El ascensor se detuvo con un tirón que le sacudió los dientes. Valentina soltó el aire que llevaba media hora guardado en el pecho y lo oyó salir tembloroso, demasiado alto en el silencio que siguió. Abajo, la gala seguía su murmullo de copas y risas, un rumor de fondo que llegaba filtrado por el hueco del ascensor como si perteneciera a otra ciudad. La mano derecha le colgaba del pasamanos de latón, los nudillos blancos, el anillo de plata marcándole la piel.
Álex no se movió.
Estaba a un paso, la espalda contra el espejo del fondo, las manos a los costados. El traje azul marino le caía como si se lo hubieran cosido encima esa misma tarde, y el reloj de acero le atrapaba un reflejo de la luz mortecina del techo. No decía nada. Solo la miraba. Y Valentina supo, con esa certeza que odiaba, que no estaba mirándole la cara.
Le estaba mirando la clavícula. El punto exacto donde el escote del vestido de seda se abría y donde, debajo, una línea de piel más clara guardaba una cicatriz de siete centímetros que él había besado más veces de las que ella era capaz de contar. Nadie más la había visto nunca. Ni siquiera Rodri, que llevaba meses inclinándose sobre la mesa de la galería con esa paciencia de hombre que nunca ha tenido que esperar nada.
—No me mires así —dijo ella. La voz le salió ronca, gastada, como si hubiera estado gritando en lugar de sosteniendo una copa de champán durante tres horas.
—¿Cómo?
—Ya sabes cómo.
Álex inclinó la cabeza, muy despacio. El gesto le despejó un mechón de la frente, ese mechón que siempre se le escapaba porque se pasaba las manos por el pelo cada vez que pensaba, y ella lo sabía porque lo había visto hacerlo durante seis años, en despachos, en cocinas, en la oscuridad de una habitación que ya no existía.
—Te estaba mirando la clavícula —dijo él, sin ninguna prisa—. Como siempre.
El ascensor crujió. Un chirrido de cables, un temblor mínimo en el suelo de latón, y luego otra vez la quietud. Valentina miró el panel de botones: el tres encendido, el dos apagado, ninguna alarma. Alguien, abajo, estaría llamando al técnico. Alguien, en el salón, habría notado ya que la curadora de la exposición se había esfumado entre el brindis y el discurso.
—Esto es un error —dijo.
No se movió. Eso fue lo peor. Siguió con la espalda contra el pasamanos, los pies clavados en el suelo, y lo dijo mirándole la boca.
—Lo sé —dijo Álex.
Y dio un paso.
El espacio del ascensor era una jaula de latón del tamaño de un armario, con las paredes tarnadas por años de manos y de humedad, y en el espejo del fondo las siluetas de los dos se estiraban borrosas, deformadas por el ángulo. Valentina lo vio acercarse en el reflejo antes de verlo de verdad, y cuando por fin lo tuvo delante, a un palmo, el perfume de él le llegó entero: madera, algo cítrico, el mismo aroma que le había encontrado una vez en la bufanda que se dejó olvidada en su piso y que ella no devolvió en tres semanas.
Su perfume también estaba allí. Jazmín y algo más afilado, un fondo metálico que se le pegaba a la garganta y que él había reconocido nada más entrar al ascensor, dos pisos antes, cuando todavía había seis personas apretadas entre ellos y una camarera con una bandeja de copas.
—Dijiste que no volverías a hacer esto —murmuró ella.
—Lo dije.
—Y aquí estás.
—Y aquí estoy.
La mano de Álex subió despacio, con esa lentitud que ella conocía y que era peor que la prisa, porque le daba tiempo a saber exactamente lo que iba a pasar y a no hacer nada para impedirlo. Le rozó la nuca por encima del recogido, los dedos largos buscando la horquilla que sujetaba el moño, y Valentina sintió el tirón mínimo del pelo al soltarse, el clic metálico de la primera horquilla contra el suelo de latón.
Otra. Otra. Cayeron una detrás de otra, tres, cuatro, cinco, un tintineo pequeño y preciso que sonó más fuerte que la música que seguía llegando desde abajo. El pelo negro se le derramó por los hombros en ondas que llevaban todo el día domadas a base de laca y paciencia, y Álex le pasó la mano entera por la nuca, los callos del pulgar —esa cicatriz de cutter que ella conocía de memoria— rozándole la piel fina del cuello.
—Te tiembla la mano —dijo Valentina.
Fue lo único que se le ocurrió decir, y lo dijo bajito, casi para sí misma. Porque era verdad: le temblaba. Un temblor leve, casi imperceptible, que le subía del pulgar a la muñeca y que ella no le había sentido nunca. Ni la primera vez, en aquel piso de estudiantes con las paredes sin pintar. Ni la última, la noche que él se marchó y ella se quedó sentada en el borde de la cama contando las horas hasta que amaneció.
—Ya lo sé —dijo Álex.
Y la atrajo hacia sí.
La seda del vestido le susurró contra la pierna del pantalón, un roce apenas audible que a Valentina se le metió en la cabeza como si fuera el único sonido del mundo. El pecho de él le chocó con el suyo, el esternón contra el esternón, y ella tuvo que levantar la barbilla para no quedarse con la cara enterrada en su hombro. Olía a champán. Lo tenía en el aliento, un resto dulce y ácido que le llegó cuando Álex bajó la cabeza y se le quedó a un centímetro de la boca.
No la besó.
Esperó. La miró desde esa distancia imposible, los ojos marrón oscuro fijos en los suyos, y Valentina entendió que le estaba dando una salida. Que si ella apartaba la cara, si decía una palabra, si le ponía una mano en el pecho y empujaba, él soltaba la nuca y se echaba atrás y volvían los dos a fingir que esto no había pasado nunca.
No apartó la cara.
Se aferró a la camisa. Los dedos se le cerraron sobre la tela a la altura del esternón, arrugándola, y tiró de él hacia abajo, y el beso llegó con un hambre que no había envejecido ni un día.
La boca de Álex se abrió sobre la suya. No fue un beso de reencuentro, ni de disculpa, ni de esos que se dan en las películas cuando dos personas se han echado de menos y se lo dicen con los labios. Fue otra cosa. Fue la boca de un hombre que llevaba seis años recordando exactamente cómo sabía ella, y que por fin estaba comprobando que no se había equivocado en nada. Le mordió el labio inferior, se lo chupó, y luego le lamió el interior de la boca como si tuviera todo el tiempo del mundo y ninguna intención de pedir perdón por gastarlo.
Valentina le devolvió el beso con los dientes. Le mordió, le empujó la lengua, le tiró del pelo con la mano libre, y sintió cómo Álex se le tensaba entero, la mandíbula, los hombros, la mano que le subía de la nuca a la coronilla para sujetarle la cabeza y no dejarla ir a ninguna parte. La otra mano le bajó por la espalda, le encontró la cintura, y se le cerró en la cadera con una presión que le habría dejado marca si hubiera durado más.
El ascensor volvió a crujir.
Ninguno de los dos se separó. El chirrido de los cables siguió, un lamento metálico que subía desde el hueco, y Valentina notó en la planta de los pies el primer temblor de la cabina, ese aviso de que la máquina estaba a punto de arrancar. Abajo, en algún punto entre el segundo y el tercer piso, el técnico habría encontrado el interruptor. En el salón, alguien estaría ya preguntando por ella. Rodri, probablemente, con el anillo de sello girando entre los dedos y esa sonrisa de hombre que no sabe perder.
Álex le soltó la boca. No del todo: se le quedó a un milímetro, respirándole encima, el aliento caliente y cargado de champán mezclándose con el jazmín de ella. Tenía los labios hinchados, húmedos, y una gota de saliva en la comisura que Valentina se quedó mirando como si fuera lo único real de la habitación.
—Álex —dijo ella. No sabía qué más iba a decir. No sabía si iba a decirle que parara, que siguiera, que se largara, que se quedara.
Él le subió el pulgar hasta la boca. Se lo pasó por el labio inferior, despacio, de un lado a otro, recogiéndole la humedad del beso, y Valentina se quedó quieta con el corazón golpeándole la garganta y las manos todavía cerradas en la camisa de él.
—Llevo diez años esperando eso —dijo Álex. La voz le salió grave, más grave que nunca, arrastrada por algo que no era deseo solamente—. No me digas que ha sido un error.
El ascensor dio un tirón. La cabina se sacudió, los cables cantaron, y el suelo de latón vibró bajo los zapatos de Valentina como si la máquina hubiera decidido reanudar la marcha justo en ese instante, justo cuando ella tenía la boca abierta y ninguna palabra dentro. Las luces del panel parpadearon: el tres se apagó, el cuatro se encendió, y el ascensor empezó a subir con un zumbido lento y pesado que le subió por las piernas.
Álex no se apartó.
Valentina bajó la mirada. Se le quedó en la boca de él, en ese labio que acababa de tener entre los dientes, y sintió que los dedos no se le abrían. Seguían ahí, agarrados a la tela azul marino, arrugándola, y por más que se dijo que los soltara no los soltó.
La cabina siguió subiendo. El cuatro, el cinco. En el espejo del fondo, las siluetas borrosas de los dos se estiraban juntas, una sola mancha oscura contra el latón, y Valentina pensó, con una claridad absurda, que en cuanto se abrieran las puertas tendría que salir de allí con el pelo suelto y las horquillas tiradas por el suelo y la boca roja, y que todo el mundo lo iba a ver.
No soltó la camisa.
El cinco parpadeó. La cabina frenó con un quejido hidráulico y se quedó quieta otra vez, suspendida en algún punto entre el quinto y el sexto, y el silencio que cayó encima fue peor que el de antes: un silencio con las puertas a punto, con la gala entera esperando al otro lado de la rejilla, con la música de abajo tan cerca que se le metía en los dientes.
Álex seguía sin apartarse. Tenía la frente un poco inclinada hacia ella, la respiración todavía desordenada, y en la comisura de la boca ese brillo húmedo que Valentina no conseguía dejar de mirar. Le subió la mano libre hasta la cara —la otra seguía en la cadera, con los dedos abiertos sobre la seda, sin apretar ya, solo ahí— y le rozó con el pulgar la mejilla, justo debajo del pómulo, un roce tan leve que apenas era un roce.
—Estás temblando —dijo él.
—No.
—Sí.
Y era verdad. Valentina lo notó en ese instante, cuando él lo nombró: un temblor fino en las rodillas, en el borde de la mandíbula, en la mano que seguía cerrada sobre la camisa azul marino. Un temblor que no era frío. El aire del ascensor estaba tibio, cargado de los dos, y aun así a ella le castañeteaban los dientes por dentro, en algún sitio que no se veía.
—Es el ascensor —dijo ella, por decir algo.
Álex no se rió. Se le movió apenas la boca, un gesto que no llegó a sonrisa, y le bajó el pulgar de la mejilla al mentón, y del mentón al cuello, siguiendo la línea del tendón, hasta posarlo justo encima del punto donde le latía la sangre. Lo dejó ahí. Quieto. Como si estuviera contando.
—Sigue igual —dijo.
—¿El qué?
—Tu pulso. Cuando te pones nerviosa. —Le buscó los ojos—. Siempre se te dispara aquí. Aquí y en la muñeca. Lo aprendí hace mucho.
A Valentina se le cerró la garganta. Odiaba eso —que él supiera cosas así, cosas que nadie más se había molestado en aprender, cosas que ella misma no sabía que tenía hasta que él se las nombraba. Se le vino encima, sin permiso, la imagen de la última vez: él sentado en el borde de aquella cama sin pintar, con la camiseta puesta al revés y el pelo revuelto, diciéndole que se tenía que ir y no diciéndole por qué. Y ella con la sábana hasta el pecho, contando los segundos, esperando una frase que nunca llegó.
—No hagas eso —dijo.
—¿El qué?
—Recordar por mí.
Álex retiró la mano del cuello. Muy despacio, como si le costara, y Valentina sintió la falta de ese calor con una precisión que la avergonzó. Él se pasó la mano por el pelo —ese gesto, otra vez, el mechón que se le escapaba y volvía a caerle sobre la frente— y por primera vez desde que habían entrado en la jaula de latón, apartó los ojos de ella.
Los bajó hasta el suelo.
Valentina siguió la dirección de su mirada y los vio: las horquillas. Cinco, seis, dispersas por el suelo de latón, unas junto a la punta de su zapato, otras rodadas hasta la rejilla de la puerta. Unas cuantas más de las que recordaba haber oído caer. Brillaban apenas bajo la luz mortecina, pequeñas, negras, y a ella le parecieron de pronto la cosa más íntima de la habitación —más que la boca de él, más que su propia boca hinchada— porque eran la prueba. La prueba de que alguien le había deshecho el recogido con las dos manos, con calma, sin pedir permiso.
—Recógelas —dijo ella.
—¿Por qué?
—Porque en cuanto se abran esas puertas va a entrar gente.
Álex no se agachó. Se quedó mirando las horquillas un segundo más, y luego volvió a mirarla a ella, y en la cara se le dibujó algo que Valentina no supo leer del todo: no era arrogancia, no era ternura, era una especie de paciencia cansada, de hombre que ya ha decidido algo y no tiene prisa en decirlo.
—Que las vean —dijo.
—Álex.
—Que las vean, Valentina. —Le subió la mano a la nuca otra vez, sin tirar, solo apoyándola ahí, la palma entera sobre el pelo suelto—. Que salgas de este ascensor con el pelo así y que se pregunten. Que se pase toda la noche preguntándose. Que Rodri se pase toda la noche preguntándose.
El nombre cayó entre los dos como una moneda en un pozo. Valentina se quedó quieta. Abajo, en el salón, Rodri estaría con la copa en la mano y el anillo de sello girando, y en algún momento de la noche le habría buscado la cara entre la multitud y no la habría encontrado, y eso —que no la encontrara— le habría puesto esa arruga fina entre las cejas que a ella le daba una lástima fría, de mujer que sabe que no es correspondida y no sabe cómo decirlo sin hacer daño.
—No metas a Rodri en esto —dijo.
—No lo he metido yo. Lleva meses metido. —Álex le soltó la nuca y le bajó la mano hasta el hombro, hasta el brazo, hasta la muñeca, donde le encontró el anillo de plata y se lo giró una vez con el pulgar, sin quitárselo—. Te lo regaló él, ¿verdad?
—No.
—Valentina.
—Me lo regalé yo. —Se le escapó una risa corta, sin nada dentro—. Con mi primer sueldo de curadora. Hace cuatro años. No todo lo que llevo encima viene de un hombre, Álex.
Él se quedó con el anillo entre los dedos, mirándolo, y luego le soltó la muñeca y se echó un poco atrás —solo un poco, medio paso, lo justo para que dejaran de estar pegados— y a Valentina le entró de golpe el frío del latón por la espalda, donde antes estaba el pecho de él.
—Perdona —dijo Álex.
Y esa palabra, en esa voz, le hizo a ella más daño que cualquier otra cosa que hubiera dicho esa noche.
El ascensor volvió a zumbar. Un zumbido bajo, eléctrico, distinto del crujido de los cables: el motor recogiendo, la cabina preparándose. En el panel, la luz del cinco seguía encendida y la del seis empezó a parpadear, ámbar, como un ojo que se abre. Valentina miró la rejilla de la puerta. Al otro lado, el hueco del ascensor, la pared de ladrillo, la escalera de servicio. Un piso más y se abriría sobre el rellano, con su alfombra granate y su aplique de latón y, muy probablemente, alguien esperando —una camarera con una bandeja vacía, un invitado que subía a fumar, cualquiera.
Se llevó las dos manos al pelo. Se lo recogió de un manotazo, torpe, sin horquillas, sujetándolo con la palma contra la nuca, y sintió que no aguantaba. Se le empezó a escapar entre los dedos a los pocos segundos, mechón a mechón, ondas negras cayéndole otra vez por los hombros, y en el reflejo deformado del espejo se vio a sí misma con la boca roja y el cuello enrojecido y una cara que no reconocía.
—No vas a poder —dijo Álex, desde su medio paso de distancia. No lo dijo con burla. Lo dijo como se dice un hecho.
—Ya lo sé.
Y entonces Valentina hizo lo que llevaba toda la noche —toda la semana, todo el mes desde que supo que él volvería a la ciudad— resistiéndose a hacer. Dio medio paso hacia él. No un paso entero: medio, lo justo para volver a tenerlo a un palmo, para que el jazmín de ella y la madera de él se mezclaran otra vez en ese aire quieto, y le puso una mano plana en el pecho, encima de la camisa arrugada, sobre el punto donde le latía el corazón debajo de la tela.
Late deprisa. Más deprisa que el de ella, casi.
—Dime que no has venido por mí —dijo Valentina—. Dime que ha sido casualidad. Que te invitaron y viniste y no sabías que yo estaría aquí, y que este ascensor es un accidente, y que mañana los dos vamos a fingir que no ha pasado nada. Dímelo. Y si me lo dices mirándome a los ojos, te creo.
Álex la miró a los ojos.
Y no dijo nada.
El seis se encendió del todo. La cabina dio su último tirón, un tirón corto y seco que les hizo balancearse a los dos, y la rejilla de latón empezó a abrirse con un chirrido lento, corredera a corredera, dejando entrar por la ranura la luz del rellano y el olor a cera y a flores y, muy abajo, el rumor entero de la gala subiendo por el hueco como una marea.
Valentina no quitó la mano del pecho de él.
En el rellano, al otro lado de la rejilla que se abría, unos tacones se detuvieron.
Los tacones no entraron.
Se quedaron ahí, al otro lado de la rejilla, dos manchas oscuras en el borde del rellano, y Valentina oyó el roce de una tela, el chasquido de una copa apoyada en una bandeja, y una voz de mujer —una de las invitadas, no la reconoció— diciendo algo sobre el ascensor averiado con esa indiferencia de quien comenta el tiempo. Álex no se movió. Tenía la mano todavía en la nuca de ella, la palma abierta sobre el pelo suelto, y Valentina sintió que le bajaba por la espalda, lenta, hasta la cintura, hasta la cadera, y que se le cerraba ahí con los cinco dedos abiertos sobre la seda.
La rejilla siguió abriéndose. Un palmo. Dos. La luz del rellano entró por la ranura y le cortó la cara a Álex en dos mitades, una clara y una oscura, y en el hueco de la puerta apareció el hombro de la mujer, la manga de un vestido granate, la punta de un zapato de salón.
—¿Hay alguien? —dijo la mujer, sin mirar.
Álex empujó. No a Valentina: la puerta. Estiró el brazo libre y le dio a la rejilla con la palma abierta, y la rejilla volvió a correr con un chirrido seco, cerrada de golpe, y la mujer del vestido granate se quedó fuera, y el ascensor entero se quedó otra vez a oscuras y en silencio, con el zumbido del motor y los dos respirando.
—Está ocupado —dijo Álex, alto, hacia la rejilla. Y luego, bajando la voz, solo para ella—: Baja. Ahora.
—¿Qué?
—Que bajes el ascensor. El botón del uno. —Le buscó la mano derecha, la que seguía colgando del pasamanos, y se la llevó él mismo hasta el panel, y le puso el índice sobre el botón—. Pulsa.
Valentina miró el botón. Luego lo miró a él. Tenía la mandíbula tensa y los ojos negros, y en el borde del labio ese brillo húmedo que no se había limpiado, y ella entendió de golpe lo que le estaba pidiendo: no que huyeran. Que se hundieran. Que bajaran al sótano, al garaje, a cualquier sitio donde nadie subiera a buscar el ascensor averiado.
Pulsó.
La cabina dio un tirón y empezó a bajar, y Álex la giró con las dos manos en la cintura, sin prisa, hasta ponerle la espalda contra el espejo del fondo. El latón le heló los omóplatos a través de la seda. En el reflejo deformado del espejo, Valentina se vio a sí misma de perfil: la boca abierta, el pelo negro derramado por los hombros, la mano de él subiéndole por la cintura.
—Álex.
—Dime que pare.
No lo dijo. Se le quedó mirando la boca, y él bajó la cabeza y le besó la cicatriz de la clavícula, justo donde el escote se abría, y le pasó la lengua por la línea de piel más clara, despacio, como si la estuviera reconociendo. Valentina cerró los ojos. Le tembló el aire en la garganta.
La mano de Álex le encontró el bajo del vestido. La seda era fina, resbaladiza, y él la remangó con los dedos por encima de la rodilla, del muslo, y Valentina sintió el aire del ascensor en la piel que iba quedando al descubierto, y luego la palma de él, caliente, abierta sobre la cara interna del muslo. No subió más. Se quedó ahí, con el pulgar trazando un círculo lento en la piel, y Valentina abrió los ojos y lo miró y supo que estaba esperando.
—Sí —dijo ella.
Álex le subió la falda entera. De un tirón limpio, hasta la cintura, y la seda se le arrugó alrededor de las caderas y Valentina se quedó con las piernas desnudas contra el espejo, las bragas de encaje negro apenas una línea, y él bajó la mirada y se quedó mirándola ahí, con una fijeza que le puso a ella la piel de gallina en los brazos.
—Ábrete —dijo.
—Aquí no.
—Aquí. —Le puso la mano en la rodilla—. Ábrete, Valentina.
Ella lo hizo. Despacio, con las dos manos apoyadas en el espejo a la espalda, separó las piernas, y el aire del ascensor le subió por los muslos y le llegó al centro, y sintió la humedad que llevaba ahí desde el primer beso, desde antes, desde que lo vio entrar al salón con el traje azul marino y supo que la noche iba a acabar así.
Álex se arrodilló.
El suelo de latón le crujió bajo las rodillas. Se arrodilló delante de ella como se arrodilla un hombre que ya ha decidido todo, sin apartarle los ojos de la cara, y le puso las dos manos en los muslos y se los abrió un poco más, y Valentina se agarró al espejo con las dos manos porque las piernas no le respondían.
—No me mires —dijo ella.
—Te voy a mirar todo lo que quiera. —Le subió el pulgar por la cara interna del muslo, hasta el borde del encaje—. Llevo seis años pensando en esto.
Le bajó las bragas. No se las quitó: se las corrió a un lado con el pulgar, el encaje negro tensándose contra la cadera, y Valentina sintió el aire en la piel que nadie le había tocado en seis años, y luego la boca de él, abierta, entera, cerrándose sobre ella.
El primer contacto le arrancó un sonido que no era palabra. Álex le pasó la lengua de abajo arriba, lenta, ancha, desde la entrada hasta el clítoris, y se detuvo ahí arriba y lo lamió con la punta, en círculos pequeños, y Valentina se mordió el labio y echó la cabeza atrás contra el espejo. El latón le golpeó los omóplatos. Le temblaron las rodillas y él le pasó el brazo por debajo del muslo para sostenerla, la mano abierta en la parte de atrás del muslo, y siguió lamiendo, sin prisa, con una paciencia que la estaba matando.
—Álex —dijo ella. La voz le salió rota.
Él no contestó. Le subió la lengua al clítoris y lo chupó, suave, y luego más fuerte, y le metió la punta entre los labios y la movió de un lado a otro, y Valentina sintió que la humedad le corría por dentro del muslo, que se le escapaba y él la recogía con la lengua y se la llevaba a la boca como si fuera suya.
El ascensor seguía bajando. El zumbido del motor les llenaba la cabina, y por la rejilla pasaban los pisos, uno, otro, las luces del hueco cortándole la cara a Álex cada pocos segundos, y a Valentina le llegaba desde muy arriba el rumor de la gala, cada vez más lejos, como si se estuvieran hundiendo en otra ciudad.
—Más —dijo ella.
Y él le puso la boca entera. Le chupó el clítoris con los labios cerrados, con la lengua plana debajo, y le metió un dedo, uno solo, despacio, y Valentina se le tensó entera alrededor y soltó un gemido que le salió del pecho y que rebotó en las paredes de latón. Álex le metió el dedo hasta el fondo y lo curvó hacia arriba, y encontró el punto con una precisión que le hizo a ella cerrar los ojos y apretar los dientes.
—Ahí —dijo Valentina—. Ahí, no pares.
—No pienso parar.
Le metió un segundo dedo. La estiró despacio, con los dos dedos dentro, y la lamió mientras se la abría, y Valentina sintió el estiramiento, el ardor, la boca de él trabajándole el clítoris al mismo ritmo que los dedos, y se le empezó a cerrar todo, las piernas, el vientre, la garganta. Se llevó la mano libre a la boca y se mordió el dorso, los nudillos, para no gritar, porque el ascensor estaba llegando abajo y en cualquier momento se abría la rejilla y había un garaje, un guardia, una luz.
Álex la sintió apretarse. Levantó la vista, solo un segundo, la boca brillante, los ojos negros, y le dijo contra la piel:
—No te calles.
—Hay gente.
—Que se jodan. —Le volvió a bajar la boca—. Quiero oírte.
Y Valentina se destapó la boca con la mano y dejó salir el sonido, y el sonido le llenó la cabina entera, y Álex le metió los dedos más hondo y le chupó el clítoris más fuerte, y ella se agarró al espejo con las dos manos y se le doblaron las rodillas y él la sostuvo con el brazo, la cara pegada a ella, comiéndosela como si tuviera todo el tiempo del mundo y ninguna intención de soltarla.
El ascensor frenó. La cabina se sacudió y se quedó quieta, y en el panel se encendió la luz del sótano, ámbar, y por la rejilla entró el olor a hormigón y a gasolina y la luz blanca y fría de las lámparas del garaje. Nadie llamó. Nadie subió. Estaban solos abajo, en el fondo del edificio, y Valentina pensó con una claridad absurda que nadie iba a bajar a buscar un ascensor averiado hasta la mañana.
Álex no levantó la cabeza. Le pasó la lengua por todo el largo, de la entrada al clítoris, y luego volvió a bajar, y le lamió la entrada, y le metió la lengua donde antes tenía los dedos, y Valentina sintió que se le iba, que se le estaba yendo, que le subía desde los pies y le apretaba la garganta y le cerraba los ojos.
—Álex —dijo—. Álex, me voy a—
—Sí. —Le separó los labios con los pulgares y le chupó el clítoris, rápido, con la lengua dura—. Dámelo.
Y Valentina se corrió. Se le cerró todo de golpe, las piernas, el vientre, la boca, y se mordió el dorso de la mano hasta hacerse daño, y el orgasmo le subió en oleadas, una detrás de otra, mientras Álex seguía lamiéndola sin moverse, la boca pegada, la lengua quieta sobre el clítoris, recogiendo cada espasmo, y ella le tembló entera contra la cara y le tiró del pelo con la mano libre y se le escapó un gemido largo, ronco, que se apagó contra sus propios nudillos.
Se quedó quieta. Las piernas no la sostenían. Álex le bajó la lengua por el muslo, despacio, limpiándole la humedad que le corría por la cara interna, y le besó la piel del muslo, y luego el otro, y le subió las bragas otra vez con los dedos, encaje a su sitio, y le bajó la falda del vestido hasta la rodilla, hasta la cintura, alisándole la seda con la palma.
Se levantó. Las rodillas le crujieron. Tenía la boca brillante, húmeda, y se la limpió con el dorso de la mano, sin mirarla, y luego la miró, y Valentina seguía con las dos manos en el espejo, con el pelo suelto pegado a la cara, con la respiración todavía desordenada.
—Ahora ya lo sabes —dijo Álex.
Y en ese momento, al otro lado de la rejilla, en el garaje, unos tacones volvieron a sonar.
Los tacones se acercaron. Dos pasos, tres, el golpe seco de una suela contra el hormigón del garaje, y una voz de mujer —joven, cansada— dijo algo sobre el ascensor que no llegaba. Valentina no la oyó entera. Se le quedó todo el cuerpo en el borde de la rejilla, la falda todavía arrugada en la cintura, la boca de Álex a un palmo de la suya, y el corazón golpeándole tan fuerte que le tapaba el sonido del garaje.
Álex no miró hacia la puerta. La miró a ella. Le puso la mano abierta en la boca, la palma entera, y le empujó la cabeza hacia atrás contra el espejo, sin fuerza, solo para que se callara, para que no respirara tan alto. El latón le heló la nuca. Valentina se quedó quieta con la mano de él tapándole media cara y los ojos abiertos, y por la rejilla pasó la sombra de la mujer, borrosa, alargada por la luz blanca, y siguió andando hacia la rampa.
Los tacones se alejaron. Un coche arrancó en algún punto del fondo. Luego, otra vez, nada.
Álex le destapó la boca. Le pasó el pulgar por el labio, despacio, y Valentina soltó el aire que tenía guardado en un temblor largo que le bajó por todo el cuerpo. Le dolían las piernas. Le dolía la mandíbula de apretar los dientes. Y él seguía ahí, a un palmo, con la boca húmeda y los ojos negros, sin moverse, como si estuviera esperando algo que ella no sabía nombrar.
—Álex —dijo ella. No sabía qué más.
Él le bajó la mano del labio al cuello. Se la cerró ahí, sin apretar, solo el peso de la palma sobre la garganta, y Valentina sintió su propio pulso latiéndole contra los dedos de él, ese pulso que él ya le había contado. Le sostuvo la mirada. Y entonces se agachó —no a arrodillarse otra vez, sino a la altura de sus caderas— y le pasó las dos manos por debajo de los muslos, los dedos abiertos sobre la seda, y la levantó.
Valentina soltó un sonido corto. Le subió el suelo y se le fue el aire, y las manos le volaron solas a los hombros de él, a la nuca, al pelo, y se agarró ahí porque no había otra cosa. La espalda le chocó con el espejo del fondo. El latón le golpeó los omóplatos y el frío le subió por la columna, y las piernas le quedaron abiertas alrededor de la cintura de Álex, la falda del vestido subida hasta la cadera, las bragas de encaje negro apretadas contra la bragueta de él.
Álex la sostuvo así, contra el espejo, con los muslos de ella enganchados a sus caderas y las dos manos debajo de la seda. Le pesaba. Lo notó en los brazos, en la mandíbula, en la respiración que se le había vuelto corta. Valentina le buscó la boca y él se la dio, un beso abierto, sin prisa, y ella le mordió el labio y le tiró del pelo y sintió contra el muslo, a través de la tela del pantalón, la dureza de él, entera, caliente, apretada contra la bragueta.
—Bájame —dijo ella.
—No.
—Álex, las puertas.
—Están cerradas. —Le mordió la comisura de la boca—. Y abajo no hay nadie.
Tenía razón. El garaje estaba en silencio, un silencio de hormigón y de tubos, y por la rejilla solo entraba la luz blanca y fría de las lámparas y el olor a gasolina. Nadie iba a bajar a buscar un ascensor averiado. Nadie iba a subir. Estaban en el fondo del edificio, en una jaula de latón del tamaño de un armario, y Valentina se dio cuenta de que llevaba toda la noche —toda la semana— esperando que alguien los interrumpiera, y que ya no iba a pasar.
Álex le soltó una mano de debajo del muslo. La llevó a la bragueta. Valentina lo oyó: el roce de la tela, el clic metálico del botón, la cremallera bajando con un zumbido corto. Se le quedó la mano ahí, en el hombro de él, y no miró. No hizo falta. Sintió cómo se abría el pantalón, cómo se liberaba, y luego la mano de Álex volvió a subirle por debajo del muslo y él la ajustó contra el espejo, un poco más alta, y le corrió las bragas a un lado con los dedos, el encaje tensándose contra la cadera.
—Mírame —dijo él.
Valentina lo miró.
Y lo sintió. La punta, primero, resbalándole por la humedad, buscándole la entrada sin entrar, y a ella se le cerró la garganta y se le abrieron las piernas un poco más solas, sin que ella lo decidiera, y Álex la miró a los ojos y empujó.
Entró despacio. Muy despacio. La punta le abrió los labios y se quedó ahí, un segundo, y Valentina sintió el estiramiento, el ardor, la primera presión, y se le escapó un sonido bajo que le salió del pecho y se le quedó en la garganta. Álex no apartó los ojos. Le sostenía la mirada como se sostiene algo que se va a caer, y le subió las manos por la espalda, por encima de la seda, hasta la nuca, hasta el pelo suelto, y le sujetó la cabeza contra el espejo.
—¿Te duele? —dijo.
—No.
—¿Seguro?
—Sigue.
Y siguió. Empujó más, lento, centímetro a centímetro, y Valentina lo sintió llenarla entera, la longitud, el grosor, la manera en que le abría todo por dentro, y cuando ya no cabía más él se quedó quieto, con la frente pegada a la de ella, respirando por la boca, y las dos manos abiertas en la nuca de Valentina, sujetándola.
—Joder —dijo Álex. Bajito. Casi para sí mismo.
Valentina se rió. Le salió una risa corta, sin aire, con la voz rota, y él le mordió el labio por la risa y ella le devolvió la mordida y se movió. Solo un poco. Un balanceo de caderas contra él, y Álex soltó un sonido que ella no le había oído nunca, un sonido grave, hondo, que le salió del pecho y le vibró contra el esternón.
—No hagas eso —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque no voy a durar.
—No te he preguntado cuánto vas a durar.
Álex la miró. Se le movió algo en la cara, una tensión en la mandíbula, y luego empezó a moverse. Despacio. Salió casi entera y volvió a entrar, largo, hasta el fondo, y Valentina sintió la fricción entera, la entrada y la salida, y se le cerró todo alrededor de él y él lo notó y se le tensó la mandíbula más todavía.
La follaba contra el espejo. Cada embestida le empujaba la espalda contra el latón, un golpe sordo de omóplatos contra metal, y el espejo crujía detrás de ella y las luces del garaje entraban por la rejilla y le cortaban la cara a Álex en franjas. Valentina le tenía las dos manos en el pelo. Le tiraba. Le clavaba las uñas en la nuca, en los hombros, en la camisa azul marino que ya no tenía forma, y él le respondía con las caderas, más hondo cada vez, y el sonido que hacían los dos —el roce mojado, el golpe de la espalda contra el espejo, la respiración de él contra su cuello— le llenaba la cabina entera.
—Más —dijo Valentina.
—¿Así?
—Más.
Álex la agarró de la cadera con una mano, los dedos clavados en la seda, y le levantó la pelvis un poco más contra él, y cambió el ángulo. Y Valentina sintió la punta de él entrar en un sitio nuevo, más adentro, más arriba, y se le escapó un gemido que le rebotó en las paredes de latón y le volvió a los oídos.
—Ahí —dijo—. Ahí, no pares.
—No pienso parar.
Le metió la mano por debajo del vestido, por encima de la cadera, y le encontró el clítoris con el pulgar, y se lo movió en círculos mientras seguía embistiendo, y Valentina se agarró a su nuca con las dos manos y echó la cabeza atrás contra el espejo y dejó de pensar. Solo quedaba eso: él dentro, el pulgar de él encima, la espalda contra el latón, el pelo suelto pegándosele a la cara con el sudor. Se le estaba cerrando todo otra vez, las piernas, el vientre, la garganta, y esta vez no había dónde esconderse, no había mano que morder, no había nadie al otro lado de la rejilla.
—Álex —dijo—. Álex, otra vez.
—Sí. —Le mordió el cuello, justo encima de la cicatriz de la clavícula—. Dámelo. Otra vez. Con mi polla dentro.
Y Valentina se corrió. Se le cerró todo alrededor de él, en oleadas, una detrás de otra, y Álex lo sintió —se le notó en la cara, en la boca abierta contra su cuello, en las manos que le apretaron la cadera— y soltó un gemido largo, ronco, y siguió embistiendo, más corto, más duro, mientras ella se le deshacía encima, y ella le sintió crecer dentro, tensarse entero, y él empujó hasta el fondo y se quedó ahí, clavado, y acabó.
Valentina lo sintió. El primer espasmo le llegó dentro, caliente, y luego otro, y Álex se le quedó pegado, la cara enterrada en el hueco del cuello, la respiración rota contra su piel, los dedos todavía clavados en la seda del vestido. No se movió. No salió. Se quedó ahí, dentro de ella, contra el espejo, con las piernas de Valentina todavía enganchadas a su cintura y el pulso de los dos latiéndose juntos donde estaban unidos.
Y luego, contra su cuello, sin limpiarse la boca, con la voz todavía rota, dijo:
—No he venido por casualidad.
Valentina no contestó. Se le quedó la palabra en la boca, sin salir, y por encima del hombro de Álex el espejo le devolvía una imagen que no reconoció: el pelo suelto pegado a la mejilla, la boca abierta, la falda de seda hecha un rollo en la cintura. Tenía la nuca helada del latón y el resto del cuerpo ardiendo.
—No he venido por casualidad —repitió él, más bajo, como si la primera vez se le hubiera quedado corta.
—Ya te oí.
Álex levantó la cara del hueco de su cuello. Tenía el labio inferior partido, un hilo de sangre seca en la comisura, y la camisa azul marino arrugada en dos puñados donde ella le había tirado. La miró desde muy cerca. Seguía dentro de ella, blando ya, y ninguno de los dos hizo nada por separarse.
—¿Y no vas a preguntarme nada? —dijo él.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque si te pregunto, me vas a contestar. —Valentina le soltó el pelo, dedo a dedo, y le puso la palma abierta en la mejilla—. Y todavía no quiero saberlo.
Álex cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, se le había ido algo de la cara —la tensión de la mandíbula, el hambre— y le quedaba otra cosa, más quieta, que a Valentina le costó más de mirar que el deseo. Le bajó las manos de la nuca, despacio, y le sujetó las muñecas contra el espejo, una a cada lado de la cabeza, sin apretar.
—Pues yo sí voy a decírtelo —dijo—. Pero no aquí.
Y la bajó.
Le soltó las muñecas y le pasó las manos otra vez por debajo de los muslos, y Valentina sintió el suelo volver, el peso de su propio cuerpo cayendo de golpe en las piernas, y tuvo que agarrarse a los hombros de él porque las rodillas no le respondieron. Los tacones le tocaron el suelo de latón con un golpe seco. Se le dobló todo. Álex la sostuvo por la cintura mientras ella encontraba el equilibrio, y ella sintió cómo salía de ella, el vacío húmedo, y cómo le corría por el interior del muslo, tibio, en un hilo lento que le llegó hasta la rodilla.
—Espera —dijo Valentina. Le puso una mano en el pecho, sin fuerza—. Espera.
Se quedó quieta, con la frente apoyada en el hombro de él, respirando. El corazón le iba a otro ritmo, todavía alto, y le temblaban las manos de una manera que no tenía nada que ver con el frío. Álex no se movió. Le tenía la mano abierta en la parte baja de la espalda, encima de la seda, y el pulgar le subía y le bajaba por la columna, muy despacio, como se calma a un animal.
—Las bragas —dijo ella, sin levantar la cabeza.
Álex bajó la vista. El encaje negro le colgaba torcido de una cadera, estirado, húmedo. Lo miró un segundo largo, y a Valentina le subió el calor a la cara porque sabía exactamente lo que él estaba viendo: el hilo de ella en la tela, el brillo, la prueba entera de lo que acababa de pasar en esa jaula de latón.
—Déjalas —dijo él.
—Álex.
—Déjalas. —Le subió el pulgar por la columna hasta la nuca—. Nadie te va a mirar ahí.
Valentina se rió. Le salió cansada, con la voz rota, y se apartó del hombro de él lo justo para mirarlo. Tenía la camisa abierta hasta el tercer botón, la corbata ya no existía en ningún sitio, y el pelo despeinado de una manera que a ella le dio un vuelco absurdo, porque era el mismo gesto de siempre, el de pasarse la mano por encima cuando piensa, solo que ahora lo había provocado ella.
—Se te va a notar —dijo Valentina.
—¿El qué?
—Todo.
Álex se miró la camisa. Luego la miró a ella, y algo se le movió en la boca, medio gesto, medio sonrisa, la primera que le veía esa noche.
—Pues a ti también —dijo—. Tienes el pelo de otra persona.
Valentina se llevó la mano a la cabeza. No tenía el recogido. No tenía ni una horquilla. El pelo le caía entero sobre los hombros, revuelto, con el nudo del moño todavía enredado en un mechón de la nuca, y en el espejo, detrás de Álex, la mujer que la miraba tenía los labios hinchados y una marca roja en la clavícula, justo encima de la cicatriz.
—Joder —dijo, bajito.
—Yo te lo recojo —dijo Álex.
Y se llevó las manos al pelo de ella. Valentina se quedó muy quieta. Él le apartó el mechón de la cara con dos dedos, lo puso detrás de la oreja, y luego le fue recogiendo el resto desde la nuca, sin prisa, con una torpeza que no le había visto nunca —los dedos de dibujante, los mismos que trazaban líneas rectas en un plano, peleándose con un nudo de pelo— y le hizo un moño bajo, mal hecho, flojo, que se le iba a caer en cuanto diera dos pasos.
—Está torcido —dijo Valentina.
—Está torcido —admitió él—. Pero no se te ve la marca.
Le pasó el pulgar por la clavícula, por encima de la cicatriz, y Valentina sintió el roce en los dientes. Álex se abrochó la camisa. Se metió la camisa por dentro del pantalón, se pasó la mano por el pelo —el gesto, otra vez, el de siempre— y se agachó a recoger la corbata del suelo de latón. La miró. La dejó ahí, en el rincón, hecha un rollo.
—¿Y esa? —dijo Valentina.
—Que la encuentre el del turno de noche.
Valentina se ajustó la falda. La seda tenía una arruga horizontal a la altura de la cadera que no iba a salir con nada, y el forro se le había subido. Se pasó las manos por delante, se estiró el vestido, y al agacharse a recoger su bolso del suelo sintió otra vez el hilo tibio bajándole por el muslo, y se quedó un segundo quieta, en cuclillas, con la mano en el asa del bolso, pensando en cosas que no tenía ningún sentido pensar en ese momento.
Álex le tendió la mano para que se levantara. Valentina la tomó. Se levantó, y él no le soltó los dedos cuando ya estaba de pie.
—Valentina.
—Dime.
—Lo que te iba a decir.
—Álex, no.
—No es lo que crees. —Le apretó los dedos, una vez, y luego se los soltó—. Es que no puedo seguir haciendo esto. Aparecer en una sala, verte al otro lado, y volver a casa a las tres de la mañana con tu perfume en la camisa. Llevo seis años haciéndolo.
Valentina miró la rejilla. La luz blanca del garaje seguía entrando por las ranuras, cortándole la cara a él en franjas, y al fondo, muy lejos, se oyó otra vez un coche arrancando en la rampa. El mundo seguía ahí arriba, con sus luces y su gente y su música, y ellos dos seguían en el fondo del edificio, en una jaula de latón, con el pelo de ella mal recogido por las manos de él.
—Yo también lo huelo —dijo Valentina.
Álex la miró.
—Tu camisa —dijo ella—. Yo también me la llevo a casa. Y no la lavo.
Se le quedó la cara quieta. Valentina vio pasar por ella, en un segundo, algo que no supo leer —no era hambre, no era triunfo— y luego él bajó la cabeza y se rió, corto, sin aire, y se pasó la mano por la boca como si le doliera.
—Nos van a echar de menos arriba —dijo Valentina.
—Que nos echen.
—Rodri está abajo.
Álex levantó la cabeza. Se le puso la mandíbula otra vez, la tensión, el gesto que ella conocía de memoria y que no había cambiado en seis años.
—¿Rodri? —dijo.
—Me mandó un mensaje. Está en la planta baja, con los patrocinadores.
—¿Y tú qué le has contestado?
—Nada. —Valentina se colgó el bolso del hombro—. No le contesto nunca.
Álex asintió despacio. Se le quedó la mirada en el bolso de ella, en la correa, y luego subió hasta la cara, y Valentina entendió de golpe que estaba calculando algo, que llevaba toda la noche calculando algo, y que la respuesta no le gustaba.
—Sube tú primero —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque si salimos juntos, alguien te va a ver el pelo.
Valentina se llevó la mano al moño, al nudo flojo que él le había hecho. Estaba torcido, sí. Se le iba a caer en el primer tramo de escaleras.
—Dame dos minutos —dijo Álex—. Y luego sube tú.
—Álex.
—Dos minutos.
Valentina lo miró un segundo más. Luego se dio la vuelta hacia el panel de botones, y él le puso la mano en el brazo, sin fuerza, solo para que se detuviera, y ella se detuvo.
—El jueves —dijo él—. La exposición de Ferro. Vas a estar ahí.
—Voy a estar ahí.
—Pues el jueves te lo digo.
—¿El qué?
—Lo que no te he dicho hoy.
Le soltó el brazo. Valentina apretó el botón de la planta baja, y la jaula de latón se sacudió, y el espejo del fondo le devolvió una última imagen de los dos —él de espaldas, ajustándose la camisa, ella de frente, con el moño torcido y la boca todavía hinchada— antes de que las puertas se cerraran entre ellos.
La rejilla no llegó a cerrarse del todo.
Valentina tenía el dedo todavía en el botón de la planta baja, con la mirada puesta en la ranura que se estrechaba, cuando sintió la mano de Álex pasar por delante de su cara. No fue un roce. Fue una mano decidida, la palma abierta, los dedos largos, y se estiró hasta el panel y apretó el botón rojo de parada con el pulgar, sin mirarla, sin decir nada.
La cabina se quedó quieta. El zumbido del motor se apagó de golpe y el silencio que cayó encima fue tan entero que Valentina oyó el clic del botón cuando Álex retiró el dedo, un clic pequeño y definitivo que le rebotó en el pecho.
—¿Qué haces? —dijo.
No contestó. Le puso la mano en la cintura y la giró, sin brusquedad, solo con el peso de la palma, y Valentina se encontró de espaldas al panel de botones, con la nuca contra la placa metálica y las luces del garaje entrándole por la rejilla en franjas horizontales. Álex estaba delante. La camisa se le había vuelto a arrugar en el pecho, el botón del cuello seguía abierto, y en la mandíbula tenía esa tensión que a ella le ponía la piel de gallina en los brazos.
—Que no has subido —dijo él.
—Me has dicho que suba yo primero.
—Y me he arrepentido.
Le bajó las dos manos a las caderas. Se las cerró encima de la seda, los dedos abiertos sobre la arruga horizontal que no se había ido, y tiró de ella hacia sí hasta que los muslos de Valentina le chocaron con los suyos. La falda se le subió sola, la seda resbaladiza, y ella sintió el pantalón de él contra la parte de arriba del muslo, la tela áspera, y debajo, otra vez, la dureza que no había terminado de irse.
—Álex, las puertas.
—Están cerradas. —Le buscó la boca sin besarla, a un centímetro—. Y el botón está puesto. Nadie llama a un ascensor parado.
Valentina miró por encima del hombro de él. La rejilla, cerrada. El panel, con la luz roja del parada encendida, ámbar y quieta. Al otro lado, el garaje en silencio, las lámparas blancas, la rampa vacía. Nadie iba a subir a buscar un ascensor averiado. Nadie iba a bajar. Estaban en el fondo del edificio, con el botón puesto y el mundo entero a seis pisos de distancia.
—Tú has dicho que te ibas a arrepentir —dijo ella.
—Me estoy arrepintiendo ahora.
—No te he preguntado.
Álex se rió. Le salió corto, sin aire, con la boca pegada a la comisura de la de ella, y le subió una mano de la cadera a la cintura, por debajo del vestido, la palma caliente sobre la seda del forro. Valentina se agarró al pasamanos de latón con la mano derecha. La izquierda le subió sola al hombro de él, a la camisa, y se le cerró ahí, en el mismo puñado de tela que ya había arrugado antes.
—Date la vuelta —dijo Álex.
—¿Qué?
—Que te des la vuelta. —Le puso la mano en la cadera y la giró otra vez, despacio, hasta ponerla de cara al panel—. Contra los botones.
Valentina se quedó mirando el panel de latón. Los números, el rojo del parada, el botón del uno justo delante de su cara. Álex le apartó el pelo del hombro con una mano, todo el pelo suelto, y se lo echó hacia un lado, y luego le puso la boca en la nuca, en el borde del nacimiento del pelo, y le pasó la lengua por la línea fina de la piel, despacio, de arriba abajo.
A ella se le cerraron los ojos.
—Así —dijo él, contra su nuca.
Le subió las dos manos por debajo del vestido. La seda se le arremolinó en la cintura, subiendo, y Valentina sintió el aire del ascensor en la espalda baja, en la cintura, y luego las manos de Álex en las caderas, los pulgares en el borde de las bragas de encaje, y el tirón hacia abajo. Las bragas le bajaron por los muslos, por las rodillas, hasta los tobillos, y él se agachó a quitárselas del todo, una pierna, luego la otra, y Valentina las oyó caer al suelo de latón con un golpe blando.
—Álex —dijo.
—Ya.
Se levantó detrás de ella. Le puso una mano en la nuca, sujetándole la cabeza contra el panel, y con la otra se abrió la bragueta. Valentina lo oyó: el roce de la tela, el clic metálico, la cremallera. No se giró. Se quedó con la frente contra los botones, con las dos manos apoyadas en el latón a los lados del panel, y sintió el calor de él acercarse por detrás, el pecho contra su espalda, la camisa arrugada contra la seda del vestido.
La punta le tocó el muslo por dentro. Subió, resbalando por la humedad que le corría desde antes, y Valentina se mordió el labio y separó las piernas sola, sin que él se lo pidiera, solo un poco, lo justo.
—¿Estás segura? —dijo Álex.
—Sí.
Entró de una vez. No despacio esta vez: de una embestida larga, hasta el fondo, y Valentina se le tensó entera alrededor y soltó un gemido que le rebotó en el panel de latón y le volvió a los oídos. Álex se quedó quieto dentro de ella un segundo, la frente apoyada en su hombro, la respiración corta contra su cuello, y luego empezó a moverse.
La follaba contra el panel. Cada embestida le empujaba la frente contra los botones, contra el rojo del parada, contra el número del uno, y el latón le golpeaba la cadera con un sonido sordo que se mezclaba con el golpe de los cuerpos. Valentina tenía las dos manos abiertas en el panel, los dedos estirados, y sentía bajo las palmas el frío del metal y detrás el calor de él, entrando y saliendo, largo, hasta el fondo, y le subía por la espalda una tensión que le cerraba la garganta.
—Así —dijo Álex, contra su nuca—. Así, joder.
Le soltó la nuca y le bajó la mano por la espalda, por encima de la seda, hasta la cadera, y se la cerró ahí, los dedos clavados, tirando de ella hacia sí en cada embestida. Con la otra mano le apartó el pelo otra vez, todo el pelo suelto que le caía por la cara, y se lo echó por encima del hombro, y le besó la nuca, la parte de atrás del cuello, la línea del tendón.
—No pares —dijo Valentina.
—No pienso parar.
Le metió la mano por delante. Le pasó los dedos por el vientre, por debajo del vestido arremolinado, y le encontró el clítoris y se lo movió con dos dedos, en círculos, al mismo ritmo que las caderas. Valentina se agarró al panel con las dos manos y echó la cabeza atrás contra el hombro de él, y el pelo suelto se le derramó por la cara de Álex, y él le mordió la oreja y siguió embistiendo, más hondo cada vez, y el sonido de los dos —el roce mojado, el golpe de las caderas contra el latón, la respiración de él contra su cuello— le llenaba la cabina entera.
El ascensor se sacudió. Un temblor mínimo, el motor recogiendo, y Valentina pensó, con una claridad absurda, que el botón de parada se iba a soltar solo, que en cualquier momento la cabina arrancaba y las puertas se abrían y alguien los veía así, a ella contra los botones con la falda en la cintura y él detrás. No le importó. Se le fue el pensamiento en cuanto Álex cambió el ángulo, le levantó un poco la pelvis con la mano de la cadera, y la punta le entró en un sitio más adentro, más arriba, y se le escapó un gemido largo que le rebotó en el latón.
—Ahí —dijo—. Ahí, no pares.
—Dime mi nombre.
—Álex.
—Otra vez.
—Álex.
—Otra vez —dijo él, y le bajó la mano del clítoris al muslo, la palma abierta sobre la parte de dentro, y se la apretó ahí, sujetándola contra el panel.
Valentina abrió los ojos. Tenía la mejilla pegada al latón y veía los botones de cerca, el uno, el dos, el tres, cada número con su aro de metal pulido, y detrás de los números su propio aliento empañando la placa en una mancha pequeña que se hacía y se deshacía. Álex seguía dentro. Quieto. Lleno. La respiración de él le subía por la nuca en ráfagas cortas y calientes, y ella sentía el pulso de él ahí adentro, un latido que no era el suyo y que le golpeaba las paredes por dentro.
—Di mi nombre —dijo Álex otra vez, más bajo.
—Álex.
—Y lo que quieres.
Ella se mordió el labio. El anillo de plata le pesaba en el dedo índice, la mano abierta contra el panel, y lo giró una vuelta entera, un tic viejo, un tic que él le conocía de memoria y que ahora le delataba los nervios contra el metal.
—Que sigas —dijo.
—¿Que siga cómo?
—Follándome.
Álex soltó el aire por la nariz, una risa sin voz, y le mordió el lóbulo. Luego retiró la cadera. Despacio. Hasta que la punta le quedó justo en el borde, apoyada en la entrada, y Valentina sintió el vacío como un frío, un hueco que se le abría por dentro y le subía hasta la garganta.
—Así —dijo él—. ¿O así?
Y volvió a entrar. Largo. Hasta el fondo. Y se quedó otra vez quieto, con las caderas pegadas a las de ella, y le pasó la mano libre por el vientre, por debajo de la seda, y se la puso encima, abierta, como si quisiera sentir desde fuera lo que estaba haciendo por dentro.
—Así —dijo Valentina.
—Eso pensaba.
Empezó a moverse en serio. Sin pausas esta vez. Un ritmo largo y seguido, la cadera contra la cadera, y el latón le golpeaba a Valentina el hueso de la cadera con cada empujón, un golpe sordo que se le metía en el cuerpo y le subía por la columna. Tenía las dos manos abiertas en el panel y los dedos estirados, y entre los dedos le asomaba el rojo del parada, encendido, ámbar, quieto, el único punto de luz de la cabina aparte de las franjas del garaje que entraban por la rejilla.
—No pares —dijo ella, y se odió un poco por decirlo, y le dio igual.
—No pienso.
Le soltó el muslo y le subió la mano por la espalda, por encima de la seda arremolinada, hasta la nuca, y se la cerró ahí, los dedos en el nacimiento del pelo, y le dobló la cabeza un poco más contra el panel. Valentina tenía la frente contra el número del uno y el aliento empañándolo, y por el rabillo del ojo veía el hombro de él, la camisa azul marino arrugada, el reloj de acero que le marcaba las dos y veinte de la madrugada, y pensó, con una claridad que le duró un segundo, que a esa hora ya no quedaba nadie en la galería, que el último invitado se habría ido hacía una hora, que Rodri la estaría buscando por los salones con el anillo de sello girando entre los dedos.
El pensamiento se le fue solo. Álex cambió el ángulo, le levantó la cadera con la mano que le quedaba libre, y la punta le entró en el sitio de antes, más arriba, más adentro, y a Valentina se le cerró la garganta y se le escapó un sonido que no era palabra, un sonido corto y ronco que le rebotó en el latón y le volvió a los oídos mezclado con el golpe de los cuerpos.
—Ahí —dijo Álex contra su nuca—. Ahí está.
—Ahí.
—Dime que es mío.
Valentina cerró los ojos. El anillo de plata le apretaba el dedo. Tenía la boca seca y el labio partido de mordérselo y las piernas le temblaban por dentro, y la frase le subió sola, sin que ella la pensara, desde un sitio que llevaba seis años cerrado.
—Es tuyo —dijo.
Álex se quedó quieto. Un segundo entero. La respiración de él se le cortó contra el cuello y luego volvió, más rápida, y le puso la boca en la nuca y le dijo algo que ella no entendió, una palabra sola, medio tragada, y le cerró las dos manos en las caderas y la embistió de nuevo, y ya no paró.
La follaba sin ritmo ahora, o con un ritmo que solo él conocía, largo, hondo, cada vez más rápido, y el panel de latón le devolvía el sonido entero, el golpe de las caderas, el roce mojado, el jadeo de los dos, y Valentina se agarró al borde del panel con las dos manos y dejó que la empujara, que la doblara, que le vaciara la cabeza de todo lo que no fuera él dentro de ella. Le subía otra vez, desde abajo, desde el sitio donde le nacían las piernas, una tensión que le cerraba los muslos y le subía por el vientre y le apretaba la garganta, y esta vez no la frenó.
—Álex —dijo—. Álex, que me voy.
—Vete.
—Que me voy, joder.
—Que te vayas.
Le metió la mano por delante otra vez, los dedos directos al clítoris, y se lo movió rápido, con la yema, al mismo ritmo de las caderas, y Valentina se le tensó entera, los dedos clavados en el borde del latón, la frente contra los botones, y se corrió con un gemido largo que le llenó la cabina y le volvió del metal, y las piernas le fallaron y fue él quien la sostuvo, la mano abierta en el vientre, la otra en la cadera, mientras ella se le deshacía encima en oleadas cortas que le subían y le bajaban y le dejaban el cuerpo blando como trapo.
Álex aguantó dentro. La dejó terminar. Le besó la nuca, la parte de atrás del cuello, la línea del tendón, y esperó a que la respiración de ella se le fuera calmando contra el panel. Luego empezó otra vez. Más despacio. Más hondo. Y esta vez buscaba lo suyo, y Valentina lo notó en la tensión de las manos de él, en la mandíbula que le rozaba el hombro, en la respiración que se le volvía corta y ruidosa contra su oído.
—No te salgas —dijo ella.
Álex se detuvo. Medio segundo.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Mírame.
Valentina giró la cara todo lo que le dejaba el panel. Le vio de perfil, la mandíbula tensa, el pelo castaño oscuro pegado a la frente por el sudor, los ojos marrón oscuro fijos en ella, y algo en la cara de él se le abrió, una cosa que no era hambre ni prisa, y que a ella le apretó el pecho de otra manera.
—Sí —dijo otra vez.
Álex volvió a moverse. Corto. Rápido. La frente apoyada en la sien de ella, la boca abierta contra su pelo, y Valentina le sintió tensarse entero por detrás, los muslos, el vientre, las manos en sus caderas, y luego el pulso de él dentro, un latido grueso que se repetía, y el calor que le subía por dentro y se le quedaba ahí, en el fondo, y él diciendo su nombre contra su nuca, dos veces, tres, la voz rota.
Se quedó dentro. Los dos quietos. El motor del ascensor seguía apagado y en la cabina solo había el ruido de las dos respiraciones, la de él corta y caliente contra su hombro, la de ella temblando todavía, y el zumbido lejano de las lámparas del garaje al otro lado de la rejilla.
Valentina tenía la mejilla contra el latón. El número del uno le dejaba una marca en la piel, un rectángulo frío que se le iba a quedar un rato. Sentía el vestido arremolinado en la cintura, la seda pegada al vientre por el sudor, y por dentro, cuando Álex se retiró despacio, un vacío húmedo que le corría por el muslo.
—Espera —dijo él.
Le puso la mano en la cadera para que no se moviera, se agachó, y recogió las bragas de encaje del suelo de latón. No se las dio. Se las metió en el bolsillo del pantalón, un gesto rápido, sin mirarla, y luego se levantó y le bajó la falda con las dos manos, la seda resbalando por las caderas hasta la rodilla, y le alisó la arruga horizontal con la palma abierta, de arriba abajo, como quien cierra un cajón.
—Álex —dijo Valentina.
Él no contestó. Le apartó el pelo de la nuca, todo el pelo suelto, y se lo echó hacia un lado, y le puso la boca en la nuca. Un beso. Largo. Quieto. Sin lengua, sin dientes, la boca abierta contra la piel fina del nacimiento del pelo, y Valentina se quedó con los ojos cerrados y las manos todavía apoyadas en el panel, y no se giró.
Cuando él se separó, el aire del ascensor le entró por la espalda y le puso la piel de gallina en los brazos. Valentina oyó la cremallera, el clic de la bragueta, el roce de la tela. Oyó a Álex moverse detrás de ella, acomodarse la camisa, y luego el silencio, y luego el clic del botón de parada cuando lo desactivó.
El motor arrancó. La cabina se sacudió, el zumbido volvió a llenarlo todo, y las luces del garaje empezaron a resbalar hacia abajo por la rejilla. Valentina se miró en el espejo del fondo, en el ángulo que le dejaba el panel: el pelo suelto, la boca roja, la marca del botón en la mejilla. Detrás de ella, en el reflejo, Álex se pasaba una mano por el pelo y se lo dejaba peor.
—¿Subes? —dijo él.
—Sí.
La cabina subió. Los números del panel se encendían uno detrás de otro, el dos, el tres, el cuatro, y ninguno de los dos habló. Valentina se alisó la falda otra vez, aunque ya estaba lisa, y se tocó el recogido, que no existía, porque el pelo le caía suelto por los hombros, y sintió el anillo de plata girar en su dedo.
En el cinco, la cabina se detuvo. Las puertas no se abrieron.
—Álex —dijo Valentina, mirando el panel.
Él alargó la mano y apretó el botón del seis, el último, el de la terraza, y las puertas siguieron cerradas, y la cabina volvió a arrancar.
—Todavía no —dijo.

