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First Night's Rite
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First Night's Rite

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The First Touch
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Chapter 1 of 1

The First Touch

I stand between her and the door, my thumb hooked under the collar of her shift. She backs into the post of my bed, eyes wet, shaking her head. I pull the fabric down to her waist, exposing the pale curve of her breasts. Her hands fly up, but I catch both wrists in one grip. 'Stop your fussing, girl,' I say, and press her back onto the furs.

Su cuerpo tiembla bajo el mío como un pájaro atrapado en la mano demasiado tarde para escapar. Las muñecas huesudas contra la piel, el pulso saltando debajo de mis dedos. Podría romperla solo apretando. Podría partirla como una rama seca. Pero eso no es lo que quiero esta noche.

Quiero oírla entender.

—Deja de luchar —digo, y mi voz sale plana, sin filo. No necesito filo. Ella sabe lo que soy.

Sus ojos azules encuentran los míos por un momento, una súplica sin palabras, antes de volverse a esconderse tras los párpados apretados. Las lágrimas se deslizan por sus sienes, desapareciendo en el desorden de su cabello dorado. El aroma de su miedo llena el espacio entre nosotros, agrio y dulce, y huelo el agua bendita que usó para bendecirse antes de la ceremonia. No servirá de nada.

—Abre los ojos.

No lo hace. Su boca se mueve, las palabras de una oración que ya no recuerdo. Le doy un tirón en las muñecas, solo lo suficiente para que sienta el dolor, y un gemido se escapa de sus labios.

—Cuando te digo que abras los ojos, los abres. ¿Entiendes?

Asiente. Rápido. El miedo es obediente. Siempre lo es.

Suelto una de sus muñecas y mi mano encuentra su garganta, no apretando, solo posada allí. El peso de mi palma. El calor de mis dedos rodeando su cuello. Ella traga debajo de mi tacto, y la nuez se mueve como un animalito. Su respiración se acelera. Las pupilas se dilatan.

—Esta noche te voy a enseñar lo que significa ser mía —digo, bajando la mano por su cuerpo, sintiendo las costillas bajo la piel, el temblor de su vientre cuando mis dedos llegan a la cintura de su camisón—. Vas a llorar. Vas a suplicar. Y cuando termine, vas a saber exactamente para qué te hicieron.

Mi mano encuentra el borde de la tela basta que cubre sus muslos. La levanto. El aire frío de la habitación golpea su piel y ella jadea, arqueándose. Sus piernas pálidas brillan a la luz de las velas.

—No... por favor... —susurra, pero no hay fuerza en las palabras. No hay convicción. Solo la costumbre de decirlas.

Tiro del camisón hacia arriba, pasando sus caderas, su vientre, hasta que la tela se amontona bajo sus brazos. Está desnuda debajo. Su piel es casi translúcida en esta luz, venas azules trazando caminos bajo la superficie. Sus pechos pequeños y apretados por el frío o el miedo, los pezones endurecidos.

—Mírame —digo.

Esta vez sus párpados se levantan. Sus ojos encuentran los míos, vidriosos y asustados, pero abiertos. Ha aprendido.

—Buena chica.

La palabra la hace temblar. No sé si es el cumplido o la sorpresa de oírlo de mis labios. No importa. Lo que importa es que se queda quieta mientras mi mano baja por su vientre, mientras mis dedos encuentran el vello dorado y suave entre sus piernas. Ella contiene la respiración cuando los deslizo más abajo.

Está seca. Lo esperaba.

—Nunca te han tocado aquí, ¿verdad?

Niega con la cabeza, un movimiento apenas perceptible.

—Dilo.

—N-no —la voz se le quiebra—. Nunca. Nadie me ha... nunca.

Retiro la mano y me incorporo, sentándome sobre mis talones. Ella yace debajo de mí, sus brazos cruzados sobre el pecho en un intento inútil de cubrirse. La miro. La carne blanca y vulnerable. Las marcas de las rodilleras en sus muslos por las horas de rezar. La pequeña marca junto a su boca que tiembla sin que ella pueda controlarlo.

—Levántate.

Parpadea, confundida.

—Arriba —repito—. De rodillas. Frente a mí.

Se incorpora trabajosamente, el camisón cayendo alrededor de su cintura mientras se arrodilla sobre las pieles. Su cabello dorado cuelga en una trenza deshecha. Sus manos encuentran su regazo, los dedos entrelazados como si rezara. La postura de una doncella. La postura de una víctima.

—Quítate eso —señalo el camisón arrugado alrededor de su torso—. Todo.

Muerde su labio inferior. Las lágrimas vuelven a sus ojos. Pero sus manos se mueven, encontrando el borde de la tela, levantándola sobre su cabeza. El camisón cae a un lado. Ella está desnuda frente a mí, los brazos volviendo a cruzarse sobre sus pechos, los muslos apretados.

—Baja los brazos.

—Por favor...

—Baja los brazos, Isabella.

Su nombre en mi boca la paraliza. Lentamente, como si cada pulgada le costara algo irrecuperable, baja los brazos. Sus pechos quedan expuestos. El vello entre sus piernas. Todo. Tiembla tan fuerte que oigo el castañeteo de sus dientes.

Me levanto. Ella sigue mis movimientos con la mirada, su cuerpo tenso, lista para huir aunque no tiene adónde ir. Me desabrocho el cinturón. Dejo caer la túnica de cuero al suelo. Luego la camisa de lino, desatándola del cuello, tirando de ella sobre mis hombros.

Su respiración se corta cuando ve mi pecho. Las cicatrices. El pelo oscuro que cubre mi piel. La forma en que el músculo se mueve bajo la carne cuando me muevo. Es la primera vez que ve a un hombre desnudo, lo sé. La primera vez que está así, frente a alguien que no es un sacerdote o su padre.

—Acércate —digo, sentándome en el borde de la cama, mis piernas abiertas—. Ven aquí.

Gatea. No porque se lo haya ordenado, sino porque sus piernas no la sostienen. Se arrastra sobre las pieles hasta quedar entre mis rodillas, sus ojos fijos en algún punto de mi pecho, incapaz de levantar la mirada. Su hombro roza mi rodilla y ella se estremece como si la hubiera quemado.

Pongo una mano en su nuca, sintiendo el calor de su piel, el temblor que recorre su columna. Ella gime bajito, pero no se aparta.

—Vas a hacer exactamente lo que te diga —mi voz es baja, casi suave—. Y cuando termine, vas a estar tan llena de mí que no vas a recordar cómo era estar vacía.

Sus dedos se entierran en las pieles. Sus ojos se cierran.

—Abre la boca.

Obedezca. Sus labios se separan, apenas una pulgada, su respiración saliendo en bocanadas cortas y calientes.

Bajo su cabeza hacia mi entrepierna. Mi polla está dura, la punta asomando por la abertura de los calzones que aún llevo. Cuando su aliento la roza, ella jadea, tratando de retirarse, pero mi mano en su nuca la mantiene en su sitio.

—Hueles eso, ¿verdad? —pregunto—. Así es como huele un hombre cuando te quiere. Cuando va a tenerte.

Un sollozo. Pequeño. Roto.

—Sácala —ordeno—. Con las manos. Sacúela de los calzones.

Levanta las manos, pero titubean en el aire, a centímetros de mi entrepierna. Puedo ver la lucha en su rostro, la doncella educada en los conventos peleando contra la esposa que sabe lo que se espera de ella. Gana la esposa. Sus dedos encuentran el borde de los calzones, tiran hacia abajo, y mi polla se libera, erguida y gruesa contra su mejilla.

Ella jadea. Se aparta. Pero mi mano no la deja.

—Mírala.

Baja la mirada. Sus ojos azules recorren la longitud de mi polla, las venas oscuras bajo la piel, la punta enrojecida. Su boca se abre para decir algo, pero no salen palabras.

—Tócame —digo—. Aprende cómo me siento.

Su mano se levanta, temblando. Sus dedos rozan el costado de mi polla y yo siento el contacto como una descarga. Ella retira la mano como si se hubiera quemado, pero la vuelvo a poner, envolviendo sus dedos alrededor de mi base.

—Así —digo—. Ahora muévela. Arriba y abajo.

Lo intenta. Sus movimientos son torpes, inseguros, pero el contacto es suficiente. Cierro los ojos un momento, dejando que la sensación me atraviese. Su mano es pequeña y suave, y el contraste con mi piel callosa hace que cada roce sea más agudo.

—Para —digo finalmente, cuando siento que me acerco demasiado—. Así no es como voy a terminar esta noche.

Ella retira la mano, aliviada, pero yo la tomo de los hombros y la empujo hacia atrás, sobre las pieles. Cae de espaldas, sus ojos abiertos de par en par, su pecho subiendo y bajando rápidamente. Me coloco sobre ella, mis rodillas apartando sus muslos, mi peso apoyado en mis antebrazos a cada lado de su cabeza.

—Ahora empieza de verdad —digo, y bajo mi boca a su cuello.

Gime cuando mis labios tocan su piel. Beso la curva de su garganta, el hueco donde late su pulso, la línea de su mandíbula. Mis dientes muerden suavemente su lóbulo y ella jadea, sus caderas moviéndose sin querer contra las mías.

—¿Te gusta eso? —pregunto contra su piel—. ¿Sentir mis dientes en tu carne?

No responde, pero su cuerpo sí. Se arquea hacia mí, busca más contacto. Su inocencia no sabe mentir tan bien como su boca.

Bajo mis besos por su cuello, sus hombros, hasta llegar a sus pechos. Ella contiene la respiración cuando mi boca se cierra sobre un pezón. Lo lamo, sintiendo cómo se endurece aún más contra mi lengua, y ella gime, un sonido que es mitad placer, mitad terror.

—Duele —susurra—. Se siente... demasiado.

—Duele porque nunca te han tocado así —respondo, pasando al otro pecho, mordisqueando el pezón hasta que ella gime más fuerte—. Pero tu cuerpo lo quiere. ¿Lo sientes? ¿Sientes cómo responde?

Bajo mi mano entre sus piernas y encuentro lo que busco. Ya no está seca. Hay humedad, un calor húmedo que humedece mis dedos cuando los deslizo por la hendidura de su sexo. Ella gime cuando los encuentro, sus caderas levantándose instintivamente.

—Mira —digo, mostrándole mis dedos brillantes—. Así sabe tu cuerpo cuando quiere. Así sabe cuando está listo para ser poseído.

Ella aparta la mirada, avergonzada, pero yo tomo su barbilla y la obligo a mirar.

—Quiero que veas lo que te estoy haciendo. Quiero que sepas exactamente lo que está pasando.

Bajo mi mano otra vez, esta vez deslizando un dedo entre sus pliegues. Ella jadea cuando lo encuentro, cuando presiono la entrada de su cuerpo, aún sin penetrar. Solo sintiendo el calor. La resistencia. El temblor de sus músculos bajo mi tacto.

—Duele cuando entre, ¿verdad? —pregunto—. Has oído historias. Te han dicho que va a doler.

Ella asiente, sus ojos llenos de lágrimas otra vez.

—Va a doler —confirmo—. No voy a mentirte. Pero voy a hacer que te prepare para ello. Y cuando termine, vas a estar tan llena de mí que no vas a recordar cómo era estar vacía.

Mi dedo presiona, solo un poco, y su cuerpo se abre apenas. Ella gime, sus manos apretando las pieles a los lados de su cabeza, pero no se aparta. No puede. No hay adónde ir.

—Así —digo, empujando mi dedo un poco más profundo—. Así es como empieza. Un dedo. Luego dos. Luego yo.

Sus ojos se cierran, las lágrimas cayendo por sus sienes. Pero su cuerpo se está abriendo, aceptando mi dedo centímetro a centímetro. Está apretada. Caliente. Tan apretada que casi puedo sentir cómo será cuando mi polla la llene.

—Duele... —susurra, su voz apenas un hilo.

—Lo sé —digo, sin dejar de mover mi dedo dentro de ella, sintiendo cómo se adapta, cómo sus músculos se tensan y se relajan—. Pero duele menos que si entrara ahora sin prepararte. Así que quédate quieta. Déjame hacer esto. Déjame prepararte.

Introduzco un segundo dedo, y ella gime más fuerte, sus caderas tratando de escapar, pero mi otra mano la mantiene en su sitio. La siento luchar contra la invasión, pero también la siento rendirse, abrirse, aceptar.

—Ya casi —digo, moviendo mis dedos dentro de ella, sintiendo cómo se humedecen más, cómo su cuerpo comienza a responder al ritmo que le impongo—. Una vez más. ¿Lista?

Ella niega con la cabeza, llorando abiertamente ahora, pero su cuerpo no miente. Está mojada. Está lista. Está abierta para mí.

Retiro mis dedos y ella gime por la pérdida, un sonido que apenas reconoce como suyo. Me coloco sobre ella, mi polla descansando contra su muslo, su calor filtrándose a través de mi piel.

—Mírame —digo.

Sus ojos azules, nublados por las lágrimas, encuentran los míos.

—Cuando entré, vas a sentir dolor —digo—. Pero también vas a sentir cómo te lleno. Cómo te completo. Y cuando termine, vas a ser mía de una manera que nadie te podrá quitar. ¿Entiendes?

Asiente, apenas.

—Dilo.

—Sí —susurra, su voz rota—. Entiendo.

—Buena chica.

La beso. Mis labios encuentran los suyos, suaves y asustados, y la beso profundamente mientras alineo mi polla con la entrada de su cuerpo. Ella gime en mi boca cuando la punta roza su carne, cuando presiono apenas, sintiendo la resistencia de su virginidad.

Luego empujo.

Luego empujo.

Su grito atraviesa la habitación como un cuchillo, un sonido tan agudo y desgarrado que hasta yo siento el eco en los huesos. Su cuerpo se arquea bajo el mío, cada músculo tenso, las uñas clavándose en mis antebrazos mientras intenta procesar lo que acaba de suceder. La sensación de mi carne abriéndose paso a través de su himen, el dolor súbito y absoluto que la atraviesa.

—Duele—gime, su voz rota, apenas un hilo—. Duele mucho...

No me muevo. Me quedo dentro de ella, sintiendo cómo su cuerpo lucha por aceptarme, cómo sus paredes internas se contraen alrededor de mi polla en oleadas de choque y resistencia. El calor de su sangre me cubre, mezclándose con mi propia humedad, y el olor del hierro llena el espacio entre nosotros.

—Ya pasó—digo, mi voz más baja de lo que pretendía—. Ya estás abierta. Ya eres mía.

Ella llora. Abiertamente. Sin pudor. Las lágrimas corren por sus sienes y se pierden en el desorden de su cabello dorado, y su pecho sube y baja en sacudidas irregulares mientras intenta recuperar el aliento. Sus ojos están cerrados, apretados, como si quisiera desaparecer dentro de sí misma.

—Mírame.

Niega con la cabeza. Un movimiento pequeño, casi infantil.

—Isabella. Mírame.

Sus párpados se levantan. Sus ojos azules están enrojecidos, vidriosos, llenos de un dolor que apenas comienza a entender. Me mira como si yo fuera un monstruo, y supongo que lo soy. Pero soy su monstruo ahora.

—¿Sientes cómo te lleno?—pregunto, moviendo mis caderas apenas, solo un centímetro—. ¿Sientes cómo encajo dentro de ti?

Ella gime, sus manos apretando las pieles a los lados de su cabeza.

—Es demasiado...—susurra—. Eres demasiado grande... no voy a poder...

—Vas a poder—digo, comenzando a moverme despacio, un ritmo lento y profundo que la hace gemir con cada embestida—. Tu cuerpo fue hecho para esto. Para recibirme. Para llenarse de mí.

Cada movimiento es un descubrimiento. La forma en que su carne se abre para mí, la resistencia que cede, el calor que me envuelve. Está tan apretada que apenas puedo moverme, pero eso es parte del placer. Saber que soy el primero. Saber que nadie más ha estado aquí. Saber que cada centímetro de este camino lo estoy trazando yo.

—Mira—digo, deteniéndome, señalando hacia abajo con la barbilla—. Mira dónde estamos conectados.

Ella baja la mirada, con esfuerzo, y ve la imagen. Mi pelvis contra la suya, el vello oscuro de mi pubis mezclándose con el dorado del suyo, la base de mi polla desapareciendo dentro de su cuerpo. Ve la sangre, un hilo rojo que se desliza por su muslo, y jadea, sus ojos abriéndose más.

—¿Eso es... sangre?

—Tu virginidad—respondo—. El precio de convertirte en mujer. En mi mujer.

Ella aparta la mirada, avergonzada, pero yo tomo su barbilla y la obligo a mirar otra vez.

—Quiero que veas esto. Quiero que entiendas lo que significa. Tu cuerpo ya no te pertenece. Me pertenece a mí. Y cada vez que te mires y veas esta marca, vas a recordar quién te la puso.

Sus ojos se llenan de lágrimas otra vez, pero no aparta la mirada. Mira la unión de nuestros cuerpos, la sangre, la forma en que mi carne desaparece dentro de la suya, y algo en su expresión cambia. Todavía hay miedo. Todavía hay dolor. Pero hay también una curiosidad, una fascinación oscura que apenas comienza a despertar.

—¿Ya terminó?—pregunta, su voz temblando—. ¿Ya... ya soy tuya?

Sonrío. Una sonrisa sin calidez, pero con intención.

—Apenas empiezo—respondo, y comienzo a moverme otra vez.

Esta vez el ritmo es más firme. Más profundo. Cada embestida la hace gemir, pero los gemidos ya no son solo de dolor. Hay algo más, una nota que no reconozco, un tono que me dice que su cuerpo está aprendiendo a responder. Sus caderas comienzan a moverse con las mías, torpemente al principio, pero luego con más confianza, como si su carne recordara un ritmo que su mente no conoce.

—¿Sientes eso?—pregunto, sintiendo cómo se humedece más a mi alrededor—. ¿Sientes cómo tu cuerpo me acepta?

Ella asiente, sin palabras, sus ojos cerrados. Sus manos sueltan las pieles y encuentran mis brazos, sus dedos aferrándose a mis antebrazos mientras me muevo dentro de ella. No para detenerme. Para sostenerse.

—Duele menos—susurra—. Todavía duele, pero... menos.

—Porque tu cuerpo está aprendiendo—digo, inclinándome para besar su frente, un gesto casi tierno que la sorprende—. Está aprendiendo a querer esto. A quererme.

Ella no responde, pero su cuerpo sí. Sus piernas se abren más, permitiéndome penetrar más hondo, y un gemido largo y bajo escapa de sus labios cuando llego al fondo. La sensación de su carne cediendo, abriéndose completamente para mí, es casi demasiado. Aprieto los dientes, controlando mi propio placer, negándome el final que mi cuerpo exige.

No esta noche. No todavía.

—Isabella—digo, mi voz ronca—. ¿Quieres saber cómo se siente cuando un hombre termina dentro de ti?

Ella me mira, confundida, sus ojos azules buscando los míos.

—¿Terminar?

—Cuando un hombre se vacía dentro de una mujer. Cuando la llena de su semilla. Cuando la marca desde adentro.

Ella traga, su garganta moviéndose bajo mi mirada.

—¿Duele?

—No—respondo—. Se siente caliente. Se siente como si te estuviera llenando de vida. De mí.

Bajo mi mano entre nuestros cuerpos, encontrando el pequeño botón de carne en la parte superior de su sexo. Ella jadea cuando lo toco, sus caderas saltando.

—¿Qué es eso?

—Eso—digo, rozándolo con mi pulgar—es donde tu cuerpo guarda el placer. Y voy a enseñarte a usarlo.

Comienzo a mover mi pulgar en círculos, lentamente, mientras sigo empujando dentro de ella. Su respiración se acelera, sus ojos se abren más, y oigo cómo su voz cambia, cómo los gemidos se vuelven más agudos, más urgentes.

—¿Qué... qué está pasando?—pregunta, su voz quebrada—. Siento algo... algo diferente...

—Déjate llevar—digo—. No luches contra ello. Déjalo venir.

Su cuerpo se tensa, arqueándose contra el mío, y siento cómo sus paredes internas comienzan a contraerse rítmicamente a mi alrededor. Ella gime, un sonido largo y tembloroso, y sus uñas se clavan en mis brazos mientras una serie de espasmos la recorren de la cabeza a los pies.

—¿Qué fue eso?—jadea cuando finalmente se detiene, su pecho subiendo y bajando rápidamente—. ¿Qué me hiciste?

—Te di placer—respondo, deteniendo mis movimientos—. El primero de muchos.

Ella me mira, sus ojos llenos de una mezcla de confusión y asombro. Como si acabara de descubrir un secreto que su cuerpo siempre supo, pero que su mente nunca había imaginado.

—¿Todas las mujeres... sienten eso?

—Todas las mujeres pueden—digo—. Pero la mayoría nunca lo experimenta. Depende del hombre que las tome. Depende de mí.

Ella aparta la mirada, avergonzada otra vez, pero yo tomo su barbilla y la obligo a mirarme.

—No tengas vergüenza de sentir placer, Isabella. Tu cuerpo fue hecho para esto. Para recibir. Para sentir. Para ser poseído. Y mientras más rápido aprendas a disfrutarlo, más fácil será para las dos.

—¿Las dos?

—Tú y yo. El esposo y la esposa. El señor y la sierva. El que posee y la que es poseída.

Ella traga, pero no aparta la mirada. Algo en sus ojos ha cambiado. Todavía hay miedo, sí. Todavía hay dolor. Pero hay también una aceptación, una rendición que no estaba allí antes. Como si finalmente entendiera lo que significa ser mía.

—Ahora—digo, retirándome lentamente de su cuerpo—, voy a mostrarte algo más.

Ella gime cuando salgo, la sensación de vacío tan extraña como la de llenura. Su mirada sigue mi polla, cubierta de su sangre y su humedad, y ve cómo me siento en el borde de la cama, mis piernas abiertas, esperando.

—Ven aquí.

Se incorpora trabajosamente, su cuerpo temblando, y se arrodilla frente a mí. Su cabello dorado cuelga en una trenza deshecha, sus ojos azules fijos en mi polla, en la evidencia de lo que acaba de suceder.

—Tócame—digo—. Aprende cómo me siento cuando estoy cubierto de ti.

Su mano se levanta, temblando, y sus dedos rozan la punta de mi polla. Siente la humedad, la sangre, y retira la mano como si se hubiera quemado.

—Es... tibio—susurra.

—Es vida—respondo—. Es la prueba de que eres mía. Ahora, tócame otra vez.

Esta vez su mano es más firme. Sus dedos envuelven mi polla, sintiendo el calor, la textura, las venas bajo la piel. Sus ojos recorren la longitud de mi carne, y veo cómo su expresión cambia cuando finalmente entiende lo que está viendo.

—Creía...—comienza, su voz apenas un susurro—. En el convento, las hermanas decían que los hombres y las mujeres eran iguales. Que Dios nos había creado a su imagen, y que las diferencias eran... pecado. Nunca me mostraron... esto.

—¿Nunca viste a un hombre desnudo?

Niega con la cabeza, sus ojos fijos en mi polla.

—Nunca. Pensaba que... que los hombres tenían lo mismo que las mujeres. Que éramos iguales, solo que... diferentes en otras cosas.

Una risa baja escapa de mi pecho. No es burla. Casi ternura.

—¿Y ahora qué piensas?

—Que las hermanas mentían—responde, y hay un dejo de amargura en su voz—. O que no sabían. Que nos enseñaron a tener miedo de algo que ni siquiera entendían.

—Los hombres y las mujeres son diferentes, Isabella—digo, tomando su mano y guiándola a lo largo de mi polla—. Los hombres tienen esto. Las mujeres tienen lo que yo acabo de poseer. Y cuando se unen, crean vida. Crean placer. Crean algo más grande que la suma de sus partes.

Ella asiente lentamente, sus dedos recorriendo mi carne con una curiosidad que apenas comienza a despertar.

—¿Y tú... siempre eres así de grande?

—Solo cuando te quiero—respondo—. Cuando veo tu cuerpo, cuando huelo tu miedo, cuando siento tu calor. Entonces crezco. Entonces me preparo para poseerte.

Ella traga, pero no aparta la mirada. Sus dedos continúan explorando, aprendiendo cada curva, cada vena, cada pulso que late bajo su tacto.

—¿Y ahora qué?—pregunta, su voz apenas un hilo—. ¿Ya terminamos?

La miro. Su cuerpo desnudo, marcado por mi posesión. Su cabello dorado desordenado. Sus ojos azules llenos de preguntas que no sabe formular. Y sé que la noche es joven todavía.

—No—respondo, tomándola de los hombros y girándola, poniéndola de espaldas a mí—. Apenas empezamos.

Ella gime cuando la empujo hacia adelante, sus manos encontrando las pieles para sostenerse. Su cuerpo está arqueado, sus nalgas levantadas, la entrada de su sexo aún húmeda y abierta. Pero no es allí donde voy a entrar esta vez.

—Isabella—digo, mi voz baja—. ¿Sabes lo que es el placer anal?

Ella no responde. Sus ojos azules, todavía nublados por las lágrimas y el asombro del orgasmo que acabo de arrancarle, me miran sin comprender. Su boca se mueve, formando la palabra en silencio. Anal. Como si nunca la hubiera oído. Como si fuera un idioma extranjero.

—No —susurra al fin, su voz rota—. No sé lo que es.

—Es el camino que voy a abrir en tu cuerpo esta noche —digo, mis dedos encontrando el valle entre sus nalgas, rozando apenas el pliegue apretado—. Aquí. Donde ningún hombre ha entrado. Donde tu cuerpo se cierra como un puño.

Ella jadea cuando mi dedo presiona contra ese anillo de músculo, solo un instante, solo para sentir la resistencia. Su cuerpo se tensa entero, las manos apretando las pieles.

—¿Allí? —pregunta, el horror filtrándose en su voz—. No... no puedes... eso es...

——Eso es mío —completo—. Como el resto de ti.

Retiro la mano y la tomo por los hombros, girándola con firmeza hasta que queda boca abajo sobre las pieles. Su rostro está vuelto hacia un lado, su cabello dorado esparcido, y puedo ver el terror en sus ojos mientras trata de mirarme por encima del hombro.

—No te muevas.

Busco a tientas junto a la cama, donde dejé mi cinturón al desvestirme. La cuerda que siempre llevo enrollada, por si necesito atar a un prisionero. Esta noche, mi prisionera es ella.

Cuando ve la cuerda en mis manos, sus ojos se abren más. Su cuerpo comienza a temblar, un temblor profundo que recorre su columna vertebral.

—¿Qué... qué vas a hacer?

—Asegurarme de que no huyas —respondo, y tomo sus muñecas, cruzándoselas detrás de la espalda.

—¡No! —grita, y por primera vez desde que entré en ella, lucha de verdad. Su cuerpo se retuerce, sus piernas patean las pieles, trata de liberar sus manos—. ¡Por favor! ¡No me ates! ¡No quiero!

—No te pregunté —digo, y paso la cuerda alrededor de sus muñecas, apretando el nudo con una tirada firme.

Ella llora, abiertamente, sin pudor. Las lágrimas caen sobre las pieles mientras forcejea, pero la cuerda no cede. Sus muñecas quedan atadas firmemente detrás de su espalda, y ahora está vulnerable, expuesta, completamente a mi merced.

—Duele —gime, tirando de las ataduras—. La cuerda... me quema...

—Duele menos de lo que va a doler si sigues moviéndote.

Se queda quieta, su pecho subiendo y bajando en sacudidas. Las lágrimas corren por sus mejillas y caen sobre las pieles, formando pequeñas manchas oscuras. Su respiración es entrecortada, llena de sollozos que no puede contener.

Me arrodillo detrás de ella, mis manos encontrando sus caderas. Está temblando tan fuerte que lo siento a través de la piel, un temblor fino y constante que la recorre de la cabeza a los pies. Sus nalgas están levantadas, ofrecidas involuntariamente por su posición, y puedo ver la humedad que aún brilla entre sus muslos, la evidencia de mi primera posesión.

—Escúchame —digo, mi voz baja, casi suave—. Has sobrevivido a mi entrada por delante. Vas a sobrevivir a esto también.

—No quiero —susurra, su voz ahogada por las lágrimas—. Por favor... duele mucho... no puedo...

—Puedes —respondo—. Tu cuerpo puede. Es más fuerte de lo que crees.

Mis dedos encuentran la hendidura entre sus nalgas, y ella se tensa inmediatamente, apretando el músculo como si pudiera cerrarme el paso. El anillo de su ano está apretado, casi duro, un círculo de carne que nunca ha sido tocado.

—Está muy cerrado —digo, casi para mí mismo—. Pero se abrirá.

—¡No! —grita, intentando arrastrarse hacia adelante, apartarse de mi mano—. ¡No me toques allí! ¡Es pecado! ¡Las hermanas decían que era pecado!

—Las hermanas decían muchas mentiras —respondo, y mi mano encuentra su cadera, sujetándola firmemente para que no pueda escapar—. Quédate quieta.

—¡Suéltame! ¡Por favor, te lo ruego! —su voz se quiebra, se convierte en un sollozo—. ¡No quiero! ¡No quiero!

Sus piernas patean, sus dedos arañan las pieles mientras trata de liberarse. Pero la cuerda la mantiene atada, y mi peso la mantiene en su sitio. No puede ir a ninguna parte.

—Isabella —digo, y mi voz sale más baja, más firme—. Deja de luchar.

Ella no obedece. Sigue forcejeando, llorando, suplicando. Su cuerpo se retuerce bajo mis manos, cada músculo tenso en la desesperación por escapar.

—¡No! ¡No! ¡Déjame! ¡No quiero que me hagas eso!

—Cállate.

La palabra corta el aire como un látigo. Ella se queda quieta, su respiración entrecortada, los sollozos atrapados en su garganta. Puedo sentir cómo tiembla, cómo su cuerpo lucha por obedecer aunque su mente todavía quiere huir.

—Has sido buena hasta ahora —digo—. Has obedecido. Has soportado el dolor. Has sentido placer. No estropees todo esto ahora.

—Por favor —susurra, su voz apenas un hilo—. Por favor, no... no por allí...

—Eres mía —respondo—. Y voy a tomar cada parte de ti. Una por una. Esta noche. Mañana. Siempre.

Escupo en mis dedos. El calor de mi saliva mezclado con la humedad de su propio cuerpo. Luego llevo la mano a la hendidura de sus nalgas, encontrando ese pliegue apretado, y presiono la punta de mi dedo contra el anillo de músculo.

Ella gime, un sonido agudo y desgarrado, cuando siente la presión. Su cuerpo se tensa, tratando de cerrarse, pero yo mantengo la presión constante, sintiendo cómo el músculo lucha contra mi dedo.

——Está muy apretado —digo—. Pero va a ceder. Siempre cede.

—Duele —gime—. Duele... no puedo...

—Todavía no he entrado —respondo—. Esto es solo mi dedo. Cuando entre del todo, vas a sentir dolor de verdad.

Ella llora más fuerte, su cuerpo sacudido por los sollozos. Pero no se mueve. No intenta escapar. Sabe que no tiene sentido.

Aumento la presión, girando mi dedo ligeramente, y siento cómo el anillo de músculo comienza a ceder, apenas un milímetro. La punta de mi dedo se desliza dentro, y ella grita, un sonido agudo y desgarrado que atraviesa la habitación.

—¡Duele! —grita—. ¡Duele mucho! ¡Sácame! ¡Por favor!

—Todavía no —digo, y empujo un poco más.

Su ano se cierra alrededor de mi dedo como un puño, apretándome, rechazándome. Pero ya estoy dentro, apenas la primera falange, y puedo sentir el calor, la resistencia, la forma en que su cuerpo lucha por expulsarme.

Ella solloza, su rostro enterrado en las pieles, su cuerpo temblando. Sus manos atadas tiran de la cuerda, pero no pueden liberarse. Solo pueden apretar los puños mientras yo la abro desde atrás.

—Respira —digo—. Inhala. Exhala. Déjame entrar.

—No puedo —gime—. Es demasiado... no cabe...

——Cabe —respondo, y empujo otro milímetro—. Solo tienes que relajarte.

—¡No sé cómo! —grita, su voz rota por los sollozos—. ¡No sé cómo relajarme cuando me estás haciendo esto!

Espero. Dejo mi dedo quieto dentro de ella, sintiendo cómo su cuerpo se adapta, cómo el músculo comienza a acostumbrarse a la invasión. Sus sollozos se vuelven más suaves, su respiración menos entrecortada. Poco a poco, el anillo de su ano se afloja alrededor de mi dedo.

—Así —digo, moviendo mi dedo apenas, un centímetro hacia adentro, luego hacia afuera—. Así. Estás aprendiendo.

Ella gime, pero no es solo dolor. Hay algo más, un tono que apenas reconozco. Su cuerpo está confundido, dividido entre el rechazo y la aceptación, entre el dolor y una extraña fascinación.

Introduzco mi dedo más profundo, hasta la segunda falange, y ella jadea, sus caderas levantándose involuntariamente. El movimiento hace que mi dedo se deslice más adentro, y ella gime, un sonido largo y tembloroso.

—¿Ves? —digo, moviendo mi dedo dentro de ella—. Tu cuerpo está aprendiendo. Está aprendiendo a querer esto.

—No quiero —susurra, pero su voz tiembla, y no hay convicción en sus palabras—. No quiero querer esto.

—Demasiado tarde —respondo, y añado un segundo dedo.

El grito que escapa de sus labios es diferente. Más agudo. Más desesperado. Siento cómo su ano se estira para acomodar mis dos dedos, cómo el músculo lucha, se tensa, y finalmente cede. Sus lágrimas caen sobre las pieles mientras yo la abro, mientras la preparo para lo que viene.

—Ya casi —digo, moviendo mis dedos dentro de ella, sintiendo cómo se humedece, cómo su cuerpo comienza a aceptar la invasión—. Un poco más.

—No puedo... —gime, su voz apenas un hilo—. No puedo más...

——Puedes —respondo, y retiro mis dedos lentamente.

Ella gime por la pérdida, un sonido de alivio mezclado con algo más. Algo que no entiende. Algo que la asusta.

Me coloco detrás de ella, mis rodillas separando sus muslos. Mi polla está dura, la punta brillante con su humedad y mi saliva. La alineo con la entrada que acabo de abrir, y ella siente el contacto, el calor de mi carne contra su pliegue más íntimo.

—No —susurra, negando con la cabeza, las lágrimas cayendo—. No. Por favor. No. Es demasiado grande. No va a caber.

—Va a caber —digo—. Porque voy a hacer que quepa.

Presiono. La punta de mi polla encuentra la resistencia de su ano, ese anillo de músculo que acabo de estirar con mis dedos. Ella grita cuando empujo, un grito largo y desgarrado, y siento cómo su cuerpo lucha, cómo trata de cerrarse, cómo el músculo se tensa para rechazarme.

——Respira —digo, mi voz ronca—. Relájate. Déjame entrar.

—¡No puedo! —grita, su voz rota por los sollozos—. ¡Duele! ¡Duele demasiado! ¡Por favor!

Pero no me detengo. Empujo, lentamente, sintiendo cómo su ano cede centímetro a centímetro, cómo la carne se estira alrededor de mi polla, cómo el calor de su interior me envuelve. Ella grita, llora, suplica, pero yo sigo empujando, abriéndome paso a través de su resistencia.

—Ya está —digo cuando estoy completamente dentro, sintiendo cómo su cuerpo se cierra alrededor de mi base—. Ya estás llena. Por los dos lados.

Ella solloza, su cuerpo temblando, sus manos atadas apretando los puños. Puedo sentir cómo su ano se contrae alrededor de mi polla, una serie de espasmos involuntarios que me aprietan y me sueltan, como si su cuerpo no supiera si aceptarme o expulsarme.

—Duele —susurra, su voz apenas un hilo—. Duele más que antes.

—Lo sé —respondo, y comienzo a moverme, despacio, con embestidas cortas y profundas—. Pero el dolor pasará. Y entonces solo quedará el placer de estar llena.

Ella gime con cada movimiento, sus lágrimas cayendo sobre las pieles. Pero su cuerpo está aprendiendo. Está aprendiendo a moverse conmigo, a abrirse, a aceptar cada centímetro de mi carne dentro de la suya.

—Mírate —digo, tomándola de la cadera y levantándola ligeramente, para que pueda ver la unión de nuestros cuerpos si gira la cabeza—. Mírame dentro de ti.

Ella gira la cabeza, sus ojos enrojecidos encontrando la imagen. Ve mi pelvis contra sus nalgas, la base de mi polla desapareciendo en su cuerpo, la forma en que su carne se estira para recibirme. Un sollozo escapa de sus labios.

—¿Ves? —pregunto, aumentando el ritmo, sintiendo cómo su ano se adapta a mis embestidas—. Tu cuerpo puede. Siempre pudo.

Ella no responde. Solo llora, y gime, y aprieta las pieles con sus manos atadas mientras yo la poseo desde atrás, abriendo el último camino que quedaba por abrir.

Y sé, mientras siento cómo su cuerpo cede, cómo se rinde, cómo aprende a quererlo—que esta noche la he marcado para siempre. Por delante. Por detrás. En cada rincón de su carne.

Es mía. Completamente mía.

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The End

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The First Touch - First Night's Rite | NovelX