Miedo de qué?

—De ti. De esto. De lo que sentía y no sabía cómo manejar.

Álex se pasó una mano por el pelo, ese gesto que ella conocía de memoria, y Valentina vio que también a él le costaba mantener la compostura. Tenía los nudillos blancos de apretar las manos, y la cicatriz del pulgar se le marcaba bajo la luz de la cocina.

—Tenía veintiséis años, Val. Acababa de montar el estudio, no tenía un duro, mi padre estaba enfermo y mi hermana dependía de mí. Y tú… tú eras demasiado. Demasiado buena, demasiado lista, demasiado todo. Y yo no sabía cómo quedarte sin arrastrarte a mi mierda.

—No te pedí que me protegieras —dijo ella, con la voz temblorosa—. Te pedí que te quedaras.

—Lo sé. Y no supe. Y te lo he pagado todos los días desde entonces.

Valentina sintió que las lágrimas le ardían en los ojos, y esta vez no pudo contenerlas. Se le escapó una, caliente, rodando por su mejilla, y se la secó con el dorso de la mano, furiosa consigo misma por llorar delante de él.

—No me sirve de nada que lo pagues —dijo, con la voz ronca—. No me sirve de nada que hayas sufrido, que hayas estado arrepentido, que hayas comprado un local pensando en mí. Necesito saber que esta vez no te vas a ir. Que esta vez, cuando las cosas se pongan difíciles, no vas a desaparecer otra vez.

—No voy a desaparecer.

—¿Y cómo lo sé? —Valentina lo miró, desafiante, con las lágrimas todavía brillándole en los ojos—. ¿Cómo sé que mañana no vas a despertarte, a mirarme y a decidir que todo esto ha sido un error, que no estás listo, que necesitas espacio?

Álex dio otro paso hacia ella, y esta vez Valentina no retrocedió. Se quedó donde estaba, con la espalda contra la encimera, sintiendo el frío del mármol a través de la seda del vestido, mientras él se acercaba hasta quedar a unos centímetros de ella.

—Porque llevo seis años sin dejar de pensar en ti —dijo, con la voz baja y ronca—. Porque he ido a todas tus exposiciones, aunque no me vieras. Porque he visto tu nombre en los créditos de las galerías y he sentido que me faltaba el aire. Porque he dibujado tus ojos en los márgenes de mis planos, Val, y he borrado cada uno porque me dolía demasiado verlos.

Valentina sintió que el corazón le latía con fuerza, y odió la manera en que su cuerpo respondía a él, a su voz, a su proximidad. Odió la manera en que quería creerle, en que quería dejarse llevar, en que una parte de ella ya estaba imaginando una vida con él, en el local de la calle Ferro, con los ventanales altos y el suelo de hormigón.

—No puedes aparecer y arreglarlo todo con palabras bonitas —dijo, con la voz más dura de lo que sentía—. No puedes comprar un local y esperar que eso borre seis años de silencio.

—No estoy intentando borrarlos. Estoy intentando compensarlos.

—¿Y cómo vas a compensar seis años, Álex? ¿Cómo vas a devolverme todo el tiempo que pasé esperándote, preguntándome qué había hecho mal, preguntándome si te había inventado?

Él la miró, y Valentina vio algo romperse en su cara, algo que nunca le había visto antes. Una grieta en esa fachada de seguridad que él mostraba al mundo, una vulnerabilidad que le hacía parecer más joven, más herido, más real.

—No puedo —admitió, con la voz apenas un susurro—. No puedo devolverte el tiempo. No puedo deshacer lo que hice. Pero puedo pasarme el resto de mi vida intentando que te olvides de que me fui.

Valentina se quedó mirándolo, sintiendo el peso de sus palabras, el peso de todo lo que no se habían dicho durante seis años. Y en ese momento, con la cocina a oscuras y la ciudad dormida afuera, sintió que algo se movía en ella, algo que no sabía si era esperanza o miedo o las dos cosas.

—No me digas eso —dijo, con la voz quebrada—. No me digas eso si no lo sientes de verdad.

—Lo siento. Lo he sentido siempre.

—¿Entonces por qué te fuiste?

Álex bajó la mirada, y Valentina vio que tragaba saliva, que le costaba hablar.

—Porque tenía miedo de no ser suficiente para ti. Porque tenía miedo de que te dieras cuenta de que no era el hombre que merecías, de que acabaras mirándome como me miraba tu madre, como si yo fuera un error que ibas a superar.

—Mi madre no tiene nada que ver con esto.

—Tu madre tiene todo que ver con esto. Tu madre siempre ha pensado que yo no era suficiente para ti, y yo… yo me lo creí. Me creí que algún día te despertarías y lo verías también, y preferí irme antes de que tú me dejaras.

Valentina sintió que algo se le rompía dentro, algo que llevaba años protegiendo. Se acercó a él, sin saber muy bien lo que hacía, y puso una mano en su pecho, sintiendo el calor de su piel a través de la camisa, el latido de su corazón bajo la palma.

—Eres un idiota —dijo, con la voz temblorosa—. Eres un idiota, Mendoza.

—Lo sé.

—No sabes nada. No sabes que yo nunca te habría dejado. No sabes que te esperé durante meses, que fui a tu estudio y me quedé en la puerta sin atreverme a llamar, que te busqué en cada cara que veía en la calle.

Álex levantó una mano y le apartó un mechón de pelo de la cara, con una ternura que la desarmó por completo.

—Lo sé ahora —dijo, con la voz ronca—. Lo sé ahora, Val. Y no pienso volver a cometer el mismo error.

Valentina sintió que las lágrimas le volvían a los ojos, y esta vez no intentó contenerlas. Se quedó mirándolo, con el corazón latiéndole con fuerza, sintiendo que algo se abría entre ellos, algo que llevaba años cerrado.

—No sé si puedo confiar en ti —dijo, con la voz apenas un susurro—. No sé si puedo creerme que esta vez es de verdad.

—No te pido que me creas. Te pido que me des la oportunidad de demostrártelo.

Valentina se quedó mirándolo, con la mano todavía apoyada en su pecho, sintiendo el latido de su corazón bajo la palma, acelerado, vivo, real. Quería creerle. Dios, cómo quería creerle. Pero algo en ella, algo que llevaba años construido, se negaba a ceder tan fácilmente.

—¿Y qué significa eso, Álex? —dijo, apartando la mano y dando un paso atrás, poniendo distancia entre ellos—. ¿Qué significa que me des la oportunidad de demostrártelo? ¿Que vamos a vernos a escondidas? ¿Que voy a seguir siendo tu secreto, la mujer con la que follas en ascensores y terrazas mientras finges que no me conoces delante de los demás?

Él no respondió de inmediato. Se quedó ahí, con las manos a los lados, mirándola con esa intensidad que siempre la desarmaba, y Valentina sintió que la rabia le subía por la garganta, una rabia vieja, acumulada, que llevaba años esperando salir.

—Porque eso es lo que somos, ¿no? —continuó, con la voz subiendo de tono—. Eso es lo que hemos sido siempre. Dos personas que se encuentran a escondidas, que se desean en silencio, que se follan cuando nadie mira. Y luego cada uno a su vida, cada uno a su mierda, como si nada hubiera pasado.

—No es así. No quiero que sea así.

—¿Ah, no? —Valentina soltó una risa amarga, sacudiendo la cabeza—. Entonces dime, Álex. Dime cómo quieres que sea. Porque yo ya no sé qué esperar de ti. No sé si eres el hombre que me prometió un local en la calle Ferro, o el que desapareció seis años sin decirme nada, o el que me folló contra un espejo hace unas horas.

—Soy el mismo. Soy todos esos.

—Eso no es una respuesta. Eso es una evasiva.

Álex se pasó una mano por el pelo, frustrado, y Valentina vio que la paciencia se le estaba agotando. Tenía la mandíbula tensa, los ojos oscuros, y la manera en que la miraba le recordaba a la primera vez que se besaron, en aquella azotea de la facultad, con la ciudad a sus pies y todo por delante.

—¿Qué quieres que te diga, Val? ¿Que me arrepiento? Ya te lo he dicho. ¿Que te quiero? Lo sabes. ¿Qué más quieres?

—Quiero que me demuestres que esto es real. Que no soy solo un capricho, algo que te apetece cuando me ves y que olvidas cuando no estoy.

—Nunca te he olvidado.

—¡Pero me dejaste! —Valentina dio un paso hacia él, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas—. Me dejaste, Álex. Me dejaste sin una explicación, sin una llamada, sin una puta palabra. Y ahora apareces, me dices que me quieres, que has comprado un local para los dos… y esperas que yo me lo crea todo.

—No espero que te lo creas. Espero que me des tiempo.

—¿Tiempo? He tenido seis años de tiempo. Seis años para superarte, para olvidarte, para convencerme de que no te necesitaba. Y ahora… ahora vienes tú y lo deshaces todo con unas palabras bonitas y un par de orgasmos.

La frase salió con más veneno del que Valentina había pretendido, y vio el golpe en los ojos de Álex. Pero no se detuvo. No podía detenerse. Era como si algo se hubiera roto dentro de ella, algo que llevaba años acumulando silencio y que ahora necesitaba salir.

—¿Y sabes qué es lo peor? —continuó, con la voz temblorosa—. Lo peor es que yo te esperé. Te esperé durante meses, convenciéndome de que tenías una razón, de que volverías. Fui a tu estudio y me quedé en la puerta sin atreverme a llamar. Te busqué en cada cara que veía en la calle. Llegué a odiarme por quererte tanto, por no ser capaz de dejarte ir.

—Val…

—No. Déjame terminar. —Valentina se secó una lágrima con el dorso de la mano, furiosa—. Tú te fuiste porque tenías miedo. Lo entiendo. Pero yo me quedé. Y me quedé sola, con mis preguntas, con mis dudas, con la sensación de que no era suficiente. Y ahora me pides que confíe en ti, que te dé una oportunidad… ¿y qué me ofreces a cambio? ¿Un local vacío? ¿Unas promesas?

—Te ofrezco todo lo que tengo.

—¿Y si no es suficiente? ¿Y si vuelves a tener miedo y desapareces otra vez?

Álex la miró durante un largo momento, con una expresión que Valentina no supo descifrar. Luego dio un paso hacia ella, y otro, hasta quedar a unos centímetros, con el cuerpo casi tocándola pero sin llegar a hacerlo.

—No voy a desaparecer —dijo, con la voz baja y firme—. Puedes odiarme, puedes gritarme, puedes decirme todo lo que necesites decirme. Pero no voy a desaparecer. Esta vez no.

—¿Y cómo lo sé?

—Porque te lo estoy diciendo. Porque estoy aquí, delante de ti, aguantando todo lo que me lanzas. Porque podría haberme ido hace horas, después de lo del ascensor, y no lo hice. Porque estoy aquí, Val, y no pienso moverme.

La respuesta no llegó como palabras. Llegó como un gesto que Valentina conocía demasiado bien: Álex se pasó la mano por el pelo, dejando los mechones castaños aún más revueltos, y luego bajó la mirada hacia el suelo de la cocina como si buscara algo que no encontraba. Ese silencio, ese pequeño gesto de derrota, encendió algo en ella que no era rabia. Era otra cosa. Algo más frío y más afilado.

—Mírame —dijo ella, y su propia voz le sonó extraña, más firme de lo que se sentía—. Mírame y dime que no vas a desaparecer. Dímelo a la cara, con esos ojos que usas para convencer a todo el mundo de que eres un hombre seguro, y dime que esta vez vas a quedarte.

Él levantó la cabeza, y Valentina vio que la mandíbula se le tensaba, que los nudillos se le blanqueaban, que la cicatriz del pulgar se le marcaba contra la palma de la mano. Pero no dijo nada. Se quedó ahí, a medio metro de ella, con los brazos caídos, mirándola con una intensidad que la desarmaba, y ese silencio fue la respuesta que Valentina no quería oír.

—Eso pensaba —dijo, con una risa amarga que le raspó la garganta—. No puedes decírmelo, ¿verdad? Porque sabes que si lo dices en voz alta, si me prometes que te vas a quedar, entonces ya no podrás escaparte cuando las cosas se pongan difíciles. Entonces serás responsable de algo más que de tus planos y tus proyectos.

—No es eso —dijo él, con la voz ronca—. No es que no quiera decírtelo. Es que…

—¿Es que qué? —Valentina dio un paso hacia él, sintiendo el frío del mármol bajo sus pies descalzos—. ¿Es que tienes miedo de que te crea? ¿Es que prefieres que me lo tome como una promesa vacía, como todas las que me hiciste hace seis años, para no tener que cumplirla?

—No he roto ninguna promesa que te haya hecho.

—¿Ah, no? —Valentina soltó una carcajada sin alegría—. ¿Y cómo se llama lo que hiciste, entonces? ¿Cómo se llama eso de decirme que me querías, que íbamos a estar juntos, que ibas a estar a mi lado, y luego desaparecer sin una puta explicación?

—Eso no fue una promesa. Fue una amenaza.

La frase cayó entre los dos como un jarro de agua fría. Valentina se quedó mirándolo, con la boca ligeramente abierta, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Una amenaza? —repitió, con la voz apenas un susurro—. ¿Qué coño quieres decir con eso?

Álex se pasó una mano por la cara, y Valentina vio que le temblaba ligeramente, un temblor que nunca le había visto antes. Se quitó el reloj de acero y lo dejó sobre la encimera, con un gesto cansado, como si el peso de esas horas le pesara más que el metal.

—Cuando te dije que te quería, tenía veintiséis años y acababa de enterarme de que mi padre tenía cáncer —dijo, con la voz baja y medida, como si cada palabra le costara un esfuerzo físico—. Y tú estabas en la facultad, con todo por delante, con una familia que te esperaba, con un futuro que no incluía a un chico de barrio que no tenía nada que ofrecerte. Y yo… yo sabía que si me quedaba, te iba a arrastrar conmigo. Iba a hacerte parte de mi mierda, de mis deudas, de mis noches sin dormir. Y no podía hacerte eso. No podía.

Valentina lo miró, y por un momento, un solo momento, quiso creerle. Quiso dejarse llevar por esa voz grave y firme, por esas manos que habían dibujado sus ojos en los márgenes de unos planos, por ese hombre que había comprado un local pensando en ella. Pero algo en ella, algo que llevaba años construido, se negaba a ceder.

—No me basta —dijo, con la voz más dura de lo que sentía—. No me basta con que estés aquí ahora, diciéndome lo que crees que quiero oír. Necesito algo más. Necesito saber que no soy solo una opción, algo que te apetece cuando me ves y que olvidas cuando no estoy.

—Nunca has sido una opción, Val.

—¿Entonces qué soy? —Valentina dio un paso hacia él, sintiendo que la rabia le subía por la garganta—. ¿Qué soy para ti, Álex? ¿La mujer con la que follas en ascensores y terrazas? ¿La amiga de tu hermana a la que saludas en las fiestas? ¿El nombre que escribiste en unos planos y que nunca te atreviste a llamar?

—Eres todo —dijo él, con la voz ronca—. Eres todo, Valentina.

—Las palabras no me bastan, Álex. Llevo seis años escuchando palabras bonitas, y todas me han dejado vacía. Necesito que me demuestres que esto es real. Que no soy un capricho. Que no soy una aventura que empieza en un ascensor y termina cuando te cansas de mí.

—No me voy a cansar de ti.

—¿Y cómo lo sé? —Valentina lo miró, desafiante, con las lágrimas brillándole en los ojos—. ¿Cómo sé que mañana no vas a despertarte, a mirarme y a decidir que todo esto ha sido un error? ¿Cómo sé que no vas a volver a desaparecer, a dejarme otra vez con mis preguntas y mis dudas?

Álex dio otro paso hacia ella, y esta vez Valentina no retrocedió. Se quedó donde estaba, con la espalda contra la encimera, sintiendo el frío del mármol a través de la seda del vestido, mientras él se acercaba hasta quedar a unos centímetros de ella. Podía sentir el calor de su cuerpo, el olor de su piel, la respiración acelerada que le agitaba el pecho.

—Te lo voy a demostrar —dijo, con la voz baja y firme—. No con palabras, sino con hechos. Me voy a quedar. Voy a estar aquí, a tu lado, pase lo que pase. Y si algún día te vuelvo a dejar, puedes buscarme, puedes odiarme, puedes escupirme a la cara. Pero no voy a desaparecer. Esta vez no.

Valentina lo miró, sintiendo el peso de sus palabras, sintiendo el latido de su corazón bajo la palma de su mano, que todavía seguía apoyada en su pecho. Quería creerle. Dios, cómo quería creerle. Pero algo en ella, algo que llevaba años construido, se negaba a ceder.

—¿Y qué pasa con Rodri? —dijo, con la voz repentinamente fría—. ¿Qué pasa con el hombre que me está esperando abajo, en la gala, el que me ha estado enviando mensajes toda la noche?

Álex frunció el ceño, y Valentina vio que la mandíbula se le tensaba.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir que tengo opciones, Álex. Que no soy la mujer desesperada que se conforma con las migajas que le das. Que puedo bajar ahora mismo, encontrar a Rodri, y terminar la noche con él si me da la gana.

—No vas a hacer eso.

—¿Ah, no? —Valentina soltó una risa amarga, sacudiendo la cabeza—. ¿Y quién te lo impide? ¿Tú? ¿Con tus promesas vacías y tus palabras bonitas?

—No son vacías.

—Son palabras, Álex. Palabras que llevo seis años escuchando. Y estoy harta de ellas. Estoy harta de esperar a que te decidas, de esperar a que me elijas, de esperar a que dejes de tener miedo y te quedes. Así que sí, voy a bajar. Voy a encontrar a Rodri, y voy a follármelo, y tú te vas a quedar aquí, viéndolo, sufriendo, sabiendo que podrías haberlo evitado si hubieras sido capaz de decirme la verdad.

El silencio que siguió fue tan denso que Valentina podía oír su propia respiración, el latido de su corazón, el roce de la seda de su vestido contra la encimera. Álex la miró durante un largo momento, con los ojos oscuros, con la mandíbula tensa, con las manos apretadas a los lados, y Valentina sintió que algo en el aire había cambiado.

—No vas a bajar —dijo él, al fin, con la voz baja y controlada—. No vas a bajar porque sabes que no quieres hacerlo. Sabes que si bajaras, sería solo para hacerme daño, y no eres así, Val. No eres cruel. No eres de las que juegan con la gente para vengarse.

—¿Ah, no? —Valentina lo miró, desafiante, con la quijada alzada—. ¿Y qué sabes tú de cómo soy? Hace seis años que no me ves. Seis años en los que he cambiado, en los que he aprendido a protegerme, en los que he aprendido a no dejar que nadie me haga daño. Así que no me digas lo que soy o lo que no soy, Alejandro. No me digas lo que voy a hacer o lo que no voy a hacer.

—No lo digo para decirte lo que eres. Lo digo porque te conozco. Porque conozco esa mirada que tienes ahora, esa manera de levantar la barbilla cuando estás a punto de hacer algo que sabes que te va a doler. Y sé que no quieres bajar. Sé que lo que quieres es que yo te detenga.

Valentina sintió que algo se le retorcía en el pecho, una mezcla de rabia y de algo que no quería nombrar. Porque tenía razón. Maldita sea, tenía razón. No quería bajar. No quería a Rodri. Quería que Álex la detuviera, que le demostrara que la quería de verdad, que no era solo un capricho.

—No me digas lo que quiero —dijo, con la voz temblorosa—. No me digas lo que quiero, Álex. Porque hace seis años que no sabes lo que quiero. Hace seis años que no sabes nada de mí.

—Sé que me quieres. Sé que me has querido siempre. Y sé que estás asustada de quererme otra vez, de dejar que me acerque, de dejar que te haga daño otra vez.

—No estoy asustada.

—Sí lo estás. Y está bien. Yo también lo estoy. Pero eso no significa que tengamos que dejar que el miedo decida por nosotros.

Valentina sintió que las lágrimas le volvían a los ojos, y esta vez no pudo contenerlas. Se le escaparon, calientes, rodando por sus mejillas, y se las secó con el dorso de la mano, furiosa consigo misma por llorar delante de él.

—No sé cómo hacer esto —admitió, con la voz quebrada—. No sé cómo volver a confiar en ti. No sé cómo dejar de esperar a que te vayas, a que me demuestres que tenía razón al no creerte.

—No tienes que saberlo. Solo tienes que dejarme intentarlo.

Valentina lo miró, sintiendo el peso de sus palabras, sintiendo el latido de su corazón bajo la palma de su mano, que todavía seguía apoyada en su pecho. Y en ese momento, con la cocina a oscuras y la ciudad dormida afuera, sintió que algo se movía en ella, algo que no sabía si era esperanza o miedo o las dos cosas.

—¿Y si no puedo? —susurró, con la voz apenas un hilo—. ¿Y si no puedo dejar de tener miedo?

—Entonces tendremos miedo juntos —dijo él, con la voz baja y firme—. Y yo estaré aquí, a tu lado, aguantando tu miedo con el mío. Porque eso es lo que se hace cuando se quiere a alguien, Val. No se huye. Se queda. Y yo me voy a quedar.

Valentina sintió que algo se le deshacía en el pecho, algo que llevaba años protegido. Se quedó mirándolo, con las lágrimas rodando por sus mejillas, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies. Y en ese momento, con la cocina a oscuras y la ciudad dormida afuera, tomó una decisión.

—Vale —dijo, con la voz apenas un susurro—. Vale. Te voy a dar una oportunidad. Pero si me vuelves a fallar, Álex, si vuelves a desaparecer, te juro que no me vuelves a ver. Te juro que voy a hacer todo lo posible por olvidarte, por arrancarte de mi vida, por convencerme de que no exististe nunca.

—No te voy a fallar.

—Lo sé. —Valentina se secó las lágrimas con el dorso de la mano y lo miró, con una determinación que le sorprendió incluso a ella—. Lo sé, porque si me fallas, te voy a hacer la vida imposible. Y no quiero hacerte la vida imposible, Álex. Quiero quererte. Quiero que esto funcione. Quiero que el local de la calle Ferro sea nuestro, y no un recuerdo de lo que pudimos haber sido.

Álex la miró, y Valentina vio algo brillarle en los ojos, algo que no sabía si era alivio o esperanza o las dos cosas. Y luego, sin decir nada, levantó una mano y le apartó un mechón de pelo de la cara, con una ternura que la desarmó por completo.

—Eso es todo lo que necesito oír —dijo, con la voz ronca—. Eso es todo lo que necesito oír, Val.

Valentina sintió que el corazón le latía con fuerza, y esta vez no odió la manera en que su cuerpo respondía a él. Se quedó mirándolo, sintiendo el calor de su mano en su mejilla, sintiendo el latido de su corazón bajo la palma de la suya, y por primera vez en seis años, sintió que algo se abría entre ellos, algo que llevaba años cerrado.

—Bésame —dijo, con la voz apenas un susurro—. Bésame, Álex. Y demuéstrame que esto es real.

Él no necesitó que se lo dijera dos veces. Se inclinó hacia ella, despacio, como si quisiera darle tiempo a cambiar de opinión, y cuando sus labios rozaron los de ella, Valentina sintió que algo se encendía en su interior, algo que llevaba años apagado. Se aferró a su camisa, tirando de él hacia sí, y le devolvió el beso con una urgencia que la sorprendió a ella misma.

El beso fue profundo, largo, desesperado. Como si ambos estuvieran tratando de compensar seis años de silencio en un solo momento. Valentina sintió las manos de Álex en su cintura, apretándola contra él, y se dejó llevar, sintiendo el calor de su cuerpo, el sabor de su boca, la manera en que la besaba como si fuera la última vez.

Cuando se separaron, jadeando, Valentina tenía las mejillas encendidas y los labios hinchados. Se quedó mirándolo, con el corazón latiéndole con fuerza, y vio que Álex la miraba con una intensidad que la desarmaba.

—Eso —dijo él, con la voz ronca—. Eso es lo que quiero. Eso es lo que he querido siempre.

Valentina sintió que algo se le deshacía en el pecho, algo que llevaba años protegido. Y en ese momento, con la cocina a oscuras y la ciudad dormida afuera, se dio cuenta de que había tomado una decisión. De que, por primera vez en seis años, estaba dispuesta a dejar que él se quedara.

—Entonces quédate —dijo, con la voz apenas un susurro—. Quédate esta noche. Y mañana. Y todas las noches que quieras. Pero no me vuelvas a dejar, Álex. No me vuelvas a dejar.

Él la miró, y Valentina vio algo brillarle en los ojos, algo que no sabía si era alivio o esperanza o las dos cosas. Y luego, sin decir nada, la tomó de la mano y la llevó hacia el salón, donde las ventanas daban a una calle tranquila de Chamberí donde los faroles aún no se habían encendido.

—No te voy a dejar —dijo, con la voz baja y firme—. No te voy a dejar, Val. Esta vez no.

Valentina sintió que las lágrimas le volvían a los ojos, pero esta vez no eran de rabia ni de dolor. Eran de algo que llevaba años sin sentir, algo que no sabía si era esperanza o alivio o las dos cosas. Se quedó mirándolo, sintiendo el calor de su mano en la suya, sintiendo el latido de su corazón bajo la palma, y por primera vez en seis años, se permitió creer.

—Vale —dijo, con la voz apenas un susurro—. Vale. Me quedo. Y tú te quedas. Y vamos a ver qué pasa.

Álex sonrió, una sonrisa pequeña y cansada, pero real. Y Valentina sintió que algo se le deshacía en el pecho, algo que llevaba años protegido. Se acercó a él, sin saber muy bien lo que hacía, y lo abrazó, escondiendo la cara en su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo, el latido de su corazón bajo su mejilla.

—Te quiero —dijo, con la voz ahogada—. Te quiero, Álex. Y me da miedo quererte. Pero te quiero.

Él la apretó contra sí, enterrando la cara en su pelo, y Valentina sintió que le temblaban las manos.

—Yo también te quiero —dijo, con la voz ronca—. Yo también te quiero, Val. Y me da miedo quererte. Pero te quiero.

Se quedaron así, abrazados en el salón a oscuras, con la ciudad dormida afuera y los faroles encendiéndose uno a uno. Y Valentina sintió que, por primera vez en seis años, algo se había cerrado. Algo se había abierto.

El teléfono de Valentina vibró sobre la mesita del salón, un zumbido insistente que cortó el silencio como un cuchillo. Ella no se movió. Siguió con la cara enterrada en el pecho de Álex, sintiendo el latido de su corazón bajo su mejilla, queriendo quedarse ahí para siempre, en ese momento de tregua que había costado seis años construir.

—No lo mires —dijo él, con la voz ronca, apretándola más contra sí.

—Tengo que mirarlo. —Valentina se separó lentamente, con los dedos aún aferrados a su camisa, y se volvió hacia la mesita. La pantalla del móvil iluminaba el salón con una luz azulada, y el nombre que aparecía en ella hizo que algo se le helara en el pecho: Rodri. El mensaje era corto, seco, con esa precisión quirúrgica que ella ya conocía. *¿Sigues con él?*

La pregunta quedó flotando en el aire del salón, y Valentina sintió que la tregua se resquebrajaba. Se quedó mirando la pantalla, con el pulgar suspendido sobre el teclado, sintiendo el peso de la decisión que tenía delante. Y entonces, sin saber muy bien por qué, levantó la cabeza y miró a Álex. Tenía los brazos caídos, la camisa arrugada, el pelo revuelto de sus manos, y los ojos clavados en ella con una intensidad que la desarmaba.

—¿Qué le vas a decir? —preguntó él, con la voz baja y controlada, aunque Valentina vio cómo se le tensaba la mandíbula.

—¿Qué quieres que le diga?

—Quiero que le digas la verdad.

Valentina soltó una risa sin alegría, sacudiendo la cabeza. La verdad. Qué palabra tan grande, tan llena de trampas. La verdad era que llevaba seis años esperando este momento, y ahora que lo tenía delante, no sabía qué hacer con él. La verdad era que quería a Álex, pero también quería dejar de tener miedo, y no sabía si una cosa era posible sin la otra.

—La verdad es que no sé qué quiero —dijo, con la voz quebrada—. La verdad es que estoy cansada de tener miedo, de esperar, de no saber si esto es real. La verdad es que no sé si puedo confiar en ti, Álex, y no sé si puedo dejar de quererte, y no sé qué coño voy a hacer con todo esto.

Él dio un paso hacia ella, y luego otro, hasta quedar a unos centímetros, con el cuerpo casi tocándola pero sin llegar a hacerlo.

—Entonces dime qué necesitas —dijo, con la voz baja y firme—. Dime qué necesitas para dejar de tener miedo, y yo te lo doy. Todo lo que tengo, todo lo que soy. Dímelo, Val, y te lo doy.

Valentina lo miró, sintiendo el peso de sus palabras, sintiendo el latido de su corazón bajo la palma de su mano, que todavía seguía apoyada en su pecho. Y en ese momento, con el salón a oscuras y el móvil todavía brillando sobre la mesita con el nombre de Rodri en la pantalla, sintió que algo se movía en ella, algo que no sabía si era valor o desesperación o las dos cosas.

—Necesito que me demuestres que esto es real —dijo, con la voz apenas un susurro—. Necesito que me demuestres que no soy solo un capricho, que no soy la mujer con la que follas en ascensores y terrazas mientras finges que no me conoces. Necesito que me elijas, Álex. Necesito que me elijas delante de todo el mundo, sin esconderte, sin poner excusas. Necesito que me elijas como yo te estoy eligiendo a ti ahora mismo.

El silencio que siguió fue tan denso que Valentina podía oír su propia respiración, el latido de su corazón, el roce de la seda de su vestido contra la piel. Álex la miró durante un largo momento, con los ojos oscuros, con la mandíbula tensa, con las manos apretadas a los lados. Y luego, sin decir nada, dio un paso atrás y se pasó una mano por el pelo, ese gesto que ella conocía de memoria, ese gesto que siempre había significado que estaba pensando, que estaba decidiendo algo importante.

—¿Y si te elijo? —dijo, al fin, con la voz baja y ronca—. ¿Y si te elijo ahora mismo, delante de ti, sin esconderme? ¿Qué harías tú, Val? ¿Te quedarías? ¿O me dirías que necesitas más tiempo, que necesitas pensar, que necesitas estar segura?

Valentina sintió que las palabras se le atascaban en la garganta. Porque tenía razón. Maldita sea, tenía razón. Ella le estaba pidiendo algo que no estaba segura de poder darle. Le estaba pidiendo que se lanzara al vacío, cuando ella misma seguía con un pie en el borde, mirando hacia abajo, sin atreverse a saltar.

—No lo sé —admitió, con la voz quebrada—. No sé si podría. No sé si soy tan valiente como te pido que seas tú.

Álex la miró, y Valentina vio algo brillarle en los ojos, algo que no sabía si era tristeza o comprensión o las dos cosas. Y luego, sin decir nada, se acercó a la mesita, cogió el móvil y se lo tendió.

—Entonces empieza por ahí —dijo, con la voz baja y firme—. Empieza por decirle la verdad a Rodri. No por mí. Por ti. Porque necesitas dejar de tener opciones, Val. Necesitas dejar de tener una puerta abierta por la que escapar cuando las cosas se pongan difíciles. Necesitas elegirte a ti misma, y elegir esto, y luego ya veremos si yo soy capaz de estar a la altura.

Valentina se quedó mirándolo, con el móvil en la mano, sintiendo el peso de sus palabras, sintiendo el peso de todo lo que no se habían dicho durante seis años. Y en ese momento, con el salón a oscuras y la ciudad dormida afuera, tomó una decisión. Se quedó mirando la pantalla, con el nombre de Rodri brillando en la oscuridad, y luego, sin dejar de mirar a Álex, escribió la respuesta. Una sola palabra. Una sola palabra que lo cambiaba todo.

«Sí.»

La palabra quedó flotando en la pantalla un instante antes de que el dedo de Valentina pulsara enviar. El sonido del mensaje saliendo fue diminuto, un suspiro electrónico, pero en el silencio del salón sonó como una puerta cerrándose. Dejó el móvil en la mesita con la pantalla hacia abajo, sin leer la respuesta que no tardaría en llegar, y levantó la cabeza hacia Álex.

Él la estaba mirando. No había apartado los ojos de ella en ningún momento, y Valentina vio algo cambiar en su expresión, algo que no era alivio ni sorpresa, sino una especie de gravedad, como si acabara de verla hacer algo que él no había esperado.

—¿Qué has escrito? —preguntó, con la voz ronca.

—La verdad.

Álex no dijo nada. Dio un paso hacia ella, y luego otro, y Valentina sintió que el aire del salón se volvía más denso. Ya no había distancia entre ellos, no había móvil, no había Rodri, no había nada más que la oscuridad de la casa y el sonido de sus respiraciones.

—Dime que no me he equivocado —susurró ella, con la voz quebrada—. Dime que esto es real, que no me estoy lanzando al vacío otra vez.

Él levantó una mano y le rozó la mejilla, con una ternura que la desarmó. Sus dedos olían a su piel, a la noche, a todo lo que habían hecho en la terraza.

—No te has equivocado —dijo, con la voz baja y firme—. Y no estás cayendo. Estás eligiendo. Y yo también te elijo.

Valentina sintió que algo se le deshacía en el pecho. Se quedó mirándolo, con los ojos brillantes, sintiendo el calor de su mano en su mejilla, y entonces, sin saber muy bien cómo, estaba besándolo otra vez.

El beso fue diferente al de la cocina. Ese había sido desesperado, urgente, una compensación de seis años de silencio. Este era más lento, más profundo, como si ambos supieran que tenían tiempo, que ya no había nada que correr. Valentina hundió los dedos en el pelo de Álex, sintiendo los mechones castaños entre sus dedos, y se dejó llevar por el sabor de su boca, por el calor de su cuerpo contra el suyo.

—Te quiero —murmuró contra sus labios, sin abrir los ojos—. Te quiero tanto que me da miedo.

—No tengas miedo. —Él le apartó el pelo de la cara, con un gesto lento, casi reverente—. No tengas miedo, Val. Estoy aquí.

La boca de Álex encontró la suya de nuevo, pero esta vez Valentina no se quedó quieta. Le mordió el labio inferior, tirando de él con los dientes, y sintió el gruñido que le vibró en el pecho contra el suyo. Lo empujó, sin fuerza, solo lo suficiente para que él retrocediera un paso, y luego otro, hasta que los talones de él chocaron con el borde del sofá.

—Val —dijo él, con la voz ronca, los ojos oscuros y fijos en ella.

—Cállate —murmuró ella, empujándolo otra vez.

Álex cayó sentado en el sofá, con las piernas abiertas, la camisa desabrochada y el pecho subiendo y bajando deprisa. Valentina se quedó de pie delante de él, mirándolo desde arriba, sintiendo el calor que le subía por los muslos, la humedad que ya empapaba el encaje de sus bragas. Él la miró así, con esa intensidad que la desarmaba, y Valentina sintió que algo se le deshacía en el vientre.

—¿Y bien? —dijo él, con una sonrisa lenta que no llegaba a sus ojos—. ¿A qué esperas?

Valentina no respondió. Se subió el vestido hasta las caderas, sin prisa, dejando que la seda subiera centímetro a centímetro por sus muslos, y vio cómo la mirada de él seguía el movimiento. Se sentó a horcajadas sobre él, con las rodillas a los lados de sus caderas, y sintió la dureza de su polla contra el encaje de sus bragas, caliente y pulsante a través de la tela.

—Así no —dijo Álex, con la voz baja, casi un gruñido—. Quiero sentirte.

—Entonces haz algo al respecto —respondió ella, con un desafío en la voz que no sentía del todo.

Él no necesitó que se lo dijera dos veces. Le deslizó las manos por los muslos, hacia arriba, hasta encontrar el borde de las bragas, y las bajó con un tirón seco. Valentina se levantó apenas lo suficiente para que él se las quitara por completo, dejándolas caer al suelo, y sintió el aire fresco de la noche en la piel húmeda y sensible.

—Dios, Val —murmuró él, mirándola, con los dedos ya en su cintura, tirando de ella hacia sí.

Valentina se inclinó hacia delante, apoyando las manos en los hombros de él, y sintió la punta de su polla rozándole el clítoris, apenas un roce, pero suficiente para que le recorriera un escalofrío por toda la espalda. Se mordió el labio, mirándolo a los ojos, y bajó las caderas, despacio, sintiendo cómo la cabeza de su polla se abría paso entre sus labios, llenándola poco a poco.

—Así —jadeó Álex, con las manos apretadas en sus caderas, guiándola—. Así, despacio.

Valentina bajó hasta el fondo, sintiendo cómo la llenaba, cómo cada centímetro de él se acomodaba dentro de ella, y se quedó inmóvil un momento, con los ojos cerrados, sintiendo el pulso de él dentro de su cunt, caliente y profundo. Luego empezó a moverse, despacio al principio, un vaivén suave que hacía que la polla de él se deslizara contra sus paredes, rozándole el punto exacto que la hacía temblar.

—Más rápido —dijo él, con la voz ronca, casi una súplica—. No pares, Val.

Ella aceleró el ritmo, subiendo y bajando sobre él, con las manos en sus hombros, los dedos clavándose en la piel, sintiendo cómo el cuerpo de él respondía a cada movimiento. El sofá crujió bajo ellos, y el sonido se mezcló con el de sus respiraciones, con el de la piel golpeando contra la piel, con el de los jadeos que se les escapaban a ambos.

—Así —jadeó ella, con la cabeza echada hacia atrás, sintiendo cómo el placer le subía por el vientre—. No pares, no pares.

Él levantó las manos y le agarró las caderas, clavándola contra él en cada bajada, y Valentina sintió cómo el ritmo se volvía más profundo, más urgente. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la camisa abierta, el roce de su pecho contra sus pezones endurecidos, el olor de su piel mezclándose con el de la noche.

—Te quiero —dijo él, con la voz quebrada, con los ojos fijos en ella—. Te quiero tanto que me duele.

Valentina no respondió con palabras. Se inclinó hacia delante, capturando su boca en un beso húmedo y desesperado, y siguió moviéndose sobre él, más rápido, más fuerte, sintiendo cómo el placer se le acumulaba en el vientre, cómo el clítoris se le hinchaba contra su polla en cada embestida.

—Estoy cerca —murmuró él contra sus labios, con los dedos clavados en sus caderas—. No pares, Val, no pares.

Ella no paró. Aceleró aún más, con los muslos temblándole, sintiendo cómo el cuerpo de él se tensaba bajo ella, cómo su polla se endurecía aún más dentro de ella, pulsando contra sus paredes. Y entonces, con un gemido ahogado contra su cuello, Álex se corrió dentro de ella, llenándola con un espasmo que la hizo temblar de arriba abajo.

—Val —jadeó él, con la voz rota, con el cuerpo sacudido por los temblores—. Val, no pares.

Ella siguió moviéndose, sintiendo cómo su semen se deslizaba dentro de ella, caliente y húmedo, sintiendo cómo el cuerpo de él se estremecía bajo el suyo. Y entonces, con un grito ahogado, Valentina se corrió también, con el cunt apretándose alrededor de su polla, con los muslos temblándole, con las uñas clavadas en los hombros de él.

Se quedó inmóvil encima de él, jadeando, con la frente apoyada en la suya, sintiendo el latido de su corazón contra el suyo, sintiendo cómo el semen se le escapaba por los muslos, mezclándose con su propia humedad. El salón estaba en silencio, salvo por el sonido de sus respiraciones, y Valentina sintió que algo se había cerrado, algo que ya no podía deshacerse.

La respiración de Álex fue calmándose poco a poco bajo ella, pero sus manos seguían en sus caderas, los pulgares trazando círculos lentos sobre la piel sudada. Valentina sintió el peso de su cuerpo, el calor que se filtraba entre ellos, y no quiso moverse. No quería que aquello se rompiera.

—No te vayas —murmuró él, con los ojos aún cerrados, la voz ronca y dormida—. Todavía no.

—No me voy —respondió ella, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—. Estoy aquí.

El silencio se instaló entre ellos, pero no era un silencio incómodo. Era el silencio de dos cuerpos que habían dejado de pelear, que se habían rendido el uno al otro. Valentina apoyó la mejilla en el hombro de él y sintió el latido de su corazón, todavía acelerado, marcando el ritmo de la noche.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, con la voz apenas un hilo, sin levantar la cabeza.

Álex tardó en responder. Le pasó una mano por la espalda, despacio, siguiendo la curva de su columna, y Valentina sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

—Ahora —dijo él, con una pausa que se le antojó eterna—, ahora respiramos. Y mañana, cuando salga el sol, seguimos respirando. Y el jueves te lo digo todo.

Ella levantó la cabeza y lo miró. Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados, y una expresión que no le había visto nunca: vulnerable, abierta, como si acabara de entregarle algo que no sabía que llevaba guardado.

—¿Y si mañana no quieres decírmelo? —preguntó ella, con un tono que intentaba ser ligero pero que le salió quebrado.

—Entonces te lo diré pasado mañana —respondió él, con una sonrisa cansada—. Y si no, al siguiente. Tengo seis años de cosas que decirte, Val. No pienso guardármelas ni un día más.

Valentina sintió que algo se le aflojaba en el pecho, algo que llevaba apretado desde mucho antes de aquella noche. Se inclinó y le besó la comisura de los labios, un beso pequeño, casi tímido, que no parecía encajar con lo que acababan de hacer.

—Mejor será que me dejes dormir un poco entonces —dijo ella, con un atisbo de su lengua afilada—. Porque si me dices todo eso mañana, voy a necesitar fuerzas.

Álex rió, un sonido ronco que le vibró en el pecho contra el de ella, y Valentina sintió que la risa le recorría el cuerpo entero. Hacía tanto tiempo que no lo oía reír. Hacía tanto tiempo que no lo oía reír así, con ella, sin nada que esconder.

—Duerme —dijo él, pasándole la mano por el pelo, apartándole un mechón de la frente—. Yo me quedo despierto un rato más.

—No hace falta que vigiles nada —murmuró ella, con los ojos ya cerrados, la mejilla pegada a su piel—. No hay nada que temer.

—Lo sé —respondió él, y la voz le sonó distinta, más baja, más íntima—. Pero hace seis años que no te tengo así, Val. Quiero recordarlo bien.

Ella no respondió. Se quedó dormida con la cabeza en su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo, el ritmo de su respiración, la mano que le acariciaba la espalda con una paciencia que no había conocido en él. Y antes de que el sueño la llevara del todo, alcanzó a pensar que quizá, por primera vez en seis años, no estaba soñando.

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Chapter 4 - El Eco de la Piel | NovelX